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martes, 13 de septiembre de 2011

MARTIRIO DE SAN MAXIMO, BAJO DECIO

Las actas de San Máximo, que Baronio califica de "proconsulares, y cuanto son más breves, deben reputarse por más fieles", tienen un innegable sabor de autenticidad, perceptible a la primera lectura. Lo auténtico lleva dentro de sí su propio sello.
Son los dias de la persecución de Decio. El colector (de quien nada sabemos) no describe mal los intentos del emperador al decir que "queriendo oprimir y vencer la religión cristiana, promulgó decretos por el orbe entero, poniendo a todos los cristianos en la alternativa de sacrificar a los demonios o someterse a los tormentos". Un cristiano de tierras de Asia, no sabemos si de Efeso o Lámpsaco, se presentó espontáneamente ante el gobernador Optimo, sucesor de aquel Quintiliano que apareció en el proceso de San Pionio, en Esmirna. Máximo era un hombre del pueblo, si bien libre, que vivía de su negocio, y no pudo sufrir la promulgación de un edicto que tendía al exterminio de la religión cristiana. Quizá vió llegada la ocasión, que él siempre deseara, de dar su vida por Jesucristo. Comoquiera, no aguardó a que se le fuera a buscar, y, fuera en Efeso, residencia habitual del procónsul de la provincia de Asia, fuera en Lámpsaco, por donde aquél pasara en visita de inspección, él mismo se presentó ante su tribunal y, confesando valientemente su fe, tras superar los tormentos, fue condenado a muerte. Cierto que la enseñanza ordinaria de la Iglesia, dada al catecúmeno para el bautismo, que era por el mero hecho candidato al martirio, no aconsejaba esta espontánea entrega en manos de los perseguidores; mas ello se fundaba en un legítimo sentimiento de humildad, en que había—y ha— de mantenerse el cristiano en la estimación de sus propias fuerzas. Nadie sabe si, puesto en la dura prueba de los tormentos o ante la presencia de la muerte, podrá sostenerse firme en la confesión de la fe. Nadie, por ende, debe por sí buscar esa prueba; si Dios se la envía, con la prueba dará la gracia. El martirio era sentido como una vocación. Dios llamaba, Dios se escogía sus mártires. Mas todo esto ha de entenderse como ley ordinaria, como camino llano y trillado por donde ha de ir todo el que no sienta que una gracia extraordinaria le abre también atajos extraordinarios para llegar más rápidamente a Pies. Máximo, hombre humilde, había siempre anhelado el martirio. Apenas vió abierta la puerta para salir de esta miserable vida y entrar en la eterna, corrió ante el procónsul y confesó su fe cristiana. Como él (aparte algunas caídas), no faltan en la historia de los mártires otros espontáneos que demostraron con su constancia hasta la muerte la autenticidad de su deseo del martirio.

Martirio de San Máximo.

I. Queriendo el emperador Decio oprimir y vencer la religión cristiana, promulgó por todo el orbe edictos, intimando a todos los cristianos a que, apartándose del Dios vivo y verdadero, sacrificaran a los demonios, y de negarse a ello, se los sometiera a tormentos. Por aquel tiempo, Máximo, siervo de Dios y varón santo, se declaró espontáneamente cristiano. Máximo era un hombre del pueblo, que llevaba su negocio. Prendido, pues, fue presentado ante el procónsul Optimo, en Asia.
El procónsul le dijo:
—¿Cómo te llamas?
Respondió:
—Me llamo Máximo.
Procónsul.—¿De qué condición eres?
Máximo.—Libre de nacimiento, pero esclavo de Cristo.
Procónsul.—¿Qué oficio ejerces?
Máximo.—Yo soy un hombre del pueblo, que vivo de mi negocio.
Procónsul.—¿Eres cristiano?
Máximo.—Aunque pecador, soy cristiano.
Procónsul.—¿No te has enterado de los edictos de nuestros invictísimos príncipes, que recientemente han sido promulgados?
Máximo.—¿Qué edictos?
Procónsul.—Los que ordenan que todos los cristianos, dejándose de su vana superstición, reconozcan al verdadero príncipe, a quien todo está sujeto, y adoren a los dioses de éste.
Máximo.—Sí, he sabido la inicua sentencia pronunciada por el emperador de este mundo, y por eso justamente me he manifestado públicamente cristiano.
Procónsul.—Sacrifica, pues, a los dioses.
Máximo.—Yo no sacrifico sino al solo Dios, a quien me congratulo de haber sacrificado desde mi primera edad.
Procónsul.—Sacrifica para salvarte; si lo rehusas, te haré acabar a puros tormentos.
Máximo.—Eso es precisamente lo que siempre he deseado; pues precisamente me he manifestado cristiano para salir, en fin, de esta vida miserable y temporal y alcanzar la eterna.

II. Entonces dió orden el procónsul de que se le azotara con varas. Mientras se le azotaba, le decía:
—Sacrifica, Máximo, para verte libre de estos tormentos.
Máximo respondió:
—No son tormentos, sino unciones, éstos que se sufren por el nombre de nuestro Señor Jesucristo. Pues si me apartara de los mandamientos de mi Señor, que conozco por su Evangelio, entonces sí que me esperan tormentos verdaderos y eternos.
Entonces el procónsul mandó que se le tendiera en el potro. Y mientras se le atormentaba, le decía:
—Vuelve por fin, miserable, de tu necedad y sacrifica, para salvar tu vida.
Máximo respondió:
—Sí, salvaré mi vida si no sacrifico; mas si sacrificare, la perderé. Ni las varas, ni los garfios, ni el fuego me producen dolor alguno, pues permanece en mí la gracia de Cristo, que me salvará para siempre por las oraciones de todos los santos que, luchando en este género de combates, sobrepujaron todos vuestros furores y nos dejaron ejemplos de valor.
Entonces el procónsul dió sentencia contra él, diciendo:
—Al que no ha querido dar asentimiento a las sagradas leyes que le ordenaban sacrificar a la magna diosa Diana, para terror de los otros cristianos, la divina clemencia mandó que sea apedreado.
Y de este modo fue arrebatado el atleta de Cristo por los ministros del diablo, mientras él daba gracias a Dios Padre por Jesucristo, Hijo suyo, que le juzgó digno de vencer, luchando, al diablo. Y llevado fuera de las murallas, rindió, apedreado, su espíritu.

III.- Padeció el siervo de Dios, Máximo, en la provincia de Asia, el segundo día del idus de mayo (14 de mayo), bajo el emperador Decio y el procónsul Optimo, reinando nuestro Señor Jesucristo, a quien es la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

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