lunes, 22 de agosto de 2011

EL ESFUERZO

     Hasta ahora, hijo mío, no has tenido más que dejarte llevar en la vida: tu padre, tu madre, tu maestro se encargaban de pensar y de obrar por ti. Eres semejante al pájaro en el nido, que ni siquiera intenta agitar sus alas, porque está seguro que nada le falta.
     Pero hora todo ha cambiado; es necesario lanzarte a la vida donde todo es trabajo, lucha y contradicción, donde no se ocupa más que el lugar que ha conquistado uno mismo a fuerza de energía.
     Desdichadas aquellas almas débiles y desidiosas, ineptas para el combate; serán juguetes o víctimas de aquí abajo, y su vida sin virtud no tendrá derecho allá arriba a alguna recompensa.
     Aprende, pues, la ciencia del esfuerzo; tu título de cristiano te obliga a ello; no serás hijo del Evangelio si no eres hombre de energía y voluntad.
     Si se te dice que el cristianismo es la religión del amor, créelo: es verdad; pero si se te dice que es una religión de inercia, niégalo; el amor que imone no es un amor puramente sentimental, es un amor activo y viviente.
     "El cristianismo es dulce, sin duda, pero porque es fuerte; está lleno de ideas fuertes: de sentimientos fuertes, pide voluntades fuertes, actos fuertes: aprende a sufrir con fuerza, a actuar con fuerza".
     "Tiene audacias que asustarán siempre a ciertas debilidades. Pide un sacrificio de sí mismo, la preferencia de la verdad, de la justicia de Dios a uno mismo, la preferencia del prójimo a uno mismo".
     De este modo no es comprender su religión si no se busca en ella más que lo que halague el corazón, lo consuele y lo arrebate.
     La religión de Cristo nos ha hecho del esfuerzo un deber; hijos de la Iglesia militante, es menester que seamos sus soldados.
     Es necesario que seamos soldados para defendernos del mal, soldados para atacar dentro y fuera de nosotros mismos las potencias del mal; soldados para hacer triunfar el bien en nuestra alma y en el mundo; soldados prestos a verter nuestra sangre por la más santa de las causas.
     Hijo mío, es pues, necesario que seas fuerte, y lo conseguirás también si por un acto inteligente y perseverante sabes trabajar, formar y transformar tu naturaleza.
     ¡A la obra! Podrás conquistarlo todo, cuando hayas conquistado la divina fuerza del alma.

sábado, 20 de agosto de 2011

QUOD APOSTOLICI MUNERIS

SOBRE EL SOCIALISMO, COMUNISMO, NIHILISMO
Carta Encíclica
promulgada por el Papa León XIII
el 28 de diciembre de 1878


