viernes, 30 de abril de 2010

Por mi Patria


POR ELLA

¿Qué queda de mi Patria? los bosques seculares.
No son ya de sus hijos; las ondas de sus mares.
La surcan mil bajeles de extraño pabellón;
Y huerfanos sus hijos, helados sus hogares;
sus vírgenes holladas, sus hombres sin honor.

¿Qué queda de mi Patria? sus ríos de oro y plata
han mucho desembocan en gruesa catarata
en la nación vecina que siempre nos odió.
En cambio en nuestros rostros el hambre se retrata.
¿Vivimos cual mendigos, y es rico el vil ladrón!.

¿Qué queda de mi Patria? los que antes era huertos,
hoy son lagos de sangre o fúnebres desiertos
en donde los chacales celebran su festín...
¿Tan pobre está mi Patria, que hasta sus hijos muertos,
bajo el ardiente fuego del sol se ha de pudrir...!

¿Qué queda de mi Patria? su legendaria historia,
que es toda epopeya, que es un cantar de gloria,
las manos de sus hijos, infame, mancilló:
¡En nombre de los héroes huyó de la memoria,
y se levantan himnos al hombre del traidor...!

¿Qué queda de mi Patria? su tricolor bandera,
dicen que no es la misma que en otros tiempos era,
que Unión ya no nos pide, que ya no es Religión;
Qué el resplandor rojizo de una infernal hoguera
de odios implacables, su rojo se tiñó...

¿Qué queda de mi Patria? las losas funerarias,
que ayer veíanse envueltas en rosas y plegarias,
sacrílega la turba llegó y las arrancó.
Y al polvo de los héroes llamó polvo de parias,
y las cenizas santas se llevó el aquilón...

¿Qué queda de mi Patria? el Dios de mis mayores,
Él único que puede calmar nuestros dolores,
El Cristo de mis padres, ¡mi Cristo! ¿dónde está?
¡Escupen nuestros rostros llamándonos traidores,
se intentan nuestros labios su Nombre pronunciar!

¿Qué queda de mi Patria? no tiene ya valientes,
sus niños, no son niños... pues no son inocentes;
sus hijos no son ángeles. no tienen ya pudor;
sus viejos no son viejos... hay manchas en sus frentes;
sus madres no son madres... les falta corazón...!

¿Qué queda de mi Patria? Cerrados sus Santuarios,
están llenos de polvo y rotos sus Sagrarios y,
la santa nave, sola; sin fieles y sin Dios...
Y mudos y sombríos sus altos campanarios,
parecen mausoleos de un pueblo que murió.

¿Qué queda de mi Patria? Mañana, cuando truene
la voz de los cañones, si el extranjero viene
e intenta destrozarnos... porque quién iré a luchar...
¿Pueden arrebatarle su Patria a quien no tiene?...
¿Al huerfano su madre, le pueden arrancar?

¿Qué queda de mi Patria? Una fulgurante estrella,
en lo alto del bendito Tepeyac descuella,
bañando en la luz purísima el mundo de Colón...
¡Mi Patria aun no ha muerto, que de mi Patria es ella
la gloria, la esperanza, la vida, el corazón!

La Patria no ha muerto; no ha muerto, mejicanos.
La Celestial Morena, la que nos hizo hermanos,
la que nos hizo libres, está en el Tepeyac.
Que tiemblen los infames, que tiemblen los tiranos,
que canten los clarines de eterna libertad.

Por Ella lucharemos hasta el postrer instante;
por Ella, venceremos al colosal gigante
que intente destrozamos, y, si él es vencedor,
tendrá bajo sus plantas a un pueblo agonizante,
que muere por su Virgen, que muere por su Dios

Mons. Vicente M. Camacho

Primer aniversario del grupo San Juan Bosco

un año de vivencias y experiencias


Sr. Martín Ruiz Avila, (Presidente de la Legión Mariana) en la semana cultural de aniversario

Pilares del Grupo
Sargento II Gabriel Gutierrez, Comandante José Amezcua, Sargento I Francisco Miguel Casillas


Marco Fabio Cruz Martinez, presidente de la Legión Guadalupana
Jefe Ideologico del grupo San Juan Bosco
En la semana deportiva de aniversario

Algunas Mamas del Grupo "Mama Margarita" (Las Coronelas)
En el convivio de aniversario
Fuerte apoyo al grupo

Operación corte de cabello


Preparandonos para las competencias deportivas



Palabras de aliento del P. Dario Varela

Arrancan


En busca de la victoria

Solo uno es el que vence

Lucha olimpica


En plena batalla

Al final conquistando la victoria


jueves, 29 de abril de 2010

San Pedro, Apóstol, Piedra donde se edificó la Iglesia


La Iglesia Católica sostiene que Pedro fue el jefe de los apóstoles y que en virtud de esta dignidad que Jesucristo le confirió, gobernó la Iglesia como cabeza suprema. He aquí la definición del Concilio Vaticano: "Si alguno dijere que el bienaventurado Pedro apóstol no fue constituido por Jesucristo príncipe de todos los apóstoles y cabeza visible de toda la Iglesia militante; o que lo que directa e indirectamente recibió del mismo Jesucristo, Señor nuestro, no fue el primado de jurisdicción verdadera y propia, sino solamente de honor, sea anatema".
Tres veces habló claramente Jesucristo de la primacía de San Pedro sobre los demás apóstoles:
1ª.- Cuando Pedro confesó a su Maestro por Cristo, Hijo de Dios vivo, el Señor le premió la confesión en estos términos: "Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Y Yo te doy las llaves del reino de los cielos. Y todo cuanto ates en la tierra, será atado también en el cielo; y cuanto desates en la tierra, será desatado también en el cielo" (San Mateo XVI, 18-19).

a)
Examinemos la metáfora de la piedra. Cristo, la piedra angular de la Iglesia (Efesios II, 20), promete hacer a Pedro la piedra sobre la que edificará su Iglesia (I Corintios, III, 9) Nótese que Jesucristo está hablando con Pedro, no con los Apóstoles, pues siempre se dirige a él en segunda persona. Al hablar así, el Señor tiene presente la parábola del hombre prudente que edificó la casa sobre cimientos de piedra (San Mateo VII, 24). San Pedro es para la Iglesia lo que el cimiento es para el edificio. Ahora bien: el cimiento da al edificio unidad, fuerza y estabilidad; gracias a él, todas las partes y del edificio forman una sola masa firme y resistente. En una sociedad perfecta como es la Iglesia, esta unidad y firmeza no tendrá lugar a no ser que el cimiento (la primera autoridad, San Pedro en este caso) tenga poder y autoridad máxima para mantener siempre unidos a sus súbditos.

b) Jesucristo edifica su Iglesia sobre piedra (sobre Pedro) "para que las puertas del infierno no prevalezcan contra ella". La Iglesia de Jesucristo resistirá valientemente los ataques de todos sus enemigos.

c) Antiguamente, cuando las ciudades estaban amuralladas, dar a uno las llaves de la ciudad equivalía a darle autoridad plena sobre la ciudad. Aun en el día de hoy, cuando un personaje ilustre visita una ciudad, las autoridades le entregan oficialmente y con muchas ceremonias las llaves de la ciudad en señal de admiración, respeto y bienvenida; mera reminiscencia del poder absoluto que antiguamente implicaban las llaves. Cuando Eliacim fue nombrado prefecto del palacio en lugar de Sobna, dijo Dios: "Yo le pondré sobre los hombros la llave de la casa de David; él abrirá, y no habrá quien cierre; él cerrará, y no habrá quien abra" (Isaías XXII, 22). Cuando el señor de la casa se ausenta y deja en su lugar un mayordomo, le entrega las llaves, que es darle todo el poder y autoridad que necesita para gobernarla como conviene. Cristo tiene las llaves de David (Apoc. III, 7) y se las da a San Pedro. La autoridad, pues, de San Pedro es la de Jesucristo.

d)
"Atar y desatar" entre los judíos significaba la autoridad de los rabinos para declarar lo que era lícito o ilícito. Aquí significa algo más que "declarar", pues las llaves no declaran que la puerta esta abierta o cerrada, sino que abren y cierran. San Pedro es algo más que un rabino. Su oficio no es declarar de una manera especulativa la probabilidad de una opinión, sino que tiene derecho a enseñar y gobernar con autoridad, y sabe que lo que él haga lo dará el "cielo" por bien hecho. "El cristiano que le desobedezca debe ser tenido por gentil y publicano" (San Mateo XVIII, 17).

2ª.- La noche que precedió a la Pasión dijo el Señor a Pedro: "Simón, Simón, he ahí que Satanás os ha pedido para zarandearos como trigo; pero Yo he rogado por ti para que tu fe no perezca; y tú, una vez convertido, confirma en ella a tus hermanos" (San Lucas XXII, 31-32). Satanás quiso probar a los apóstoles, y en especial a Pedro, como en otro tiempo había probado a Job; pero Jesucristo se adelantó al mal espíritu, rogando particularmente por Pedro para que siempre se mantuviese fiel y mantuviese también firmes a los demás. "La ruina de Pedro llevaba consigo la ruina de sus hermanos; por eso, al preservarle el Señor, los preservó a todos. Esto quiere decir que San Pedro es el primero de los apóstoles, y que de su estabilidad o caída depende la estabilidad o caída de los once". No obsta para ello la triple negación que luego siguió, pues no negó la divinidad de Jesucristo, sino simplemente dijo que no lo conocía. Además, esta negación le fue perdonada más tarde, y a orillas del lago Tiberíades le fue conferida oficialmente la autoridad suprema que aquí le promete. Simón, pues, es el que ha de confirmar en la fe a sus hermanos; es la seguridad de la Iglesia contra Satanás y los poderes del infierno; y la piedra firme sobre la cual Jesucristo edificará su Iglesia.

