martes, 30 de noviembre de 2010

¡PARA SIEMPRE!


La más humilde pastora
de tus tiernos corderillos,
estos cantares sencillos
viene a consagrarte ahora:
la gratitud que atesora
para tí su corazón,
no le permite callar,
por eso viene a entonar
temblorosa de emoción
a tus puertas, su canción.

¿Y qué quieres que te diga?
si tú has sido para ella
su norte, su guía, su estrella;
madre, hermana y amiga;
el sostén en su fatiga;
el pecho amoroso y santo
que al conocer mis dolores,
al comprender mi quebranto,
supo convertir en flores
las espinas de mi llanto!

La madre amorosa y pura
que cubre con su cariño
la blanca cuna del niño,
no te aventaja en ternura...:
y el cariño con que cura
a su pequeñito enfermo,
y lo acaricia, es el mismo
con que velas cuando duermo
bajo el sol del campo yermo
o a los bordes del abismo...

Si tu mano bondadosa
no me hubiera sostenido,
tal vez hubiera caído
en la más oscura fosa...
y mi alma que hoy retoza
por campos llenos de lirios,
si tú no fueras mi guía,
tal vez con locos delirios
enferma sucumbiría
a los más crueles martirios...

¿Cómo no quererte mucho,
si dominando el rugido
con que resuena en mi oído
el huracán con que lucho,
tu voz amorosa escucho
que con maternal anhelo,
me hace ver en lontananza
los esplendores del Cielo.
y en alas de la esperanza
tender hacia allá mi vuelo?

Tú me has comprado alegría
a cambio de tu tristeza...
Tú, de alma la belleza
compraste con tu agonía...
y me amparas todavía!
y cargando con las cruces
del más atroz sufrimiento,
en tus brazos me conduces
hasta las eternas luces
más allá del firmamento...!

¿Con qué te pago esos bienes...?
Si supieran mis amores
volver corona de flores
la de espinas de tus sienes...
si los pesares que tienes
se trocaran en delicias
al dulce conjuro santo
de mis filiales caricias...!
Si apagara tu quebranto
el torrente de mi llanto...!

Más Dios no lo quiere así!
Déjame, madre, siquiera
que, mientras que Dios lo quiera,
vaya siempre junto a ti;
y tu deposita en mí,
tus dolores y tus penas:
sean tuyas mis alegrías,
y cuando lleguen sombrías
sufriré tus agonías...

Quiera el Dios de las creaciones
que nunca acabe este abrazo,
que forme el celeste lazo
de nuestros dos corazones...!
Mis más dulces ilusiones
rodarán muertas al suelo,
mis sueños de juventud
tenderán también el vuelo
Mi amor y mi gratitud
irán contigo hasta el cielo!

Mons. Vicente M. Camacho
23 de julio de 1915

Fuentes de Revelación. La Tradición y la Biblia.

¿No es la Biblia el único tesoro donde se guarda la Revelación?
No, señor. La Biblia sola es algo así como una carta escrita en otra lengua que necesita un intérprete; no está escrita siguiendo un sistema ordenado y metódico, como está el Catecismo; es con frecuencia muy oscura y dificilísima de entender, como ya lo dijo San Pedro hablando de las Epístolas de San Pablo (2 Pedro III, 16), y expuesta, por lo mismo, a falsas interpretaciones. Hay, además, otras verdades reveladas que han llegado hasta nosotros, no por la pluma de los evangelistas, sino por la tradición. Sin esta divina tradición ni siquiera podríamos saber qué libros fueron inspirados y cuáles no lo fueron, porque la Biblia no nos dice nada en este punto.
Lutero
se engañó miserablemente cuando dijo que la Biblia era la única depositaría de la revelación. Pasó más adelante y dijo que todos eran capaces de interpretar la Biblia; todos hasta los criados de servicio y los muchachos de nueve años. La cosecha de esta siembra la recogió muy pronto, pues, en 1525, escribía indignado: «Hay tantas sectas y opiniones como cabezas. Este niega el bautismo; aquél, los sacramentos; el de más allá cree que hay otro mundo entre el nuestro y el día del Juicio. Unos dicen que Jesucristo no es Dios; otros dicen lo que se les antoja. No hay palurdo ni patán que no considere inspiración del cielo lo que no es más que sueño y alucinación suya» (Grisar, Lutero).
Hoy los protestantes siguen dos corrientes. Unos apelan a las inspiraciones del Espíritu Santo, que—dicen—les declara con palabras interiores el verdadero significado del texto bíblico, y otros hacen a la razón su guía y su maestra. Los primeros pecan por fanáticos; los segundos, por incrédulos.

¿No dijo Cristo: «Escudriñad las Escrituras en las que pensáis poseer la vida eterna, pues ellas son las que dan testimonio de Mi"? (Juan V, 39). ¿No alaba la Biblia a los de Berea porque leían la Escritura para cerciorarse de las enseñanzas de Jesús (Hech 17, 11).
Desde luego, Cristo no invitó a los judíos a que leyesen el Nuevo Testamento, que aún no existía, para que estudiasen en él su Evangelio, sino que les echó en cara que, después de haber leído tanto el Antiguo Testamento, no creyesen que Jesucristo no era el Mesías, ya que todo el Antiguo Testamento estaba lleno de profecías y señales que le pintaban a Cristo muy al vivo.
En cuanto a los judíos de Berea, respondemos que no leían las escrituras para inventar y dar forma a un nuevo sistema de fe y adoración, sino para examinar por sí mismos si San Pablo había citado el Antiguo Testamento con exactitud y para pensar despacio la interpretación paulina.

¿Con qué derecho enseñáis los católicos doctrinas que no están en la Biblia? ¿No es esto poner la Iglesia por encima de la divina palabra? ¿No reprendió Cristo a los fariseos por «enseñar doctrinas y preceptos de hombres (Mat XV, 9), y por desvirtuar la palabra de Dios con vuestras tradiciones»? (Mar VII, 13).
Respondemos preguntando: ¿Dónde dice la Biblia que ella es la única depositaría de la fe? Por el contrario, San Pablo dice terminantemente a sus cristianos que crean fielmente, no sólo lo que les había escrito, sino también lo que les había predicado (2 Tes II, 14). Y a su discípulo Timoteo le dice: «Ten por modelo la sana doctrina que has oído de mí... Guarda ese rico depósito por medio del Espíritu Santo, que habita entre nosotros.» «Las cosas que de mí has oído delante de muchos testigos, confíalas a hombres fieles que sean idóneos para enseñárselas también a otros» (2 Tim 1, 13-14; 2, 2).
El Concilio de Trento, después de declarar que la revelación divina está contenida no sólo en las Sagradas Escrituras, sino también en la tradición (que no es más que el conjunto de verdades que los apóstoles oyeron de labios del mismo Cristo o que el Espíritu Santo les inspiró y ellos transmitieron a sus discípulos y se han conservado hasta nuestros días), dice que él (el Concilio) recibe y venera con igual afecto y piedad «todos los libros del Antiguo y Nuevo Testamento... y todas las tradiciones dichas..., preservadas en la Iglesia católica por sucesión continua (sesión IV).
En el texto arriba citado, Cristo reprende a los fariseos por desvirtuar el cuarto mandamiento con su casuística farisaica (Mar VII, 11-12). La tradición de la Iglesia no es invención ni opinión humanas, sino la enseñanza divina e infalible del apostolado que Jesucristo mismo estableció.
La Escritura nos lo dice en más de un pasaje: «Se me ha dado todo el poder en el cielo y en la tierra—dijo el Señor antes de subir a los cielos—. Id, pues, y enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Enseñadles a guardar todas las cosas que os he mandado. Y mirar que Yo estoy con vosotros todos los días hasta la consumación del mundo» (Mat XXVIII, 18-19). En las cuales palabras se ve claramente cómo el Señor confió a sus apóstoles la tarea suavísima de enseñar y predicar, no de escribir. Y estamos obligados a creer a estos divinos predicadores bajo pena de condenación eterna, pues San Marcos (XVI, 15-16) añade que dijo Jesús: «Predicad el Evangelio a toda criatura. El que creyere y se bautizare, se salvará; el que no creyere, se condenará.» San Lucas nos habla del apostolado de «predicar a todas las gentes en el nombre de Jesucristo» (24, 17); y en otra parte afirma que los apóstoles eran testigos auténticos de una revelación divina, garantizada infaliblemente por el Espíritu Santo: «Recibiréis el poder del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y daréis testimonio de Mí en Jerusalén, en toda Judea y en Samaría y hasta los últimos confines de la tierra» (Hech I, 8).
Este apostolado no había de terminar con los apóstoles, sino que debía continuar y perpetuarse en sus sucesores, que habían de ser recibidos como lo sería Jesucristo mismo: «El que a vosotros oye, a Mí me oye; y el que a vosotros desprecia, a Mí me desprecia; y el que me desprecia a Mí, desprecia a Aquel que me envió» (Luc X, 16). San Pablo nos dice en términos inequívocos que el Evangelio de Jesucristo no está todo contenido en la Biblia, sino que hay que buscarle también en ese apostolado divino e inefable, que durará hasta el fin del mundo. «Todo el que invoque el nombre del Señor—dice—se salvará. Pero ¿cómo van a invocar a Aquel en quien no han creído? Y ¿cómo van a creer en Aquel de quien no han oído? Y ¿cómo van a oír hablar de El si no se les predica? O ¿cómo se les va a predicar si no se les envían predicadores?... Luego la fe nos viene por el oído. Pero yo digo: ¿Es que no han oído? Sí, su voz ha sonado en toda la tierra y sus palabras han llegado hasta los confines del mundo» (Rom X, 14-18).
Por eso vemos que los apóstoles se presentaban siempre como embajadores de Cristo, probando su misión con milagros, exigiendo fe y adhesión a sus enseñanzas y amenazando con la excomunión a los que después de recibirlas las cambiasen por otras doctrinas nuevas. No, no ha de interpretar el hombre el Evangelio a su capricho, sino que debe someterse a la interpretación de este apostolado permanente, como claramente lo indicó San Pablo en su carta a Timoteo: «Las cosas que de mí has oído delante de muchos testigos, confíalas a hombres fieles que sean idóneos, para que ellos a su vez se las enseñen a otros" (2 Tim I, 2).
Lutero, en vez de San Pablo, hubiera dicho: «Saca muchas copias de mis cartas y distribuyelas ampliamente para que cada cual las interprete como se le antoje.»
San Ireneo (140-205) confirma lo que venimos diciendo, esto es, que debemos interpretar el Evangelio según la tradición apostólica transmitida hasta nosotros por los sucesores legítimos de los apóstoles, y, especialmente, según la tradición de la Sede de Roma. Escribe así el santo contra los herejes: «En todas las iglesias del orbe se conserva viva la tradición de los apóstoles, pues podemos contar a todos y cada uno de sus sucesores hasta nosotros. Como sería largo enumerar aquí la lista de obispos que sucesivamente han ocupado las sillas de los primeros obispos que ordenaron los mismos apóstoles, baste citar la Silla de Roma, la mayor y más antigua de las iglesias, conocida en todas partes y fundada por San Pedro y San Pablo. La tradición de esta Sede basta para confundir la soberbia de aquellos que por su malicia se han apartado de la verdad; pues, ciertamente, la preeminencia de esta iglesia de Roma es tal, que todas las iglesias que aún conservan la tradición apostólica están en todo de acuerdo con sus enseñanzas.»
Unos cincuenta años más tarde se alzó Orígenes (185-255), condenando en términos enérgicos la opinión herética que entonces corría de que la Biblia era la única fuente de fe. «Lo único verdaderamente cierto—escribía—es lo que en nada se aparte de la tradición eclesiástica y apostólica.» (En el prefacio a su De principiis.)

Los católicos se valen de la Biblia para probar la existencia de un apostolado auténtico e infalible, y luego se valen de ese apostolado para probar la autenticidad de la Biblia. ¿No es esto un círculo vicioso?
—No incurrimos aquí en ningún círculo vicioso. Nosotros consideramos los Evangelios como documentos históricos fidedignos, en los que vemos probado hasta la saciedad que hubo un hombre que con sus milagros demostró que también era Dios. Este Hombre-Dios organizó un cuerpo de apóstoles a los que dotó, entre otros privilegios prerrogativas, del don de la infalibilidad. Luego obligó a todos los hombres a que escuchasen a estos apóstoles como lo escucharían a el mismo. Ahora bien: entre otras muchas enseñanzas que nos trasmirtieron los apóstoles, una es esta: que tales y tales libros (La Biblia Católica) fueron inspirados. ¿Dónde está aquí el círculo vicioso?

