domingo, 27 de febrero de 2011

Dificultades contra la apostolicidad.

¿Cómo me prueba usted que San Pedro estuvo en Roma?
Son legión los sabios protestantes que se avergüenzan de que haya habido en sus sectas hombres tan poco instruidos que se hayan atrevido a negar esta verdad. Dice el protestante Pearson: «Puesto que se viene afirmando desde los principios de nuestra era que San Pedro predicó el Evangelio en Roma y que fue allí martirizado, sin que nadie jamás haya dicho que los apóstoles Pedro y Pablo fueron coronados con la palma del martirio en otro lugar, es fuerza concluir que se trata de un hecho al que hay que dar fe con asentimiento pleno. Porque ¿cómo pensar que un apóstol tan glorioso iba a morir en la oscuridad, sin que nadie se preocupase por averiguar el lugar de su martirio?» Y Cave, también protestante, escribe: «Afirmamos con todos los antiguos que San Pedro estuvo en Roma y que ocupó aquella Sede durante algún tiempo. Lo aseguran testigos fidedignos desde la más remota antigüedad.» Y luego cita a San Ignacio de Antioquía, Papías, San Ireneo, Dionisio de Corinto, Clemente de Alejandría, Tertuliano, Cayo de Roma y Orígenes (Historia literaria, 1).
Las mismas escrituras nos dicen que San Pedro estuvo en Roma, pues la Epístola de San Pedro fue escrita en Babilonia, es decir, Roma. En tiempo de los apóstoles, Roma era llamada Babilonia, ciudad de iniquidad, como la llaman los profetas (Isaí 23, 9; Jerem 2, 8). Véanse, si no, algunos textos del Apocalipsis de San Juan (14, 8, 17, 5; 18, 21). En el siglo IV San Jerónimo y Eusebio nos dicen que San Pedro, al decir «Babilonia», quiere decir Roma. Esto lo admiten los protestantes que no se han dejado influenciar tanto por los prejuicios. Elliot, por ejemplo, en su comentario del versículo 13 de la primera Epístola de San Pedro, escribe así: «Hay que confesar que la Babilonia de los caldeos no fue el centro de comunidad alguna cristiana y que no hay testimonio que diga que San Pedro estuvo en Caldea; al contrario, todos los antiguos afirman a una que pasó los últimos años de su vida en el occidente del imperio romano. Por otra parte, en tiempo del evangelista San Juan era un hecho bien conocido por toda el Asia Menor que Roma era simbólicamente llamada Babilonia... Y en esto están contestes los intérpretes de la antigüedad.»
Los Padres de los cuatro primeros siglos hablan con frecuencia de los trabajos apostólicos de San Pedro en Roma y del martirio que allí padeció. Por ejemplo, San Clemente, en su carta a los corintios, el año 97; San Ignacio, en su epístola a los romanos, el año 107; San Clemente de Alejandría, citado por Eusebio, en su Historia eclesiástica, en 190, y San Ireneo, en el tratado que escribió contra los herejes, el año 178. Lo mismo se diga de Orígenes, San Cipriano y otros.
Otro argumento poderoso en favor de la estancia de Pedro en Roma en el estudio de la Arqueología. Del libro que escribió el profesor Lanciani sobre Roma pagana y cristiana, tomamos estos datos: la Arqueología de Roma prueba con evidencia que San Pedro y San Pablo fueron ejecutados en Roma; Constantino edificó dos basílicas sobre sus tumbas; Eudoxia edificó la iglesia ad Vincula; las fuentes de las catacumbas en la vía Nomentana fueron llamadas nimphas Sancti Petri; tanto los cristianos como los paganos ponían a sus hijos los nombres Pedro y Pablo; el 29 de junio fue declarado aniversario de la ejecución de San Pedro; el Papa Dámaso perpetuó su memoria en una rica placa que puso en las catacumbas; desde el siglo II hasta la caída del Imperio rivalizaban en perpetuar la memoria de San Pedro los escultores, pintores, medallistas, trabajadores en vidrio y marfil y demás artesanos de Roma. ¿Se puede siquiera imaginar que todo esto se debió a una ilusión o a un complot en el que todos se pusieron de acuerdo para engañar a las generaciones venideras?

¿Cómo me prueba usted que San Pedro fue obispo de Roma?
No nos fue revelado que San Pedro fue obispo de Roma, pero es un hecho dogmático, es decir, una verdad histórica tan cierta y tan unida con el dogma de la primacía de Pedro, que el Concilio Vaticano la definió como artículo de fe cuando dijo que «San Pedro vive aún, preside y juzga en la persona de sus sucesores, los obispos de Roma» (De Ecclesia, capítulo 2). Esta verdad estaba tan arraigada en el pueblo cristiano, que nadie se atrevió a negarla, hasta que en el siglo XIII la atacaron los valdenses y en el XIV la negó Marsilio Patavino, defensor del cismático emperador Luis de Baviera contra el Papa Juan XXII. Los cismáticos orientales jamás la pusieron en duda, y eso que éste hubiera sido para ellos el mejor de los argumentos. En gracia a la brevedad, citaremos sólo tres testimonios de tres testigos, cuya autoridad es de todos admitida y venerada. San Ireneo (178), escribiendo contra las herejías de su tiempo, habla de «la Iglesia mayor, más antigua y más ilustre, fundada y establecida en Roma por los gloriosos apóstoles Pedro y Pablo, con la cual han de estar en comunión todas las Iglesias». San Cipriano (250), escribiendo a Cornelio, le dice que «Roma es la silla de Pedro y la Iglesia reinante en la que tiene su origen la unidad del sacerdocio». Eusebio (315), en su Historia, nos dice que «Lino sucedió a San Pedro en el episcopado de la Iglesia romana».

¿Se puede probar por la Biblia que Jesucristo nombró a Pedro primer Papa? ¿No eran iguales todos los apóstoles?
La Iglesia católica sostiene que Pedro fue el jefe de los apóstoles y que en virtud de esta dignidad que Jesucristo le confirió, gobernó la Iglesia como cabeza suprema. He aquí la definición, del Concilio Vaticano: «Si alguno dijere que el bienaventurado Pedro apóstol no fue constituido por Jesucristo príncipe de todos los apóstoles y cabeza visible de toda la Iglesia militante; o que lo que directa e indirectamente recibió del mismo Jesucristo, Señor nuestro, no fue el primado de jurisdicción verdadera y propia, sino solamente de honor, sea anatema.» Tres veces habló claramente Jesucristo de la primacía de San Pedro sobre los demás apóstoles:
1.) Cuando Pedro confesó a su Maestro por Cristo, Hijo de Dios vivo, el Señor le premió la confesión en estos términos: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Y Yo te tengo de dar las llaves del reino de los cielos. Y todo cuanto ates en la tierra, será atado también en el cielo; y cuanto desates'en la tierra, será desatado también en el cielo» (Mat 16, 18-19).
a) Examinemos la metáfora de la piedra. Cristo, la piedra angular de la Iglesia (Efes 2, 20), promete hacer a Pedro la piedra sobre la que edificará su Iglesia (1 Cor 3, 9). Nótese que Jesucristo está hablando con Pedro, no con los Apóstoles, pues siempre se dirige a él en segunda persona. Al hablar así, el Señor tiene presente la parábola del hombre prudente que edificó la casa sobre los cimientos de piedra (Mat 7, 24). San Pedro es para la Iglesia lo que el cimiento es para el edificio. Ahora bien: el cimiento da al edificio unidad, fuerza y estabilidad; gracias a él, todas las partes y piezas del edificio forman una sola masa firme y resistente. En una sociedad perfecta como es la Iglesia, esta unidad y firmeza no tendrá lugar a no ser que el cimiento (la primera autoridad, San Pedro en este caso) tenga poder y autoridad máxima para mantener siempre unidos a sus subditos.
b) Jesucristo edifica su Iglesia sobre piedra (sobre Pedro) «para que las puertas del infierno no prevalezcan contra ella». Hay diversas opiniones sobre el verdadero significado de la palabra infierno en este texto, pero ya signifiquen el infierno de los condenados, ya el poder de la muerte, el significado es obvio: la Iglesia de Jesucristo resistirá valientemente los ataques de todos sus enemigos.
c) Antiguamente, cuando las ciudades estaban amuralladas, dar a uno las llaves de la ciudad equivalía a darle autoridad plena sobre la ciudad. Aun en el día de hoy, cuando un personaje ilustre visita una ciudad, las autoridades le entregan oficialmente y con muchas ceremonias las llaves de la ciudad en señal de admiración, respeto y bienvenida; mera reminiscencia del poder absoluto que antiguamente implicaban las llaves. Cuando Eliacim fue nombrado prefecto del palacio en lugar de Sobna, dijo Dios: «Yo le pondré sobre los hombros la llave de la casa de David; él abrirá, y no habrá quien cierre; él cerrará, y no habrá quien abra» (Isaí 22, 22). Cuando el señor de la casa se ausenta y deja en su lugar un mayordomo, le entrega las llaves, que es darle todo el poder y autoridad que necesita para gobernarla como conviene. Cristo tiene las llaves de David (Apoc 3, 7) y se las da a San Pedro. La autoridad, pues, de San Pedro es la de Jesucristo.
d) «Atar y desatar» entre los judíos significaba la autoridad de los rabinos para declarar lo que era lícito o ilícito. Aquí significa algo más que «declarar», pues las llaves no declaran que la puerta está abierta o cerrada, sino que abren y cierran. San Pedro es algo más que un rabino. Su oficio no es declarar de una manera especulativa la probabilidad de una opinión, sino que tiene derecho a enseñar y gobernar con autoridad, y sabe que lo que él haga lo dará el «cielo» por bien hecho. «El cristiano que le desobedezca debe ser tenido por gentil y publicano» (Mat 18, 17).