LOS NUEVOS ERRORES
DOCTRINA CATOLICA-SOCIALISMO
Nuestro apostólico cargo ya desde el principio de Nuestro pontificado Nos movió, Venerables Hermanos, a no dejar de indicaros, en las Cartas Encíclicas a vosotros dirigidas, la mortal pestilencia que serpentea por las más íntimas entrañas de la sociedad humana y la conduce al peligro extremo de ruina; al mismo tiempo hemos mostrado también los remedios más eficaces para que le fuera devuelta la salud y pudiera escapar de los gravísimos peligros que la amenazan. Pero aquellos males que entonces deplorábamos hasta tal punto han crecido en tan breve tiempo, que otra vez Nos vemos obligados a dirigiros la palabra, como si en Nuestros oídos resonasen las del Profeta: Levanta tu voz, no te detengas; hazla resonar como la trompeta [1].
LOS NUEVOS ERRORES
Causa primera de los males: el alejamiento de Dios
Sociedades secretas; filosofismo, socialismo; otros errores
2. Es fácil comprender, Venerables Hermanos, que Nos hablamos de aquella secta de hombres que, bajo diversos y casi bárbaros nombres de socialistas, comunistas o nihilistas, esparcidos por todo el orbe, y estrechamente coligados entre sí por inicua federación, ya no buscan su defensa en las tinieblas de sus ocultas reuniones, sino que, saliendo a pública luz, confiados y a cara descubierta, se empeñan en llevar a cabo el plan, que tiempo ha concibieron, de trastornar los fundamentos de toda sociedad civil. Estos son ciertamente los que, según atestiguan las divinas páginas, mancillan la carne, desprecian la dominación y blasfeman de la majestad [2].
3. Nada dejan intacto e íntegro de lo que por las leyes humanas y divinas está sabiamente determinado para la seguridad y decoro de la vida. A los poderes superiores -a los cuales, según el Apóstol, toda alma ha de estar sujeta, porque del mismo Dios reciben el derecho de mandar- les niegan la obediencia, y andan predicando la perfecta igualdad de todos los hombres en derechos y deberes. Deshonran la unión natural del hombre y de la mujer, que aun las naciones bárbaras respetan; y debilitan y hasta entregan a la liviandad este vínculo, con el cual se mantiene principalmente la sociedad doméstica.
4. Atraídos, finalmente, por la codicia de los bienes terrenales, que es la raíz de todos los males, y que, apeteciéndola, muchos erraron en la fe [3], impugnan el derecho de propiedad sancionado por la ley natural, y por un enorme atentado, dándose aire de atender a las necesidades y proveer a los deseos de todos los hombres, trabajan por arrebatar y hacer común cuanto se ha adquirido a título de legítima herencia, o con el trabajo del ingenio y de las manos, o con la sobriedad de la vida.
5. Y estas monstruosas opiniones publican en sus reuniones, persuaden con sus folletos y esparcen al público en una nube de diarios. Por lo cual la venerable majestad e imperio de los reyes ha llegado a ser objeto de odio tan grande por parte del pueblo sedicioso, que sacrílegos traidores, no pudiendo sufrir freno alguno, más de una vez y en breve tiempo han vuelto sus armas con impío atrevimiento contra los mismos príncipes.
Causa primera de los males: el alejamiento de Dios
6. Mas esta osadía de tan pérfidos hombres, que amenaza de día en día con las más graves ruinas a la sociedad, y que trae todos los ánimos en congojoso temblor, toma su causa y origen de las venenosas doctrinas que, difundidas entre los pueblos como viciosas semillas de tiempos anteriores, han dado a su tiempo tan pestilenciales frutos.
7. Pues bien sabéis, Venerables Hermanos, que la cruda guerra que se abrió contra la fe católica ya desde el siglo décimosexto por los Novadores, y que ha venido creciendo hasta el presente, se encamina a que, desechando toda revelación y todo orden sobrenatural, se abriese la puerta a los inventos, o más bien delirios de la sola razón. Semejante error, que vanamente toma de la razón su nombre, al intensificar y agudizar el innato apetito de sobresalir, desatando el freno a toda clase de codicia, sin dificultad se ha introducido no sólo en las mentes de muchísimos, sino que ha invadido ya plenamente toda la sociedad.
8. De aquí que, con una nueva impiedad, desconocida hasta de los mismos gentiles, se han constituido los Estados sin tener en cuenta alguna a Dios ni el orden por El establecido. Se ha vociferado que la autoridad pública no recibe de Dios ni el principio, ni la majestad, ni la fuerza del mando, sino más bien de la masa del pueblo, que, juzgándose libre de toda sanción divina, sólo ha permitido someterse a aquellas leyes que ella misma se diese a su antojo. Impugnadas y desechadas las verdades sobrenaturales de la fe como enemigas de la razón, el mismo Autor y Redentor del género humano es desterrado, insensiblemente y poco a poco, de las Universidades, Institutos y Escuelas y de todo el conjunto público de la vida humana.
9. Entregados al olvido los premios y penas de la vida futura y eterna, el ansia ardiente de felicidad queda limitada al tiempo de la vida presente. Diseminadas por doquier estas doctrinas, introducida entre todos esta tan grande licencia de pensar y obrar, no es de admirar que los hombres de las clases bajas, a los que cansa su pobre casa o la fábrica, ansíen lanzarse sobre las moradas y fortunas de los más ricos; ni tampoco admira que ya no exista tranquilidad alguna en la vida pública o privada, y que la humanidad parezca haber llegado ya casi a su última ruina.
Sociedades secretas; filosofismo, socialismo; otros errores
10. Mas los Pastores de la Iglesia, a quienes compete el cargo de resguardar la grey del Señor de las asechanzas de los enemigos, procuraron conjurar a su tiempo el peligro y proveer a la salud eterna de los fieles. Así que empezaron a formarse las sociedades clandestinas en cuyo seno se fomentaban ya entonces las semillas de los errores que hemos mencionado, los Romanos Pontífices Clemente XII y Benedicto XIV no omitieron el descubrir los impíos proyectos de estas sectas y avisar a los fieles de todo el orbe la ruina que en la oscuridad se aparejaba.
11. Pero después que aquellos que se gloriaban con el nombre de filósofos atribuyeron al hombre cierta desenfrenada libertad, y se empezó a formar y sancionar un derecho nuevo, como dicen, contra la ley natural y divina, el Papa Pio VI, de f. m., mostró al punto la perversa índole y falsedad de aquellas doctrinas en públicos documentos, y al propio tiempo con una previsión apostólica anunció las ruinas a que iba a ser conducido miserablemente el pueblo. Mas, sin embargo de esto, no habiéndose precavido por ningún medio eficaz para que tan depravados dogmas no se infiltrasen de día en día en las mentes de los pueblos y para que no viniesen a ser máximas públicamente aceptadas de gobernación, Pío VII y León XII condenaron con anatemas las sectas ocultas y amonestaron otra vez a la sociedad del peligro que por ellas le amenazaba.
12. A todos, finalmente, es manifiesto con cuán graves palabras y cuánta firmeza y constancia de ánimo Nuestro glorioso predecesor Pío IX, de f. m., ha combatido, ya en diversas alocuciones tenidas, ya en encíclicas dadas a los Obispos de todo el orbe, contra los inicuos intentos de las sectas, y señaladamente contra la peste del socialismo, que ya estaba naciendo de ellas.
13. Muy de lamentar es el que quienes tienen encomendado el cuidado del bien común, rodeados de las astucias de hombres malvados, y atemorizados por sus amenaza, hayan mirado siempre a la Iglesia con ánimo suspicaz, y aun torcido, no comprendiendo que los conatos de las sectas serían vanos si la doctrina de la Iglesia católica y la autoridad de los Romanos Pontífices hubiese permanecido siempre en el debido honor, tanto entre los príncipes como entre los pueblos. Porque la Iglesia de Dios vivo, que es columna y fundamento de la verdad [4], enseña aquellas doctrinas y preceptos con que se atiende de modo conveniente al bienestar y vida tranquila de la sociedad y se arranca de raíz la planta siniestra del socialismo.
DOCTRINA CATOLICA-SOCIALISMO
El "poder": doctrina católica
La familia cristiana
Derecho de propiedad
La religión, y los gobernantes
Sociedades obreras
14. Empero, aunque los socialistas, abusando del mismo Evangelio para engañar más fácilmente a incautos, acostumbran a forzarlo adaptándolo a sus intenciones, con todo hay tan grande diferencia entre sus perversos dogmas y la purísima doctrina de Cristo, que no puede ser mayor. Porque ¿qué participación puede haber de la justicia con la iniquidad, o qué consorcio de la luz con las tinieblas? [5]. Ellos seguramente no cesan de vociferar, como hemos insinuado, que todos los hombres son entre sí por naturaleza iguales; y, por lo tanto, sostienen que ni se debe honor y reverencia a la majestad, ni a las leyes, a no ser acaso a las sancionadas por ellos a su arbitrio.
15. Por lo contrario, según las enseñanzas evangélicas, la igualdad de los hombres consiste en que todos, por haberles cabido en suerte la misma naturaleza, son llamados a la misma altísima dignidad de hijos de Dios, y al mismo tiempo en que, decretado para todos un mismo fin, cada uno ha de ser juzgado según la misma ley para conseguir, conforme a sus méritos, o el castigo o la recompensa. Pero la desigualdad del derecho y del poder se derivan del mismo Autor de la naturaleza, del cual toma su nombre toda paternidad en el cielo y en la tierra [6].
16. Mas los lazos de los príncipes y súbditos de tal manera se estrechan con sus mutuas obligaciones y derechos, según la doctrina y preceptos católicos, que templan la ambición de mandar, por un lado, y por otro la razón de obedecer se hace fácil, firme y nobilísima.
El "poder": doctrina católica
17. La verdad es que la Iglesia inculca constantemente a la muchedumbre de los súbditos este precepto del Apóstol: No hay potestad sino de Dios; y las que hay, de Dios vienen ordenadas; y así, quien resiste a la potestad, resiste a la ordenación de Dios; mas los que resisten, ellos mismos se atraen la condenación. Y en otra parte nos manda que la necesidad de la sumisión sea no por temor a la ira, sino también por razón de la conciencia; y que paguemos a todos lo que es debido: a quien tributo, tributo; a quien contribución, contribución; a quien temor, temor; a quien honor, honor [7]. Porque, a la verdad, el que creó y gobierna todas las cosas dispuso, con su próvida sabiduría, que las cosas ínfimas a través de las intermedias, y las intermedias a través de las superiores, lleguen todas a sus fines respectivos.
18. Así, pues, como en el mismo reino de los cielos quiso que los coros de los ángeles fuesen distintos y unos sometidos a otros; así como también en la Iglesia instituyó varios grados de órdenes y diversidad de oficios, para que no todos fuesen apóstoles, no todos pastores, no todos doctores [8], así también determinó que en la sociedad civil hubiese varios órdenes, diversos en dignidad, derechos y potestad, es a saber, para que los ciudadanos, así como la Iglesia, fuesen un solo cuerpo, compuesto de muchos miembros, unos más nobles que otros, pero todos necesarios entre sí y solícitos del bien común.
19. Y para que los gobernantes de los pueblos usasen de la potestad que les fue concedida para edificación y no para destrucción, la Iglesia de Cristo oportunamente amonesta también a los príncipes con la severidad del supremo juicio que les amenaza; y tomando las palabras de la divina Sabiduría, en nombre de Dios clama a todos:
Prestad oído, vosotros, los que domináis la muchedumbre y os jactáis de mandar turbas de pueblos: el Señor os ha dado el poderío; y las manos del Altísimo, el imperio. El hará inquisición de vuestras obras y escudriñará vuestros designios..., porque severo juicio se hará de los que están en alto, pues no se encogerá ante nadie el Señor de todos, ni se intimidará ante grandeza alguna, porque El ha hecho al pequeño y al grande, y con igual desvelo atiende a todos. Pero a los mayores, espera suplicio mayor [9].
20. Y si alguna vez sucede que los príncipes ejercen su potestad temerariamente y fuera de sus límites, la doctrina de la Iglesia católica no consiente sublevarse particularmente y a capricho contra ellos, no sea que la tranquilidad del orden sea más y más perturbada, o que la sociedad reciba de ahí mayor detrimento; y si la cosa llegase al punto de no vislumbrarse otra esperanza de salud, enseña que el remedio se ha de acelerar con los méritos de la cristiana paciencia y las fervientes súplicas a Dios.
21. Pero si los mandatos de los legisladores y príncipes sancionasen o mandasen algo que contradiga a la ley divina o natural, la dignidad y obligación del nombre cristiano y el sentir del Apóstol, exigen que se ha de obedecer a Dios antes que a los hombres [10].
La familia cristiana
22. Por lo tanto, la virtud saludable de la Iglesia que redunda en el regimen más ordenado y en la conservación de la sociedad civil, la siente y experimenta necesariamente también la misma sociedad doméstica, que es el principio de toda sociedad y de todo reino. Porque sabéis, Venerables Hermanos, que la recta forma de esta sociedad, según la misma necesidad del derecho natural, se apoya primariamente en la unión indisoluble del varón y de la mujer, y se complementa en las obligaciones y mutuos derechos entre padres e hijos, amos y criados. Sabéis también que por los principios del socialismo esta sociedad casi se disuelve, puesto que, perdida la firmeza que obtiene del matrimonio religioso, es preciso que se relaje la potestad del padre hacia la prole, y los deberes de la prole hacia los padres.
23. Por lo contrario, el matrimonio digno de ser por todo tan honroso [11], y que en el principio mismo del mundo instituyó Dios mismo para propagar y conservar la especie humana, y decretó fuese inseparable, enseña la Iglesia que resultó más firme y más sagrado por medio de Cristo, que le confirió la dignidad de sacramento y quiso que representase la forma de su unión con la Iglesia.
24. Por lo tanto, según advertencia del Apóstol [12], como Cristo es Cabeza de la Iglesia, así el varón es cabeza de la mujer; y como la Iglesia está sujeta a Cristo, que la estrecha con castísimo y perpetuo amor, así enseña que las mujeres estén sujetas a sus maridos y que éstos a su vez las deban amar con afecto fiel y constante.
25. De la misma manera la Iglesia establece la naturaleza de la potestad paterna y dominical, de suerte que pueda contener a los hijos y a los criados en su deber, pero sin por ello salirse de sus justos límites. Porque, según las enseñanzas católicas, la autoridad del Padre y Señor celestial se extiende a los padres y a los amos; y por ello dicha autoridad toma de El necesariamente, no sólo su origen y su eficacia, sino también su naturaleza y su carácter. Y así el Apóstol exhorta a los hijos a obedecer a sus padres en el Señor y honrar a su padre y a su madre, que es el primer mandamiento en la promesa[13]. Y también manda a los padres: Y vosotros no queráis provocar a ira a vuestros hijos, sino educadlos en la ciencia y conocimiento del Señor [14].
26. También a los siervos y señores se les propone, por medio de mismo Apóstol, el precepto divino de que aquéllos obedezcan a sus señores carnales como a Cristo, sirviéndoles con buena voluntad como al Señor; mas a éstos, que omitan las amenazas, sabiendo que el Señor de todos está en los cielos y que no hay acepción de personas ante Dios [15].
27. Todas las cuales cosas, si se guardasen con todo cuidado, según el beneplácito de la voluntad divina, por todos aquellos a quienes tocan, seguramente cada familia representaría la imagen del cielo, y los preclaros beneficios que de aquí se seguirían, no estarían encerrados entre las paredes domésticas, sino que emanarían abundantemente a las mismas repúblicas.
Derecho de propiedad
28. La prudencia católica bien apoyada sobre los preceptos de la ley divina y natural, provee con singular acierto a la tranquilidad pública y doméstica por las ideas que adopta y enseña respecto al derecho de propiedad y a la división de los bienes necesarios o útiles en la vida. Porque mientras los socialistas, presentando el derecho de propiedad como invención humana contraria a la igualdad natural entre los hombres; mientras, proclamando la comunidad de bienes, declaran que no puede conllevarse con paciencia la pobreza, y que impunemente se puede violar la posesión y derechos de los ricos, la Iglesia reconoce mucho más sabia y útilmente que la desigualdad existe entre los hombres, naturalmente desemejantes por las fuerzas del cuerpo y del espíritu, y que esta desigualdad existe también en la posesión de los bienes; por lo cual manda, además, que el derecho de propiedad y de dominio, procedente de la naturaleza misma, se mantenga intacto e inviolado en las manos de quien lo posee, porque sabe que el robo y la rapiña han sido condenados en la ley natural por Dios, autor y guardián de todo derecho; hasta tal punto, que no es lícito ni aun desear los bienes ajenos, y que los ladrones, lo mismo que los adúlteros y los adoradores de los ídolos, están excluidos del reino de los cielos.
No por eso, sin embargo, olvida la causa de los pobres, ni sucede que la piadosa Madre descuide el proveer a las necesidades de éstos, sino que, por lo contrario, los estrecha en su seno con maternal afecto, y, teniendo en cuenta que representa a la persona de Cristo, el cual recibe como hecho a sí mismo el beneficio hecho por cualquiera al último de los pobres, les honra grandemente y les alivia por todos los medios, levanta por todas partes casas y hospicios, donde son recogidos, alimentados y cuidados; asilos, que toma bajo su tutela.
30. Obliga a los ricos con el grave precepto de que den lo superfluo a los pobres, y les amenaza con el juicio divino, que les condenará a eterno suplicio, si no alivian las necesidades de los indigentes. Ella, en fin, eleva y consuela el espíritu de los pobres, ora proponiéndoles el ejemplo de Jesucristo, que, siendo rico, se hizo pobre por nosotros [16], ora recordándoles las palabras con que los declaró bienaventurados, prometiéndoles la eterna felicidad.
32. ¿Quién no ve cómo aquí está el mejor medio de arreglar el antiguo conflicto surgido entre los pobres y los ricos? Porque, como lo demuestra la evidencia de las cosas y de los hechos, si este medio es desconocido o relegado, sucede forzosamente que, o se verá reducida la mayor parte del género humano a la vil condición de esclavos, como en otro tiempo sucedió entre los paganos, o la sociedad humana se verá envuelta por continuas agitaciones, devorada por rapiñas y asesinatos, como deploramos haber acontecido en tiempos muy cercanos.
La religión, y los gobernantes
32. Por lo cual, Venerables Hermanos, Nos, a quien actualmente está confiado el gobierno de toda la Iglesia, así como desde el principio de Nuestro pontificado mostramos a los pueblos y a los príncipes, combatidos por fiera tempestad, el puerto donde pudieran refugiarse con seguridad; así ahora, conmovidos por el extremo peligro que les amenaza, de nuevo les dirigimos la apostólica voz, y en nombre de su propia salvación y de la del Estado les rogamos con la mayor instancia que acojan y escuchen como Maestra a la Iglesia, a la que se debe la pública prosperidad de las naciones, y se persuadan de que las bases de la Religión y del imperio se hallan tan estrechamente unidas, que cuanto pierde aquella, otro tanto se disminuye el respeto de los súbditos a la majestad del mando, y que conociendo, además, que la Iglesia de Cristo posee más medios para combatir la peste del socialismo que todas las leyes humanas, las órdenes de los magistrados y las armas de los soldados, devuelvan a la Iglesia su condición y libertad, para que pueda eficazmente desplegar su benéfico influjo en favor de la sociedad humana.
Sociedades obreras
33. Y vosotros, Venerables Hermanos, que conocéis bien el origen y la naturaleza de tan inminente desventura, poned todas vuestras fuerzas para que la doctrina católica llegue al ánimo de todos y penetre en su fondo.
Procurad que desde la misma infancia se habitúen a amar a Dios con filial ternura, reverenciando a su Majestad; que presten obediencia a la autoridad de los príncipes y de las leyes; que refrenada la concupiscencia, acaten y defiendan con solicitud el orden establecido por Dios en la sociedad civil y en la doméstica.
34. Poned, además, sumo cuidado en que los hijos de la Iglesia católica no den su nombre ni hagan favor ninguno a la detestable secta; antes al contrario, con egregias acciones y con actitud siempre digna y laudable hagan comprender cuán próspera y feliz sería la sociedad si en todas sus clases resplandecieran las obras virtuosas y santas.
35. Por último, así como los secuaces del socialismo se reclutan principalmente entre los proletarios y los obreros, los cuales, cobrando horror al trabajo, se dejan fácilmente arrastrar por el cebo de la esperanza y de las promesas de los bienes ajenos, así es oportuno favorecer las asociaciones de artesanos y obreros que, colocados bajo la tutela de la Religión, se habitúen a contentarse con su suerte, a soportar meritoriamente los trabajos y a llevar siempre una vida apacible y tranquila.
36. Dios piadoso, a quien debemos referir el principio y el fin de todo bien, secunde Nuestras empresas y las vuestras. Por lo demás, la misma solemnidad de estos días, en los que se celebra el nacimiento del Señor, Nos eleva a la esperanza de oportunísimo auxilio, pues Nos hace esperar aquella saludable restauración que al nacer trajo para el mundo corrompido y casi conducido al abismo por todos los males, y nos prometió también a nosotros aquella paz que entonces, por medio de los ángeles, hizo anunciar para los hombres. Ni la mano del Señor está abreviada de suerte que no pueda salvar, ni sus oídos se han cerrado de tal modo que no puedan oír [17].
Por lo tanto en estos días de tanta alegría, y al desearos, Venerables Hermanos, a vosotros y a los fieles todos de vuestra Iglesia, toda clase de prosperidades, con instancia rogamos al Dador de todo bien que de nuevo aparezcan a los hombres la benignidad y adulzura de Dios, Nuestro Salvador [18], que, sacándonos de la potestad de nuestro implacable enemigo, nos elevó a la nobilísima dignidad de Hijos suyos.
37. Y para que Nuestros deseos se cumplan perfecta y rápidamente, elevad vosotros también, Venerables Hermanos, con Nos, fervorosas oraciones al Señor, y junto a El interponed el patrocinio de la bienaventurada Virgen María, Inmaculada desde el principio; de su esposo San José y de los bienaventurados Apóstoles Pedro y Pablo, en cuya intercesión ponemos Nos la máxima confianza. Y entre tanto, como prenda de la divina gracia, y con todo el afecto del corazón, a vosotros, Venerables Hermanos; a vuestro Clero y a todos vuestros pueblos, concedemos en el Señor la Bendición Apostólica.
Dado en Roma, junto a San Pedro, a 28 de diciembre de 1878, año primero de Nuestro Pontificado.