lunes, 29 de noviembre de 2010

Cómo San Vicente fue juez en la sucesión del reino de Aragón

Ya dijimos arriba cómo el rey don Martín murió en el año de 1410. Pues, como no dejase ningún hijo legítimo, porque los tres que tuvo, ya eran muertos, hizo su testamento, en el cual ordenó que le sucediese en los reinos de Aragón y Valencia y los otros estados anejos a ellos aquel a quien los grandes de los mismos reinos y estados juzgasen que se le debían. Como éstos se detuviesen muchos días dando y tomando sobre el negocio y no acabasen de concertarse, antes viniesen en grandes rompimientos y discordias, de donde se siguieron muchas revueltas y la muerte del arzobispo de Zaragoza, determinóse al cabo en los generales parlamentos y juntas, que por bien de paz se escogiesen del reino de Aragón tres personas graves y de mucha experiencia y virtud, y otras tantas del reino de Valencia y tambien de Cataluña, para que determinasen cuál de las partes tenía justicia. Y a quien estos jueces señalasen, fuese habido por rey natural y legítimo. Por parte de Aragón fueron nombrados Domingo Ram, obispo de Huesca, (que después lo fue de Lérida y arzobispo de Tarragona y cardenal de San Sixto), el segundo fue Berenguer de Bardaxi, muy docto jurista, y el tercero Francisco de Aranda, natural de Teruel, donado que entonces era de Porta Coeli; el cual antes de turnar aquel santo estado había sido del consejo de don Pedro IV y don Juan 1, reyes de Aragón. Por parte de Cataluña salieron nombrados don Pedro de Zagarriga, arzobispo de Tarragona y Guillen) de Vallseca y Bernardo Cualbes, doctor en Derechos. Por parte de Valencia fueron escogidos el maestro fray Vicente Ferrer, de quien traíamos en este libro, y don Bonifacio Ferrer, su hermano, General de la Cartuja, y Giner Rabasa. Los pretendientes de esta cátedra sobre la cual los nueve jueces habían de votar eran muchos, pero los que más priesa se daban a negociar eran cuatro: el primero era don Alonso, duque de Gandía, y el segundo don Jaime de Aragón, conde Urgell, entrambos de la casta real de los reyes de Aragón; el tercero era don Fadrique, hijo bastardo del rey don Martín de Sicilia, y nieto del rey don Martín, de cuyo sucesor se trataba. Y el cuarto el infante don Fernando, hijo del rey don Juan I de Castilla y de doña Leonor, que era hermana del rey don Martín de Aragón.
Los nueve jueces se pusieron en la villa de Caspe para tratar de propósito el negocio y oír las partes: las cuales todas enviaron allá sus agentes y procuradores. Ante todas cosas los jueces recibieren a vista de todo el mundo el cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo, porque les diese Dios gracia para acertar en cosa tan grave y dudosa. Y como dice Laurencio Valla, (a quien en esto se debe gran crédito, pues fue muy privado del rey don Alonso V de Aragón y se pudo informar cumplidamente de lo que pasó) por espacio de treinta días oyeron las alegaciones de todas las partes, y consultaban entre sí de lo hacedero. Cuando ya los abogados y embajadores de los pretendicntes no tuvieron más que decir, encerraron a los nueve jueces en el castillo de Caspe, apercibiéndolos que no saldrían de allí hasta que hubiesen declarado la justicia. Allá dentro pasaron entre los jueces muchas disputas y no se acababan de concertar, pero en fin prevaleció la parte de San Vicente. El doctísimo cronista de Aragón, de su majestad, Jerónimo de Zurita, me mostró en Madrid el traslado del proceso que se hizo entonccs, y el primer voto de todos es el de San Vicente, el cual está con estas mismas palabras en latín de escribano:
Ego Frater Vincentius Ferrarii Ordinis Fratrum Praedicatorum, ac in sancta theologia Magíster, unus ex praedictis deputatis: dico iuxta scire et posse meum, quod ínclito et magnifico Domino Ferdinando Infanti Castellae nepoti, net, felicis recordationis Domini Petri Regis Aragonii genitoris excelsae memoriae Domini Regis Martini ultimo defuncti, propinquiori masculo ex legitimo matrimonio procreato, et utrique coniuncto in gradu consanguinitatis, dicti Domini Regis Martini, praedicta parlamenta, subditi ac vasalli Coronae Aragonum, fidelitatis debitum praestare, et ipsum in eorum verum Regem, et Dominum per iustitiam, secundum Deum, et meam conscientiam habere debent, et tenentur. Et in testimonio praemissorum, haec propria manu scribo, et sigillo meo impendente munio.
Luego tras él firman: Domingo Rain, obispo de Huesca; Bonifacio Ferrer, cartujo; Bernardo de Gualbes, Berenguer Bardaxi y Francisco de Aranda; cada uno con solas estas palabras: In ómnibus et per omnia adhaerere voló intcntioni praedicti Domini Magistri Vincentii.
Que quiere decir, en todo y por todo sigo el parecer del Señor maestro Vicente.
Pedro Zagarriga dio el voto al conde de Urgel, o al duque de Gandía, asi indeterminadamente.
Guillermo de Vallseca al conde de Urgel. Mas Pedro Bertrán (que fue nombrado juez en lugar de Giner Rabasa) no quiso determinarse en ninguna de las partes.
Pues como se acostasen los más al parecer de San Vicente, dentro de muy pocos días, que según Laurencio Valla no pasaron de ocho, la elección salió hecha y se publicó de esta manera, como se puede ver en la historia del rey don Juan a los 163 capítulos. Concertados entre sí los jueces y dada ya la sentencia secretamente entre ellos mismos, mandaron hacer un gran cadalso de madera, el cual cubrieron de muy ricos brocados; cerca de él se hicieron otros asientos, y entapizáronlos muy bien, para que en ellos se sentasen los embajadores y otros caballeros que de diversas partes de Europa se habían juntado a oír la sentencia. Después, el martes siguiente, día del príncipe de los apóstoles San Pedro; siendo ya día claro, para tener la plaza segura llamaron los capitanes de las tres naciones aragonesa, valenciana y catalana con sus soldados, los cuales vinieron muy lucidos, conforme la fiesta requería. Pusiéronse los capitanes cerca del palenque, y cada uno tenía delante de sí su estandarte. Hecho esto, sentáronse en lo más alto del cadalso los jueces, y los embajadores se pusieron en sus lugares. Entonces en un altar que allí habían armado se vistió el glorioso padre San Vicente para decir misa, y la dijo con la devoción que se puede pensar, haciendo gracias a Dios por tan señalado beneficio como había hecho a estos reinos en dar tan buen rey y poner fin a tantos alborotes y guerras, más que civiles, que desde la muerte de don Martín se habían levantado. Después (por no perder su buena costumbre) predicó, y acabado el sermón (como dicen Laurencio Valla y otros) tomó una cédula que le dio el obispo de Huesca y leyóla blicamente. La sentencia dice de esta manera, porque yo tengo un transunto de ella muy antiguo:
Nos Petrus de Zagarriga Archiepiscopus Tarcaconensis, Dominicus Rain Episcopus Oscensis, Bonifacius Ferrer Domnus Cartusiae, Guillelmus de Vallesicca legum Doctor, Frater Vincentius Fetravii, Ordinis Praedicatorum, Magistcr in sancta theologia, Berengarius de Bardachino, Dominus loci de Caydi, Franciscus de Aranda, donatus monasterii Portae Coeli, Ordinis Cartusiae Turolii, Bernardus de Gualbis utriusque inris, et Petrus Bertrandi decretorum doctores, novem videlicet Deputati, vel electi per generalia Parlamenta, etc. Nos igitur dicimus, et publicamus, quod Parlamenta praedicta, et subditi, et vasalli Coronae Aragonum fidelitatis debitum praestare debent et tenentur.
Aquí paró un rato San Vicente, y se detenía adrede, haciendo una digresión mediendo, burlándose (que ansí lo enseña ser lícito la virtud de eutrapelia, cuando se ofrecen algunos casos de gran fiesta y regocijo, según Aristóteles y Santo Tomás) con la gente, que revivia ya por saber el nombre del rey. Y cuanto más se iba allegando al nombre, más se detenía, echando superlativos:
Illustrissimo, ac Excellentissimo et Potentissimo Principi et Domino, Domino Ferdinando Infanti Castellae.
Pagóse bien el pueblo del padre San Vicente, porque en nombrando al electo, fueron tantas las aclamaciones y alegrías de la gente, y la música de trompetas, cornetas y menestriles, y el estruendo de las bombardas y artillerías, que él no pudo decir más palabra: porque fue increíble el gozo que tomaron oyendo nombrar al infante don Fernando; y de cuyas santas y verdaderamente reales costumbres estaban bien informados. Era don Fernando siervo de Dios y muy devoto de Nuestra Señora; y antes de esta elección había hecho una cosa de grande ejemplo para todo el mundo, con la cual confundió de todo punto la soberbia y ambición de muchos príncipes que por sólo reinar posponen todas las leyes de cristiandad y el amor debido a su misma sangre y linaje. Fue asi, que cuando murió el rey don Enrique III de Castilla, hermano que fue de este infante don Fernando, dejó un hijo en la cuna llamado don Juan. Y como los grandes de Castilla temiesen grandemente los daños y desmanes que podían suceder en aquellos reinos, de ser gobernados por los tutores del niño, rogaron al don Fernando que, como hermano de don Enrique, aceptase el reino y se llamase rey de Castilla. Era él tan temeroso de Dios y tan enemigo de escandalizar con su mal ejemplo a sus prójimos, que en forma del mundo no quiso dar oído a cosa tan fea e injusta; antes bien les persuadió y así lo acabó con ellos que jurasen por rey al niño don Juan, que fue el segundo de este nombre en Castilla. Y pues don Fernando no quiso contra derecho (aunque de hecho se pudiera salir con ello) usurpar reino ajeno, proveyóle Dios de allí a seis años del reino propio. Que así suele ciertamente Dios galardonar las buenas obras, aun en este mundo a veces, para que entendamos que tiene en esta vida también su premio la virtud y que no se nos ha de librar solamente en el otro siglo su galardón.
Los que favorecían la parte del conde de Urgel quedaron con esta sentencia algo resabiados y mal contentos, como después lo mostraron, y les costó a muchos de ellos la vida; y el conde vino dentro de pocos años a perder todos sus bienes, y la libertad que valía más que ellos. Quiso San Vicente estorbar los males que del descontento de los amigos del conde se habían de seguir; y al otro día de la publicación de la sentencia, oídas las quejas de algunos que trataban a los jueces de enemigos de la patria porque habían quitado el reino al conde y dado a un extranjero, hizo otra plática y razonamiento en el mismo lugar donde, entre otras cosas, les vino a decir: Hermanos, cuando se trata de justicia no hay que mirar a las personas, ni se debe tener cuenta con los deseos humanos; y vosotros hacéis gran sentimiento por el conde de Urgel, con ser verdad que no tiene tanto derecho al reino no sólo como don Fernando, más aún como el duque de Gandía, que calla. Y si queréis proceder por respetos humanos, acordaos que don Fernando es hijo de madre catalana, y el conde de una lombarda; y que D. Fernando es de muy buenas costumbres, muy apacible, gentil-hombre y valiente por su persona; de manera que en todo hace ventaja al conde.
No bastó la buena diligencia del Santo para asosegar los valedores del conde; pero no obstante eso, por todos los reinos y ciudades se hicieron grandes fiestas por tan acertada sentencia. Particularmente en Valencia se holgaron tanto los oficiales y labradores, que fue necesario mandarles que volviesen a trabajar porque no se acabasen de destruir.
Vino el rey don Fernando a tomar posesión de sus reinos; y vista la contumacia y rebeldía del conde de Urgel, procedió contra él con todo el rigor posible. Y en fin, lo hubo a manos, y le castigó rigurosamente, enviándolo preso a Castilla. Y como le iba tomado de la maldición, quiso el Santo salirse al encuentro, para ver si podría ganar aquella ánima tan rebelde. Dicen que cuando el conde le vio, no pudo detener su cólera, aun en aquel estado tan abatido y afrentoso; dijo al Santo que era un hipócrita maldito, y que por sus intereses particulares le había a él quitado el reino contra toda justicia, como mal hombre que era. El Santo le respondió mansísimamente: Vos, conde, sois el mal hombre, que tal día hicisteis tal pecado, y no había Dios de permitir que un hombre tan roto de conciencia reinase en Aragón. Esto dijo, descubriéndole un grande pecado (que según algunos fue que mató a un propio hermano suyo del mismo conde), lo cual era tan secreto, que según el conde pensaba, nadie lo sabia. Pero Dios se lo había revelado al Santo. Fue de tanta eficacia esta reprensión, que desde entonces el conde comenzó a dar en la cuenta de la mala vida que había llevado, como un hombre que despierta de un sueño profundo y pidió con grande humildad perdón al Santo e hizo penitencia de su culpa.
Este caso es muy sabido por acá entre todo género de personas; sólo se engañan algunos pensando que aconteció estando el conde preso en el castillo de Játiva, acá en nuestro reino; lo cual es muy falso. Porque el conde, primero fue llevado a Castilla, y no fue traido a Játiva hasta el tiempo del rey don Alonso V, sucesor e hijo del rey don Fernando. Y holguéme cierto mucho, cuando el doctísimo señor Zurita me dijo en Madrid que él tenía instrumento de ello; en el cual se averiguaba que el conde de Urgel, don Jaime de Aragón, no fue traído al castillo de Játiva hasta el año 1429, cuando ya el Santo era muerto en Bretaña.
El mismo año que se publicó esta sentencia en favor del rey don Fernando, que (como queda dicho) fue el de 1412, fue el Santo a Barcelona y bajando del púlpito de Santa Catalina púsose de rodillas delante de él un barcelonés, y díjole: Dos años ha, padre, que me atormenta un dolor de cabeza tan recio que no he podido hallar remedio ni los medicos me lo saben dar. Vos, padre, que tanto podéis, sanadme. El Santo le respondió: Hermano, yo no soy médico, ni soy Dios tampoco para que te haga de sanar. Parece que se había en esto San Vicente como el Redentor, de quien leemos que a veces se hacía de rogar para dar salud, porque con esto creciese la fe de los enfermos. El hombre replicó: Padre, yo confío que me sanaréis. Y fue así que le sanó, poniéndole las manos sobre la cabeza y rezando a Dios por su salud.
En remate de este capítulo, en el cual tan a la larga hemos tratado de la sentencia publicada en Caspe, quiero satisfacer a dos dudas que quedan La primera es, cómo pudo decir San Vicente que el duque de Gandía tenía más derecho al reino que el conde de Urgel, siendo averiguado que el conde era biznieto por línea legítima y masculina del rey don Alonso IV de Aragón y el duque era biznieto también por la misma línea del rey don Jaime II de Aragón, que ya era más lejos del rey don Martín. A esto dirá yo una de dos cosas: o que San Vicente no hablaba del derecho de la sangre solamente, sino del derecho positivo, por el cual el conde no merecía ser rey; pues es cosa averiguada que no sólo había muerto (como otro Caín) a un su hermano por heredarle, por lo cual era digno de muerte y no del reino, mas había hecho matar a un arzobispo de Zaragoza, y por consiguiente estaba descomulgado y, como tal, no podía tener acción en ningún proceso de justicia hasta ser absuelto. O diría que realmente el duque tenia más derecho; y la razón está en la mano, porque (según es fama) al tiempo que murió el rey don Martín, aún era vivo don Alonso de Aragón el Viejo, el cual era no biznieto, sino nieto del rey don Jaime II, y por consiguiente era más cercano pariente de los reyes de Aragón que el conde de Urgel, y así se le debía más el reino: y como ya adquirido este derecho se muriese y le sucediese en el ducado de Gandía don Alonso su hijo (aunque antes de la declaración), parece que el mozo sucedía en el derecho y grado adquirido por su padre, y que aunque biznieto se había de contar como nieto y ser preferido al conde, aunque no al infante: porque el infante era nieto del rey más cercano al rey don Martín, que no el duque de Gandía.
La segunda duda es cómo San Vicente no dio el rey a don Juan II de Castilla, pues era hijo de don Enrique III, el cual era hermano mayor del infante don Fernando. Bien pudiera yo responder a esto jurídicamente, pero no quiero perder tiempo en ello, pues la historia del mismo rey don Juan nos saca de escrúpulo a lo cierto, y treinta y ocho capitulos. Porque allí se hallará cómo los letrados de Castilla determinaron que su propio rey don Juan no tenía tanto derecho a los reinos de Aragón como el infante don Fernando.

Fray Justino Antist O.P.
VIDA DE SAN VICENTE FERRER
B.A.C.