2.) La noche que precedió a la Pasión dijo el Señor a Pedro: «Simón, Simón, he ahí que Satanás os ha pedido para zarandearos como trigo; pero Yo he rogado por ti para que tu fe no perezca; y tú, una vez convertido, confirma en ella a tus hermanos» (Luc 22, 31-32). Satanás quiso probar a los apóstoles, y en especial a Pedro, como en otro tiempo había probado a Job; pero Jesucristo se adelantó al mal espíritu, rogando particularmente por Pedro para que siempre se mantuviese fiel y mantuviese también firmes a los demás. El protestante Bengel, comentando este pasaje, dice: «La ruina de Pedro llevaba consigo la ruina de sus hermanos; por eso, al preservarle el Señor, los preservó a todos. Esto quiere decir que San Pedro es el primero de los apóstoles, y que de su estabilidad o caída depende la estabilidad o caída de los once.» Ni obsta para ello la triple negación que luego siguió, pues no negó la divinidad de Jesucristo, sino simplemente dijo que no le conocía. Además, esta negación le fue perdonada más tarde, y a orillas del lago Tiberíades le fue conferida oficialmente la autoridad suprema que aquí le promete. Simón, pues, es el que ha de confirmar en la fe a sus hermanos; es la seguridad de la Iglesia contra Satanás y los poderes del infierno; y la piedra firme sobre la cual Jesucristo edificará su Iglesia.

3.) Luego que resucitó, el Señor confirió a Pedro la supremacía que le había prometido dos veces. Dijo el Señor: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?» Respondió Pedro: «Sí, Señor; Tú sabes que te amo.» Dícele Jesús: «Apacienta mis corderos.» Dícele de nuevo Jesús: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?» Respondió Pedro: «Sí, Señor; Tú sabes que te amo.» Dícele Jesús: «Apacienta mis corderos.» Dícele Jesús por tercera vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?» Se entristeció Pedro porque le había preguntado por tercera vez si le amaba, y respondió: «Señor, Tú lo sabes todo; Tú sabes que te amo.» Dícele Jesús: «Apacienta mis ovejas» (Juan 21, 15-17). El Concilio Vaticano define como artículo de fe que Jesucristo, al pronunciar estas palabras, «confirió a solo Pedro la jurisdicción de pastor supremo y cabeza de todo el rebaño». Esta triple pregunta le recuerda a Pedro la triple negación en que había caído por presumir demasiado de sí, y les hace ver a los apóstoles que el amor de Pedro era superior al suyo; por eso le confirió el Señor un oficio mayor. Pedro ya no se jacta del amor que profesa a su Maestro, contentándose únicamente con apelar a la omnisciencia del Señor en prueba de su realidad.
Vemos en este pasaje que Jesucristo es el Buen Pastor, dueño por herencia de todo el rebaño. Ahora que está en vísperas de dejar la tierra para subir a sentarse a la diestra de su Padre, deja a Pedro en su lugar con el poder supremo de enseñar, juzgar y gobernar el rebaño como lo había hecho El mismo. Hay otros muchos pasajes del Nuevo Testamento que nos hablan de la preeminencia de San Pedro. Apenas le vio Jesús, cambio cambió su nombre en Pedro (piedra), indicando ya con ello el sublime oficio de fundamento de su Iglesia, que más tarde le había de conferir. Cuando se nombran los apóstoles, Pedro aparece siempre a la cabeza, y es considerado siempre como el jefe de todos (Marc 3, 16; Mat 17, 1, 23-26 ; 26, 37-40). Después de la resurrección, Pedro preside la elección de Matías; es el primero que predica el Evangelio, el primero que hace milagros, el que juzga a Ananías y Safira, el primero que declara la universalidad de la Iglesia, el primero en recibir a un pagano convertido y el que preside en el Concilio de Jerusalén, como puede verse en diversos pasajes de los Hechos de los Apóstoles (1, 22; 2, 14; 3, 6; 5, 1-10; 15).

¿No es Jesucristo la "piedra"? Porque leemos en la Biblia: «Y la piedra era Cristo» (1 Cor, 10, 4).
En este pasaje de San Mateo (16, 18) es tan evidente, que la palabra piedra se refiere a Pedro, que son legión los protestantes que se han visto forzados a reconocerlo. Así, por ejemplo, Thomson de Glasgow escribe en su Monatesseron, 194: «Pedro es la roca sobre la cual dijo Cristo que edificaría su Iglesia. Esto dicen claramente el texto y el contexto. Toda otra interpretación me parece forzada... Los protestantes han tenido siempre no sé qué miedos a esta interpretación, y para evitarla han descargado contra ella la metralla del más infundado criticismo.» Y mucho mejor que los protestantes lo dijeron los Padres de la primitiva Iglesia. Tertuliano: «Pedro, llamado la piedra sobre la cual se había de fundar la Iglesia y que obtuvo las llaves del reino de los cielos» (De Praes 22). San Cipriano: «Pedro, a quien Jesucristo escogió por cabeza y sobre el cual edificó su Iglesia» (Epist 71 Ad Quintum). No decimos que Pedro es la piedra independientemente de Cristo, sino que es la «piedra y el cimiento después de Cristo» (Teofilacto, In Lucam, 22).
Por lo que se refiere a 1 Cor, 10, 4, muchos Padres opinan que Jesucristo en forma de ángel guió a los judíos por la soledad del desierto (Éxodo 23, 20-23). El agua que salió dos veces de la piedra material (Éxodo 17, 6; núm. 20, 11) fue proveída por Jesucristo, piedra espiritual. Otros dicen que la piedra herida por Moisés es llamada «espiritual», porque fue tipo de Cristo, cuya sangre corrió como el agua que salió de la piedra para la salvación de los hombres. Jesucristo es el divino Fundador de la Iglesia y su fundamento primariamente; Pedro es el fundamento secundariamente, por divino nombramiento.

¿No dice San Pablo que el único fundamento de la iglesia es Jesucristo? "Porque nadie puede poner otro fundamento que el que ya está puesto, que es Cristo" (1 Cor 3, 11).
Este texto no hace al caso, pues San Pablo habla aquí de la solidez de la doctrina elemental que predica a los corintios, porque aún no estaban preparados para entender verdades más profundas; sin embargo, el fundamento de esa doctrina elemental es Jesucristo, es decir, la fe en su divinidad y redención. "Porque no me he preciado de saber otra cosa entre vosotros, sino a Jesucristo, y a Este crucificado" (1 Cor 2, 2).

¿No dice San Pablo que todo el Colegio Apostólico fue el fundamento de la Iglesia? (Efes 2, 19-20). ¿Por qué decís los católicos que sólo fue Pedro?
Los apóstoles fueron el fundamento en el sentido de que predicaron al Cristo profetizado por los profetas. Es evidente que los apóstoles y los profetas no fueron el cimiento de la Iglesia en el mismo sentido. Dice así el texto arriba citado: "Sois conciudadanos de los santos, edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas." San Pablo pudo llamarlos fundamento de la Iglesia, como también los llama San Juan (Apoc 21, 14). Quieren con ello decir que los apóstoles fueron los primeros que predicaron el Evangelio de Jesucristo con infalibilidad. Pedro es la piedra sólida sobre la cual fueron puestas las demás piedras del cimiento.

¿No es Cristo llamado "la piedra que desechasteis los edificadores y que se ha convertido en piedra angular"? (Hech 4, 11).
Sí, señor, y con razón, porque El es el Fundador de la Iglesia, la piedra angular de la casa del reino de los cielos. A continuación de ese versículo dice San Pedro: "No hay salvación en otro alguno (fuera de Jesús), ni se ha dado a los hombres bajo el cielo otro nombre en el que nos hayamos de salvar." Pero San Pedro no queda por esto excluido. He aquí cómo respondió a esta dificultad San León (440-461): "Tú eres Pedro, es decir, aunque Yo (Cristo) soy la piedra inviolable, la piedra angular principal...; sin embargo, tú, Pedro, también eres piedra, porque estás tan consolidado por mi poder, que lo que es mío por derecho, se te puede derivar a ti por participación" (Sermón IV, In. Nat. Ord., cap. 2).

¿No es evidente que las palabras "Petros" y "Petra" (Mat 16, 18) significan cosa distinta?
No, señor. Jesucristo habló, no en griego, sino en arameo, y en esta lengua la palabra Kefa significa a la vez piedra y Pedro. San Juan nos dice que el nombre de Pedro, Cefas, equivale a Petros, palabra griega.

¿No dicen los Padres primitivos que la fe de Pedro es la piedra? ¿No dice San Agustín que la piedra es la confesión que hizo Pedro? ¿No dicen otros que la piedra es Cristo?
Ninguna de estas interpretaciones niega que Pedro sea la piedra en el sentido en que lo hemos venido explicando. Vistas de conjunto, aclaran, incluso, el texto. Cristo es la piedra original sobre la cual descansa Pedro; éste es la piedra o cimiento de la Iglesia; la fe es la piedra de la Iglesia, es decir, la fe de Pedro es la que le hace ser el cimiento de la Iglesia. La confesión de Pedro también es la piedra en cuanto que Pedro, por haber confesado abiertamente la divinidad de Jesucristo, mereció ser escogido para ser el fundamento de la Iglesia.

Si San Pedro era el jefe de los apóstoles, ¿cómo es que el evangelista San Lucas (30, 24) nos dice que "disputaban los apóstoles sobre quién de ellos era el mayor"?
Pudo suceder muy bien que antes de la resurrección los apóstoles ignorasen la supremacía de Pedro, como ignoraban la Pasión y Resurrección del Señor (Mat 16, 23; Luc 18, 34). Jesucristo no puso fin a la disputa diciendo que todos ellos eran iguales, sino que les da a entender que habrá un caudillo entre ellos. Ese caudillo no será a manera de los reyes de la tierra, sino que usará de su autoridad para servir a sus hermanos. Y se puso a Sí mismo por ejemplo: "Como el Hijo del hombre no vino a ser servido, sino a servir" (Mat 20, 28). Y en otro lugar: "Yo estoy entre vosotros como uno que sirve" (Luc 22. 27). En realidad, Jesús les declaró que había un jefe entre ellos, pues dijo: "El que es mayor entre vosotros, hágase el menor, y el que precede, hágase como el que sirve" (Luc 22, 26).