[1] Is. 58, 1.
[2] Iud. epist. v. 8.
[3] 1 Tim. 6, 10.
[4] 1 Tim. 3, 15.
[5] 2 Cor. 6, 14.
[6] Eph. 3, 15.
[7] Rom. 13, 1-7.
[8] 1 Cor. 12, 27.
[9] Sap. 6, 3 ss.
[10] Act. 5, 29.
[11] Hebr. 13, 4.
[12] Eph. 5, 23.
[13] Ibid. 6, 1-2.
[14] Ibid. 6, 4.
[15] Ibid. 6, 5-7.
[16] 2 Cor. 8, 9.
[17] Is. 59, 1.
[18] Tit. 3, 4.

martes, 16 de agosto de 2011

LETRAS APOSTÓLICAS DEL CONCILIO PLENARIO DE AMERICA LATINA

PUBLICANDO Y PROMULGANDO
LOS DECRETOS
DEL CONCILIO PLENARIO DE LA AMÉRICA LATINA

LEÓN PAPA XIII.
Deber y sagrada obligación de los Romanos Pontífices es proteger la Iglesia de Cristo en su vastísima extensión, y promover sus intereses en todas las regiones de la tierra. Nos, por tanto, a quien, aunque sin mérito alguno, la divina Providencia ha confiado tan altos destinos, ni un momento hemos permitido que a las escogidas Repúblicas de la América Latina, falten los cuidados y los desvelos que hemos prodigado a las demás naciones católicas. Así como, en todos tiempos, hemos dictado las medidas más oportunas, para que en todas ellas brillen cada día más y más el esplendor de la cristiana piedad y el vigor de la eclesiástica disciplina, así también recientemente hemos excitado a todos sus Arzobispos y Obispos, a que tomaran la determinación de congregarse en Concilio Plenario. Bien comprendíamos su grande utilidad y suma eficacia; porque nadie mejor podía conocer las necesidades de cada una de sus Iglesias, que aquellos designados por el Espíritu Santo para gobernarlas; y la mutua comunicación de los pareceres de tantos Pastores, no podía menos que añadir eficacia y valor a sus esfuerzos para apartar de los fieles los peligros, robustecer la disciplina y proveer al bienestar del clero y del pueblo. - Unánimes estuvieron los Obispos con respecto a la celebración del Concilio; y dándonos una nueva prueba de su obediencia y adhesión á la Cátedra de San Pedro, opinaron que en ningún lugar mejor que en Roma, y a Nuestra vista, debería reunirse la sagrada Asamblea. En tal virtud, Nos, con Nuestras Letras y Apostólicas Cum diuturnum expedidas el día 25 de Diciembre de 1898, convocamos para Roma el referido Concilio. - A su debido tiempo se reunieron los Prelados. Con la misma Conformidad de pareceres con que, a pesar de la diversidad de nacionalidades, dieron principio a sus graves tareas; con la misma las continuaron y felizmente las llevaron a cabo. Ni fueron menores que la concordia la buena voluntad y el asiduo trabajo; asi es que a nadie maravilló que el Concilio se acabase en breve tiempo; y que las materias que se proponian, después de una prudente discusión, se decretasen bajo la forma de justas leyes y graves sentencias. Durante la celebración del mismo Concilio, no cesaron los Padres de darnos pruebas inequívocas de su piedad filial y veneración; y más de una vez expresamos en público Nuestra complacencia y agradecimiento por tales manifestaciones. Para dar un nuevo testimonio de benevolencia a Nuestros Venerables Hermanos, nombramos una Congregación especial de Cardenales de la Santa Iglesia Romana, a quienes mandamos que a nombre Nuestro y con Nuestra autoridad, revisaran los Decretos del Concilio. Lo cumplieron después de maduro examen y largos estudios: y Nos, accediendo a los deseos de los Padres del primer Concilio Plenario de la América Latina, por las presentes Nuestras Letras, publicamos los Decretos del mismo Concilio ya revisados por la Sede Apostólica, y al mismo tiempo decretamos, que por estas Letras Apostólicas, y sin que obste nada en contrario, en toda la América Latina y en cada una de sus diócesis, dichos decretos se tengan universalmente por publicados y promulgados, y puntualmente se observen. Quiera Dios que las disposiciones decretadas por tantos Pastores, con singular prudencia y afecto, y por Nos revisadas, cedan en provecho y esplendor de todas y cada una de esas Iglesias.
Dado en Roma, sellado con el anillo del Pescador, el primer día del mes de Enero del año de mil novecientos, vigésimo segundo de Nuestro Pontificado.
LEÓN PAPA XIII.

LETRAS APOSTÓLICAS CONVOCANDO
EL CONCILIO PLENARIO DE LA AMERICA LATINA

A NUESTROS VENERABLES HERMANOS
LOS ARZOBISPOS Y OBISPOS DE LA AMERICA LATINA.
LEÓN PAPA XIII.
VENERABLES HERMANOS SALUD Y BENDICIÓN APOSTÓLICA.

Al repasar en la memoria el larguísimo curso de Nuestro Pontificado, se nos figura que nada hemos omitido, en ninguna ocasión, que pudiera servir para consolidar en esas naciones, o extender el Reino de Cristo. De cuanto, con el favor divino, hemos llevado a cabo hasta hoy en favor vuestro, os queda la memoria y el reconocimiento, Venerables Hermanos; pues a vuestra diligencia y solicitud encomendamos, y no en vano, la ejecución de Nuestras soberanas providencias. - Hoy, empero, realizando lo que hace tiempo deseábamos con ansia, queremos daros una nueva y solemne prueba de Nuestro amor hacia vosotros. Desde la época en que se celebró el cuarto centenario del descubrimiento de América, empezamos a meditar seriamente en el mejor modo de mirar por los intereses comunes de la raza latina, a quien pertenece más de la mitad del Nuevo Mundo. Lo que juzgamos más a prepósito, fue que os reunieseis a conferenciar entre vosotros con Nuestra autoridad y a Nuestro llamado, todos los Obispos de esas Repúblicas. Comprendíamos, en efecto, que comunicándoos mutuamente vuestros pareceres, y juntando aquellos trutos de exquisita prudencia, que ha hecho germinar en cada uno de vosotros una larga experiencia, vosotros mismos, podríais dictar las disposiciones más aptas para que, en esas naciones, que la identidad, o por lo menos, la afinidad de raza debería tener estrechamente coligadas, se mantenga incólume la unidad de la eclesiástica disciplina, resplandezca la moral católica y florezca públicamente la Iglesia, merced a los esfuerzos unánimes de todos los hombres de buena voluntad. A llevar adelante Nuestros proyectos, Nos estimulaba igualmente el considerar que, cuando os pedimos vuestra opinión, acogisteis la idea con ardiente entusiasmo. Cuando llegó el momento de ejecutar Nuestros propósitos, os dimos a escoger el lugar en que había de celebrarse el Concilio. La mayor parte de vosotros nos manifestó que preferiríais reuniros en Roma, entre otros motivos, porque a casi todos era mucho más fácil el viaje a esta Dominante, que a alguna otra ciudad de América, siendo allí largas las distancias é imperfectas las vías de comunicación. No pudimos menos que acceder, de muy buena voluntad, a esta opinión por vosotros manifestada, tanto más cuanto que era indicio bien claro de vuestro amor a la Santa Sede Apostólica. Duélenos tan sólo, que por la estrechez a que las adversas circunstancias Nos han reducido, no podremos trataros durante vuestra permanencia en Roma, con aquella liberalidad y hospitalaria largueza que quisiéramos. Por tanto, hemos mandado ya a la Sagrada Congregación establecida para interpretar los Decretos del Sínodo Tridentino, que expida la convocatoria para el Concilio de todos los Obispos de las Repúblicas de la América Latina, que ha de reunirse en Roma el año próximo, y dicte con oportunidad el reglamento a que debe sujetarse.
Entretanto, en prenda de celestiales favores, y en testimonio de Nuestra benevolencia, enviamos con toda Nuestra alma la Bendición Apostólica, a vosotros, Venerables Hermanos, y al clero y al pueblo a cada uno de vosotros encomendado.
Dado en Roma, junto a San Pedro, el mismo día de la Natividad de N. S. Jesucristo, del año de 1898, 21° de Nuestro Pontificado.

