viernes, 30 de septiembre de 2011

Confirmación. Sus efectos. Cómo se administra.

¿Se puede probar por la Biblia que la Confirmación es un sacramento distinto del Bautismo? ¿Qué pasaje nos dice que fue instituido por Jesucristo? La imposición de las manos (Hech VII, 17), ¿no era para conferir gracias y dones especiales, como el don de curar, el don de lenguas, etc.?
Aunque es cierto que no hay en la Biblia un texto que diga expresamente que Jesucristo instituyó este sacramento, los católicos creemos firmemente que fue instituido por Cristo como los demás, y que es totalmente distinto del bautismo (Concilio de Trento, sesión VII, De Sacr, canon 1; De Confirm, canon 1). Jesucristo prometió que los que creyesen en El recibirían el Espíritu Santo (Juan VII, 37-39; 14, 16; 16, 7).
Los apóstoles "fueron llenos del Espíritu Santo" el día de Pentecostés (Hech II, 4), y tanto San Juan (VII, 38) como San Pedro (Hech II, 38) declararon que este don de Pentecostés era para todos los cristianos. En efecto, "cuando oyeron los apóstoles en Jerusalén que los samaritanos habían recibido la palabra de Dios, enviaron a Pedro y Juan a Samaría, los cuales, apenas llegaron, hicieron oración por ellos para que recibieran el Espíritu Santo, que aún no había descendido sobre ninguno de ellos, pues solamente estaban bautizados en el nombre del Señor. Entonces les impusieron las manos y recibieron el Espíritu Santo" (Hech VIII, 14-18).
Tenemos aquí dos ritos diferentes, con efectos asimismo diferentes. Los samaritanos habían sido bautizados, y ahora, al imponerles los apóstoles las manos, recibieron visiblemente el Espíritu Santo con aquella plenitud que Cristo había prometido para los creyentes y que no se da con sólo recibir el bautismo. Luego el bautismo y la imposición de las manos son dos cosas distintas, con efectos también distintos. Ahora bien: a esa imposición de manos la llamamos confirmación.
San Jerónimo, en sus Diálogos contra los luciferianos, nos habla de la Confirmación, y dice que era administrada por los obispos. Cita luego el lugar de los Hechos de los apóstoles para probar que es un sacramento, como lo había hecho doscientos años antes San Cipriano (Epíst 73; Ad Jubian 9).
Tampoco es cierto que la imposición de manos no tenía otro fin que conferir gracias, gratis datas, como el don de lenguas, don de hacer milagros, etc., pues estas gracias se daban a veces sin imposición de manos y sin rito alguno externo (Hech X, 44) y no siempre se daban a los que recibían la Confirmación (1 Cor XII, 30).

¿Cómo se administra el sacramento de la Confirmación? ¿Es necesario para salvarse? ¿Lo puede conferir un sacerdote?'. ¿Cuáles son sus efectos?
El sacramento de la Confirmación es administrado por el obispo. Las ceremonias son éstas: Una oración con las manos extendidas sobre los que van a ser confirmados, pidiendo a Dios que envíe sobre ellas el Espíritu Santo; luego, con el dedo pulgar de la mano derecha, los va ungiendo uno a uno con crisma, haciéndoles una cruz en la frente.
El crisma es una mezcla de aceite de oliva y bálsamo, que ha sido especialmente bendecido por el señor obispo el día de Jueves Santo.
Mientras hace la cruz en la frente al que se confirma, dice el obispo: "Yo te signo con el signo de la cruz, y te confirmo con el crisma de la salud, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo."
Hay al principio otras ceremonias que no hace al caso recordar.
Según el Concilio de Florencia, "en la Confirmación recibimos aumento de gracia y nos robustecemos en la fe".
En la Confirmación se dan al alma los siete dones del Espíritu Santo, especialmente fortaleza para profesar la fe y para vencer a sus enemigos (San Ambrosio, De Myst 7, 42).
Aunque la Confirmación no es necesaria para salvarse, como lo es el bautismo, sin embargo, ningún cristiano debiera dejarla si puede recibirla. Como dice el catecismo del Concilio de Trento: "Ninguno debiera omitirla; y ya que es un sacramento tan santo, en el cual se nos dan tan liberalmente los dones divinos, todo el cuidado que se ponga para evitar cualquier negligencia será poco."
Algunas veces el Papa concede a algunos sacerdotes el privilegio de administrar este sacramento, especialmente tratándose de Misiones de infieles, así como a los que custodian el Santo Sepulcro en Jerusalén; pero el ministro ordinario es el obispo.

BIBLIOGRAFIA.
Bilbao, Novísimo Catecismo, con ejemplos.
Devine, Los sacramentos, explicados.
Dianda, El Catecismo mayor, explicado.
Plat, Explicación del Catecismo romano de San Pió V.
Spirago, Catecismo popular explicado.
Rojo, Los sacramentos y su liturgia.

LA RECONCILIACION DE LOS "LAPSOS" Y LA PREPARACION AL MARTIRIO

A Decio, muerto frente a los bárbaros que rompían por el Danubio las fronteras del Imperio, sucede Galo, otro nombre vacío en la serie de emperadores del siglo III. La muerte del perseguidor volvió la paz a la Iglesia; muy pronto, sin embargo, un terrible azote, que periódicamente diezmaba la población del Imperio, descargó nuevamente sobre él. La peste invadió el orbe romano, haciendo estragos no comparables a la más desastrosa batalla en las fronteras del Rhin, del Danubio o de Persia. Al sentir crujir el Imperio, las gentes sentían que el mundo se derruía. Los cristianos viven bajo la impresión del fin de los tiempos; los paganos no saben, desesperanzados, a dónde volver los ojos. A lo más, a los cristianos mismos, para culparles de todas las calamidades de que era víctima el mundo. Así lo propalaba a ladridos Demetriano, personaje de consideración en Cartago, a quien por fin, tras larga paciencia y silencio, se decide San Cipriano a taparle la boca con el interesante tratado Ad Demetrianum. Si estallan con más frecuencia las guerras, si la peste y el hambre hacen estragos, si un cielo de plomo niega por largo tiempo su agua a la tierra, a los cristianos hay que imputárselo. Los cristianos tienen la culpa de que todo disminuya en el mundo. San Cipriano opina que la culpa está en la vejez misma del mundo.
Como quiera que fuera, el sentimiento de que la paz devuelta a la Iglesia no podía ser muy duradera, dominaba el alma del gran obispo, y, naturalmente, de ese sentimiento habían de participar sus colegas africanos y el pueblo fiel entero. De ahí estas dos cartas, de singular importancia: la LVII, en que los cuarenta y un obispos reunidos en Cartago, bajo la presidencia de San Cipriano, dan cuenta al papa Cornelio de la resolución tomada de acortan el plazo de penitencia para la reintegración de los lapsi, y la LVIII, a los habitantes de Thibaris, preparándolos para la inminente lucha en que habrán de verse los cristianos y excusándose de no visitarlos personalmente por la urgencia de los asuntos que tiene que resolver en Cartago, con miras indudablemente a la próxima persecución. Ambas cartas se reproducen aquí por lo que tienen de documento de aquellos días de fiebre de martirio. La primera (LVII), nos vuelve por última vez a la persecución de Decio, cuyos rastros trata definitivamente de borrar; la segunda, nos da la mejor idea de lo que debía de ser entonces la preparación para el martirio. Porque no bastaba ser cristianos; había que estar siempre preparados para ser mártires.

CARTA LVII
Cipriano, Liberal, Qaldonio, Nicomedes, Cecilio, Junio, Marrucio, Félix, Suceso, Faustino, Fortunato, Víctor, Saturnino, otro Saturnino, Rogaciano, Tertulo, Luciano, Sacio, Secundino, otro Saturnino, Eutiques, Ampio, otro Saturnino, Aurelio, Prisco, Herculáneo, Victórico, Quinto, Honorato, Mantaneo, Hortensiano, Veriano, Jambo, Donato, Pomponio, Policarpo, Demetrio, otro Donato, Privaciano, Fortunato, Rogato y Mónulo, a su hermano Cornelio, salud.
I. 1. Habíamos de primero, hermano carísimo, después de deliberar entre nosotros, tomado la decisión de que los que en el estrago de la persecución habían sido derribados por el enemigo, cayeron y se mancharon con ilícitos sacrificios, hicieran por largo tiempo penitencia completa, y sólo en caso de enfermedad, de amenazar golpe de muerte, recibieran la paz. Y, efectivamente, no era lícito por ley divina, ni consentía la piedad paterna y la clemencia de Dios, cerrar la Iglesia a los que llamaban a ella, y a los que con dolor nos lo suplicaban negarles el auxilio de la saludable esperanza, de suerte que salieran de este mundo sin el despacho de la comunión y paz para ir al Señor, siendo así que el mismo Señor permitió, y aun de ello puso ley, que cuanto se atare en la tierra quede atado en el cielo y cuanto en la tierra desatara la Iglesia podía ser desatado en el cielo.
2. Mas como veamos acercarse otro día de nueva devastación, y con incesantes visiones seamos amonestados a estar armados y preparados para la lucha a que el enemigo nos provoca, bien es que también aprestemos con nuestras exhortaciones al pueblo que la divina dignación nos ha confiado, y a todos los soldados de Cristo, sin excepción ninguna, que desean armas y piden batalla, los recojamos dentro de los campamentos del Señor. Así, pues, hémos determinado, por apremio de las circunstancias, que a todos aquellos que no se apartaron de la Iglesia y no cesaron de hacer penitencia, lamentarse y suplicar al Señor desde el día primero de su caída, se les ha de dar la paz y que es preciso armarlos y prepararlos para la batalla que está inminente.

