viernes, 31 de diciembre de 2010

La retención injusta de los bienes ajenos, y el no pagar las deudas legítimas y los salarios, destruye las casas y familias.

Es común sentencia, que los bienes ajenos detenidos destruyen a los propios, y en vez de mejorarse de fortuna el que tiene los bienes ajenos, se empobrece mas, hasta que se destruye su casa. Esta fue la sentencia justificada de Moisés contra el latrocinio de Acam: Comburatur cum omni substanlia sua.
Bien conocía esta verdad el santo y justificado Tobías, cuando sintiendo balar un cabritillo en su casa, hizo luego diligente examen de si acaso se habia hurtado: Videte ne forte furtivus sit: discurriendo como justo, que si cosa ajena se detenia en su casa, aquello poco robado destruiría los bienes propios que Dios le habia concedido.
Esta misma verdad conoció bien el sabio Salomón, cuando dijo, son muchos los que roban lo que no es suyo, y siempre viven en pobreza: Sunt qui rapiunt non sua et semper in egestate vivunt; y es recta justicia del Señor, que pues roban lo que no es suyo, pierdan lo que es propio.
Así lo que injustamente se retiene de la hacienda ajena, hace corromper la propia, y juntamente la reputación del hombre con ella. Por esto dice el Salmista, que Dios hará pedazos las muelas de los leones (Psalm., LVII, 7); porque de lo que se retiene en las muelas, se corrompen, y siempre les huele mal el aliento, porque allí se corrompió lo que debia pasar al estómago.
Esta es filosofía natural de Aristóteles, que siendo los dientes y muelas del hombre incorruptibles por su naturaleza, no obstante se corrompen y se pierden por las reliquias de los manjares, que debiendo pasar al estómago, las usurpan, y se quedan con ellas; y de esta retención injusta procede su perdición. Esto mismo pasa en lo moral; porque si el hombre retiene injustamente lo ajeno, eso retenido le destruye la hacienda propia, y luego se extiende el mal olor de su fama.
Mejor es tener poco con quietud de tu alma, dice el Sabio, que tener las dos manos llenas de riquezas con aflicción de tu conciencia; porque esta es la gloria de los justos en esta vida mortal, donde lo poco de su hacienda propia se hace mucho, y lo mucho usurpado de la hacienda ajena se convierte en nada.
La doctrina común de los santos padres dice, que no se perdona el pecado si no se restituye lo mal ganado, ó lo robado: Non remittitur peccatum, nisi restituatur ablatum; y aunque los mundanos nos alegan mil excusaciones en sus pecados para no cumplir con esta obligación, son regularmente de las que dice David que se debían excusar (Psalm. CLX, 4).
Suelen decir los que no restituyen, que no pueden mas, que no tienen con qué, que mas adelante restituirán, etc. Pero si pueden, ó no pueden, Dios lo sabe, como dice Salomón; y al Señor le han de dar estrecha cuenta, que es el que no puede engañarse, ni ser engañado, como dice el mismo Sabio.
Lo que nos enseña la buena teología moral es, que el posesor de mala fe debe restituir, no solo el principal que retiene de la hacienda ajena, sino también los daños que se le han seguido al acreedor por la injusta retención; y siendo esta doctrina tan cierta, que universalmente la llevan todos los teólogos morales, no acaban los hombres ciegos de desengañarse, para mirar por sí, y por el bien espiritual de sus almas.
Bien entendía esta sana doctrina el venturoso Zaqueo, aun siendo gentil, pues cuando daba razón de sus operaciones a nuestro Señor Jesucristo, dijo entre otras cosas, que si algo habia defraudado a su prójimo, le restituía cuatro doblado (Luc, XIX, 8).
Así descansa el alma y la conciencia de los que restituyen con puntualidad y justificación; y el Señor, que tiene en su mano todos los bienes de la tierra, los llena de celestiales bendiciones, y en ellos se cumple aquel adagio común, que quien paga, descansa. Paga de lo que tiene, y vive en paz de lo que le resta, como se dice en la divina Escritura (IV Reg., IV, 7).
En las frivolas excusaciones para no pagar ni restituir, abundan mas los que decimos señores en el mundo; porque algunos siempre son los que deben, y de ellos hay que deben mas de lo que tienen. La generosa madre santa Teresa de Jesús, con aquella soberana libertad que acostumbra, dice, que entre las mentiras de los mundanos, ninguna la parece mayor que el llamar señores a los que dicen señores; porque no son señores, sino esclavos, sirviendo a su vanidad con mas de lo que pueden y tienen.
Algunos de estos, que decimos señores y ricos, son mas pobres que los pobres comunes; porque como los bienes temporales no son de quien los tiene, sino de aquellos a quien se deben; si de los tales señores y ricos se sacasen aparte y en limpio todos los intereses que deben, apenas bastaria todo lo que tienen para igualar la deuda. Todo esto se funda en exceder de aquella vanidad, que dice Salomón: Ubi multo? sunt opes, multi et qui comedunt eas.
Aunque la renta o la hacienda de una casa sea grande, si no llega el recibo al gasto de cada dia, es preciso se pierda la casa, aunque sea poco el exceso del gasto cotidiano; porque despreciando el poco daño diario, se llegará a acabarse todo de pocos en pocos, como dice él Espíritu Santo: Qui spernit módica, paulatim decidet (Eccl., XIX, 1).
Si las conveniencias de la casa no bastan sino para un criado y una criada, y se ponen dos, es preciso que la casa se empeñe, y cuanto mas terquee el señor imprudente en esa vanidad, mas antes se acabará de perder. Lo mismo se dice si las conveniencias solo llegan a un coche de dos mulas, y se quieren poner cuatro. Los señores y señoras que por no quitar vanidades y gastos superfluos dejan de pagar sus deudas legítimas, no dudo que viven en continuo pecado mortal, y en estado de condenación eterna.
Esta es materia gravísima, de la cual ya hablamos largamente en el libro de los Desengaños místicos, tratando de los señores y señoras que no pagan las deudas legítimas de la casa, y quieren estar confesando y comulgando cada dia, debiendo hacer examen, no solo de su conciencia, sí también del gasto y recibo anual de su casa, para no contraer nuevos empeños, y pagar cuanto antes los ya contraidos.
Esta es obligación de conciencia, que deben hacer sin dilación los padres de familia; desengañándose, que a los que faltan a sus obligaciones, los contará el Señor con los que obran la maldad, como dice David (Psalm., CXXIV, 5).
Yo tengo vehementísimo recelo, que algunos señores y señoras buscan los teólogos y confesores mas a su gusto, que a su provecho; y convendrá se desengañen con la doctrina de san Pedro Damian, el cual dice, que por culpa de algunos confesores se condenan muchas almas, por no afearlas sus vicios, desengañándolas de los crasos errores en que viven.
En la vida de la venerable Marina de Escobar se refiere, que orando la sierva de Dios por un confesor, la dijo Cristo Señor nuestro, que como habia sido tan ancho con los que se confesaban con él, le tenia en parte muy estrecha con grandes penas.
En las divinas revelaciones de santa Brígida también se refiere que alegando un poderoso en la presencia de Dios, que habia obrado en cierta materia grave con el parecer y dictamen de sus teólogos y confesores , le fué respondido, que no debia fiar tanto del parecer de bombres tan dependientes.
Y aunque en unos asuntos menos claros valiese la excusa referida, en el presente no puede valer; porque el no pagar las deudas legitimas, es expresamente malo, y dicta la razón natural, debe ceñirse el que tiene deudas para pagarlas; y lo que los mundanos dicen de conservar su punto, tiene mucho que explicar; y mi buen deseo les aconseja que busquen hombres doctos y temerosos de Dios, con cuyo dictamen reformen sus personas y sus casas, que quitando vanidad , habrá para todo. No podemos engañar á Dios, como dice el Sabio (Prov., XXIV, 12).
Sobre aquel insigne milagro de Cristo Señor nuestro, con que dio de comer a mas de cinco mil personas con cinco panes, dicen algunos expositores, que convertía el Señor el aire en pan; y así, quitando mas de aire, habia mas pan. Así sucedería también en muchas casas, que si quitasen el aire de la vanidad, les sobraría pan.
Dios ponga su mano poderosa en las casas de los señores y señoras, que en esto son mas infelices que las casas de los pobres; porque si el pobre debe alguna cosa, luego se la hacen pagar, y le queda libre lo que le dejan; pero si el rico y el poderoso es el que debe al pobre, no se halla camino para hacerle pagar; y solo queda el consuelo, que para con Dios no hay aceptación de personas, como dice san Pablo, escribiendo a los Gálatas.
Las deudas precisas de salarios y jornales que respectivamente deben dar los padres de familia a sus criados y criadas, jornaleros y oficiales, que sirven a su casa, piden especial recomendación; porque el apóstol dice, que el padre de familia que no tiene cuidado de sus domésticos, ha negado la fe, y es peor que un infiel (I Tim., V, 8).
El señor debe llevar la cuenta clara con sus criados; porque de otra manera no podrá entrar en cuenta con ellos, como lo hizo el padre de familia, mencionado en el santo evangelio de san Mateo.
También los criados tienen derecho de buena justicia para entrar en cuenta con su señor; porque sirviendo, venden su libertad , y pueden pedir lo que tienen ganado. Por lo cual decia el santo Job, que no habia repugnado entrar en juicio con su siervo y con su criada, si estos en defensa de sus salarios habían querido litigar con él.
Á este fin dice el Espíritu Santo a los señores temporales, que no quiten a sus criados el estipendio convenido, que le han ganado con el sudor de su rostro, no sea que se hagan semejantes a los que quitan la vida a su prójimo. (Eccl., XXXIV, 2 et seq.) De lo cual se infiere, que lo mismo es no pagar su jornal al que trabaja, y su salario al que sirve, que quitarles la vida.
Lo que los señores dan a sus criados no es gracia, sino justicia rigurosa; por lo cual decia Dios en el libro del Deuteronomio, que a los que sirven, no se les niegue ni se les dilate el salario; y el divino precepto era de tanto rigor, que ni un día se le daba libre al señor para pagar el jornal, sino que expresamente mandaba su divina Majestad, que antes de ponerse el sol se pagase a cada uno su trabajo, para que no clamasen los pobres contra el señor en la presencia de Dios. (Deut., XXIV, 14 et seq.)
Bien conocía esta divina voluntad el santo Tobías, cuando le daba sanos consejos a un hijo suyo, para que su casa fuese feliz en lo espiritual y temporal; y le decia, que si mandaba trabajar en su hacienda a cualquiera persona, al instante le diese el precio de su trabajo: Statim ei mercedem restitue. Y debe notarse que al pagar el jornal le llama restituir; para que se entienda, que todas las horas que se detiene el jornal al operario, es como robarlo; y así lo dice también el sagrado texto: Quasi furatam reputa mercedem manentem apud te (Tob., IV, 5).
El apóstol habla con los señores temporales, y dice les den a sus criados el salario que está convenido. Desengáñense los señores, que ellos tienen otro Señor superior en el cielo, el cual no puede ser engañado, y hace la causa de los pobres como si fuesen hijos suyos.
En el Génesis también se dice, que el Señor juzgará rigurosamente a los señores temporales injustos, y sus criados serán librados de su tiranía.
El padre de familia que es injusto con sus criados, y no les paga los salarios de su concierto, debe temer y considerar, qué responderá cuando Dios entre en juicio con él. Este era el pensamiento justificado del santo Job (I, 14).
No se fien los señores en que hacen muchas limosnas y ofertas a los templos; porque si esto quieren componer sin pagar lo que deben a sus criados, jornaleros y oficiales de su casa, desengáñense, que sus limosnas son injustas y manchadas, comodice la divina Escritura (Eccl., XXXIV, 21).
Por esto son abominables los sacrificios y oblaciones de los impíos; porque se ofrecen de las maldades de sus retenciones injustas, como dice el Sabio (Prov., XI, 27).
Los que ofrecen sacrificio de la sustancia del pobre que han robado, son como el que quita la vida al hijo en presencia de su padre, dice un sagrado texto (Eccl., XXXIV, 24). Considérese la crueldad y tiranía del que ha robado la hacienda de los pobres, y piensa que satisface con hacer decir misas y ofertas al templo.
El pobre es hijo de Dios, que se intitula Padre de huérfanos y pobres, como dice David (Psalm., LXVII, 6). Por lo cual se verifica bien, que quita la vida a sus hijos delante de su padre el que hace sacrificio a Dios de los bienes temporales que roba a los pobres, y no los quiere restituir.
Los pobres oficiales, criados y criadas, operarios y jornaleros tienen todo su tesoro en el sudor de su rostro, y en lo que ganan con su trabajo; por lo que los señores que les retienen y usurpan sus salarios y jornales, tengan por cierto que atesoran la ira del Altísimo contra sus almas; porque así lo dicela sagrada Escritura (Eccl., XI, 18).
Lo que hacen los desventurados señores, reteniéndose y usurpando los salarios de los que los sirven, es acabarse a sí mismos, y perderlo todo, porque lo que usurpan lo echan en saco rompido, como lo dice un profeta del Señor ; pierden á los pobres, y ellos no mejoran de fortuna (Agg., I, 6).
Tienen los pobres un grande procurador y defensor, que es el Altísimo Dios; el cual envía luego calamidad a los señores impíos, que usurpan y retienen el estipendio y salario de sus operarios y jornaleros, como dice el Sabio. Por lo cual, si no pagan a los que los sirven, se arruinan y se pierden.
Aunque sean sus parientes los que sirven a los señores, deben llevar cuenta justificada con ellos, y pagarles enteramente su trabajo, como dice la sagrada Escritura (Gen., XXIX, 15); porque llevando cada uno lo que os suyo, se hace justicia recta, y prosperan todos.
Con altísima providencia ha puesto el Señor las familias como ovejas, dice David: Et posuit sicut oves familias. Porque asi como el dueño quiere sacar abundante provecho de sus ovejas, debe también darlas de comer y pagar los pastores.
Por no hacerlo así unos infelices padres de familia, dijo Dios, que quería destruir toda su casa: Ecce ego cogito super familiam istam malum (Mich., II, 3); porque sobre quedarse con la hacienda ajena, fabricaban muchas calumnias. Teman los señores y señoras, que por no pagar lo que deben, calumnian a los que les piden su trabajo, y los afrentan por no pagarles.
El apóstol Santiago escribe una horrorosa sentencia contra los injustos señores, y dice, que los salarios usurpados a los que han trabajado su hacienda, están clamando en la presencia de Dios, y su clamor ha llegado hasta los oídos del Altísimo Dios de Sabaoth: Ecce merces operariorum clamat. Yo no sé cómo hay señores cristianos que a vista de tan formidables amenazas puedan dormir y descansar, sin dar satisfacción a los que los sirven y trabajan sus haciendas.
Por esto decía Dios a los señores temporales en el Levitico, que no retuviesen los estipendios y jornales a sus operarios, aun de la tarde a la mañana: Non morabitur opus mercenarii tui apud te usque mane. Lo cual disponía el Señor, no solo por el socorro del jornalero, sino también para la seguridad de la conciencia del señor, que le habia hecho trabajar su hacienda.
Un santo profeta de Dios dice, que elmismo salario usurpado era castigo fiel contra el señor que lo defraudó; y aquella sangre usurpada del pobre jornalero dará gritos, como la sangre de Abel, y no será despreciada su verdadera justicia. (Malac, III, 5 et seq).
¡Ay de vosotros, ricos y señores injustos, cuando el justo Juez entre a juzgar vuestras injusticias y tiranías! El que ha de juzgar las justicias, como dice David, ¿qué hará con vuestras injusticias?
La vida trabajosa del jornalero se hace dulce con el estipendio diario, que le basta para vivir, dice el Espíritu Santo; pero si no le pagan lo que gana, se le convierte en intolerable amargura (Eccl., XI, 18). Las lágrimas y clamores de su mujer y de sus pobres hijos suben al cielo, y el Señor las oye y las atiende, para hacer justo castigo contra semejantes tiranos, cuya crueldad no parece puede explicarse con decentes y comunes voces humanas.
Yo nunca he dudado que la perdición y ruina temporal de muchas casas consiste en esta maldad tan ofensiva de Dios y de los hombres, de no pagar puntualmente las deudas legitimas que tienen, y de retener injustamente los salarios, jornales y estipendios de los que los sirven y trabajan en su hacienda.
Algunos señores son tiranísimos con los mercaderes y oficiales que les dan al fiado para vertirse y calzarse, y para los cumplimientos de su casa, y en esto gastan los pobres sus caudales, esperando les pagarán al tiempo determinado; pero no es así. Lo que sucede, es, que habiendo gastado cada uno lo que tenia en la casa del señor, no puede proseguir en su oficio por falta de caudal, y anda perdido por las puertas ajenas. Esperaron en los señores, contra lo que Dios les tiene prevenido, y así se hallan perdidos.
Los señores entiendan, y desengáñense, que viven en continuo pecado mortal, si no se ciñen de modo que puedan pagar, y de facto paguen a los que les dan su hacienda. Los que hacen cumplido en su casa con la hacienda del pobre, son dignos de muerte, conforme a la justificada sentencia de David (I Reg., XXI, 3). Los que por no pagar a los oficiales, les pierden sus casas, están obligados en conciencia, no solo a pagarles lo que deben, sino también a resarcir los daños que les han ocasionado con la dilación injusta de la paga.
También entiendan, y desengáñense, que si no pueden pagar la deuda por entero de una vez, deben en conciencia pagarla por partes; de tal modo, que si deben treinta, y pueden pagar diez, y no los pagan, pecan de nuevo mortalmente, y deben decir en la confesión, que pudieron pagar diez reales de treinta que debían, y no lo hicieron. Otros señores pagan en trigo y en efectos, que los pobres pierden la mitad. Es un horror lo que en esto pasa. Vean lo que tenemos escrito acerca, de esta materia en el libro de los Desengaños místicos. El Señor ilustre sus corazones. Amen.