3ª.- Luego que resucitó, el Señor confirió a Pedro la supremacía que le había prometido dos veces. Dijo el Señor: "Simón hijo de Juan, ¿me amas más que estos?" Respondió Pedro: "Sí, Señor; Tú sabes que te amo". Le dice Jesús: "Apacenta mis corderos". Le dice de nuevo Jesús: "Simón, hijo de Juan, ¿me amas?" Respondió Pedro: "Sí, Señor, Tú sabes que te amo". Le dice Jesús: "Apacenta mis corderos". Le dice Jesús por tercera vez: "Simón, hijo de Juan, ¿me amas?" Se entristeció Pedro porque le había preguntado por tercera vez si le amaba, y respondió: "Señor, Tú lo sabes todo; Tú sabes que te amo". Le dice Jesús: "Apacenta mis ovejas" (Juan XXI, 15-17). El Concilio Vaticano define como artículo de fe que Jesucristo, al pronunciar estas palabras, "confirió a solo Pedro la jurisdicción de Pastor supremo y cabeza de todo el rebaño". Esta triple pregunta le recuerda a Pedro la triple negación en que había caído por presumir demasiado de sí, y les hace ver a los apóstoles que el amor de Pedro era superior al suyo; por eso le confirió el Señor un oficio mayor. Pedro ya no se jacta del amor que profesa a su Maestro, contentándose únicamente con apelar a la omnisciencia del Señor en prueba de su realidad.
Vemos en este pasaje que Jesucristo es el Buen Pastor, dueño por herencia de todo el rebaño. Ahora que está en vísperas de dejar la tierra para subir a sentarse a la diestra de su Padre, deja a Pedro en su lugar con el poder supremo de enseñar, juzgar y gobernar el rebaño como lo había hecho Él mismo. Hay otros muchos pasajes del Nuevo Testamento que nos hablan de la preeminencia de San Pedro. Apenas le vio Jesús, cambió su nombre en Pedro (piedra), indicando ya con ello el sublime oficio de fundamento de su Iglesia, que más tarde le había de conferir. Cuando se nombran los apóstoles, Pero aparece siempre a la cabeza, y es considerado siempre como el jefe de todos (San Marcos III, 16; San Mateo XVII, 1, 23-26; XXVI, 37-40). Después de la resurrección, Pedro preside la elección de Matías; es el primero que predica el Evangelio, el primero que hace milagros, el que juzga a Ananías y Safira, el primero que declara la universalidad de la Iglesia, el primero en recibir un pagano convertido y el que preside el Concilio de Jerusalén, como puede verse en diversos pasajes de los Hechos de los Apóstoles (I, 22; II, 14; III, 6; V, 1-10; 15).

Resumiendo: se debe edificar la Unidad de la Iglesia en el cimiento establecido por nuestro Señor Jesucristo, buscar la unidad sin Pedro es edificarla fuera de la Iglesia. El centro de esta unidad es Pedro, por lo cual necesitamos que Pedro este entre nosotros, pues sin él nunca habrá verdadera UNIDAD.
Señores obispos denos un Papa. Que Dios los ilumine y los fortalezca en esta misión.
Basta ya de tanta pasividad.



R.P. Manuel Martínez Hernández



Reglamentación del artículo 130 en los Estados


En la foto Obispos desterrados

La reglamentación del artículo 130 Constitucional avanzaba por la República como peste implacable. Las órdenes de Calles se cumplían con excesivo rigor y las legislaturas de los estados lanzaban las más descabelladas leyes, limitando el número de sacerdotes que podían oficiar en cada estado.
El 24 de abril de 1919, el Congreso de Sonora decretó que en el Estado sólo podría ejercer un sacerdote por cada 10,000 habitantes, al recrudecerse la persecución, lo único que se hizo allí fue actualizar tal decreto.
Tabasco, durante el gobierno de Carlos Green, fue el siguiente Estado en dar el paso, decretando, el 15 de diciembre de ese año, que sólo podría haber un sacerdote por cada 30,000 habitantes. Esta ley fue modificada por el gobernador Tomás Garrido Canabal el 6 de marzo de 1925, estableciendo que las condiciones necesarias para poder ejercer allí el ministerio sacerdotal eran: 1º ser tabasqueño o mejicano por nacimiento, con 5 años de residencia en el estado; 2º ser mayor de 40 años; 3º haber cursado estudios primarios y preparatorios en escuela oficial; 4º ser de buenos antecedentes y moralidad; 5º ser casado, y 6º no haber estado o no estar sujeto a proceso alguno.
En Coahuila, el decreto del 3 de abril de 1918 establecía el número de sacerdotes para cada ciudad o población del estado que eran: Saltillo (Capital del estado) 12 sacerdotes; Torreón 5, Piedras Negras 3, Monclova 3, Parras 3, San Pedro de las Colonias 3, Matamoros de la Laguna 2, y 1 para los demás poblados.
Durango, decretó que no podía haber más de 25 sacerdotes en toda la entidad, que contaba con más de medio millón de habitantes.
En Colima fue donde primero se dejó sentir esta tiránica política que excedía en rigorismo a la seguida por la misma Rusia. El 24 de febrero de 1926, se decretó que el número máximo de sacerdotes para la entidad sería de 26 para 62,000 habitantes. Aquí fue el primer lugar donde la Iglesia suspendió el culto, por Mons. José Amador Velasco y Peña, obispo de Colima.
Nayarit fue el siguiente estado que fijó el número de sacerdotes, en el decreto del 26 de febrero, lo fijaba en 40, para 167,000 habitantes.
San Luis Potosí rechaza la reglamentación. Un grupo de prominentes católicos quería establecer una Liga Cívica de Defensa Religiosa, y el Obispo de San Luis Potosí, Mons. Miguel De la Mora, exhortaba a sus diocesanos para formar la Liga Católica Popular Potosina, cuyos estatutos redactó, con el fin de fomentar la religiosidad del pueblo y oponer un frente organizado a la persecución católica "por medios pacíficos y legales".
La legislatura del estado decretó el 13 de marzo de 1925, que limitaba a 10 los sacerdotes para la ciudad, que contaba con 90,000 habitantes, 2 en los municipios de Matehuala, Río Verde y Santa María del Río, y 1 por cada municipio restante.
El obispo De la Mora, al frente de su clero, interpuso el recurso de amparo ante la Justicia Federal, que le fue concedido provisionalmente por un juez íntegro, que no era creyente, el lic. Agustín Tellez. El día 15 terminaba el plazo señalado para resolver si era o no concedida la suspensión definitiva la audiencia de derecho estaba fijada para el día siguiente, por eso el obispo ordenó la suspensión del culto durante la tarde del 15 y la mañana del 16, y así evitar que los sacerdotes violaran esa disposición, que no les era lícito obedecer.
Efectuada la audiencia, fue concedido el amparo definitivo, quedando sin efecto, en todas sus partes, el decreto del Congreso del estado.
Las fuerzas tenebrosas que manejaban desde los altos círculos políticos la persecución religiosa, no podían conformarse con el restablecimiento de la legalidad en parte alguna de la República, y San Luis Potosí no iba a ser la excepción. La madrugada del 18 grupos de policías, sin mostrar orden escrita de la autoridad competente, empezaron a clausurar Colegios,templos, conventos, etc. En noviembre Mons. De la Mora tuvo que ocultarse y salir del estado.
El 8 de marzo tocó a Michoacán. El gobierno local dividió los municipios en cinco categorías, concediendo a la de primera 10 sacerdotes, a la de segunda 4, a los de tercera 3, a los de cuarta 2, y a los de quinta categoría 1 sacerdote.
El 12 de marzo la legislatura de Tamaulipas decretó que no podía admitirse mas de 13 sacerdotes para todo el estado, que contaba con 350,000 habitantes
El 24 de marzo, en Aguascalientes, se decretó que allí no podía ejercer más de un sacerdote por cada 50,000 habitantes.
El 10 de abril Yucatán dispuso que no hubieran más de 40 sacerdotes en todo el estado, que alcanzaba cerca de 400,000 habitantes.
En Puebla el decreto dejó un sacerdote por cada 4,000 habitantes a partir del 16 de abril.
El estado de Hidalgo, el 15 de mayo, reglamentó un sacerdote por cada municipio, a excepción de la capital, Pachuca, en donde admitía 2, e igual número en Tulancingo.
El 17 de mayo tocó a Tlaxcala, fijó el número de sacerdotes de 36.
El 21 de mayo el Congreso local de Sinaloa, aprobó que sólo 45 sacerdotes pudieran atender a todo el estado.
El estado de Méjico, del que era gobernador Carlos Riva Palacio, decretó para un millón de habitantes fueran 140 sacerdotes.
Manuel Bouquet gobernaba Jalisco cuando, 3 de julio de 1918, expidió el decreto de 1 sacerdote por cada 5,000 habitantes. El 18 de marzo de 1926, expidió el gobierno de Jalisco un nuevo decreto autorizando a 250 sacerdotes para todo el estado, que contaba con 1,256,000 habitantes.
A Chihuahua le llegó el turno el 8 de julio de 1926. La legislatura local decretó que sólo podía haber un sacerdote por cada 9,000 habitantes.
El 22 de septiembre de 1926 Campeche decretó que sólo podían haber 3 sacerdotes en todo el estado.
El 5 de octubre fijó el gobernador de Guanajuato, que era Enrique Colunga, la proporción de un sacerdote por cada 5,000 habitantes.
El 30 de noviembre fueron autorizados en Zacatecas 30 sacerdotes para la capital y 1 para cada uno de los municipios restantes.
La lista continúa, y, en los siguientes años, los estados que aún no lo habían hecho fueron lanzando sus decretos respectivos, limitando el número de sacerdotes y condicionando su actuación.
Méjico Cristero, Antonio Rius Facius


lunes, 26 de abril de 2010

La Iglesia. Sus notas y Propiedades.