CONCIENCIA Y EDUCACIÓN

Contenido y fin de la educación en el orden natural, es el desarrollo del niño para que llegue a ser un hombre completo: contenido y fin de la educación cristiana es la formación del nuevo ser humano vuelto a nacer por el bautismo, como perfecto cristiano.
Nos proponemos ahora llamar la atención sobre un elemento que siendo la base de la educación, especialmente cristiana, les parece a algunos a primera vista completamente extraño. Quisiéramos hablar de esto que es lo que hay de más profundo e intrínseco en el hombre: la conciencia. Tenemos indicios de que algunas corrientes del pesamiento moderno comienzan a alterar el concepto y a impugnar el valor. Trataremos pues de la conciencia como objeto de la educación.
La conciencia es como el núcleo más íntimo y secreto del hombre. Ahí, él se refugia con sus facultades espirituales en absoluta soledad, solo con sí mismo —o mejor solo con Dios- cuya voz, la conciencia hace oír. Ahí, él se determina por el bien o por el mal; ahí él escoge entre el camino de la victoria o de la derrota. Aunque quisiese sacudírsela de encima, el hombre no tendría éxito nunca; con ella, que apruebe o que condene, recorrerá todo el camino de la vida, e igualmente con ella, testimonio verdadero e incorruptible, se presentará ante el juicio de Dios. La conciencia es por consiguiente, por decirlo así, una imagen un tanto anticuada, un santuario, en el cual todos deben inclinarse, aun cuando se trate del niño, el padre o la madre. Sólo el sacerdote entra ahí como un cuidador de almas y como un ministro del sacramento de la penitencia; ni por esto, la conciencia deja de ser un celoso santuario, del cual Dios mismo quiere custodiar el secreto, con el más sagrado silencio.
¿En qué sentido pues se puede hablar de la educación de la conciencia?
Es necesario referirse a algunos conceptos fundamentales de la doctrina católica, para comprendei bien que la conciencia puede y debe ser educada.
El Divino Salvador ha dado al hombre, ignorante y débil, su verdad y su gracia, la verdad para indicarle la vida que conduce a la meta; la gracia para conferirle la fuerza de poderla alcanzar.
Recorrer este camino, significa en la práctica, aceptar y querer los mandamientos de Cristo y conformar a ellos la vida ya sea en actos particulares, internos o externos, que la voluntad libre y humana escoge y fija. Ahora bien, ¿cuál es la facultad espiritual, que en los casos particulares se agrega a la misma voluntad, para que escoga y determine los actos que están conformes con la voluntad, sino la conciencia? Ella es pues, eco fiel, reflejo nítido de la norma divina de las acciones humanas. Así que la expresión, como "el juicio de la conciencia cristiana", o la otra "juzgar según la conciencia cristiana", tienen ese significado.
La norma de la última decisión personal para una acción moral está tomada de la palabra y de la voluntad de Cristo. El es, en efecto, camino, verdad y vida, no sólo para todos los hombres tomados en conjunto, sino para cada uno; y tal es para el hombre maduro, y tal para el niño y el joven.
De esto se deduce que formar la conciencia cristiana de un niño o de un joven consiste en iluminar sus mentes sobre la voluntad de Cristo, sobre su ley y sobre su vida y además en influir sobre su espíritu, en cuanto se puede desde el interior, a fin de inducirlo a la libre y constante ejecución de la voluntad Divina. Este es el más alto fin de la educación.
Pero; ¿en dónde encontrarán los educadores y los educados, con facilidad y certidumbre, la ley moral cristiana? En la Ley del Creador, impresa en el corazón de cada uno y en la revelación, de la verdad y de los preceptos enseñados por el Divino Maestro.
Ambas, sea la ley escrita en el corazón o sea la ley natural, sea la verdad y los preceptos de la revelación sobrenatural, que el Redentor Jesús ha puesto como tesoro moral de la humanidad en las manes de su Iglesia, y a la Iglesia, a fin de que ella los predique a todas las criaturas, los lustre y transmita intactos de cualquier contaminación de error, de una a otra generación.
Contra esta doctrina, indiscutible durante largos siglos, emergen dificultades y objeciones que es necesario aclarar.
Así como en la doctrina dogmática, así también en el orden natural moral católico, se quisiera instituir una revisión radical, para deducir una nueva valuación.
El paso primordial, o por decir mejor, el primer fin del edificio de las normas morales cristianas, debería ser el de unirla —como se pretende— a la vigilancia augusta de la autoridad de la Iglesia, para que liberada de las sutilezas sofisticadas del método casuístico, la moral sea conducida a su forma original y entregada simplemente a la inteligencia y determinación de la conciencia individual.
Cualquiera puede ver a que funestas consecuencias conduciría un cambio de fundamentos de la educación.
Omitiendo de revelar la manifiesta inexperiencia y falta de juicio de quienes sostienen opiniones semejantes, se ayudará a poner en evidencia el vicio central de "esta nueva moral". Esta al someter todo criterio ético a la conciencia individual, cerrada celosamente en sí misma y arbitro absoluto en sus determinaciones, en lugar de aligerar y despejar el camino, lo alejaría del verdadero camino que es Cristto.
El Divino Redentor ha consignado su revelación de la cual son parte esencial las obligaciones morales, no sólo a los hombres particulares, sino también a su Iglesia, a la cual ha dado la misión de conducirlos para que acepten fielmente aquel sagrado depósito.
Igualmente, la Divina asistencia, ordenada para preservar la revelación de errores y deformaciones, ha sido prometida a la Iglesia y no a los individuos. La sabia Providencia, también ella, para que la Iglesia, organismo viviente, pueda así con seguridad y agilidad, para iluminar y profundizar las verdades morales, o bien aplicarlas manteniendo intacta la substancia, a las condiciones variables de los lugares y de los tiempos.
¿Cómo es pues posible conciliar la disposición del Salvador que comisionó a la Iglesia como guardiana del patrimonio moral cristiano, con una autonomía individualista de la conciencia?
Esta, sustraída a su clima natural, no puede producir más que frutos venenosos, los cuales se reconocerán comparando solamente, las características de la conducta y de la perfección cristiana, cuya excelencia está probada por las obras incomparables de los Santos.
La "nueva moral" afirma que la Iglesia, antes que fomentar la Ley de la Libertad humana y del amor, hace lo contrario y educa casi exclusivamente y con excesiva rigidez sobre la firmeza y la intransigencia de las leyes morales cristianas, recurrienda aún a aquello: "Estáis obligados", "no está permitido", que tienen demasiado sabor de pedantería degradante.
Al contrario, la Iglesia quiere —y lo pone a la luz expresamente, cuando se trata de formar las conciencias— que el cristiano sea introducido en las riquezas infinitas de la gracia, de un modo persuasivo como si se sintiese inclinado a penetrarlas profundamente.
La Iglesia, sin embargo, no puede substraerse a la necesidad de amonestar y enterar a los fieles que estas riquezas no pueden ser adquiridas y conservadas sino por medio de precisas obligaciones morales.
Una conducta diferente, terminaría por hacer olvidar un principio preponderante sobre el cual Jesús siempre ha insistido. En efecto, El ha enseñado que para entrar en el Reino de los Cielos, no basta decir "Señor, Señor", sino que se tiene que hacer la voluntad del Padre Celestial. El ha hablado de la "puerta estrecha" y del "angosto camino" que conduce a la vida y ha agregado: "Esforzaos por entrar por la puerta estrecha, porque muchos, os digo, tratarán de entrar pero no podrán." El ha puesto como piedra de comparación y signo definitivo del amor hacia sí, la observación de los mandamientos. Igualmente al joven rico que le pregunta, le dice: "Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos" y a la pregunta "¿Cuáles?" contesta: "No matar, no cometer adulterio, no robar, no cometer falsos testimonios, honrar al padre y madre y al prójimo como a ti mismo".
El ha puesto como condiciones al que quiere imitarlo, la renuncia a sí mismo y cargar cada día la cruz. El exige que el hombre esté pronto a dejar por El y por su causa, cuanto tiene de más amado, como al padre, la madre, los hijos y al fin como último bien, la vida propia. Porque El agreqa: "A vos os digo amigos míos; no temáis a los que matan el cuerpo, y que por consiguiente no os pueden hacer más. Yo os enseñaré a quién debéis temer: temed a Aquél que después de la vida tiene el poder de enviaros al infierno".
Así hablaba Jesucristo, el Divino Pedagogo, que sabe penetrar en las almas y atraerlas a su amor con las perfecciones infinitas de su Corazón, "bonitate et amore plenum".
Tomando pues, como norma rígida, las palabras de Cristo, ¿no se debería decir que la Iglesia de hoy, está inclinada más bien a la condescendencia, que a la severidad? De manera que la acusación de dureza oprimente de la "nueva moral", ataca en realidad no la Iglesia, sino la misma persona de Cristo.
Conscientemente penetrados del derecho y del deber de la Sede Apostólica de intervenir cuando hay necesidad, de una manera autoritaria en los asuntos morales. Nosotros declaramos a los educadores y a la juventud: El mandamiento divino de la pureza del alma y del cuerpo, vale sin disminución, también para la juventud moderna.
También ella tiene la obligación moral, y ayudada de la gracia, la posibilidad moral de conservarse pura. Rechacemos pues, como errónea, la afirmación de aquéllos que consideran inevitables las caídas durante los años de la pubertad, las cuales no merecerían así, que se les hiciera caso, como si no fueran gran cosa, no pecado grave, porque ordinariamente, ellos dicen, la pasión escoge la libertad necesaria a fin de que un acto sea moralmente imputable.
Al contrario, es una norma obligatoria y sabia, que el educador, sin descuidar de presentar a los jóvenes los nobles premios de la pureza a modo de convencimiento, para amarla y desearla por si misma, inculque el mandamiento como tal, con toda la gravedad y seriedad de una orden divina Asi el educador patrocinará a los jóvenes para evitar las ocasiones próximas, los confortará en la lucha de la cual no ocultará la dureza, los inducirá a abrazar valerosamente los sacrificios que la virtud exige, y los exhortará a preservar y a no caer en el peligro de deponer las armas y sucumbir sin resistencia a costumbres perversas.
Aún más en el campo de la conducta privada, hay muchos actualmente, que quisieran excluir el dominio de la ley moral, de la vida pública, económica y social, de las acciones de los poderes públicos en el exterior y en el interior, en la paz y en la guerra, como si Dios no tuviese nada que decir.
La emanicipación de las actividades humanas externas, como las ciencias, la política y el arte, de la moral, queda tal vez motivado en sentido filosófico, por la autonomía en su campo, para gobernarse exclusivamente según leyes propias, aunque se admita que éstas colinden ordinariamente con las leyes morales. Si se toma el arte como ejemplo, al cual se niega no sólo dependencia, sino también toda relación con la moral, diciendo "El arte es solo arte, no es moral ni cualquier otra cosa", debe regirse por consiguiente con las leyes de la estética, las cuales, si son verdaderamente tales, no se doblegarán para servir a la concupiscencia. De igual modo, se piensa que la política y la economía no tienen necesidad de tomar consejo de otras ciencias, ni siquiera de la ética, sino que guiadas por sus leyes, son por esto mismo, buenas y justas.
Como se ve, es un modo sutil de substraer las conciencias al imperio de las leyes morales. En verdad no se puede negar que tales autonomías sean justas en cuanto muestran el método propio de cada una de sus actividades y los límites que separan sus diversas formas de una manera teórica; pero la separación de método no debe significar, que el hombre de ciencia, el artista, el político, estén libres de solicitudes morales, en el ejercicio de su actividad, especialmente si tienen relaciones inmediatas con el campo ético, como el arte, la política y la economía. La separación neta y teórica no tiene ningún sentido en la vida, que es siempre una síntesis, porque el sujeto único de toda clase de actividad es el mismo hombre cuyos actos libres y conscientes no pueden escapar a la valuación moral.
Si seguimos observando el problema con una mirada amplia y práctica, que tal vez falta aún a filósofos insignes, estas distinciones y autonomías son la cara de una naturaleza humana decaída y no apta para ser presentada como leyes del arte, de la política y de la economía, lo que por el contrario sería muy cómodo para la concupiscencia, el egoísmo y la lascivia. Así la autonomía teórica de la moral, se convierte en la práctica en rebelión hacia la moral, y se despedaza la armonía innata de las conciencias y de las artes, que los filósofos de esta escuela encuentran, pero llaman casual, siendo esencial, considerada desde el sujeto, que es el hombre y desde su Creador, Dios.
Nosotros no hemos cesado de insistir sobre el principio de que el orden querido por Dios abarca la vida interna sin excluir la vida pública en todas sus manifestaciones, persuadidos de que en esto no hay ninguna restricción de la verdadera libertad humana, ni ninguna intromisión en el campo del Estado, sino una seguridad contra errores y abusos los cuales la moral cristiana si es aplicada correctamente, puede proteger.
Estas verdades deben ser enseñadas a los jóvenes e introducidas en sus conciencias, por quienes, en la casa o en la escuela, tienen la obligación de atender a su educación, poniendo así la semilla de un futuro mejor. (1)
PÍO XII
1.- Radiomensaje en el "Día de la Familia", 24 de marzo de 1952.

CARTA ENCÍCLICA SATIS COGNITUM

DEL SUMO PONTÍFICE LEÓN XIII
SOBRE LA NATURALEZA DE LA IGLESIA

Introducción
1. Bien sabéis que una parte considerable de nuestros pensamientos y de nuestras preocupaciones tiene por objeto esforzarnos en volver a los extraviados al redil que gobierna el soberano Pastor de las almas, Jesucristo. Aplicando nuestra alma a ese objeto, Nos hemos pensado que sería utilísimo a tamaño designio y a tan grande empresa de salvación trazar la imagen de la Iglesia, dibujando, por decirlo así, sus contornos principales, y poner en relieve, como su distintivo más característico y más digno de especial atención, la unidad, carácter insigne de la verdad y del invencible poder que el Autor divino de la Iglesia ha impreso en su obra. Considerada en su forma y en su hermosura nativa, la Iglesia debe tener una acción muy poderosa sobre las almas, y no es apartarse de la verdad decir que ese espectáculo puede disipar la ignorancia y desvanecer las ideas falsas y las preocupaciones, sobre todo aquellas que no son hijas de la malicia. Pueden también excitar en los hombres el amor a la Iglesia, un amor semejante a la caridad, bajo cuyo impulso Jesucristo ha escogido a la Iglesia por su Esposa, rescatándola con su sangre divina; pues Jesucristo amó a la Iglesia y se entregó El mismo por ella (1).
Si para volver a esta madre amantísima deben aquellos que no la conocen, o los que cometieron el error de abandonarla, comprar ese retorno, desde luego, no al precio de su sangre (aunque a ese precio la pagó Jesucristo), pero sí al de algunos esfuerzos y trabajos, bien leves por otra parte, verán claramente al menos que esas condiciones no han sido impuestas a los hombres por una voluntad humana, sino por orden y voluntad de Dios, y, por lo tanto, con la ayuda de la gracia celestial, experimentarán por sí mismos la verdad de esta divina palabra: «Mi yugo es dulce y mi carga ligera»(2).

Por esto, poniendo nuestra principal esperanza en el «Padre de la luz, de quien desciende toda gracia y todo don perfecto»(3), en aquel que sólo «da el acrecentamiento»(4). Nos le pedimos, con vivas instancias, se digne poner en Nos el don de persuadir.
2. Dios, sin duda, puede operar por sí mismo y por su sola virtud todo lo que realizan los seres creados; pero, por un consejo misericordioso de su Providencia, ha preferido, para ayudar a los hombres, servirse de los hombres. Por mediación y ministerio de los hombres da ordinariamente a cada uno, en el orden puramente natural, la perfección que le es debida, y se vale de ellos, aun en el orden sobrenatural, para conferirles la santidad y la salud.
Pero es evidente que ninguna comunicación entre los hombres puede realizarse sino por el medio de las cosas exteriores y sensibles. Por esto el Hijo de Dios tomó la naturaleza humana, El, que teniendo la forma de Dios..., se anonadó, tomando la forma de esclavo y haciéndose semejante a los hombres(5): y así, mientras vivió en la tierra, reveló a los hombres, conversando con ellos, su doctrina y sus leyes.

Pero como su misión divina debía ser perdurable y perpetua, se rodeó de discípulos, a los que dio parte de su poder, y haciendo descender sobre ellos desde lo alto de los cielos «el Espíritu de verdad», les mandó recorrer toda la tierra y predicar fielmente a todas las naciones lo que El mismo había enseñado y prescrito, a fin de que, profesando su doctrina y obedeciendo sus leyes, el género humano pudiese adquirir la santidad en la tierra y en el cielo la bienaventuranza eterna.
Naturaleza sacramental de la Iglesia
3. Tal es el plan a que obedece la constitución de la Iglesia, tales son los principios que han presidido su nacimiento. Si miramos en ella el fin último que se propone y las causas inmediatas por las que produce la santidad en las almas, seguramente la Iglesia es espiritual; pero si consideramos los miembros de que se compone y los medios por los que los dones espirituales llegan hasta nosotros, la Iglesia es exterior y necesariamente visible. Por signos que penetran en los ojos y por los oídos fue como los apóstoles recibieron la misión de enseñar; y esta misión no la cumplieron de otro modo que por palabras y actos igualmente sensibles. Así su voz, entrando por el oído exterior, engendraba la fe en las almas: «la fe viene por la audición, y la audición por la palabra de Cristo»(6).
Y la fe misma, esto es, el asentimiento a la primera y soberana verdad, por su naturaleza, está encerrada en el espíritu, pero debe salir al exterior por la evidente profesión que de ella se hace: «pues se cree de corazón para la justicia; pero se confiesa por la boca para la salvación»(7). Así, nada es más íntimo en el hombre que la gracia celestial, que produce en él la salvación, pero exteriores son los instrumentos ordinarios y principales por los que la gracia se nos comunica: queremos hablar de los sacramentos, que son administrados con ritos especiales por hombres evidentemente escogidos para ese ministerio. Jesucristo ordenó a los apóstoles y a los sucesores de los apóstoles que instruyeran y gobernaran a los pueblos: ordenó a los pueblos que recibiesen su doctrina y se sometieran dócilmente a su autoridad. Pero esas relaciones mutuas de derechos y de deberes en la sociedad cristiana no solamente no habrían podido ser duraderas, pero ni aun habrían podido establecerse sin la mediación de los sentidos, intérpretes y mensajeros de las cosas.
4. Por todas estas razones, la Iglesia es con frecuencia llamada en las sagradas letras un cuerpo, y también el cuerpo de Cristo. «Sois el cuerpo de Cristo»(8). Porque la Iglesia es un cuerpo visible a los ojos; porque es el cuerpo de Cristo, es un cuerpo vivo, activo, lleno de savia, sostenido y animado como está por Jesucristo, que lo penetra con su virtud, como, aproximadamente, el tronco de la viña alimenta y hace fértiles a las ramas que le están unidas. En los seres animados, el principio vital es invisible y oculto en lo más profundo del ser, pero se denuncia y manifiesta por el movimiento y la acción de los miembros; así, el principio de vida sobrenatural que anima a la Iglesia se manifiesta a todos los ojos por los actos que produce.
De aquí se sigue que están en un pernicioso error los que, haciéndose una Iglesia a medida de sus deseos, se la imaginan como oculta y en manera alguna visible, y aquellos otros que la miran como una institución humana, provista de una organización, de una disciplina y ritos exteriores, pero sin ninguna comunicación permanente de los dones de la gracia divina, sin nada que demuestre por una manifestación diaria y evidente la vida sobrenatural que recibe de Dios.

Lo mismo una que otra concepción son igualmente incompatibles con la Iglesia de Jesucristo, como el cuerpo o el alma son por sí solos incapaces de constituir el hombre. El conjunto y la unión de estos dos elementos es indispensable a la verdadera Iglesia, como la íntima unión del alma y del cuerpo es indispensable a la naturaleza. La Iglesia no es una especie de cadáver; es el cuerpo de Cristo, animado con su vida sobrenatural. Cristo mismo, jefe y modelo de la Iglesia, no está entero si se considera en El exclusivamente la naturaleza humana y visible, como hacen los discípulos de Fotino o Nestorio, o únicamente la naturaleza divina e invisible, como hacen los monofisitas; pero Cristo es uno por la unión de las dos naturalezas, visible e invisible, y es uno en las dos: del mismo modo, su Cuerpo místico no es la verdadera Iglesia sino a condición de que sus partes visibles tomen su fuerza y su vida de los dones sobrenaturales y otros elementos invisibles; y de esta unión es de la que resulta la naturaleza de sus mismas partes exteriores.