¿No es increíble que los apóstoles siendo subditos, enviasen a su supremo pontífice y a otro de los suyos a dar una misión en Samaria? (Hech 8, 14).
No es increíble. Josefo nos habla de una embajada que fue enviada a Roma en el siglo I, compuesta de personas desiguales en dignidad. Los judíos enviaron a Nerón diez legados, entre los que había varios príncipes, más el sumo sacerdote Ismael con otro sacerdote judío. En el Nuevo Testamento leemos que era costumbre entre los discípulos del Señor viajar en binas (Luc 10, 1). Y los Hechos de los Apóstoles están llenos de textos a este propósito. En ellos vemos que viajaban juntos Pablo y Bernabé, Pablo y Silas, Bernabé y Marcos, Judas y Silas (Hech 11, 30; 15, 40, 39, 32). Nótese, además, que en el pasaje a que se alude en la dificultad, San Pedro es el superior. El enseña, juzga, ordena y condena con autoridad. El es el que responde a Simón Mago cendenando su actitud, que creyó que podía comprar con dinero los dones de Dios. San Juan aquí desempeña un papel secundario.

¿No fue Santiago quien presidió el Concilio de Jerusalén y pronunció allí la última sentencia? ¿Cómo, pues, se dice que San Pedro era el jefe de los apóstoles?
El Concilio de Jerusalén lo presidió San Pedro, no Santiago. Se trataba en él de si los gentiles estaban o no obligados a abrazar la ley de Moisés. Pablo, Bernabé, Santiago y otros estaban presentes en calidad de doctores y jueces, como lo estaban los obispos en el Conciilo Vaticano I; pero la cabeza y el arbitro supremo del Concilio fue San Pedro, como en el Vaticano lo fue Pío IX. San Pedro se levantó a hablar el primero, y resolvió lo que se había de hacer, es decir, que los gentiles que abrazasen el cristianismo no debían aceptar la ley mosaica, y añadió que Dios le había escogido especialmente para recibir a los gentiles (Hech 15, 7); a los que opinaban en contra los reprende con cierta severidad (Hech 15, 10). Cuando Pedro terminó su discurso, toda la multitud se apaciguó. Los que hablaron después de Pedro no hicieron más que confirmar lo que éste había dicho. Pablo, por ejemplo, y Bernabé narraron a la asamblea los milagros que Dios había obrado por su medio en sus jiras apostólicas, y Santiago sugirió que los gentiles convertidos deberían abstenerse de lo que detestaban los judíos, para convivir más pacíficamente (Hech 15, 20-21); por donde se ve que no fue Santiago el que presidió. Además, el texto bíblico atribuye los decretos del Concilio a los apóstoles y presbíteros asistidos por el Espíritu Santo (Hech 15, 28; 16, 4), sin mencionar a Santiago para nada.

¿No es cierto que San Pablo rehusó reconocer por superior suyo a San Pedro cuando "le resistió cara a cara" (Gal 2, 11).
Es cierto que San Pablo en este lugar reprendió a San Pedro; pero precisamente de esta reprensión se saca un argumento más en favor de la supremacía de Pedro. Se queja San Pablo de que el proceder de San Pedro mueve a los gentiles a vivir como los judíos, y por eso le reprende. Nótese que no siempre es el superior el que ha de reprender, porque si él comete un desacierto, justo es que un inferior se lo haga notar; como vemos que San Bernardo, Santo Tomás de Cantorbery y Santa Catalina de Sena reprendieron a Papas sin negarles por eso su autoridad suprema. Algunos Padres griegos quisieron obviar la dificultad diciendo que se trata aquí de otro Pedro. Otros, como San Juan Crisóstomo, San Cirilo de Alejandría y San Jerónimo, creyeron que todo el episodio había sido preparado por los apóstoles para decidir la cuestión definitivamente. Pero desde San Agustín han quedado abandonadas estas dos sentencias por ser exclusivamente rebuscadas. Hubo verdadera disensión y reprensión real. Pero nótese que no se trata de puntos doctrinales, sino de la conducta de San Pedro en lo relativo al modo de vivir que debían adoptar los gentiles convertidos. En el Concilio de Jerusalén resolvió el problema con aprobación general; pero luego en Antioquía rehusó sentarse a la mesa con los gentiles para no atraer sobre sí las iras de los judíos convertidos. Estos interpretaron mal aquel acto de delicadeza, y corrieron la voz de que Pedro quería obligar a los gentiles a abrazar la ley mosaica. La acción de Pedro fue, a lo sumo, imprudente. Por eso San Pablo se creyó en el deber de recordar a Pedro que obrase de modo que con sus actos no diese a entender que estimaba más a unos que a otros.

Supongamos que es cierto que San Pedro fue el jefe de los apóstoles y la cabeza de la Iglesia; ¿cómo me prueba usted que su poder se ha venido transmitiendo de generación en generación? ¿Hubo en los tres primeros siglos acto alguno de jurisdicción suprema por parte de los Papas?
El Concilio Vaticano I definió como artículo de fe que el Papa es el sucesor legítimo de San Pedro: "Si alguno dijese que el Sumo Pontífice no es el sucesor de San Pedro en el primado, sea anatema." El primado de Pedro no fue una prerrogativa personal, como lo fue, por ejemplo, el don de hacer milagros, sino una parte esencial de la Iglesia de Jesucristo, la piedra sobre la cual debía ser edificada. Pedro había de durar lo que dure la Iglesia; ésta no puede durar sin un cimiento sólido; Pedro, pues, durará hasta el fin de los siglos, porque las puertas del infierno jamás prevalecerán contra la Iglesia. Ahora bien: San Pedro, el hijo de Juan, el jefe de los apóstoles, murió. De donde se deduce que Pedro seguirá siendo el cimiento de la Iglesia, el mayordomo de la casa de Dios, el confirmador de los hermanos, el pastor del rebaño de Cristo... en la persona de sus sucesores los obispos de Roma. Es falsa la opinión de los que creyeron que a la Iglesia de Roma le vino la preeminencia sobre las demás por residir en la capital del Imperio. La tradición nos dice que los pontífices se han atribuido el primado, no por residir en Roma, sino única y exclusivamente por ser los sucesores de San Pedro. Era lo más natural que la Providencia escogiese para sede de la Iglesia universal la que era capital del mundo civilizado.
Las persecuciones de los tres primeros siglos hicieron desaparecer un sinnúmero de documentos eclesiásticos; sin embargo, por los pocos que escaparon de las manos del tirano vemos que los obispos de Roma ejercieron entonces el triple supremo poder de enseñar, gobernar y juzgar. Veamos, si no, algunos ejemplos:
l.° El Papa Clemente, romano (90-99), aunque vivía aún el apóstol San Juan, escribió por cuenta propia una carta a los cristianos de Corinto exhortándolos a que obedeciesen a los superiores eclesiásticos. No hay memoria de que interviniese San Juan en el asunto, a pesar do que Efeso, donde residía, está más cerca de Corinto que Roma. Los corintios recibieron con palmas el mensaje y los legados de Roma, y conservaron la carta junto a las Escrituras sagradas por cerca de cien años. (Clemente, Ad Cor 1, 1, 2, 44.)
2.° San Ignacio de Antioquía (117) escribió unos años más tarde a la Iglesia de Roma haciendo mención de su supremacía sobre las demás Iglesias: "Ella (la Iglesia de Roma)—dice en su carta—preside sobre los romanos y sobre la caridad." Por "caridad" entiende San Ignacio la congregación de los fieles, pues en una de sus cartas dice: "Os saluda la caridad de los esmirnenses", es decir, os saludan los cristianos de Esmirna. Luego el texto citado de San Ignacio debe interpretarse: "La Iglesia que en el territorio de los romanos preside sobre la congregación de todos los fieles." Un poco más abajo dice San Ignacio: "Tú (la Iglesia de Roma) siempre has guiado bien a todos; tú has enseñado a los demás" (Ad Rom 3).
3.° En el epitafio de Abercio, presbítero u obispo frigio del siglo II, se lee que "Cristo, el Pastor puro, le envió a la regia Roma para admirarla y para contemplar a la reina vestida y calzada de oro". Esta famosa lápida, que fue regalada a León XIII en su jubileo por el sultán de Turquía, habla, en lenguaje místico, del bautismo, de la eucaristía, de la universalidad de la Iglesia, en oposición al montanismo y de la preeminencia de Roma, a la que visitó tomando "la fe por guía".
4.° El Papa Víctor (189-198) mandó a los obispos que se reuniesen en Concilios para determinar la fecha en que se había de celebrar la Pascua. Los asiáticos querían celebrarla el día que la celebraban los judíos; pero Roma determinó que se debía celebrar el domingo siguiente. El Concilio de Asia apoyó su demanda con el ejemplo de los santos Juan, Felipe, Policarpo y el Insigne Papías. El Papa les respondió que si no se ajustaban a las decisiones de Roma, los excomulgaba. Esto prueba bien a las claras que los Papas tuvieron siempre conciencia plena del cargo supremo que desempeñaban en la Iglesia de Jesucristo.
5.° San Irineo, obispo de Lyon, escribió el año 180 un tratado muy conocido contra los gnósticos de su tiempo. Véase lo que dice en él acerca de la Iglesia de Roma: "Como sería prolijo enumerar aquí la lista de obispos que sucesivamente han ocupado las sillas de los primeros obispos que ordenaron los mismos apóstoles, basta citar la Silla de Roma, la mayor y más antigua de las Iglesias, conocidas en todas partes y fundada por San Pedro y San Pablo. La preeminencia de esta Iglesia de Roma es tal, que todas las Iglesias que aún conservan la tradición apostólica están en todo de acuerdo con sus enseñanzas" (Adv Haer 3, 3).
6.° Cuando Pablo de Samosata, obispo hereje de Antioquía, rehusó abandonar su residencia una vez que fue depuesto, se llevó el caso al emperador pagano Aureliano (270-275), quien ordenó "con justicia que se entregase el edificio a los que nombrasen los obispos de Italia y de la ciudad de Roma" (Eusebio, Hist. Eclesiástica 7, 30).
7.° El año 256 surgió un conflicto entre el Papa Esteban y San Cipriano, obispo de Cartago, sobre el bautismo conferido por los herejes. Roma consideraba válidos estos bautismos, mientras que Cipriano los consideraba inválidos. Como Cipriano reuniese un Concilio y decretase que el bautismo conferido por los herejes era inválido, el Papa Esteban le amenazó con excomulgarle a él y a los obispos del Concilio si no se rendían a la decisión de Roma, ni más ni menos como lo había hecho el Papa Víctor en la controversia con los orientales. Ni los abispos de África ni Firmiliano, obispo de Cesárea, negaban la autoridad de la Sede apostólica; simplemente defendían con argumentos una opinión que hoy es tenida por absurda, creyendo erróneamente que eran libres para defender a su arbitrio lo que consideraban materia puramente disciplinar. El mismo San Cipriano había escrito al Papa Cornelio en estos términos: "Se hacen a la vela y llevan cartas de cismáticos y profanos a la Silla de Pedro, la Iglesia primacial de la que proviene la unidad de la Iglesia" (epíst. 59). Asimismo escribió al Papa Esteban rogándole excomulgase a Marciano, obispo de Arles, por hereje; con lo cual dio a entender que reconocía la supremacía del obispo de Roma, es decir, que San Cipriano reconocía que la Iglesia de Roma estaba sobre todas las demás Iglesias, precisamente por ser la Sede ocupada por el apóstol que Cristo escogió para hacerle cabeza de su Iglesia y vicario suyo en la tierra. Esa Iglesia era para él el centro de la unidad y la madre de todas las Iglesias esparcidas por el orbe.
8.° El arzobispo de Alejandría, Dionisio (195-265), fue acusado en Roma de hereje en materias relacionadas con la Santísima Trinidad. El Papa Dionisio le ordenó que explicase claramente lo que sentía sobre ese punto. El arzobispo respondió luego al Papa, y escribió cuatro libros en su defensa. El Papa le mandó que no rechazase la palabra consustancial, aunque este vocablo no se hizo clásico hasta el siglo siguiente. Al hacerlo así, el arzobispo mostró que su doctrina era ortodoxa, y que reconocía la autoridad del obispo de Roma, que le mandaba como superior.
9.° Uno de los escritores más prolíficos del siglo III fue Orígenes, de Alejandría (185-254). Sus errores doctrinales—que cometió no pocos—fueron condenados en Constantinopla el año 543, y más tarde los volvió a condenar el V Concilio ecuménico, el año 553. Durante su vida, aunque tuvo desavenencias con su obispo Demetrio en materias de disciplina, el único obispo que le reprendió por sus errores doctrinales fue San Fabián, obispo de Roma, como atestigua Eusebio en su Historia eclesiástica. Este hecho hizo admitir a Harnack que "la voz de Roma parece tener un influjo especial".

