jueves, 30 de junio de 2011

Misa de acción de gracias por XV años de Edna Esmeralda Madera Escalante

Momento de la promesa de Esmeralda como quinceañera
del grupo San Juan Bosco




Comunión del grupo de Cadetes del Grupo San Juan Bosco

El R.P. Manuel Martinez H., Director espiritual del grupo San Juan Bosco, con Esmeralda

Esmeralda con su familia

El Comandante del grupo San Juan Bosco, Capitan II José Ortega Amezcua y los padrinos,
Sargento I Gabriel Gutierrez Bravo y su esposa María del Carmen Santillan.


Palabras finales de exhortación a Esmeralda a una vida de dama cristiana
y bendición final







Bendición a los integrantes del cuerpo de Cadetes del Grupo San Juan Bosco






FENÓMENOS CORPORALES.PRODIGIOS BIOLOGICOS. VIII. - INCORRUPTIBILIDAD

La incorruptibilidad es el prodigio por el cual el cuerpo de ciertas personas permanece intacto, después de su muerte, durante años y aun siglos, sin haber experimentado una preparación especial. Numerosos Santos han merecido y siguen mereciendo este privilegio.

Incorruptibilidad en los Santos y personajes piadosos
Dom Guéranger nos relata que, el 20 de octubre de 1599, el cardenal Sfondrati halló el sarcófago de mármol blanco de Santa Cecilia. Contenía un ataúd de ciprés. La Santa "estaba vestida con su túnica bordada en oro, sobre la cual se distinguían todavía las manchas de sangre virginal; a sus pies estaban las telas teñidas con la púrpura del martirio. Tendida sobre el costado derecho, los brazos unidos delante del cuerpo, parecía dormir profundamente. El cuello llevaba las cicatrices de las llagas de la espada del lictor que la había herido... El cuerpo estaba completamente íntegro..." Habían pasado más de trece siglos desde el martirio.
San Claudio, obispo de Besanzón, murió en 699 a la edad de noventa y tres años. Se envolvió su cuerpo en perfumes preciosos y se le sepultó en la iglesia de la abadía de San Oyand (o de Condat, actualmente San Claudio). Cinco siglos más tarde, se le exhumó y fué hallado en perfecto estado de conservación. En 1447 el papa Nicolás V delegó a los abates de San Martín de Autun y de San Benigno de Dijon y de Beaume-les Moines para reformar la abadía que se había relajado. En la relación que elevaron al Papa, esos tres delegados atestiguaron que el cuerpo de San Claudio permanecía sin corrupción a los ocho siglos de la muerte. El cuerpo fué colocado en un ataúd del que se abría un costado delante de los peregrinos. En 1742, el primer obispo de San Claudio, monseñor de Méallet de Fargues ordenó el reconocimiento de la autenticidad de las reliquias en la iglesia abacial. Y fué a la iglesia con el Capítulo y una comisión compuesta de varios médicos y notabilidades de la ciudad. Se abrió el ataúd de San Claudio. Se reconoció en él un cuerpo de estatura ordinaria, al parecer de mucha edad, y en el cual cada miembro había conservado sus conexiones y situaciones naturales. Estaba entero, con excepción del meñique de la mano derecha, que parecía haber sido arrancado, y de la parte cartilaginosa de la nariz que estaba dañada. La parte izquierda del labio superior parecía algo retraída, pero la lengua era roja y todo el resto del cuerpo palpable y elástico. No había ni suturas ni aperturas hechas en el cuerpo; no exhalaba ningún olor aromático que pudiera hacer pensar en la embalsamación. Por eso los médicos que formaban parte de la comisión, declararon que "la incorruptibilidad de ese cuerpo durante casi doce siglos estaba por sobre los conceptos de su arte y sólo podían contemplarla con admiración por sobrenatural y milagrosa". El cuerpo fué destruido por la Revolución.
Citemos el caso notable de la lengua de San Juan Nepomuceno. Martirizado por haberse rehusado a violar el secreto de la confesión, su cuerpo que había sido tirado en la orilla del río Moldava, en 1383, fué encontrado y enterrado en la catedral. En 1719, durante el proceso de su canonización, se abrió su tumba. Se halló el esqueleto totalmente descarnado, pero la lengua estaba intacta, "tan fresca y bien conservada como el día de la muerte". Un cirujano que asistía a la apertura del ataúd, hizo una incisión en la extremidad del órgano y declaró que era idéntico al de un hombre vivo. La lengua fué colocada en una caja de plata con una inscripción que refiere el milagro.
En 1334, cinco años después de la muerte de Santa Rosalina, monja cartuja, su cuerpo fué hallado intacto. Hugo de Sabrán sacó los ojos, que colocó en un relicario. En 1660, esos ojos estaban todavía inalterados. Antonio Vallot, médico de Luis XIV, que lo acompañara por la Provenza, pinchó uno de ellos con una aguja y tuvo la prueba de que los ojos eran naturales. Por otra parte, el cuerpo se conserva intacto y recién en 1883 los daños causados por los insectos obligaron a tomar medidas de conservación (Pierre Sabatier, Sainte Roseline, Spés, París, 1929).
Entre muchos otros, señalemos el cuerpo de Rosa de Viterbo, que, como nos dice el abate Navatel, "presenta aun hoy después de 600 años las apariencias de una muerte que fuera de ayer. La carne es suave, la cabeza y los miembros flexibles; sin el color oscuro o pardo de un fuego que quemó solamente el ataúd y las vestiduras de la Santa, sin el contacto frío de los cuerpos inanimados, se le creería dormido y viviendo..."
Santa Bernardina murió en Névers el 16 de abril de 1879. Fué inhumada en la cripta de una capillita del convento de San Gildardo. El 22 de septiembre de 1909, es decir, treinta años después, monseñor Gauthey, obispo de Névers, hizo realizar el reconocimiento de los despojos mortales. Los doctores David y Jourdán establecieron el informe médico de la exhumación, del que extractamos las líneas esenciales: doble ataúd de madera y plomo intacto, ningún olor a la apertura del ataúd, vestidos húmedos. Figura de un blanco mate, párpados cubriendo los ojos, cuerpo apergaminado, rígido, sonoro en todas sus partes, cabellos, cejas y pestañas (excepto en el párpado superior derecho) y uñas adherontes; vientre encavado sonoro. Rigidez que permite dar vueltas al cuerpo para lavarlo.
El cuerpo, revestido del hábito religioso, fué colocado en un ataúd forrado de cinc, amortajado con satén blanco y devuelto a la cripta de la capilla.
El 3 de abril de 1919 tuvo lugar el reconocimiento del cuerpo, en vista de la beatificación. El examen médico fué confiado a los doctores Comte y Talón, que debían hacer cada uno una relación separada: vestiduras húmedas, nada de olor, piel desaparecida en algunas partes del cuerpo, órbitas encavadas, partes muelles de la nariz parcialmente destruidas o fuertemente retraídas sobre el esqueleto; venas sangrando en los pies y miembros superiores, cabellos y cejas adherentes, uñas de las manos adherentes, pero móviles, uñas de los pies en parte desaparecidas. Cuerpo rígido, que permite fácilmente el desplazamiento. En resumen, un cuerpo momificado, muy bien conservado. El cuerpo ha sido vuelto a vestir, se le ha colocado en un ataúd y devuelto a la cripta de la capilla.
El 18 de abril de 1925, es decir 46 años después del deceso, nueva exhumación para extraer reliquias, misión confiada a los doctores Comte y Talón. Nada de olor; tinte negruzco de la cara, manos y pies; vestidos húmedos; cuerpo rígido. Estado análogo al de la exhumación de 1919. Los músculos son suaves a la palpación y dos fragmentos retirados demuestran su buen estado de conservación; el hígado está igualmente intacto. El Dr. Talón termina su informe: "En resumen, creo que nos hemos hallado en presencia de un cuerpo momificado, muy bien conservado". El Dr. Comte concluye el suyo: "De este examen deduzco que el cuerpo de la Venerable Bernardina está intacto, el esqueleto completo, los músculos atrofiados pero bien conservados; la piel apergaminada es la sola que parece haber sufrido el efecto de la humedad del ataúd, ha tomado un tinte grisáceo y está recubierta do algunas mojaduras y de una cantidad bastante grande de sales y cristales calcáreos, pero el cuerpo no parece haber experimentado la putrefacción ni la descomposición cadavérica habitual y normal, después de tan larga permanencia en una cripta cavada bajo tierra.
La cara y las manos han sido recubiertas de cera y el cuerpo ha sido colocado en un ataúd que ha sido puesto en la capilla del convento.
En abril de 1929, en ocasión de la traslación del cuerpo del Padre de Foucauld, asesinado el 1° de diciembre de 1916, su cuerpo estaba en perfecto estado de conservación, mientras que los de tres mehalistas indígenas, asesinados simultáneamente, estaban reducidos al estado de esqueletos.
El 21 de marzo de 1933 tuvo lugar la exhumación de la bienaventurada Catalina Labouré, muerta 57 años antes. El ataúd exterior estaba casi totalmente destruido; el ataúd de plomo tenía una grieta, que a pesar del ataúd de abeto, había dejado penetrar la humedad y hacer desteñir el color del vestido sobre la mano de ese lado. Mortaja, sudario, vestidos algo húmedos. "Examinando el cuerpo, escribe el Dr. Roberto Didier, comprobamos la perfecta flexibilidad de los brazos y de las piernas. Esos miembros han experimentado sólo una leve momificación. La piel está intacta en todas partes y apergaminada. Los músculos están conservados; se podría disecarlos perfectamente como una pieza anatómica... Finalmente, los ojos están todavía en las órbitas; los párpados dulcemente entreabiertos, pudimos comprobar que el globo ocular, aunque amasado y desecado, existe entero y que hasta el color gris-azul del iris sigue subsistiendo".
El 31 de julio de 1933 se realizó el reconocimiento de los restos del Padre Esteban Pernet, fundador de las Pequeñas Hermanas de la Asunción, fallecido 44 años antes. Monseñor Chaptal presidió el acto; estaban presentes los doctores Arnoud, Ménard y Bosvieux. El cuerpo se hallaba notablemente conservado.