Mas como la Iglesia es así por voluntad y orden de Dios, así debe permanecer sin ninguna interrupción hasta el fin de los siglos, pues de no ser así no habría sido fundada para siempre, y el fin mismo a que tiende quedaría limitado en el tiempo y en el espacio;
doble conclusión contraria a la verdad. Es cierto, por consiguiente, que esta reunión de elementos visibles e invisibles, estando por la voluntad de Dios en la naturaleza y la constitución íntima de la Iglesia, debe durar, necesariamente, tanto como la misma Iglesia dure.

5. No es otra la razón en que se funda San Juan Crisóstomo cuando nos dice: «No te separes de la Iglesia. Nada es más fuerte que la Iglesia. Tu esperanza es la Iglesia; tu salud es la Iglesia; tu refugio es la Iglesia. Es más alta que el cielo y más ancha que la tierra. No envejece jamás, su vigor es eterno. Por eso la Escritura, para demostrarnos su solidez inquebrantable, le da el nombre de montaña»(9). San Agustín añade: «Los infieles creen que la religión cristiana debe durar cierto tiempo en el mundo para luego desaparecer. Durará tanto como el sol; y mientras el sol siga saliendo y poniéndose, es decir, mientras dure el curso de los tiempos, la Iglesia de Dios, esto es, el Cuerpo de Cristo, no desaparecerá del mundo»(10). Y el mismo Padre dice en otro lugar: «La Iglesia vacílará si su fundamento vacila; pero ¿cómo podrá vacilar Cristo? Mientras Cristo no vacile, la Iglesia no flaqueará jamás hasta el fin de los tiempos. ¿Dónde están los que dicen: La Iglesia ha desaparecido del mundo, cuando ni siquiera puede flaquear?»(11).