¿No es cierto que la supremacía del Papa destruye el poder individual de los obispos?
No, señor; no es cierto. Los obispos, como sucesores que son de los apóstoles, ejercen verdadera jurisdicción dentro de su territorio, y, hasta cierto punto, sobre sus subditos, aunque están fuera de la diócesis. Como legisladores, pueden dictar leyes y dispensar de su observancia; aunque es evidente que no pueden legislar contra lo legislado por la Sede apostólica, como el gobernador de una provincia no puede legislar contra lo aprobado por el Gobierno central. En su diócesis, el obispo es juez, y da jurisdicción a los sacerdotes para que puedan confesar. Su curia es un tribunal de primera instancia, inferior únicamente a la metropolitana y al Papa. Asimismo, el obispo tiene la facultad de enseñar con autoridad, ya cuando predica, o cuando expide cartas pastorales, o cuando regula la predicación de los sacerdotes, la doctrina de los libros y demás publicaciones y la enseñanza que se da en sus escuelas y seminarios. Aunque el Papa no es superior a los obispos en lo que se refiere a las órdenes, lo es en lo que se refiere a la jurisdicción, pues la tiene suprema, universal e inmediata sobre toda la Iglesia y todos sus miembros. Esta supremacía no la recibe de los cardenales que lo eligen, sino de Dios directa e inmediatamente. El Papa es el maestro supremo e infalible de la Iglesia, el supremo legislador y su juez supremo. Pedro habla por Pío XII como, en 451, habló por boca del Papa León en el IV Concilio ecuménico. La piedra de toque para conocer si uno es miembro visible de la Iglesia de Cristo es esta sumisión a la jurisdicción divina del vicario de Cristo en la tierra, el Papa. Este, además, tiene por derecho divino jurisdicción inmediata y universal sobre toda la Iglesia, además de la que ejerce por medio de los obispos.

¿No es cierto que el Papa Gregorio I (590-604) rehusó el título de obispo universal o ecuménico? ¿Y no equivale esto a negar la supremacía papal?
El título "obispo universal o ecuménico" puede tener tres sentidos. Puede significar la supremacía del Papa como obispo de los obispos, título que dieron los orientales a los Papas Hormisdas (514-523), Bonifacio II (530-532) y Agapito (535-536), aunque los Papas nunca lo usaron, hasta que más tarde lo adoptó León IX (1049-54). Puede también significar un obispo que "gobierna una porción determinada de la cristiandad", como lo declaró Anastasio en el siglo IX. O, finalmente, puede significar que uno reclama para sí solo la dignidad de obispo, considerando a los demás como meros agentes. En este sentido lo entendió San Gregorio, y por eso lo rechazó, como puede verse por las cartas que escribió al emperador Mauricio, a la emperatriz Constancia y a Juan, obispo de Constantinopla. Dice así en su carta al emperador: "Nadie que conozca el Evangelio duda de que el Señor confió el gobierno de su Iglesia al bienaventurado Pedro, príncipe de los apóstoles..., pero no el apóstol universal. Sin embargo..., a Juan le gustaría que le llamasen obispo universal." La causa de que los Papas no tomen este título es el temor "de que pudiera privarse a los obispos del honor que les es debido, si a uno se le tributan honores especiales" (Epist 5, 37). Escribiendo al obispo de Constantinopla, que había usurpado "este título nuevo, soberbio y profano", se maravilla de que "uno que poco antes se había considerado indigno de ser llamado obispo, ahora desprecie a sus hermanos y quiera ser llamado obispo único" (Ibid 44).
Las cartas de San Gregorio están llenas de párrafos en los que se afirma la doctrina católica relativa al primado de Pedro y sus sucesores. Llama a la Sede apostólica de Roma "cabeza de la fe, cabeza de todas las Iglesias, porque ocupa el lugar de Pedro, príncipe de los apóstoles". Dice que todos los obispos—y menciona expresamente al de Constantinopla—"están sujetos a la Sede apostólica". La Iglesia católica ha enseñado constantemente que los obispos no son meros agentes del Papa, sino verdaderos sucesores de los apóstoles por institución divina; León XIII, en el siglo xix, confirma lo que su antecesor Gregorio I había dicho en el siglo VII. Dice así: "Aunque el poder de Pedro y sus sucesores es complejo y supremo, no es único. Jesucristo, que hizo a Pedro piedra fundamental de su Iglesia, también escogió a doce, que llamó apóstoles. Así como la autoridad de Pedro se perpetúa en el Romano Pontífice, así el poder ordinario de los apóstoles debe ser heredado por sus sucesores, los obispos, de donde se sigue que el orden episcopal pertenece necesariamente a la constitución de la Iglesia" (De unitate Ecclesiae).

¿No es verdad que los Papas, para sostenerse en la supremacía que usurparon, forjaron en Roma una serie de documentos conocidos con el nombre de decretales falsas? ¿No se valió de ellas Nicolás I (858-67) cuando se atribuyó jurisdicción sobre las demás Iglesias?
Esas decretales falsas no fueron forjadas en Roma, sino en Francia, hacia el año 850, aunque se duda si en Reims o en Tours. En vista de la anarquía que siguió a la muerte de Carlomagno, el compilador anónimo de estos decretos quiso libertar con ellos al clero de los atropellos de que era objeto por parte de la metrópoli y de los seglares. Muchos de estos documentos son cartas auténticas de Papas, verbigracia, de León I (440-61), aunque atribuidas a Papas que habían vivido el siglo anterior. Nada nuevo se introduce en ellos por lo que respecta al gobierno esencial de la Iglesia; únicamente se pretende proteger a los obispos contra las acusaciones injustas de príncipes seglares contra las injusticias de prelados imperiosos como el arzobispo de Reims, Hincmar. Y a eso precisamente se debe su rápida propagación, a que no introdujeron novedad alguna en la legislación eclesiástica. La supremacía del Papa no quedó por eso más encumbrada ni las decretales se propusieron encumbrarla, como admiten hoy día los sabios en general. El Papa Nicolás I las conoció, pero nunca se sirvió de ellas para nada. Fuera de Adriano II (867-872), que las citó una vez de pasada, ningún Papa se interesó jamás por ellas hasta mediados del siglo XI. Mucho antes de la Reforma pusieron en duda su autenticidad teólogos y canonistas de nota, como Esteban de Tournai, Nicolás de Cusa, Juan de Torquemada y otros. La Iglesia ha dejado que se discuta libremente sobre estas decretales falsas, segura como está de que, para probar lo que pretende, no necesita de las falsificaciones bien intencionadas de ningún cronista francés del siglo IX.