Incorruptibilidad no religiosa
Encontramos, parece, sólo una momificación natural, y no una verdadera incorruptibilidad.
a) En las arenas calientes del desierto, como en Korassan, en Persia, donde Chaidin relata que se han hallado cuerpos conservados después de dos mil años. En 1896, las excavaciones en Antinoe, en Egipto, pusieron a la luz centenares de momias naturales. "Esos cuerpos ofrecen la particularidad que no están embalsamados, sino solamente desecados. La acción de la arena caliente hasta el color blanco por el sol del Egipto los ha preservado mejor de lo que hubieran podido hacerlo los aromas más sutiles; los tejidos calcinados han alcanzado la dureza de la piedra. Han llegado hasta nosotros, intactos, pero arrugados y repugnantes". (Revue encyclopcdique, 1898).
b) En las criptas. — Se citan a este respecto Burdeos (Saint-Michel), Saint-Bonnet-le-Chateau, en el Loire (iglesia), Tolosa (Franciscanos y Dominicos), Bonn (iglesia del Calvario), Bromen (catedral), Graz (los Capuchinos), Kiew, Palermo (los Capuchinos), Quedlinburg (castillo), San Bernardo (hospicio), Viena (convento de Kahlenberg). Mas para muchos de esos lugares, el papel de la cripta donde están expuestas las momias es nulo; en Tolosa los cadáveres se sepultan primero en los sepulcros de las iglesias y claustros, donde los cuerpos se momifican. En seguida son exhumados y colocados en las criptas de exhibición. Igualmente las momias de Saint-Michel de Burdeos parecen proceder de cuerpos inhumados en una veta de tierra particular que atraviesa el cementerio. Cuando se abren las tumbas, los cuerpos o las partes de los cuerpos que se han encontrado en esa veta, están momificados y se los coloca en la cripta de Saint-Michel, mientras que la osamenta retirada del resto del cementerio se coloca en el osario que se halla debajo de la cripta. Esta inhumación previa parece ser habitual también en otras partes (Palermo, etc.) La morgue del San Bernardo es una excepción, pero en ella interviene el frío.
c) En los cementerios. — Se dio el caso de que el cadáver de un hombre guillotinado en Chartres, en 1874, e inhumado sin mortaja ni ataúd, en un terreno compuesto de arena fina, se halló perfectamente conservado más de diez años después.
Las momias halladas por Thouret y Foureroy, en el cementerio de los Santos Inocentes de París, y las halladas en el cementerio de San Eloi en Dunkerque, fueron objeto de estudios muy exactos.
Recordemos que durante la demolición de la antigua prisión inglesa de Horsemonger Lañe se halló el cadáver de un asesino, Manning, tan bien conservado que dos o tres entre los guardianes más viejos de la prisión no tuvieron dificultad alguna en reconocerlo (Lewys, Les causes célebres de l'Anglaterre, Charavay, París, 1884).
Finalmente, en las Notes de voyage en U. R. S. S. y aparecidas en el Correspondant, el autor habla del museo antirreligioso instalado en la catedral de San Isaac en Leningrado: "Se nos muestra —escribe— la momia perfectamente conservada de un célebre asesino, refiriendo este hecho a la pretendida conservación milagrosa del cuerpo de algunos santos..."

Apreciación de los hechos
Se impone una observación preliminar: se encuentra cierta incomodidad en esta apreciación, por la falta de precisión del vocabulario empleado por los autores; se habla fácilmente de "cadáveres perfectamente conservados", cuando se trata de momias secas. Así para el guillotinado de Chartres, el Dr. Chappert lo dice "perfectamente conservado"; y agrega: "El mismo resultado pudo obtenerse experimentalmente con cadáveres de pequeños animales. Hemos podido observar personalmente el cuerpo de una rata notablemente momificada... Esa rata, de la que no quedaban más que los huesos y la piel..." Podemos pensar por lo tanto que el guillotinado de Chartres ofrecía el mismo resultado, es decir se hallaba en el estado de momia seca.
También el Dr. Bourderionnet, en su tesis, habla de los cuerpos de la "cripta de los Franciscanos y Dominicos de Tolosa, donde se ha hallado cadáveres en un estado de perfecta conservación". Y cita Orfila a este respecto: "El esqueleto óseo y la piel que lo cubre se hallan perfectamente conservados y le permiten sostenerse en esa postura. Todas las partes internas del cuerpo (musculares, tendinosas, cartilaginosas, el hígado, los pulmones y todas las visceras contenidas en las tres grandes cavidades) se parecen a la yesca: caen en polvo cuando se las presiona con los dedos..."
La perfecta conservación no religiosa corresponde, pues, simplemente a la momificación natural. Y esta cuestión de vocabulario tiene una importancia considerable, porque la perfecta conservación religiosa implica generalmente la conservación de la flexibilidad de los tejidos, de la flexibilidad de las articulaciones y la ausencia de retracciones por desecación, que dan un aspecto repugnante o grotesco a las momias de Antinoe, de Palermo, de Burdeos, etc. Santa Cecilia, después de trece siglos, está igual que cuando se la colocó en el ataúd. No parece por lo tanto posible una asimilación entre tal incorruptibilidad y la momificación natural. Así podemos lograr una consideración de conjunto de la cuestión.
a) La destrucción del cadáver requiere un tiempo variable, de 15 a 18 meses según Orfila, de 30 a 40 años según Gmelín. En Francia, se admite la destrucción habitual en menos de cinco años y ésta es la base en que se ha establecido la legislación sobre las sepulturas. El Dr. Chavigny (Strasbourg medical, 1933) señala la conservación, a menudo durante meses y años, de las visceras internas, que permite comprobaciones médico-legales tardías.
b) Condiciones especiales, humedad considerable, inhumación en masa, llevan a la saponificación de los cadáveres, a su conservación en estado de momias grasas. No hay medio de detenernos en el caso, porque se produce un aplastamiento de los cuerpos y un reblandecimiento, que torna evidente la alteración.
A la inversa, en ciertos terrenos, en ciertos sepulcros, en condiciones todavía mal determinadas, se produce una desecación, una momificación seca, que sustrae el cadáver a la putrefacción habitual. Al contrario de los cadáveres afectados por el proceso de la putrefacción, que —según el Dr. Chavigny— ven alterarse primero los tegumentos externos, en la momificación la piel apergaminada resiste mucho tiempo, mientras que el interior se reduce a una sustancia friable y polvorienta.
c) En las exhumaciones piadosas, como la del cuerpo de Santa Bernardina, se halla el cuerpo en parte desecado, lo que hace pensar en la posibilidad del proceso precedente y no ha permitido a los médicos que han asistido a tres exhumaciones, excluir una causa natural para la conservación, sin embargo notable en su conjunto, del cuerpo de la Santa.
En tal caso se plantea un interrogante: habría que conocer cómo se comportaron o se comportarían cuerpos sepultados en la misma forma, en la misma cripta. Y aun teniendo este dato, habría que tener en cuenta que se han hallado cuerpos momificados al lado de cuerpos reducidos al estado de esqueletos, en cuyo caso juega ciertamente un factor individual.
La rigidez, la desecación parcial, hasta alteraciones mínimas del cadáver recomendarían la reserva frente a la afirmación de una intervención sobrenatural. Pero entretanto no debemos olvidar que Dios se sirve de causas secundarias para llegar al fin, y que una conservación desacostumbrada, sobre todo sin deformación del rostro y de la actitud del Cuerpo, aunque no absolutamente imposible en vía natural, debe hacer pensar en la posibilidad de una gracia de su parte.
d) Finalmente, hay casos que parecen muy netamente milagrosos, como la conservación de la lengua de San Juan Nepomuceno, cuando todo su cuerpo está destruido; como la incorruptibilidad con toda su flexibilidad del cuerpo de Santa Rosa de Viterbo; como la del cuerpo de San Claudio, que en 1769, a más de 1000 años después de su muerte, presentaba una carne "palpable", la lengua intacta, el rojo del paladar visible a través de la boca entreabierta, el brillo de los ojos...
Sin duda, ese estado no es eterno y esos cuerpos santos, después de siglos de incorruptibilidad caen finalmente convertidos en polvo; sin duda, algunos pueden experimentar internamente un proceso de desintegración, que un día los hace desaparecer en ceniza. Pero esa misma integridad limitada en el tiempo, esa misma incorruptibilidad limitada en calidad, nos parece exceder el proceso aún más excepcional de la evolución del cadáver.
Por eso, ya con seguridad, ya con más o menos probabilidad, la incorruptibilidad absoluta o relativa de los cuerpos santos puede manifestarnos la calidad de la virtud de los que los han animado durante su vida terrenal.