LEÓN PAPA XIII.

Circular de la S. Congregación del Concilio, a los Prelados Ordinarios de toda la América Latina, acerca del Concilio Plenario.

Ilustrisimo Señor y Hermano:
Nuestro Santísimo Padre, animado como se halla por el afán de gobernar con acierto todas las Iglesias, y con el fin de proveer a las diversas y urgentes necesidades de la América Latina, habiendo resuelto celebrar un Concilio plenario de los Obispos de toda esa región, y habiéndolo convocado con sus Letras Apostólicas "Cum diuturm" de 25 de Dicembre próximo pasado: para que todo marche ordenada y debidamente, mandó a la S. Congregación del Concilio, que dicte ciertas normas, las cuales fijen, con precisión y oportunidad, el tiempo y el modo de la Santa Asamblea.
Cumpliendo, pues, con las órdenes de Su Santidad, la Sagrada Congregación, por las presentes letras, advierte a todos y cada uno de los Arzobispos y Obispos de las Repúblicas de la América Latina:
1.° Este Concilio plenario se celebrará en Roma, en el Colegio Pío Latino Americano, y se ha señalado para su primera sesión el Domingo de la Santísima Trinidad, 28 de Mayo del presente año.
2.0 Deberán asistir al Concilio, en primer lugar, los Arzobispos. Si alguno, por legítimo impedimento, no pudiere venir, elija a un Obispo que lo represente en el Concilio, y avíselo a la S. Congregación.
3.° Deberán concurrir igualmente, y a ello los obliga la ley anterior, aquellos Obispos que son los únicos en una República, a saber: los de San José de Costarica, Comayagua, Nicaragua. San Salvador de Centro-América y el Paraguay.
4.° En cuanto a los demás, no pareciendo conveniente que, durante el Concilio, se quede absolutamente sin Pastores esa vastísima parte del mundo, no impone Su Santidad a cada uno de los sufragáneos de las provincias eclesiásticas, la obligación de venir; sino que manda que cada Metropolitano reúna a los Obispos sufragáneos, quienes elegirán para que los represente en el Sínodo, a uno ó a varios de sus Venerables Hermanos de la misma Provincia.
5.° Además, en dicha reunión provincial, deberán los Obispos examinar con sumo cuidado, las observaciones que cada Prelado hubiere juzgado conveniente hacer el Schema propuesto desde el principio, y que van adjuntas a estas letras; y manifestarán su opinión y sentir acerca de todos sus puntos, para que el Obispo u Obispos delegados puedan exponerlas y declararlas en el Concilio.
6.° Si, por causa legitima, no pudiera alguno concurrir a esta reunión provincial, deberá mandar por escrito al Arzobispo su voto, tanto acerca de las susodichas observaciones, como acerca del Obispo u obispos que se han de delegar para el Concilio, con el fin de que pueda tomarse de ello la debida razón.
Mucho interesa a la gloria de Dios y al bien de las almas, la fiel observancia de todas estas disposiciones, para que, con la ayuda de Dios, produzca en abundancia este Concilio Plenario, los saludables frutos qué deseamos. De que así sucederá, abriga la S. Congregación los mayores deseos y la más firme confianza.

Dado en Roma, en la S. C. del Concilio, A 7 de Enero de 1899.
A. Cardenal di Pietro, Prefecto.
B. Arzobispo de Nazianzo, pro-secretario.

Advertencia. - Se servirán los Arzobispos y Obispos que vengan al Concilio, traer consigo el Schema de los Decretos.

Carta de los Padres del Concilio a Nuestro Santísimo Padre el Papa León XIII.
Beatísimo Padre:
Los Obispos de las Iglesias de la América Latina, al inaugurarse ayer solemnemente el Concilio Plenario, resolvieron por unanimidad el ir a postrarse a los pies de Vuestra Santidad, y solicitar la Bendición Apostólica, antes de poner mano en los negocios que han de ventilarse en el Sínodo.
Deber sagrado de los Obispos de la América Latina, es manifestar a Vuestra Santidad su profundo reconocimiento, por la solicitud especial que manifiesta para con sus Iglesias. Grande es su regocijo, al ver que, vencidos y superados los obstáculos que parecían oponerse, han podido corresponder a los sapientísimos designios de Vuestra Santidad, suministrando asi no escaso consuelo A su Padre amantísimo, y constituyéndose, hasta cierto punto, en instrumentos, que añadirán nuevo lustre A un pontificado ya tan glorioso, en el cual, por vez primera, se reúnen en Concilio Plenario los Prelados de las Repúblicas Latinas de la América.
Al escoger a Roma para la celebración del Concilio, tuvieron presente los Obispos, el deseo de dar A la Santa Sede Apostólica una prueba patente de su adhesión y obediencia, de visitar A Vuestra Santidad, y de beber en las fuentes que manan en derredor de los sepulcros de los Santos Apóstoles, aquella sabiduría de que han menester, para decretar lo que más conviene a los intereses católicos en sus respectivos países.
Quiera Dios que la empresa que hemos acometido, corresponda a los altos designios y merezca la aprobación de Vuestra Santidad, para que produzca abundantes frutos en provecho de la Religión, de la cual dependen, en gran parte, la prosperidad y el progreso de la sociedad civil.
Se aprovechan de esta ocasión los infrascriptos Obispos, para dar a Vuestra Santidad las más rendidas gracias, por la benevolencia con que los ha distinguido, al asignarles como presidente honorario de las sesiones solemnes, a un Cardenal de la Santa Iglesia Romana; y por haber dado la presidencia efectiva a todos los Arzobispos de la América Latina en sucesión, condecorando a cada uno, al llegar su respectivo turno, con el título de Delegado Apostólico.
Los Obispos de las Iglesias Latino-Americanas, dirigen a Dios fervientes plegarias, para que se digne proteger y conservar largos años a Vuestra Santidad, cuyo sabio gobierno, constantemente ha aspirado a infundir en las naciones nueva vitalidad, que no puede alcanzarse sino volviendo a los santísimos principios, que Vuestra Santidad ha estado incubando en tantas Encíclicas, trazadas por Su augusta mano con singular doctrina, esttediando cada dia más los vínculos con la Sede Apostólica, y afirmando y consolidando la obediencia y adhesión al Vicario de Jesucristo.

De Vuestra Santidad
Humildes y obedientes Hijos
(Siguen las firmas de todos los Arzobispos y Obispos presentes).
Roma, a 29 de Mayo de 1899.

Respuesta de su Santidad

LEÓN PAPA XIII.

Venerables Hermanos, Salud y Bendición Apostólica.
Con sobrada razón os alegráis vosotros, y Nos sobremanera nos regocijamos, porque al fin se ha reunido vuestro Concilio plenario, hace tanto tiempo deseado, y preparado con dilatadas labores. Uno e idéntico es el motivo del regocijo que a Nos y a vosotros anima: a saber, las halagüeñas esperanzas qne todos abrigamos, de que vuestra asamblea ha de ser fecunda en frutos optimos para todos los pueblos de la América Latina. Más y más han confirmado en Nos estas esperanzas, la presteza con que hemos visto a cada uno de vosotros acudir de buena gana a Roma, sin mirar a la larga distancia que de ella os separaba: y la suma concordia que hemos admirado en vosotros, en virtud de la cual, sin tener en cuenta vuestras diversas nacionalidades, os habéis entregado unánimemente a los estudios y tareas conciliares. Corroboran Nuestra confianza, el amor y la adhesión a la Sede Apostólica, que os plugo manifestar al principio mismo del Concilio, escribiéndonos una carta llena de afecto y de sumisión. Merced a esta estrechísima unión con la Cátedra de San Pedro, alcanzaréis sin duda abundantísimos socorros de gracia divina para vuestra Asamblea, con el fin de que, lo que se ha inaugurado bajo tan favorables auspicios, logre obtener un desenlace todavía más favorable. De Nuestra propia benevolencia, Venerables Hermanos, no tenéis el menor motivo para dudar; bien os la hemos mostrado en las audiencias privadas, que, con gran consuelo de Nuestro corazón, os hemos concedido; bien os la hemos probado, cuando, para aumentar la dignidad de vuestras reuniones, permitimos que algunos miembros del Sacro Colegio de Cardenales, fuesen presidentes de honor en las sesiones solemnes. Una nueva prueba queremos daros con la Bendición Apostólica, que, en prenda de celestiales favores, os concedemos en el Señor a todos vosotros.
Dado en Roma, junto a San Pedro, a 23 de Junio de 1899, año 22° de Nuestro Pontificado.
LEON PAPA XIII