II. 1. Debemos, en efecto, obedecer a las manifestaciones y advertimientos justos, por los que se nos avisa que los pastores no abandonen en el peligro a sus ovejas, sino que todo el rebaño se recoja en un solo aprisco y el ejército del Señor se arme para el combate de la celeste milicia. Razón había para dilatar por largo tiempo la penitencia de los que se dolían de su culpa, con la limitación de socorrer a los enfermos, cuando dábamos por segura la quietud y tranquilidad que permitían diferir a largo plazo las lágrimas de los que lloraban y socorrer tardíamente en su enfermedad a los que iban a morir.
2. Mas, a la verdad, ahora la paz no es necesaria a los enfermos, sino a los fuertes, ni hemos de dar la comunión con la Iglesia a los que mueren, sino a los que viven, de suerte que a quienes excitamos y exhortamos a la batalla no los dejemos inermes y desnudos, sino protegidos por la sangre y el cuerpo de Cristo; y pues la Eucaristía se consagra para ser tutela y defensa de los que la reciben, a los que queremos estén seguros contra el ataque del enemigo armémoslos con el escudo de la hartura del Señor. Pues ¿con qué derecho les enseñamos o provocamos a que en la confesión del nombre de cristianos estén prontos a derramar su sangre, si cuando van a entrar en la milicia les negamos la sangre de Cristo? ¿Y cómo los hacemos aptos para beber el cáliz del martirio, si no los admitimos primero, por derecho de comunión, a beber en la Iglesia el cáliz del Señor?

III. 1. Diferencia debe haber, hermano carísimo, entre los que apostataron y, vueltos al siglo a que habían renunciado, viven a la manera de gentiles o se pasaron como tránsfugas a los herejes y toman a diario contra la Iglesia armas parricidas, y entre aquellos que, sin apartarse del umbral de la Iglesia, no cesan de implorar con dolor los divinos y paternos consuelos y se declaran preparados para la lucha de ahora y prometen mantenerse firmes y combatir valerosamente por el nombre de su Señor y por su propia salvación.
2. En el tiempo en que estamos, no damos la paz a los que duermen, sino a los que velan; no damos la paz al regalo, sino a las armas; no damos la paz para el descanso, sino para la batalla. Si, conforme a lo que de ellos oímos y nosotros deseamos y creemos, se mantienen valerosamente firmes y derrotan, junto a nosotros, al adversario al enfrentarnos con él, no nos penará haber dado la paz a tan valientes soldados; antes bien, honor será y gloria grande de nuestro episcopado haber dado la paz a mártires, de suerte que los obispos, que diariamente celebramos los sacrificios de Dios, le preparemos hostias y víctimas a Dios. Si, por lo contrario, lo que Dios no permita en nuestros hermanos, alguno de los caídos nos engañare, pidiendo la paz astutamente y recibiendo la comunión con la Iglesia sin intención de pelear en la batalla inminente, sepa que a sí mismo se engaña y burla, pues una cosa oculta en el corazón y otra pronuncia con la boca. Nosotros, en la medida en que se nos concede mirar y juzgar, vemos la cara de cada uno, pero no podemos escudriñar el corazón ni penetrar en la mente. Del corazón y la mente juzga Aquel que es escudriñador y conocedor de lo oculto y que ha de venir pronto y juzgará de lo arcano y secreto del corazón. Ahora bien, los malos no deben dañar a los buenos, sino más bien ser ayudados los malos de los buenos. Y por tanto, no puede ser razón para negar la paz a los que han de sufir el martirio el hecho de que algunos han de renegar la fe, pues lo cierto es que debemos dar la paz a todos los que han de ir a la guerra, no sea que, por ignorancia, sea cabalmente preferido el que ha de ser coronado.

IV. 1. Y nadie diga: "El que sufre el martirio se bautiza con su propia sangre, y no es necesaria la paz que haya de darle el obispo a quien va a tener la paz de su propia gloria y ha de recibir mayor premio de la dignación del Señor."
2. Pues, en primer lugar, no puede ser apto para el martirio quien no es armado por la Iglesia para la batalla, y desfallece el alma a la que la recepción de la Eucaristía no levanta y enciende. El Señor, en efecto, dice en su Evangelio: Cuando os entregaren, no penséis lo que habéis de hablar; pues en aquel momento se os dará lo que habléis. Porque no sois vosotros los que habláis, sino el Espíritu de vuestro Padre el que habla en vosotros (Mt. X, 19-20). Si, pues, dice el Señor que en los que han sido entregados y confiesan su nombre habla el Espíritu del Padre, ¿cómo puede estar preparado y ser apto para la confesión de la fe quien, recibida la paz, no haya recibido ese mismo Espíritu del Padre que es el que, fortaleciendo a sus siervos, habla y confiesa la fe en nosotros?
3. Además, si dejando el cristiano todas sus cosas huyere y, metido en sus escondrijos o errante por las soledades, cayere acaso en manos de salteadores o muriese de fiebre y agotamiento, ¿acaso no se nos imputará a nosotros que un soldado tan excelente, que lo abandonó todo y, despreciada casa, padres o hijos, prefirió a todo seguir a su Señor, haya muerto sin la paz y comunión con la Iglesia? ¿Acaso en el día del juicio- no se nos tachará, o de perezosa negligencia o de dureza cruel, porque no tratamos, como pastores, de cuidar en la paz las ovejas confiadas ni de armarlas en la guerra?
4. ¿No nos echará en cara el Señor lo que por su profeta dice clamando: Consumís la leche y os cubrís con la lana de las ovejas y matáis las cebadas; pero no apacentáis mis ovejas, ni robustecisteis a las flacas, ni cuidasteis a las enfermas, ni vendasteis a las pernirrotas, ni buscasteis a las errantes; a las fuertes, en cambio, las rendísteis de fatiga. Y se dispersaron mis ovejas por no tener pastores, y vinieron a ser presa de todas las fieras del campo y no hubo quien las fuera a buscar y redujera a buen camino. Por lo tanto, esto dice el Señor: He aquí que yo voy a caer sobre los pastores, y requeriré mis ovejas de las manos de ellos y las apartaré, para que no apacienten ellos mis ovejas. Y ya no las apacentarán más y sacaré a mis ovejas de la boca de ellos, y yo las apacentaré con juicio? (Ez. XXXIV, 3-6; 10-16).

V. 1. Así, pues, para que el Señor no nos reclame las ovejas que nos ha encomendado de una boca con que negamos la paz, con que ponemos delante antes la dureza de la humana crueldad que de la divina piedad paterna, nos ha parecido conveniente, por inspiración del Espíritu Santo y admonición del Señor en muchas y manifiestas visiones, puesto que se nos anuncia y manifiesta el inminente ataque del enemigo, recoger dentro del campamento a los soldados de Cristo y, examinados uno a uno los casos, dar la paz a los caídos, o más bien armas a los que van a salir al combate. Y creemos que esta decisión ha de ser acogida con agrado por parte vuestra, habida consideración a la misericordia de Dios Padre.
2. Ahora bien, si alguno de nuestros compañeros opina que, aun estando inminente el combate, no se debe dar la paz a nuestros hermanos y hermanas, él dará cuenta al Señor en el día del juicio o de su inoportuna severidad o de su inhumana dureza. Nosotros, según decía, con nuestra fidelidad, caridad y solicitud, hemos declarado lo que había en nuestra conciencia: que se nos manifiesta a menudo de parte de Dios, y por la providencia y misericordia del Señor frecuentemente se nos avisa, que el día del combate está próximo, que el enemigo se va a levantar muy pronto violento contra nosotros y que esta lucha será más grave y dura que la pasada. Los que en Él confiamos podemos estar seguros de su ayuda y piedad, pues quien en la paz anuncia a sus soldados la lucha por venir, El dará a los que pelean la victoria en el combate. Te deseamos, hermano amadísimo, que goces siempre de buena salud.