Estos son los fundamentos sobre los que debe apoyarse quien busca la verdad. La Iglesia ha sido fundada y constituida por Jesucristo nuestro Señor; por tanto, cuando inquirimos la naturaleza de la Iglesia, lo esencial es saber lo que Jesucristo ha querido hacer y lo que ha hecho en realidad. Hay que seguir esta regla cuando sea preciso tratar, sobre todo, de la unidad de la Iglesia, asunto del que nos ha parecido bien, en interés de todo el mundo, hablar algo en las presentes letras.
Unicidad de la Iglesia
6. Sí, ciertamente, la verdadera Iglesia de Jesucristo es una; los testimonios evidentes y multiplicados de las Sagradas Letras han fijado tan bien este punto, que ningún cristiano puede llevar su osadía a contradecirlo. Pero cuando se trata de determinar y establecer la naturaleza de esta unidad, muchos se dejan extraviar por varios errores. No solamente el origen de la Iglesia, sino todos los caracteres de su constitución pertenecen al orden de las cosas que proceden de una voluntad libre; toda la cuestión consiste, pues, en saber lo que en realidad ha sucedido, y por eso es preciso averiguar no de qué modo la Iglesia podría ser una, sino qué unidad ha querido darle su Fundador. Si examinamos los hechos, comprobaremos que Jesucristo no concibió ni instituyó una Iglesia formada de muchas comunidades que se asemejan por ciertos caracteres generales, pero distintas unas de otras y no unidas entre sí por aquellos vínculos que únicamente pueden dar a la Iglesia la individualidad y la unidad de que hacemos profesión en el símbolo de la fe: «Creo en la Iglesia una»...
«La Iglesia está constituida en la unidad por su misma naturaleza; es una, aunque las herejías traten de desgarrarla en muchas sectas. Decimos, pues, que la antigua y católica Iglesia es una, porque tiene la unidad; de la naturaleza, de sentimiento, de principio, de excelencia... Además, la cima de perfección de la Iglesia, como el fundamento de su construcción, consiste en la unidad; por eso sobrepuja a todo el mundo, pues nada hay igual ni semejante a ella»(12). Por eso, cuando Jesucristo habla de este edificio místico, no menciona más que una Iglesia, que llama suya: «Yo edificaré mi Iglesia». Cualquiera otra que se quiera imaginar fuera de ella no puede ser la verdadera Iglesia de Jesucristo.
7. Esto resulta más evidente aún si se considera el designio del divino Autor de la Iglesia. ¿Qué ha buscado, qué ha querido Jesucristo nuestro Señor en el establecimiento y conservación de la Iglesia? Una sola cosa: transmitir a la Iglesia la continuación de la misma misión del mismo mandato que El recibió de su Padre.
Esto es lo que había decretado hacer y esto es lo que realmente hizo: «Como mi Padre me envió, os envío a vosotros»(13). «Como tú me enviaste al mundo, los he enviado también al mundo»(14). En la misión de Cristo entraba rescatar de la muerte y salvar «lo que había perecido»; esto es, no solamente algunas naciones o algunas ciudades, sino la universalidad del género humano, sin ninguna excepción en el espacio ni en el tiempo. «El Hijo del hombre ha venido... para que el mundo sea salvado por El»(15). «Pues ningún otro nombre ha sido dado a los hombres por el que podamos ser salvados»(16). La misión, pues, de la Iglesia es repartir entre los hombres y extender a todas las edades la salvación operada por Jesucristo y todos los beneficios que de ella se siguen. Por esto, según la voluntad de su Fundador, es necesario que sea única en toda la extensión del mundo y en toda la duración de los tiempos. Para que pudiera existir una unidad más grande sería preciso salir de los límites de la tierra e imaginar un género humano nuevo y desconocido.
8. Esta Iglesia única, que debía abrazar a todos los hombres, en todos los tiempos y en todos los lugares, Isaías la vislumbró y señaló por anticipado cuando, penetrando con su mirada en lo porvenir, tuvo la visión de una montaña cuya cima, elevada sobre todas las demás, era visible a todos los ojos y que representaba la Casa de Dios, es decir, la Iglesia: «En los últimos tiempos, la montaña, que es la Casa del Señor, estará preparada en la cima de las montañas»(17).
Pero esta montaña colocada sobre la cima de las montañas es única; única es esta Casa del Señor, hacia la cual todas las naciones deben afluir un día en conjunto para hallar en ella la regla de su vida. «Y todas las naciones afluirán hacia ella y dirán: Venid, ascendamos a la montaña del Señor, vamos a la Casa del Dios de Jacob y nos enseñará sus caminos y marcharemos por sus senderos»(18). Optato de Mileve dice a propósito de este pasaje: «Está escrito en la profecía de Isaías: La ley saldrá de Sión, y la palabra de Dios, de Jerusalén».
No es, pues, en la montaña de Sión donde Isaías ve el valle, sino en la montaña santa, que es la Iglesia, y que llenando todo el mundo romano eleva su cima hasta el cielo... La verdadera Sión espiritual es, pues, la Iglesia, en la cual Jesucristo ha sido constituido Rey por Dios Padre, y que está en todo el mundo, lo cual es exclusivo de la Iglesia católica(19). Y he aquí lo que dice San Agustín: «¿Qué hay más visible que una montaña?» Y, sin embargo, hay montañas desconocidas que están situadas en un rincón apartado del globo... Pero no sucede así con esa montaña, pues ella llena toda la superficie de la tierra y está escrito de ella que está establecida sobre las cimas de las montañas(20).
9. Es preciso añadir que el Hijo de Dios decretó que la Iglesia fuese su propio Cuerpo místico, al que se uniría para ser su Cabeza, del mismo modo que en el cuerpo humano, que tomó por la Encarnación, la cabeza mantiene a los miembros en una necesaria y natural unión. Y así como tomó un cuerpo mortal único que entregó a los tormentos y a la muerte para pagar el rescate de los hombres, así también tiene un Cuerpo místico único en el que y por medio del cual hizo participar a los hombres de la santidad y de la salvación eterna. «Dios le hizo (a Cristo) jefe de toda la Iglesia, que es su cuerpo»(21).
Los miembros separados y dispersos no pueden unirse a una sola y misma cabeza para formar un solo cuerpo. Pues San Pablo dice: «Todos los miembros del cuerpo, aunque numerosos, no son sino un solo cuerpo: así es Cristo»(22). Y es por esto por lo que nos dice también que este cuerpo está unido y ligado. «Cristo es el jefe, en virtud del que todo el cuerpo, unido y ligado por todas sus coyunturas que se prestan mutuo auxilio por medio de operaciones proporcionadas a cada miembro, recibe su acrecentamiento para ser edificado en la caridad»(23). Así, pues, si algunos miembros están separados y alejados de los otros miembros, no podrán pertenecer a la misma cabeza como el resto del cuerpo. «Hay dice San Cipriano un solo Dios, un solo Cristo, una sola Iglesia de Cristo, una sola fe, un solo pueblo que, por el vínculo de la concordia, está fundado en la unidad sólida de un mismo cuerpo. La unidad no puede ser amputada; un cuerpo, para permanecer único, no puede dividirse por el fraccionamiento de su organismo»(24). Para mejor declarar la unidad de su Iglesia, Dios nos la presenta bajo la imagen de un cuerpo animado, cuyos miembros no pueden vivir sino a condición de estar unidos con la cabeza y de tomar sin cesar de ésta su fuerza vital; separados, han de morir necesariamente. «No puede (la Iglesia) ser dividida en pedazos por el desgarramiento de sus miembros y de sus entrañas. Todo lo que se separe del centro de la vida no podrá vivir por sí solo ni respirar»(25). Ahora bien: ¿en qué se parece un cadáver a un ser vivo? «Nadie jamás ha odiado a su carne, sino que la alimenta y la cuida como Cristo a la Iglesia, porque somos los miembros de su cuerpo formados de su carne y de sus huesos»(26).
Que se busque, pues, otra cabeza parecida a Cristo, que se busque otro Cristo si se quiere imaginar otra Iglesia fuera de la que es su cuerpo. «Mirad de lo que debéis guardaros, ved por lo que debéis velar, ved lo que debéis tener. A veces se corta un miembro en el cuerpo humano, o más bien se le separa del cuerpo una mano, un dedo, un pie. ¿Sigue el alma al miembro cortado? Cuando el miembro está en el cuerpo, vive; cuando se le corta, pierde la vida. Así el hombre, en tanto que vive en el cuerpo de la Iglesia, es cristiano católico; separado se hará herético. El alma no sigue al miembro amputado»(27).
La Iglesia de Cristo es, pues, única y, además, perpetua: quien se separa de ella se aparta de la voluntad y de la orden de Jesucristo nuestro Señor, deja el camino de salvación y corre a su pérdida. «(Quien se separa de la Iglesia para unirse a una esposa adúltera, renuncia a las promesas hechas a la Iglesia. Quien abandona a la Iglesia de Cristo no logrará las recompensas de Cristo... Quien no guarda esta unidad, no guarda la ley de Dios, ni guarda la fe del Padre y del Hijo, ni guarda la vida ni la salud»(28).
Unidad de la Iglesia
10. Pero aquel que ha instituido la Iglesia única, la ha instituido una; es decir, de tal naturaleza, que todos los que debían ser sus miembros habían de estar unidos por los vínculos de una sociedad estrechísima, hasta el punto de formar un solo pueblo, un solo reino, un solo cuerpo. «Sed un solo cuerpo y un solo espíritu, como habéis sido llamados a una sola esperanza en vuestra vocación»(29).
En vísperas de su muerte, Jesucristo sancionó y consagró del modo más augusto su voluntad acerca de este punto en la oración que dirigió a su Padre: «No ruego por ellos solamente, sino por aquellos que por su palabra creerán en mí... a fin de que ellos también sean una sola cosa en nosotros... a fin de que sean consumados en la unidad»(30). Y quiso también que el vínculo de la unidad entre sus discípulos fuese tan íntimo y tan perfecto que imitase en algún modo a su propia unión con su Padre: «os pido... que sean todos una misma cosa, como vos mi Padre estáis en mí y yo en vos»(31).
Unidad de fe y comunión
11. Una tan grande y absoluta concordia entre los hombres debe tener por fundamento necesario la armonía y la unión de las inteligencias, de la que se seguirá naturalmente la armonía de las voluntades y el concierto en las acciones. Por esto, según su plan divino, Jesús quiso que la unidad de la fe existiese en su Iglesia; pues la fe es el primero de todos los vínculos que unen al hombre con Dios, y a ella es a la que debemos el nombre de fieles.
«Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo»(32), es decir, del mismo modo que no tienen más que un solo Señor y un solo bautismo, así todos los cristianos del mundo no deben tener sino una sola fe. Por esto el apóstol San Pablo no pide solamente a los cristianos que tengan los mismos sentimientos y huyan de las diferencias de opinión, sino que les conjura a ello por los motivos más sagrados: «Os conjuro, hermanos míos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que no tengáis más que un mismo lenguaje ni sufráis cisma entre vosotros, sino que estéis todos perfectamente unidos en el mismo espíritu y en los mismos sentimientos»(33). Estas palabras no necesitan explicación, son por sí mismas bastante elocuentes.
La Sagrada Escritura
12. Además, aquellos que hacen profesión de cristianismo reconocen de ordinario que la fe debe ser una. El punto más importante y absolutamente indispensable, aquel en que yerran muchos, consiste en discernir de qué naturaleza es, de qué especie es esta unidad. Pues aquí, como Nos lo hemos dicho más arriba, en semejante asunto no hay que juzgar por opinión o conjetura, sino según la ciencia de los hechos hay que buscar y comprobar cuál es la unidad de la fe que Jesucristo ha impuesto a su Iglesia.
La doctrina celestial de Jesucristo, aunque en gran parte esté consignada en libros inspirados por Dios, si hubiese sido entregada a los pensamíentos de los hombres no podría por sí misma unir los espíritus. Con la mayor facilidad llegaría a ser objeto de interpretaciones diversas, y esto no sólo a causa de la profundidad y de los misterios de esta doctrina, sino por la diversidad de los entendimientos de los hombres y de la turbación que nacería del choque y de la lucha de contrarias pasiones. De las diferencias de interpretación nacería necesariamente la diversidad de los sentimientos, y de ahí las controversias, disensiones y querellas, como las que estallaron en la Iglesia en la época más próxima a su origen: He aquí por qué escribía San Ireneo, hablando de los herejes: «Confiesan las Escrituras, pero pervierten su interpretación»(34). Y San Agustín: «El origen de las herejías y de los dogmas perversos, que tienden lazos a las almas y las precipitan en el abismo, está únicamente en que las Escrituras, que son buenas, se entienden de una manera que no es buena»(35).
El Magisterio de los apóstoles y sus sucesores
13. Para unir los espíritus, para crear y conservar la concordia de los sentimientos, era necesario, además de la existencia de las Sagradas Escrituras, otro principio. La sabiduría divina lo exige, pues Dios no ha podido querer la unidad de la fe sin proveer de un modo conveniente a la conservación de esta unidad, y las mismas Sagradas Escrituras indican claramente que lo ha hecho, como lo diremos más adelante. Ciertamente, el poder infinito de Dios no está ligado ni constreñido a ningún medio determinado, y toda criatura le obedece como un dócíl instrumento. Es, pues, preciso buscar, entre todos los medios de que disponía Jesucristo, cuál es el principio de unidad en la fe que quiso establecer.
Para esto hay que remontarse con el pensamiento a los primeros orígenes del cristianismo. Los hechos que vamos a recordar están confirmados por las Sagradas Letras y son conocidos de todos.
Jesucristo prueba, por la virtud de sus milagros, su divinidad y su misión divina; habla al pueblo para instruirle en las cosas del cielo y exige absolutamente que se preste entera fe a sus enseñanzas; lo exige bajo la sanción de recompensas o de penas eternas. «Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis»(36).
«Si no hubiese hecho entre ellos obras que ningún otro ha hecho no habrían pecado»(37). «Pero si yo hago esas obras y no queréis creer en mí, creed en mis obras»(38). Todo lo que ordena, lo ordena con la misma autoridad; en el asentimiento de espíritu que exige, no exceptúa nada, nada distingue. Aquellos, pues, que escuchaban a Jesús, si querían salvarse, tenían el deber no sólo de aceptar en general toda su doctrina, sino de asentir plenamente a cada una de las cosas que enseñaba. Negarse a creer, aunque sólo fuera en un punto, a Dios cuando habla es contrario a la razón.
14. A1 punto de volverse al cielo, envía a sus apóstoles revistiéndolos del mismo poder con el que el Padre le enviara, les ordenó que esparcieran y sembraran por todo el mundo su doctrina. «Todo poder me ha sido dado en el cielo y sobre la tierra. Id y enseñad a todas las naciones... enseñadles a observar todo lo que os he mandado»(39). Todos los que obedezcan a los apóstoles serán salvos, y los que no obedezcan perecerán.
«Quien crea y sea bautizado será salvo; quien no crea será condenado(40). Y como conviene soberaranamente a la Providencia divina no encargar a alguno de una misión, sobre todo si es importante y de gran valor, sin darle al mismo tiempo los medios de cumplirla, Jesucristo promete enviar a sus discípulos el Espíritu de verdad, que permanecerá con ellos eternamente. «Si me voy, os lo enviaré (al Paráclito)... y cuando este Espírítu de verdad venga sobre vosotros, os enseñará toda la verdad»(41). «Y yo rogaré a mi Padre, y El os enviará otro Paráclito para que viva siempre con vosotros; éste será el Espíritu de verdad»(42). «El os dará testimonio de mí, y vosotros también daréis testimonio»(43).
Además, ordenó aceptar religiosamente y observar santamente la doctrina de los apóstoles como la suya propia. «Quien os escucha me escucha, y quien os desprecia me desprecia»(44).
Los apóstoles, pues, fueron enviados por Jesucristo de la misma manera que El fue enviado por su Padre: «Como mi Padre me ha enviado, así os envío yo a vosotros»(45). Por consiguiente, así como los apóstoles y los discípulos estaban obligados a someterse a la palabra de Cristo, la misma fe debía ser otorgada a la palabra de los apóstoles por todos aquellos a quienes instruían los apóstoles en virtud del mandato divino. No era, pues, permitido repudiar un solo precepto de la doctrina de los apóstoles sin rechazar en aquel punto la doctrina del mismo Jesucristo.
Seguramente la palabra de los apóstoles después de haber descendido a ellos el Espíritu Santo, resonó hasta los lugares más apartados.
Donde ponían el pie se presentaban como los enviados de Jesús. «Es por El (Jesucristo) por quien hemos recibido la gracia y el apostolado para hacer que obedezcan a la fe, para gloria de su nombre en todas las naciones»(46). Y en todas partes Dios hacía resplandecer bajo sus pasos la divinidad de su misión por prodigios. «Y habiendo partido, predicaron por todas partes, y el Señor cooperaba con ellos y confirmaba su palabra por los milagros que la acompañaban»(47).
¿De qué palabra se trata? De aquella, evidentemente, que abraza todo lo que habían aprendido de su Maestro, pues ellos daban testimonio públicamente y a la luz del sol de que les era imposible callar nada de lo que habían visto y oído.
15. Pero, ya lo hemos dicho, la misión de los apóstoles no era de tal naturaleza que pudiese perecer con las personas de los apóstoles o para desaparecer con el tiempo, pues era una misión pública e instituida para la salvación del género humano. Jesucristo, en efecto, ordenó a los apóstoles que predicasen «el Evangelio a todas las gentes», y que «llevasen su nombre delante de los pueblos y de los reyes», y que le sirviesen de testigos hasta en las extremidades de la tierra.
Y en cumplimiento de esta gran misión les prometió estar con ellos, y esto no por algunos años, o algunos periodos de años, sino por todos los tiempos, «hasta la consumación de los siglos». Acerca de esto escribe San Jerónimo: «Quien promete estar con sus discípulos hasta la consumación de los siglos, muestra con esto que sus discípulos vivirán siempre, y que El mismo no cesará de estar con los creyentes»(48).
¿Y cómo había de suceder esto únicamente con los apóstoles, cuya condición de hombres les sujetaba a la ley suprema de la muerte? La Providencia divina había, pues, determinado que el magisterio instituido por Jesucristo no quedaría restringido a los límites de la vida de los apóstoles, sino que duraría siempre. Y, en realidad, vemos que se ha transmitido y ha pasado como de mano en mano en la sucesión de los tiempos.
16. Los apóstoles, en efecto, consagraron a los obispos y designaron nominalmente a los que debían ser sus sucesores inmediatos en el «ministerio de la palabra». Pero no fue esto solo: ordenaron a sus sucesores que escogieran hombres propios para esta función y que les revistieran de la misma autoridad y les confiasen a su vez el cargo de enseñar.
«Tú, pues, hijo mío, fortifícate en la gracia que está en Jesucristo, y lo que has escuchado de mí delante de gran número de testigos, confíalo a los hombres fieles que sean capaces de instruir en ello a los otros»(49). Es, pues, verdad que, así como Jesucristo fue enviado por Dios y los apóstoles por Jesucristo, del mismo modo los obispos y todos los que sucedieron a los apóstoles fueron enviados por los apóstoles.
«Los apóstoles nos han predicado el Evangelio enviados por nuestro Señor Jesucristo, y Jesucristo fue enviado por Dios. La misión de Cristo es la de Dios, la de los apóstoles es la de Cristo, y ambas han sido instituidas según el orden y por la voluntad de Dios... Los apóstoles predicaban el Evangelio por naciones y ciudades; y después de haber examinado, según el espíritu de Dios, a los que eran las primicias de aquellas cristiandades, establecieron los obispos y los diáconos para gobernar a los que habían de creer en lo sucesivo... Instituyeron a los que acabamos de citar, y más tarde tomaron sus disposiciones para que, cuando aquéllos murieran, otros hombres probados les sucedieran en su ministerio»(50).
Es, pues, necesario que de una manera permanente subsista, de una parte, la misión constante e inmutable de enseñar todo lo que Jesucristo ha enseñado, y de otra, la obligación constante e inmutable de aceptar y de profesar toda la doctrina así enseñada. San Cipriano lo expresa de un modo excelente en estos términos: «Cuando nuestro Señor Jesucristo, en el Evangelio, declara que aquellos que no están con El son sus enemigos, no designa una herejía en particular, sino denuncia como a sus adversarios a todos aquellos que no están enteramente con El, y que no recogiendo con El ponen en dispersión su rebaño: El que no está conmigo dijoestá contra mí, y el que no recoge conmigo esparce»(51).
17. Penetrada plenamente de estos principios, y cuidadosa de su deber, la Iglesia nada ha deseado con tanto ardor ni procurado con tanto esfuerzo cómo conservar del modo más perfecto la integridad de la fe. Por esto ha mirado como a rebeldes declarados y ha lanzado de su seno a todos los que no piensan como ella sobre cualquier punto de su doctrina.
Los arrianos, los montanistas, los novacianos, los cuartodecimanos, los eutiquianos no abandonaron, seguramente, toda la doctrina católica, sino solamente tal o cual parte, y, sin embargo, ¿quién ignora que fueron declarados herejes y arrojados del seno de la Iglesia? Un juicio semejante ha condenado a todos los fautores de doctrinas erróneas que fueron apareciendo en las diferentes épocas de la historia. «Nada es más peligroso que esos heterodoxos que, conservando en lo demás la integridad de la doctrina, con una sola palabra, como gota de veneno, corrompen la pureza y sencillez de la fe que hemos recibido de la tradición dominical, después apostólica»(52).
Tal ha sido constantemente la costumbre de la Iglesia, apoyada por el juicio unánime de los Santos Padres, que siempre han mirado como excluido de la comunión católica y fuera de la Iglesia a cualquiera que se separe en lo más mínimo de la doctrina enseñada por el magisterio auténtico. San Epifanio, San Agustín, Teodoreto, han mencionado un gran número de herejías de su tiempo. San Agustín hace notar que otras clases de herejías pueden desarrollarse, y que, si alguno se adhiere a una sola de ellas, por ese mismo hecho se separa de la unidad católica.
«De que alguno diga que no cree en esos errores (esto es, las herejías que acaba de enumerar), no se sigue que deba creerse y decirse cristiano católico. Pues puede haber y pueden surgir otras herejías que no están mencionadas en esta obra, y cualquiera que abrazase una sola de ellas cesaría de ser cristiano católico»(53).
18. Este medio, instituido por Dios para conservar la unidad de la fe, de que Nos hablamos, está expuesto con insistencia por San Pablo en su epístola a los de Efeso, al exhortarles, en primer término, a conservar la armonía de los corazones. «Aplicaos a conservar la unidad del espíritu por el vínculo de la paz»(54); y como los corazones no pueden estar plenamente unidos por la caridad si los espíritus no están conformes en la fe, quiere que no haya entre todos ellos más que una misma fe. «Un solo Señor y una sola fe».
Y quiere una unidad tan perfecta que excluya todo peligro de error, «a fin de que no seamos como niños vacilantes llevados de un lado a otro a todo viento de doctrina por la malignidad de los hombres, por la astucia que arrastra a los lazos del error». Y enseña que esta regla debe ser observada no durante un periodo de tiempo determinado, sino «hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe, en la medida de los tiempos de la plenitud de Cristo». Pero ¿dónde ha puesto Jesucristo el principio que debe establecer esta unidad y el auxilio que debe conservarla? Helo aquí: «Ha hecho a unos apóstoles, a otros pastores y doctores para la perfección de los santos, para la obra del ministerio, para la edificación del Cuerpo de Cristo».
19. Esta es también la regla que desde la antigüedad más remota han seguido siempre y unánimemente han defendido los Padres y los doctores. Escuchad a Orígenes: «Cuantas veces nos muestran los herejes las Escrituras canónicas, a las que todo cristiano da su asentimiento y su fe, parecen decir: En nosotros está la palabra de la verdad. Pero no debemos creerlos ni apartarnos de la primitiva tradición eclesiástica, ni creer otra cosa que lo que las Iglesias de Dios nos han enseñado por la tradición sucesiva»(55).
Escuchad a San Ireneo: «La verdadera sabiduría es la doctrina de los apóstoles... que ha llegado hasta nosotros por la sucesión de los obispos... al transmitirnos el conocimiento muy completo de las Escrituras, conservado sin alteración»(56).