ELENCO DE LOS PADRES DEL CONCILIO.
Ilustrísimos y Reverendisímos Señores.
D. Jerónimo Thomé da Silva, Arzobispo de San Salvador, Primado del Brasil.
D. Mariano Casanova, Arzobispo de Santiago de Chile.
D. Bernardo Herrera Restrepo, Arzobispo de Bogotá.
D. Jacinto López, Arzobispo de Linares.
D. Eulogio Gregorio Gillow, Arzobispo de Antequera.
D. Próspero María Alarcón, Arzobispo de Méjico.
D. Pedro Rafael González, Arzobispo de Quito.
D. Julio Tonti, Arzobispo de Puerto-Principe.
D. Santiago Zubiría y Manzanera, Arzobispo de Durango.
D. Uladislao Castellano, Arzobispo de Buenos Aires.
D. Mariano Soler, Arzobispo de Montevideo.
D. Joaquín Arcoverde de Albuquerque Cavalcanti, Arzobispo de San Sebastián de Rio de Janeiro. D. Manuel Tovar, Arzobispo de Lima.
D. Ignacio Montes de Oca, Obispo de San Luis de Potosí.
D. Bernardo Augusto Thiel, Obispo de San José de Costarica.
D. Claudio Goncalves Ponce de Leao, Obispo de San Pedro de Río Grande.
D. Joaquín I. Vieira, Obispo de Fortaleza.
D. Rafael Camacho, Obispo de Querétaro.
D. Fray Reinaldo Toro, O. P., Obispo de Córdoba de América.
D. Fray José María Portugal, O. M., Obispo del Saltillo.
D. Ismael Puirredón. Obispo de Puno.
D. Placido Labarca, Obispo de Concepción.
D. Florencio Ed. Fontecilla, Obispo de la Serena.
D. Manuel dos Santos Pereira, Obispo de Olinda.
D. Silverio Gomes Pimenta. Obispo de Marianna.
D. Eduardo Duarte Silva, Obispo de Goyaz.
D. Joaquín Pardo Vergara, Obispo de Medellín.
D. Antonio M. Duran, Obispo de Guayana.
D. Pablo Padilla, Obispo de Tucumán.
D. Manuel De Caycedo, Obispo de Popayán.
D. Atenógenes Silva, Obispo de Colima.
D. Rosendo de la Lastra, Obispo del Paraná.
D. Ignacio Díaz, Obispo de Tepic.
D. Juan Antonio Falcón, Obispo del Cuzco.
D. Juan María Alejandro Morice, Obispo de Cayes.
D. José de Jesús Ortiz, Obispo de Chihuahua.
D. Juan Agustín Boneo, Obispo de Santa Fe.
D. Mariano Antonio Espinosa, Obispo de la Plata.
D. Francisco do Rego Maia, Obispo de Petrópolis.
D. José Lorenzo da Costa Aguiar, Obispo de Amazonas.
D. José De Camargo Barros, Obispo de Curityba de Paraná.
D. Antonio Raimundo Silva, Obispo de Mérida en las Indias.
D. Antonio Manuel De Castilho Brandao, Obispo de Belem de Pará.
D. Sinforiano Bogarín, Obispo del Paraguay.
D. Esteban Rojas, Obispo de Tolima.
D. Francisco Plancarte y Navarrete, Obispo de Cuernavaca.
D. Manuel Ballón, Obispo de Arequipa.
D. Evaristo Blanco, Obispo de Socorro.
D. Francisco Campos, Obispo de Tabasco.
D. Pedro Brioschi, Obispo de Cartagena de Indias.
D. Matías Linares, Obispo de Salta.
D. Ramón Ángel Jara, Obispo de San Carlos de Ancúd.
D. Homobono Anaya. Obispo de Sinaloa.

N. B. - A la lista anterior debe hasta cierto punto añadirse el nombre del Ilustrísimo Señor D. Fernando Arturo de Merino, Arzobispo de Santo Domingo, quien viniendo al Concilio, cayó gravemente enfermo en París, de donde envió a su secretario a Roma, a manifestar su fraternal unión a los Padres del Concilio, y su plena adhesión a los Decretos sinodales que promulgaran.

ELENCO DE LOS OFICIALES DEL CONCILIO.
Secretarios.
Sr. D. Ignacio Montes de Oca, Obispo de San Luis de Potosi.
Francisco do Regó Maia, Obispo de Petrópolis.
Pro-secretarios.
Sr. D. Bernardo Augusto Thiel, Obispo de San José de Costarica.
Pedro Brioschi, Obispo de Cartagena de Indias.
Subsecretario.
Sr. D. Pedro Corvi, Prelado Doméstico de S. S. y Protonotario Apostólico ad instar.
Jueces de querellas.
Sr. D. Claudio Gonealves Ponce de Leao, Obispo S. Pedro de Rio Grande,
Joaquín Vieira, Obispo de Fortaleza.
Rafael Camacho, Obispo de Querétaro.
Fray Reinaldo Toro, Obispo de Córdoba.
Fray José M. Portugal, Obispo del Saltillo
Jueces de excusas.
D. Ismael Puirredón, de Puno.
D. Florencio Eduardo Fontecilla, de la Serena.
D. Plácido Labarca, de la Concepción.
D. Silverio Gomes Pimenta, de Marianna.
D. Manuel dos Santos Pereira, de Olinda.
Promotores.
D. Atenógenes Silva, de Colima.
D. Francisco Campos, de Tabasco.
Relatores.
D. Ismael Puirredón, de Puno.
D. Francisco Plancarte, de Cuernavaca,
D. Antonio Espinosa, de la Plata.
D. Silverio Gomes Pimenta, de Marianna
Notarios del Concilio.
D. Gilberto Fuensalida.
D. Francisco Orozco.
D. Ángel Brasesco.
D. Leopoldo Ruiz, Abad de Guadalupe.
D. Marcolino Pacheco de Amaral, Protonotario Apostólico.
D. Benedicto Pablo Alves de Souza.
D. Carlos Garcia Irigoyen.
D. Alberto Reyes.
D. Juan Gonealves da Cruz, Camarero de S. S.
D. Manuel María Polít.
D. Eduardo Ribault, Protonotario Apostólico.
D. Nicolás Navarro,
D. Trinidad Colmenares.
D. Jorge Inda.
Ujieres.
Fray Pablo Pellistri.
Domingo Cergnossi.
Juan Cecconi.

CONSULTORES DEL CONCILIO.
D. Pedro Corvi, Prelado Doméstico de S. S. y Protonotario Apostólico ad instar.
José Mansella, Prelado Doméstico de S. S.
Pacífico Pierantonelli, Prelado Doméstico de S. S.
Padre Maestro F. Tomás Rodríguez, Prior General de los Ermitaños de S. Agustín.
F. José Calasanz de Llevaneras, Capuchino.
M. Jerónimo Coderch, del Orden de Predicadores.
Francisco Javier Wernz, de la Compañía de Jesús.
Jenaro Bucceroni, de la Compañía de Jesús.

FENOMENOS PSICO-FISICOS. II. - TELESTESÍA

La telestesia (Se emplea también la palabra criptestesia, pero admitiendo ésta como una cualidad oculta del organismo, resulta limitada a los casos en que esta sensibilidad existe; mientras que la palabra telestesía abarca el conjunto de los fenómenos, que parten de una criptestesia o de un agente exterior a nosotros, ya sea de carácter divino, ya sea de carácter preternatural), o facultad de sentir a la distancia, sin el recuerdo o la ayuda de nuestros cinco sentidos clásicos, constituye un problema muy grave, tanto biológico como fisiológico. Los hechos son innegables y numerosísimos, mas su interpretación es objeto de muchas teorías, que nos parece, tienen el defecto mayor de tratar de ser exclusivas, cuando esos fenómenos dependen en realidad de mecanismos diversos. Trataremos sucesivamente de la telepatía: percepción en una persona de lo que pasa en el espíritu de otra; de la telestesía propiamente dicha: percepción a distancia de un hecho o de un objeto material cualquiera; de la radiestesia, percepción inconsciente, puesta en claro por un accesorio, como una varita, un péndulo, etc., de substancias o cualidades diversas.

Telepatía
a) Religiosa. — En este caso la telepatía es habitualmente llamada discernimiento de los espíritus, y es uno de los dones de que habla San Pablo y que proceden del Espíritu Santo. Muchos Santos han gozado de este privilegio, como San Juan de Sagunto, Santa Juliana, Santa Nicolina, Santo Tomás de Aquino, San Francisco de Paula, Santa Rosa de Lima, San Cayetano, San Andrés Avelino, San Juan de Dios, etc. Todos esos personajes conocieron frecuentemente, en modo absolutamente exacto, el estado espiritual, los pensamientos íntimos de sus interlocutores o de sus corresponsales. En nuestros días, el santo párroco de Ars gozó de este privilegio en forma notable, revelando a sus penitentes los pensamientos que no quisieron decir o que quisieron ocultar.
Se citan de Teresa Neumann muchos ejemplos de discernimiento de los espíritus. Ya se trate de un sacerdote, vestido de civil, cuya cualidad ella reconoce; ya de un ladrón, vestido de obispo, que ella desenmascara. O de monseñor Schrembs, obispo de Cleveland (Estados Unidos), de quien ella ve los pensamientos más ocultos, las preocupaciones de su cargo, las obras en curso, etc., y que ella ilustra acerca de las disposiciones de los que lo rodean y de diversas personas con quienes trata.
Finalmente, hagamos notar que muchos sacerdotes piadosos, después de una confesión común o mal entendida por cierto grado de sordera, tienen una intuición del estado del alma de su penitente, que les permite dirigirles palabras enteramente adecuadas a sus necesidades del momento.
b) No religiosa. — Hay en primer lugar los dos hechos clásicos: en una asamblea, en la calle, ciertas personas, fijando su mirada y su atención sobre el dorso de una persona que se halla delante de ellas, la hacen darse vuelta. El sujeto declara a menudo que ha sentido que se le miraba. Por otra parte, es una prueba realizada con frecuencia por los hipnotizadores, para saber si tienen que vérselas con un hipnotizable, colocarse detrás del sujeto, recomendándole de no pensar en nada y no resistirse, y con las manos colocadas a la altura de los omóplatos del mismo, hacerle realizar sin contacto el movimiento de adelantar y echar hacia atrás las manos.
En un grado más marcado, es neta la lectura del pensamiento. Los libros y las revistas de metapsíquica relatan cantidades de ejemplos. Hemos sido testigos de hechos absolutamente exactos: médiums no hipnotizables describieron exactamente las personas en quienes pensaban sus clientes y de las que éstos les habían entregado una carta, un guante, etc. En cambio, nada podíase saber de lo que sus clientes ignoraban. Un médium no hipnotizado, nos hizo la descripción pormenorizada de uno de nuestros Maestros, asesinado unos meses antes, en el cual estábamos lejos de pensar y que reconocimos solamente por las características íntegramente exactas citadas por el médium. Ahora bien, los pormenores que conocíamos estaban reproducidos exactamente; en cambio, los que ignorábamos y que hemos verificado después, eran falsos.
Finalmente en el caso de médiums hipnotizados, la telepatía es notable. En Varsovia, durante una experiencia de metapsíquica, uno de nosotros, pensó frente a ciertas manifestaciones comunes: "Bah, esto es charlatanería!" El mismo recibió inmediatamente en la cabeza el violento golpe de una mandolina, que estaba colocada en el suelo delante de él.