CARTA LVIII

Cipriano, al pueblo de Thibaris, salud.

I. 1 Había pensado, amadísimos hermanos, y ardientemente lo deseaba, de permitirlo la situación de mis asuntos y la condición de los tiempos, ir yo mismo a visitaros, conforme a vuestros deseos frecuentemente expresados y, personalmente ahí, fortalecer a toda la congregación de hermanos con mi exhortación, por mediocre que ella fuere. Mas como aquí me detienen asuntos urgentes y no me es posible alejarme de aquí por largo viaje ni estar por mucho tiempo ausente del pueblo a cuyo frente nos ha puesto la divina indulgencia, os envío la presente carta que haga mis veces con vosotros.
2. Pues como quiera que el Señor se digna frecuentemente incitarnos y advertirnos, creemos un deber nuestro llevar también a vosotros la solicitud de nuestro advertimiento. Debéis, en efecto, saber y creer y tener por cierto que el día de la tribulación se cierne ya sobre nuestras cabezas y que está llegando el ocaso del mundo y el tiempo del anticristo, a fin de estar todos en pie preparados para la guerra, y no admitamos otro pensamiento que el de la gloria de la vida eterna y de la corona de la confesión del Señor. Y no nos imaginemos que lo que va a venir se asemejará a lo pasado. La lucha que está inminente será más dura y feroz, y a ella deben prepararse los soldados de Cristo con fe incorruptible y valor denodado, considerando que, si cada día beben el cáliz de la sangre de Cristo, es para que también ellos estén prontos a derramar su sangre por Cristo.
3. Querer ser hallado en Cristo significa justamente imitar lo que Cristo enseñó e hizo, según lo dice el apóstol Juan: El que dice que permanece en Cristo debe, conforme Cristo anduvo, andar también él (lo. 2, 6). Por modo semejante nos exhorta el apóstol Pablo y nos enseña diciendo: Somos hijos de Dios; mas si somos hijos, somos también herederos de Dios y coherederos con Cristo, a condición de que con Él padezcamos para ser con Él glorificados (Rom. VIII, 16-17).

II. 1. Todas estas verdades son ahora de considerar para nosotros, a fin de que nadie desee cosa alguna de un mundo que se está muriendo, sino que todos sigamos a Cristo, que no sólo vive para siempre, sino que da la vida a sus siervos que mantienen la fidelidad a su nombre. Está, efectivamente, llegando, hermanos amadísimos, aquel tiempo que ya predijera un día el Señor, y nos avisó que había de venir, diciendo: Vendrá una hora en que todo el que os quitare la vida piense que hace un servicio a Dios. Mas esto lo harán porque no conocieron al Padre ni me conocieron tampoco a mí. Pero yo os he hablado de estas cosas para que cuando llegue la hora os acordéis de que yo os lo dije (lo. XVI, 2-4).
2. Y no se maraville nadie de que nos fatiguen constantes persecuciones, y angustiosas tribulaciones nos apremien a cada momento, pues de antemano predijo el Señor que todo esto había de ocurrir en los últimos tiempos y Él instruyó nuestra milicia con el magisterio y exhortación de su palabra. Pedro otrosí, apóstol suyo, nos enseña que las persecuciones vienen para prueba nuestra y para unirnos también nosotros por la muerte y sufrimientos al amor de Dios, siguiendo el justo ejemplo de los justos que nos han precedido. Y así dice él en su carta: Amadísimos, no os admiréis del incendio que se ha levantado entre vosotros, que sucede para prueba vuestra, ni os desaniméis como si os sucediera algo sorprendente; antes bien, siempre que toméis parte en los sufrimientos de Cristo, alegraos por todo, a fin de que en la revelación de su gloria, vuestra alegría sea jubilosa. Si se os insulta en el nombre de Cristo, bienaventurados de vosotros, pues el nombre de la majestad y del poder de Dios reposa sobre vosotros; nombre que para ellos es objeto de blasfemia, mas para nosotros honor (1 Petr. IV, 12-14).
3. Ahora bien, los apóstoles nos enseñaron de los preceptos del Señor y de los mandamientos celestes lo que ellos también aprendieron, corroborándonos por otra parte el «Señor cuando nos dice: Nadie hay que deje casa, o campo, o madres, o hermanos, o mujer, o hijos, por el reino de Dios, y no reciba siete veces tanto en este tiempo y en el siglo venidero la vida eterna (Lc. XVIII, 29-30). Y otra vez: Bienaventurados —dice— seréis cuando los hombres os aborrecieren y os expulsaren y maldijeren vuestro nombre, como cosa mala, por causa del Hijo del hombre. Alegraos en aquel día y regocijaos, pues vuestra recoímpensa es grande en los cielos (Lc. VI, 22-23).

III. 1. Quiso el Señor que nos alegráramos y nos regocijáramos en las persecuciones, pues cuando éstas estallan, entonces es cuando se dan las coronas a la fe, entonces se prueban los soldados de Dios, entonces se abren de par en par a los mártires las puertas del cielo. Y es así que no nos alistamos en la milicia cristiana para pensar sólo en la paz y hablar mal y rehusar la campaña, siendo así que antes que nosotros salió a ella el Señor, maestro de humildad, paciencia y sufrimiento. Lo que enseñó hacer, Él lo hizo el primero, y lo que nos exhortó a padecer, Él lo padeció antes por nosotros.
2. Tengamos delante de nuestros ojos, hermanos amadísimos, que Aquel que recibió, Él solo, todo el juicio de parte de su Padre y que como juez está para venir, ya ha pronunciado la sentencia de su juicio y proceso venidero al anunciarnos de antemano y asegurarnos que Él confesará ante su Padre a quienes a Él le confiesen, y negará a quienes le negaren. Si hubiera modo de evadirnos de la muerte, con razón temeríamos morir. Ahora bien; pues es forzoso que el mortal muera, abracemos la ocasión que nos viene de la divina promesa y dignación y cumplamos el deber de la muerte con premio de inmortalidad. Lejos de nosotros el miedo a morir violentamente, cuando nos consta que, al matarnos, se nos corona.

IV. 1. Tampoco ha de desconcertarse nadie porque, al estallar la persecución, el miedo ponga en fuga y disperse a nuestro pueblo y no pueda ver a la fraternidad reunida ni oír las instrucciones de los obispos. No es posible estar entonces juntos todos, como quiera que matar no nos es lícito y la muerte, de ser sorprendidos, sería inevitable. Dondequiera se hallare un hermano en aquellos días, separado temporalmente y por fuerza de las circunstancias, y aun eso, de cuerpo y no de espíritu, no se turbe por el horror de aquella fuga ni, al apartarse y esconderse él mismo, se espante de la soledad de un lugar desierto. No está solo quien lleva en su huida por compañero a Cristo. No está solo quien, conservando el templo de Dios dondequiera que estuviere, no está sin Dios.
2. Y si al fugitivo le sorprenden salteadores en los descampados y montes, si le ataca una fiera, si le aflige el hambre, la sed o el frío; si navegando precipitadamente por esos mares le hunde en lo profundo una deshecha borrasca y tormenta, sepa que Cristo está contemplando a su soldado dondequiera que éste luche, y al que en la persecución muera por el honor de su nombre, le da el premio que prometió daría en la resurrección. No disminuye la gloria del martirio el hecho de no unorir públicamente y en presencia de muchos, como la causa de la muerte sea Cristo. Basta para testimonio de su martirio tener por testigo a Aquel que prueba y corona a los mártires.