Dificultades y respuestas

¿Es cierto que Jesucristo estableció una sociedad a la que todos debemos de pertenecer? ¿No insistió más bien en ciertos principios espirituales que sus discípulos debían predicar y explicar lo mejor que pudiesen?

Los católicos creemos, con el Concilio Vaticano, "que Jesucristo, para perpetuar la obra salvadora de la Redención, echó los cimientos de una Iglesia Santa en la que se habían de cobijar, como en la casa de Dios, todos los fieles unidos por la unidad de una Fe y amor mutuo".
La Escritura confirma esto en multitud de lugares. Jesucristo dio a sus Apóstoles el poder de enseñar (Mar. XVI, 15; Mat. XXVIII, 19), y el de gobernar (Mat. XVIII, 18; Juan XX, 21), y el de santificar las almas de los hombres (Mat. XXVIII, 20; Juan XX, 22; Luc. XXII, 19). Los verdaderos seguidores de Cristo tienen que aceptar las enseñanzas de los apóstoles (Mar. XVI, 16), obedecer sus mandatos (Luc. X, 16; Mat. XVIII, 17) y usar los medios de santificación que Jesucristo instituyó (Juan III, 5; VI, 54). Jesucristo, pues, instituyó una sociedad divina en su origen y sobrenatural en su fin y en los medios que usa para este fin. Esta sociedad es humana también, pues se compone de hombres; por eso vemos escándalos, herejías y cismas. Jesucristo lo había predicho cuando lo comparó con un campo de trigo en le que crece también cizaña, y a una red de pescador que coge peces buenos y malos (Mat. XIII, 24-47).

¿No es cierto que en el siglo XVI la Iglesia había llegado a tal grado de corrupción y había variado tanto, que ya no era la misma que instituyó Jesucristo?

No, Señor. Esta acusación era el pretexto de que se valían los seudorreformadores para establecer sus sectas; como los modernistas, obcecados por la falsa teoría de la verdad relativa, dedujeron la defectibilidad de la Iglesia como artículo fundamental de su credo racionalista. Los imperios de este mundo y todas las sociedades humanas llevan dentro de sí el germen de corrupción y descomposición, y, más tarde o más temprano, cambian o parecen; pero esta sociedad divina (la Iglesia), que Cristo instituyó, lleva dentro de sí un preservativo que la salva de toda influencia corruptora y hace que, al cabo de siglos y más siglos de vida, esté tan remozada como cuando salió de las manos de su Fundador. Este preservativo es el Espíritu Santo, que habita en ella y habitará junto con el mismo Jesucristo hasta el fin del mundo (Mat. XXVIII, 20; Juan XIV, 16). Los Profetas de la Ley Antigua predijeron que el reinado de Cristo no había de tener fin (Dan. II, 44; Isaías IX, 6-7), lo cual confirmó Jesucristo cuando prometió expresamente "que las puertas del infierno no habían de prevalecer sobre su Iglesia". Es cierto que algunas partes de esa Iglesia pueden corromperse con la herejía o el cisma, como sucedió en los tiempos aciagos de Arrio y en los del cisma de Oriente, y en la reforma protestante, y en la usurpación modernista de nuestra época; pero, como escribía San Cipriano: "El que broten en el campo de la Iglesia cardos y espinas no debe acobardarnos y hacernos desmayar, sino más bien animarnos a ser buen trigo que demos el ciento por uno" (Ad Cornelium, 55). Y en otra carta nos dice que no nos debemos escandalizar si algunos hombres ensoberbecidos apostatan del catolicismo, pues a Jesucristo mismo le abandonaron algunos de sus discípulos (Juan VI, 66) y Él y sus apóstoles predijeron la apostasías de muchos cristianos.

¿No es cierto que en el siglo XVI se necesitaba una reforma, y que con Lutero se mejoró la situación? ¿No deseaban esta reforma los Papas de su tiempo, León X y Clemente VII? ¿Por qué hubo un movimiento tan general contra la Iglesia Católica?

Estamos de acuerdo en que en el siglo XVI se necesitaba una reforma para cortar los abusos de muchos católicos que solo eran de nombre, y el historiador Pastor nos confirma en esta opinión al contarnos detalladamente escenas de mundanidad, nepotismo, avaricia e inmoralidad por parte de no pocas personas eclesiásticas; aunque nos previene también contra las exageraciones de los controversistas fanáticos de la época, y nos da una lista de ochenta y ocho santos y beatos que solo en Italia florecieron desde el año 1400 al 1529, añadiendo esta observación: "En los anales de las naciones no se conservan más que datos y escenas de crímenes. La virtud camina humilde y silenciosa; el vicio y la ilegalidad todo lo llenan de ruido y alboroto. Se desliza uno, y toda la ciudad lo comenta; el virtuoso practica heroicidades, y nadie lo ve (Historia de los Papas 5, 10). Cualquiera que discurra sin prejuicios ve fácilmente que la revolución de Lutero, amparada por los reyes y príncipes que ambicionaban los bienes de la Iglesia y negaban las verdades reveladas, no fue inspirada por Dios, sino atizadas por el infierno. Los católicos de corazón permanecieron en la Iglesia de Cristo, como los santos Pedro Canisio y Carlos Borromeo; los católicos inmorales y viciosos, como Enrique VIII y el Landgrave Felipe de Hesse, apostataron. Y aunque es cierto que ni León X ni Clemente VII tuvieron la energía que necesitaba para reunir el Concilio de Trento, que trajo la verdadera reforma, también es verdad que este tardó en reunirse más de lo debido por la interferencia odiosa de los príncipes cristianos ambiciosos y suspicaces".
En la obra que sobre Lutero escribió Grisar, leemos párrafos como éstos: "Ahora, escribe Lutero, vemos que la gente se está volviendo más infame, más cruel, más avarienta, más lujuriosa y peor en todos los órdenes que cuando estábamos regidos por el papado". Llama a su ciudad Wittenberg "una Sodoma de inmoralidad" y añade que "aunque la mitad de sus habitantes son adúlteros, usureros, ladrones y engañadores, las autoridades se cruzan de brazos". El obispo Pilkington, protestante de los reales de Isabel de Inglaterra, se expresa asi: "Hemos roto las ligaduras que nos tenían sujetos al Papa, para vivir a nuestro capricho, sin que nadie nos acuse. Cuando los ministros se proponen corregir nuestros abusos, nos reímos y mofamos de ellos. Para mí tengo que el Señor se va a irritar un día y va a tomar venganza con su mano. ¿Quién, ¡ay!, le resistirá?" (Nehemiah 388). Las causas que aceleraron la reforma fueron varias: las enemistades entre Bonifacio VIII y Felipe el Hermoso, de Francia, que se rebeló contra el Padre Común de la cristiandad y desdoró el prestigio del papado; la resistencia de los Papas en Aviñon (1309-1376); la rebelión de Luis de Baviera; el cisma de Occidente, y aquella peste general que en sólo dos años llevó al sepulcro una tercera parte de la población Europea. Las consecuencias de esta mortandad no pudieran ser más desastrosas. Iglesia y beneficios eclesiásticos, a millares, quedaron sin sacerdotes y sin obispos. Para cubrir estas plazas se admitió al sacerdocio gentes sin vocación, mundana y ambiciosa, que tenían puesto los ojos en las riquezas que la Iglesia había acumulado a través de los siglos por donaciones y legados espontáneos de sus hijos. Este estado de cosas repercutió en las costumbres en general, y se vio la necesidad de una reforma. Esta la trajo, felizmente, el Concilio de Trento. A raíz de este Concilio florecieron a la Iglesia santos de primer orden y en número verdaderamente consolador.

Lutero y Calvino declararon que la Iglesia estaba compuesta de solos los justos y predestinados. Ahora bien: sólo Dios sabe quién es justo. Luego la Iglesia no es visible. Jesucristo dijo: "El reino de Dios no viene con señales externas, sino que está dentro de vosotros" (Lucas XVII, 20-21). Y en esta otra ocasión dijo: "Dios es espíritu y verdad" (Juan IV, 24).