BIBLIOGRAFIA.
Apostolado de la Prensa, El protestantismo, refutado. Id. ¿Quién es el Papa?
Gentilini, El catolicismo y el pontificado. Id., Objeciones modernas contra la fe.
Savio, Historia sintética de la Iglesia.
Tusquets, Manual de catecismo.

DOMINICA DE SEXAGÉSIMA

LA NEGLIGENCIA EN OÍR LA PALABRA DE DIOS
"Reunida una gran muchedumbre de los que venían a El de cada ciudad, dijo esta parábola :
"—Salió un sembrador a sembrar su simiente, y, al sembrar, una parte cayó junto al camino y fue pisada, y las aves del cielo la comieron. Otra cayó sobre la peña, y, nacida, se secó por falta de humedad. Otra cayó en medio de espinas, y, creciendo con ella las espinas, la ahogaron. Otra cayó en tierra buena, y, nacida, dio un fruto céntuplo.
"Dicho esto, clamó:
"—El que tenga oídos para oír, que oiga.
"Preguntábanle sus discípulos qué significaba aquella parábola, y El contestó:
"—A vosotros ha sido dado conocer los misterios del reino de Dios; a los demás, sólo en parábolas, de manera que viendo no vean y oyendo no entiendan.
"He aquí la parábola: La semilla es la palabra de Dios. Los que están a lo largo del camino son los que oyen; pero en seguida viene el diablo y arrebata de su corazón la palabra para que no crean y se salven. Los que están sobre peña son los que, cuando oyen, reciben con alegría la palabra; pero no tienen raíces, creen por algún tiempo y, al tiempo de la tentación, sucumben. Lo que cae entre espinas son aquellos que, oyendo, van y se ahogan en los cuidados, la riqueza y los placeres de la vida, y no llegan a madurar. Lo caído en buena tierra son aquellos que, oyendo con corazón generoso y bueno, retienen la palabra y dan fruto por la perseverancia" (Le, VIII, 4-15).

Esta parábola del Evangelio no necesita explicación, pues ya la dio el mismo Jesucristo nuestro Señor.
La simiente es la palabra de Dios predicada por los sacerdotes y que se halla escrita en los sagrados libros.
Nos detendremos a considerar : 1.°, que la palabra de Dios no ha de descuidarse; 2.°, que debe escucharse con atención para que produzca abundante fruto.
I.—El abandono.
1. Una dolorosa realidad.— Es preciso oír la palabra de Dios; de otra forma, no podría conservarse la fe, pues ésta se sostiene oyendo la divina palabra, como nos lo dice San Pablo (Rom., X, 17), y si se pierde la fe no se harán buenas obras ni será, por tanto, posible la salvación.
¿Puede un campo dar buena cosecha de trigo si no se siembra? Evidentemente que no. Sin embargo, ya veis el contraste, ¡qué pocos son los cristianos que van a la iglesia a oír predicar la palabra de Dios! Es también doloroso que haya chicos que no tengan interés por oírla, a pesar de que sus padres los mandan a la iglesia, donde los está esperando el señor cura.
El Catecismo es palabra de Dios, y ya sabéis que son muchos los niños que no asisten a él ni oyen las enseñanzas de los sacerdotes. En vez de acudir a la iglesia se van a centros de diversión, a las plazas y paseos...
Vosotros no debéis ser así, porque Dios tiene preparado un gran castigo para los que se portan de ese modo.

San Antonio de Padua (+ 1231) predicaba con mucho celo en Rimini, donde había muchos herejes que no querían escucharlo. Viendo el santo que los hombres huían de sus sermones y dejaban la iglesia vacía, se fue a la orilla del mar y allí empezó a predicar a los peces, los cuales se reunieron en gran cantidad cerca de donde el santo estaba, y era de ver cómo levantaban sus cabezas para escuchar la divina palabra con suma reverencia y atención.
El milagro no tardó en propagarse por la ciudad, y, avergonzados los hombres de que hasta los peces les diesen ejemplo, acudieron con presteza a la iglesia y fueron muchísimos los que se convirtieron al Señor y cambiaron de vida.

2. Las consecuencias.—¿Qué se gana no escuchando debidamente la palabra de Dios? Se gana la ignorancia, que es terreno abonado para todos los vicios y errores; la ceguera de la mente; la dureza del corazón; la obstinación en el mal; la muerte del alma, y la condenación eterna.
Cuando Jesús predicaba su salvadora doctrina por la Judea y Galilea y demás tierras de Palestina, eran muchos los que acudían a oírle, pero no todos. Había quien se quedaba en su casa, diciendo aue no le importaba nada de lo que el Señor pudiera enseñar. De esta forma, fueron muchos los hebreos que no escucharon las verdades de Cristo y terminaron odiándolo, encarcelándolo y clavándolo en una cruz. Ese es el resultado de despreciar la palabra de Dios.
Dice San Bernardo que no hay peor señal de eterna condenación que despreciar la palabra de Dios : Nullum pejus signum est damnationis aeternae, quam verba Dei contemnere.
San Hilario, obispo y gran predicador (+ 369), estaba un día para empezar la explicación del Evangelio del día, cuando vio que muchos se salían de la iglesia. Con ánimo de evitarlo, les dijo lleno de celo el santo obispo estas tremendas palabras :
—Todos, idos; pero sabed que no os saldréis tan fácilmente del infierno.
Esto mismo podría decirse a los niños que no asisten nunca a los sermones ni al Catecismo, o que si están en la iglesia se marchan cuando va a empezar el sermón.
¿Qué será de esos desdichados? En vez de aprender a conocer, amar y servir a Dios, aprenderán a decir palabrotas feas, a ofender al Señor de mil maneras, a negarlo. Recordadlo siempre : los que no quieren oír hablar de Dios, ya llevan escrita en la frente la sentencia de su condenación. Lo dijo el mismo Jesucristo: "El que es de Dios oye la palabra de Dios; por eso vosotros no la oís, porque no sois de Dios" (lo., VIII, 47). Cuando estén para morir se darán cuenta de su enorme desgracia. ¡Qué suerte más negra les espera!

II.—La falta de provecho.
Hay algunos que van a oír la palabra de Dios, pero ésta no produce en ellos ningún buen fruto por no caer la simiente en tierra buena.
1. Parte cae en el camino y es pisada por los que pasan y comida por las avecillas del cielo. Esto quiere decir que muchos no aprecian como es debido la palabra de Dios y la escuchan durmiéndose, o quizá con desprecio.
El solitario Mácete.—Cuéntase de un monje solitario, llamado Mácete, que tenía la gracia de no dormirse jamás cuando se hablaba de Dios, y, en cambio, se quedaba como un tronco cuando se hablaba de otra cosa cualquiera, por lo que sacaba gran provecho de la palabra de Dios.
¿Cuántos niños se parecen a Mácete? La mayoría no piensan que en la iglesia es el mismo Jesucristo el que habla por boca de los sacerdotes que predican (1). Su corazón está endurecido, y por eso no sacan ningún provecho de lo que oyen, permitiendo que venga el demonio y les arrebate del corazón la divina palabra : Venit malus, et rapit quod seminatum est in corde eius (Mt., XIII, 19) (2).
2. Parte cae entre piedras y se seca. Lo cual quiere decir que hay quienes escuchan la palabra de Dios, pero no arraiga en ellos porque, o la escuchan sólo de tiempo en tiempo, o no perseveran en el bien. ¡Cuántos chicos formulan buenos propósitos después de oír un sermón y luego se olvidan de todo, se juntan con malos amigos, no santifican los días de fiesta ni frecuentan los santos sacramentos, cediendo, en cambio, a todas las tentaciones!
3. Parte cae en medio de espinas y queda ahogada. Las espigas que no dejan crecer la planta producida por la palabra de Dios son los placeres mundanos, las impurezas y los bienes de la tierra. ¿Cómo van a sacar provecho de la palabra de Dios los que quieren vivir en el vicio? A éstos es inútil sermonearles, hacerles comprender la fealdad y malicia del pecado, reprocharles los escándalos que dan, el disgusto que procuran a Dios y la alegría que proporcionan al diablo. En ellos se cumple lo que dice el Espíritu Santo : "En el alma depravada no entrará la sabiduría y no habitará en el cuerpo entregado al pecado : In malevolam animam non introibit sapientia, nec habitabit in corpore subdito peccatis" (Sap., I, 4).
Queridos míos, no seáis del número de esos desdichados. Sed, por el contrario, la tierra buena donde germina la simiente y da abundante fruto, como dice el Evangelio.
4. Parte cae en tierra buena y, nacida, da un fruto céntuplo. La tierra buena son los cristianos que escuchan de buen grado, con respeto y atención, la palabra de Dios y la guardan en su corazón. En estos cristianos, aunque sean niños, se producirán magníficas cosechas.
San Francisco de Sales, ya de niño oía con sumo gusto la palabra de Dios, mientras que le merecía muy poca atención lo demás que se dijera. La madre le hablaba con frecuencia de Dios y de las cosas santas, y cuando el niño le oía algo que antes no sabía, salía corriendo de su casa para decírselo en seguida a otros compañeros suyos.
Estando en la iglesia era digno de ver su recogimiento, junto a su bondadosa madre, y la atención que prestaba a lo que decían los predicadores.
La palabra de Dios produjo en él maravillosos frutos y le hizo un gran santo y doctor de la Iglesia (3).