V 1. Imitemos, hermanos amadísimos, al justo Abel que inauguró los martirios al ser muerto el primero por la justicia. Imitemos a Abrahán, el amigo de Dios, que no vaciló en ofrecer por sus propias manos como víctima a su hijo, dando gusto a Dios con fidelidad abnegada. Imitemos a los tres jóvenes, Ananías, Azarías y Misael, los cuales, sin espantarse de su poca edad, ni quebrantarse por los trabajos de la cautividad, derrotada la Judea y tomada Jerusalén, vencieron al rey en su propio reino con la fuerza de su fe. Dándoseles orden de adorar la estatua que había hecho el rey Nabucodonosor, se mostraron más fuertes que las amenazas del rey y que las llamas, proclamando y atestiguando su fe por estas palabras: Rey Nabucodonosor, no tenemos nosotros necesidad de responderte sobre ese particular. El Dios a quien nosotros servimos, en efecto, poderoso es para librarnos del horno de fuego ardiente, y de tus manos, oh rey, nos librará. Y si no, sábete que a tus dioses no les servimos y la estatua que has hecho no la adoramos. (Dan. III, 16-18). Creían que, según su fe, podían escapar al fuego; más añadieron "y si no", para que entendiera el rey que ellos podían también morir por el Dios a quien daban culto.
2. Y ahí está, efectivamente, la fuerza del valor y de la fidelidad, en creer y saber que Dios puede liberarnos de la muerte presente y, sin embargo, no temer la muerte, no retroceder ante ella, a fin de demostrar más valientemente la fe. Por boca de aquellos jóvenes salió con fuerza el incorrupto e invicto vigor del Espíritu Santo, para que se vea ser verdad lo que en su Evangelio afirmó el Señor, diciendo: Cuando os prendieren, no penséis lo que vais a hablar, pues en aquel momento se os dará lo que habléis. Porque no sois vosotros los que habláis, sino el Espíritu de vuestro Padre el que habla en vosotros. (Mt. X, 19-20). Dijo el Señor que se nos dará y ofrecerá, por gracia divina, lo que en aquel momento hayamos de hablar y que no somos entonces nosotros los que hablamos, sino el Espíritu de Dios Padre. Ese Espíritu, como no se aparta ni divide de los que confiesan la fe, Él mismo habla y es coronado en nosotros. Así Daniel, al intentar forzarle a adorar al ídolo Bel, al que entonces daba culto el pueblo y el rey, para afirmar el honor de su Dios, prorrumpió con plena fe y libertad diciendo: Yo no doy culto sino al Señor Dios mío, que hizo el cielo y la tierra (Dan. XIV, 4).

VI. 1. En la historia de los Macabeos, los terribles tormentos de los bienaventurados mártires, los múltiples suplicios de los siete hermanos, aquella madre que anima a sus hijos en sus dolores y, por fin, muere también ella con sus hijos, ¿no nos dan ejemplos de grande valor y fidelidad y nos exhortan con sus sufrimientos al triunfo del martirio? ¿Qué nos dicen los profetas a quienes inspiró el Espíritu Santo para el conocimiento de lo futuro? ¿Qué los apóstoles a quienes el mismo Señor eligió? ¿No es así que cuando los justos son muertos por causa de la justicia, nos enseñan también a morir a nosotros?
2. El nacimiento de Cristo se celebró con los martirios de los niños de pecho, de suerte que por su nombre fueron muertos los de dos años para abajo. Una edad que no era aún hábil para la lucha lo fue para la corona. Para que se viera que son inocentes los que son muertos por Cristo, la infancia inocente fue muerta por causa de su nombre. Mostróse también que nadie está libre del peligro de la persecución, cuando tales sufrieron el martirio.
3. ¡Y qué grave pecado no será no querer padecer el siervo que lleva el nombre de Cristo, cuando antes padeció su Señor, y no querer padecer nosotros por nuestros propios pecados, cuando Él, que no tenía pecado propio, padeció por nosotros! El Hijo de Dios padeció para hacernos hijos de Dios, y el Hijo del hombre no quiere padecer para continuar siendo Hijo de Dios. Si el mundo nos persigue con su odio, Cristo soportó, el primero, el odio del mundo. Si en este mundo hemos de soportar injurias, fuga, tormentos, recordemos que más graves sufrimientos hubo de soportar el Hacedor y Señor del mundo, que nos amonesta diciendo: Si el mundo os aborrece, acordaos que antes me aborreció a mí. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo que es suyo; mas como no sois del mundo y yo os escogí del mundo, por eso os aborrece el mundo. Acordaos de la palabra que os tehgo dicha: "No es el siervo mayor que su amo". Si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros (Jo. XV, 18-20). El Señor y Dios nuestro, cuanto enseñó, también lo hizo, de suerte que no tenga excusa el discípulo que aprende y no hace.

VII. 1. Y no quiera Dios, hermanos amadísimos, haya nadie entre vosotros que de tal modo se aterre por el miedo de la persecución futura o la llegada inminente del anticristo, que no se halle armado para todo evento con las exhortaciones del Evangelio y los preceptos y avisos celestes. Viene el anticristo, pero tras él viene Cristo. Nos invade y se ensaña en nosotros el enemigo; pero inmediatamente viene a sus alcances el Señor para vengar nuestros martirios y llagas. Nuestro contrario se irrita y amenaza; pero hay quien puede librarnos de sus manos.
2. Sólo Aquel merece ser temido, de cuya ira nadie puede escapar. El mismo es quien de antemano nos lo advierte diciendo: No temáis a quienes pueden matar el cuerpo, pero al alma no la pueden matar. Temed más bien a Aquel que puede matar cuerpo y alma para el infierno. (Mt. X, 28). Y otra vez: El que ama su alma, la perderá, y el que odia su alma en este mundo, la guarda para la vida eterna (Jo. XII, 25).
3. Y el Apocalipsis nos instruye y advierte diciendo: El que adorare la bestia y su imagen y recibiere la marca de ella en su frente, beberá el viito de la ira de Dios, mezclado en el vaso de su ira, y será castigado a fuego y azufre ante los ojos de los santos ángeles y ante los ojos del Cordero, y el humo de los tornrentos de ellos subirá por los siglos de los siglos, y no tendrán descanso día y noche los que adoraren la bestia y la imagen de ella. (Apoc. XIV, 9-11).

VIII. 1. Para los combates seculares se ejercitan y preparan los hombres, y tienen a grande honor recibir la corona de vencedores en presencia del pueblo y a la vista del emperador. Pues he aquí un combate sublime en su grandeza y glorioso por el premio de la corona celeste. Dios mismo es el que nos contempla en la lucha, y a los que se ha dignado hacernos hijos, extendiendo sobre nosotros sus ojos, se goza contemplando cómo combatimos. Dios nos mira mientras damos la batalla y luchamos en el combate de la fe, nos miran sus ángeles, nos mira Cristo mismo. ¡Qué dignidad de gloria, qué grande dicha combatir teniendo a Dios por presidente de los juegos y ser coronado con Cristo por juez!
2. Armémonos, hermanos amadísimos, con todas nuestras fuerzas y preparémonos para el combate con mente incorruptible, con fidelidad entera, con valor denodado. Avancen los campamentos de Dios al campo de batalla a que se nos provoca. Armense los sanos. No pierda el sano la gloria de haberse antes mantenido en pie. Armense también los caídos, para que el caído recupere lo que antes perdió. A los sanos el honor, a los caídos provoque él dolor a la batalla.
3. El bienaventurado Apóstol nos enseña a armarnos y prepararnos diciendo: No es nuestra lucha contra la carne y la sangre, sino contra los poderes y príncipes de este mundo y de estas tinieblas, contra los espíritus de maldad en los cielos. Por lo tanto, revestios de la armadura total, para que podáis resistir en el día malísimo. Y así, completa vuestra armazón, manteneos firmes, ceñidos vuestros lomos con la verdad, cubiertos de la loriga de la justicia y calzados vuestros pies en la preparación del Evangelio de la paz, embrazando el escudo de la Fe, en que podáis apagar todos los dardos encendidos del maligno, y tomando el casco de la salud y la espada del espíritu, que es la palabra de Dios (Eph. VI, 12-17).

IX. 1. Tomemos estas armas, pertrechémonos de estas espirituales y celestes defensas, a fin de que en el día malísimo podamos resistir y contrarrestar las amenazas del diablo. Revistámonos la loriga de la justicia, a fin de tener el pecho defendido y seguro contra los tiros del enemigo. Estén nuestros pies calzados y armados con el magisterio del Evangelio, a fin de que cuando la serpiente fuere por nosotros pisada y aplastada, no le sea posible mordernos ni derribarnos. Manejemos valerosamente el escudo de la fe, con cuya protección todo dardo encendido del enemigo pueda quedar extinguido.
2. Tomemos cada uno para cubrir nuestra cabeza el casco espiritual y con él se protejan nuestras orejas, para no escuchar los fúnebres edictos; se protejan nuestros ojos, para no mirar los abominables simulacros; se proteja nuestra frente, para que el signo de Dios se conserve incólume; se proteja nuestra boca, para que nuestra lengua confiese victoriosa a su Señor Cristo. Armemos otrosí nuestra diestra con la espada espiritual, para rechazar valerosamente los funestos sacrificios y, acordándose de la Eucaristía, la mano que recibe el cuerpo del Señor, ésa misma lo estreche, pues ella es la que luego ha de recibir del Señor el premio de las celestes coronas.