jueves, 30 de diciembre de 2010

Importancia capital del dogma de la maternidad divina

El nombre de "Madre de Dios", en el cual está cifrado no sólo el misterio de la Encarnación, sino todo el Cristianismo, merece ser llamado el "Libro de la Fe".
La Santísima Virgen es Madre de Dios. Este es un dogma fundamental; más aún, es la base del Cristianismo. Lo que dijo el Apóstol de la resurrección de Jesucristo podemos nosotros afirmarlo, con mejor título, si cabe, de la divina maternidad de María: Si María no es Madre de Dios, vana es nuestra fe y nosotros todavía estamos en nuestros pecados, y aquellos que durmieron en Cristo perecieron (1); porque, destruido este dogma, todo vendría a tierra; él es el sostén del edificio de nuestra fe y el eje divino sobre el que gira todo el orden sobrenatural de la gracia y de la gloria. Esta afirmación quizá a primera vista sorprenda; pero con poco que reflexionemos sobre ella, veremos que es expresión exacta de la verdad. Esto es lo que, para gloria eterna de la Madre de Dios Nuestro Señor y Nuestro Dios, vamos a declarar ahora.

I.—Decimos, en primer lugar, que la maternidad divina, considerada directamente en sí misma, contiene toda la substancia del gran misterio de la Encarnación.
Verdad perspicua es esta que textualmente tomamos de las obras de San Juan Damasceno: "Con razón, escribe este insigne doctor, damos a María Santísima el nombre de Madre de Dios, pues basta este título para establecer en toda su integridad el misterio del Verbo hecho carne" (2); y demuestra luego esta afirmación con una inducción de valor indiscutible. El mismo sentir expresaba Efrén, patriarca de Antioquía, cuando decía que para dar una prueba cierta de la sinceridad de la fe es suficiente creer y profesar que la Santísima Virgen es Madre de Dios (3).
Y siendo esto así, ¿a quién puede maravillar que la Iglesia, con sus doctores y con sus concilios, se levantase para aplastar al error que impugnaba este título, como si el Cristianismo entero estuviese en peligro?
Mas, descendiendo a más particulares, demostremos, con la historia del dogma católico en la mano, la importancia fundamental de la divina maternidad de María. En la serie de las herejías que se han levantado contra la Encarnación del Hijo de Dios hecho hombre, distínguense tres grupos principales. Unas impugnaban directamente la humanidad del Salvador; otras combatían su naturaleza divina, y otras, por fin, las últimas en orden de tiempo, tendían a pervertir la noción católica de la unión de las dos naturalezas. Pues bien, ni uno solo de estos errores, tanto en su forma primera como en sus múltiples atenuaciones o modificaciones, deja de trastornar de arriba abajo el dogma de la divina maternidad de María.
Cosa extraña a primera vista y que, sin embargo, se explica por las ideas entonces en boga, sobre todo en Oriente: la impiedad inició sus acometidas impugnando al hombre. Primero negó la humanidad de Jesucristo. Jesucristo, dijo, el Hijo amadísimo del Padre, o no es realmente un hombre, o, por lo menos, no es un hombre perfecto, en todo semejante a nosotros. Aunque Él se dio a sí mismo tantas veces en el Evangelio, y prefiriéndolo a todos los otros, el nombre de Hijo del hombre; aunque lo conservó, no sólo durante su vida mortal (4), sino también en su vida gloriosa (5), la herejía se lo disputó con encarnizamiento sin igual. Vencida en una posición, se atrinchera en otra, no retrocediendo sino palmo a palmo, y jamás confesando su completa derrota.
En el punto de origen hallamos el error de los Gnósticos. Para éstos la materia corporal, obra de un principio malo, según decían, es esencialmente mala como su principio. Por tanto, el ser corporal de Cristo, su carne y su sangre, se reducen a meras apariencias. Los Apóstoles no se engañaban cuando, viéndole caminar sobre las aguas, lo tomaron por un fantasma. Nacimiento, trabajos, dolores, muerte y resurrección de Jesucristo son ilusiones sin realidad, puras visiones de los sentidos. Así discurría Marción, a quien tan duramente flageló en sus escritos Tertuliano, si bien no había sido él el inventor primero de estas teorías destructoras del Cristianismo. Para dar con el origen de esta herejía hay que subir hasta los tiempos apostólicos. San Juan la tenía presente cuando escribió en el primer capítulo de su Evangelio que el Verbo se hizo carne. A ella aludía también. en el principio de su primera epístola: "Lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que nosotros mismos hemos contemplado, lo que nuestras manos han tocado del Verbo de la vida..., eso os anunciamos" (6).
Los primeros Padres de la Iglesia, Ignacio de Antioquía, Tertuliano, San Ireneo de Lyon, y después, San Agustín, San Epifanio, San Cirilo de Alejandría y otros, lucharon sucesivamente contra un sistema doctrinal que minaba por su base nuestra redención por Cristo. En sus obras pueden leerse los argumentos victoriosos con que aplastaron el error. Pero hay uno que prevalece sobre todos los demás: es el que se apoya en la maternidad de María. En efecto, la Virgen no puede ser madre sin tener un hijo, y la Virgen no tiene un hijo si Jesucristo es un fantasma. ¡Con qué vigor argumenta Tertuliano!: "Marción, con la mira puesta en negar la carne de Cristo, rechazó su nacimiento, y con el designio de negar su nacimiento, rechazó su carne. Nacimiento y carne se dan mutuamente testimonio: no hay nacimiento sin carne, ni carne sin nacimiento" (7).
La carne de Jesucristo, dice a su vez Valentín, no es un fantasma como soñaron los Docetas; pero la naturaleza visible de Cristo no fue formada en el seno de una mujer, sino que, formada de una substancia celeste, más pura y menos indigna de él que nuestra materia, no hizo más que pasar por las entrañas de María, de suerte que ésta no es la tierra virgen en que aquélla germinó, sino el canal que la recibió de lo alto para transmitírnosla. Confesad la maternidad de María, y esta nueva forma de error por sí sola se derrumba, porque para que María sea Madre es necesario que haya concebido la propia substancia, es necesario que dé a luz el hijo que haya llevado en el propio seno.
De la impugnación del cuerpo de Jesucristo la herejía pasó a la impugnación de su alma. Concedido, dijeron los nuevos adversarios de la Encarnación, que la carne de Jesucristo es una carne real como la nuestra, y como la nuestra formada de la substancia materna; pero el alma que la anima, o, por lo menos, la parte espiritual de esta alma, no es como el alma o el espíritu de los otros hombres. El Verbo de Dios vivificó por sí mismo la carne de Cristo, o, por lo menos, cumplió en ella el oficio propio da la inteligencia humana.
Sabido es que el autor de esta herejía, en su forma primitiva, fue Arrio. Esperaba hacer más aceptables sus errores acerca de naturaleza del Verbo convirtiéndolo en principio de las operaciones sensibles en Jesucristo; porque ¿cómo podía ser consubstancial con el Padre aquel que, por su naturaleza superior, pudo sentir hambre, sed, turbación, tristeza: cosas de todo en todo incompatible con la perfección divina? Esta herejía fue mitigada algún tanto por Apolinar, obispo de Laodicea. Este heresiarca, fundándose en la doctrina platónica que distingue en el hombre tres principios: el cuerpo, el alma y el espíritu, veía en Jesucristo tres elementos constitutivos: el cuerpo, el alma y el Verbo, en lugar del espíritu. Apolinar, para suprimir en Jesucristo la mutabilidad de la voluntad, raíz de nuestras imperfecciones físicas y morales, substituyó en Jesucristo, con el Verbo indefectible, el alma racional, que es tan mudable en sus pensamientos y tan propensa al pecado por sus afecciones, aun por las espirituales. A este error añadieron otro, apenas creíble, los Apolinaristas. Mientras los Arríanos hacían al Verbo consubstancial con el alma humana, para los Apolinaristas la carne animada de Jesucristo, gracias a su unión con el Verbo, vino a ser consubstancial con Dios.
¿Dónde se hallará una refutación clara y breve, pero invencible, de estos monstruos del error? En la maternidad divina de María. Si María es Madre de Dios no en sentido impropio, sino con toda verdad y propiedad, es necesario que ella y su Hijo sean de la misma naturaleza, es decir, usando el término técnico recibido, consubstanciales. Ahora bien, si el hijo es consubstancial a su madre, ha de tener todo lo que constituye la naturaleza humana; no solamente un cuerpo, sino un alma; no solamente un alma que sea principio de vida sensible, sino también un alma espiritual; en una palabra, según la expresión de los Santos Padres y de los Concilios, "un cuerpo vivificado por un alma racional, un cuerpo animado espiritualmente" (8). Tal es el triunfo de la Madre de Dios sobre los enemigos de la humanidad de su Hijo.
Y no fue menos esplendente el que alcanzó sobre los que impugnaron la divinidad de Jesucristo. A juicio de algunos, Jesucristo era hombre y nada más que hombre, si bien investido de una más amplia participación de la virtud divina, pero al fin teniendo nuestra naturaleza y nada más que nuestra naturaleza. Así sentían Pablo de Samosata y sus partidarios. Otros, los Arrianos, llegaban a reconocer en Jesucristo al Verbo de Dios revestido de nuestra carne; pero un Verbo de naturaleza inferior a la del Padre, un Verbo que no era Dios, digámoslo así, más que a medias: anterior y superior a todas las criaturas, pero creado como ellas y que, como ellas, tuvo su principio en el tiempo.
A todos estos herejes condena tan sintética como eficazmente la maternidad de María. ¿Sería Madre de Dios en sentido verdadero y estricto aquella mujer cuyo hijo no fuese Dios, consubstancial con el Padre, y al mismo tiempo participante de la naturaleza de la Madre? Bien podemos concluir, pues, que el dogma de la maternidad divina está unido con nudos indisolubles a estas dos verdades capitales: Jesucristo es hombre perfecto; Jesucristo es Dios perfecto. Quien pretendiere abrir brecha en la una o en la otra de estas dos verdades se estrellará contra la piedra angular del título de Madre de Dios.
Como indicamos más arriba, a estas herejías de los primeros siglos sucedieron otras en el quinto, que, respetando aparentemente las dos naturalezas de Cristo (9), se esforzaron en alterar la noción del vínculo que las une, ya distinguiendo en Jesucristo dos personas con pretexto de conservar la distinción de las dos naturalezas, ya confundiendo las dos naturalezas en una sola con la razón espaciosa de salvaguardar la unidad de persona. El error, aunque bajo formas aparentemente contradictorias, descansaba sobre un mismo supuesto: que la persona y la naturaleza son una misma cosa, y, por consiguiente, que en Jesucristo tantas son las personas cuantas son las naturalezas. De manera que lo que distingue estas dos herejías no es el principio, sino las diversas consecuencias que de él dedujeron.
En Cristo, decía Nestorio, siguiendo a su maestro Teodoro de Mopsuesta, hay dos naturalezas; luego también dos personas; mas de estas dos personas resulta un solo Jesucristo, porque la persona del Verbo se apropió la persona del hombre con estrechísima unión: unión del templo con aquel que lo habita; del instrumento con el obrero que lo mueve; de la esposa con el esposo; del vestido con el cuerpo, cuyas perfecciones moldea y manifiesta, a la par que las vela; del Dios Todopoderoso con el hombre de su diestra, a quien hace partícipe, con medida sin igual, de su gracia, de sus operaciones y de su gloria; pero, con todo, unión que no llega ni puede llegar a la identidad física de la persona, permaneciendo la distinción de las naturalezas (10).
¿Y qué es esta herejía sino la negación formal de la maternidad divina? Decir que hay dos personas en Jesucristo, una nacida del Padre antes de todos los tiempos y otra nacida de la mujer en el curso de los siglos, es o desconocer el valor de las palabras o negar que María sea Madre de Dios. Al contrario, confesada su divina maternidad, por el caso mismo se afirma que el Hijo de María es una sola persona con el Hijo de Dios Padre, el Verbo mismo de Dios.
Así lo entendían tanto los novadores como los católicos, conforme lo hemos visto por la historia del dogma; de ahí que el punto fundamental de la controversia era el título de Madre de Dios. Aceptado este privilegio, acabóse el Nestorianismo y su dualidad de persona. Y ver por qué el santo Concilio de Efeso opuso victoriosamente a la herejía nestoriana el título de Madre de Dios, como el Concilio de Nicea había hecho de la palabra consubstancial una muralla inexpugnable contra la impiedad arriana.
Casi superfluo parece decir en qué consistió el Monofisismo y cuál fue su origen. En el alzamiento universal del pueblo cristiano contra el Nestorianismo, un monje de Constantinopla, Eutiques, queriendo descargar los últimos golpes contra la herejía nestoriana, dio en el extremo opuesto y a él se aferró con ignorante terquedad. Dejemos a un lado la exposición de los desvarios del obstinado anciano y de las modificaciones que después sufrió su herejía para que pareciese menos absurda y un tanto soportable. Lo que interesa hacer constar es que en el fondo de todos los desvarios y modificaciones subsistía el error primordial, que consistía en poner en Jesucristo una sola naturaleza juntamente con la persona única.
A este error fundamental la Iglesia opuso una vez más la divina maternidad de María y con el mismo éxito de siempre. Proclamando que la Virgen es Madre de Dios, afirmaba a la vez que su Hijo es verdaderamente Dios; consubstancial con María en cuanto a la humanidad; consubstancial con el Padre en cuanto a la divinidad. Ahora bien, admitida la unidad de naturaleza, ya se produzca la unidad por absorción, ya se produzca por mezcla o composición, Jesucristo no sería lo uno y lo otro; o, digámoslo, no sería ni lo uno ni lo otro, pues ni tendría la naturaleza divina ni la naturaleza humana, sino otra incomprensible naturaleza resultante de la inconcebible combinación y mezcla de la divina y de la humana.
El nombre de Madre de Dios no podía aplastar al Nestorianismo y al Monofisismo sin herir de muerte, por anticipado, a otras herejías que se refieren a aquéllas como a su principio y raíz. Aludimos al Monotelismo y al Adopcianismo. El segundo nació en España, y substancialmente no era sino una variante de la herejía nestoriana. Distinguía en Jesucristo dos hijos de Dios: uno, Hijo del Padre por naturaleza, y otro, por simple adopción. El Monotelismo tuvo su cuna en Oriente; no reconocía en Jesucristo nada más que un orden de voluntades y de operaciones. Esto era, como se ve, o dividir las personas o confundir las naturalezas: dividir las personas al distinguir los hijos, y confundir las naturalezas al no distinguir las actividades propias de cada una. Y era también, por necesaria consecuencia, negar que María es, en sentido propio, Madre de Dios.
A estos errores capitales sobre la Encarnación se añadieron otros en tiempos no tan antiguos. Si fuese posible recorrerlos uno por uno, veríamos cómo la maternidad divina es siempre el argumento decisivo contra las novedades, sea cual fuere la máscara con que se cubran. Veámoslo, por vía de ejemplo, en los Socinianos y en los apasionados adversarios que tuvo la devoción al Corazón Sacratísimo de Jesucristo.
Según los Socinianos, Jesucristo no ofreció a la divina justicia una satisfacción propiamente dicha y sobreabundante, como era menester para reconciliar el cielo con la tierra. Si murió por nuestros pecados, si nos mereció la gracia de la justificación, fue únicamente en sentido impropio, en cuanto se nos ofreció como maestro y modelo que con su doctrina y ejemplos nos ayuda poderosamente a practicar la virtud (11). Preguntadles por qué no creen al Salvador bastante poderoso para pagar el precio de la redención del mundo, y os contestarán que Jesucristo es, en verdad, el mayor de los enviados de Dios, el Mesías por excelencia, pero que no es el Hijo de Dios por naturaleza ni Dios como su Padre; de ahí que no pudiera ofrecer la satisfacción suficiente para reparar el agravio hecho a Dios por los crímenes de los hombres. Que es como decir: porque María no dio a luz más que un hombre, porque no es la Madre de Dios.
Y los enemigos del Sagrado Corazón de Jesús, ¿qué pretendían? Que no se debe ni se puede honrar al Corazón Divino con culto de latría, porque no es Dios, sino criatura de Dios. Y, llevados de su odio ciego, llegaron a lanzar la acusación de Nestorianismo contra los piadosos adoradores del Corazón Sacratísimo. Contra estos enemigos de la verdad también se levanta el dogma de la maternidad divina, como se levantó contra tantos otros novadores. El Corazón viviente de nuestro Salvador, que no querían adorar, es el Corazón del mismo Dios, porque es el Corazón de Jesús, nacido de la Virgen Madre de Dios.
"Oh, insensatos —podemos decirles, con San Atanasio—, ¿por qué no consideráis bien que una es la adoración que se debe al cuerpo creado de Nuestro Señor y otro el honor que corresponde a la criatura? Porque aquél es el cuerpo del Verbo increado, y el Verbo de quien es el cuerpo es lo que adoráis. Es, pues, muy justo tributar a este cuerpo la misma adoración que a la divinidad, porque pertenece en propiedad a la persona del Verbo, y el Verbo es Dios" (12). Substituid la palabra cuerpo por la palabra corazón y tendréis en este apostrofe del insigne doctor la apología más completa de nuestra hermosa y queridísima devoción. ¿Quién, pues, no adorará al Corazón de Jesús? Quien, separando en Jesucristo al hombre, de Dios, haga de su carne y de su corazón la carne y el corazón de una persona creada; en otras palabras, aquel que no crea que la Santísima Virgen María es Madre de Dios.
Por tanto, para concluir, todas las herejías capitales sobre la Encarnación del Verbo de Dios y todos los errores relacionados n las mismas, tienen en María su condenación breve, clara y substancial, y saludarla con el nombre de Madre de Dios es profesar cierta e íntegramente el misterio de la Redención (13). Con toda razón un antiguo panegirista de la Madre de Dios la saludaba con estas hermosas palabras: "Te saludo, libro incomprensible, que has dado a leer al mundo el Verbo Hijo del Padre" (14).