He aquí lo que dice Tertuliano: «Es evidente que toda doctrina, conforme con las de las Iglesias apostólicas, madres y fuentes primitivas de la fe, debe ser declarada verdadera; pues que ella guarda sin duda lo que las Iglesias han recibido de los apóstoles; los apóstoles, de Cristo; Cristo, de Dios... Nosotros estamos siempre en comunión con las Iglesias apostólicas; ninguna tiene diferente doctrina; éste es el mayor testimonio de la verdad»(57).
Y San Hilario: «Cristo, sentado en la barca para enseñar, nos hace entender que los que están fuera de la Iglesia no pueden tener ninguna inteligencia con la palabra divina. Pues la barca representa a la Iglesia, en la que sólo el Verbo de verdad reside y se hace escuchar, y los que están fuera de ella y fuera permanecen, estériles e inútiles como la arena de la ribera, no pueden comprenderle»(58).
Rufino alaba a San Gregorio Nacianceno y a San Basilio porque «se entregaban únicamente al estudio de los libros de la Escritura Santa, sin tener la presunción de pedir su interpretación a sus propios pensamientos, sino que la buscaban en los escritos y en la autoridad de los antiguos, que, a su vez, según era evidente, recibieron de la sucesión apostólica la regla de su interpretación»(59).
Integridad del depósito de la fe
20. Es, pues, incontestable, después de lo que acabamos de decir, que Jesucristo instituyó en la Iglesia un magisterio vivo, auténtico y además perpetuo, investido de su propia autoridad, revestido del espíritu de verdad, confirmado por milagros, y quiso, y muy severamente lo ordenó, que las enseñanzas doctrinales de ese magisterio fuesen recibidas como las suyas propias. Cuantas veces, por lo tanto, declare la palabra de ese magisterio que tal o cual verdad forma parte del conjunto de la doctrina divinamente revelada, cada cual debe creer con certidumbre que eso es verdad; pues si en cierto modo pudiera ser falso, se seguiría de ello, lo cual es evidentemente absurdo, que Dios mismo sería el autor del error de los hombres. «Señor, si estamos en el error, vos mismo nos habéis engañado» (60). Alejado, pues, todo motivo de duda, ¿puede ser permitido a nadie rechazar alguna de esas verdades sin precipitarse abiertamente en la herejía, sin separarse de la Iglesia y sin repudiar en conjunto toda la doctrina cristiana?
Pues tal es la naturaleza de la fe, que nada es más imposible que creer esto y dejar de creer aquello. La Iglesia profesa efectivamente que la fe es «una virtud sobrenatural por la que, bajo la inspiración y con el auxilio de la gracia de Dios, creemos que lo que nos ha sido revelado por El es verdadero; y lo creemos no a causa de la verdad intrínseca de las cosas, vista con la luz natural de nuestra razón, sino a causa de la autoridad de Dios mismo, que nos revela esas verdades y que no puede engañarse ni engañarnos»(61).
«Si hay, pues, un punto que haya sido revelado evidentemente por Dios y nos negamos a creerlo, no creemos en nada de la fe divina». Pues el juicio que emite Santiago respecto de las faltas en el orden moral hay que aplicarlo a los errores de entendimiento en el orden de la fe. «Quien se hace culpado en un solo punto, se hace transgresor de todos»(62). Esto es aún más verdadero en los errores del entendimiento. No es, en efecto, en el sentido más propio como pueda llamarse transgresor de toda la ley a quien haya cometido una sola falta moral, pues si puede aparecer despreciando a la majestad de Dios, autor de toda la ley, ese desprecio no aparece sino por una suerte de interpretación de la voluntad del pecador. Al contrario, quien en un solo punto rehúsa su asentimiento a las verdades divinamente reveladas, realmente abdica de toda la fe, pues rehúsa someterse a Dios en cuanto a que es la soberana verdad y el motivo propio de la fe. «En muchos puntos están conmigo, en otros solamente no están conmigo; pero a causa de esos puntos en los que no están conmigo, de nada les sirve estar conmigo en todo lo demás»(63).
Nada es más justo; porque aquellos que no toman de la doctrina cristiana sino lo que quieren, se apoyan en su propio juicio y no en la fe, y al rehusar «reducir a servidumbre toda inteligencia bajo la obediencia de Cristo(64) obedecen en realidad a sí mismos antes que a Dios. «Vosotros, que en el Evangelio creéis lo que os agrada y os negáis a creer lo que os desagrada, creéis en vosotros mismos mucho más que en el Evangelio»(65).
21. Los Padres del concilio Vaticano I nada dictaron de nuevo, pues sólo se conformaron con la institución divina y con la antigua y constante doctrina de la Iglesia y con la naturaleza misma de la fe cuando formularon este decreto: «Se deben creer como de fe divina y católica todas las verdades que están contenidas en la palabra de Dios escrita o transmitida por la tradición, y que la Iglesia, bien por un juicio solemne o por su magisterio ordinario y universal, propone como divinamente revelada»(66).
Siendo evidente que Dios quiere de una manera absoluta en su Iglesia la unidad de la fe, y estando demostrado de qué naturaleza ha querido que fuese esa unidad, y por qué principio ha decretado asegurar su conservación, séanos permitido dirigirnos a todos aquellos que no han resuelto cerrar los oídos a la verdad y decirles con San Agustín: «Pues que vemos en ellos un gran socorro de Dios y tanto provecho y utilidad, ¿dudaremos en acogernos en el seno de esta Iglesia que, según la confesión del género humano, tiene en la Sede Apostólica y ha guardado por la sucesión de sus obispos la autoridad suprema, a despecho de los clamores de los herejes que la asedian y han sido condenados, ya por el juicio del pueblo, ya por las solemnes decisiones de los concilios, o por la majestad de los milagros? No querer darle el primer lugar es seguramente producto de una soberana impiedad o de una arrogancia desesperada. Y si toda ciencia, aun la más humilde y fácil, exige, para ser adquirida, el auxilio de un doctor o de un maestro, ¿puédese imaginar un orgullo más temerario, tratándose de libros de los divinos misterios, negarse a recibirlo de boca de sus intérpretes y sin conocerlos querer condenarlos?»(67).
Fe y vida cristiana
22. Es, pues, sin duda deber de la Iglesia conservar y propagar la doctrina cristiana en toda su integridad y pureza. Pero su papel no se limita a eso, y el fin mismo para el que la Iglesia fue instituida no se agotó con esta primera obligación. En efecto, por la salud del género humano se sacrificó Jesucristo, y a este fin refirió todas sus enseñanzas y todos sus preceptos, y lo que ordenó a la Iglesia que buscase en la verdad de la doctrina fue la santificación y la salvación de los hombres. Pero este designio tan grande y tan excelente, no puede realizarse por la fe sola; es preciso añadir a ella el culto dado a Dios en espíritu de justicia y de piedad, y que comprende, sobre todo, el sacrificio divino y la participación de los sacramentos, y por añadidura la santidad de las leyes morales y de la disciplina.
Todo esto debe encontrarse en la Iglesia, pues está encargada de continuar hasta el fin de los siglos las funciones del Salvador; la religión que, por la voluntad de Dios, en cierto modo toma cuerpo en ella es la Iglesia sola quien la ofrece en toda su plenitud y perfección; e igualmente todos los medios de salvacíón que, en el plan ordinario de la Providencia, son necesarios a los hombres, sólo ella es quien los procura.
Unidad de régimen
23. Pero así como la doctrina celestial no ha estado nunca abandonada al capricho o al juicio individual de los hombres, sino que ha sido primeramente enseñada por Jesús, después confiada exclusivamente al magisterio de que hemos hablado, tampoco al primero que llega entre el pueblo cristiano, sino a ciertos hombres escogidos ha sido dada por Dios la facultad de cumplir y administrar los divinos misterios y el poder de mandar y de gobernar.
Sólo a los apóstoles y a sus legítimos sucesores se refieren estas palabras de Jesucristo: «Id por todo el mundo y predicad el Evangelio... bautizad a los hombres... haced esto en memoria mía... A quien remitierais los pecados le serán remitidos». Del mismo modo, sólo a los apóstoles y a sus legítimos sucesores se les ordenó apacentar el rebaño, esto es, gobernar con autoridad al pueblo cristiano, que por este mandato quedó obligado a prestarles obediencia y sumisión. El conjunto de todas estas funciones del ministerio apostólico está comprendido en estas palabras de San Pablo: «Que los hombres nos miren como a ministros de Cristo y dispensadores de los misterios de Dios»(68).
De este modo, Jesucristo llamó a todos los hombres sin excepción, a los que existían en su tiempo y a los que debían de existir en adelante, para que le siguiesen como a Jefe y Salvador, y no aislada e individualmente, sino todos en conjunto, unidos en una asociación de personas, de corazones, para que de esta multitud resultase un solo pueblo, legítimamente constituido en sociedad; un pueblo verdaderamente uno por la comunidad de fe, de fin y de medios apropiados a éste; un pueblo sometido a un solo y mismo poder.
De hecho, todos los principios naturales que entre los hombres crean espontáneamente la sociedad destinada a proporcionarles la perfección de que su naturaleza es capaz, fueron establecidos por Jesucristo en la Iglesia, de modo que, en su seno, todos los que quieran ser hijos adoptivos de Dios pueden llegar a la perfección conveniente a su dignidad y conservarla, y así lograr su salvación. La Iglesia, pues, como ya hemos indicado, debe servir a los hombres de guía en el camino del cielo, y Dios le ha dado la misión de juzgar y de decidir por sí misma de todo lo que atañe a la religión, y de administrar, según su voluntad, libremente y sin cortapisas de ningún género, los intereses cristianos.
24. Es, por lo tanto, no conocerla bien o calumniarla injustamente el acusarla de querer invadir el dominio propio de la sociedad civil o de poner trabas a los derechos de los soberanos. Todo lo contrario; Dios ha hecho de la Iglesia la más excelente de todas las sociedades, pues el fin a que se dirige sobrepuja en nobleza al fin de las demás sociedades, tanto como la gracia divina sobrepuja a la naturaleza y los bienes inmortales son superiores a las cosas perecederas.
Por su origen es, pues, la Iglesia una sociedad divina; por su fin y por los medios inmediatos que la conducen es sobrenatural; por los miembros de que se compone, y que son hombres, es una sociedad humana. Por esto la vemos designada en las Sagradas Escrituras con los nombres que convienen a una sociedad perfecta. Llámasela no solamente Casa de Dios, la Ciudad colocada sobre la montaña y donde todas las naciones deben reunirse, sino también Rebaño que debe gobernar un solo pastor y en el que deben refugiarse todas las ovejas de Cristo; también es llamada Reino suscitadopor Dios y que durará eternamente; en fin, Cuerpo de Cristo, Cuerpo místico, sin duda, pero vivo siempre, perfectamente formado y compuesto de gran número de miembros, cuya función es diferente, pero ligados entre sí y unidos bajo el imperio de la Cabeza, que todo lo dirige.
Y pues es imposible imaginar una sociedad humana verdadera y perfecta que no esté gobernada por un poder soberano cualquiera, Jesucristo debe haber puesto a la cabeza de la Iglesia un jefe supremo, a quien toda la multitud de los cristianos fuese sometida y obediente. Por esto también, del mismo modo que la Iglesia, para ser una en su calidad de reunión de los fieles, requiere necesariamente la unidad de la fe, también para ser una en cuanto a su condición de sociedad divinamente constituida ha de tener de derecho divino la unidad de gobierno, que produce y comprende la unidad de comunión. «La unidad de la Iglesia debe ser considerada bajo dos aspectos: primero, el de la conexión mutua de los miembros de la Iglesia o la comunicación que entre ellos existe, y en segundo lugar, el del orden, que liga a todos los miembros de la Iglesia a un solo jefe(69).
Por aquí se puede comprender que los hombres no se separan menos de la unidad de la Iglesia por el cisma que por la herejía. «Se señala como diferencia entre la herejía y el cisma que la herejía profesa un dogma corrompido, y el cisma, consecuencia de una disensión entre el episcopado, se separa de la Iglesia»(70).
Estas palabras concuerdan con las de San Juan Crisóstomo sobre el mismo asunto: «Digo y protesto que dividir a la Iglesia no es menor mal que caer en la herejía»(71). Por esto, si ninguna herejía puede ser legítima, tampoco hay cisma que pueda mirarse como promovido por un buen derecho. «Nada es más grave que el sacrilegio del cisma: no hay necesidad legítima de romper la unidad»(72).
El Primado de Pedro
25. ¿Y cuál es el poder soberano a que todos los cristianos deben obedecer y cuál es su naturaleza? Sólo puede determinarse comprobando y conociendo bien la voluntad de Cristo acerca de este punto. Seguramente Cristo es el Rey eterno, y eternamente, desde lo alto del cielo, continúa dirigiendo y protegiendo invisiblemente su reino; pero como ha querido que este reino fuera visible, ha debido designar a alguien que ocupe su lugar en la tierra después que él mismo subió a los cielos.
«Si alguno dice que el único jefe y el único pastor es Jesucristo, que es el único esposo de la Iglesia única, esta respuesta no es suficiente. Es cierto, en efecto, que el mismo Jesucristo obra los sacramentos en la Iglesia. El es quien bautiza, quien remite los pecados; es el verdadero Sacerdote que se ofrece sobre el altar de la cruz y por su virtud se consagra todos los días su cuerpo sobre el altar, y, no obstante, como no debía permanecer con todos los fieles por su presencia corpórea, escogió ministros por cuyo medio pudieran dispensarse a los fieles los sacramentos de que acabamos de hablar, como lo hemos dicho más arriba (c.74). Del mismo modo, porque debía sustraer a la Iglesia su presencia corporal, fue preciso que designara a alguien para que, en su lugar, cuidase de la Iglesia universal. Por eso dijo a Pedro antes de su ascensión: "Apacienta mis ovejas"»(73).
26. Jesucristo, pues, dio a Pedro a la Iglesia por jefe soberano, y estableció que este poder, ínstituido hasta el fin de los siglos para la salvación de todos, pasase por herencia a los sucesores de Pedro, en los que el mismo Pedro se sobreviviría perpetuamente por su autoridad. Seguramente al bienaventurado Pedro, y fuera de él a ningún otro, se hizo esta insigne promesa: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia»(74). «Es a Pedro a quien el Señor habló; a uno solo, a fin de fundar 1a unidad por uno solo»(75).
«En efecto, sin ningún otro preámbulo, designa por su nombre al padre del apóstol y al apóstol mismo (Tú eres bienaventurado, Simón, hijo de Jonás), y no permitiendo ya que se le llame Simón, reivindica para él en adelante como suyo en virtud de su poder, y quiere por una imagen muy apropiada que así se llame al nombre de Pedro, porque es la piedra sobre la que debía fundar su Iglesia»(76).
Según este oráculo, es evidente que, por voluntad y orden de Dios, la Iglesia está establecida sobre el bienaventurado Pedro, como el edificio sobre los cimientos. Y pues la naturaleza y la virtud propia de los cimientos es dar cohesión al edificio por la conexión íntima de sus diferentes partes y servir de vínculo necesario para la seguridad y solidez de toda la obra, si el cimiento desaparece, todo el edificio se derrumba. El papel de Pedro es, pues, el de soportar a la Iglesia y mantener en ella la conexión y la solidez de una cohesión indisoluble. Pero ¿cómo podría desempeñar ese papel si no tuviera el poder de mandar, defender y juzgar; en una palabra: un poder de jurisdicción propio y verdadero? Es evidente que los Estados y las sociedades no pueden subsistir sin un poder de jurisdicción. Una primacía de honor, o el poder tan modesto de aconsejar y advertir que se llama poder de dirección, son incapaces de prestar a ninguna sociedad humana un elemento eficaz de unidad y de solidez.
27. Por el contrario, el verdadero poder de que hablamos está declarado y afirmado con estas palabras: «Y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella».
«¿Qué es decir contra ella? ¿Es contra la piedra sobre la que Jesucristo edificó su Iglesia? ¿Es contra la Iglesia? La frase resulta ambigua. ¿Será para significar que la piedra y la Iglesia no son sino una misma cosa? Sí; eso es, a lo que creo, la verdad; pues las puertas del infierno no prevalecerán ni contra la piedra sobre la que Jesucristo fundó la Iglesia, ni contra la Iglesia misma»(77). He aquí el alcance de esta divina palabra: La Iglesia apoyada en Pedro, cualquiera que sea la habilidad que desplieguen sus enemigos, no podrá sucumbir jamás ni desfallecer en lo más mínimo.
«Siendo la Iglesia el edificio de Cristo, quien sabiamente ha edificado su casa sobre piedra, no puede estar sometida a las puertas del infierno; éstas pueden prevalecer contra quien se encuentre fuera de la piedra, fuera de la Iglesia, pero son impotentes contra ésta»(78). Si Dios ha confiado su Iglesia a Pedro, ha sido con el fin de que ese sostén invisible la conserve siempre en toda su integridad. La ha investido de la autoridad, porque para sostener real y eficazmente una sociedad humana, el derecho de mandar es indispensable a quien la sostiene.
28. Jesús añade aún: «Y te daré las llaves del reino de los cielos», y es claro que continúa hablando de la Iglesia, de esta Iglesia que acaba de llamar suya y que ha declarado querer edificar sobre Pedro como sobre su fundamento. La Iglesia ofrece, en efecto, la imagen no sólo de un edificio, sino de un reino; y además nadie ignora que las llaves son la insignia ordinaria de la autoridad. Así, cuando Jesús promete dar a Pedro las llaves del reino de los cielos, promete darle el poder y la autoridad de la Iglesia. «El Hijo le ha dado (a Pedro) la misión de esparcir en el mundo entero el conocimiento del Padre y del Hijo y ha dado a un hombre mortal todo el poder de los cielos al confiar las llaves a Pedro, que ha extendido la Iglesia hasta las extremidades del mundo y que la ha mostrado más inquebrantable que el cielo»(79).
29. Lo que sigue tiene también el mismo sentido: «Todo lo que atares en la tierra será también atado en el cielo, y lo que desatares en la tierra será desatado en el cielo». Esta expresión figurada: atar y desatar, designa el poder de establecer leyes y el de juzgar y castigar. Y Jesucristo afirma que ese poder tendrá tanta extensión y tal eficacia, que todos los decretos dados por Pedro serán ratificados por Dios. Este poder es, pues, soberano y de todo punto independiente, porque no hay sobre la tierra otro poder superior al suyo que abrace a toda la Iglesia y a todo lo que está confiado a la Iglesia.
30. La promesa hecha a Pedro fue cumplida cuando Jesucristo nuestro Señor, después de su resurrección, habiendo preguntado por tres veces a Pedro si le amaba más que los otros, le dijo en tono imperativo: «Apacienta mis corderos... apacienta mis ovejas»(80).
Es decir, que a todos los que deben estar un día en su aprisco les envía a Pedro como a su verdadero pastor. «Si el Señor pregunta lo que no le ofrece duda, no quiere, indudablemente, instruirse, sino instruir a quien, a punto de subir al cielo, nos dejaba por Vicario de su amor... Y porque sólo entre todos Pedro profesaba este amor, es puesto a la cabeza de los más perfectos para gobernarlos, por ser él mismo más perfecto»(81). El deber y el oficio del pastor es guiar al rebaño, velar por su salud, procurándole pastos saludables, librándole de los peligros, descubriendo los lazos y rechazando los ataques violentos; en una palabra: ejerciendo la autoridad del gobierno. Y pues Pedro ha sido propuesto como pastor al rebaño de fieles, ha recibido el poder de gobernar a todos los hombres, por cuya salvación Jesucristo dio su sangre «¿Y por qué vertió su sangre? Para rescatar a esas ovejas que ha confiado a Pedro y a sus sucesores»(82).
31. Y porque es necesario que todos los cristianos estén unidos entre sí por la comunidad de una fe inmutable, nuestro Señor Jesucristo, por la virtud de sus oraciones, obtuvo para Pedro que en el ejercicio de su poder no desfalleciera jamás su fe. «He orado por ti a fin de que tu fe no desfallezca»(83).
Y le ordenó además que, cuantas veces lo pidieran las circunstancias, comunicase a sus hermanos la luz y la energía de su alma: «Confirma a tus hermanos»(84). Aquel, pues, a quien, designado como fundamento de la Iglesia, quiere que sea columna de la fe. Pues que de su propia autoridad le dio el reino, no podía afirmar su fe de otro modo que llamándole Piedra y designándole como el fundamento que debía afirmar su Iglesia(83).
Soberanía de Cristo
32. De aquí que ciertos nombres que designan muy grandes cosas y que «pertenecen en propiedad a Jesucristo en virtud de su poder, Jesús mismo ha querido hacerlas comunes a El y a Pedro por participación(86), a fin de que la comunidad de títulos manifestase la comunidad del poder. Así, El, que es la piedra principal del ángulo sobre la que todo el edificio construido se eleva como un templo sagrado en el Señor»(87), ha establecido a Pedro como la piedra sobre la que debía estar apoyada su Iglesia. «Cuando dice: Tú eres la piedra, esta palabra le confiere un hermoso título de nobleza. Y, sin embargo, es la piedra, no como Cristo es la piedra, sino como Pedro puede ser la piedra. Cristo es esencialmente la piedra inquebrantable, y por ésta es por quien Pedro es la piedra. Porque Cristo comunica sus dignidades sin empobrecerse... Es sacerdote y hace sacerdotes... Es piedra y hace de su apóstol la piedra»(88).
Es, además, el Rey de la Iglesia, «que posee la llave de David; cierra, y nadie puede abrir; abre, y nadie puede cerrar»(89), y por eso, al dar las llaves a Pedro, le declara jefe de la sociedad cristiana. Es también el Pastor supremo, que a sí mismo se llama el Buen Pastor(90), y por eso también ha nombrado a Pedro pastor de sus corderos y ovejas. Por esto dice San Crisóstomo:
«Era el principal entre los apóstoles, era como la boca de los otros discípulos y la cabeza del cuerpo apostólico... Jesús, al decirle que debe tener en adelante confianza, porque la mancha de su negación está ya borrada, le confía el gobierno de sus hermanos. Si tú me amas, sé jefe de tus hermanos»(91). Finalmente, aquel que confirma «en toda buena obra y en toda buena palabra»(92) es quien manda a Pedro que confirme a sus hermanos.
San León el Grande dice con razón: «Del seno del mundo entero, Pedro sólo ha sido elegido para ser puesto a la cabeza de todas las naciones llamadas, de todos los apóstoles, de todos los Padres de la Iglesia; de tal suerte que, aunque haya en el pueblo de Dios muchos pastores, Pedro, sin embargo, rige propiamente a todos los que son principalmente regidos por Cristo»(93). Sobre el mismo asunto escribe San Gregorio el Grande al emperador Mauricio Augusto: «Para todos los que conocen el Evangelio, es evidente que, por la palabra del Señor, el cuidado de toda la Iglesia ha sido confiado al santo apóstol Pedro, jefe de todos los apóstoles... Ha recibido las llaves del reino de los cielos, el poder de atar y desatar le ha sido concedido, y el cuidado y el gobierno de toda la Iglesia le ha sido confiado»(94).
Los sucesores de Pedro
33. Y pues esta autoridad, al formar parte de la constitución y de la organización de la Iglesia como su elemento principal, es el principio de la unidad, el fundamento de la seguridad y de la duración perpetua, se sigue que de ninguna manera puede desaparecer con el bienaventurado Pedro, sino que debía necesariamente pasar a sus sucesores y ser transmitida de uno a otro. «La disposición de la verdad permanece, pues el bienaventurado Pedro, perseverando en la firmeza de la piedra, cuya virtud ha recibido, no puede dejar el timón de la Iglesia, puesto en su mano»(95).
Por esto los Pontífices, que suceden a Pedro en el episcopado romano, poseen de derecho divino el poder supremo de la Iglesia. «Nos definimos que la Santa Sede Apostólica y el Pontífice Romano poseen la primacía sobre el mundo entero, y que el Pontífice Romano es el sucesor del bienaventurado Pedro, Príncipe de los Apóstoles, y que es el verdadero Vicario de Jesucristo, el Jefe de toda la Iglesia, el Padre y el Doctor de todos los cristianos, y que a él, en la persona del bienaventurado Pedro, ha sido dado por nuestro Señor Jesucristo el pleno poder de apacentar, regir y gobernar la Iglesia universal; así como está contenido tanto en las actas de los concilios ecuménicos como en los sagrados cánones»(96). El cuarto concilio de Letrán dice también: «La Iglesia romana..., por la disposición del Señor, posee el principado del poder ordinario sobre las demás Iglesias, en su cualidad de madre y maestra de todos los fieles de Cristo».