Esta doctrina herética fue condenada por los Concilios Tridentino y Vaticano, que definieron la visibilidad e la Iglesia: "Dios, por medio de su Hijo unigénito, estableció una Iglesia y la doto de notas y marcas para que todos puedan ver en ella la guardiana y maestra de la verdad revelada" (Vatic. sesión 3 cap. 3). ¿Cómo iba a exigirnos Jesucristo, bajo pena de condenación eterna, que creyésemos (Marcos XVI, 18), y el que desobedeciese los mandatos de la Iglesia fuese tenido por "gentil y publicano" (Mateo XVIII, 17), si no nos fuese dado conocer fácilmente la Iglesia? Además, el Nuevo Testamento está lleno de textos en los que compara la Iglesia a un reino, aun campo, al grano de mostaza, que crece y se hace un árbol; a una ciudad edificada sobre un monte, a un rebaño, etc.; lo cual da a entender que se trata de una Iglesia visible, pues estos términos de comparación son cosas externas bien visibles. La Iglesia no es una sociedad secreta. Ahí están sus templos abiertos a todo el que quiera entrar. Nada se hace allí en secreto. La Misa, la administración de los sacramentos, la doctrina evangelica que desde el púlpito se expone, los sacerdotes, los obispos, el Papa (desgraciadamente ahora ausente), todo en ella es patente y manifiesto. Los Padres de la Iglesia comparaban a esta con el sol y la luna, que "alumbran a todo lo que existe debajo de los cielos". "Antes se apagaría el sol, dice San Juan Crisostomo, que la Iglesia dejase de ser visible".
Respondiendo a los dos textos la dificultad, decimos que el reino de Dios no ha de venir con señales externas, es decir, no había de venir con estrépito de armas y legiones, como en son de conquista, sino pacíficamente; no se había de forzar a nadie a hacerse ciudadano de este reino, en el que no se admiten más que voluntarios. Los judíos estaban muy equivocados al creer que el Mesías había de venir a libertarlos del yugo romano y restaurar en Israel la grandeza material de los días de David y Salomón. Las palabras "dentro de vosotros" significan que el reino de Dios y estaba "entre ellos"; ya estaba allí Jesucristo con sus apóstoles, que eran el cimiento del nuevo reino, la Iglesia.
Cuando Jesucristo dijo a la samaritana que Dios es espíritu y que debe ser adorado en espíritu, quiso darle a entender que el culto de Dios no se debía de limitar ni al templo del monte Garizim ni al de Jerusalén. Dios está en todas partes, y demanda de nosotros culto y adoración que nos salga, no de los labios sino del corazón.

LA IGLESIA CATÓLICA ES "UNA"

¿Qué entienden los católicos por unidad? ¿Cómo pueden estar de acuerdo en un sistema de doctrinas millones de entendimientos?

Los católicos, siguiendo a la letra las enseñanzas de Cristo y sus apóstoles, creemos que nuestra Iglesia es la única que goza de unidad de gobierno, unidad de fe y unidad de culto. Jesucristo nunca habló de sus "iglesias", sino de "su Iglesia". "Y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia" (San Mateo XVI, 18). En el Nuevo Testamento, la Iglesia es comparada a un rebaño pastoreado por Pedro, representante de Cristo, el Buen Pastor. En la Iglesia o reino de Dios, todos tienen que pertenecer al mismo rebaño gobernado por un solo pastor (San Juan X, 16) Todos tenemos que creer lo que Cristo y sus apóstoles nos han enseñado (San Mateo XVIII, 20); tenemos que obedecer a los apóstoles como al mismo Jesucristo (San Juan XX, 21; San Mateo XVIII, 18) y tenemos que santificarnos con aquellos sacramentos que Cristo instituyó y cuya administración confió a sus apóstoles (San Lucas XXII, 19-20; San Mateo XXVIII, 19). Tenemos, pues, un régimen de gobierno al que nos debemos someter; un magisterio cuya doctrina tenemos que aceptar en su totalidad, y un ministerio con los mismos ritos y los mismos sacramentos para todos.
No se le ocultó a Jesucristo que habían de venir tiempos calamitosos en los que la interpretación privada de la Biblia, por un lado, y por el otro el nacionalismo más exagerado, tendrían a desunir la sociedad o Iglesia que acababa de fundar; por eso se adelantó a prevenirnos que no temiésemos, que las puertas del infierno no prevalecerían contra ellas, pues El había de estar con nosotros hasta el fin de los siglos y nos había de enviar el Espíritu Santo para ayudarnos en la lucha contra el poder de las tinieblas. Tenía esta unidad tan en el corazón, que en la Última Cena hizo oración a su Padre pidiéndole "que todos sean una misma cosa; y que como Tú, Padre, estás en Mí y Yo en Tí, así sean ellos una misma cosa en nosotros, para que crea el mundo que Tú me has enviado" (San Juan XVII, 21). En los Hechos de los Apóstoles leemos que estos perseveraban en oración "animados de un mismo espíritu"; que reunieron un Concilio en Jerusalén para poner coto a los cismas que ya entonces empezaban; que ordenaron diáconos para evitar rivalidades entre los griegos y los hebreos; que San Pedro admitió en esa unidad a los gentiles en la persona de Cornelio y que la doctrina de Jesucristo había sustituido a la de Moisés. San Pablo, en sus Epístolas, es el mejor panegirista de la unidad de la Iglesia. El nos da la doctrina del cuerpo místico de Jesucristo, del cual nosotros somos los miembros. A los Efesios les dice: "Un solo cuerpo y un solo espíritu, como fuisteis llamados a una misma esperanza de vuestra vocación. Uno es el Señor, una la fe, uno el bautismo, uno el Dios y Padre de todos" (IV, 3-6). A los Corintios: "Porque así como el cuerpo humano es uno, y tiene muchos miembros, y todos los miembros, con ser muchos, son un solo cuerpo, así también el cuerpo místico de Cristo. A este fin, todos nosotros somos bautizados en un mismo espíritu para componer un solo cuerpo... Vosotros, pues, sois el cuerpo místico de Cristo, y miembros unidos a otros miembros" (I Cor. 12-27). Por donde se ve que yerran los que, animados del espíritu moderno de independencia, creen que pueden interpretar a su capricho o negar algunos puntos contenidos "en el sagrado depósito de la sana doctrina". No, más bien hay que "evitar las novedades profanas de las expresiones y las contradicciones de la ciencia que falsamente se llama tal", y "evitar y alejar los vanos discursos de los seductores, porque contribuyen mucho a la impiedad, y la plática de estos cunde como la gangrena" (I Tim. VI, 20; 2 Tim II, 16-18). San Ireneo refuta así a los enemigos de la unidad de la Iglesia: "Habiendo la Iglesia recibido de los apóstoles la fe y la doctrina, aunque está diseminada por doquiera y abraza a todas las naciones, guarda incólume esa fe como si viviera en sola una casa; siempre predica las mismas verdades, como si no tuviese más que un corazón y una boca, y las transmite de generación a generación. Los cismáticos rompen y dividen el cuerpo glorioso de Cristo y, en cuanto está en su parte, lo destruyen; pues, aunque con la boca predican la paz, de hecho han declarado contra Él guerra sin cuartel". Una de las notas de la Iglesia Católica es la unidad. Preguntad a un obispo o a un sacerdote que os expliquen un punto cualquiera de la doctrina católica, y veréis cómo, con diferentes palabras, os dicen substancialmente la misma cosa. No vale aquí invocar la tradición o la autoridad o los decretos escritos. Que trescientos cincuenta millones de hombres creen lo mismo y obedezcan a la misma autoridad y se santifiquen con los mismos sacramentos..., esto es de tal calidad, que no se podría explicar sin la intervención del Espíritu Santo, que habita dentro de la Iglesia y la conserva una como la fundó Jesucristo. La Iglesia Católica no se contenta con términos medios. O sumisión al Romano Pontífice, o nada.
Así funcionó siempre hasta la muerte de S.S. Pío XII y las reformas del Conciliábulo Vaticano II.
Pero en la actualidad, se manifiesta una confusión terrible, las fuerzas tradicionalistas se encuentran divididas, afectando directamente a esta nota de la Iglesia Católica. Así vemos una Fraternidad de San Pío X, que reconoce a Benedicto XVI como Papa y no lo obedece sistematicamente, lo cual los convierte en cismáticos del Modernismo, pues la Iglesia no se contenta con términos medios; si es Papa Benedicto XVI, deben de someterse a su dirección o son cismáticos. Si lo aceptan y rezan en comunión con él participan de sus herejías. Por lo cual son modernistas en latín. Mucho más peligrosos porque se parecen mucho a la verdadera Iglesia.
A los que dicen que Ratzinger es "Papa material" acuerdense Que la Iglesia no se contenta con términos medios. Y acaso esta no es una novedad en la Iglesia. ¿Un Papa sin poderes papales?. Una posición sedevacantista muy cómoda. ¿Un doctor que detecta la enfermedad, pero que no da el médicamento adecuado para sanar? y recomienda solamente paliativos.
Un cúmulo de Obispos y sacerdotes, que son pequeños "papas" en sus comunidades, desgraciadamente todos desunidos entre si; que algunos llegan a decir que no es necesario el Papa o que no es el tiempo para hablar de "elección Papal". Asemejandose a esos herejes conocidos como "acéfalos", ya condenados por la Iglesia.
¿Dónde esta la UNIDAD de la Iglesia Católica? Esta la encontraremos sino en el fundamento donde Jesucristo la estableció. En la piedra donde edificó su Iglesia, en San Pedro y sus sucesores. La consecuencia de esta sedevacancia es la desunión que vivimos en la actualidad.
Dios ilumine los corazones de Obispos y sacerdotes para que vean por el bien de la Iglesia, más que por sus capillas y comunidades.

domingo, 25 de abril de 2010

Adiós al Maestro Anacleto Gonzalez


Poned un crespón fúnebre al pie del asta rota...
Que los clarines trémulos inicien un "adiós";
La Guardia está de luto... su enseña ya no flota,
la enseña que no supo de vientos de derrota
fue a desplegar sus ínclitos jirones ante Dios.