Telestesía
a) Religiosa. — Ezequiel relata que estando sentado en su casa, vio en espíritu las escenas de abominación que ocurrían en el Templo de Jerusalén.
Saúl, buscando las burras de su padre, consulta al vidente de Israel, que goza la reputación de ver a gran distancia las cosas más ocultas, y éste se las hace encontrar.
San Ambrosio, mientras oficia pontificalmente en Roma, asiste en espíritu a la agonía y a la muerte de San Martín de Tours.
El Papa San Pío V, el día y hora en que la armada cristiana, al mando de don Juan de Austria, ganó a los turcos la famosa batalla de Lepanto, contempló el espectáculo desde su ventana del Vaticano, y anunció la gran noticia al tesorero pontificio, Bartolomé Bussotti, que había ido a hablarle de negocios.
El bienaventurado Ángel, religioso capuchino, en su celda de Acria (Italia) fue también testigo de todas las peripecias de la batalla en la que el príncipe Eugenio derrotó a los turcos en Belgrado (Monseñor Farges).
Catalina Emmerich, en su visiones, describió muy minuciosamente regiones de Oriente, donde ella nunca había estado, dando pormenores totalmente desconocidos en su época. Es así como ella localizó en 1820 la ciudad de Ur en un gran montículo de ruinas llamadas Mugier, a 30 leguas de Mezein (hoy Wassit). En 1853, Taylor descubrió Ur en el sitio indicado (J. Dannemarie). En sus visiones acerca de la Vida de la Santísima Virgen, descubrió una casa en que la Virgen viviera sus últimos años de vida. En 1890, el Superior de los Lazaristas de Esmirna, el R. Padre Poulin, muy incrédulo, fue con algunos compañeros al lugar indicado y halló una casa en ruinas llamada Panaghia Capouli, Puerta de la Virgen, que respondía por sus caracteres y por el lugar a las descripciones de la vidente de Düllmen (Gombault).
Finalmente, más cerca de nosotros, Lucía Cristina, a los 16 años, pudo describir exactamente el lugar en que estaba secuestrado un lactante quitado a sus padres, que de esta manera fue hallado. El año precedente, había podido tranquilizar a los parientes acerca de la suerte corrida por tres jóvenes oficiales de la armada de Italia (en el año 1859).
b) No religiosa. — La telestesía en sujetos despiertos, si está suprimida toda posibilidad de telepatía, parece poco frecuente, porque en la mayoría de los hechos citados en apoyo de esa facultad, por lo menos una persona está al corriente de lo que se trata de descubrir. Ahora bien, cuando sir O. Lodge mira la carta que debe adivinar una niña de trece años, obtiene una cantidad notable de contestaciones aproximadas o exactas, mientras que cuando no la mira, las respuestas son equivocadas. Si muchas de las experiencias de C. Richet con Ossowiecki -aun las cartas enviadas por Madame de Noailles o por Sara Bernhardt y descifradas a través del sobre tenido en la mano— no escapan a esta posibilidad telepática, dos en cambio parecen demostrativas. En una se había escrito: "Hallo que sois maravillosa". Ossowiecki arrugó el papel en sus manos y contesto: "Esto está escrito en inglés... Yo veo una letra aislada, luego cons... y luego viernes". (En inglés la frase rezaba: I consider that you are wonderful.) La telepatía hubiera dado el sentido o las palabras; la confusión entre wonderful y viernes (vendredi, en francés) parecería provenir de una lectura difícil pero directa. Otro día C. Richet mezcló dos sobres conteniendo cartas y llevó uno a Ossowiecki, que vio o percibió su contenido exactamente. Y un médium K... hizo en París en 1925 la lectura de papeles mezclados, absolutamente precisa, relatada en la tesis de Servajean.
La telestesía en estado de sueño hipnótico o de trance, parece ser más frecuente y más exacta. El doctor Osty, en 1919, entregó a la señora M. hipnotizada, la liga de un excursionista que había desaparecido en la montaña quince días antes y que se había buscado inútilmente. La señora M. describió al excursionista, las circunstancias del accidente y dio indicaciones topográficas bastantes exactas, para que se encontrara el cuerpo del desgraciado. Sin embargo, si se descarta entre los hechos citados por C. Richet todos aquellos en que alguien tenía conocimiento de la cosa buscada o del incidente relatado, especialmente en casos de accidentes o dramas, el número de los casos de telestesía verdadera parece muy escaso. Lo que hace decir al autor del Traite de Métapsychique: "Los hechos de lucidez en los somnámbulos se presentan lo más a menudo con la idéntica imprevisibilidad de las caídas de aerolitos..." (pág. 163).

Radiestesia
La radiestesia es una forma de la telestesía en la que la percepción consciente del objeto es reemplazada por el movimiento de un indicador (varita, péndulo, etc.), tenido por el operador. Chevreul, en 1854, demostró que contrariamente a la creencia de ciertos buscadores de fuentes, no es el indicador el que resulta influenciado, sino que éste no hace otra cosa que traducir los movimientos inconscientes del radiestesista. Este último sería influenciado por radiaciones emanadas por las aguas subterráneas, los metales, los productos químicos y farmacéuticos, los órganos sanos o enfermos, etc. Yendo más lejos, la mayor parte de los radiestesistas actuales pretenden hacer sus investigaciones sobre cartas, planos, fotografías, muestras de caligrafías, etc. Advirtamos que en muchos de estos casos su método se asemeja al de los médiums que exigen una carta, un guante, una prenda de vestir de la persona acerca de la cual se los interroga. Los radiestesistas pretenden descubrir un producto buscado, teniendo en la mano un test o un sintonizador de substancia análoga a la del producto buscado.
El doctor C. Richet declara que "el hecho de una inflexión de la varita al nivel de las fuentes o de los metales es incontestablemente cierto... Se han tomado medidas exactas en gran número y no ha sido posible negar el fenómeno, tan cierto como cualquier fenómeno químico o fisiológico". Relata muchas experiencias hechas por diversos autores acerca del agua y de los metales. Los diarios, las revistas y los libros están repletos de esos casos de radiestesia, para que sea necesario citar ejemplos. Pero debemos —desgraciadamente— hacer las máximas reservas acerca de esos resultados maravillosos. El R. Padre Jubaru, mediante una investigación in loco, demostró que dos hechos pretendidos por dos magos muy notables, eran inexactos. El Congreso de los cavadores de pozos y buscadores de fuentes, que tuvo lugar en Brignoles en el año 1933, permitió a quince de ellos hallar el emplazamiento exacto de una corriente de agua subterránea y su profundidad relativa. En cambio, el Congreso de Rímini de 1931, que puso a disposición de 19 buscadores cinco yacimientos (de cobre, hierro, petróleo, asfalto y plomo) no dio un solo resultado positivo y las localizaciones atribuidas por los buscadores a cada yacimiento, no se relacionaron para nada con esos yacimientos (Bulletin des Amis de la Radiesthésie, enero de 1932) En el Congreso de Aviñón de 1932, las pruebas sobre planos dieron lugar a las conclusiones siguientes: "Comparados entre ellos y con los documentos tunados sobre el terreno, los resultados no parecieron muy favorables a la prospección sobre los planos" (Del Boletín citado, Mayo de 1932). Finalmente se sabe que, en el Congreso de Lausana en 1934, las búsquedas sobre fotografías y sobre la escritura han tenido resultados lamentables.
La Revue des Questions scientifiques del 20 de enero de 1930 y la Revue Radio-science de marzo de 1929, han publicado los resultados absolutamente negativos, dados a la Universidad de Lovaina y al Instituto técnico de la Louviere, por un radiestesista de fama: no demostró sensibilidad ni para el agua, ni para el radio, ni para los cultivos microbianos, ni para las ondas hertzianas: ¡no las encontraba cuando la estación transmisora las emitía, y las encontraba cuando la estación estaba en silencio!
Hemos experimentado personalmente con cuatro radiestesistas profesionales, de ellos dos de primer plano y de gran celebridad: los hemos hallado totalmente desprovistos de sensibilidad tanto en el terreno, como sobre un plano, para la busqueda de agua, grutas, metales, reconocimiento de enfermedades, de cuerpos químicos, de medicamentos, y hasta incapaces de atribuir una prueba química a la botella de donde procedía el medicamento.
Naturalmente, estos fracasos no niegan los hechos realmente positivos, pero obligan a aplicar por extensión también a la radiestesia la conclusión de C. Richet sobre la telestesía: "los hechos radiestésicos se presentan demasiado a menudo con la misma imprevisibilidad que la caída de los aerolitos".
Agreguemos que la boga de la radiestesia ha lanzado a su culto una muchedumbre de psicópatas. Lo que diremos acerca del ejercicio ilegal de la medicina por eclesiásticos, se aplica a numerosos radiestesistas.
Desde el punto de vista religioso, Monseñor Mennechet, obispo de Soissons, recordó que la radiestesia médica está prohibida a los sacerdotes por la legislación civil y religiosa sobre el ejercicio de la medicina (Vie diocésaine de Dijon, 22 de junio de 1935).

Apreciación de los hechos
Como en todos los demás prodigios biológicos que hemos estudiado, encontramos una distancia inmensa entre los hechos religiosos y los hechos no religiosos. Los primeros son de una amplitud, una intensidad, una claridad, una oportunidad, una utilidad y también de una independencia de los individuos y de las condiciones de ambiente, como no se halla nunca en los segundos. Los Santos y los místicos conocen de manera precisa los hechos y los pensamientos que se refieren a la religión, y no tienen necesidad de algún esfuerzo o de alguna disposición especial; en cambio, no gozan de tal privilegio, generalmente, para cuestiones de orden vulgar y les es conferido para las cuestiones religiosas, no ya en forma constante, sino estrictamente en un caso dado. No hay esbozos aproximados en su conocimiento o relatividad en su ignorancia: o todo o nada.
Estos distintos caracteres los distinguen netamente de los hechos no religiosos y permiten, unidos a los datos teológicos, atribuirles en la mayor parte de los casos un origen puramente sobrenatural.
Mas como lo hemos visto en otros casos, esta intervención sobrenatural podrá revestir numerosas modalidades: ya sea conocimiento dado directamente por Dios, ya sea conocimiento proporcionado por los ángeles buenos o malos, ya sea exaltación acordada por Dios de cierta facultad natural, espiritual o corporal.
En el primer caso, Dios conoce todo, aun los pensamientos más secretos de Dios, y, al poder actuar directamente sobre nuestro intelecto, el conocimiento se produce de manera puramente espiritual, sin ningún concurso corporal. En el segundo caso, los ángeles pueden recibir directamente de Dios el conocimiento que nos han de transmitir, lo que ellos realizan no por una acción directa sobre nuestro intelecto, que no les es normalmente accesible, sino por una acción de nuestras facultados sensitivas, poniendo en juego así el factor corporal; o bien advierten los elementos corporales del pensamiento de uno de Los sujetos o de los hechos para revelar, y actúan sobre los elementos corporales del otro sujeto para darle el conocimiento de las ideas o de los hechos en cuestión (Cardenal Lépicier). Es el modo preternatural. Advirtamos que el conocimiento natural que los ángeles pueden tener así de nuestros pensamientos, es muy rudimentario; el conocimiento exacto puede serles proporcionado solamente por Dios o por nuestra voluntad (ver al respecto lo que dice el Cardenal Lépicier). En el modo preternatural, hay que distinguir siempre entre la acción de los ángeles buenos y la de los demonios. Finalmente, el tercer modo sería milagroso, en su determinación, en su grado, pero natural por su mecanismo.
En realidad, la radiestesia, en principio, se funda en la posibilidad de la percepción por el organismo de radiaciones emitidas por substancias buscadas o de modificaciones de proximidad (campo eléctrico, estado higrométrico, electricidad atmósferica, etc.) que puedan producir. Por otra parte, los fenómenos orgánicos del pensamiento, como todo fenómeno biológico, pueden ser generadores de ondas susceptibles de ser detectadas por los elementos correspondientes de otro cerebro, no ya los pensamientos verdaderamente exactos, sino otros análogos a los del sujeto emisor. Las ondas lumínicas emitidas por las células de los gusanos de luz y captadas por nuestra retina, ondas emitidas por las colonias microbianas, tornan este proceso enteramente aceptable. Mas esta transmisión de sacudidas fisicas causadas por el pensamiento, no podría hacer conocer exactamente ese pensamiento, sino sólo de manera aproximada, aunque el simple juego de nuestros elementos sensibles, por su poder evocador, puede dar la ilusión de una trasmisión mucho más completa e íntima de la real. El análisis crítico de hechos bien observados y una experimentación paciente y severa serían necesarios para reconocer exactamente el campo y los límites de los factores narurales en la telepatía.
Por lo que se refiere a la telestesia, hemos visto como los fenómenos se reproducen en número, cuando excluimos de ellos todo pensamiento humano. Sin embargo, en muy raros sujetos, esta facultad parece existir y los mismos errores del médium excluirían la telestesía o una intervención preternatural. Su mecanismo no puede ser objeto de ninguna hipótesis plausible.
La radiestesia sobre el terreno puede ser real, o telepática, o telestésica. Sobre el plano, a distancia, parece que no puede depender más que de esos dos últimos modos. Desgraciadamente, traducida por el intermediario burdo del sistema nervioso general y del sistema muscular, mediante los movimientos no específicos de un péndulo o de una varita, esas informaciones están desprovistas de toda certeza.
En la medida en que estas facultades de telepatía, telestesía o radiestesia existen, Dios puede excitarlas mediante determinados recursos útiles y bienhechores. Puede igualmente acordar milagrosamente, a espíritus humanos, un espiritualismo entre sí, como lo harían si se hallaran en el estado de almas separadas o puros espíritus.
Así se presentan en una amplia complejidad los fenómenos telestesicos que deben ser subdivididos entre modalidades biológicas, espirituales y divinas, y asociaciones diversas de estas modalidades.
Doctor Henri Bon
MEDICINA CATÓLICA