Prodigios particulares de algunos cuerpos santos
Hemos hablado ya de los fenómenos luminosos y odoríferos presentados por algunos cadáveres de personajes piadosos. Se ha comprobado muchas veces la producción por el cuerpo de un líquido perfumado, calificado, según los casos, de aceite, de bálsamo, de agua, de maná.
Juan Clímaco (muerto en 606) narra, en su Escala del Paraíso, con respecto a un santo religioso, Menas: "Mientras realizábamos para él el servicio divino, el tercer día después de su muerte, el sitio en que se hallaba su cuerpo, se llenó de pronto de un olor maravilloso. El Abate permitió entonces abrir su ataúd y vimos fluir de las dos plantas de los pies, como de dos fuentes, un bálsamo perfumado".
Cuando se retiró el cuerpo de Magdalena de Pazzi (1566-1607), un año después de su muerte, se le halló intacto y de él manó un aceite durante doce años, después de lo cual la producción se detuvo, pero el cuerpo permaneció incorruptible.
Se citan hechos análogos de la bienaventurada Juana de Orvieto, la bienaventurada Margarita de Castello, etc. En la bienaventurada Eustoquio (1437-1491), cuyo cuerpo estaba sin corrupción tres siglos después del fallecimiento, todos los viernes y todas las grandes fiestas se formaba un sudor perfumado.
Un caso notable es el de María Margarita de los Ángeles (1605-1658), cuyo cuerpo destiló más cien ampollas de un aceite que fué consumido en la lámpara del santuario.
Cuerpos enteros de Santos transformados en aceite odorífero, como aconteció con el bienaventurado Ángel de Oxford, el Venerable Francisco Olimpio, etc.
Finalmente ocurre que la osamenta de un Santo deja manar un líquido, como el "maná" de San Nicolás de Bari, que un tiempo parece haber sido un aceite, y que sin embargo es un agua muy pura (análisis del Instituto de Higiene de Bari en 1925). No parece que se trate de la condensación de la humedad atmosférica.
De todos modos, estos hechos nos enfrentan con tres órdenes de prodigios:
a) Exsudación de líquido de la osamenta; nos faltan informaciones suficientes al respecto.
b) Transformaciones de un cuerpo humano en aceite odorífero. El proceso de saponificación, de la producción de grasas de cadáver, el de la producción de gas inflamable durante la descomposición de los cadáveres, permiten comprender el fenómeno, pero, como esto no parece acontecer más que para cuerpos santos, es creíble que sea necesario un milagro para dirigir esta evolución específica de los restos humanos;
c) Secreción de un aceite o de un sudor perfumado, quedando entero e incorruptible el cuerpo. En este caso no se ve otra posibilidad que la del milagro, que pueda realizar ese prodigio, cuyo mecanismo biológico se nos escapa íntegramente.

CONCLUSIONES
Al terminar esta revista de los prodigios biológicos corpoles, sentimos que se nos impone determinadas conclusiones.
En primer lugar, estos prodigios se presentan con una gran riqueza de enseñanzas y horizontes, tanto desde el punto de vista biológico como religioso; lo hemos visto en el curso de nuestra exposición, sobre la que no es el caso de volver.
Pero estamos obligados a comprobar que a esos fenómenos se les ha concedido una insuficiente atención. Las autoridades religiosas y también a veces las civiles, por cierto, los han hecho controlar rigurosamente y hasta con un verdadero espíritu de incredulidad y hostilidad. No podríamos lamentarlo, porque eso presta un fundamento más sólido a nuestra documentación.
Mas no por eso se deja de ver que desde el punto de vista religioso esos prodigios demasiado a menudo se consideran con una suerte de sospecha: el espíritu modernista pertenece a todos los tiempos; se acepta un Dios filosófico, hasta se le exige, pero choca en cambio un Dios que transforma el agua en vino para unos esponsales y que permite a nuestra fe mover las montañas. Se proporciona Dios a nuestra dimensión: le permitimos hacer grandes cosas, pero no cosas pequeñas; ¡como si para el Todopoderoso hubiera diferencia entre unas y otras!
También se acepta que El realice la Transubstanciación cada día, sobre los miles de altares del mundo entero; se acepta que todos los días cree millares de seres, que acuerde o quite su gracia a millares de hombres, que juzgue los millares y millares de almas que la muerte le presenta, pero no se tolera que Él realice demasiado a menudo milagros materiales tangibles, ¡cuando nada existe sino por Él! Y luego, lo que es razonable, se cree engañarse o ser engañados y se desconfía de las ignorancias humanas; finalmente, muy a menudo se teme ser tachados de credulidad. Entonces, para complacer la insuficiencia de nuestra Fe, para evitar el esfuerzo del trabajo instructivo, para no tener que creer en la obra de Dios... se pasan por alto los prodigios que manifiesta su acción.
Desde el punto de vista biológico, hay la misma contención, pero por causas diferentes. Algunos piensan que estando el fenómeno en relación con lo religioso, arriesgan los rayos de la Iglesia, si se ocupan del mismo, y se ven llevados a esta o aquella conclusión sobre los hechos examinados. Olvidan o ignoran que ni un solo de los prodigios citados (inedia, estigmatización, incombustibilidad, etc.) es considerado por la Iglesia como un milagro en sí mismo; y que por otra parte, cuando la Iglesia ha admitido ciertos casos entre esos prodigios, como milagrosos, es porque por un lado las comprobaciones y consideraciones científicas y por otro los datos teológicos, están perfectamente de acuerdo en conferirles ese carácter.
El campo resulta, pues, completamente libre: los casos clasificados por la Iglesia son en número mínimo frente a los que no han determinado opinión alguna de su parte; éstos son pues abiertos a toda investigación y los primeros implican por lo menos una indicación seria, sino un criterio.
Otros declaran: ya que son hechos religiosos, no son más ciencia. Se hallan simplemente en contradicción con los teólogos, que estiman solamente como milagrosos un pequeño número de tales casos y piden a la ciencia consejo, y están también en contradicción con los materialistas que insisten en que todos esos hechos son naturales. ¿Cómo sería posible, por otra parte, sostener que todos esos prodigios son milagros?
En realidad, esta actitud no pasa de ser pereza e ignorancia. Otros, finalmente, no admiten absolutamente el milagro: vuelta a vuelta, en ese estado de espíritu, se han negado los hechos, se ha clamado contra la superchería, pero, entretanto, se los declara todos naturales.
En los tres casos, no se esfuerza uno en estudiarlos, porque se suponen de orden vulgar, o falsos, o inexistentes...
Finalmente, cuando, a pesar de estas desagradables disposiciones de ánimo, llega el caso de que los prodigios son estudiados, se presentan dos escollos: o bien no se estudian los hechos en sí mismos, sino que se trata de probar la existencia de un milagro o su inexistencia: y esto no es ya un estudio sino una defensa o una acusación. O bien se estudian los hechos, pero en un orden exclusivo de ideas: éste estudia los hechos luminosos milagrosos, aquél los hechos luminosos metapsíquicos, aquél otro los hechos luminosos fisiológicos.
La ciencia y la religión no admiten ni esas estrecheces, ni esas argucias. El mundo es una armonía en la que todo se correlaciona y cuanto más penetramos en su conocimiento, tanto más llegamos al conocimiento de Dios.
¿Qué hemos hallado en este estudio de los prodigios biológicos? ¿Qué supersticiones hemos debido destruir? ¿Cuántos falsos milagros hemos debido voltear de sus pedestales? No hemos hallado ni falsos milagros ni supersticiones; todos esos prodigios, de que desconfían los tímidos, nos han aparecido en mi complejidad, tocando por un lado las propiedades morales de los cuerpos y de las cosas y, por el otro, la Omnipotencia de Dios.
De los hechos que la Iglesia ha considerado o permitido considerar como milagrosos, sin garantizarlos como tales y sin imponerlos a nuestra fe, ninguno nos ha parecido menos digno de Dios, de lo que no haya sido considerado en el curso de los siglos. Por el contrario, de la comparación con los hechos similares de orden fisiológico, patológico o metapsíquico, los prodigios biológicos religiosos se han demostrado de una trascendencia sin igual.
Más aún, en lugar de la concepción simplista: "milagro o no milagro", hemos visto insertarse entre las dos clases una tercera, la de "las consecuencias biológicas de la vida mística": hemos visto asociarse a la obra de Dios, la de los ángeles, y combatirla o parodiarla, la de los demonios.
Por eso, nuestros prodigios biológicos aparecen como un resumen de las acciones naturales y sobrenaturales y de las repercusiones mutuas de unos y otros.
Y en esta complejidad armoniosa hemos encontrado los milagros que exige la teología, donde las fuerzas naturales son vencidas, excedidas o anuladas; pero también los que la ciencia tiene derecho y la alegría de reconocer, donde las fuerzas naturales no parecen lógicamente en juego, y donde la acción de Dios —científicamente— es la más probable.
Horizontes de conocimientos, verdad de la Iglesia, gloria de Dios, tales nos aparecen los prodigios biológicos corporales.