Conclusión.—Imitad a San Francisco de Sales cuando era un niño como vosotros; escuchad siempre con gusto e interés la divina palabra, y así os santificaréis e iréis al cielo.
Recordad lo que ocurría con las multitudes que acudían a escuchar al Salvador: no sentían hambre ni pensaban en comer, ni siquiera se daban cuenta de que se hacía la hora de regresar a sus casas : tanto era lo que ansiaban tener el divino manjar que fluía de labios del Redentor (4).
Tened presente la respuesta que dio el Señor a una mujer que lo ensalzaba en público a voz en grito: "Dichosos los que oyen la palabra de Dios y la guardan : Beati qui audiunt verbum Dei et custodiant illud" (Lc, XI, 28). Esto quiere decir, sencillamente, que conseguirán el Paraíso.

EJEMPLOS
(1) Es el Espíritu Santo el que convierte.—Un sermón del cura de Ars— Un militar de alta graduación, que había oído predicar a los mejores oradores sagrados de Francia, fue cierto día a oír un sermón del cura de Ars (+ 1859), que predicaba empleando palabras muy sencillas y asequibles a todos.
El oficial se fue a su casa muy pensativo y su criado le preguntó:
—¿Qué le ha parecido el sermón del señor cura?
Y el militar le respondió:
—En otros sermones he admirado las condiciones oratorias de los predicadores, pero en el sermón de hoy he salido de la iglesia pensativo y bastante descontento de mí mismo.
No era el modo de hablar lo que había impresionado al pundonoroso militar, sino la acción directa del Espíritu Santo, que había hablado por medio del santo cura.
(2) El panadero del Faraón.—Cuenta la Sagrada Escritura que un panadero del Faraón de Egipto se hallaba en la misma cárcel que José (el que luego fue virrey de la nación).
El panadero tuvo un sueño en el que le pareció verse llevando tres canastillos de pan blanco. En el canastillo de encima había toda clase de pastas, de las que hacían para el Faraón los reposteros, y las aves se las comieron, dejando el canastillo vacío.
José se lo descifró, diciéndole:
—Los tres canastillos son tres días. Dentro de tres días te quitará el Faraón la cabeza y la colgará de un árbol, y comerán las aves tus carnes.
Así sucedió, en efecto, pues tres días después fue decapitado el infeliz repostero-panadero y colgada de un árbol su cabeza, según la predicción de José (Cfr. Gen., XL, 17-19).
Los que oyen la palabra de Dios a disgusto, con disipación o simplemente sin buena intención, son como el panadero del Faraón que llevaba los panes y pastas a la cabeza: sobrevienen los pajarracos, es decir, los diablos, y se lo llevan todo.
(3) La tierra buena.—San Simón Estilita (+ 459) era un sencillo pastorcito de Cilicia.
Cuando tenía trece años entró en una iglesia, en la que oyó un sermón sobre las bienaventuranzas del Evangelio. El chico se fijó mucho en las palabras de Nuestro Señor Jesucristo : "Bienaventurados los que lloran; bienaventurados los limpios de corazón..." (Mt., V), y se sintió conmovido.
Terminado el sermón, preguntó al predicador qué debía hacer para alcanzar la vida eterna. El sacerdote le respondió que debía practicar la virtud y que esto lo conseguiría mejor fuera del mundo que en él.
Simón se retiró a un convento, en donde empezó una vida de grandes penitencias. Vivió sesenta y nueve años, y los últimos treinta y nueve los pasó subido a una columna provista de una estrecha barandilla.
Sobresalió en santidad y milagros por haber prestado atención a la palabra de Dios.
(4) El beato J. Colombini (+ 1367) era un rico ciudadano de Siena, entregado por completo a los pasatiempos y diversiones mundanas.
Cierto día llegó a su casa cansado y con feroz apetito, y empezó a despotricar contra su esposa por no tener dispuesta la comida.
La buena señora, para que su marido pudiese entretener la gana de alguna manera, le dio a leer un libro. Pero Colombini lo tiró rabioso al suelo, diciendo:
— ¡Mi estómago pide comida y no libros!
Mas, avergonzado de su airado proceder, cogió el libro y empezó a leerlo por puro pasatiempo.
Era la vida de Santa María Egipcíaca, la pecadora pública que luego se hizo gran penitente; y tanto interés despertó aquella lectura en nuestro hombre, que se olvidó de la comida, y a partir de aquel instante ya no fue el mundano de antes: empezó a hacer rigurosas penitencias, frecuente oración y señaladas obras de caridad. Luego convirtió su casa en hospicio de pobres, y por fin fundó una Orden religiosa, muriendo, finalmente, santo.

G. Mortarino
MANNA PARVULORUM

Catecismo de San Pío X

Catecismo Mayor

sábado, 26 de febrero de 2011

LLAMADO A LOS SOLDADOS DE CRISTO PARA LA GUERRA SANTA

Fuente: Centros de Estudios San Benito



"Levántate, soldado de Cristo; levántate, sacúdete el polvo; vuélvete al campo de batalla, de donde huiste, a pelear con mayor fortaleza después de la fuga y a triunfar con mayor gloria. Muchos son los soldados que tiene Cristo, que comenzaron con coraje y perseveraron en él, y vencieron. Muchos menos se cuentan de los que, tras haberse declarado en fuga, volvieron al peligro antes temido e hicieron huir a los enemigos que antes los habían ahuyentado. Mas como todo lo raro es precioso, me alegro de que te cuentes entre aquellos que, cuanto más escasos son, tanto más gloriosos aparecerán. Por otra parte, si te sientes demasiado tímido, ¿a qué temer en donde no hay por qué, y no temer donde verdaderamente se ha de temer? ¿O piensas que porque te fugaste de la fortaleza, evadiste las acometidas de los enemigos? Con más furor te persigue el adversario si huyes que te combatirá si resistes; con mucha más audacia te atacará por la espalda que se resistirá de frente. Hoy, creyéndote seguro, prolongas tu sueño hasta entrada la mañana, cuando a la misma hora ya Jesús se había levantado del sepulcro en su resurrección. ¿E ignoras que estando desarmado, has de hallarte tú mismo más tímido y menos terrible a los enemigos? Tropa de gente armada ha rodeado tu casa, ¿y tú duermes? Ya escalan los muros, ya derriban las defensas, ya irrumpen por las brechas. ¿Y estarás más seguro si te toman solo que si estas con tus compañeros? ¿Valdrá más te sorprendan desnudo en cama que armado en el campo? Levántate, embraza las armas, júntate a los soldados que abandonaste en tu fuga. La misma cobardía que de ellos te separó, vuélvate con ellos a juntar. ¿Por qué rehusas la aspereza y el peso de las armas, cobarde soldado? El enemigo que ya tienes encima y las saetas voladoras que te rodean disparándote al corazón, te harán olvidar lo incómodo de la loriga, lo duro del casco, lo pesado del escudo. Ciertamente al que pasa de súbito de la sombra al sol o de la ociosidad al trabajo sin transición alguna, todo le parece pesado, porque comienza. pero cuando ya va olvidándose de aquello y haciéndose a esto, la misma costumbre quita la dificultad y ve fácil lo que juzgaba imposible. Aun los soldados más bravos tiemblan muchas veces al repentino son de trompeta, antes del combate; pero en llegando a las manos, la esperanza de la victoria y el temor de ser vencidos los hace intrépidos.

Mas ¿cómo tiemblas tú, rodeado de todos tus hermanos, que te ciñen cual muro defensivo, teniendo a los ángeles que asisten a tu lado y viendo caminar delante a Cristo que anima a los suyos a la victoria, diciendo: Confiad; yo he vencido al mundo? Si Cristo está con nosotros, ¿quién contra nosotros? Seguro puedes pelear allí donde estas seguro de vencer. ¡Oh victoria segura por Cristo y con Cristo, de la que nadie puede defraudarte, ni herido, ni postrado, ni hollado, ni muerto, si posible fuere, mil veces. La única causa de no alcanzarla es la fuga. Huyendo puedes perderla, muriendo no puedes. Y feliz tú, si murieses luchando, porque al punto serías coronado, pero ¡ay de ti si, rehuyendo la pelea, perdieras juntamente la victoria y la corona! No lo consienta Aquel, hijo carísimo..."

(San Bernardo, consejo a los Caballeros Templarios)

Conmovedora arenga de San Bernardo. Hoy se requieren Caballeros Templarios dispuestos a dar su vida por Cristo, nosotros los hijos de San Benito fuimos los que inspiramos a los antiguos monjes soldados del Temple, hoy seguimos inspirando nuevos Cruzados para enfrentar al anticristo.

"NON NOBIS DOMINE,
NON NOBIS SED NOMINE,
TUO DA GLORIAM"

(No a nosotros Señor, no a nosotros,
sino a tu nombre da gloria)
Lema de los Caballeros Templarios

Algunas cosas que hizo San Vicente Ferrer en Borgoña y su presencia en el Concilio de Constanza