II. — Añadamos, en segundo lugar, que el dogma de la maternidad de María sirve también de sostén a nuestra fe respecto de los otros misterios.
Lo primero, este dogma implica la noción más clara y precisa del misterio inescrutable de la Trinidad. Unidad de naturaleza, distinción de personas, Padre, Hijo y Espíritu Santo; ved aquí, en cuanto a la substancia, lo que debemos creer acerca de este misterio. Ya en los principios del siglo III se levantaron herejes que confundían las personas. Para Sabelio, su capitán, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son una sola hipóstasis, la misma en los tres, que recibe distintos nombres según los distintos oficios que llena: Padre, en cuanto Creador; Hijo, en cuanto Redentor; Espíritu Santo, en cuanto. Santificador. De igual forma, un mismo hombre puede ser a la vez padre, emperador y conquistador y protector de las letras, pudiendo ser saludado con estos diversos títulos.
Otros creyeron que no podían conservar la distinción de personas sin multiplicar las naturalezas, ya sea conservando la igualdad de perfección entre ellas, ya sea introduciendo la desigualdad de las esencias (15). En una palabra, para tener tres personas pretendieron hacer tres dioses.
¿Cómo combatiremos victoriosamente esta herejía en sus dos formas? Oponiéndole una vez más, como siempre, la divina maternidad de la bienaventurada Virgen. Para que María sea madre del Hijo, sin ser Madre del Padre o del Espíritu Santo, es necesario que el uno no sea el otro, y para que sea verdaderamente Madre de Dios, no es menos necesario que el Hijo posea idénticamente la naturaleza del Padre, porque es propio de la divinidad ser singularmente única. ¿Objetáis que esto no prueba en favor del Espíritu Santo ni la identidad de naturaleza ni la distinción en cuanto a la hipóstasis? Os responderemos mostrándoos el Evangelio; tomad y leed el texto mismo en que a la bienaventurada Virgen se anuncia el misterio de su maternidad, "El Espíritu Santo descenderá sobre Ti y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra; y por esto el Santo que nacerá de Ti se llamará el Hijo de Dios" (16). ¿Pueden leerse estas líneas sin representarnos al Espíritu Santo tal cual nos lo presenta el dogma católico, es, a saber, distinto del Padre y del Hijo, pero igual y consubstancial al uno y al otro? Y hasta llegar a este pasaje de la Escritura divina, ¿hemos encontrado una manifestación tan clara y tan viva de la santa e indivisible Trinidad?
Todos los privilegios de María, según veremos después, son como las alhajas con que el Eterno Padre se ha complacido en adornar a la madre de su Hijo, son como otras tantas perfecciones que guardan con la maternidad divina idéntica relación que las propias naturalezas con la substancia de la que dimanan. Estudiado desde este punto de vista el título de Madre de Dios, ¡cuántas otras verdades nos recuerda! En la concepción inmaculada de la inmaculada Madre de Jesús podemos contemplar la caída original, la ley de muerte que pesa sobre los hombres desde el primer instante de su existencia, la necesidad de la redención por medio de la sangre del Salvador, el valor de la gracia que transforma a los pecadores en justos; a los hijos de ira, en hijos adoptivos de Dios; es decir, que se halla en aquel dogma la refutación completa del antiguo Pelagianismo y del Naturalismo moderno. Y nada nos da a entender la hermosura celestial de la virginidad, como María llevando en su seno virginal al hijo virgen que concibió por obra de solo el Espíritu Santo. De la misma manera, nada sensibiliza tanto el amor de Dios para con los hombres y sus inefables misericordias. Y si miramos a la Madre de Dios, que también es nuestra Madre, subiendo a los cielos en su gloriosa Asunción, ¿no vemos en ella la prueba inconcusa de que un día también los muertos saldrán de sus sepulcros para volver a la vida?
Y si consideramos el fin por el cual esta Virgen llegó a ser madre, ¿cuántos otros misterios de nuestra fe se descubren ante nuestros ojos! La misma Iglesia, la esposa de Cristo, tiene en la maternidad de María el dechado y la confirmación de su propia maternidad, porque, conforme nos enseñan los Santos Padres, la Iglesia fué hecha a imagen de la Virgen Madre, de suerte que para tener concepto adecuado de ella, es necesario contemplarla en la Madre de Dios (17).
Más aún: la maternidad divina de María es la refutación de los errores que especialmente se han suscitado contra sus privilegios, ya para disminuirlos, ya para exagerarlos. En el discurso de esta obra veremos cómo las más hermosas prerrogativas de la bienaventurada Virgen fluyen de su maternidad. Su Concepción inmaculada, su virginidad sin mancha, su pureza de alma, nunca empuñada por la más mínima falta, su Asunción corporal, en una palabra, todos sus tesoros de gracia y de gloria hincan sus raíces en la maternidad divina, de tal forma que ésta es a un mismo tiempo principio y salvaguardia de todas las prerrogativas de María.
De igual manera la maternidad divina derribó también las impiedades de un culto que en cierto sentido tendía a igualar a María con Dios. Según el testimonio de San Epifanio, había en su tiempo una secta, nacida en la Tracia y entonces todavía viviente en la Arabia, que tributaba a María el más divino de todos los homenajes, el sacrificio. Este nuevo culto tenía a mujeres por sacerdotisas. El santo se levanta con vehemencia contra tan singular forma de adoración, y lo que de ella dice prueba manifiestamente cuan calumniosas serán las acusaciones de idolatría que, andando los siglos, lanzarán los protestantes contra los honores que los católicos rinden a la Virgen bienaventurada (18). Pues bien, basta la maternidad divina para echar por tierra la herejía de los colyridianos, herejía eminentemente sacrilega, porque María no sería Madre de Dios si no fuese, como nosotros, criatura de Dios. En efecto, Jesucristo no pudo recibir de María nada más que la naturaleza humana, pues la divinidad por la que es Hijo de Dios la tiene eternamente recibida del Padre. Por tanto, si la Virgen es Madre de Dios, es porque comunica al Verbo la humanidad por la que es hombre, y, consiguientemente, ella es consubstancial con él en cuanto a la naturaleza humana. De donde se infiere que el culto que tributamos a María, lejos de estar manchado por error idolátrico, es precisamente la profesión expresa de su pura humanidad.
Y aquí nos viene a la memoria un texto de nuestra sagrada Liturgia: "Alégrate —canta la Iglesia—, oh Virgen, porque Tú sola has exterminado del mundo entero todas las herejías" (19). Lo ha hecho y lo hace todavía de muchas maneras. Por ella los campeones de la fe reciben la seguridad en la ciencia y la intrepidez con que la defienden; ella fué en los días de su vida mortal maestra de la divina sabiduría y más de una vez los mismos apóstoles bebieron de las enseñanzas que brotaban de su corazón y de sus labios (20). Pero lo que principalmente le asegura la victoria universal sobre los monstruos del error, es que Ella derramó sobre el mundo la Luz eterna, Jesucristo Nuestro Señor (21), y es que María; con toda verdad puede decirse, que, en su mismo título de Madre de Dios, lleva la refutación de todas las herejías. Por este título se verifica la sentencia dada desde el principio contra el seductor del género humano: Ipsa canteret caput tuum. La Madre de Dios pone su pie sobre la cabeza del error y lo aplasta. En vano el error intenta replegarse y escapar con mil subterfugios: esfuerzos impotentes, inútiles, que no pueden librarlo del implacable aplastamiento (22).
El dogma de la maternidad divina es, respecto del dogma de la Encarnación, lo que el de la Encarnación es respecto del de la santa y adorable Trinidad: lo encierra, y, por consiguiente, encierra el Cristianismo entero. San Pablo, escribiendo a los fieles de Corinto, les decía que no quería saber sino a Jesucristo, y a Jesucristo crucificado (23).
No tenemos nosotros por qué buscar curiosamente las razones que movieron al Apóstol a expresarse de esta forma; oficio es ése de los exégetas. Lo que sí nos consta es que San Pablo, aunque no tuviera realmente otra ciencia, érale suficiente la ciencia de Cristo crucificado para ser el Apóstol de las naciones. Y es que todos nuestros misterios se refieren a Cristo muriendo en la cruz para la salvación del mundo, y por Él se entienden y explican. Ahora bien, lo que es lícito, lo que es razonable afirmar del conocimiento de Jesucristo crucificado, ¿será temeridad afirmarlo del conocimiento de la excelsa Madre de Dios? No, responderá de cierto quien nos haya seguido en el estudio de las relaciones esenciales entre los principales dogmas católicos y el título de Madre de Dios; no, responderá, aun con más seguridad, quien sepa meditar todas las grandezas y todos los privilegios que este nombre augustísimo pide y dentro de sí encierra. Así, pues, repudiar el nombre de Madre de Dios sería rechazar todo el Cristianismo, del cual es compendio, símbolo y paladión.

J. B. Terrien S.J.
LA MADRE DE DIOS...
NOTAS
(1)1 Cor. XV, 17, 18.
(2) S. Joan Damasc, De Fide orthod., L. III, c. 12, P. G. XCIV, 1029.
(3) Ephraem Theopolit., Apud Photium, cod. 228, P. G. CIII, 968.
(4) Matth., VIII. 12, X, 33; XII, 32; Marc, II, 10; VIII, 31; Luc, VI, 5; IX, 22; Joan, I, 51; III. 13, etc.
(5) Apoc, I, 13; XIV, 14.
(6) I Juan I,1.
(7) Tertuliano De Carne Christi, c. I, P. L. II, 754.
(8) Cf. S. Sophron. et S. Joan, Damasc, pp. 25, 26. "Corpus habens animam intellectualem... carnem cui inest anima rationalis". S. Cyrill. Alex., In Declarat. et Apol. Äthan., I. P. G. LXXVI, 296 et 320—El Concilio de Letrán (649) dijo igualmente de Cristo que debía venir "cum asumpta ab eo atque animata intellectualiter carne ejus". Can. 2. Enchirid. Denzinger, n. 203.
(9) Decimos "aparentemente" porque el Eutiquianismo, en realidad, aun bajo su forma más moderada, no admitía nada más que una naturaleza.
(10) Los teólogos andan divididos acerca de si Nestorio defendía que esa unión se efectuó desde la Concepción de Nuestro Señor o sólo después. La verdad se halla entre las dos opiniones extremas: según Nestorio, la unión se efectuó desde el principio, pero fue creciendo y perfeccionandose al paso que crecían los méritos del Hijo de María. De esta manera pueden conciliarce varios textos contradictorios, en apariencia, de Nestorio.
(11) Socin. De Christo Servat., L. I, 1.
(12) S. Athan., C. Apollin., L. 1, n. 6, P. G. XXVI, 1101.
(13) Viene muy a cuento de estas consideraciones una reflexión bien digna de notarse, que tomamos de la carta que el sabio Newman, después cardenal, escribió al doctor Pusey acerca del culto de la Santísima Virgen en la iglesia católica. Los protestantes pretenden que el culto tan particular que nosotros tributamos a la Madre de Dios necesariamente ha de eclipsar a su Hijo, nuestro Señor. El ilustre príncipe de la Iglesia pide en primer lugar que se pruebe el hecho; después vuelve la acusación contra sus autores: "Hay otro hecho enteramente opuesto y que, en mi entender, es harto elocuente. Si tendemos la mirada por Europa, ¿qué es lo que vemos? En resumen, los países y los pueblos que han perdido la fe en la divinidad de Cristo son precisamente los que han abandonado la devoción de su Madre. Por el contrario, aquellos que se han aventajado en su devoción a María, han conservado su ortodoxia. Comparad, por ejemplo, dos griegos con los calvinistas, Francia con Alemania del Norte, o bien los católicos con los protestantes de Irlanda.... En la Iglesia católica, María muéstrase siempre, no como la rival, sino como la servidora de su Hijo; como lo protegió en su infancia, así lo ha protegido en toda la historia de la religión. Hay una verdad histórica evidente en estas palabras del doctor Faber que citáis para condenarlas: "Donde Jesús no está en la luz, es porque María está en la sombra." Traduction de G. du Pré de Saint-Maur, París (Douniol, 1866), páginas 106-108.
En el mismo lugar se lee esta nota: "De este punto he hablado más largamente en mi ensayo acerca del Desarrollo de la Doctrina, página 438. "Es presentar una objeción sin valor decir que entre estas dos devociones (a Nuestro Señor y a María) nuestra flaqueza natural nos llevará siempre a dejar la una por la otra, la devoción hacia Dios por la devoción hacia la criatura, porque, lo repito, hay que ver si realmente es así; ésta es una cuestión de hecho. Además, es necesario averiguar si la devoción protestante hacia Nuestro Señor ha sido nunca verdaderamente adoración o si no ha sido, antes bien, una devoción como la Que ofrecemos a un ser humano perfecto..." De manera que siempre y en todas partes la maternidad divina de María se levanta como antemural de la verdadera doctrina y de la verdadera fe en el Hijo.
(14) Existimatus Epiphan., De laudibus S. M. Deiparae, P. G. XLIII, 496.
(15) Todos estos errores tienen en el fondo la misma fuente y proceden del mismo supuesto, como ya hemos advertido: naturaleza y persona son idénticamente una misma cosa. Por tanto, en Dios el número de personas habría de ser igual al de naturalezas, y recíprocamente.
(16) Luc, I, 86.
(17) Lo demostraremos en la segunda parte de esta obra.
(18) S. Epiphan., De Haeres., Haeres., 78, n. 23, sq. Haeres., 79, n. 1, sq. P. G. XLH, 736, 740, etc. (19) In festis B. V. M. per annum_ j antiph. III Noct. Cf. S. Bernard., Serm. de 12
(20) Sudr., De myster, vitae Christi, D. 19, S. I.
(21) Lumen aeternum mundo efJudit, Jesum Christum, Dominum nostrum, Praefat in minia U. M. V.
(22) "Unius ille stultus et totius stulititiae princeps... sub Mariae pedibus conculeatus et ■ ni nlus, miseram patitur servitutem. Nimirum ipsa est quondam a Deo promissa mulier (Oll., Ill, 15) serpentis antiqui caput virtutis pede contritura: cujus plane calcaneo in multis
itiia insidiatus est, sed sine causa. Soia enim contrivit universam haereticam pravitatem. nnn de substantia carnis suae Christus edidisse dogmatizabat ; alius parvulum non pepe-rlwio ned reperisse sibilabat; alius, vel post partum, viro coenitam fuisse blasphemabat ; alius I rem audire non sustinens, magnum illud nomen Theotocos impiisime sugillabat. Sed Hunt insidiatores, conculcati supplantatores, confutati derogatores, et beatam earn ■nines generationes. Denique, et continue per Herodem draco insidiatus est parienti, ut '"in excipiens filium devoraret, quod inimicitiae essent inter semen mulieris et draconis." "uni., Serm. de 12 Praerog. B. M. V., n. 4, P. L. CLXXXIII, 431
(23) I Cor., II, 2.

sábado, 25 de diciembre de 2010

NATIVIDAD DEL SEÑOR



LA POBREZA DE JESUCRISTO
"Aconteció, pues, en los días aquellos que salió un edicto de César Augusto para que se empadronase todo el mundo. Fue este empadronamiento, primero que el del gobernador de Siria, Cirino. Iban todos a empadronarse, cada uno en su ciudad. José subió de Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David que se llama Belén, por ser él de la casa y de la familia de David, para empadronarse con María, su esposa, que estaba encinta. Estando allí se cumplieron los días de su parto y dio a luz a su hijo primogénito, y le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre por no haber sitio para ellos en el mesón.
"Había en la región unos pastores que moraban en el campo y estaban velando las vigilias de la noche sobre su rebaño. Se les presentó un ángel del Señor, y la gloria del Señor los envolvió con su luz y quedaron sobrecogidos de temor. Díjoles el ángel:
"—No temáis, os anuncio una gran alegría que es para todo el pueblo : os ha nacido hoy un Salvador, que es el Cristo Señor, en la ciudad de David. Esto tendréis por señal: encontraréis al Niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre.
"Al instante se juntó con el ángel una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo:
"—¡Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad!
"Así que los ángeles se fueron al cielo, se dijeron los pastores unos a otros:
"—Vamos a Belén a ver esto que el Señor nos ha anunciado.
"Fueron con presteza y encontraron a María, a José y al Niño acostado en un pesebre, y, viéndole, hicieron saber lo que se les había dicho acerca del Niño. Cuantos lo oían se maravillaban de lo que les decían los pastores. María guardaba todo esto y lo meditaba en su corazón. Los pastores se volvieron, glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto, según se les había dicho." (San Lucas, II, 1-20).