De muchos milagros que hizo San Vicente Ferrer viviendo


Antes que tratemos de los milagros que hizo San Vicente después de muerto, será bien pongamos algunos otros que hizo viviendo, los cuales no he tenido lugar de poner hasta ahora por no saber el tiempo o el lugar donde los hizo. En un pueblo donde San Vicente era llegado, había una mujer endemoniada que nombraba por sus propios nombres a todos los hombres y mujeres de Valencia que se hallaban en compañía del Santo, con ser verdad que nunca había estado en Valencia ni los conocía. Esta le fué traída delante, y en verse el demonio allí se salió de la mujer, que no fué menester conjuro ni exorcismo alguno. Y el mismo testigo que vio esto, el cual era hombre de letras, dice que vino San Vicente a tener esta gracia de echar los demonios tan perfectamente, que sólo en ser traídos los endemoniados una vez a su presencia, eran libres. Y cierto es cosa que lleva camino, porque como él les perseguía tanto, estaban tan amedrentados y hostigados, que en verse delante de él no osaban esperar sus conjuros, así como se escribe de San Antonio, que con ser verdad que había sido muy perseguido de los demonios en algún tiempo, después le cobraron tanto miedo que en oír su nombre desamparaban las personas a quien tenían tiranizadas. De suerte que no hay maravillarse de lo que Flaminio y otros escriben que San Vicente echó el demonio de 66 personas, y esto mientras vivió, porque Flaminio no escribe los milagros que hizo después de muerto.
Entre los que seguían al Santo, hubo un hombre que no creía en sus milagros, y, con todo, le seguía porque gustaba de su doctrina. Caminando, pues, el Santo hacia Castilla, acompañado de mucha gente, que con el cansancio y necesidad de mantenimiento ya desfallecía, volviéndose a ellos les dijo: Confiad en Dios, hijos, que tras este cerro que tenemos delante hallaremos una venta donde seremos bien hospedados. Subiendo la gente el recuesto, vieron en el camino una venta que parecía nuevamente edificada y el huéped los recibió con muy buen rostro, y les dio mejor recaudo que ellos pudieran desear. Salidos de allí, ya que tenían andado algún poco de camino, llamó San Vicente al incrédulo que antes dije, y rogóle que fuese al lugar donde había comido, y le trajese un bonetillo que se le había quedado en la venta. Fué el hombre allá corriendo, y mirando a una parte y otra, no vio mesón ni rastro de él, ni persona alguna, sino el bonete colgado de un árbol por del camino. Por do parece que toda la comida, y aun el mesón había sido cosa aparejada de presto, por manos de los santos ángeles, con lo cual el incrédulo dióse de allí adelante a las cosas del Santo. El mismo día dio San Vicente la habla a una muda que le vino al encuentro.
Otra vez, estando en un desierto con algunos millares de hombres, vinieron otros hombres (o si eran ángeles) no conocidos, y trajeron algunos panes, con los cuales todos mataron la hambre suficientemente, y bebieron de un poco de vino que trajeron, sin poderle acabar.
Trájole una mujer en brazos un hijo que se había muerto, y el Santo, hecha una breve oración, le dijo: Vete, buena mujer, y alaba de continuo a Dios, que tu hijo duerme, y antes que entres en tu casa despertará. No hubo bien llegado a la puerta de su posada, cuando ya el niño aparecía vivo.
Cierto hombre enemigo de San Vicente se quiso hallar en un sermón suyo para coger algo con que pudiese infamarle, y por justo juicio de Dios, que sensiblemente responde a veces por sus santos, se apoderó de él el demonio, y como el Santo le quisiese lanzar de aquel cuerpo, respondió el demonio: No me podrás echar de aquí hasta que haya tomado venganza de este bellaco que te quería calumniar. Mas el Santo replicó: Siervo soy y vasallo de Jesucristo, el cual rogó por sus enemigos, y así en su nombre te mando que salgas de ahí. Salió el demonio con un bramido terrible, dejando tras sí un olor insufrible de alcrevite, y el hombre quedó medio muerto. Mandó entonces San Vicente a uno de sus discípulos que se quedase allí hasta que volviese en sí el hombre, y que luego le confesase.
A otro enemigo del Santo le acaeció otra cosa más notable. Habíanle difamado de ciertas cosas malas, y sin volverle la fama, le tomó la muerte, en la cual, aunque tuvo contrición y murió en gracia de Dios, no tuvo tiempo para hacer la satisfacción que era obligada. Estuvo, pues, algún tiempo en el purgatorio, pagando la pena que por sus pecados debía, y poco antes de acabar su pena por mandato de Dios volvió a este mundo y apareció a San Vicente pidiéndole perdón de la infamia, y concediéndosele él, se fué al cielo. Este milagro se hallará en el primer sermón que él hace en el domingo de Quasi modo o In albis, que todo es uno.
Un rey de Aragón (no sé si sería don Martín o don Fernando el Primero, que entrambos fueron muy devotos de San Vicente), quiso hablar al Santo en su celda. Y entrando en ella, como le hallase puesto en oración y que alrededor de él había grandísima claridad, quedó tan atónito que se volvió a salir sin hablarle palabra. Después, platicando San Vicente con el rey, entendió que le había visto de la manera ya dicha y se entristeció de ello notablemente, y dijo al rey que le había enojado mucho. No contento con esto, reprendió gravemente al compañero que tenía cargo de su celda, y le dijo que por haber dado entrada al rey en su celda en aquella hora le castigaría Dios con siete años de calentura. Y en efecto, las tuvo todo aquel tiempo sin que jamás el Santo arrostrase quererle sanar. En lo cual se muestra no solamente que los Santos con tanto tratar con Dios toman sus condiciones, y castigan en este mundo a sus amigos ásperamente por culpas livianas, sino también cuan grande era la paciencia y humildad de aquel pobre religioso, que con ver cada día al Santo hacer milagros y sanar enfermos, y que nunca trataba de su remedio, no por eso se enojó ni dejó su compañía, antes le siguió hasta Bretaña, como lo dice un testigo en el proceso.
Muchas mujeres estériles que no podían parir le rogaban que hiciese oración por ellas porque les diese Dios fruto de bendición. A las cuales él respondía que si querían alcanzar de Dios lo que deseaban, que viviesen bien y se guardasen de pecar e hiciesen muchas veces oración; y, entre otras cosas, les encargaba que viviesen bien y que no negasen el débito a sus maridos, y que cada día, a la mañana y a la tarde, dijesen el Pater Noster y el Ave María y un Credo, y si no sabían decir salterio beati omnes qui timent Dominum, a lo menos le hiciesen decir. Y quiso Dios que muchas de ellas alcanzasen a tener hijos con estas devociones.
En un lugar de Aragón o Cataluña (que en esto hay opiniones aunque en la substancia del caso todos convienen), día de San Pedro y San Pablo, acabando la misa y queriéndose ya desnudar de la ropa sagrada para predicar, veis aquí que el cielo se anubla y se mueve un torbellino y tempestad horrible de truenos y relámpagos y rayos, como si se cayese el cielo. Tomó el Santo entonces agua bendita y echando de ella hacia el cielo hizo la señal de la cruz contra la tempestad. Y como si su bendición fuera un bravo viento, luego desaparecieron las nubes y quedó el cielo muy claro y sereno. Después, como dicen Surio y otros, subiéndose en un pulpito dijo a la gente: "Si no rogaran por vosotros los santos apóstoles, no dejara la tempestad hoja ninguna en los árboles, ni en los prados y campos cosa verde. Mas no os aflijáis del todo, que antes de un año volverá otra tempestad espantable: por eso rogad a Dios que os guarde y que ampare vuestras heredades. Pasados once meses vino la mesma llaga otra vez.
En Berca había predicado devotísimamente el nombre de Jesús, y cierto día, como se tomase a llover, entráronse unos cristianos en un horno de un moro, y recogiéronse en una parte de la casa donde había mucha leña seca. Dijo entonces una mujer al moro: "Hermano, ¿por qué tú nunca vas al sermón del santo padre?" El otro, con una furia del diablo, le respondió: "Oh, maldito sea vuestro padre santo; a fe que ahora veremos si os valdrán sus santidades"; y, diciendo y haciendo, puso fuego a la leña, el cual prendió tan de veras en ella, que antes que los cristianos se pudiesen rebullir, se vieron cercados de las llamas. Y como no tuviesen remedio ninguno, tornáronse a dar voces invocando el nombre de Jesucristo y de su siervo fray Vicente. Favorecióles milagrosamente nuestro Señor, y en un punto apagóse por sí mesmo el fuego. Lo cual visto por el moro, luego dijo que se quería bautizar, y de hecho recibió de allí a tres días el bautismo de mano de San Vicente, y perseveró en el santo propósito del cristianismo.

martes, 28 de junio de 2011

DIES IRAE


Oh! aquel día de venganzas que horroriza!...
Este mundo trocárase en vil ceniza:
La Sibyla con David lo profetiza!