Marchósenos el jefe que resumió en sí mismo
la gesta fulgurante de aquella Juventud:
la gesta prodigiosa de trágico heroísmo
que desafiara en Méjico al monstruo del abismo,
reposa para siempre... reposa en su ataúd.

Era credo viviente del acejotaemero:
un credo de combate, magnífico y leal;
firme, gallardo, rápido y limpio como acero...
Por eso lo despiden la salva del cristero,
el canto de los mártires y el Himno Nacional.

Redoblen los tambores son sones apagados;
un íntimo sollozo desgarre el corazón;
recíbanlo con júbilo los mártires cruzados...
Y guarden reverentes, los campos desolados,
¡el eco moribundo del último león!

Julio J. Vértiz, S.J.

viernes, 23 de abril de 2010

Errores contra la Religión I

BUZÓN DE PREGUNTAS
ASTROLOGÍA, ESPIRITISMO, PSICOANÁLISIS, HIPNOTISMO, ORDALÍAS, SUEÑOS.

1.- ¿Por qué condena la Iglesia Católica la Astrología? ¿Es pecado adivinar los sucesos de la vida de uno por el estado del cielo al tiempo de su nacimiento?
La Iglesia condena la Astrología por ser una superstición pagana que fomenta el fatalismo y lleva directamente a la negación de la Divina Providencia. Las estrellas no ejercen influjo alguno en la vida del hombre, y servirse de horóscopos para adivinar el porvenir del recién nacido es, por no decir otra cosa, ridículo.
San Agustín lo ataca con vehemencia en La ciudad de Dios (8,19) y Santo Tomás, en su Suma, dice: "El que observa las estrellas para predecir futuros acontecimientos o acciones humanas futuras, se basa para ello en una opinión vana y falsa; como anda de por medio la intervención del demonio, la superstición de que tratamos es ilícita" (2, 2, q. 95. a, 5).

2.- ¿Permite la Iglesia a los católicos asistir a sesiones espiritistas o hacer de médium? ¿No es admirable el espiritismo por lo bien que prueba la inmortalidad del alma?
La Iglesia advierte a los católicos que se abstengan por completo del espiritismo, verdadera superstición subversiva de la moralidad y de la religión.
El Santo Oficio ha publicado, que sepamos, cinco decretos (1840, 1847, 1856, 1898, 1917) prohibiendo a los católicos "asistir a sesiones espiritistas de cualquier género, con o sin médium, aunque tengan las apariencias de buenas y honestas; ni preguntar a los espíritus, ni oír sus respuestas, ni mirar siquiera a la escena, aunque se proteste positivamente que uno no tiene arte ni parte en las artes diabólicas" (24-Abril-1917).
El espiritismo no es mas que una modernización de la nigromancia pagana, condenada expresamente por la ley de Moisés: "Ni haya quien consulte a los agoreros..., ni quien se sirva de los muertos para averiguar la verdad" (Deuter XVIII, 10). El espiritismo no es una "revelación nueva", sino una superstición pagana que niega los dogmas cristianos, en nombre de una imaginaria comunicación con los difuntos, parodia infame de nuestra Comunión de los Santos. El dios de los espiritistas es un mundo animado impersonal, o un vago desconocido, a quien no se le debe adorar ni suplicar. Tienen por Cristo a un médium humano, espíritu aventajado, que jamás murió en la Cruz para salvarnos, pues ni el hombre cayó ni existe lo que los cristianos llaman pecado. La muerte no es el fin de nuestra peregrinación en este valle de lágrimas, sino el principio de nuestra educación y desarrollo en una de las esferas del espíritu. En la otra vida nuestra felicidad no está vinculada a la visión eterna de Dios, sino a un estado puramente mental o tal vez a un estado parecido al que ahora tenemos, con botellas de cerveza que n os refresquen y vasos de vino generoso que nos conforten. No hay infierno. Así lo piden "la razón y el bien común".
Como se ve, el espiritismo es una superstición grosera y por demás inmoral, ya que se propone echar por tierra los cimientos de la religión ala atribuir a las criaturas que conocimiento de la vida futura, que sólo Dios puede saber. Las experiencias de más de 130 años nos dicen que las prácticas espiritistas son peligrosas tanto para el cuerpo como para el alma. Muchos de sus adeptos han perdido la salud, se han vuelto maniáticos y, lo que es peor, han perdido la fe. En cuanto a los fenómenos del espiritismo, estos son por lo demás numerosos: objetos inanimados que se mueven, suspensiones en el aire, dar extensión y materia a un espíritu, fotografías, escritura automática en pizarras, golpes en una mesa para responder a preguntas, etc. Decimos que aunque éstos y otros fenómenos extraordinarios son con frecuencia inexplicables, la hipótesis espiritista queda por demostrarse. Que hay fraude, es evidente; pero mucho se debe, sin duda, a los fenómenos de telepatía y a la intervención del demonio, que se sirve del médium para destruir la fe y la moralidad de muchos curiosos poco avisados.
No hay que acudir al espiritismo para probar que el alma es inmortal. Esto lo prueba la razón y nos lo dice la fe. Jamás el espiritismo ha identificado un solo espíritu. La doctrina de la inmortalidad del alma no recibe ningún soporte con esta hipótesis de telepatía o intervención diabólica.

3.- ¿Qué piensan del psicoanálisis los moralistas católicos?
La filosofía católica niega totalmente la creencia pagana de estos psicoanalizadores modernos; decir, niega la omnipotencia del inconsciente. El psicoanálisis destruye la unidad de la personalidad humana y hace imposible la continuidad de nuestra conciencia. Destruye también la libertad, la responsabilidad moral y el pecado. El hombre deja de ser dueño de sí mismo, para convertirse en un campo de batalla donde luchan desesperadamente por la victoria ciertas pasiones e incentivos primitivos y anormales.
Estos devaneos no son mas que una parodia pagana de la doctrina católica sobre el pecado original y la caída del hombre, y un esfuerzo inútil para entender la doctrina de San Pablo sobre la ley de los miembros, que está en lucha continua contra la ley de la mente (Rom. VII, 23). Todo aquí es vago e irracional. La teoría del simbolismo del sueño es antinatural; el oficio de censor inconsciente es cosa anticientífica y pura imaginación; el identificar las ideas religiosas con símbolos sexuales es ateísmo puro; la usurpación que se hace del oficio del confesor destruye con frecuencia la vida moral y religiosa del individuo. Y es cosa digna de ponderar que hombres y mujeres que miran la confesión como una carga insoportable se presten de buen grado a descubrir las intimidades de sus pensamientos en materias sexuales a psicoanalizadores profanos y analfabetos en la vida espiritual. Bien dijo el doctor Bruhel que si esta filosofía prevaleciese, "la vida no merecería vivirse, y perdería el mundo su encanto, la religión su dignidad, la moralidad su majestad y el arte su fascinación".

4.- ¿Permite la Iglesia Católica el uso del hipnotismo para curar enfermedades?
La Iglesia permite el hipnotismo cuando hay razones graves para usarlo, y, por otra parte, no hay peligro de superstición o escándalo. Aunque algunos teólogos y moralistas lo declararon diabólico allá en los principios, ahora la Moral y Teología católicas se atienen a las desiciones del Santo Oficio, que el 2 de junio de 1840 dijo: "El uso del magnetismo, es decir, el mero hecho de emplear medios físicos, no es cosa prohibida, con tal de que esos medios sean permisibles en sí y no se intente un fin ilícito o malo". Y el 26 de julio de 1899, a un médico que preguntó si podía usar la sugestión para curar a los niños, el Santo Oficio respondió: "Puede, con tal que no haya peligro de superstición o escándalo".