Este es el sucinto relato que hace el Evangelio del nacimiento del Salvador. La Iglesia nos lo recuerda hoy porque quiere que nos traslademos todos los cristianos con el pensamiento y el corazón al establo de Belén para aprender las lecciones que nos da el Niño Jesús. También nos trasladaremos allí nosotros unos momentos para aprender, cuando menos, tres cosas: la pobreza, la mortificación y la humildad de que nos da ejemplo el divino Niño. Nos detendremos a considerar la primera de estas lecciones, que nos dice:
1." Que no debemos apegar el corazón a los bienes de la tierra.
2.° Que debemos imitar a Jesús en la pobreza.

I.—No hay que amar la riqueza.
1. La riqueza es peligrosa y caduca.—En el mundo, ya lo vemos, hay pobres y ricos, porque así lo dispone la divina Providencia. Pero los ricos no deben apegar su corazón a los bienes que poseen ni lamentarse los pobres de su condición. Sin embargo, no sucede así, y la mayoría de los pobres se quejan de su situación y envidian a los ricos porque desearían tener, como ellos, mucho dinero y comodidades de toda índole, en vez de conocer estrecheces y necesidades múltiples, a pesar de entregarse a su trabajo con el mayor ahinco e interés.
Aparentemente, parecen tener razón los pobres, que desearían disponer de los cuantiosos medios de que disfrutan los ricos ; pero en realidad no deben envidiar a los ricos y poderosos de la tierra, porque no es mejor su situación que la de los desheredados de la fortuna.
En primer lugar, hay que tener en cuenta que la riqueza material no es ningún verdadero bien. Es una cosa inestable, sujeta a muchos cambios y alternativas. El rico no se siente feliz porque teme perder lo que posee. Son enemigos naturales suyos los ladrones, los envidiosos, las revoluciones, los reveses de fortuna... Los bienes materiales son una pesadilla y motivo de intranquilidad. Además, al llegar el momento de tenerlos que dejar forzosamente, porque la muerte no respeta a nadie y lo mismo se presenta en los tugurios de los miserables como en los palacios de los poderosos, sufren mucho más que los pobres, pues éstos tienen menos apego a la vida. Todo ser humano, al fin de su vida, ha de decirse : "Ya mis días se acaban y sóao me queda el sepulcro" (Job, XVII, 1).
Las riquezas y honores de este mundo son bien engañosos.
2. La riqueza es engañosa.—Lo peor de todo es que la riqueza daña al alma. El que tiene apego a los bienes de la tierra está como encadenado. ¿Qué importa que la cadena sea de oro? No por eso deja de ser cadena. El rico sólo piensa en los bienes que posee, mas no en su alma ni en los bienes eternos. De esta forma, lo que posee le inclina fácilmente al mal y a la perdición eterna por las satisfacciones a que le invita. Dejándose llevar por el espejuelo de la riqueza, ¡cuántos desgraciados venden su alma por unas miserables monedas! Por algo lanzó Jesucristo su terrible anatema: "¡Ay de vosotros, ricos, porque habéis recibido vuestro consuelo! ¡Ay de vosotros, los que ahora estáis hartos, porque tendréis hambre! ¡Ay de vosotros, los que ahora reís, porque gemiréis y lloraréis! ¡Ay cuando todos los hombres dijeran bien de vosotros, porque así hicieron sus padres con los falsos profetas!" (San Lucas, VI, 24-26). También dijo nuestro Señor: "Es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja que un rico en el reino de los cielos" (San Mateo, XIX, 24).
San Juan Crisóstomo nos dejó escrito: "Los mimados por la fortuna son como los navios que surcan los mares excesivamente cargados, expuestos a irse al fondo con facilidad."
También los filósofos paganos detestaron las riquezas por creerlas nocivas al alma.
Plutarco escribió: "Hay que inclinar a los hijos a la virtud y no a las riquezas, porque éstas son necias y peligrosas, puesto que acrecientan la maldad de los hombres" (1) (2) (3).
3. El ejemplo de Jesús.—Fijémonos en el Niño Jesús. Era Dios, Creador del cielo y de la tierra; el rico por excelencia, el único rico de verdad, Rey de reyes y Señor de los señores, y, sin embargo, eligió por madre a una oscura doncella que, aunque de la estirpe real de David, era pobre de bienes de fortuna. Y ¿dónde nació? ¡En un establo! Podía haber nacido en un suntuoso palacio o, cuando menos, en una casa acomodada; pero no lo hizo, por preferir darnos ejemplo de desapego de los bienes de este mundo.

II.—El hombre debe amar la pobreza.
1. ¿Es malo ser pobre?-¡Ni mucho menos! Lo único verdaderamente malo del mundo es el pecado, y la pobreza no es ningún pecado: antes, llevada con paciencia, ayuda a apartarse de él. "No llevéis oro ni plata ni cobre en vuestro cinto —dijo Jesús a sus discípulos— ni alforja para el camino, ni dos túnicas" (San Mateo, X, 9-10).
2. Ventajas de la pobreza.-El pobre se conserva bueno con facilidad y practica la virtud, por lo general, más que el rico, porque no tiene cadenas que le esclavicen ni ningún peso que le sujete a la tierra. Dijo San Jerónimo que, quien nada posee, se ve libre de un pesado fardo, por lo que aconseja que se imite a Jesucristo en la pobreza.
Nuestro Señor Jesucristo no llamó bienaventurados a los ricos, sino que dijo: "Bienaventurados los pobres de espíritu, porque suyo es el reino de los cielos" (San Mateo, V, 3). Por eso no debe entristecerse el que vive pobremente, ya que se, parece a Jesús, y El le dará los bienes celestiales, que nunca desaparecerán.
Como nos dice el Evangelio de este día, los primeros que acudieron al establo para adorar al Niño Jesús fueron unos sencillos pastores, y obtuvieron semejante privilegio porque, además de humildes, eran pobres. Los pobres fueron, pues, los primeros en recibir las caricias del Niño Jesús, y los pobres fueron también después sus predilectos.
Los dueños de cuantiosos bienes de fortuna, más que alegrarse deben estar preocupados para hacer buen uso de ellos y portarse como meros administradores, mas no como dueños absolutos, puesto que han de dar en su día estrecha cuenta a Dios.
3. La pobreza del Niño Jesús.— Concentremos nuevamente nuestras miradas en el Niño Jesús para admirar su extremada pobreza.
Un niño enternece a cualquiera que lo contempla, por duro de corazón que sea. Nadie permanece indiferente ante los encantos, las sonrisas y los vagidos de una criatura recostadita en su cuna. Si se trata de un niñito pobrecito que sufre, cualquier persona mayor se conmueve y apiada de él.
Fijémonos en el Niño Jesús. ¿Hay alguien más pobre que El? Avisados los pastores por los ángeles, corrieron a donde estaba el Mesías recién nacido, y vieron, como nos dice el Evangelio, al Niño acostado en un pesebre: Invenerunt infantem positum in praesepi (San Lucas II, 16). ¿Quién de vosotros ha nacido en un establo y ha tenido por cuna un pesebre con un poco de paja? Seguramente que ninguno, y, en cambio, así le ocurrió al Niño Jesús. ¿Cómo no conmovernos ante un recién nacido sujeto a tanta pobreza, miseria, desolación e incomodidad?
¡Y pensar que Jesús eligió la pobreza, unida a un sinfín de penalidades, exclusivamente por nuestro amor, para enseñarnos el desapego de las cosas terrenas y abrirnos el Paraíso!
¿Cómo no amar al Niño Jesús? ¿Cómo no inclinarnos a seguirle? ¡ Cuántos ha habido que, meditando en estas sublimes enseñanzas del Niño Jesús recostado sobre la paja del pesebre, cambiaron de vida, abandonaron el mundo, despreciaron sus fugaces bienes, vivieron en la mayor pobreza y se hicieron santos!

* Un buen recuerdo.—Un noble caballero fue a ver a uno de los compañeros de San Ignacio y le pidió que le diese un recuerdo. El siervo de Dios le respondió :
—Piense usted con atención en estas palabras : "Cristo pobre y yo rico. Cristo ayunando y yo harto. Cristo desnudo y yo bien vestido. Cristo padeciendo y yo disfrutando."
No le añadió más.
El caballero dijo para sus adentros : "Esto ya lo sabía yo." Pero cuando lo hubo meditado profundamente, al sentarse a la mesa, al expansionarse, al acostarse, sentía vergüenza de sí y determinó imitar la pobreza del Niño Jesús (4).
Conclusión.—Aprendamos también nosotros la lección de pobreza que nos da el Niño Jesús mientras lo contemplamos y adoramos en el pesebre. Amemos la pobreza y practiquémosla, siguiendo el ejemplo del divino Niño, y El nos reconocerá por fieles seguidores suyos, nos llenará de favores y nos hará dignos del cielo.

EJEMPLOS
(1) El ejemplo de los paganos.—Cayo Fabricio, general y cónsul romano (+ 280 a. C), rehusó los ricos presentes del rey Pirro para no faltar a la justicia. Murió tan pobre que su familia no pudo sufragar los gastos de su entierro y funerales, que hubieron de ser pagados por el erario público.
(2) Curio Dentato (+ 272 a. C).—Tras la victoria lograda por los romanos en su lucha con los samnitas, se presentaron unos embajadores al valeroso cónsul romano Curio Dentato, pretendiendo inducirle a cosa contraria a los intereses de Roma, a cuyo fin le ofrecieron una fuerte cantidad de dinero. Pero el virtuoso romano, que en aquel momento estaba cociendo unos nabos con los que hacerse de comer, contestó:
—Guardaos vuestro dinero. Quien se contenta con unos nabos para vivir no necesita en absoluto vuestro dinero, y menos para traicionar a su patria.
(3) La riqueza es un peligro.— El filósofo Crates (siglo III a. C.) iba en un barco por alta mar, llevando consigo gran cantidad de monedas de oro. En cierto momento se enteró de que los marineros querían atentar contra su vida para robarle aquel oro, y Crates cogió sus monedas y las arrojó al mar, diciendo:
—Id a la porra, malas compañeras. Ahogaos vosotras en vez de ahogarme yo por culpa vuestra.
(4) El amor a la pobreza.—Cuenta San Agustín que, estando él en Milán, un estudiante —pobre, por añadidura— se encontró una bolsa con doscientas monedas de plata. Comoquiera que el joven era muy honrado y virtuoso, hizo correr en seguida la noticia de su hallazgo.
El dueño de la bolsa no cabía en sí de gozo, y, queriendo recompensar el gesto del estudiante, le ofreció veinte de aquellas monedas; pero el joven las rehusó gentilmente.
—Toma por lo menos diez —dijo entonces el amo de la bolsa.
—Guárdeselas, que son suyas —respondió el estudiante.
—Acépteme aunque sólo sean cinco.
— ¡He dicho que no!
El hombre tiró entonces la bolsa a los pies del estudiante y le dijo:
—Si no quieres aceptarme lo que en un principio te ofrecí, consideraré que no he perdido nada.
Viendo el joven que el hombre se iba sin nada, como lo había dicho, aceptó las veinte monedas que le ofreció la vez primera; pero se apresuró a repartirlas entre los pobres por amor al Niño Jesús, que nació y vivió en la mayor pobreza.