¡Qué espantosas convulsiones de pavor
Cuando venga como juez Nuestro Señor
A pesar todas las cosos con rigor!

La trompeta de admirables vibraciones
Los sepulcros llenará de las naciones
y ante el trono arrojará los corazones.

Y la muerte estupefacta y la natura,
Mirarán el resurgir de la creatura
Que ante el Juez va a responder de su locura...

Sacarán el libro aquel, en donde escrito
Sin que falte nada. nada! está el delito
De que al mundo va a juzgar el Infinito.

Una vez que se ha sentado el Juez terrible,
Aún el crimen más oculto está visible:
Dejar algo sin castigo, es imposible!

Yo, qué digo miserable, en esa hora?
A quién pide amparo mi alma, a quién implora
Cuando apenas, solo el justo es quien no llora?

Rey divino de tremenda majestad;
Tú que salvas a los justos, por bondad,
Sálvame, ya que eres fuente de piedad!!

No te olvides, no te olvides, Jesús bueno.
De que fuiste por mi causa el Nazareno. . .
No me arrojes aquel dia de tu Seno!. . .

Por buscarme te sentaste faligado.
Por comprarme ¡yo te vi crucificado!
¡Que no sea tanto empeño defraudado!

Justo Juez de las venganzas: de tus dones
Uno pido y es, Señor, que me perdones
Cuando no juzgues aun los corazones!

Como reo estoy gimiendo en tu presencia.
Ya mi rostro se encendió en la penitencia.
Haz, que alance, ¡oh Dios! mi ruego, tu clemencia!

A María Magdalena perdonaste,
Del ladrón la humilde súplica escuchaste,
Y con eso mi esperanza Tú engendraste!

Ser oído no merece, no, mi ruego;
Mas benigno Tú, Señor, de bondad ciego.
No permitas que me abrace eterno fuego!

Quiero ser de los corderos. Oh Jesús!
Róbame de las tinieblas a la luz
Colocándome a la diestra de tu Cruz!

Cuando rueden confundidos los malditos
A quemarse en los tormentos infinitos;
De tu Padre, llámame con los benditos!

Yo te ruego suplicante, prosternado.
Hecho polvo el corazón, despedazado.
Que recibas mi última hora a tu cuidado.

Día espantoso aquel, de llanto y de tristeza!
Reo, el hombre se alzará de la paveza
De los mundos, a que juzgues su vileza. . .

Para él, pido el perdón! Y, si lo alcanzo.
Oh Señor, dulce Jesús, piadoso y manso
Da a tus hijos que murieron el descanso.

Mons. Vicente M. Camacho
Marzo 1926.

viernes, 24 de junio de 2011

ENCICLICA "UBI NOS..."