5.- ¿Por qué permitían los Papas de la Edad Media las ordalías, aquellos juicios de Dios crueles, injustos y supersticiosos?
Los tribunales romanos jamás permitieron las ordalías o juicios de Dios, y los Papas empezaron desde el siglo IX una campaña de exterminio contra estas pruebas supersticiosas. Los pueblos del norte de Europa las habían heredado de sus antepasados paganos, y, una vez convertidos exigían en sus tribunales la intervención del verdadero Dios, como antes lo habían con su Dios Woden. Para justificar su conducta en este punto, apelaban al pasaje del libro de los Números (V, 12-31), "la ofrenda de celos", y a la intervención directa de Dios en el sacrificio de Abel (Gén. IV, 4), en el diluvio (gén. VII), en la destrucción de Sodoma (Gén. XIX), en castigo de Ananías (Hech. V, 5), etc. En su ignorancia, parecían olvidar que no depende de la voluntad de los hombres, sino de la de Dios, y que aunque Dios escucha nuestras plegarias, no está obligado a intervenir milagrosamente a nuestro capricho. Contra estas pruebas supersticiosas y pecaminosas alzaron su voz los Papas Nicolás I (858-867) y Honorio III (1216-1227). El Papa Esteban V (885-891), en una carta del Arzobispo de Mainz, prohibe las pruebas de hierro candente y agua hirviendo, y agrega: "Debemos juzgar los crímenes por la confesión del reo o por el testimonio de los testigos. Lo que no podemos averiguar por estos medios, quédese al juicio de Aquel que lee los corazones". Alejandro II nos dice que "la Iglesia no aprueba en sus cánones las ordalías". Semejantes testimonios tenemos de los Papas Alejandro III (1159-1181), Celestino III (1191-1198) y otros.
La prueba del combate a muerte fue prohibida por la Iglesia desde los principios.
San Avito de Viene (518) protestó contra ella, lo mismo hicieron San Agobardo (840) y el Concilio de Valencia (855). Fue declarada "contraria a la paz cristiana y destructiva del cuerpo y del alma". El muerto en el combate era suicida, y el matador, un homicida. Por desgracia, la sociedad, en este punto, no es hoy más culta que en los tiempos antiguos. La Iglesia católica prohibió el duelo en el Concilio de Trento , y los Papas Benedicto XIV (1752) y León XIII (1893) declararon que por ningún motivo se podía justificar.

6.- Si es supersticioso creer en los sueños, ¿por qué se ha servido Dios de ellos para dar a conocer su voluntad a los hombres, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento?
Creer en los sueños, hasta el punto de dejarnos regir por ellos, es, sin duda, supersticioso; nuestra guía debe ser la conciencia recta y bien formada. La Escritura divina nos previene a menudo contra los sueños, y nos dice categóricamente que "a muchos han engañado los sueños, y los que se fiaron de ellos cayeron" (Levit XIX, 26; Deut. XVIII, 10); Eccles. XXXIV, 7). Sabemos, por otra parte, que Dios se ha valido de ellos para revelar su voluntad, como en los sueños de Abimelech, Jacob, Salomón, Nabucodonosor, Daniel, San José y San Pablo (Gén XXVIII, 12; XXXI, 10; IIIReyes III, 5-15; Dan II, 19; VII, 1; Mat. I, 20; II, 13; Hech. XXIII, 11; XXVII, 23). Los sueños, de suyo, obedecen a una causa natural. Cuando los envía Dios para algún fin, El tiene cuidado de probar su carácter sobrenatural.