X. 1. ¡Qué bello y qué grande día aquel, hermanos amadísimos, en que el Señor hará recuento de su pueblo y con el contraste del divino proceso reconocerá los méritos de cada uno y enviará al infierno a nuestros enemigos y perseguidores, condenados a arder en llamas de castigo eterno, y a nosotros nos pagará la paga de nuestra fidelidad y abnegación! ¡Qué gloria y qué alegría ser admitido a ver a Dios, tener el honor de recibir juntamente con Cristo, Señor Dios tuyo, el gozo de la eterna salvación y de ia luz eterna, saludar a Abrahán, Isaac, Jacob y a todos los patriarcas, a los apóstoles, a los profetas y a los mártires, gozar del placer de la alcanzada inmortalidad junto a los justos y amigos de Dios en el reino de los cielos, tomar, en fin, allí lo que ni ojo vió ni oído oyó ni corazón de hombre alcanzó!
2. Que hayamos de recibir premio mayor de cuanto aquí obramos o padecemos, lo pregona el Apóstol diciendo: No pueden parangonarse los sufrimientos de este tiempo con la gloria por venir, que ha de manifestarse en nosotros. (Rom. VIII, 18). Cuando esa manifestación viniere, cuando la gloria de Dios fulgiere sobre nosotros, nos sentiremos tan dichosos y tan alegres al ser honrados por la dignación de Dios, como tristes y míseros quedarán los que, desertando de Dios o rebeldes contra Dios, hicieron la voluntad del diablo, de manera que sea forzoso arder junto con él en el fuego inextinguible.

XI. Que estas verdades, hermanos amadísimos, estén bien fijas en vuestros corazones. Esta sea la preparación de nuestras armas, ésta nuestra meditación diurna y nocturna: tener ante los ojos y revolver constantemente con el pensamiento y los sentidos los suplicios de los inicuos y los premios de los justos, qué castigos conmina el Señor a los que le niegan y qué gloria promete a los que le confiesan. Si mientras estas verdades pensamos y meditamos sobreviniere el día de la persecución, el soldado de Cristo, instruido por sus preceptos y avisos, no se espanta para la lucha, sino que está preparado para la corona.
Os deseo, hermanos amadísimos, que gocéis siempre de buena salud.

jueves, 29 de septiembre de 2011

El cuidado que han de tener los padres de familia, para que todos los de su casa sepan y practiquen la política racional y cristiana.

En el libro de los Desengaños místicos tenemos advertido, que la política racional y cristiana no es vicio, sino virtud, que se debe practicar en el humano trato; por lo cual será muy justo que los diligentes padres de familia la enseñen a todos los de su casa, para que en todas sus operaciones vivan decentemente regulados, y se conozca que tratan con personas.
Es la política racional, según el filósofo, una virtud moral estimable, que compone el trato exterior de las criaturas entre sí mismas, de tal manera, que ni excedan, ni falten para dar el honor debido a cada una. Es especie, o parte integral de la prudencia, y pone buen orden para la conservación humana, dando reglas prudentes a los inferiores y superiores que componen una bien ordenada república, o una casa bien gobernada.
Los incultos que nada saben de política racional, dan testimonio de que no se han criado entre personas, y son afrenta ignominiosa de los padres de familia con quien viven. El Espíritu Santo dice, que es confusión afrentosa del padre el hijo indisciplinado que no tiene cortesía ni política racional para conversar con varones discretos y prudentes (Eccli., XXII, 3).
La materia de la política racional es dilatadísima, según la extensión universal, que dice a todas las operaciones exteriores humanas, y en todos los varios estados y jerarquías de los hombres. Muchos autores magistrales hablan difusamente de ella; pero en especial el autor insigne del Teatro de la vida humana, el cual emplea diez hojas en folio patente, sin tratar en ellas de otra cosa que de la esencia, propiedades, circunstancias, y varias especies de políticas para el humano trato y conversación de los hombres.
En este libro solo intento poner aquellas mas principales reglas de discreción y prudencia, y de política cristiana, y cortesanía regular virtuosa, que hace respetables a los hombres disciplinados, para que los diligentes padres de familia las lean o las hagan leer a todos los de su casa; porque oyendo el sabio, se hace mas sabio, como dice Salomon (Prov., I, 5).
R.P. Fray Antonio Arbiol
LA FAMILIA REGULADA

DONES DE INTELIGENCIA Y VOLUNTAD. Naturaleza de la ciencia Infusa inicial

Era "infusa" en el sentido propio de la palabra.—Consecuencias que se derivan de tan singular privilegio. No era necesario que repercutiese "en el hombre exterior".

I. Asentado ya el hecho de la ciencia inicial de la Santísima Virgen, pasemos al estudio del modo.
¿Cuál puede ser la naturaleza de un conocimiento tan diferente de aquel que conviene a nuestra humana flaqueza, y cómo es posible que se den tan altos pensamientos allí donde los sentidos mismos no son aún aptos para llenar sus funciones? Recordemos que es ley de nuestra naturaleza que la inteligencia no entre en ejercicio hasta que el organismo esté debidamente formado. Para pensar, reflexionar, juzgar, es necesario previamente un desarrollo normal de las facultades inferiores; y como este desarrollo no se ha obrado, o, por lo menos, no está terminado en el primer período de la vida humana, sigúese que en ese tiempo el alma espiritual está como paralizada y es incapaz de ejercer las operaciones cuyo principio lleva en sí misma. Tan evidente es esta verdad, que la falsa ciencia se ha servido de ella para confundir los dos órdenes de conocimiento, reduciéndolo todo a funciones orgánicas, como si el organismo fuese el principio común y único del sentir y del pensar, de las sensaciones y del pensamiento propiamente dicho.
Hemos de confesar que no es cosa fácil dar una solución clara y precisa a este problema. Pero añadimos que lo que parece tan difícil no es absolutamente imposible. El ejemplo de San Juan Bautista; el ejemplo, aún más significativo y cierto, de la santa humanidad del Salvador demuestran que la omnipotencia de Dios no se detiene ante la ley común de nuestro conocimiento. Dios puede hacer mucho más de lo que nosotros podemos explicar o comprender. Cierto que la génesis normal de nuestras ideas supone los materiales suministrados por la percepción sensible; cierto también que, naturalmente, nuestra inteligencia no podría pensar, ni nuestra razón juzgar, sin el concurso de representaciones elaboradas en nuestra imaginación. Suprimid todas estas imágenes, o haced que escapen totalmente a la dirección del espíritu, y con sólo esto paráis el trabajo de la inteligencia o introducís en él el desorden y la perturbación. La experiencia cotidiana lo prueba con toda evidencia. Pero Dios, autor y señor de la naturaleza, puede obrar y hacer obrar fuera de las reglas ordinarias. El que pudo formar a su Cristo en el seno virginal de María sin el concurso natural del hombre, puede muy bien, si le place, hacer fecunda una inteligencia humana sin la cooperación de las imágenes sensibles.
Adán (prescindamos de los espíritus angélicos) salió de las manos del Creador lleno de ciencia y de verdad con un tesoro de ideas impresas en él por el mismo Dios, sin ejercicio alguno preparatorio de las facultades orgánicas. Su ciencia era de hecho ciencia infusa, no ciencia adquirida (De hecho, decimos, porque Dios mismo la había impreso en su inteligencia al crearla; mas no de derecho, porque para usar de su ciencia le era necesario el concurso de los órganos, del mismo modo que para el uso de la ciencia adquirida. Era lo que suele llamarse ciencia infusa per accidens). Es verdad que para usar de esta ciencia necesitaba el concurso de la imaginación: como nosotros, Adán no pensaba sin representaciones sensibles. Mas, como también acontece a nuestras almas, la de Adán, al separarse de su cuerpo mortal, no perdió el tesoro de conocimientos que poseía; separada de todo organismo, pensaba con entera independencia de aquellas imágenes que suponen el concurso de las fuerzas corporales y son como la vestidura material de nuestras ideas. De donde se deduce que la condición de nuestro entender actual, por natural que sea el espíritu humano, no le es esencial. Por consiguiente, Dios, aun en el estado presente, puede libertar al alma humana de tal condición y darle el privilegio de pensar como los espíritus puros.
Y esto es lo que hizo en favor de su Cristo. Jesús, viviendo entre lo hombres, tenía, además de la ciencia beata con que contemplaba cara a cara la verdad infinita, aquella otra ciencia que la Teología llama ciencia infusa, inferior a la intuición divina, pero superior a todo conocimiento que dependa de las fuerzas orgánicas.
Y este fue también, si no nos equivocamos, el privilegio con que dotó a su divina Madre; y he aquí por qué, aun en las tinieblas del seno materno, a pesar de la impotencia en que todavía estaban las facultades orgánicas, podía conocer a Dios y las cosas de Dios, y corresponder con un amor inmenso al amor de la bondad divina hacia ella. Repitámoslo: la Iglesia nada ha definido acerca de este particular; pero, de todas las hipótesis que pueden imaginarse para explicar este uso anticipado de la razón en la Santísima Virgen, aquella que le concede una ciencia infusa propiamente dicha, es decir, una ciencia impresa por Dios mismo, una ciencia independiente, en su origen y en su ejercicio, de toda cooperación del organismo, es la más sencilla, la más natural, por no decir la única posible. Sabemos muy bien que esta manera de conocer está fuera de las leyes que rigen nuestra naturaleza en el estado de mortalidad; pero, como quiera que difiere esencialmente de la visión beatífica, y, por tanto, no se sale de la condición propia de la ciencia de la vida, nada se opone a que el Hijo de Dios se la diese a su Madre. Los Santos, en sublimes éxtasis, algunas veces contemplaron las perfecciones divinas sin concurso alguno y en el silencio más profundo de las facultades inferiores (Una prueba, entre otras, de que en estas comunicaciones extraordinarias del alma con Dios hay un modo de conocer más elevado, más libre de todo elemento sensible, Que al modo connatural a nuestro estado de mortalidad, es la impotencia de expresar claramente lo que en esos arrebatos sublimes del espíritu se ha visto u oído. ¡Cuántas veces habla Santa Teresa de esta imposibilidad! Multiplica hermosamente las comparaciones, las imágenes; pero al fin tiene que confesar siempre que nada le satisface. San Pablo, arrebatado al tercer cielo, ¿no oyó palabras misteriosas que al hombre no es permitido repetir? (II Cor., XII, 4)). ¿Qué tiene, pues, de extraño que la Madre de Dios recibiese de manera permanente aquello de que los servidores de Dios, como Santa Teresa y otros Santos, gozaron pasajeramente?