lunes, 15 de agosto de 2011

De los muertos que resucitó el glorioso San Vicente Ferrer

Como entre los milagros corporales el mayor sea resucitar un muerto, en este capítulo trataremos de los muertos que San Vicente resucitó, contándoles llanamente y sin retóricas cómo ellos pasaron.
El año 1420, poco más o menos, Oliva Coetsal tenía un hijo de un año, el cual se le murió después de siete días de enfermedad. Hizo ella todas las pruebas que suelen hacer para ver si una persona es muerta, y en fin, aunque se resolvió en que era muerto, no perdió las esperanzas de cobrarle vivo, porque se le acordó de la santidad de San Vicente, cuya misa y sermones muchas veces ella había oído. Envolvió el cuerpo muerto en un lienzo e hízole llevar al sepulcro del Santo, que estaba de alli no más de dos leguas, y ella se fue también tras el cuerpo. Y llegando a la iglesia desenvolvió el paño y halló a su hijo muerto como antes; mas, púsole encima del sepulcro y rogó a San Vicente por estas palabras: Ruegoos, maestro, que si sois Santo y podéis algo delante de Dios, como yo creo y comúnmente lo creen las gentes, que me volváis mi hijo vivo. Hecha la oración, el niño se meneó e hizo buen rostro, y sanó totalmente. Concurrió mucha gente a este milagro y, con el gozo que todos recibieron, tocaron las campanas de la iglesia catedral. Vivió muchos años el resucitado y fue testigo en el proceso; y cada año yendo a visitar el sepulcro pagaba allí cierta cantidad de monedas que prometió su madre aquel día. En el mesmo punto que hubo resucitado este niño, vinieron al sepulcro del Santo el padre y la madre de un otro que había resucitado, haciéndole gracias por la merced. Y es milagro que se repite en el proceso tres veces por diversos testigos.
Es, pues, de saber que un hombre tenía la mujer medio loca y preñada; y fue tanto el deseo que le tomó de comer carne y particularmente humana, que un día arrebatando a un hijo suyo pequeñito, le partió de alto a bajo, en dos pedazos, y tomando parte de ellos cocióla para comer. Cosa cierto en extremo horrible, y que muestra que una persona sin juicio es más fiera que un tigre o león u otra cualquiera bestia. Vino el marido, que estaba bien descuidado de ello, y cuando vio el caso tan desastrado, concibió tanto horror cuanto ninguno podría imaginar. Mas, con la grande fe que tenía llevó los pedazos así como estaban al sepulcro del Santo, y dejólos allí llorando siempre y sollozando por su desdicha. Venida la noche, mandáronle salir de la iglesia, y él dejó los pedazos del cuerpo muerto allí mesmo, y entre ellos se le quedaba el corazón sepultado. Pero fue Dios servido por los merecimientos del maestro Vicente, que entrando por su casa halló en ella a su hijo vivo y alegre, aunque algo señalado por la parte que su madre le había cortado. Cuando fue mayorcillo (que entonces aún no había cumplido dos años), el padre le deputó para que sirviese algún tiempo en la iglesia donde el Santo estaba enterrado.
Flaminio, Surio y Claudio de Rota, escriben que San Vicente, aun viviendo en esta vida mortal, hizo otro milagro bien semejante a éste por otro tal desastre. Aun entre ellos hay alguna repugnancia y puede ser por descuido de los impresores. Surio dice que lo hizo en Morella; Claudio escribe que en Tolosa, y con él concuerda Flaminio, que escribe que aconteció en la provincia de Langüedoc. La oración que usó San Vicente para alcanzar de Dios esta merced, tráela Surio y es la siguiente: Iesus, Mariae Filius, mundi salus, et Dominus, qui huius infantis animam ex nihilo fecit, eam in hoc corpus restituat ad laudem et gloriam nominis sui.
En el año de 1448, poco más o menos, Juan Guerre, o Suere, arquero del duque de Bretaña, recibió algunas cuchilladas en la cabeza y otras partes del cuerpo. Y dentro de ocho días le apretó tanto el dolor que se murió sin confesión. En presencia de un clérigo que era venido a confesarle y de muchos otros testigos, pusiéronle una cruz como a muerto, y estuvo así más de media hora. Pero doliéndose todos de su condenación (porque antes de la dolencia y en ella también había sido blasfemo y renegador, y a lo que parecía era muerto sin arrepentimiento alguno), unos a otros se inducieron a encomendarle a San Vicente que le quisiese volver a la vida presente, siquiera para confesarse con el sacerdote que allí estaba. Aún no se habían levantado de rogar por él, cuando ya gimió, como doliéndose de la agonía y trance en que se había visto. Y dijo, que los demonios con horribles figuras le habían atormentado, y que el maestro Vicente, vestido de ropas blancas, los ahuyentó, y le había vuelto a esta vida. Confesósele, pues, y de allí a quince días curó de los golpes, y a pies descalzos se fue al sepulcro del Santo, para hacerle decir una misa. Este milagro lo deponen en el proceso seis personas que le vieron, y entre ellos hay un maestro en artes y un cura, el cual, además de esto, atestigua que San Vicente había resucitado a otro que por espacio de un día natural había estado muerto. El milagro pasó de esta manera, según lo refieren el padre y la madre del muerto.
El mesmo año que antes dijimos, Guillermo Rauxel, niño de cuatro años, andaba algo enfermo y un día, por la mañana, perdió la habla, y vino a tal extremo que murió, según lo juzgaron por las pruebas acostumbradas a hacer en semejantes acaecimientos. Detúvole la madre en casa, sin enterrar por espacio de veinticuatro horas. Y dado el caso que algunos la reprendían porque no trataba de su entierro, ella que se acordaba de algunos milagros de San Vicente, rogó a su marido fuese a visitar el sepulcro del Santo. El cual yendo allá y encendiendo cabe el sepulcro una candela, volvióse a casa sin alcanzar nada. Después la mujer se fue deprisa al monasterio de los Padres Menores (que estaba cerca de su casa) y encomendó allí que dijesen una misa delante la imagen de Nuestra Señora, prometiendo su hijo a la Reina de los Angeles y a San Vicente. Hecho esto, va como desconfiada, volvió a su casa para hacerle enterrar. Todavía tenía unos movimientos de esperanza, y así volviendo a casa, hizo voto de nuevo a San Vicente que, si alcanzaba la vida para su hijo, cada año le presentaría cierta moneda, como en rescate de la vida del niño. Entrando, pues, por la puerta, como le dijeron que su hijo se estaba ni más ni menos que cuando ella se había ido de casa, entristecióse grandemente, por ver que no servían de nada todas sus diligencias. Estando en esto, el niño habló y le pidió de comer, diciéndole cómo ya estaba vivo y sano.
Una mujer estuvo muy enferma quince días en tierra de Bretaña, y al cabo de ellos perdió la vista y el sentido, y en fin, murió realmente, al parecer de los que se hallaron allí presentes; que en verdad cosa es bien fácil de conocer, si un hombre vive o no. Su marido, con la tristeza de la muerte de su mujer, salió de su casa, y subióse en un montecillo, del cual se podía ver el campanario de San Pedro de Vannes, donde estaba enterrado San Vicente. Arrodillado, pues, allí con grande fe, comenzó a rogar a San Vicente le quisiese ser buen medianero con Dios, para que su mujer volviera a esta vida, y que él prometía visitar su sepulcro a pies descalzos, vestido de ropas blancas, y que ofrecería allí una imagen de cera. Vuelto a casa halló a su mujer muerta como antes, porque Dios quería qué se viese la fe y esperanza de este hombre. Y perseverando siempre en pedir con muchas lágrimas y gemidos esta merced, al cabo de una hora que era vuelto a casa, y de dos que la mujer era muerta, ella abrió los ojos y comió, y al otro día de mañana se halló tan fuerte que pudo entender en todas las haciendas de casa como antes que enfermase. Y dice muy bien el marido de ella en el proceso que, aunque San Vicente no la resucitara como la resucitó, fuera muy grande milagro haberla sanado tan súbitamente de tan grave enfermedad. No se escribe en el proceso el año que aconteció este milagro, y por eso yo no le pongo, pues no sé de adivinar, ni quiero fingir nada de mi cabeza.
En el año 1450, poco más o menos, teniendo una mujer en Bretaña en sus brazos una niña, hija suya, que andaba enferma, se le murió en ellos; y viéndola muerta, mandó hacer una cruz de madera para enterrarla, según es uso de aquella tierra. Pero, hecha ya la cruz, hizo voto a San Vicente, que, si volvía el alma al cuerpo, se le llevaría en lienzo a su sepulcro, con la cruz que le tenía hecha y una imagen de cera. Cosa maravillosa; media hora después de hecho el voto, la niña apareció viva.
En la diócesis de Vannes don Ivo, abad de la Orden de San Bernardo, envió a un sobrino suyo de edad de dieciséis años por nueces, y haciendo él más de lo que le era mandado, subió en el nogal y cavó de dos lanzas en alto y rompióse un brazo y un muslo y toda la persona se quebrantó, y, finalmente, bocezó e hizo todos los visajes que un hombre hace cuando se le sale el alma. Muerto el mancebo, a juicio de cuantos allí estaban (porque no resollaba ni se meneaba y estaba tan frío y yerto como un carámbano), ya que veían que la vida del cuerpo era perdida, dolíales extrañamente que el alma también se perdiese, muriendo como había muerto el mozo sin confesión y sin ninguna muestra de contrición. Ofreciéronle, los que allí se hallaron, a San Vicente que rogase a Dios por él; aunque algunos que mejor entendían lo que cumplía, juntamente le ofrecieron a Nuestra Señora. Fuese, pues, el abad de allí, muy triste, a la iglesia a rogar por el mancebo, que a lo menos volviese el alma al cuerpo para confesarle. Y habiendo estado allí media hora, y viendo que no le venían ningunas nuevas del muerto, que fuese resucitado, salió de la iglesia para mandarle amortajar y poner en una caja para enterrarle cuando fuese hora. También el compañero ya quería doblar por él. Con esto, nna mujer que allí había llegado, con la lástima que tenía del muerto, rogó por él a San Vicente y luego el muerto resucitó, y se dio aviso de ello al abad. Sanó, después, de los golpes; y, el abad visitó por él el sepulcro de San Vicente, y mandó al resucitado que todos los días de su vida lo visitare una vez cada año. Este milagro lo testifican en el proceso cuatro testigos, y de ellos tres eran frailes bernardos. Aconteció en el año 1452.
En el año siguiente, vispera de San Pedro y San Pablo, cerca de Joselino, un nadador hizo entrar en el rio un mochacho de quince años que no sabía nadar más que un plomo. Y llegando los dos hacia unos remolinos muy hondos, el hombre, viéndose en peligro, dejó al mocito por no ahogarse con él. El otro, cuitado, como no sabía nadar, vencido de la fuerza del agua, sumióse debajo de ella que estaba honda como dos lanzas; todavía con el agonía y ahogamiento salióse sobre el agua tres veces, sin poder ser ayudado, y, en fin, se quedó allá. Fueron tantas las voces que daban los de la ribera que una devota mujer, pasando por allá, se llegó a ver lo que era. Y viendo la desastrada muerte del mochacho, rogó a los que allí estaban que rogasen por él, y ella le encomendó con gran devoción a Nuestra Señora, y al maestro Vicente, atento que los padres del malogrado, el mismo día habían ido a Vannes para visitar su sepulcro. Al cabo de medio cuarto de hora el ahogado salió del agua muerto, y sin menearse más que si fuese un tronco, cerrados los ojos y la cabeza como descoyuntada del cuerpo. Y rompiendo el agua se fue por espacio de tres lanzas hasta la ribera, donde le recogieron y juzgaron todos que salía muerto, porque tenía todas las señales que los ahogados suelen tener. Pero él entonces habló y nombró lo primero de todo a Jesucristo. Pensando, pues, los otros que estaba lleno de agua, colgaron la cabeza bajo para que la echase, y no le salió gota. De allí a poco estuvo bueno y visitó el mesmo día el sepulcro de San Vicente, e hizo publicar el milagro en la iglesia de Vannes. Este milagro, deponen tres varones y una mujer, todos testigos de vista. Y en el proceso se ponderan dos cosas, la una que jamás de aquellos remolinos salió hombre vivo, antes bien se habían ahogado muchos en ellos. La otra, que, según la mujer dice, cuando el cuerpo salió bajo del agua, levantó las dos manos al cielo como quien hace gracias a Dios por el beneficio, y que luego las juntó delante del pecho y se vino hasta la ribera, no meneándose más que cualquier otro cuerpo muerto.
Un niño llamado Ivo, al cabo de tres días de enfermedad, perdió el habla y movimiento, y se quedó frío y no resolló nada en una hora. Pero una parienta suya prometió a San Vicente que si lo resucitaba lo llevaría a su sepulcro desnudo en sola la camisa (como dijimos que es costumbre entre bretones cuando se ofrecen a los santos), ofreciendo allí un cirio o candela de cera. Luego volvió el niño de muerte a vida, y abrió los ojos, mas no habló casi en espacio de tres horas, y de allí a dos días cumplió el voto, que se hizo por él y se volvió del sepulcro a su casa totalmente sano, en el año 1450.
Nicolao de Conutis, del consejo del duque de Bretaña, tenía una hija de edad de dos años, la cual murió de su enfermedad, o, si no murió, tuvo casi todas las señales que se suelen ver en un muerto; y, así su padre, de común acuerdo de los que allí se hallaron, le mandó hacer unas andas o féretro y una cruz, para llevarla a enterrar. Mas el deseo que el padre y madre de ella tenían de verla viva, hizo que prometiesen a San Vicente que la misma madre iría a Vannes a pie descalzo, vestida de ropas blancas, y llevaría a su hija consigo, si él la resucitaba, y le ofrecería un cáliz de plata para su iglesia. Hecho el voto, en continente la niña volvió en sí sana y buena, y la madre fue a pie y descalza seis leguas bien largas, aunque era en invierno y hacia harto frío. Pero el gozo del milagro hizo que pasase por todo alegremente en el año 1452.
En el mismo año, una mochacha de cinco a seis años, jugando encima de una viga que estaba puesta en alto, cayó en tierra, y tras ella el madero, de suerte que le hundió los cascos. Porque era tan pesado que sin gran trabajo cuatro hombres no pudieran levantarlo de un cabo. De esta caída y golpe, murió luego la mochacha, porque se le abrió la cabeza por muchas partes. Estaba, pues, un buen rato muerta; y como su madre hiciese cierto voto por ella a San Vicente, luego comenzó a resollar un poco, y pusiéronle un emplastro en la cabeza, y al tercero día, con el favor del Santo, estuvo no solamente viva, mas del todo sana.
El mesmo año, día de la Concepción de Nuestra Señora, una mujer del obispado de Vannes, quiso ir a las diez del día, al molino a moler, y el rocín en que iba dio tan brava coz en las sienes a un niño que la acompañaba, que le derribó en tierra y le abrió la cabeza por dos partes. Salióle muchísima sangre y no resollaba ni se meneaba, ni tenía color alguno, porque se murió de hecho. Lleváronlo a una casa y pusiéronlo a la lumbre dos horas, para ver lo que sería, pero él se quedó muerto como de antes, al parecer de los que allí habían concurrido. Y como la madre muchas veces había oído contar milagros de San Vicente, tomando esperanza por los ejemplos ajenos, decía con gran devoción a San Vicente: Maestro, pues Dios hace de cada dia milagros por vuestra intercesión, yo os ruego que queráis volver con vuestras oraciones a mi hijo la vida, que yo visitaré vuestro sepulcro y ofreceré en él una imagen de cera. Así estuvo orando hasta que fue hora de vísperas, y entonces, como lo atestiguan cuatro personas en el proceso, el mochacho volvió a esta vida, y preguntó a su madre qué era lo que había pasado. Ella le respondió cómo un rocín le había muerto, y que San Vicente, a quien ella le había encomendado, le había resucitado. Entonces él también se encomendó de nuevo a San Vicente, y dentro de pocos días, sanó perfectamente de los golpes, y cumplió el voto con su madre.
El año 1453 se murió una niña de pestilencia en Bretaña, y su padre hizo voto de ofrecer a San Vicente una candela o cirio de tamaño de la difunta: y luego abrió los ojos, y al otro día fue llevada al sepulcro del Santo.
Si todos los milagros que hasta aquí hemos contado parecen muy grandes, el que luego diremos lo parecerá más. En Vannes cayó una niña de siete años en una balsa de agua, sobre la cual estaba una muela para afilar herramientas. Buscándola sus padres por espacio de tres días, no la hallaron hasta que, al cabo, fue vista allí dentro, muerta. Trajéronla, pues, a la iglesia y pusiéronla encima del sepulcro de San Vicente, encomendándosela con mucha devoción y lágrimas, y cuando menos se cataron resucitó tan sana como antes de la caída.
Demás de estos muertos, se refieren en el proceso otros diez que el Santo resucitó por aquellas tierras. Y advierta aquí el lector, que todos estos dieciséis que yo he sacado del proceso, fueron resucitados en Bretaña, excepto uno, que según se cree era de Normandía. De suerte que aquí no se trata de los muertos que resucitó San Vicente viviendo, ni aun de los que resucitó después de muerto en lo restante de Bretaña, Italia y España, sino en sola Bretaña; con ser verdad que en el mesmo proceso se dice que mayores milagros hacía San Vicente en las partes lejos de Vannes, que en ella. Demás de esto, no sé sí resucitó más muertos en la mesma Bretaña, porque en el trasunto del proceso de Bretaña que tenemos, faltan algunos cuadernos, y puede ser que en ellos haya algo tocante a este género de milagros. A lo menos San Antonino dice que vio el proceso hecho para canonizar a San Vicente, y halló en él distintamente con todos, 28 muertos que había resucitado antes que le canonizasen; lo cual de ningún Santo de su hábito me acuerdo haber leído, excepto San Raimundo de Peñafort, catalán, el que copiló las Decretales, por mandado de Gregorio IX, porque algunos más se escriben de él.
Hasta aquí habemos tratado de aquellos a quien San Vicente volvió la vida después de haberla perdido: ahora será bien que digamos de los que por méritos de este santo alcanzaron la vida, sin haberla antes tenido. En la parroquia de San Paterno, del obispado de Vannes, parió una mujer dos hijos, de los cuales el primero salió muerto, a juicio de cuantos le vieron; porque en espacio de media hora, ni lloró, ni resolló, ni se movió, y estuvo frío y yerto, y tenía color de carne muerta. Dijéronselo a la parida, e hizo un voto a San Vicente por el niño para que pudiese ser bautizado. A la hora, se meneó la criatura y lloró y apareció viva. Duróle la vida más de tres semanas, y después con la gracia del bautismo se murió y fue al cielo en el año 1447.
También en el año 1450, cierta mujer anduvo tres días de parto en tierras de Vannes, y nunca en ellos sintió que en el vientre se moviese nada la criatura. De suerte que echó una cosa muerta, y así se lo dijeron los que allí estaban: pero ella con toda la devoción que pudo encomendó su parto a San Vicente e hizo cierto voto por él, y luego le sintió llorar como suelen los niños recién nacidos. Ni más ni menos, uno o dos años después de esto alcanzó vida San Vicente a otro niño, después de media hora que era nacido, con sólo un Pater noster que dijeron por él los que se hallaron en su nacimiento.