34. Tal había sido antes el sentimiento unánime de la antigüedad, que sin la menor duda ha mirado y venerado a los Obispos de Roma como a los sucesores legítimos del bienaventurado Pedro. ¿Quién podrá ignorar cuán numerosos y cuán claros son acerca de este punto los testimonios de los Santos Padres? Bien elocuente es el de San Ireneo, que habla así de la Iglesia romana: «A esta Iglesia, por su preeminencia superior, debe necesariamente reunirse toda la Iglesia»(97).
San Cipriano afirma también de la Iglesia romana que es «la raíz y madre de la Iglesia católica(98), la Cátedra de Pedro y la Iglesia principal, aquella de donde ha nacido la unidad sacerdotal»(99). La llama «Catédra de Pedro», porque está ocupada por el sucesor de Pedro; «Iglesia principal», a causa del principado conferido a Pedro y a sus legítimos sucesores; «aquella de donde ha nacido la unidad», porque, en la sociedad cristiana, la causa eficiente de la unidad es la Iglesia romana.
Por esto San Jerónimo escribe lo que sigue a Dámaso: «Hablo al sucesor del Pescador y al discípulo de la Cruz... Estoy ligado por la comunión a Vuestra Beatitud, es decir, a la Cátedra de Pedro. Sé que sobre esa piedra se ha edificado la Iglesia»(100).
El método habitual de San Jerónimo para reconocer si un hombre es católico es saber si está unido a la Cátedra romana de Pedro. «Si alguno está unido a la Cátedra romana de Pedro, ése es mi hombre»(101). Por un método análogo, San Agustín declara abiertamente que en la Iglesia romana está siempre contenido lo principal de la Cátedra apostólica(102), y afirma que quien se separa de la fe romana no es católico. «No puede creerse que guardáis la fe católica los que no enseñáis que se debe guardar la fe romana»(103).
Y lo mismo San Cipriano: «Estar an comunión con Cornelio es estan en comunión con la Iglesia católica»(104).
El abad Máximo enseña igualmente que el sello de la verdadera fe y de la verdadera comunión consiste en estar sometido al Pontífice Romano. «Quien no quiera ser hereje ni sentar plaza de tal no trate de satisfacer a éste ni al otro... Apresúrese a satisfacer en todo a la Sede de Roma. Satisfecha la Sede de Roma, en todas partes y a una sola voz le proclamarán pío y ortodoxo. Y el que de ello quiera estar persuadido, será en vano que se contente con hablar si no satisface y si no implora .al bienaventurado Papa de la santísima Iglesia de los Romanos, esto es, la Sede apostólica». Y he aquí, según él, la causa y la explicación de este hecho... La Iglesia romana ha recibido del Verbo de Dios encarnado, y según los santos concilios, según los santos cánones y las definiciones posee, sobre la universalidad de las santas Iglesias de Dios que existen sobre la superficie de la tierra, el imperio y la autoridad, en todo y por todo, y el poder de atar y desatar. Pues cuando ella ata y desata, el Verbo, que manda a las virtudes celestiales, ata y desata también en el cielo(105).
35. Era esto, pues, un artículo de la fe cristiana; era un punto reconocido y observado constantemente, no por una nación o por un siglo, sino por todos los siglos, y por Oriente no menos que por Occidente, conforme recordaba el sínodo de Efeso, sin levantar la menor contradicción el sacerdote Felipe, legado del Pontífice Romano: «No es dudoso para nadie y es cosa conocida en todos los tiempos que el Santo y bienaventurado Pedro, Príncipe y Jefe de los apóstoles, columna de la fe y fundamento de la Iglesia católica, recibió de nuestro Señor Jesucristo, Salvador y Redentor del género humano, las Ilaves del reino, y que el poder de atar y desatar los pecados fue dado a ese mismo apóstol, quien hasta el presente momento y siempre vive en sus sucesores y ejerce por medio de ellos su autoridad»(106). Todo el mundo conoce la sentencia del concilio de Calcedonia sobre el mismo asunto: «Pedro ha hablado... por boca de León», sentencia a la que la voz del tercer concilio de Constantinopla respondió como un eco: «El soberano Príncipe de los apóstoles combatía al lado nuestro, pues tenemos en nuestro favor su imitador y su sucesor en su Sede... No se veía al exterior (mientras se leía la carta del Pontífice Romano) más que el papel y la tinta, y era Pedro quien hablaba por boca de Agatón»(107). En la fórmula de profesión de fe católica, propuesta en términos precisos por Hormisdas en los comienzos del siglo VI y suscrita por el emperador Justiniano y los patriarcas Epifanio, Juan y Mennas, se expresó el mismo pensamiento con gran vigor: «Como la sentencia de nuestro Señor Jesucristo, que dice: "Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia", no puede ser desatendida, lo que ha dicho está confirmado por la realidad de los hechos, pues en la Sede Apostólica la religión católica se ha conservado sin ninguna mancha»(108).
No queremos enumerar todos los testimonios; pero, no obstante, nos place recordar la fórmula con que Miguel Paleólogo hizo su profesión de fe en el segundo concilio de Lyón: «La Santa Iglesia romana posee también el soberano y pleno primado y principal sobre la Iglesia católica universal, y reconoce con verdad y humildad haber recibido este primado y principado con la plenitud del poder del Señor mismo, en la persona del bienaventurado Pedro, príncipe o jefe de los apóstoles, y de quien el Pontífice romano es el sucesor. Y por lo mismo que está encargado de defender, antes que las demás, la verdad de la fe, también cuando se levantan dificultades en puntos de fe, es a su juicio al que las demás deben atenerse»(109).
El Colegio episcopal
36. De que el poder de Pedro y de sus sucesores es pleno y soberano no se ha de deducir, sin embargo, que no existen otros en la Iglesia. Quien ha establecido a Pedro como fundamento de la Iglesia, también «ha escogido doce de sus discípulos, a los que dio el nombre de apóstoles»(110). Así, del mismo modo que la autoridad de Pedro es necesariamente permanente y perpetua en el Pontificado romano, también los obispos, en su calidad de sucesores de los apóstoles, son los herederos del poder ordinario de los apóstoles, de tal suerte que el orden episcopal forma necesariamente parte de la constitución íntima de la Iglesia. Y aunque la autoridad de los obispos no sea ni plena, ni universal, ni soberana, no debe mirárselos como a simples Vicarios de los Pontífices romanos, pues poseen una autoridad que les es propia, y llevan en toda verdad el nombre de Prelados ordinarios de los pueblos que gobiernan.
37. Pero como el sucesor de Pedro es único, mientras que los de los apóstoles son muy numerosos, conviene estudiar qué vínculos, según la constitución divina, unen a estos últimos al Pontífice Romano. Y desde luego la unión de los obispos con el sucesor de Pedro es de una necesidad evidente y que no puede ofrecer la menor duda; pues si este vínculo se desata, el pueblo cristiano mismo no es más que una multitud que se disuelve y se disgrega, y no puede ya en modo alguno formar un solo cuerpo y un solo rebaño. «La salud de la Iglesia depende de la dignidad del soberano sacerdote: si no se atribuye a éste un poder aparte y sobre todos los demás poderes, habrá en la Iglesia tantos cismas como sacerdotes»(111).
Por esto hay necesidad de hacer aquí una advertencia importante. Nada ha sido conferido a los apóstoles independientemente de Pedro; muchas cosas han sido conferidas a Pedro aislada e independientemente de los apóstoles. San Juan Crisóstomo, explicando las palabras de Jesucristo (Jn 21,15), se pregunta: «¿Por qué dejando a un lado a los otros se dirige Cristo a Pedro?», y responde formalmente: «Porque era el principal entre los apóstoles, como la boca de los demás discípulos y el jefe del cuerpo apostólico»(112). Sólo él, en efecto, fue designado por Cristo para fundamento de la Iglesia. A él le fue dado todo el poder de atar y de desatar; a él sólo confió el poder de apacentar el rebaño. Al contrario, todo lo que los apóstoles han recibido en lo que se refiere al ejercicio de funciones y autoridad lo han recibido conjuntamente con Pedro. «Si la divina Bondad ha querido que los otros príncipes de la Iglesia tengan alguna cosa en común con Pedro, lo que no ha rehusado a los demás no se les ha dado jamás sino con él». «El solo ha recibido muchas cosas, pero nada se ha concedido a ninguno sin su participación»(113).
Por donde se ve claramente que los obispos perderían el derecho y el poder de gobernar si se separasen de Pedro o de sus sucesores. Por esta separación se arrancan ellos mismos del fundamento sobre que debe sustentarse todo el edificio y se colocan fuera del mismo edificio; por la misma razón quedan excluidos del rebaño que gobierna el Pastor supremo y desterrados del reino cuyas llaves ha dado Dios a Pedro solamente.
La necesaria unión con Pedro
38. Estas consideraciones hacen que se comprenda el plan y el designio de Dios en la constitución de la sociedad cristiana. Este plan es el siguiente: el Autor divino de la Iglesia, al decretar dar a ésta la unidad de la fe, de gobierno y de comunión, ha escogido a Pedro y a sus sucesores para establecer en ellos el principio y como el centro de la unidad. Por esto escribe San Cipriano: hay, para Ilegar a la fe, una demostración fácil que resume la verdad. El Señor se dirige a Pedro en estos términos: «Te digo que eres Pedro»... Es, pues, sobre uno sobre quien edifica la Iglesia. Y aunque después de su resurrección confiere a todos los apóstoles un poder igual, y les dice: «Como mi Padre me envió...», no obstante, para poner la unidad en plena luz, coloca en uno solo, por su autoridad, el origen y el punto de partida de esta misma unidad(114).
Y San Optato de Mileve: «Tú sabes muy bien escribe, tú no puedes negarlo, que es a Pedro el primero a quien ha sido conferida la Cátedra episcopal en la ciudad de Roma; es en la que está sentado el jefe de los apóstoles, Pedro, que por esto ha sido llamado Cefas. En esta Cátedra única es en la que todos debían guardar la unidad, a fin de que los demás apóstoles no pudiesen atribuírsela cada uno en su Sede, y que fuera en adelante cismático y prevaricador quien elevara otra Cátedra contra esta Cátedra única»(115).
De aquí también esta sentencia del mismo San Cipriano, según la que la herejía y el cisma se producen y nacen del hecho de negar al poder supremo la obediencia que le es debida: «La única fuente de donde han surgido las herejías y de donde han nacido los cismas es que no se obedece al Pontífice de Dios ni se quiere reconocer en la Iglesia un solo Pontífice y un solo juez, que ocupa el lugar de Cristo»(116).
39. Nadie, pues, puede tener parte en la autoridad si no está unido a Pedro, pues sería absurdo pretender que un hombre excluido de la Iglesia tuviese autoridad en la Iglesia. Fundándose en esto, Optato de Mileve, reprendía así a los donatistas: «Contra las puertas del infierno, como lo leemos en el Evangelio, ha recibido las llaves de salud Pedro, es decir, nuestro jefe, a quien Jesucristo ha dicho: "Te daré las llaves del reino de los cielos, y las puertas del infierno no triunfarán jamás de ellas". ¿Cómo, pues, tratáis de atribuiros las llaves del reino de los cielos, vosotros que combatís la cátedra de Pedro?»(117)
Pero el orden de los obispos no puede ser mirado como verdaderamente unido a Pedro, de la manera que Cristo lo ha querido, sino en cuanto está sometido y obedece a Pedro; sin esto, se dispersa necesariamente en una multitud en la que reinan la confusión y el desorden. Para conservar la unidad de fe y comunión, no bastan ni una primacía de honor ni un poder de dirección; es necesaria una autoridad verdadera y al mismo tiempo soberana, a la que obedezca toda la comunidad. ¿Qué ha querido, en efecto, el Hijo de Dios cuando ha prometido las llaves del reino de los cielos sólo a Pedro? Que las llaves signifiquen aquí el poder supremo; el uso bíblico y el consentimiento unánime de los Padres no permiten dudarlo. Y no se pueden interpretar de otro modo los poderes que han sido conferidos, sea a Pedro separadamente, o ya a los demás apóstoles conjuntamente con Pedro. Si la facultad de atar y desatar, de apacentar el rebaño, da a los obispos, sucesores de los apóstoles, el derecho de gobernar con autoridad propia al pueblo confiado a cada uno de ellos, seguramente esta misma facultad debe producir idéntico efecto en aquel a quien ha sido designado por Dios mismo el papel de apacentar los corderos y las ovejas. «Pedro no ha sido sólo instituido Pastor por Cristo, sino Pastor de los pastores. Pedro, pues, apacienta a los corderos y apacienta a las ovejas; apacienta a los pequeñuelos y a sus madres, gobierna a los súbditos y también a los prelados, pues en la Iglesia, fuera de los corderos y de las ovejas, no hay nada»(118).
40. De aquí nacen entre los antiguos Padres estas expresiones que designan aparte al bienaventurado Pedro, y que le muestran evidentemente colocado en un grado supremo de la dignidad y del poder. Le llaman con frecuencia «jefe de la Asamblea de los discípulos; príncipe de los santos apóstoles; corifeo del coro apostólico; boca de todos los apóstoles; jefe de esta familia; aquel que manda al mundo entero; el primero entre los apóstoles; columna de la Iglesia».
La conclusión de todo lo que precede parece hallarse en estas palabras de San Bernardo al papa Eugenio: «¿Quién sois vos? Sois el gran Sacerdote, el Pontífice soberano.
Sois el príncipe de los obispos, el heredero de los apóstoles... Sois aquel a quien las Ilaves han sido dadas, a quien las ovejas han sido confiadas. Otros además que vos son también porteros del cielo y pastores de rebaños; pero ese doble título es en vos tanto más glorioso cuanto que lo habéis recibido como herencia en un sentido más particular que todos los demás. Estos tienen sus rebaños, que les han sido asignados a cada uno el suyo; pero a vos han sido confiados todos los rebaños; vos únicamente tenéis un solo rebaño, formado no solamente por las ovejas, sino también por los pastores; sois el único pastor de todos. Me preguntáis cómo lo pruebo. Por la palabra del Señor. ¿A quién, en efecto, no digo entre los obispos, sino entre los apóstoles, han sido confiadas absoluta e indistintamente todas las ovejas? Si tú me amas, Pedro, apacienta mis ovejas. ¿Cuáles? ¿Los pueblos de tal o cual ciudad, de tal o cual comarca, de tal reino? Mis ovejas, dice. ¿Quién no ve que no se designa a una o algunas, sino que todas se confian a Pedro? Ninguna distinción, ninguna excepción»(119).
Todos los obispos y cada uno en particular
41. Sería apartarse de la verdad y contradecir abiertamente a la constitución divina de la Iglesia pretender que cada uno de los obispos, considerados aisladamente, debe estar sometido a la jurisdicción de los Pontífices romanos; pero que todos los obispos, considerados en conjunto, no deben estarlo. ¿Cuál es, en efecto, toda la razón de ser y la naturaleza del fundamento? Es la de poner a salvo la unidad y la solidez más bien de todo el edificio que la de cada una de sus partes.
Y esto es mucho más verdadero en el punto de que tratamos, pues Jesucristo nuestro Señor ha querido para la solidez del fundamento de su Iglesia obtener este resultado: que las puertas del infierno no puedan prevalecer contra ella. Todo el mundo conviene en que esta promesa divina se refiere a la Iglesia universal y no a sus partes tomadas aisladamente, pues éstas pueden, en realidad, ser vencidas por el esfuerzo de los infiernos, y ha ocurrido a muchas de ellas separadamente ser, en efecto, vencidas.
Además, el que ha sido puesto a la cabeza de todo el rebaño, debe tener necesariamente la autoridad, no solamente sobre las ovejas dispersas, sino sobre todo el conjunto de las ovejas reunidas. ¿Es acaso que el conjunto de las ovejas gobierna y conduce al pastor? Los sucesores de los apóstoles, reunidos, ¿serán el fundamento sobre el que el sucesor de Pedro debería apoyarse para encontrar la solidez?
Quien posee las llaves del reino tiene, evidentemente, derecho y autoridad no sólo sobre las provincias aisladas, sino sobre todas a la vez; y del mismo modo que los obispos, cada uno en su territorio, mandan con autoridad verdadera, así a los Pontífices romanos, cuya jurisdicción abraza a toda la sociedad cristiana, tiene todas las porciones de esta sociedad, aun reunidas en conjunto, sometidas y obedientes a su poder. Jesucristo nuestro Señor, según hemos dicho repetidas veces, ha dado a Pedro y a sus sucesores el cargo de ser sus Vicarios, para ejercer perpetuamente en la Iglesia el mismo poder que El ejerció durante su vida mortal. Después de esto, ¿se dirá que el colegio de los apóstoles excedía en autoridad a su Maestro?
42. Este poder de que hablamos sobre el colegio mismo de los obispos, poder que las Sagradas Letras denuncian tan abiertamente, no ha cesado la Iglesia de reconocerlo y atestiguarlo. He aquí lo que acerca de este punto declaran los concilios: «Leemos que el Pontifice romano ha juzgado a los prelados de todas las Iglesias; pero no leemos que él haya sido juzgado por ninguno de ellos»(120). Y la razón de este hecho está indicada con sólo decir que «no hay autoridad superior a la autoridad de la Sede Apostólica»(121).
Por esto Gelasio habla así de los decretos de los concilios: «Del mismo modo que lo que 1a Sede primera no ha aprobado no puede estar en vigor, así, por el contrario, lo que ha confirmado por su juicio, ha sido recibido por toda la Iglesia»(122). En efecto, ratificar o invalidar la sentencia y los decretos de los concilios ha sido siempre propio de los Pontífices romanos. León el Grande anuló los actos del conciliábulo de Efeso; Dámaso rechazó el de Rímini; Adriano I el de Constantinopla; y el vigésirno octavo canon del concilio de Calcedonia, desprovisto de la aprobación y de la autoridad de la Sede Apostólica, ha quedado, como todos saben, sin vigor ni efecto.
Con razón, pues, en el quinto concilio de Letrán expidió León X este decreto: «Consta de un modo manifiesto no solamente por los testimonios de la Sagrada Escritura, por las palabras de los Padres y de otros Pontífices romanos y por los decretos de los sagrados cánones, sino por la confesión formal de los mismos concilios, que sólo el Pontífice romano, durante el ejercicio de su cargo, tiene pleno derecho y poder, como tiene autoridad sobre los concilios, para convocar, transferir y disolver los concilios.
Las Sagradas Escrituras dan testimonio de que las llaves del reino de los cielos fueron confiadas a Pedro solamente, y también que el poder de atar y desatar fue conferido a los apóstoles conjuntamente con Pedro; pero ¿dónde consta que los apóstoles hayan recibido el soberano poder sin Pedro y contra Pedro? Ningún testimonio lo dice. Seguramente no es de Cristo de quien lo han recibido.
Por esto, el decreto del concilio Vaticano I que definió la naturaleza y el alcance de la primacía del Pontífice romano no introdujo ninguna opinión nueva, pues sólo afirmó la antigua y constante fe de todos los siglos».
43. Y no hay que creer que la sumisión de los mismos súbditos a dos autoridades implique confusión en la administración.
Tal sospecha nos está prohibida, en primer término, por la sabiduría de Dios, que ha concebido y establecido por sí mismo la organización de ese gobierno. Además, es preciso notar que lo que turbaría el orden y las relaciones mutuas sería la coexistencia, en una sociedad, de dos autoridades del mismo grado y que no se sometiera la una a la otra. Pero la autoridad del Pontífice es soberana, universal y del todo independiente; la de los obispos está limitada de una manera precisa y no es plenamente independiente. «Lo inconveniente sería que dos pastores estuviesen colocados en un grado igual de autoridad sobre el mismo rebaño. Pero que dos superiores, uno de ellos sometido al otro, estén colocados sobre los mismos súbditos no es un inconveniente, y así un mismo pueblo está gobernado de un modo inmediato por su párroco, y por el obispo, y por el papa»(123).
Los Pontífices romanos, que saben cuál es su deber, quieren más que nadie la conservación de todo lo que está divinamente instituido en la Iglesia, y por esto, del mismo modo que defienden los derechos de su propio poder con el celo y vigilancia necesarios, así también han puesto y pondrán constantemente todo su cuidado en mantener a salvo la autoridad de los obispos.
Y más aún, todo lo que se tributa a los obispos en orden al honor y a la obediencia, lo miran como si a ellos mismos les fuere tributado. «Mi honor es el honor de la Iglesia universal. Mi honor es el pleno vigor de la autoridad de mis hermanos. No me siento verdaderamente honrado sino cuando se tributa a cada uno de ellos el honor que le es debido»(124).
Exortaciones finales
44. En todo lo que precede, Nos hemos trazado fielmente la imagen y figura de la Iglesia según su divina constitución. Nos hemos insistido acerca de su unidad, y hemos declarado cuál es su naturaleza y por qué principio su divino Autor ha querido asegurar su conservación.
Todos los que por un insigne beneficio de Dios tienen la dicha de haber nacido en el seno de la Iglesia católica y de vivir en ella, escucharán nuestra voz apostólica, Nos no tenemos ninguna razón para dudar de ello. «Mis ovejas oyen mi voz»(125). Todos ellos habrán hallado en esta carta medios para instruirse más plenamente y para adherirse con un amor más ardiente cada uno a sus propios Pastores, y por éstos al Pastor supremo, a fin de poder continuar con más seguridad en el aprisco único y recoger una mayor abundancia de frutos saludables.
Pero «fijando nuestras miradas en el autor y consumador de la fe, Jesús»(126), cuyo lugar ocupamos y por quien Nos ejercemos el poder, aunque sean débiles nuestras fuerzas para el peso de esta dignidad y de este cargo, Nos sentimos que su caridad inflama nuestra alma y emplearemos, no sin razón, estas palabras que Jesucristo decía de sí mismo: «Tengo otras ovejas que no están en este aprisco; es preciso también que yo las conduzca, y escucharán mi voz»(127). No rehúsen, pues, escucharnos y mostrarse dóciles a nuestro amor paternal todos aquellos que detestan la impiedad, hoy tan extendida, que reconocen a Jesucristo, que le confiesan Hijo de Dios y Salvador del género humano, pero que, sin embargo, viven errantes y apartados de su Esposa. Los que toman el nombre de Cristo es necesario que lo tomen todo entero. «Cristo todo entero es una cabeza y un cuerpo, la cabeza es el Hijo único de Dios; el cuerpo es su Iglesia: es el esposo y la esposa, dos en una sola carne. Todos los que tienen respecto de la cabeza un sentimiento diferente del de las Escrituras, en vano se encuentran en todos los lugares donde se halla establecida la Iglesia, porque no están en la Iglesia.
E, igualmente, todos los que piensan como la Sagrada Escritura respecto de la cabeza, pero que no viven en comunión con la autoridad de la Iglesia, no están en la Iglesia»(128).
45. Nuestro corazón se dirige también con sin igual ardor tras aquellos a quienes el soplo contagioso de la impiedad no ha envenenado del todo, y que, a lo menos, experimentan el deseo de tener por padre al Dios verdadero, creador de la tierra y del cielo. Que reflexionen y comprendan bien que no pueden en manera alguna contarse en el número de los hijos de Dios si no vienen a reconocer por hermano a Jesucristo y por madre a la Iglesia.
A todos, pues, Nos dirigimos con grande amor estas palabras que tomamos a San Agustín: «Amemos al Señor nuestro Dios, amemos a su Iglesia: a El como a un padre, a ella como una madre. Que nadie diga: Sí, voy aún a los ídolos, consulto a los poseídos y a los hechiceros, pero, no obstante, no dejo a la Iglesia de Dios, soy católico. Permanecéis adherido a la madre, pero ofendéis al padre. Otro dice poco más o menos: Dios no lo permita; no consulto a los hechiceros, no interrogo a los poseídos, no practico adivinaciones sacrílegas, no voy a adorar a los demonios, no sirvo a los dioses de piedra, pero soy del partido de Donato: ¿De qué os sirve no ofender al padre, que vengará a la madre a quien ofendéis? ¿De qué os sirve confesar al Señor, honrar a Dios, alabarle, reconocer a su Hijo, proclamar que está sentado a la diestra del Padre, si blasfemáis de su Iglesia? Si tuvieseis un protector, a quien tributaseis todos los días el debido obsequio, y ultrajaseis a su esposa con una acusación grave, ¿os atreveríais ni aun a entrar en la casa de ese hombre? Tened, pues, mis muy amados, unánimemente a Dios por vuestro padre, y por vuestra madre a la Iglesia»(129).
Confiando grandemente en la misericordia de Dios, que pueda tocar con suma eficacia los corazones de los hombres y formar las voluntades más rebeldes a venir a El, Nos recomendamos con vivas instancias a su bondad a todos aquellos a quienes se refiere nuestra palabra. Y como prenda de los dones celestiales, y en testimonio de nuestra benevolencia, os concedemos, con grande amor en el Señor, a vosotros, venerables hermanos, a vuestro clero y a vuestro pueblo la bendición apostólica.
Dado en Roma, en San Pedro, a veintinueve de junio del año 1896, decimonoveno de nuestro pontificado.