G. Mortarino
MANNA PARVULORUM

viernes, 24 de diciembre de 2010

La Iglesia católica es una institución divina, visible, que durará hasta el fin del mundo.

¿Es cierto que Jesucristo estableció una sociedad a la que todos debemos pertenecer? ¿No insistió más bien en ciertos principios espirituales que sus discípulos debían predicar y explicar lo mejor que pudiesen?
Los católicos creemos, con el Concilio Vaticano, «que Jesucristo, para perpetuar la obra salvadora de la redención, echó los cimientos de una Iglesia santa en la que se hablan de cobijar, como en la casa de Dios, todos los fieles unidos por la unidad de fe y amor mutuo».
La escritura confirma esto en multitud de lugares. Jesucristo dio a sus apóstoles el poder de enseñar (San Marcos XVI, 15; Mat XXVIII, 19), y el de gobernar (San Mateo XVIII, 18; Juan XX, 21), y el de santificar las almas de los hombres (San Mateo XXVIII, 20; San Juan XX, 22; San Lucas XXII, 19). Los verdaderos seguidores de Cristo tienen que aceptar las enseñanzas de los apóstoles (San Marcos XVI, 16), obedecer sus mandatos (San Lucas X, 16; San Mateo, XVIII, 17) y usar los medios de santificación que Jesucristo instituyó (San Juan III, 5; VI 54) Jesucristo, pues, instituyó una sociedad divina en su origen y sobrenatural en su fin y en los medios que usa para este fin. Esta sociedad es humana también, pues se compone de hombres; por eso vemos escándalos, herejías y cismas. Jesucristo lo había predicho cuando la comparó con un campo de trigo en el que crece también cizaña, y a una red de pescador que coge peces buenos y malos (San Mateo 13, 24-47).

79. ¿No es cierto que en el siglo XVI la Iglesia había llegado a tal grado de corrupción y había variado tanto, que ya no era la misma que instituyó Jesucristo?
No, señor. Esta acusación era el pretexto de que se valían los seudorreformadores para establecer sus sectas; como los modernistas del siglo pasado, obcecados por la falsa teoría de la verdad relativa, dedujeron la defectibilidad de la Iglesia como el artículo fundamental de su credo racionalista. Los imperios de este mundo y todas las sociedades humanas llevan, dentro de sí el germen de corrupción y descomposición, y, más tarde o más temprano, cambian o perecen; pero esta sociedad divina (la Iglesia), que Cristo instituyó, lleva dentro de sí un preservativo que le salva de toda influencia corruptora y hace que, al cabo de siglos y más siglos de vida, esté tan remozada como cuando salió de las manos de su Fundador. Este preservativo es el Espíritu Santo, que habita en ella y habitará junto con el mismo Jesucristo hasta el fin del mundo (San Mateo XXVIII, 20; San Juan XIV, 16). Los profetas de la ley antigua predijeron que el reinado de Cristo no había de tener fin (Dan II, 44; Isaí IX, 6-7), lo cual confirmó Jesucristo cuando prometió expresamente «que las puertas del infierno no habían de prevalecer sobre su Iglesia». Es cierto que algunas partes de esa Iglesia pueden corromperse con la herejía o el cisma, como sucedió en los días aciagos de Arrio y en los del cisma de Oriente, y en la reforma protestante; pero, como escribía San Cipriano: «El que broten en el campo de la Iglesia cardos y espinas no debe acobardarnos y hacernos desmayar, sino más bien animarnos a ser buen trigo que demos el ciento por uno» (Ad Cornelium, 55). Y en otra carta nos dice que no nos debemos escandalizar si algunos hombres ensoberbecidos apostatan del catolicismo, pues a Jesucristo mismo le abandonaron algunos de sus discípulos (San Juan VI, 66) y El y sus apóstoles predijeron las apostasías de muchos cristianos.

¿No es cierto que en el siglo XVI se necesitaba una reforma, y que con la de Lutero se mejoró la situación? ¿No deseaban esta reforma los Papas de su tiempo, León X y Clemente VII? ¿Por qué hubo un movimiento tan general contra la Iglesia católica?
Estamos de acuerdo en que en el siglo XVI se necesitaba una reforma para cortar los abusos de muchos católicos que sólo lo eran de nombre, y el historiador Pastor nos confirma en esta opinión al contarnos detalladamente escenas de mundanidad, nepotismo, avaricia e inmoralidad por parte de no pocas personas eclesiásticas; aunque nos previene también contra las exageraciones de los controversistas fanáticos de la época, y nos da una lista de ochenta y ocho santos y beatos que sólo en Italia florecieron desde el año 1400 al 1529, añadiendo esta observación: En los anales de las naciones no se conservan más que datos y escenas de crímenes. La virtud camina humilde y silenciosa; el vicio y la ilegalidad todo lo llenan de ruido y alboroto. Se desliza uno, y toda la ciudad lo comenta; el virtuoso practica heroicidades, y nadie lo ve (Historia de las Papas 5, 10). Cualquiera que discurra sin prejuicios ve fácilmente que la revolución de Lutero, amparada por reyes y príncipes que ambicionaban los bienes de la Iglesia y negaban las verdades reveladas, no fue inspirada por Dios, sino atizada por el infierno. Los católicos de corazón permanecieron en la Iglesia de Cristo, como los santos Pedro Canisio y Carlos Borromeo; los católicos inmorales y viciosos, como Enrique VIII y el landgrave Felipe de Hesse, apostataron. Y aunque es cierto que ni León X ni Clemente VII tuvieron la energía que se necesitaba para reunir el Concilio de Trento, que trajo la verdadera reforma, también es verdad que éste tardó en reunirse más de lo debido por la interferencia odiosa de los príncipes cristianos ambiciosos y suspicaces.
En la obra que sobre Lutero escribió Grisar, leemos párrafos como éstos: «Ahora—escribe Lutero—vemos que la gente se está volviendo más infame, más cruel, más avarienta, más lujuriosa y peor en todos los órdenes que cuando estábamos regidos por el papado.» Llama a su ciudad de Wittenberg «una Sodoma de inmoralidad» y añade que «aunque la mitad de sus habitantes son adúlteros, usureros, ladrones y engañadores, las autoridades se cruzan de brazos». El obispo Pilkington, protestante de los reales de Isabel de Inglaterra, se expresa así: «Hemos roto las ligaduras que nos tenían sujetos al Papa, para vivir a nuestro capricho, sin que nadie nos acuse. Cuando los ministros se proponen corregir nuestros abusos, nos reímos y mofamos de ellos. Para mí tengo que el Señor se va a irritar un día y va a tomar venganza con su mano. ¿Quién, ¡ay!, le resistirá?» (Nehemiah 388). Las causas que aceleraron la reforma fueron varias: las enemistades entre Bonifació VIII y Felipe el Hermoso, de Francia, que se rebeló contra el Padre Común de la cristiandad y desdoró el prestigio del papado; la resistencia de los Papas en Aviñón (1309-1376); la rebelión de Luis de Baviera; el cisma de Occidente, y aquella peste general que en sólo dos años llevó al sepulcro una tercera parte de la población europea. Las consecuencias de esta mortandad no pudieron ser más desastrosas. Iglesias y beneficios eclesiásticos, a millares, quedaron sin sacerdotes y sin obispos. Para cubrir estas plazas se admitió al sacerdocio gentes sin vocación, mundana y ambiciosa, que tenía puestos los ojos en las riquezas que la Iglesia había acumulado a través de los siglos por donaciones y legados espontáneos de sus hijos. Este estado de cosas repercutió en las costumbres en general, y se vio la necesidad de una reforma. Esta la trajo, felizmente, el Concilio de Trento. A raíz de este Concilio florecieron en la Iglesia santos de primer orden y en número verdaderamente consolador.

Lutero y Calvino declararon que la Iglesia estaba compuesta de solos los justos y predestinados. Ahora bien: sólo Dios sabe quién es justo. Luego la Iglesia no es visible. Jesucristo dijo: «El reino de Dios no viene con señales externas, sino que está dentro de vosotros» (San Lucas XVII, 20-21). Y en esta otra ocasión dijo: «Dios es espíritu; los que le adoran deben hacerlo en espíritu y verdad» (San Juan IV, 24).
Esta doctrina herética fue condenada por los Concilios Tridentino y Vaticano, que definieron la visibilidad de la Iglesia: «Dios, por medio de su Hijo unigénito, estableció una Iglesia y la dotó de notas y marcas para que todos puedan ver en ella la guardiana y maestra de la verdad revelada» (Vatic, sesión 3, cap. 3). ¿Cómo iba a exigirnos Jesucristo, bajo pena de condenación eterna, que creyésemos (San Marcos XVI, 18), y que el que desobedeciese los mandatos de la Iglesia fuese tenido por «gentil y publicano» (San Mateo XVIII, 17), si no nos fuese dado conocer fácilmente la Iglesia? Además, el Nuevo Testamento está lleno de textos en los que se compara la Iglesia a un reino, a un campo, al grano de mostaza, que crece y se hace un árbol; a una ciudad edificada sobre un monte, a un rebaño, etc.; lo cual da a entender que se trata de una Iglesia visible, pues estos términos de comparación son cosas externas bien visibles. La Iglesia no es una sociedad secreta. Ahí están sus templos abiertos a todo el que quiera entrar. Nada se hace allí en secreto. La misa, la administración de los sacramentos, la doctrina evangélica que desde el pulpito se expone, los sacerdotes, los obispos, el Papa, todo en ella es patente y manifiesto. Los Padres de la Iglesia comparaban a ésta con el sol y la luna, «que alumbran a todo lo que existe debajo de los cielos». «Antes se apagaría el sol—dice San Juan Crisóstomoque la Iglesia dejase de ser visible.»
Respondiendo a los dos textos de la dificultad, decimos que el reino de Dios no había de venir con señales externas, es decir, no había de venir con estrépito de armas y legiones, como en son de conquista, sino pacíficamente; no se había de forzar a nadie a hacerse ciudadano de este reino, en el que no se admiten más que voluntarios. Los judíos estaban muy equivocados al creer que el Mesías había de venir a libertarles del yugo romano y a restaurar en Israel la grandeza material de los días de David y Salomón. Las palabras «dentro de vosotros» significan que el reino de Dios ya estaba «entre ellos»; ya estaba allí Jesucristo con sus apóstoles, que eran el cimiento del nuevo reino, la Iglesia.
Cuando Jesucristo dijo a la samaritana que Dios es espíritu y que debe ser adorado en espíritu, quiso darle a entender que el culto a Dios no se había de limitar ni al templo del monte Garizim ni al de Jerusalén. Dios está en todas partes, y demanda de nosotros culto y adoración que nos salgan, no de los labios, sino del corazón.

BIBLIOGRAFÍA.
Alvarez, Lutero y el luteranismo estudiado en las fuentes.
Apostolado de la Prensa, Divinidad de la Iglesia.
Balmes, El protestantismo, comparado con el catolicismo.
Guisar, Lutero.
Janssen, La cultura alemana antes y después de Lutero.
Marxuach, Origen divino de la Iglesia y de su dogma.
Meignan, La divinidad del cristianismo.
Ruiz Amado, Dios, sí; la Iglesia, no.