PÍO IX
Carta Encíclica sobre los Estados Pontificios y nulidad de las garantías
Del 15 de mayo de 1871
Venerables Hermanos, salud y bendición apostólica
1. La persecución y sus frutos
Cuando Nos, por secreto designio de Dios, reducidos bajo una potestad hostil, vimos la triste y acerba suerte de esta Nuestra Urbe y el Principado civil de la Sede Apostólica sojuzgado por la invasión armada, por la carta a vosotros enviada el día primero de noviembre del año próximo pasado, os dedicamos a vosotros y por vuestro medio a todo el orbe católico cuál fuese el estado de Nuestras cosas y de esta urbe y qué impíos y desenfrenados excesos Nos oprimiesen; cuando afirmamos delante de Dios y de los hombres, según lo exigía Nuestro supremo cargo, que queríamos mantener salvos e íntegros los derechos de esta Sede Apostólica, os excitamos a vosotros y a todos los fieles encomendados a Nuestros cuidados a aplacar con fervientes plegarias a la Divina Majestad. Desde entonces los males y calamidades que luctuosos experimentos presagiaban para Nosotros y esta Urbe, redundaron de hecho con exceso, mermándolas, en la dignidad y autoridad apostólicas, en la santidad de la Religión y de las costumbres y en Nuestros dilectísimos súbditos. Ni es esto sólo, venerables Hermanos, puesto que agravándose cada día más la situación, Nos vemos obligados a decir con San Bernardo: principios de los males son éstos, tememos cosas peores [1]. La iniquidad no ceja en sus designios, promueve consejos y ya no se preocupa mucho en ocultar sus pésimas obras, imposibles de encubrir, procurando aprovechar los últimos despojos de la justicia, honestidad y Religión conculcadas. En medio de estas angustias que llenan Nuestros días de amargura, sobre todo cuando pensamos a qué peligros y asechanzas se ven expuestas la fe y la virtud de Nuestro pueblo, no podemos dejar de recordar sin gratísimo gozo Nuestro, vuestros eximios méritos, Venerables Hermanos, y los de los amados hijos que abraza vuestra solicitud. Pues en todas partes los fieles siguiéndoos a vosotros como guía y ejemplo, respondieron con admirable decisión a Nuestras exhortaciones y desde aquel infausto día en que fue tomada esta Urbe insistieron en asiduas y fervorosas plegarias y ya con preces públicas, ya con sagradas peregrinaciones, ya frecuentando sin intermisión las iglesias y recibiendo los sacramentos, o bien ofreciendo las demás principales obras de la virtud cristiana, juzgaron ser de deber suyo acercarse al trono de la clemencia divina. Y no pueden quedar sin abundantísimo fruto estas encendidas plegarias delante de Dios. Pues muchos más bienes de los que ya de esto se han derivado, se nos prometen y con esperanza y fe los esperamos; vemos la firmeza de la fe, el ardor de la caridad acrecentarse cada día, contemplamos una solicitud tal en los ánimos de los fieles cristianos por los trabajos de esta Sede y del Supremo Pastor que sólo Dios pudo producir, y es tanta la unidad de las mentes y voluntades que desde los primeros tiempos de la Iglesia hasta nuestros días nunca pudo decirse con más esplendor y verdad que la muchedumbre de los creyentes era un solo corazón y una sola alma [2]. Al referirnos a este espectáculo de virtud no podemos dejar de hablaros acerca de Nuestros amantísimos hijos ciudadanos de esta alma Urbe pertenecientes a todas las clases y órdenes sociales, aun los más encumbrados, cuyo amor y piedad hacia Nosotros, cuya firmeza no superada por las dificultades y magnanimidad, no ya digna sino émula de sus antepasados, espléndidamente brilló y brilla todavía. Damos pues, a Dios misericordioso, inmortal gloria y acción de gracias por vosotros, Venerables Hermanos, y por Nuestros amados hijos los cristianos, puesto que ha obrado y obra tales maravillas en vosotros y en su Iglesia y ha hecho que sobreabundando la malicia sobreabundase la gracia de la fe, caridad y confesión. "¿Cuál es pues, nuestra esperanza, nuestro gozo y corona de gloria? ¿No lo sois acaso vosotros delante de Dios? El hijo sabio es la gloria de su padre. Favorézcaos pues Dios y acuérdese del fiel servicio y piadosa compasión, consolación y honor que prestasteis y prestáis en los tiempos adversos y en los días de aflicción a la esposa de su Hijo [3].
2. Simulación de los perseguidores
Pero entre tanto, el gobierno del Piamonte mientras por una parte se apresura a ridiculizar la Urbe ante el mundo entero [4], por otra, para engañar a los católicos y calmar su ansiedad, se preocupó por disponer ciertas fútiles inmunidades y privilegios que vulgarmente llaman garantías, con la mira de que las aceptáramos en lugar del Principado civil de que Nos despojó con una larga serie de maquinaciones y con armas parricidas. Nosotros ya declaramos Nuestro juicio acerca de esas inmunidades y cauciones, Venerables Hermanos, señalando su absurdo, la astucia e ironía en la carta escrita el 2 de marzo a Nuestro Venerable hermano Constantino Patrizi, cardenal de la Santa Romana Iglesia, decano del Sacro Colegio, Vicario Nuestro en la Urbe, que no hace mucho fue publicada por la prensa.
3. Dolor por los últimos sucesos
Pero como quiera que es costumbre del gobierno del Piamente unir una perpetua y torpe simulación con un imprudente desprecio contra la pontificia dignidad y autoridad, y con los hechos mostró que nada le importaban Nuestras protestas, postulaciones y censuras; de aquí que no obstante haber expresado Nuestro juicio acerca de las predichas cauciones, no desistió de urgir y promover su discusión ante los Supremos Ordenes del Reino, como si se tratara de un negocio serio. En esa discusión apareció claramente tanto la verdad de Nuestro juicio sobre la naturaleza e índole de aquellas cauciones como el inútil esfuerzo de los enemigos para velar su malicia y fraude. Ciertamente es increíble, Venerables Hermanos, que tantos errores abiertamente repugnantes a la fe católica y aun a los mismos fundamentos del derecho natural y tantas blasfemias como se profirieron en aquella ocasión, hayan podido tener lugar en medio de esta Italia que siempre se glorió y se gloría principalmente del culto de la Religión católica y de la Sede Apostólica del Romano Pontífice, y por cierto que, gracias a la protección de Dios sobre su Iglesia, son enteramente otros los sentimientos que en realidad alimentan a la gran mayoría de los italianos que con Nosotros gime y deplora esta nueva e inaudita forma de sacrilegio y con insignes y cada día mayores manifestaciones de su piedad nos demostró que está unida en el espíritu y en los sentimientos con los demás fíeles del Orbe.
4. Nulidad de las garantías
Por lo cual Nosotros, Venerables Hermanos, os dirigimos nuevamente la palabra y si bien los fieles a vosotros encomendados, ya con sus cartas ya con gravísimos documentos de protesta abiertamente han manifestado con cuanto disgusto sufren la situación que Nos oprime y cuanto disten de ser engañados con las falacias que se encubren bajo el nombre de cauciones, con todo juzgamos ser obligación de Nuestro oficio apostólico declararos solemnemente a vosotros y a todo el Orbe que no sólo las llamadas cauciones y que vanamente han sido dispuestas por el gobierno subalpino, sino cualquier clase de títulos, honores, inmunidades y privilegios y cuanto sobrevenga con el nombre de cauciones o garantías, de ninguna manera pueden servir para asegurar el expedito y libre uso de la potestad a Nosotros divinamente confiada y para proteger la necesaria libertad de la Iglesia.
5. La Iglesia nunca podrá aceptar conciliaciones que menoscaben sus derechos
Siendo así las cosas, como muchas veces declaramos y afirmamos, Nosotros no podemos admitir ninguna conciliación que de alguna manera destruya o menoscabe Nuestros derechos, que son los derechos de Dios y de la Santa Sede, sin incurrir en culpa por violación de la fidelidad prometida bajo juramento; por eso ahora por considerarlo obligación de Nuestro oficio, declaramos que nunca admitiremos o aceptaremos ni podremos admitir o aceptar aquellas cauciones o garantías excogitadas por el gobierno piamontés, cualquiera sea su forma, ni otras cosas similares de cualquier género o de cualquier manera sancionadas nos ofrecieren con el pretexto de proteger a Nuestra sagrada potestad y libertad en lugar y en sustitución del Principado civil, con el que la Divina Providencia quiso proteger y acrecentar la Santa Sede Apostólica que Nos confirman tantos legítimos e inconcursos títulos, como la posesión de más de once siglos.
6. La Iglesia no puede estar sometida a un poder civil.
Necesariamente comprenderá con evidencia cualquiera que, al estar sujeto el Romano Pontífice a la dominación de otro príncipe, ni tendría ya verdaderamente en el orden político la potestad suprema, ni podría —sea que se considere su persona o los actos del ministerio apostólico—, sustraerse al arbitrio de aquel gobierno al que estaría sometido, el cual podría ser herético o perseguidor de la Iglesia y encontrarse en guerra o estado de guerra con otros príncipes. Y en efecto, esta misma concesión de seguridades a que nos referimos ¿no es por sí misma un clarísimo testimonio de que a Nosotros, a quienes ha sido dada por Dios la autoridad de promulgar leyes referentes al orden moral y religioso y que estamos constituidos como intérpretes del derecho natural y divino en todo el orbe, se Nos imponen leyes y tales leyes que se vinculan con el gobierno de toda la Iglesia y sin otro derecho acerca de su conservación y ejecución que lo que prescribe y determina la voluntad del poder civil? Por lo que respecta a las relaciones entre la Iglesia y la sociedad civil, bien sabéis, Venerables Hermanos, que todas las prerrogativas y todos los derechos de autoridad necesarios para regir la Iglesia Universal, los recibimos Nosotros, a través de la persona del Bienaventurado Pedro, directamente del mismo Dios y aún más que todas esas prerrogativas y derechos y la misma libertad de la Iglesia fue lograda por la sangre de Jesucristo y debe ser estimada por el infinito precio de su divina sangre. Nosotros, ciertamente, corresponderíamos muy mal a la Sangre de Nuestro Divino Redentor, lo que Dios no permita, si negociáramos con los príncipes de la tierra estos derechos Nuestros, sobre todo en las condiciones en que ahora se Nos ofrecen tan disminuidos y adulterados. Hijos y no señores de la Iglesia son los príncipes cristianos a los que muy bien hablaba aquella gran lumbrera de santidad y dortrina Anselmo arzobispo de Cantorbery: "No juzguéis que la Iglesia de Dios os ha sido dada para serviros como a señores, sino que os ha sido encomendada como abogados y defensores. Nada ama Dios más en este mundo que la libertad de su Iglesia" [5]. Exhortándolos escribía en otro lugar: "Nunca juzguéis que se disminuye la dignidad de vuestro encumbramiento si amáis y defendéis la libertad de la Iglesia, Esposa de Dios y Madre Nuestra, no juzguéis que os humilláis al fortalecerla. Ved, mirad a vuestro alrededor; los ejemplos abundan; considerad qué aprovechan y en qué paran los príncipes que la impugnan y conculcan. A la vista está, no es necesario decirlo. Ciertamente, los que la glorifiquen, con ella y en ella se glorificarán" [6].
7. La libertad de la Iglesia está ligada al bien universal.
Ahora pues, por las cosas que en otras ocasiones y recientemente os expusimos, Venerables Hermanos, a nadie se oculta que la injuria hecha a la Santa Sede en estos tiempos calamitosos redunda en toda la República Cristiana. Como decía san Bernardo a todos los cristianos de la tierra, atañe la injuria hecha al glorioso Príncipe de los Apóstoles y como quiera que, según expresión del predicho San Anselmo, la Iglesia Romana trabaja para todas las Iglesias, quien le quita lo suyo, se hace reo de sacrilegio, no sólo contra ella sino contra todas las Iglesias [7]. Ni puede para nadie ser motivo de duda que la conservación de los derechos de esta Sede Apostólica está estrechamente ligada con las supremas conveniencias y utilidades de la Iglesia Universal y con la libertad de vuestro ministerio episcopal.
Reflexionando Nosotros sobre Nuestra obligación y considerando todas estas cosas, Nos vemos obligados a confirmar una vez más y a profesar constantemente lo que muchas veces declaramos con unánime consentimiento vuestro, o sea, que el principado civil de la Santa Sede fue por singular decreto de la Divina Providencia dado al Romano Pontífice y que el mismo es necesario para que el Romano Pontífice, no sujeto jamás a ningún príncipe o potestad civil, pueda ejercer con plenísima libertad por la Universal Iglesia Católica la potestad y autoridad divinamente recibida del mismo Cristo Señor Nuestro y mirar por el mayor bien, utilidad y necesidades de la misma Iglesia. Entendiendo esto, vosotros, Venerables Hermanos, y con vosotros los fieles encomendados a vuestro cuidado, con razón os conmovisteis por causa de la religión, justicia y tranquilidad que son los fundamentos de todos los bienes, e ilustrando a la Iglesia de Dios con un digno espectáculo de fe, piedad, constancia y un ejemplo nuevo, admirable en sus anales.
8. Exhortación a rogar por la libertad de la Iglesia
Por cuanto el Dios de las misericordias es autor de estos bienes, elevando a El Nuestros ojos, corazones y esperanzas, sin interrupción le rogamos que confirme, robustezca y aumente vuestros preclaros sentimientos y los de los fieles y la común piedad, amor y celo; a vosotros y a los pueblos encomendados a vuestra vigilancia intensamente exhortamos a que cada día con más firmeza y fervor cuanto más recrudece el combate, claméis con Nosotros al Señor para que se digne adelantar los días de su propiciación. Quiera Dios que los príncipes de la tierra a quienes en gran manera interesa que la usurpación que Nosotros padecemos, no se establezca vigorice, como ejemplo para ruina de toda potestad y orden, se unan todos en concordia de almas y voluntades, y, quitadas las disensiones, tranquilizadas las perturbaciones de los rebeldes, desbaratados los criminales planes de las sectas, junten sus esfuerzos para que sean restituidos a esta Santa Sede sus derechos y con ellos a la cabeza visible de la Iglesia su plena libertad y a la sociedad civil la tranquilidad deseada. Ni debéis pedir con menor intensidad, Venerables Hermanos, a la divina clemencia en vuestras preces y las de vuestros que convierta a la penitencia los corazones de los impíos, y, disipando la ceguedad de sus mentes antes que sobrevenga el día del Señor, grande y terrible, o bien reprimiendo sus malignos planes muestre cuan vanos e insensatos son los que se esfuerzan en derrocar la piedra fundada por Cristo y violar los divinos privilegios [8]. En estas plegarias deben fundamentarse fielmente Nuestras esperanzas en Dios: ¿Creéis que podrá Dios apartar de su queridísima esposa cuando clamare contra aquellos que la angustian? ¿Cómo no reconocerá el hueso de sus huesos, la carne de su carne y aun en cierta manera el espíritu de su espíritu? Es ciertamente esta la hora de la maldad y del poder tinieblas [9]. Por lo demás, es la hora última y ese poder pronto pasa. La virtud de Dios y la sabiduría de Dios, Cristo, está con nosotros e interviene en la causa. Confiad, El venció al mundo [10]. Mientras tanto con magnanimidad y fe cierta sigamos la voz de la eterna Verdad que dice: Lucha a favor de la justicia exponiendo tu vida, y hasta la muerte combate por la justicia, y vencerá Dios por ti a tus enemigos [11].
9. La Bendición Apostólica
Suplicando a Dios de lo profundo de Nuestro ánimo que os conceda a vosotros, Venerables Hermanos, y a todos los clérigos y fieles laicos encomendados al cuidado de cada uno de vosotros, os impartimos amorosamente a vosotros y a los mismos amados hijos, la Bendición Apostólica, prenda de Nuestro singular e íntimo amor hacia vosotros y ellos.
Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 15 de mayo de 1871, de Nuestro Pontificado el año vigésimo quinto. Pío IX.