Notas
1. Ef 5,25.
2. Mt 11,30.
3. Sant 1,17.
4. 1Cor 3,6.
5. Flp 2,6-7.
6. Rom 10,17.
7. Ibíd., 10.
8. 1Cor 12,27.
9. Hom. De capto Eutropio n. 6.
10. In Psalm. 71 n.8.
11. Enarrat. in Psalm. 103 serm.2 n.2.
12. Clemente Alej., Stromata VII c.17.
13. Jn 20,21.
14. Jn 17,18.
15. Jn 3,17.
16. Hech 4,12.
17. Is 2,2.
18. Is 2,3.
19. De schism.donatist. III n.2.
20. In epist. Ioann. tract. 1 n.13.
21. Ef 1,22-23.
22. 1Cor 12,12.
23. Ef 4,15-16.
24. San Cipriano, De cathol.Eccl.unitate n.23.
25. Ibíd.
26. Ef 5,29-30.
27. San Agustín, Serm. 267 n.4.
28. San Cipriano, De cathol. Eccl. unitate n.6.
29. Ef 4,4.
30. Jn 17,20-23.
31. Jn 27,21.
32. Ef 4,5.
33. 1Cor 1,10.
34. San Ireneo, Adver.haeres. III c.12 n.12.
35. San Agustín, In Ioann. evang. tract. 18 c.5 n.1.
36. Jn 10,37.
37. Jn 15,24.
38. Jn 10,38.
39. Mt 28,18-20.
40. Mc 16,16.
41. Jn 16,7-13.
42. Jn 14,16-17.
43. Jn 15,26-27.
44. Lc 10,16.
45. Jn 20,21.
46. Rom 1,5.
47. Mc 16,20.
48. San Jerónimo, In Matth. IV c.28 v.20.
49. 2 Tim 2,1-2.
50. San Clemente Rom., Epist. I ad Cor. c.42,44.
51. San Cipriano, Epist. 50 ad Magnum n. 1.
52. Autor del Tract. de fide orthod. contra Arianos.
53. San Agustín, De haeresibus n.88.
54. Ef 4,3ss.
55 Orígenes, Vetus interpretatio commentariorum in Matth. n.46.
56. San Ireneo, Adver. haeres. IV c.33 n.8.
57. Tertuliano, De praescript. c.21.
58. San Hilario, Commentar. in Matth. 31 n.1.
59. Rufino, Hist. Eccl. II c.9.
60. Ricardo de S. Víctor, De Trinit. I c.2.
61. Concilio Vaticano I, ses.3 c.3.
62. Sant 2,10.
63. San Agustín, Enarrat. in Psalm. 54 n.19.
64. 2 Cor 10,5.
65. San Agustín, Contra Faustum manich. XVII c.3.
66. Concilio Vaticano I, ses.3 c.3.
67. San Agustín, De utilit. credenci c.17 n.35.
68. 1 Cor 4, 1.
69 Santo Tomás de Aquino, Summa theol. II-II C.39 a.1.
70. San Jerónimo, Commentar. in epist. ad Titum c.3 v.10-11.
71. San Juan Crisóstomo, Hom. 11 in epist. ad Ephes. n.5.
72. San Agustín, Contra epist. Parmeniani II c.l l n.25.
73. Santo Tomás de Aquino, Contra Gentes IV c.76.
74. Mt 16,13.
75. San Paciano, Epist. 3 ad Sempronium n.11.
76. San Cirilo Alej., In evang. Ioann. II c.l v.42.
77. Orígenes, Comment. in Matth. XII n.11.
78. Ibíd.
79. San Juan Crisóstomo, Hom. 54 int Matth. n.2.
80. Jn 21,16-17.
81. San Ambrosio, Exposit. in evang. sec. Luc. X n.175-176.
82. San Juan Crisóstomo, De sacerdotio II.
83. Lc 22,32.
84. Ibíd.
85. San Ambrosio, De fide IV n.56.
86. San León Magno, Serm. 4c.2.
87. Ef 2,21.
88. San Basilio, Hom. de poenitentia n.4.
89 Ap 3,7.
90. Jn 10,11.
91. San Juan Crisóstomo, Hom. 88 in Ioann. n.1.
92. 2 Tes 2,16.
93. San León Magno, Serm. 4 c.11.
94. San Gregorio Magno, Epistolarum V epist.20.
95. San León Magno, Serm.3 c.3.
96. Concilio Florentino.
97. San Ireneo, Adr. haeres. III c.3 n.2.
98. San Cipriano, Epist.48 ad Cornelium n.3.
99. San Cipriano, Epist.59 ad Cornelium n.14.
100. San Jerónimo, Epist.15 ad Damasum n.2.
101. San Jerónimo, Epist.16 ad Damasum n.2.
102. San Agustín, Epist.43 n.7.
103. San Agustín, Serm.120 n.13.
104. San Cipriano, Epist.55 n.l.
105 Máximo Abad, Defloratio ex epistola ad Petrum illustrem.
106. Concilio de Efeso, actio 3.
107. Concilio de Constantinopla III, actio 18.
108. Fórmula de profesión de fe católica, post epist.26 ad omnes episc. Hispan. n.4.
109. Concilio II de Lyón, actio 4: Fórmula de profesión de fe de Miguel Paleólogo.
110. Lc 6,13.
111. San Jerónimo, Diálogo Contra luciferianos n.9.
112. San Juan Crisóstomo, Hom.88 in Ioann. n.1.
113. San León Mano, Serm.4 c.2.
114. San Cipriano, De unitate Ecclesiae n.4.
115 San Optato De Mileve, De schismate donatistarum II.
116. San Cipriano, Epist.l2 ad Cornelium n.5.
117. San Optato De Mileve, De schismate donatistarum II n.4-5.
118. Bruno Obispo, Commentarium in Ioann. p.III c.21 n.55.
119. San Bernardo, De consideratione II c.8.
120. Adriano II, In allocutione III ad Synodum Romanam (a.869). Act. VII Concilii Constant.IV.
121. Nicolás, In epist.86 Ad Michael imp.: Patet profecto Sedis Apostolicae cuius auctoritate maior non est, iudicium a nemine fore retractandum, neque cuiquam de eius liceat iudicare iudicio.
122. Gelasio, Epist.26 ad episcopos Dardaniae n.5.
123 Santo Tomás de Aquino, In IV Sent. dist.17 a.4 ad c.4 ad 13.
124.San Gregorio Magno, Epistolarum VIII epist.30 ad Eulogium.
125. Jn 10,27.
126. Heb 12,2.
127. Jn 10,16.
128. San Agustín, Contra donatistas epist. sive de unitate ecclesiae c.4 n.7.
129. San Agustín, Enarratio in Psalm. 88 serm.2 n.14.