De algunas cosas que San Vicente ferrer hizo en Aragón

En el año de 1414 quiso el glorioso padre visitar los Santos Corporales de Caroca, que son ciertas hostias milagrosamente convertidas en carne y sangre, después de haber sido consagradas. El cual milagro acaeció en tiempo del papa Gregorio IX y del rey don Jaime I de Aragón, estando los cristianos combatiendo el castillo de Chío, que está en el término de Lucente a, acá en nuestro reino de Valencia, y de allí se pasaron los Corporales a Daroca en Aragón. Predicó San Vicente en Daroca, día del Corpus Christi; dióle Nuestro Señor tanta gracia y espíritu, que acabado el sermón se quisieron bautizar 110 judíos: al uno de los cuales él por sus propias manos bautizó, como lo atestigua un obispo en el proceso. El cual también refiere que en Alcañiz de la Frontera había una solemne judería, y a todos los que en ella moraban convirtió San Vicente. Entre ellos hubo uno, que en el bautismo se llamó Jerónimo, el cual no se contentó con dejar el judaísmo, sino que predicaba públicamente así a cristianos como a judíos, y fue ocasión que muchos otros judíos se convirtiesen oyéndole. De más de esto cuando el Papa, o antipapa, Benedicto mandó juntar los más doctos judíos de Aragón para que se disputase contra ellos de la venida del Mesías, el buen Jerónimo argüyó contra ellos con tanta erudición y agudeza que, en efecto, los convenció y muchos de ellos se convirtieron. Un hijo natural de este Jerónimo llamado Pablo, vino a ser obispo de Zaragoza de Sicilia, y lo era actualmente cuando se hacía el proceso para canonizar a nuestro Santo.
Las demás cosas que hizo San Vicente en Aragón ya van repartidas en otros lugares de la historia.
Fray Justiniano Antist O.P.
VIDA DE SAN VICENTE FERRER