[1] S. Bernardo, Epist. 243 n. 4 (Migne PL. 182, col. 439-C)
[2] Act. 4, 32.
[3] S. Bernardo, Epist. 238 y 130 (Migne PL. 182, col. 428-B)
[4] S. Bernardo, Epist. 243 n. 3 (Migne PL. 182, col. 439-A)
[5] S. Anselmo de Cantorb., Carta 8. 1, 4
[6] S. Anselmo de Cantorb., Carta 12. 1, 4
[7] S. Anselmo, Carta 42. 1, 3.
[8] S. Gregorio VII, Carta 6 1, 3
[9] Lucas 22, 53; S. Bernardo, Carta 126 nrs. 6 y 14 (Migne PL. 182, col. 275-B y C; col. 280 D-282 A)
[10] Juan 16, 33
[11] Eclesiástico 4, 33

jueves, 23 de junio de 2011

La Iglesia y el Estado. Escuelas privadas y escuelas del Estado.

Si el Papa mandase a los católicos que desobedeciesen a los Gobiernos en materias puramente civiles, ¿estarían los católicos obligados a obedecer a la orden del Papa?
No, señor; en ese caso, los católicos no estariamos obligados a obedecer al Papa. Pero estamos seguros de que el Papa no ha de dar un paso semejante. Si diera ese paso, él mismo vería que se contradecía, pues mientras por un lado afirma que su campo de acción es la fe, la religión, las buenas costumbres..., por otro legisla sobre asuntos civiles que incumben únicamente a la sociedad civil. El sabe muy bien que Dios le da autoridad y le asiste para que gobierne su Iglesia, no para que se entremeta en las cosas que no son de la Iglesia. Hay en la Historia no pocos casos de naciones católicas que, aunque reconocían plenamente la supremacía del Papa en materias espirituales, se opusieron a sus decisiones en cuestiones de política. Cuando el Papa Pío V excomulgó a Isabel de Inglaterra, en 1571, Carlos IX de Francia, Felipe II y el emperador Maximiliano II se negaron a reconocer la Bula, de donde coligieron los católicos ingleses que tampoco ellos estaban obligados a obedecer donde los demás católicos desobedecían. Aunque la Bula decía abiertamente que asistir a las iglesias protestantes por mandato de Isabel era rechazar el catolicismo, sin embargo, los católicos se mantuvieron leales a su reina. Aun los mártires en el patíbulo, que morían por la religión católica, pregonaban la lealtad a la reina Isabel, que los condenaba. Pero téngase en cuenta que aun los actos puramente civiles tienen un aspecto moral y deben subordinarse al orden puesto por Dios para la convivencia humana.

¿No es cierto que los Papas, especialmente Pío IX en el Syllabus, han condenado la separación de la Iglesia y del Estado? ¿No les conviene a los dos esta separación?
Conviene tener ideas claras en este particular. El Syllabus es un índice o colección de doctrinas falsas condenadas previamente por los Papas Gregorio XVI y Pío IX en varias de sus Encíclicas, Breves y Letras apostólicas. Algunos creen que cuando el Papa condena una proposición, la contraria es verdadera. No es ésta la verdadera, sino la contradictoria, que no es lo mismo. "Supongamos—dice el cardenal Newman a este propósito—que tú me dices que todos los negros se apellidan Johnson. Cuando yo te respondo que esto es falso no quiero decir que no hay ningún negro que se apellide Johnson, sino que no todos los negros se apellidan así." Por tanto, cuando el Papa condenala proposición 55 del Syllabus, que dice: "La Iglesia debe ser separada del Estado y el Estado de la Iglesia", lo que quiere dar a entender el Papa es que no siempre han de estar separados la Iglesia y el Estado. Solamente los fanáticos e intolerantes que creen que estas dos sociedades perfectas han de estar por fuerza separadas pueden quejarse de esta condenación, por otra parte, tan razonable.
El ideal sería que la Iglesia y el Estado fuesen a una estrechamente unidos y ayudándose mutuamente: que, al fin y al cabo, la Iglesia fue instituida para todos los hombres y el Estado está compuesto de hombres; pero como hoy día corren otros vientos y otras ideas y las circunstancias son muy diversas de las de la Edad Media, decimos que la Iglesia se adapta a las actuales circunstancias y desempeña libremente sus funciones espirituales, prescindiendo en absoluto de la unión y de la forma de gobierno. En la Edad Media, los dos poderes estaban, por decirlo así, identificados, y la Iglesia florecía y prosperaba: hoy la Iglesia está tan floreciente como en sus mejores tiempos, lo mismo en las naciones católicas, que reconocen la religión católica como la religión oficial del Estado, que en las naciones unidas por el Vaticano sólo por un concordato, o sin relaciones algunas con el Vicario de Cristo, como acontece en los Estados Unidos. Para muchos latinos, la fórmula "separación de la Iglesia y del Estado" es sinónima de aplastamiento de la Iglesia por el Estado. Esto es una monstruosidad y el colmo del fanatismo y de la intolerancia. En resolución, cada pueblo debe pensar seriamente qué es lo que más le conviene, dado el estado de cosas del país, y obrar en conformidad con eso. La Iglesia está siempre dispuesta a entablar negociaciones para bien del Estado y del individuo. Nadie crea que la Iglesia va a entremeterse en lo que concierne al Estado; no. Por el contrario, el Estado es el que empieza siempre los disturbios y desavenencias, como lo prueba la Historia.
El fin de la sociedad civil es la prosperidad material del pueblo, dando al individuo medios y protección para eso; mientras que el fin de la Iglesia es el bien espiritual de todos los hombres, dándoles los medios necesarios para ello, a fin de que vivan y mueran en gracia de Dios y se salven. Absolutamente hablando, los dos poderes pueden vivir separados; pero, en general, debemos aspirar a una unión, mientras más íntima mejor, para que no sólo el individuo, sino también la nación entera, puedan gloriarse de tener por Madre a la Iglesia que Cristo fundó para que nos enseñe el camino del cielo y nos dé medios para caminar por él hasta el fin.

¿Es la Iglesia católica partidaria de que se traiga a ella la gente por fuerza, como aconteció en los días de Carlomagno, Luis XIV y ciertos reyes de España, que lo hacían así con los moros y los judíos?
La Iglesia no es responsable de lo que hayan hecho ciertos monarcas que, por motivos políticos, o por avaricia, o por demasiado celo, se han valido de la fuerza para convertir a sus subditos a la religión católica. Cuando Carlomagno empezó a forzar a los sajones paganos a que se convirtiesen, Alcuino y Arno de Salzburgo le repredieron por ello. El Papa Inocencio XI reprendió a Luis XIV por sus violencias contra los hugonotes, y acudió a Jacobo II de Inglaterra para que interpusiera su favor con el rey de Francia en defensa de los perseguidos hugonotes. Finalmente, Sixto IV no cesaba de protestar contra las arbitrariedades e injusticias de la Inquisición española. El sentir de la Iglesia en este punto está magistralmente declarado en los escritos de Tertuliano, Orígenes, San Cipriano, Lactancio, San Hilario y otros.
Dice Tertuliano: "Es un derecho fundamental y un privilegio natural que cada uno dé culto a Dios conforme a sus convicciones. La religión no dice que se imponga la religión. Esta debe ser abrazada libremente, no forzada" (Ad Scapulam 2, 2).
Orígenes: "Es imposible armonizar la legislación de Moisés con el llamamiento que nosotros hacemos a los gentiles... Porque a los cristianos no nos es lícito matar a los enemigos, ni condenar, como Moisés condenaba, a los que desobedezcan la ley, quemándolos o apedreándolos" (Contra Celsum 7, 26).
San Cipriano escribe: "Ahora que entre los fieles la circuncisión de la carne se ha sustituido por la del espíritu, a los soberbios y contumaces se los mata con la espada del espíritu arrojándolos del seno de la Iglesia" (Ad Pomponium. carta 82).
Lactancio: "En modo alguno se puede justificar la violencia y la injusticia, pues la religión no se puede imponer a viva fuerza. Es éste un negocio que pertenece a la voluntad, la cual es influenciada por la doctrina, no por los garrotes. A la religión se la defiende muriendo, no matando; con paciencia, no con crueldad; con fe, no con crimen... El que pretenda defender la religión con derramamiento de sangre ajena, con torturas y con crímenes, sepa que no la defiende, sino que la ensucia y la profana. Porque no hay cosa que así dependa del libre albedrío como la religión" (Divi. Insti 5, 20).
Finalmente, San Hilario de Poitiers, desterrado cuatro años por el arriano emperador Constancio, escribe: "Hoy que el Estado obliga a abrazar la fe divina por la fuerza, los hombres dicen que Cristo no tiene poder. La Iglesia amenaza con destierro y con calabozos. Esa Iglesia, en la que antes se creía cuando se estaba en el destierro y en la cárcel, ahora quiere forzar a los hombres a que crean en ella" (Contra Auxentium 4).