jueves, 22 de abril de 2010

Encíclica "E Supremi Apostolatus" San Pío X

El peso del Pontificado
Al dirigirnos por primera vez a vosotros desde la suprema cátedra apostólica a la que hemos sido elevados por el inescrutable designio de Dios, no es necesario con cuantas lágrimas y oraciones hemos intentado rechazar esta enorme carga del Pontificado. Podríamos, aunque Nuestro mérito es absolutamente inferior, aplicara Nuestra situación la queja de aquel gran santo, Anselmo, cuando a pesar de su oposición, incluso de su aversión, fue obligado a aceptar el honor del episcopado. Porque Nos tenemos que recurrir a las mismas muestras de desconsuelo que él profirió para exponer con qué ánimo, con qué actitud hemos aceptado la pesadísima carga del oficio de apacentar la grey de Cristo. Mis lágrimas son testimonio -esto dice-, así como mis quejas y los suspiros de lamento de mi corazón; cuales en ninguna ocasión o por ningún dolor recuerdo haber derramado hasta el día en que cayó sobre mi la pesada suerte del archiepiscopado de Canterbury resistén más y más a mis planes, de modo que comprendo que es absolutamente imposible oponerme a ello. De ahí que, vencido por la fuerza no de los hombres sino de Dios, contra la que no hay defensa posible, entendí que mi deber era adoptar. No pudieron dejar de advertirlo todos aquellos que en aquel día contemplaron mi rostro... Yo con un color más propio de un muerto que de una persona viva, palidecía con doloroso estupor. A decir verdad, hasta ese momento hice todo lo posible por rechazar lejos de mi esa elección, o por mejor decir esa extorsión. Pero ya de grado o por fuerza, tengo que confesar que a diario los designios de Dios una única decisión: después de haber orado cuanto pude y haber intentado que, si era posible, ese cáliz, pasara de mí sin beberlo... me entregué por completo al sentir y a la voluntad de Dios, dejando de lado mi propio sentir.
Los hombres están hoy apartados de Dios.
Y efectivamente no Nos faltaron múltiples y graves motivos para rehusar el Pontificado. Ante todo el que de ningún modo, por nuestra insignificancia nos considerábamos dignos del honor del Pontificado; ¿a quién no le conmovería ser designado sucesor de aquel que gobernó la Iglesia con extrema prudencia durante casi 26 años, sobresalió en tanta agudeza de ingenio, tanto resplandor de virtudes que convirtió incluso a sus enemigos en admiradores y consagró la memoria de su nombre con hechos extraordinarios? Luego, dejando aparte otros motivos, Nos llenaba de temor sobre todo la tristísima situación en que se encuentra la humanidad. ¿Quién ignora, efectivamente, que la sociedad actual, más que épocas anteriores, está afligida por un íntimo y gravísimo mal que, agravándose por días, la devora hasta la raíz y la lleva a la muerte? Comprendéis, Venerables Hermanos, cuál es el mal; la defección y la separación de Dios: nada más unido a la muerte que esto, según lo dicho por el Profeta: Pues es aquí que quienes se alejan de ti, perecerán. Detrás del oficio pontificio que se me ofrecía, Nos veíamos el deber de salir al paso de tan gran mal: Nos parecía que recaía en Nos el mandato del Señor: Hoy te doy sobre pueblos y reinos poder de destruir y arrancar, de edificar y plantar; pero, conocedor de Nuestra propia debilidad, Nos espantaba tener que hacer frente a un problema que no admitía ninguna dilación y sí tenía muchas dificultades.
"¡Instaurar todas las cosas en Cristo!"
Sin embargo, puesto que agradó a la divina voluntad elevar nuestra humildad a este supremo poder, descansamos el espíritu en aquel que Nos conforta y poniendo manos a la obra, apoyados en la fuerza de Dios, manifestamos que en la gestión de Nuestro pontificado tenemos un solo propósito, instaurarlo todo en Cristo, para que efectivamente todo y todos en Cristo.
Habrá indudablemente quienes, porque miden a Dios con categorías humanas, intentarán escudriñar Nuestras intenciones y achacarlas a intereses y afanes de parte.
Para salir les al paso, aseguramos con toda firmeza que Nos nada queremos ser, y con la gracia de Dios nada seremos ante la humanidad sino ministro de Dios, de cuya autoridad somos instrumentos. Los intereses de Dios son nuestros intereses; a ellos hemos decidido consagrar nuestras fuerzas y la vida misma. De ahí que si alguno Nos pide una frase simbólica, que exprese Nuestro propósito, siempre le daremos sólo esta: ¡Instaurar todas las cosas en Cristo!
Los hombres contra Dios
Ciertamente, al hacernos cargo de una empresa de tal envergadura y al intentar sacarla adelante Nos proporciona, Venerables Hermanos, una extraordinaria alegría el hecho de tener la certeza de que todos vosotros seréis unos esforzados aliados para llevarla a cabo. Pues si lo dudáramos os calificaríamos de ignorantes, cosa que ciertamente no sois, o de negligentes ante este funesto ataque que ahora en todo el mundo se promueve y se fomenta contra Dios; puesto que verdaderamente contra su Autor se han amotinado las gentes y traman las naciones planes vanos; parece que en todas partes se eleva la voz de quienes atacan a Dios: Apártate de nosotros. Por eso, en la mayoría se ha extinguido el temor al Dios eterno y no se tiene en cuenta la ley de su poder supremo en las costumbres ni en público ni en privado: aun más, se lucha con denodado esfuerzo y con todo tipo de maquinaciones para arrancar de raíz el mismo recuerdo y noción de Dios.
Es indudable que quien considere todo esto tendrá que admitir de plano que esta perversión de las almas es como una muestra, como el prólogo de los males que debemos esperar en el fin de los tiempos; o incluso pensará que ya habita en este mundo el hijo de la perdición de quien habla el Apóstol. En verdad, con semejante osadía, con esta desafuero de la virtud de la religión, se cuarta por doquier la piedad, los documentos de la fe revelada son impugnados y se pretende directa y obstinadamente apartar, destruir cualquier relación que medie entre Dios y el hombre. Por el contrario -esta es la señal propia del Anticristo según el mismo Apóstol-, el hombre mismo con temeridad extrema ha invadido el campo de Dios, exsaltándose por encima de todo aquello que recibe el nombre de Dios; hasta tal punto que -aunque no es capaz de borrar dentro de sí la noción que de Dios tiene-, tras el rechazo de Su majestad, se ha consagrado a sí mismo este mundo visible como si fuera su templo, para que todos lo adoren. Se sentará en el templo de Dios, mostrándose como si fuera Dios.
Efectivamente, nadie en su sano juicio puede dudar de cuál es la batalla que está librando la humanidad contra Dios. Se permite ciertamente el hombre, en abuso de su libertad, violar el derecho y el poder del Creador; sin embargo, la victoria siempre está de la parte de Dios; incluso cuanto más inminente es la derrota, cuando con mayor osadía se alza el hombre esperando el triunfo. Estas advertencias nos hace el mismo Dios en la Escrituras Santas. Pasa por alto, en efecto, los pecados de los hombres, como olvidado de su poder y majestad: pero luego, tras simulada indiferencia, irritado como un borracho lleno de fuerza, romperá la cabeza a sus enemigos para que todos reconozcan que el rey de toda la tierra es Dios y sepan las gentes que no son más que hombres.
El deseo de paz: dónde encontrarla
Todo esto, Venerables Hermanos, lo mantenemos y lo esperamos con fe cierta. Lo cual, sin embargo, no es impedimento para que, cada uno por su parte, también procure hacer madurar la obra de Dios: y eso, no solo pidiendo con asiduidad: Alzate, Señor, no prevalezca el hombre, sino -lo que es más importante- con hechos y palabras, abiertamente a la luz del día, afirmando y reivindicando para Dios el supremo dominio sobre los hombres y las demás criaturas, de modo que Su derecho a gobernar y su poder reciba culto y sea fielmente observado por todos.
Esto es no sólo una exigencia natural, sino un beneficio para todo el género humano. ¿Cómo no van a sentirse los espíritus invadidos, Hermanos Venerables, por el temor y la tristeza al ver que la mayor parte de la humanidad, al mismo tiempo que se enorgullece, con razón, de sus progresos, se hace la guerra tan atrozmente que es casi una lucha de todos contra todos? El deseo de paz conmueve sin duda el corazón de todos y no hay nadie que no le reclame con vehemencia. Sin embargo, una vez rechazado Dios, se busca la paz inútilmente porque la justicia está desterrada de allí donde Dios está ausente; y quitada la justicia, en vano se espera la paz. La paz es obra de la justicia.
Sabemos que no son pocos los que, llevados por sus ansias de paz, de tranquilidad y de orden, se unen en grupos y facciones que llaman "de orden". ¡Oh, esperanza y preocupaciones vanas! El partido del orden que realmente puede traer una situación de paz después del desorden es uno solo: el de quienes están de parte de Dios. Así pues, este es necesario promover y a él habrá que atraer a todos, si son impulsados por su amor a la paz.
Y verdaeramente, Venerables Hermanos, esta vuelta de todas las naciones del mundo a la majestad y el imperio de Dios, nunca se producirá, sean cuales fueren nuestros esfuerzos, si no es por Jesús el Cristo. Pues advierte el Apóstol: Nadie puede poner otro fundamento, fuera del que ya está puesto, que es Cristo Jesús. Evidentemente es el mismo a quien el Padre santificó y envió al mundo; el esplendor del Padre y la imagen de su estancia, Dios verdadero y verdadero hombre: sin el cual nadie podría conocer a Dios como se debe; pues nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quisiera revelárselo.
Que los hombres vuelvan a Dios, por la Iglesia
De lo cual se concluye que instaurar todas las cosas en Cristo y hacer que los hombres vuelvan a someterse a Dios es la misma cosa. Así, pues, es ahí a donde conviene dirigir nuestros cuidados para someter al género humano al poder de Cristo: con El al frente, pronto volverá la humanidad al mismo Dios. A un Dios, que no es aquel despiadado, despectivo para los humanos que han imaginado en sus delirios los materialistas, sino el Dios vivo y verdadero, uno en naturaleza, trino en personas, creador del mundo, que todo lo prevé con suma sabiduría, y también legislador justísimo que castiga a los pecadores y tiene dispuesto el premio a los virtuosos.
Por lo demás, tenemos ante los ojos el camino por el que llegar a Cristo: la Iglesia. Por eso, con razón, dice el Crisóstomo: Tu esperanza la Iglesia, tu salvación la Iglesia, tu refugio la Iglesia. Pues para eso la ha fundado Cristo, y la ha conquistado al precio de su sangre; y a ella encomendó su doctrina y los preceptos de sus leyes, al tiempo que la enriquecía con los generosísimos dones de su divina gracia para la santidad y la salvación de los hombres.
El deber concreto de los Pastores
Ya veis, Venerables Hermanos, cuál es el oficio que en definitiva se confía tanto a Nos como a vosotros: que hagamos volver a la sociedad humana, alejada de la sabiduría de Cristo, a la doctrina de la Iglesia. Verdaderamente la Iglesia es de Cristo y Cristo es de Dios. Y si, con la ayuda de Dios, logramos, nos alegraremos porque la iniquidad habrá cedido ante la justicia y escucharemos gozosos una gran voz del cielo que dirá: Ahora llega la salvación, el poder, el reino de nuestro Dios y la autoridad de su Cristo.
Ahora bien, para que el éxito corresponda a los deseos, es preciso intentar por todos los medios y con todo esfuerzo arrancar de raíz ese crimen cruel y detestable, característico de esta época: el afán que el hombre tiene por colocarse en el lugar de dios; habrá que devolver su antigua dignidad a los preceptos y consejos evangélicos; habrá que proclamar con más firmeza las verdades transmitidas por la Iglesia, toda su doctrina sobre la santidad del matrimonio, la educación doctrinal de los niños, la propiedad de bienes y su uso, los deberes para y con quienes administran el Estado; en fin, deberá restablecerse el equilibrio entre los distintos órdenes de la sociedad, , la ley y las costumbres cristianas.
Los medios: formar buenos sacerdotes
Nos, por supuesto, secundando la voluntad de Dios, nos proponemos intentarlo en nuestro pontificado y lo seguiremos haciendo en la medida de nuestras fuerzas. A vosotros, Venerables Hermanos, os corresponde secundar Nuestros afanes con vuestra santidad, vuestra ciencia, vuestras vidas y vuestros anhelos, ante todo por la gloria de Dios; sin esperar ningún otro premio sino el hecho de que se forme Cristo.