II. Consecuencias de las conclusiones precedentes. — La primera consecuencia es que este conocimiento maravilloso de María no tenía resonancia alguna fuera de Ella. Toda la gloria de la Hija del Rey estaba en su interior ("Omnis gloria, ejus filiae regia ab intus." (Psalm. XLIV, 24.)), oculta en el santuario secretísimo de su alma. Se entenderá claramente con sólo recordar cómo la ciencia infusa es independiente del ejercicio de los órganos. Nuestro Señor Jesucristo, en el pesebre no aparecía de condición distinta de los demás niños de su edad. No hablaba ni hacía cosa alguna demostrativa de inteligencia. Más adelante, su lengua se soltó conforme a la ley común; en él, como en los demás, se pudo seguir paso a paso el progreso de la razón, sin duda más rápido, pero semejante al de los otros niños. En Jesucristo, las acciones externas, es decir, las de la vida común, respondían, no a la ciencia divinamente infusa, sino al conocimiento adquirido, es decir, a ese conocimiento que supone como fundamento y principio el ejercicio normal de las facultades sensibles (Es indudable que la ciencia infusa no era extraña a la conducta externa del Salvador; pero Él proporcionaba sus manifestaciones al progreso de la ciencia adquirida; y era esto sabia disposición de su providencia, porque una sabiduría sensiblemente consumada en tan tierna edad hubiera hecho sospechosa la realidad de su naturaleza humana). Por consiguiente, no sería discreto decir, como algunas veces se ha dicho, ¿cómo creer que hay tantas luces en el fondo del alifra, cuando nada las revela a los ojos del observador? Esto sería olvidar la condición misma del conocimiento que se pretende poner en duda.
Y también olvidaría la condición connatural de la ciencia infusa (y esta es la segunda consecuencia) quien hablase de distracciones provenientes de entorpecimientos exteriores, de suspensiones en el pensamiento o eclipses en el raciocinio o descansos en el ejercicio de la inteligencia, causados por adormecimiento, turbación orgánica o sueño. ¿Cómo una ciencia que no necesita para nada el uso de los sentidos puede ser estorbada en su ejercicio porque los sentidos aceleren o retarden su acción?
La vida de los Santos y la Teología mística nos ofrecen más de un fenómeno que nos inducen a sospechar este privilegio en Jesús y en su Madre. Hanse visto siervos de Dios a quienes nada podía distraer de su presencia; testigos, San Luis Gonzaga y San Alfonso Rodríguez, obligados ambos por la obediencia a luchar contra Dios y vencidos en esta lucha, a pesar de sus laboriosos esfuerzos. Hanse visto otros a quienes el sueño mismo no podía sustraer de los asaltos del amor divino y que podían con verdad decir, como la Esposa de los Cantares: "Yo duermo, pero mi corazón vela" (Cant., V, 2.). Así fue, por ejemplo, el gran Apóstol de las Indias, Francisco Javier, que con el corazón y con la boca repetía en medio del sueño ardientes invocaciones a la Santísima Trinidad; así también San Alfonso Rodríguez, ya citado, cuyo descanso era, en cierto modo, una plegaria no interrumpida ("Le acaeció muchas veces durante el sueño que continuaba la oración comenzada durante la vigilia; una noche, cuando dormía, como él mismo refiere, hallóse todo abrasado en amor divino, y en este estado, semejante al reposo misterioso de la Esposa de los Cantares, permaneció una hora." Vie du bienhcureux Alphonse Rodríguez, L. I., p. 69. (Edit. Douniel.)). Y no hablemos de aquellos niños de quienes nuestros antiguos autores guardan memoria, y a los cuales nos los presentan cantando la gloria de Dios cuando su lengua era aún impotente para balbucir ni una palabra.
Y no se objete la fatiga que produciría esta atención continua a las cosas de Dios. El ejercicio de la inteligencia, de suyo, no engendra ni lleva consigo fatiga alguna. Si hay trabajo y cansancio, no tienen asiento en el espíritu, sino en el organismo: y la causa de ellos no es, ni el pensamiento ni la contemplación, por vivos y continuados que sean, sino la cooperación de las facultades inferiores, condición natural de nuestros conocimientos, aun de los más elevados, en el presente estado de nuestra naturaleza.
Anotemos otra consecuencia al resolver esta dificultad que espontáneamente se ofrece. He aquí la objeción. Esta unión del alma con Dios, esta absorción continua en Dios, si fuera en verdad como hemos dicho, hubieran paralizado por entero la vida exterior y hubieran impedido a la Santísima Virgen ocuparse de todo lo que fuese extraño al objeto de sus contemplaciones. ¿No es un hecho comprobado por la experiencia que cuando el entendimiento está embargado por una idea, el cuerpo queda como insensible a cualquiera impresión o excitación de fuera? Quien así tiene embargada su atención, no ve ni oye, como si fuese ciego, como si fuese sordo. Mil hechos naturales lo atestiguan, y los fenómenos sobrenaturales de éxtasis y raptos que se refieren en las vidas de los Santos de tal suerte lo confirman que no queda lugar a la menor duda para los creyentes.
¿Qué responder a esta objeción? La respuesta se halla en la misma naturaleza de la ciencia infusa. Esta ciencia, como ya hemos dicho, era independiente del organismo. Se asentaba en las alturas del alma, adonde no tiene acceso la sensibilidad. Por consiguiente, del mismo modo que no recibía auxiio de las potencias inferiores del ser, así tampoco les ponía obstáculo alguno en su funcionamiento. Porque si los fenómenos a que antes aludimos tienen por efecto el inmovilizar, en mayor o menor grado, las fuerzas del alma, esto nace de que la región en que se producen está relacionada, más o menos estrechamente, con el campo de la sensibilidad. Pero a medida que el conocimiento sobrenatural se eleva en la región de la inteligencia, a medida que los puntos de contacto entre la inteligencia y la sensibilidad van disminuyendo, la influencia mutua decrece y, al fin, viene a extinguirse.
Quizá parezcan estas consideraciones obscuras y poco decisivas. Vamos a esclarecerlas con ejemplos indudables. Sea el primero el del Verbo encarnado. Es absolutamente cierto que Jesucristo, en la parte superior de su alma, estuvo constantemente iluminado con los esplendores de la visión divina. Si algunos teólogos, para explicar los dolores de la Pasión, creyeron que era necesario admitir un eclipse momentáneo (No hablamos de otra opinión, expuesta en nuestros días, según la cual Jesucristo estuvo privado de la vista de Dios cuando fué tentado por el diablo en el desierto, para que de esta suerte pudiese libremente elegir entre la obediencia a su Padre celestial y el mal que le sugería el tentador. En esta opinión hay algo más que temeridad en la doctrina: hay ignorancia de que Nuestro Salvador era absolutamente impecable y de que el principio de esta impecabilidad era no sólo la visión beatífica, sino también la unión personal de la humanidad con el Verbo de Dios.), el sentir contrario ha prevalecido. Por otra parte, sería negar el Evangelio y trastornar toda la economía de nuestra fe el negar a Dios hecho hombre las funciones de la vida sensitiva. Por tanto, la experiencia prueba que no hay incompatibilidad radical entre el libre uso de los sentidos y la contemplación más alta, es decir, la más independiente de las fuerzas inferiores.
Otro ejemplo no menos demostrativo es el de los escogidos, después de su gloriosa resurrección. Grande, en efecto, es el error de los que se figuran el estado de los bienaventurados comprensores como un éxtasis inmóvil, en el que todas las fuerzas del cuerpo quedan en suspenso. No; el cielo será para el hombre exterior, del mismo modo que para el hombre interior, la vida pura, libre, llena; el ejercicio sin trabajo, sin dificultades, sin fatiga, soberanamente perfecto y soberanamente deleitable, de todas las actividades espirituales y sensibles.
A quien desease ejemplos más recientes le recordaríamos algunos hechos que se narran en las obras de los místicos, los cuales demuestran que la perfección de la vida contemplativa no corre pareja con los éxtasis y arrobamientos. A medida que las almas privilegiadas de Dios se acercan a la unión bienaventurada en que consistirá su gloria en la eternidad, más raro es aquel género de fenómenos sobrenaturales y mayor y más libre la facilidad de entregarse a las ocupaciones que se ordenan al servicio de Dios. Esto es lo que vemos en las vidas de los Santos y lo que Santa Teresa de Jesús hace constar muchas veces en el decurso de sus obras.
"Pareceros ha que, según esto, no andará en sí, sino tan embebida, que no pueda entender en nada. Mucho más que antes, en todo lo que es servicio de Dios..." (Moradas, Séptimas, c. I). Y dice además la Santa, por haberlo experimentado: "...en llegando aquí el alma, todos los arrobamientos se le quitan (el quitar se llama aquí cuanto a perder los sentidos), si no es alguna vez, y ésta no con aquellos arrobamientos y vuelos de espíritu..." (Ibídem, c. III). Y, ¿de dónde procede esto? En gran parte, de la sublimidad del modo del conocimiento, porque "aparécese el Señor en este centro del alma sin visión imaginaria, sino intelectual, aunque más delicada que las dichas" (Ibídem, c. II).
Tenemos de la misma Virgen Santísima el último ejemplo. Si en alma humana hubo alguna vez contemplación perfecta, fue en la de la Santísima Virgen, cuando Jesucristo, nacido de su seno apareció por vez primera delante de sus ojos arrobados. Y, con todo, esta Virgen benditísima, toda inundada en luz, lámpara brillante y ardiente con todos los fuegos de amor divino, quedó libre y expedita para las funciones de Marta. Mirad cómo coge al Niño Jesús con sus manos virginales, cómo lo envuelve en los pañales, cómo lo acuesta en el pesebre y, en una palabra, hace todo lo que cualquiera otra madre haría con el hijo de sus entrañas (Nicole ha escrito, en sus Pensamientos morales acerca de los Misterios de Jesucristo, §2: "No se ven en la Santísima Virgen raptos ni éxtasis. Estados son éstos en los que Dios pone a ciertas almas que aun tienen algo que sujetar y domar; pero en la Santísima Virgen nada resistía a Dios, a la impresión de Dios. Obraba según que Él la movía, sin dar un paso más." Continuat. de reflexions morales, t. XIII, p. 341. (París, 1741.) El Magníficat es el más sublime de los éxtasis; pero es un éxtasis espiritual que no paralizó los sentidos).
Últimas consecuencias. Cuando los Santos y los Doctores hablan del progreso de María en la santidad, del crecimiento continuo de sus méritos, siéntese uno tentado a creer que exageran en las cosas tan maravillosas que dicen. Pero, ¿cómo no creerles?; más aún, ¿cómo no persuadirse de que estas aparentes exageraciones se quedan por debajo de la verdad después de haber meditado el misterio de esta contemplación siempre en acto y siempre avivando el fuego de santo amor? Ya tendremos ocasión de hablar de este mismo asunto más de propósito cuando tratemos de la santidad final de la Madre de Dios.
Por último, esta teoría acerca de la ciencia de la gloriosa Virgen María nos explica mejor que otra cualquiera la feliz impotencia de María para cometer el menor pecado, conforme veremos en su lugar (Véase, sobre este asunto, al P. Fernando de Salazar, Pro immac. Deiparae V. conceptione Defensio, c. 132, n. 42-44; de Rhodes, de lncarnat., t. 8, q. 4, s. 6, § 3 ; Suár., de Myster. vitae Christi, d. 19. S. 3, Dico primo).
J. B. Terrien S.J.
LA MADRE DE DIOS...