¿Por qué se oponen los católicos a las escuelas públicas del Éstado? ¿Por qué tienen ellos sus escuelas privadas? ¿No admiten los católicos que el Estado tiene derecho a educar a los ciudadanos? ¿Quién tiene prioridad de derecho respecto de la educación: la familia o el Estado?
Los católicos no se oponen a las escuelas públicas del Estado. Las miran, sí, con recelo, que no es lo mismo. Si el Estado prohibe la enseñanza de la religión en las escuelas o enseña algo contra ella, ya se ve que los católicos tienen derecho a quejarse y aun a protestar, pues contribuyen con su dinero a la conservación de las escuelas públicas y no es justo que paguen para que se los moleste, especialmente en países donde el porcentaje de católicos es elevadísimo, como acontece en los de lengua española.
En cuestión tan espinosa, preferimos citar a la letra algunos párrafos de la Encíclica de Su Santidad Pío XI sobre la educación cristiana. Veamos lo que responde el Papa a la dificultad propuesta: "Ante todo, pertenece de un modo supereminente a la Iglesia la educación, por dos títulos de orden sobrenatural, exclusivamente concedidos a ella por el mismo Dios, y por esto absolutamente superiores a cualquier otro título de orden natural. El primero consiste en la expresa misión y autoridad suprema del magisterio que le dio su divino Fundador: "A Mí se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, a instruir a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándolas a observar todas las cosas que Yo he mandado. Y estad ciertos que Yo estaré siempre con vosotros hasta la consumación de los siglos." A cual magisterio confirió Cristo la infalibilidad, junto con el mandato de enseñar su doctrina... El segundo título es la maternidad sobrenatural con que la Iglesia, esposa inmaculada de Cristo, engendra, educa y alimenta las almas en la vida de la gracia con sus sacramentos y su enseñanza. Con razón, pues, afirma San Agustín: "No tendrá a Dios por Padre el que rehusare tener a la Iglesia por Madre." Por tanto, en el objeto propio de su misión educativa, es decir, en la fe e instrucción de las costumbres, el mismo Dios ha hecho a la Iglesia partícipe del divino magisterio, y, por beneficio divino, inmune de error; por lo cual es maestra de los hombres, suprema y segurísima, y en sí misma lleva arraigado el derecho inviolable a la libertad de magisterio... Así, pues, con pleno derecho la Iglesia promueve las letras, las ciencias y las artes en cuanto son necesarias o útiles para la educación cristiana, y, además, para toda su obra de la salvación de las almas, aun fundando y manteniendo escuelas e instituciones propias en toda disciplina y en todo grado de cultura. Ni se ha de estimar como ajena a su magisterio maternal la misma educación que llaman física, precisamente porque ésta tiene razón de medio que puede ayudar o dañar a la educación cristiana. Esta obra de la Iglesia en todo género de cultura, así como cede en inmenso provecho de las familias y las naciones, que sin Cristo se pierden..., así no trae el menor inconveniente a las ordenaciones civiles, porque la Iglesia, con su maternal prudencia, no se opone a que sus escuelas e instituciones educativas para los seglares se conforme en cada nación con las legítimas disposiciones de la autoridad civil, y aun está en todo caso dispuesta a ponerse de acuerdo con ésta y a resolver amistosamente las dificultades que pudieran surgir... Con la misión educativa de la Iglesia concuerda admirablemente la misión educativa de la familia, porque ambas proceden de Dios de manera muy semejante. En efecto, a la familia, en el orden natural, comunica Dios inmediatamente la fecundidad, principio de la vida, y consiguientemente principio de educación para la vida, junto con la autoridad, principio de orden... La familia, pues, tiene inmediatamente del Creador la misión y, por tanto, el derecho de educar a la prole; derecho inalienable por estar inseparablemente unido con la estricta obligación; derecho anterior a cualquier derecho de la sociedad civil y del Estado, y, por lo mismo, inviolable por parte de toda potestad terrena. La razón la da el Doctor Angélico: "El hijo, naturalmente es algo del padre...; es, pues, de derecho natural que el hijo, antes del uso de la razón, esté bajo el cuidado del padre. Y sería contra la justicia natural que el niño, antes del uso de la razón, fuese sustraído del cuidado de los padres, o de alguna manera se dispusiese de él contra la voluntad de sus padres." Y como la obligación del cuidado de los padres continúa hasta que la prole esté en condición de proveerse a sí misma, perdura también el mismo inviolable derecho educativo de los padres. "Porque la naturaleza no pretende solamente la generación de la prole, sino también su desarrollo y progreso hasta el perfecto estado del hombre en cuanto es hombre, o ser, el estado de virtud", dice el mismo Doctor Angélico... De este primado de la misión educativa de la Iglesia y de la familia, así como resultan grandísimas ventajas, según hemos visto, para toda la sociedad, así también ningún daño puede seguirse a los verdaderos y propios derechos del Estado respecto a la educación de los ciudadanos conforme al orden por Dios establecido. Estos derechos los ha comunicado a la sociedad civil el mismo Autor de la Naturaleza, no a título de paternidad, como a la Iglesia y a la familia, pero sí por la autoridad que le compete para promover el bien común temporal, que no es otro su fin propio. Por consiguiente, la educación no puede pertenecer a la sociedad civil del mismo modo que pertenece a la Iglesia y a la familia, sino de manera diversa, correspondiente a su fin propio... Por tanto, en orden a la educación, es derecho, o, por mejor decir, deber del Estado proteger en sus leyes el derecho anterior—que arriba dejamos descrito—de la familia en la educación cristiana de la prole; y, por consiguiente, respetar el derecho sobrenatural de la Iglesia sobre tal educación cristiana. Igualmente toca al Estado proteger el mismo derecho en la prole, cuando venga a faltar física o moralmente la obra de los padres por defecto, incapacidad o indignidad, ya que el derecho educativo de ellos, como arriba declaramos, no es absoluto o despótico, sino dependiente de la ley natural y divina y, por tanto, sometido a la autoridad y juicio de la Iglesia y también a la vigilancia y tutela jurídica del Estado en orden al bien común; y, además, la familia no es sociedad perfecta que tenga en sí todos los medios necesarios para su perfeccionamiento. En tal caso, por lo demás excepcional, el Estado no suplanta ya a la familia, sino suple el defecto y lo remedia con medios idóneos, siempre en conformidad con los derechos naturales de la prole y los derechos sobrenaturales de la Iglesia. Además, en general, es derecho y deber del Estado proteger, según las normas de la razón y de la fe, la educación moral, y religiosa de la juventud, removiendo de ella las causas públicas a ella contrarias... Además, el Estado puede exigir y, por tanto, procurar que todos los ciudadanos tengan el conocimiento necesario de sus deberes civiles y nacionales, y cierto grado de cultura intelectual, moral y física que el bien común, atendidas las condiciones de nuestros tiempos, verdaderamente exija. Sin embargo, claro es que en todos estos modos de promover la educación y la instrucción pública y privada, el Estado debe respetar los derechos nativos de la Iglesia y la familia a la educación cristiana, además de observar la justicia distributiva. Por tanto, es injusto e ilícito todo monopolio educativo o escolar que fuerce física o moralmente a las familias a acudir a las escuelas del Estado contra los deberes de la conciencia cristiana, o aun contra sus legítimas preferencias."
Estimamos que bastan estos párrafos para demostrar que la educación no es patrimonio exclusivo del Estado, sino de la Iglesia y de la familia, quedándole al Estado el deber de proteger el derecho de la Iglesia y de la familia. El Estado, claro está, debe favorecer las iniciativas de esas dos sociedades, suplir sus deficiencias con escuelas propias, para el bien común; puede también reservarse las escuelas para empleos oficiales y dar cierta educación cívica para el mismo bien común. Más adelante prueba Pío XI en su Encíclica que el Estado en esto, como en todo, debe estar en armonía con la Iglesia, porque la educación cristiana hace buenos ciudadanos, gana con esto la ciencia y, sobre todo, porque la fe y la ciencia vienen de Dios y no se oponen, antes se ayudan.

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