jueves, 23 de diciembre de 2010

LA MUJER MODERNA

El carácter de la vida y la preparación de la cultura de la mujer, estaban, según la antigua tradición, inspiradas por el instinto natural que para el gobierno propio de sus obras, le enseñaba la familia, cuando por amor a Cristo no hubiese preferido la virginidad. Retirada de la vida y las profesiones pública?, como flor creciente custodiada y reservada, estaba destinada para una vocación de esposa y madre. Al lado de la madre aprendía los trabajos femeninos, el cuidado y los trabajos de la casa, y participaba en la vigilancia de las hermanitas menores, desarrollando así sus fuerzas y su ingenio e instruyéndose en el arte y en el gobierno del hogar doméstico. Manzoni nos presenta en la figura de Lucía, la expresión literaria más alta y viva, de esta concepción.
Las formas simples y naturales, en las cuales la vida del pueblo se desarrollaba, la íntima y práctica educación religiosa, de que estaba animado el fin del siglo XIX, la costumbre de contraer desde temprana edad matrimonio aún posible en aquellas condiciones sociales y económicas, la prominencia que la familia tenia en el movimiento popular, todo esto y otras circunstancias que con el tiempo han cambiado radicalmente, constituían el principal alimento y sostén, para aquel carácter y aquel modo de cultura de la mujer.
Actualmente al contrario, la antigua figura femenina está en transformación. Vosotros veis a la mujer y sobre todo a la joven, salir de su retiro y entrar en casi todas las profesiones y aun al campo de vida y de acción, exclusivo del hombre.
Inicios de esta revolución, primero tímidos, después más fuertes, se habían venido manifestando desde hacia algún tiempo, causados principalmente por el desarrollo de la industria en el progreso moderno. Pero desde hace algunos años, como un desbordamiento que derrumba los diques, que vence toda resistencia, las filas femeniles, parece que han penetrado en el terreno de la vida del pueblo. Aunque una tal corriente no se ha difundido por igual en todas partes, no es difícil encontrarla en el más remoto pueblo montañés; mientras que en el laberinto de las grandes ciudades, como en las oficinas y en la industria, la antigua costumbre ha debido ceder incondicional-mente ante este movimiento moderno. (1)
* * *
Decimos que para nosotros el problema femenino, sea en total, como en cualquiera de sus múltiples aspectos particulares, consiste todo en la conservación y en el incremento de la dignidad que la mujer ha recibido de Dios. Para nosotros pues, este es un problema no de orden meramente jurídico o económico, pedagógico o biológico, político o democrático, sino que, a pesar de su complejidad gravita todo en torno a la pregunta: ¿Cómo mantener y reforzar la dignidad de la mujer, máxime hoy en las coyunturas en que Dios nos ha puesto? Ver el problema de otra manera, considerarlo unilateralmente bajo cualquiera de los aspectos antes mencionados, sería lo mismo que eludirlo sin ningún provecho para nadie y menos aún para la mujer misma. Separarlo de Dios, del orden sabio del Creador, de su Santísima Voluntad, es desviar el punto esencial del problema, es decir, la verdadera dignidad de la mujer, dignidad que ella tiene de Dios y en Dios.
De esto se deduce que no están en posición de considerar correctamente la cuestión femenina, los sistemas que excluyen de la vida social a Dios y a su ley, y a los preceptos de la religión les conceden un lugar humilde en la vida privada del hombre.
¿En qué consiste pues esta dignidad que la mujer tiene de Dios?
Interrogad a la naturaleza humana, la cual el Señor ha formado, educado, redimido con la Sangre de Cristo.
Con su dignidad personal de hijo de Dios, el hombre y la mujer son absolutamente iguales, al igual que con relación al fin de la vida humana que es la eterna unión con Dios en la felicidad del Cielo. Es gloria de la Iglesia, el haber puesto a la luz y haber honrado esta verdad y el haber liberado a la mujer, de una servidumbre degradante contraria a la naturaleza. Pero el hombre y la mujer no pueden mantener y perfeccionar esta su igual dignidad, sino respetando y poniendo en acción las cualidades particulares que la naturaleza ha dado a uno y a otra, cualidades físicas y espirituales, indestructibles, de las cuales no es posible deshacer el orden, sin que la naturaleza misma venga nuevamente a restablecerlo. Estos caracteres peculiares que distinguen a los dos sexos, se muestran con tanta claridad a los ojos de todos, que solamente una ceguera obstinada o un doctrinalismo no menos funesto que utópico, podrían en el orden social, desconocer o ignorar su valor.
Aún más; los dos sexos, por sus mismas cualidades particulares, están ordenados uno al otro, de tal manera que esta mutua coordinación ejerce su influjo en todas las múltiples manifestaciones de la vida social humana. Nosotros Nos concretaremos a recordar aquí dos, por su importancia especial: el estado matrimonial y el estado del celibato voluntario, según el consejo evangélico.
El fruto de una verdadera comunidad conyugal comprende no solamente a los hijos, cuando Dios los concede, y a los bienes materiales y espirituales que la vida de familia ofrece al género humano. Toda la civilización en cualquiera de sus ramas, los pueblos y la sociedad de los pueblos, la Iglesia misma, en una palabra, todos los verdaderos bienes de la humanidad, reciben los efectos felices cuando la vida conyugal florece en el orden, cuando la juventud se acostumbra a contemplarla, a honrarla y a amarla, como a un ideal santo.
Cuando por el contrario, los dos sexos no son recíprocamente más que objeto de egoísmo y sensualidad; cuando no cooperan de mutuo acuerdo al servicio de la humanidad según los designios de Dios y de la naturaleza; cuando la juventud olvidadiza de su responsabilidad, ligera y frívola en su espíritu y en su conducta, se hace moral y físicamente inapta a la santa vida del matrimonio, entonces el bien común de la sociedad humana, tanto en el orden espiritual como en el temporal, se encuentra comprometido gravemente, y la Iglesia de Dios tiembla, no por su existencia —ella tiene las promesas divinas—, sino por el fruto de su misión entre los hombres.
Pero he aquí que desde hace veinte siglos, en cada generación miles y miles de hombres y de mujeres entre los mejores, renuncian libremente a una familia, a los santos deberes y a los sagrados derechos de la vida matrimonial, para seguir el consejo de Cristo.
¿El bien común del pueblo y el de la Iglesia, no quedan expuestos al peligro?
¡Todo lo contrario! Estos espíritus generosos reconocen la asociación de los dos sexos en el matrimonio, como un bien elevado. Pero se separan de la vida ordinaria, del camino conocido, y en lugar de desertar, se consagran al servicio de la humanidad con completo desprecio de sí y de sus propios intereses, con una acción incomparablemente más amplia, total y universal. Mirad esos hombres y esas mujeres: vedlos dedicados a la oración, a la penitencia; aplicados a la instrucción y a la educación de la juventud y de los ignorantes; inclinados sobre las cabeceras de los enfermos y agonizantes; con el corazón abierto a todas las miserias y a todas las flaquezas, para rehabilitarlas y confortarlas, para sobrellevarlas y santificarlas.
Cuando se piensa en las doncellas y en las mujeres que renuncian voluntariamente al matrimonio, para consagrarse a una vida más elevada, una vida de contemplación, de sacrificio y de caridad, inmediatamente salen a los labios estas palabras: ¡La vocación! Esta es la sola palabra adecuada para tan elevado sentimiento. Esta vocación, este llamado del amor, se hace sentir de las maneras más diversas, porque las modulaciones de la voz divina son infinitamente variadas: invitación irresistible, inspiración afectuosamente insistente, impulso suave. Pero la joven cristiana, que ha escogido el celibato por propio gusto, cree firmemente en la Providencia del Padre Celestial, reconoce en las vicisitudes de la vida, la voz del Maestro; "Magister adest et vocat te": ¡el Maestro está aquí y te llama! Ella contesta; ella renuncia al sueño de su adolescencia y de su juventud; tener un compañero fiel en la vida, constituir una familia y en la imposibilidad del matrimonio, discierne su vocación; entonces, con el corazón abatido pero sumiso, se da a sí misma y se dedica a las nobles y multiformes obras de bien.
En uno y en otro estado el oficio de la mujer aparece trazado con lineamientos, con actitudes, con las facultades peculiares de su sexo. Ella colabora con el hombre, pero de una manera que le es propia, según su tendencia natural. Ahora bien, el oficio de la mujer, su modo, su inclinación innata es la maternidad. Toda mujer está destinada a ser madre; madre en sentido físico de la palabra, o bien en un significado más espiritual y elevado, pero no por esto menos real.
Con este fin. el Creador ha ordenado todo el ser propio de la mujer, verdaderamente tal, y no puede ver y comprender de otra manera, todos los problemas de la vida humana que forman el aspecto de la familia. Por eso, el sentido fino de su dignidad, le hace sentir inquietud, cada vez que el orden social o político amenaza perjudicar su misión maternal, al bien de la familia.
Sin embargo, tales como son actualmente las condiciones sociales y políticas podrían ser aún más inciertas para la santidad del hogar doméstico y por consiguiente para la dignidad de la mujer. Vuestra hora ha sonado, mujeres y jóvenes católicas; la vida pública tiene necesidad de vosotras; a algunas de ellas se puede decir: "Tua res agitur".
Es un hecho innegable, que desde hace tiempo los acontecimientos públicos se han venido desarrollando de una manera desfavorable para el bien real de la familia y de la mujer. Y hacia la mujer se han dirigido varios movimientos políticos, para ganarla a su causa. Cierto sistema totalitario pone ante sus ojos promesas maravillosas; igualdad de derechos con el hombre, protección antes y después de los embarazos; cocinas y otros servicios comunes que la liberan de la carga del cuidado doméstico; guarderías públicas de la infancia y otros instintos, mantenidos y administrados por el Estado y las comunidades, que la eximen de las obligaciones maternales hacia los propios hijos, asistencia gratuita y ayuda en caso de enfermedad.
No se quieren negar las ventajas que pueden obtenerse de una o de otra prestación social, si se aplican en la forma debida. Nosotros mismos hemos observado, en otra ocasión, que por el mismo trabajo e igualdad de rendimiento, a la mujer se le debe la misma remuneración que al hombre. Queda sin embargo, el punto principal y esencial del asunto, al cual nos hemos referido.
¿Se ha mejorado con esto la condición de la mujer? La igualdad de derechos con el hombre, ha sujetado a la mujer a la misma carga y al mismo tiempo de trabajo, y la ha hecho abandonar la casa en donde ella era reina. Se ha mezclado, sin importar su dignidad verdadera y el fundamento sólido de todos sus derechos, es decir, el carácter propio de su ser femenino, y la íntima coordinación de los dos sexos; se ha perdido de vista el fin del Creador, designado para el bien de la sociedad y principalmente de la familia. En las concesiones hechas a la mujer, es fácil deducir antes que el respeto de su dignidad y de su misión, la mira de promover la potencia económica y militar del espíritu totalitario, al cual todo debe estar inexorablemente subordinado.
Por otra parte; ¿puede la mujer esperar su verdadero bienestar en un régimen de capitalismo predominante? Nosotros no creemos necesario describir las consecuencias económicas y sociales que se pueden derivar. Vosotras conocéis los signos característicos y lleváis la carga; aglomeración excesiva de población en las ciudades, incremento progresivo e invasor de las grandes empresas, condición difícil y precaria en las otras industrias que perjudica principalmente la artesanía y aún más a la agricultura; extensión inquietante de los sin trabajo.
Volver a poner en el lugar de honor, la misión de la mujer y de la madre en el hogar doméstico, son las palabras que de todas partes se elevan como un grito de alarma, como si el mundo se mostrase aterrorizado de los frutos de un progreso material y técnico, del cual se había mostrado antes tan orgulloso.
Observemos la realidad de las cosas.
Por ejemplo, la mujer que para aumentar los ingresos del marido, se va también ella a trabajar a la fábrica, dejando durante su ausencia la casa abandonada; y ésta de por sí, tal vez escuálida y angustiosa, se vuelve más miserable por falta de cuidado; los miembros de la familia trabajan cada uno separadamente en los cuatro extremos de la ciudad y a diferentes horas; casi nunca se pueden reunir, ni para comer, ni para reposar de las fatigas de la jornada y mucho menos, para la oración en común. ¿Qué queda de la vida de familia? ¿Qué atractivos puede ofrecer a los hijos?