Sectas secretas

Desde la Cruz de san Andres

Si alguien intenta captarte para una organización secreta, debes denunciarle y apartarte de él inmediatamente. Este artículo está especialmente pensado para nuestros jóvenes que, precisamente por su idealismo y juventud, suelen ser víctimas preferentes de las sectas más encubiertas y desde luego, no es ninguna broma.
Aunque muchas personas consideren que las sociedades secretas son cosa de fantasía o muy alejada de sus vidas, lo cierto es que hoy en día, este tipo de sociedades están más extendidas que nunca. Incluso en el entorno de la Iglesia.

Lo que todos los jóvenes debéis de saber sobre las sectas y las asociaciones secretas. Hechos:
La Iglesia católica condena enérgicamente todas las organizaciones secretas, por el mismo hecho de ser secretas: "Aquellas sociedades en las cuales se exige un secreto que a nadie debe ser manifestado y una absoluta obediencia a jefes ocultos mediando exigencia de juramento, SON SECTAS PROHIBIDAS Y DEBEN SER EVITADAS BAJO PECADO MORTAL" Aertnys, C.SS.R. - Damen C.SS.C. Theologia Moralis T. II n° 1057 Ed. Marietti.
Todas las sociedades secretas están prohibidas y bajo pecado mortal, sin excepción alguna y para todo católico.
Son sociedades secretas aquellas que mantienen estatutos, procedimientos o ritos, que solo son conocidos por sus miembros. Son también sectas secretas aquellas que solicitan a sus miembros que oculten su pertenencia a las mismas, sea este compromiso formal (sociedades secretas) o no (sociedades que se autodenominan “discretas”).

1. Todas aquellas organizaciones DONDE SE HACE JURAMENTO DE GUARDAR SECRETO ABSOLUTO.
2. Las asociaciones en DONDE SE GUARDA OBEDIENCIA A JEFES OCULTOS.
3. Las que son peligrosas y dudosas POR LAS DOCTRINAS QUE ENSEÑAN o POR LA CONDUCTA QUE TIENEN SUS DIRIGENTES.
4. La MASONERÍA y las sectas de la misma especie, o aquellas que para ”bien” o para mal, se inspiran en la masonería.

Ante la posibilidad de que a una asociación a la que se nos invite a entrar, se le pudiera aplicar simplemente uno de los puntos anteriores, todo joven católico ha de saber lo que debe hacer: Salir de esa secta o asociación y, para que resplandezca la luz de la Verdad, denunciar su existencia a su director espiritual y/o a sus padres.

La existencia de estas sectas entre nosotros y sus consecuencias:

El ocultismo en el que se mueven estas sectas, tiene cuanto menos dos terribles consecuencias negativas que, desgraciadamente, ya se están dejando sentir con fuerza en España, siendo este el motivo por el que publicamos la presente nota.
El primero, afecta directamente a las personas que se integran en estas sociedades ocultas y se concreta en la imposibilidad de conocer a la última fuente que las dirige y a la cual obedecen.
Efectivamente. En las sociedades secretas (especialmente en las masónicas o en las inspiradas por estos) es habitual que existan escalafones de poder, con lo que se impide a las personas que se encuentran en los círculos inferiores, el que puedan entrar en contacto o conocimiento de las personas que realmente dirigen dichas sociedades. Siendo así, ninguna persona de las que se encuadran dentro de estas asociaciones puede estar segura de que en última instancia, los fines que está persiguiendo su asociación y las ocultas personas que la dirigen, sean lícitos y no estén respondiendo a los intereses particulares de sus jefes superiores o incluso (y lo cual sería mucho peor), directa y taimadamente dirigidos a la destrucción de la Santa Madre Iglesia y de las entidades que de ella derivan.
Por ejemplo: Desviando capitales que bienintencionados católicos entregan para buenas causas a algunas entidades concretas, que soterradamente pertenecen a organizaciones secretas y que son utilizados por estas para lucrar a unos pocos o lo que es aun peor, con el secreto fin de evitar que dichos fondos caigan realmente en manos de la Iglesia.
La segunda consecuencia negativa se desprende de su misma existencia y es consecuencia de su forma “discreta” de actuar:
Hablamos de la psicosis que estas asociaciones crean a su alrededor. Un mal que afecta a toda sociedad que las acoge, porque una vez se conoce la existencia de sociedades secretas en una comunidad abierta y luminosa como es la Iglesia, se crea una muy dañina psicosis en todo el cuerpo social que la compone, por la misma naturaleza de las sociedades secretas y por la dificultad de constatar la pertenencia a las mismas de una persona o de una entidad, por este hecho denunciadas.
Así se producen denuncias, de las cuales el oyente (o lector) no puede constatar con seguridad su veracidad, pues son siempre desmentidas por los acusados, que invariablemente se quejarán de estar siendo difamados, dejando al oyente ante la duda de si son ciertas las acusaciones o si por el contrario, se está atacando injustamente a los denunciados.