De estas tierras se fue San Vicente a Borgoña, donde hizo algunas cosas milagrosas y notables. Pero de ellas olamente diremos dos. La una, en el monasterio de Claraval (que es muy celebre por haberlo fundado San Bernardo, su primer abad, y está en el obispado de Langres) halló San Vicente encendida entre los monjes una pestilencia terrible y espantosa; pero tomando él un poco de agua bendita, y rociando con ella todas las oficinas y apartamentos de la casa, cesó la infección, con grande contento y alegría de los monjes.
La otra, que estando el Santo en el Digro, le vino a consultar desde el Concilio de Constanza un cardenal sobre ciertas dudas, lo cual pasó de esta manera, según lo cuenta y atestigua con juramento en el proceso de la canonización un obispo que, siendo clérigo, había sido discípulo y compañero del mismo Santo. En el año 1416 hubo en el Concilio de Constanza gran disputa sobre cierto bien importante artículo; y como los que tenían cargo de averiguarlo no acabasen de concertarse, ni hubiese en la iglesia entonces Papa cierto que los sacase de duda, porque aún no era electo Martino V, dijo un maestro de la Orden de Predicadores llamado fray Juan de Nuciboillemo, teólogo profundísimo y doctísimo en la Sagrada Escritura: Pues así es que no nos podemos concertar, enviemos a consultar el caso con el maestro Vicente, que no nos engañará: porque en su boca jamás se halló mentira. Pareció bien en el Concilio lo que dijo aquel maestro y fuéle hecha una solemne embajada en nombre del Concilio, la cual hizo el cardenal de San Ángel, acompañado de dos teólogos y otros tantos canonistas; y hallándole en el Digro de Borgoña, le preguntaron lo que tenían a cargo de saber; y quedaron muy satisfechos de su respuesta. Hasta aquí son palabras del proceso. El cardenal de San Ángel se nombraba Pedro Annibaldo de Estefanesis, aunque algunos que no están versados en las historias tocantes a los cardenales, le llaman Juan.
Por cierto respeto no quiero poner aquí lo que respondió San Vicente al cardenal de San Ángel y sus compañeros, aunque es cosa bien notable.
Vueltos al Concilio los embajadores con la respuesta de San Vicente, y contando algunas cosas a él tocantes, fué increíble el deseo que los padres conciliares tuvieron de verle en su compañía. En razón de esto le escribieron al año siguiente, que fué el de 1417, algunas cartas, rogándole se quisiese llegar a Constanza. Pero ya San Vicente se había ido a Bretaña y estaba muy cansado y viejo, y no pudo hacer lo que le pedían. Todavía por acabar con lo que toca al concilio de Constanza, pondré en este capítulo las cartas del cardenal de Cambray, Pedro de Aliaco, y de Juan Gerson, canciller de París. Dice, pues, así la primera, vuelta en romanee, casi palabra por palabra:
"Al nombradísimo doctor y predicador celoso de la salud de las ánimas, el maestro Vicente de la Orden de Predicadores, padre mío, en la caridad de Cristo muy amado, Juan de Gerson.
Tan grandes cosas he oído muchas veces, por relación de otros, de vuestras virtudes, doctor muy señalado, y especialmente en pláticas familiares que he tenido con el reverendo Padre y señor General de vuestra Orden de Predicadores. Que me parecéis bien figurado conforme a vuestro nombre, por aquello que dice en el Apocalipsis San Juan, que fué atalaya de toda la Iglesia. Miré y vi aquí un caballo, y el que en él iba caballero tenía un arco, y diéronle una corona y salió el vencedor para vencer. Saliste, en verdad, para vencer, oh glorioso Vicente, pero, ¿a quién venceríades vos? ¿De qué manera?. ¿Con qué armas? ¿Con qué aparejo de guerra? Y, finalmente, ¿con qué arco triunfaríades coronado? Responde aquel cuyo imitador sois, San Pablo, diciendo que las armas de nuestra guerra no son carnales, con lo demás que vos mejor que yo entendéis. Ofrécense a mi corazón en este punto hartas cosas, las cuales de mejor gana y por ventura con más utilidad descubriría de palabra a vuestra sabiduría, que por pluma; sino que otras ocupaciones me apartan de este propósito, y también que no me ha parecido justo ni modesto ocuparos con larga escritura, entendiendo vos ordinariamente en negocios trabajosísimos. Mas, esto no callaré, para que sepáis, no solamente mi deseo, sino el de muchos otros juntamente. Muchas personas de cuenta, y el sobredicho maestro y señor General, dan insigne, testimonio y singular alabanza a vuestra caridad y al celo que tenéis de la paz eclesiástica. Dicen que en el ilustre reino de Aragón nunca se concluyeran las capitulaciones de paz, nunca se atreviera alguno a quitar la obediencia tan justa y tan animosamente a Pedro de Luna, que tan endurecido está con nuestra madre la Iglesia, si no fuera por vuestra autoridad y porque disteis vuestro parecer en ello. Por este vuestro favor tan señalado, nosotros que estamos presentes en el sacro general Concilio, esperamos coger el fruto muy deseado de la paz y unión de la Iglesia, la cual paz casi cuarenta años ha que fué desterrada. Y, ¡oh dichoso vos!, y tres y aun cuatro veces bienaventurado, si os halláredes aqui presente y no de oída, sino con vuestros mismos ojos quisiese des ver la elección del Sumo Pontífice, que ya se acerca. Quiero decir, si con eficaz presteza, dejando entre tanto las campañas, mostrásedes vuestra alegre cara a este sagrado Concilio. Si no me engaño, más cuadra esto con vuestra costumbre que si os quedásedes por ahí, empleándoos en lo que habéis comenzado. Acordaos del bienaventurado apóstol Pablo que escribe a los Gálatas, lo que se sigue: Después de catorce años subí a Jerusalén en compañía de Bernabé y Tito, y comuniqué con los apóstoles el Evangelio que predico a las gentes, particularmente, lo traté con los que parecían algo, porque mi corrida en la predicación no fuese en valde. Lo dicho basta para que entendáis lo que os cumple. Aquí en Constanza se halla casi Jerusalén, porque en ella residen los prelados reverendísimos y agradables a Dios, junto con los doctores del Evangelio, con los cuales humilde y saludablemente podréis tratar lo que predicáis; dejando aparte otros bienes que de vuestra venida se esperan. Creed me, doctor jubilado, que muchos hablan muchas cosas de vuestros sermones, y sobre todo de aquella secta de los que se azotan, la cual consta haber sido reprobada en tiempos pasados muchas veces en muchas partes del mundo. Y aunque vos no la aprobáis, según lo atestiguan los que os conocen, pero tampoco la reprobáis eficazmente. De ahí salen muchos dichos que se divulgan por los pueblos, y aun acá entre nosotros. Y puesto que muchos de ellos no se tengan por verdaderos ni creíbles, entre los que tienen bien calada y entendida vuestra vida, pero yo os ruego que a imitación de San Pablo (el cual por estar cierto por revelación que su predicación era conforme y cuadraba con la voluntad de Dios, quiso ir a Jerusalén y tratarla con los apóstoles para condescender con los flacos y para autorizar su mesma doctrina) hagáis lo que os ruego nombradísimo señor y maestro. Nuestro Señor sea con vos y recibid con buena voluntad esta mi carta, la cual he escrito al pie en el estribo, que dicen, hoy que celebro adelantadamente la fiesta del susodicho San Bernabé, compañero del dichosísimo apóstol San Pablo, a nueve de junio, víspera del Santísimo Sacramento. Mas porque no sé si la discreción de vuestro prudente celo querrá tomar mi consejo y venir acá, por ahora, he determinado de haberme con vos como querría verdaderamente que se tratasen todos llanamente con mi bajeza. Ahí os enviamos yo y el padre suso nombrado las quejas que habernos entendido, no solo por palabras de algunos, mas por cartas de otros también; y hacemos esto no para condenaros o culparos, ni por enojaros (Dios lo sabe) sino por mayor cautela en el negocio. Mil veces he experimentado cuántas cosas y mentiras se refieran de los predicadores, y algunas veces entiendo que es por malicia, desdén o envidia, mas también entiendo aquel dicho: Da ocasión al sabio y tomarla ha con presteza0. Nuestro Señor os guarde y guíe, conserve y confirme en bien vuestra vida. Amen."
Antes de la firma de esta carta se pone otra del cardenal Pedro de Aliaco, maestro del Gerson, en esta forma:
"Reverendo maestro y padre muy amado.
Las pláticas familiares que me acuerdo haber pasado con vos en Genova y Padua, y otras partes, y vuestros saludables sermones que he oído, me hacen confiar de vos cualquiera cosa y en especial cosas de humildad, la cual es fundamento de toda virtud. Por tanto he querido aconsejaros las cosas sobredichas juntamente con mi amado hermano y compañero el Canciller de París.—Vuestro en todo, P. Cardenal Cameracense ".

Después de haber escrito estas cartas y puesta en ellas la data o calendario, se unieron con el Sacro Concilio, el viernes pasado, señores castellanos, los cuales de la misma manera que otros, quitaron públicamente la obediencia a Pedro de Luna.
"Ruégoos, padre, que queráis trabajar en apaciguar el reino, o por mejor decir, los reinos, y Nuestro Señor os mantenga. Escrita en Constanza, a 21 de junio. Vuestro devoto, Juan, Canciller de París.''
Estas son las palabras de Juan Gerson. Y, según parece por lo que él mismo escribe a la fin del tratadillo contra los Flagelantes, para los 18 de julio del año 1417, ya había escrito San Vicente una carta a Constanza de la cual no ha llegado a mis manos sino un pedazo que dice así:
In quotidianis recomendaíionibus sacti et universalis Concilii Constantiensis, quas facto post sermonem, docui et doceo omnes fideles, submittere omnia facta et verba ac etiam scripta determinationi ac etiam correctioni eiusdem sacri Concilii: Et sic fació in ómnibus factis et dictis, ac etiam seviptis meis.
Cuanto a lo que Gerson apunta de la secta de los flagelantes, o de los que se azotaban, advierta el lector que, según consta por las historias, rigiendo la Iglesia Gregorio Papa X, bien ciento y cuarenta años antes del concilio de Constanza, comenzó en Italia una secta de ciertas gentes, las cuales, para encubrir, bajo de especie de santidad, los muchos errores que tenían, se disciplinaban públicamente, y así cundían mucho sus herejías, y fué necesario atacarlas con fuego y espada. Pues recibiendo San Vicente en su compañía, como arriba dijimos, muchos hombres que se disciplinaban, sospecharon algunos que estos hombres eran de aquellos otros. Con este temor escribió Gerson lo que en su carta vimos, pero cierto el temor fué sin fundamento ni apariencia. Porque aquéllos eran tan malos que no curaban de los Santos Sacramentos de la Iglesia, como de confesarse o comulgar, antes decían que más aventajada obra era su disciplina que recibir sacramento alguno, y aún que el martirio de San Lorenzo. Mas estos disciplinantes de San Vicente iban fundados en la frecuencia de los sacramentos, cuanto su estado permitía, y en la obediencia de sus prelados y obispos, y en el verdadero conocimiento y contrición de sus culpas; con las cuales cosas la disciplina no puede dejar de ser muy santa y buena.
No falta quien crea que San Vicente se halló presente en el Concilio de Constanza, y de éstos es el abad Tritemio en su libro de los escritores eclesiásticos; pero sin duda se engañó. Porque, según se saca de muchas partes del proceso, San Vicente, antes de su muerte, se estuvo casi dos años en Bretaña y Normandía, tierras bien lejos de Constanza.
Cuanto más que, si allá fuera, en alguna sesión del Concilio se hiciera mención, como en muchas de ellas se trata de otros religiosos de la misma Orden que allí se hallaron.
Pero aunque el santo nue allá, el Papa Martin V, que fue electo en el año 1417, por el mes de noviembre, luego despachó un orador suyo llamado Antonio Montano, enviando con él a San Vicente muy ancho y libre poder de atar y desatar, quiero decir de absolver de todo cuanto quisiese; y de imponer la penitencia debida por los pecados a todo género de personas, sólo que continuase su predicación, como si fuera alguno de los apóstoles.
Fray Justiniano Antist O.P.
Vida de San Vicente Ferrer
B.A.C.