Y ya apenas es necesario hablar de los medios que nos pueden ayudar en semejante empresa, puesto que están tomados de la doctrina común. De vuestras preocupaciones, sea la primera formar a Cristo en aquellos que por razón de su oficio están destinados a formar a cristo en los demás. Pienso en los sacerdotes, Venerables Hermanos. Que todos aquellos que se han iniciado en las órdenes sagradas sean conscientes de que, de que, en las gentes con quienes conviven, tienen asignada la provincia que Pablo declaró haber recibido con aquellas palabras llenas de cariño: Hijitos míos, por quienes sufro de nuevo dolores de parto hasta ver a Cristo formado en vosotros. Pues, ¿quien es serán capaces de cumplir su misión si antes no se han revestido de Cristo? y revestido de tal manera que puedan hacer suyo lo que también decía el Apóstol: ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí. Para mí la vida es Cristo. Por eso, si bien a todos los fieles se dirige la exhortación que lleguemos a varones perfectos, a la medida de la plenitud de Cristo, sin embargo se refiere sobre todo aquel que desempeña el sacerdocio; pues se le denomina otro Cristo no sólo por la participación de su potestad, sino porque imita sus hechos, y este modo lleva impresa en sí mismo la imagen de Cristo.
En esta situación, ¡qué cuidado debéis poner, Venerables Hermanos, en la formación del clero para que sean santos! Es necesario que todas las demás tareas que se os presentan, sean cuales fueren, cedan ante esta. Por eso, la parte mejor de vuestro celo debe emplearse en la organización y el régimen de los seminarios sagrados de modo que florezcan por la integridad de su doctrina y por la santidad de sus costumbres. Cada uno de vosotros tenga en el Seminario las delicias de su corazón, sin omitir para su buena marcha nada de lo que estableció con suma prudencia el Concilio de Trento.
Cuando llegue el momento de tener que iniciar a los candidatos en las órdenes sagradas, por favor no olvidéis la presripción de Pablo a Timoteo: A nadie impongas las manos precipitadamente; considerad con atención que de ordinario los fieles serán tal cual sean aquellos a quienes destinéis al sacerdocio. Por tanto no tengáis la mira puesta en vuestra propia utilidad, mirad únicamente a Dios, a la Iglesia y la felicidad eterna de las almas, no sea que, como advierte el Apóstol, tengáis parte en los pecados de otros.
Cuidar a los sacerdotes jóvenes
Otra cosa: que los sacerdotes principiantes y los recién salidos del seminario no echen de menos vuestros cuidados. A estos -os lo pedimos con toda el alma-, atraedlos con frecuencia hasta vuestro corazón, que debe alimentarse del fuego celestial, encendedlos, inflamadlos de manera que anhelen sólo a dios y el bien de las lamas. Nos ciertamente, Venerables Hermanos, proveeremos con la mayor diligencia para que estos hombres sagrados no sean atrapados por las insidias de esta ciencia nueva y engañosa que no conoce a Cristo y que, con falsos y astutos argumentos, pretende impulsar los errores del racionalismo y el semirracionalismo; contra esto ya el Apóstol precavía a Timoteo cuando le escribía: Guarda el depósito que se te ha confiado, evitando las novedades profanas y las contradiciones de la falsa ciencia que algunos profesan extraviándose de la fe. Esto no impide que Nos estimemos dignos de alabanza los sacerdotes jóvenes que siguen estudios de ciencias útiles en cualquier campo de la sabiduría, para hacerse mas instruidos en la guarda de la verdad y rechazar mejor las calumnias de los odiadores de la fe. Sin embargo, no podemos ocultar, antes al contrario la manifestamos abiertamente, que serán siempre Nuestros predilectos quienes, sin menospreciar las disciplinas sagradas y profanas, se dedican ante todo al bien de las almas buscando para si los dones que convienen a un sacerdote celoso por la gloria de Dios. Nos tenemos una gran tristeza y un dolor continuo en el corazón, al comprobar que es aplicable a nuestra época aquella lamentación de Jeremías: Los pequeños pidieron pan y no había quien se lo partiera. No faltan en el clero quienes, de acuerdo con sus propias cualidades, se afanan en cosas de una utilidad quizá no muy definida, mientras, por el contrario, no son tan numerosos los que, a ejemplo de Cristo, aceptan la voz del Profeta: El Espíritu me ungió, me envió para evangelizar a los pobres, para sanar a los contritos de corazón, para predicar a los cautivos la libertad y a los ciegos la recuperación de la vista.
La falta de doctrina: enseñar con caridad
¿A quién se le oculta, Venerables Hermanos, ahora que los hombres se rigen sobre todo por la razón y la libertad, que la enseñanza de la religión es el camino más importante para replantar el reino de Dios en las almas de los hombres? ¡Cuántos son los que odian a Cristo, los que aborrecen a la Iglesia y al Evangelio por ignorancia más que por maldad! De ellos podría decirse con razón: Blasfeman de todo lo que desconocen. Y este hecho se da no sólo entre el pueblo o la gente sin formación que, por eso, es arrastrada fácilmente al error, sino también en las clase más cultas, e incluso en quienes sobresalen en otros campos por su erudición. precisamente de aqui procede la falta de fe de muchos. Pues no hay que atribuir la falta de fe a los progresos de la ciencia, sino más bien a la falta de ciencia; de manera que donde mayor es la ignorancia, más evidente es la falta de fe. Por eso Cristo mandó a los Apóstoles: Id y enseñad a todas las gentes.
Y ahora, para que el trabajo y los desvelos de la enseñanza produzcan los esperados frutos y en todos se forme Cristo, quede bien grabado en la memoria, Venerables Hermanos, que nada es mas eficaz que la caridad. Pues el Señor no está en la agitación. Es un error esperar atraer las almas a Dios con un celo amargo: es más, increpar con acritud los errores, reprender con vehemencia los vicios, a veces es más dañoso que útil. Ciertamente el Apóstol exhortaba a Timoteo: Arguye, exige, increpa, pero añadía, con toda paciencia.
También en esto Cristo nos dio ejemplo: Venid, así leemos que Él dijo, venid a mi todos los que trabajáis y estáis cargados y Yo os aliviaré. Entendía por los que trabajaban y estaban cargados no a otros sino a quienes están dominados por el pecado y por el error. ¡Cuánta mansedumbre en aquel divino Maestro! ¡Qué suavidad, qué misericordia con los atormentados! Describió exactamente Su corazón Isaías con estas palabras: Pondré mi espíritu sobre él; no gritará, no hablará fuerte; no romperá la caña cascada, ni apagará la mecha que todavía humea.
Y es preciso que esta caridad, paciente y benigna se extienda hasta aquellos que nos son hostiles o nos siguen con animosidad. Somos maldecidos y bendecimos, así hablaba Pablo de sí mismo, padecemos persecución y lo soportamos; difamados, consolamos. Quiza parecen peores de lo que son. Pues con el trato, con los perjuicios, con los consejos y ejemplos de los demás, y en fin con el mal consejero amor propio se han pasado al campo de los impíos: sin embargo, su voluntad no es tan depravada como incluso ellos pretenden parecer. ¿Cómo no vamos a esperar que el fuego de la caridad cristiana disipe la oscuridad de las almas y lleve consigo la luz y la paz de Dios? Quizás tarde algún tiempo el fruto de nuestro trabajo: pero la caridad nunca desfallece, consciente de que Dios no ha prometido el premio a los frutos del trabajo: sino a la voluntad con que este se realiza.
El deber insustituible de los Obispos
Pero, Venerables Hermanos, no es mi intención que, en todo este esfuerzo tan arduo para restituir en Cristo a todas las gentes, no contéis vosotros y vuestro clero con ninguna ayuda. Sabemos que Dios ha dado mandatos a cada uno referente al prójimo. Así que trabajar por los intereses de Dios y de las almas es propio no sólo de quienes se han dedicado a las funciones sagradas, sino de también de todos los fieles: y ciertamente cada uno no de acuerdo con su iniciativa y su talante, sino siempre bajo la guía y las indicaciones de los Obispos; pues presidir, enseñar, gobernar la Iglesia a nadie ha concedido sino a vosotros, a quienes el espíritu Santo puso para regir a la Iglesia de Dios.
Que los católicos formen asociaciones, con diversos propósitos pero siempre para bien de la religión. Nuestros Predecesores desde ya hace tiempo las aprobaron y las sancionaron dándoles gran impulso. Y Nos no dudamos de honrar a esa egregia institución con nuestra alabanza y deseamos ardientemente que se difunda y florezca en las ciudades y en los medios rurales. Sin embargo, de semejantes asociaciones Nos esperamos ante todo que cuantos se unen a ellas vivan siempre cristianamente. Poco importa en efecto suscitar con sutileza muchas cuestiones y disertar con elocuencia sobre derechos y deberes, si todo esto se separa de la acción. Pues Acción piden los tiempos; pero una acción que se apoye en la observancia santa e íntegra de las leyes divinas y los preceptos de la Iglesia, en la profesión libre y abierta de la religión, en el ejercicio de todo género de obras de caridad, sin apetencias de provecho propio o de ventajas terrenas. Muchos ejemplos ostentibles de este género a cargo de los soldados de Cristo, tendrá más valor para conmover y arrebatar las almas que las exquisitas disquisiciones verbales: y será fácil que, rechazado el miedo y libres de prejuicios y de dudas, muchos vuelvan a Cristo y difundan por doquier su doctrina y su amor; todo esto es camino para una felicidad auténtica y sólida.
Por supuesto, si en las ciudades, si en cualquier aldea se observan fielmente los mandamientos de Dios, si se honran las cosas sagradas, si es frecuente el uso de los sacramentos, si se vive de acuerdo con las normas de vida cristiana, Venerables Hermanos, ya no habrá que hacer ningún esfuerzo para que todo se instaure en Cristo.
Y no se piense que con esto buscamos sólo la consecución de los bienes celestiales; también ayudará todo ello, y en grado máximo, a los intereses públicos de las naciones. Pues, una vez logrados esos objetivos, los próceres y los ricos asistirán a los más débiles con justicia y caridad, y estos a su vez llevarán en calma y pacientemente las angustias de su desigual fortuna; los ciudadanos no obedecerán a su ambición sino a las leyes; se aceptará el respeto y el amor a los príncipes y a cuantos gobiernan el Estado, cuyo poder no procede sino de Dios. ¿Qué más? Entonces, finalmente, todos tendrán la persuasión de que la Iglesia, por cuanto fue fundada por Cristo, su creador, debe gozar de una libertad plena e íntegra y no estar sometida a un poder ajeno; y Nos al reivindicar esta misma libertad, no sólo defendemos los derechos sacrosantos de la religión, sino que velamos por el bien común y la seguridad de los pueblos. Es evidente que la piedad es útil para todo: con ella incólume y vigorosa el pueblo habitará en morada llena de paz.
Exhortación final.
Que Dios, rico en misericordia, acelere benigno esta instauración de la humanidad en Cristo Jesús; porque esta es una tarea no del que quiere ni del que corre sino de Dios que tiene misericordia. Y nosotros, Venerables Hermanos, con espíritu humilde, con una oración continua y apremiante, pidámoslo por los méritos de Jesucristo. Utilicemos ante todo la intercesión poderosísima de la Madre de Dios: Nos queremos lograrla al fechar esta carta en el día establecido para conmemorar el Santo Rosario; todo lo que Nuestro Antecesor dispuso con la dedicación del mes de octubre a la Virgen augusta mediante el rezo público de Su Rosario en todos los templos, Nos igualmente lo disponemos y lo confirmamos; y animamos también a tomar como intercesores al castísimo Esposo de la Madre de Dios, patrono de la Iglesia Católica, y a San Pedro y San Pablo, príncipes de los Apóstoles.
Para que todos estos propósitos se cumplan cabalmente y todo salga según vuestros deseos, imploramos la generosa ayuda de la divina gracia. Y en testimonio del muy tierno amor de que os hago objeto a vosotros y a todos los fieles que la providencia divina ha querido encomendarnos, os impartimos con todo cariño en el Señor la bendición apostólica a vosotros, Venerables Hermanos, al clero y a vuestro pueblo.
Dado en Roma junto a San pedro, el día 4 de octubre de 1903, primer año de Nuestro Pontificado.
PÍO PAPA X


miércoles, 21 de abril de 2010

Formación para el mañana



Campamento "Maestro Anacleto Gonzalez Flores"
"El Corralito" Sierra del Tigre Pascua 2010

Sección Varonil
Fiesta de San Juan Bosco enero 2009

Sección Femenil
Fiesta de San Juan Bosco enero 2009


Plática sobre el amor a Dios y a la Patria


Campamento "Santo Domingo Sabio"
Zapotlanejo Pascua 2009

Instrucciones para rapel por sargento retirado de la FAM,
del cuerpo aereo de la Policia de Zapopan


Practicando amarres de seguridad para rapel

En pleno ascenso

Descenso a rapel del monte


Padre Dario Varela, como arbitro