A estas consecuencias penosas por la ausencia de la mujer y de la madre en el hogar doméstico, se añade otra aún más deplorable: la que se refiere a la educación de la joven y su preparación a la vida real. Habituada a ver a la madre siempre fuera de casa y la casa tan triste con su abandono, será incapaz de encontrar algún atractivo, ni tendrá ningún gusto por las austeras ocupaciones domésticas, ni sabrá comprender su nobleza y su belleza, ni deseará dedicarse algún día a las ocupaciones de esposa y de madre.
Esto es verdad en todas las escalas sociales, en todas las condiciones de vida. La hija de la mujer mundana, que ve la dirección de la casa abandonada en manos de personas extrañas, y a la madre atareada en ocupaciones frívolas, en diversiones fútiles, querrá seguir su ejemplo, querrá emanciparse lo más pronto posible para "vivir su vida", según la triste expresión. ¿Cómo podría ella concebir el deseo de llegar a ser algún día una verdadera mujer, es decir una ama de casa en una familia feliz, próspera y digna?
En cuanto a las clases trabajadoras, obligadas a ganar el pan de cada día, la mujer, si reflexionase bien, se daría cuenta, cómo la utilidad suplementaria que obtiene trabajando fuera de la casa, es devorada por los otros gastos y muchas veces por gastos ruinosos para la economía familiar. La hija, que también va a trabajar a la fábrica o a la oficina, aturdida por el mundo agitado en que vive, atraída por el oropel de un lujo falso, ávida de placeres desviados que distraen pero que no satisfacen ni reposan; en los salones de "revista" o de baile que pululan en todas partes, a los cuales hasta se les hace propaganda y corrompen a la juventud, se convierte en "mujer de clase", que desprecia las antiguas normas de vida a las cuales llama "octogenarias". ¿Cómo no va a encontrar su humilde morada inhóspita y más tétrica de lo que es en realidad?
Para poder hacerla agradable, para desear establecerse ella misma, debería saber compensar la impresión natural, con la seriedad de la vida intelectual y moral, con el vigor de la educación religiosa y el ideal sobrenatural. ¿Pero, qué formación religiosa ha podido recibir en tales condiciones?
Y esto no es todo. Cuando, con el transcurso de los años, su madre, envejecida antes de tiempo, trabajada y marchita, la verá llegar en la noche a hora tardía, en lugar de recibir de ella una ayuda, un sostén, tendrá que cumplir con los trabajos femeninos y domésticos y aun hacer el oficio de sierva ante la hija incapaz. La suerte del padre tampoco será afortunada, cuando de edad avanzada, las enfermedades, los achaques, la desocupación lo obliguen a depender para su sostenimiento de la buena o mala voluntad de los hijos, la autoridad augusta del padre y de la madre, será desposeída de su majestad.
Ante las teorías y métodos, que por diferentes senderos, apartan a la mujer de su misión y con las lisonjas de una emancipación desenfrenada o en la realidad de una miseria sin esperanza, la despojan de su dignidad personal, de su dignidad de mujer, Nosotros hemos dado el grito de alarma que pide su presencia en el hogar doméstico.
La mujer entretenida fuera de casa, es desviada no solamente de su proclamada emancipación, sino también de las necesidades de la vida y del pan cotidiano. En vano se predicará sobre el retorno de la mujer al hogar, mientras perduren las condiciones que la obligan a permanecer alejada. Así queda manifestado el aspecto primordial de vuestra misión, en la vida social y política, que se abre ante vosotras. Vuestra entrada en la vida pública ha sido muy repentina, debido a los disturbios sociales que estamos presenciando.
¡Pero no importa! Estáis llamadas a tomar partido. ¿Dejaréis a otras, tal vez a aquéllas que han sido las promotoras o cómplices de la ruina del hogar doméstico, el monopolio de la organización social, de la cual la familia es el elemento principal en su unidad económica, jurídica, espiritual y moral?
El destino de la familia, el destino de la convivencia humana, se hallan en juego y en vuestras manos, ¡Tua res agítur! Toda mujer pues, sin excepción tiene el deber, deber estricto de conciencia, de entrar en acción, de no quedar ausente (en las formas y medios concordantes con la condición de cada una) para contener la corriente que amenaza al hogar, para combatir las doctrinas que socavan su fundamento, para preparar, organizar y completar la restauración.
A este motivo impelente para la mujer católica, para entrar en la vida que hoy se abre a su laboriosidad, se puede agregar otro: su dignidad de mujer. Ella tiene que competir con el hombre para el bien de la civilización, en la cual está igual a él en dignidad. Cada uno de los dos sexos debe tomar la parte que le está destinada según su naturaleza, sus caracteres, sus aptitudes físicas, intelectuales y morales. Ambos tienen el derecho y el deber de colaborar al bien total de la sociedad, de la patria. Pero está claro que si el hombre está por su temperamento más llevado a tratar los asuntos exteriores y negocios públicos, la mujer tiene, generalmente hablando, mayor perspicacia y mucho más finura, para resolver los delicados problemas de la vida doméstica y familiar, base de toda vida social; lo cual no impide que algunas den muestras de gran pericia, en cualquier campo de las actividades públicas.
Todo esto es un asunto no tanto de atribuciones distintas, sino de modo de juzgar y de llegar a aplicaciones concretas y prácticas. Tomemos por caso los derechos civiles que son para ambos los mismos. Pero ¡con qué mayor discernimiento y eficacia serían utilizados, si el hombre y la mujer llegaran a integrarse mutuamente! La sensibilidad y la finura, propias de la mujer, que podrían desviarla en el sentido de sus impresiones y que podrían acarrear perjuicios a la claridad de las miras, a la serenidad de las decisiones, y a la previsión de las consecuencias remotas, son por el contrario ayuda preciosa para poner a la luz las exigencias, las aspiraciones y los peligros de orden doméstico, asistencial y religioso.
La actividad femenina, se desenvuelve en gran parte en los trabajos y en las ocupaciones domésticas, que contribuyen, más de lo que se podría pensar, a los verdaderos intereses de la comunidad social. Pero estos intereses exigen además una élite de mujeres, que dispongan de mayor tiempo, para poderse dedicar a ellos más directa y completamente.
¿Cuáles podrían ser pues, estas mujeres, sino especialmente (no intentamos decir: exclusivamente) aquellas a las cuales Nosotros aludíamos. Aquéllas a las cuales circunstancias imperiosas, han dictado la misteriosa vocación, aquéllas, a las cuales los acontecimientos han empujado a una soledad, que no estaba en su pensamiento, ni en sus aspiraciones y que parecían estar condenadas a una vida egoísta, inútil y sin un fin? He aquí que actualmente su misión se manifiesta múltiple, militante y todas sus energías, eximidas del cuidado de una familia y de la educación de los hijos, la ponen en condiciones de cumplirla.
Hasta ahora algunas de aquellas mujeres se dedicaban con celo, a las obras de la parroquia; otras, con miras más amplias, se consagraban a una laboriosidad moral y social de gran importancia. Su número, por causa de la guerra y de las calamidades que han seguido, se ha aumentado considerablemente; muchos hombres valerosos cayeron durante la horrible guerra, otros regresaron enfermos; tantas mujeres jóvenes esperaron en vano el regreso del esposo, y en su demora solitaria vieron la nueva aurora. Pero al mismo tiempo, las necesidades creadas por la entrada de la mujer en la vida civil y política, pidieron su ayuda. ¿No es tal vez una extraña coincidencia o una disposición de la Providencia Divina?
El campo de acción que se ofrece a la mujer de hoy es muy amplio y puede ser según las aptitudes y el carácter de cada una, intelectual o prácticamente activo. Estudiar y exponer la posición y el oficio de la mujer en la sociedad, sus derechos y sus deberes, hacerse educadora y guía de las propias hermanas, disipar los prejuicios, aclarar las confusiones, explicar y difundir la doctrina de la Iglesia para evitar más eficazmente el error, la ilusión y la mentira; para combatir más ventajosamente la táctica de los adversarios del dogma y de la moral católica; trabajo inmenso y de necesidad inmediata, sin el cual todo el celo del apostolado no obtendría más que precarios resultados.
Esta parte directa, esta colaboración efectiva a la actividad social y política, no altera en nada el carácter propio de la acción normal de la mujer.
Asociada al hombre en el campo de las instituciones civiles, ella se aplicará especialmente a las materias que exigen tacto, delicadeza, instinto materno, antes que rigidez administrativa. ¿Quién mejor que ella puede comprender lo que requieren la dignidad de la mujer, la integridad y el honor de las jóvenes, la protección y la educación del niño? En todos estos argumentos, ¡cuántos problemas requieren la atención y la acción de los gobernantes y de los legisladores! Solamente la mujer sabrá, por ejemplo, atemperar con la bondad, sin detrimento de la eficacia, la represión del libertinaje; ella solamente podrá encontrar los caminos para salvar de la humillación y elevar a la honestidad de la virtud, a la jovencita abandonada moralmente; ella solamente podrá hacer fructuosa la obra del patronato y de la rehabilitación de expresidiarios o de las jóvenes caídas; ella solamente, hará salir de su corazón el eco del grito de las madres, a las cuales un Estado totalitario, cualquiera que sea su nombre, quisiera arrancarles la educación de sus hijos.
De esta manera, queda trazado el programa de los deberes de la mujer, cuyo objeto práctico es doble: su preparación y formación a la vida social y política y el desarrollo y realización de esta vida social y política, en el campo privado y público.
Está claro que el oficio de la mujer, bajo este aspecto, no se improvisa. El instinto materno es en ella un instinto humano, determinado por la naturaleza solamente para sus aplicaciones particulares.
Esto viene directo de una voluntad libre, guiada a su vez por el intelecto. De ahí, su valor moral y su dignidad, pero también su imperfección que tiene necesidad de ser compensada y recatada con la educación.
La educación femenina de la joven y no menos la de la mujer adulta, es una condición necesaria de su preparación y de su formación, a una vida digna de ella. El ideal sería evidentemente que esta educación pudiese arrancar desde la infancia, desde la intimidad del hogar cristiano, y bajo el influjo de la madre.
Desgraciadamente este caso no es siempre posible. Sin embargo se puede suplir a esta falta, procurando a la joven, que por necesidad debe trabajar, una de esas ocupaciones que son un adiestramiento para la vida a la cual está destinada. A este fin tienden las escuelas de economía doméstica, que tratan de hacer de la niña y de la joven de hoy, una mujer y una madre de mañana.
¡Cuan dignas de elogio y de impulsarlas, son estas instituciones! Son una de las formas en las cuales, se puede ejercitar ampliamente vuestro sentimiento y vuestro celo materno; una de las más encarecidas, porque el bien que se hace se propaga al infinito, cuando las alumnas están en posición de hacer en la familia, o en el exterior, el bien que vosotros les habéis hecho. ¡Qué decir de todas las demás obras, con las cuales venis en ayuda de las madres de familia, tanto para su formación intelectual y religiosa, como en las circunstancias dolorosas o difíciles de la vida!
Pero en la acción social y política, mucho depende de la legislación del Estado y de la Administración de las comunidades. Es por esto que el voto electoral es en las manos de la mujer católica, un medio importante para cumplir su riguroso deber de conciencia, máxime en los tiempos presentes. El Estado y la política, tienen propiamente el oficio de asegurar a la familia de cualquier clase, las condiciones necesarias a fin de que puedan existir y desarrollarse como unidad económica, jurídica y social.
Entonces la familia, será verdaderamente la célula vital de los hombres, que procuran honradamente su bien terrenal y eterno.
Todo esto lo comprende la verdadera mujer. Lo que ella no entiende, ni se puede entender, es que por política, se mire a la dominación de una clase sobre otra, a la extensión del imperio económico o nacional, sea cual fuere el motivo con que se excuse. Porque ella sabe que una tal política, abre camino a la guerra civil abierta u oculta, a la carga constante de impuestos de armamento y al peligro de la guerra; ella conoce por experiencia, que de cualquier modo la política va en daño de la familia, la cual deberá pagar caro con sus bienes y con su sangre. Por lo cual, ninguna mujer sabia es favorable de una politica de lucha de clases o de guerra.
Su camino a la urna electoral es un camino de paz. Por consiguiente, por el bien de la familia, la mujer rehusará el voto a cualquier tendencia, de cualquier parte que venga, que trate de subordinar la paz interna y externa del pueblo, a ansías egoístas de dominio.

S.S. Pío XII

notas:
1.- Discurso a las Juventudes Femeninas de Acción Católica, 24 de septiembre de 1943.
2.- Discurso a las mujeres de Acción Católica, 21 de octubre de 1945.