LA FECUNDACIÓN ARTIFICIAL

Desde hace muchos siglos —pero sobre todo en nuestra época— se manifiesta el continuo progreso de la medicina. Progreso en verdad muy complejo; cuyo objeto concierne las ramas más variadas de la teoría y de la práctica; progreso en el estudio del cuerpo y del organismo, en todas las ciencias físicas, químicas, naturales; en el conocimiento de los remedios y su propiedad y los modos de utilizarlos; progreso en la aplicación de la terapéutica no solamente de la fisiología, sino de la psicología, de las acciones y reacciones recíprocas de lo físico y de lo moral.
Solícito para no descuidar nada de las ventajas de tal progreso, el médico está siempre a la caza de todos los medios capaces de curar, o al menos, de aliviar los males y los sufrimientos humanos. El cirujano, estudia para hacer menos dolorosas las operaciones necesarias; el ginecólogo, trata de atenuar el dolor del parto, sin poner en peligro la salud de la madre y del niño, sin correr el peligro de ofender los tiernos sentimientos maternales hacia el neonato. Si el espíritu de humanidad elemental, el amor innato por los semejantes, estimula y guía a todo médico consciente en las investigaciones, ¿qué cosa no hará el médico cristiano, empujado por la divina caridad a prodigarse sin reparo al cuidado y al bien de aquellos que con justa razón y a la luz de la fe, considera sus hermanos? Indudablemente él goza de los inmensos progresos alcanzados, de los resultados obtenidos por sus predecesores, y continuados actualmente por sus colegas a los cuales se siente ligado por la continuidad de una magnífica tradición, y a la cual se siente legítimamente orgulloso de poder contribuir. Sin embargo, nunca se considera satisfecho: siempre ve adelante las nuevas etapas que hay que recorrer, nuevas conquistas que hay que obtener. Y por esto se aplica en ello con pasión, como médico dedicado al alivio de la humanidad y de cada uno de los individuos. Como científico al cual los descubrimientos que se siguen los unos a los otros, le hacen adoptar con entusiasmo (el gusto de conocer); como creyente y cristiano que en las maravillas que descubre, en los nuevos horizontes que se aperciben en lontananza, sabe ver la grandeza y la potencia del Creador, la bondad inagotable del padre que después de haber dado al organismo viviente tantos medios para desarrollarse, defenderse, curar espontáneamente en la mayoría de los casos, le hace encontrar en la inerte naturaleza o en la viviente, mineral, vegetal, animal, los remedios a los males del cuerpo.
El médico no correspondería completamente al ideal de su vocación, si aprovechando los más recientes progresos de la ciencia y del arte médico, en el ejercicio de su profesión, siguiese solamente su propia inteligencia y habilidad, sin poner también —diremos sobre todo— su corazón de hombre, y su solicitud de cristiano. Él no actúa, "in anima vili". Sin duda obra directamente sobre los cuerpos, pero sobre cuerpos vivificados por un alma inmortal, espiritual, y en virtud del vínculo misterioso pero indisoluble entre lo físico y lo moral, no obra con eficacia sobre el cuerpo si a la vez no actúa sobre el espíritu.
Y ya sea que se ocupe del cuerpo o del compuesto humano en su unidad, el médico cristiano deberá siempre defenderse de la atracción de la técnica, de las tentaciones para obrar con su propia ciencia y pericia, con fines diferentes al cuidado de los pacientes que le son confiados. Gracias a Dios que no tenga que defenderse de otra tentación —criminales decir, de servirse de los dones por Dios escondidos en la naturaleza para fines innobles, para presiones inconfesables y para atentados inhumanos. Sin embargo, no es necesario ir muy lejos o salir mucho del camino, para encontrar testimonios concretos de estos deplorables abusos. Una cosa es por ejemplo la desintegración del átomo y la producción de la energía atómica: otra cosa es su uso destructor que huye de cualquier control. Una cosa es el progreso técnico de la aviación moderna y otra cosa el ataque en masa de escuadrones de bombarderos, cuando hay la posibilidad de limitar la acción a objetivos militares y estratégicos. Una cosa, sobre todo, la búsqueda respetuosa que revela la belleza de Dios en el espejo de sus obras; su poder en las fuerzas de la naturaleza; otra cosa la deificación de esta naturaleza y de estas fuerzas materiales, con la negación de su autor.
¿Qué hace, por el contrario, el médico con su vocación? Se ampara de esta fuerza misma, de estas propiedades de la naturaleza para procurar con ellas la curación, la salud, el vigor, y aun, cosa mucho más preciosa, para preservar de las enfermedades, del contagio o la epidemia. En sus manos la fuerza alarmante de la radiactividad se halla aprisionada, pronta a curar males rebeldes; las propiedades de los venenos más virulentos, sirven para preparar remedios eficaces; aun mejor, los gérmenes de las infecciones más peligrosas, son usados de diferentes maneras en la sueroterapia, en las vacunas.
La moral natural y cristiana, por último, conserva en dondequiera sus propios derechos imprescindibles, y de ellos, no por consideraciones de sensibilidad, de filosofía materialística, naturalística, se derivan los principios esenciales de la deontología médica: dignidad del cuerpo humano, preferencia del alma sobre el cuerpo, fraternidad entre todos los hombres, soberano dominio de Dios, sobre la vida y sobre el destino. Un importante problema que requiere no menos urgentemente que los otros, la luz de la doctrina moral católica, es aquel relativo a la fecundación artificial. No podemos dejar pasar esta ocasión sin indicar brevemente, a grandes rasgos el juicio moral que se impone en tal materia.
1) La práctica de esta fecundación artificial, cuando se trata del hombre, no puede ser considerada, ni exclusiva ni principalmente desde el punto de vista biológico y médico, descuidando el punto de vista moral y de derecho.
2) La fecundación artificial, fuera del matrimonio, debe condenarse como esencialmente inmoral.
La ley natural y la ley divina positiva, establecen que la procreación de una nueva vida no puede ser fruto más que del matrimonio. Sólo el matrimonio salvaguarda la dignidad de los esposos (principalmente de la mujer en este caso), y su bien personal. Esto sólo en cuanto se refiere al bien y a la educación del niño.
Se deduce de la condenación de una fecundación artificial fuera de la unión conyugal, que no se admite ninguna divergencia de opinión entre católicos. El niño concebido en tales condiciones, sería de hecho ilegítimo.
3) La fecundación artificial producida en el matrimonio con un elemento activo de un tercero, es igualmente inmoral y por consiguiente debe condenarse sin apelación.
Sólo los esposos tienen un derecho recíproco sobre su cuerpo para generar una nueva vida; derecho exclusivo, no cedible, inalienable. Y esto debe ser en consideración al niño. A cualquiera que da la vida a un pequeño ser, la naturaleza le impone, por la misma fuerza del vínculo, el deber de conservarlo y educarlo. Pero, entre el esposo legítimo y el niño fruto del elemento activo de un tercero (aun con el consentimiento del esposo), no existe ningún vínculo de origen, ningún vínculo moral y jurídico de procreación conyugal.
4) En cuanto a la validez de la fecundación artificial en el matrimonio basta, por el momento, recordar estos principios del derecho natural; el simple hecho que el resultado que se desea es alcanzado con este medio, no justifica el uso del medio; ni el deseo de los esposos en sí completamente legítimo, de tener un niño, basta para probar la legitimidad de recurrir a la fecundación artificial, que satisfaría este deseo.
Sería pues erróneo pensar que la posibilidad de recurrir a este medio, pudiese hacer válido el matrimonio entre personas incapaces de contraerlo a causa del 'impedimentum impotentiae".
Por otra parte, es superfluo observar que el elemento activo, no puede ser nunca procurado legítimamente, con actos contra la naturaleza.
Aunque no se puede excluir a priori, métodos nuevos por la sola razón de su novedad, sin embargo, por lo que concierne a la fecundación artificial, no solamente es necesario ser cauto, sino excluirla absolutamente. Al decir esto, no se proscribe necesariamente el uso de algunos medios artificiales, destinados solamente ya sea para facilitar el acto natural, o sea para procurar la obtención del fin del acto natural, cumplido debidamente.
No se olvide nunca, que solamente la procreación de una nueva vida según la voluntad y el designio del Creador, lleva consigo, en un grado admirable de perfección, la obtención de los fines propuestos. Esta procreación, está al mismo tiempo conforme con la naturaleza corporal y espiritual, con la dignidad de los esposos, con el desarrollo sano y normal del niño. (1)
S.S. Pío XII

1 Discurso a los Médicos, 29 de septiembre de 1949. (Traducido del francés).