De estas situaciones se deducen dos males intrínsecos:

Por un lado, la posible difamación de personas inocentes.
Por otro la inacción, fruto de la duda razonable.


El sufrimiento causado a un joven (o a cualquier persona) injustamente acusado de pertenecer a una de estas sectas es terrible y puede, por salvaguarda de su honor o para evitar lo que en su inconsciencia puede considerar como “males aun mayores” para la Iglesia o su comunidad, empujarle a tomar decisiones erradas y contrarias a sus intereses espirituales, como puede ser el alejamiento de SU comunidad o el ocultamiento de la situación ante sus padres o familia.
Acusar a una organización o a una persona de pertenecer a una de estas sectas sin tener plena seguridad, destruirá la reputación de la misma y la confianza en ella depositada.
La misma insinuación de que una persona o una entidad pueden estar dentro de la órbita de alguna entidad secreta, lleva además, a la inacción del oyente, que se ve paralizado ante la duda, sin saber si debe de hacer caso al denunciante o no, pues:
¿No puede ser el denunciante un difamador o simplemente estar equivocado? ¿No puede tener el mismo denunciante un interés oculto en dañar a esa persona o a esa sociedad por él denunciadas?

En consecuencia, es evidente que la duda razonable que se desprende de la imposibilidad de conocer la realidad de la pertenencia o no de una entidad o de una persona denunciadas a una secta secreta (Preferible es pemitir que se escapen 100 culpables, antes de entrar a condenar a un solo inocente), induce, por miedo al error, a la INACCIÓN, impidiendo la confianza en las mismas y propiciando, por esa misma inacción de los buenos, la preeminencia del MAL.

Pues bien, esta es la situación con la que la que nos encontramos en España y con la que hemos de bregar. Nosotros, desde Cruz de San Andrés, no podemos de ninguna manera acusar a nadie, pues aunque existan indicios muy cercanos, no tenemos constatación directa y segura ninguna, de que ninguna asociación o persona sea, con seguridad, perteneciente a asociación secreta alguna.

De verdad que nos encantaría tener una barita mágica que nos descubriese con seguridad (con seguridad, pues jamás acusaremos a nadie de nada, sin tener certeza absoluta), quienes forman parte y qué entidades pertenecen a alguna de estas sectas, pero como no formamos parte ni hemos formado parte de ninguna de ellas, no podemos hacerlo… pero lo que sí podemos exponeros, es la forma de desarmar a las mismas y de como evitar el mal que de ellas emana:

Como afrontar a las asociaciones secretas y la maldad que de ellas se desprende

Intentaremos ser muy claros y muy concisos:

A) La mejor manera de luchar contra estas sectas es, manteniéndonos siempre y estrictamente dentro de las enseñanzas de la Santa Madre Iglesia y por tanto, tener muy claro que NO EXISTE NINGUNA SOCIEDAD SECRETA O “DISCRETA”, QUE NO ESTÉ CONDENADA POR LA IGLESIA CATÓLICA.

B) No difamar ni difundir jamás públicamente acusaciones infundadas y sin conocimiento directo, sobre qué personas o entidades concretas pueden pertenecer a asociaciones secretas. Así evitaremos dañar a inocentes.

C) Por la misma razón del punto anterior: No hacer caso de las maledicencias. Si alguien acusa a otras entidades o personas de pertenecer a alguna asociación secreta, no puede ni debe aceptarse dicha acusación en secreto y la misma, debe de estar fundada en hechos probados y demostrables o bien, en testimonios de personas concretas, que merezcan toda nuestra confianza.

D) Tener claro que la Iglesia (y cada uno de nosotros somos parte de la Iglesia) es LUZ. Y que la luz está reñida con lo OCULTO. Quienes formamos parte del Cuerpo Místico de Cristo estamos llamados a ser “LUZ DEL MUNDO” y nada puede ser más importante que eso. No nos es lícito ocultar la VERDAD (y nosotros, como discípulos de Cristo somos parte de esa verdad), por mucho que ello nos reporte grandes beneficios y por mucho que deseemos dar a la Iglesia dichos beneficios, pues: ¿Acaso te es lícito ocultar o negar tu fe, por salvar tu vida? y ¿No es falta de fe el considerar que tú, utilizando las sombras, vas a conseguir algo que consideras que el Espíritu Santo no puede conseguir a plena LUZ?

E) Trabajar abiertamente en todo momento y circunstancia, aun a riesgo de nuestras vidas, como apóstoles de la LUZ; con decisión y amor a la Iglesia de Cristo y a nuestros hermanos, allí donde consideremos que hacemos mayor y más seguro bien.

¿Y si contactasen con nosotros directamente, incitándonos a entrar en una de estas entidades secretas?

En ese caso debemos denunciar cuanto antes el hecho a nuestros directores espirituales y personas de mayor confianza (padres, sacerdotes, líderes católicos…), dando a conocer a las personas que os han incitado a ello y todos los detalles que recordéis, sin ocultar jamás, nada, aunque sea algo que aparentemente os pueda perjudicar.

Si ya pertenecéis o habéis sido contactados por alguna de estas entidades secretas, debéis salir de las mismas lo antes posible, buscar asesoramiento externo y poner el hecho en conocimiento de tus padres y de las autoridades eclesiásticas.

Esta es la única forma en que quienes formamos parte de la Iglesia, podemos y debemos de proceder para terminar con el daño que suponen las asociaciones secretas. Esto y tener muy claro que no existen las asociaciones secretas (o “discretas”) buenas, pues no puede ser bueno aunque lo pretenda, el que no da la cara, pues cuanto menos:

Crea desconfianza e inacción a su alrededor, denota falta de valor al ocultarse ante el enemigo, necesariamente ignora a quien obedece en última instancia, desobedece a la Iglesia y demuestra falta de fe en el Espíritu Santo.

Lo anterior, y para no empañar la honra de las personas, jamás correr bulos o difamar sin tener la certeza absoluta, por pruebas irrefutables o por vivencias en primera persona, de que alguna persona o alguna asociación pertenecen a alguna asociación secreta.
Este tipo de acusaciones son especialmente graves, porque tan difícil resulta probar la inocencia, como difícil resulta probar la pertenencia a dichas organizaciones secretas.


Efrén de Pablos García
Presidente de la Asociación Cruz de San Andrés

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Catecismo sobre la Misa (5)

CAPITULO V
ORIGENES DE LA MISA
Números 125-142
"Haced esto en memoria mía"

A. MISA PRIMITIVA:
Reuniones de los primeros Cristianos.
Siglos I - III.

125. Después de Pentecostés, ¿cuántas clases de asambleas o reuniones observamos en los primeros cristianos?
Observamos dos clases de reuniones: unas sin Fracción del Pan o sin Eucaristía, dedicadas propiamente a la instrucción y a la oración; y otras con Fracción del Pan o Eucaristía, consagradas a conmemorar la Cena del Señor.
Acerca de las primeras reuniones véase, por ejemplo: Col. 3, 16; Kfes. 5, 19; 1 Tim, 2, 1 sig. ; 4, 13, etc.
De las segundas copiaremos en seguida algunos testimonios.

126. ¿Cuál era el origen de las primeras reuniones?
Procedían de las asambleas de las sinagogas judias.
LAS SINAGOGAS — literalmente reuniones — eran edificios, en general muy sencillos, situados en lugares elevados, o en valles bien regados por ríos o fuentes para las múltiples purificaciones de los judíos. Dentro, en el fondo de la sala, había una especie de armario, cubierto con un velo o cortina: aquello era el tabernáculo o santuario, el arca o «tebah», donde religiosamente se guardaban los libros sagrados.
Hacia el centro se levantaba una plataforma, donde estaba el pupitre para el lector y donde el rabino o doctor de la Ley, rodeado de los miembros más respetables de la asamblea, hacía sus explicaciones, desenrollando, a medida que iba leyendo, las largas hojas de pergamino que, enrolladas en un bastón de marfil o de madera, constituían los libros de entonces.
Los fieles, los hombres a un lado y las mujeres al otro, se situaban frente a esta tribuna.
No había, en fin, altar ni ornato alguno: sólo ardía una lámpara como en nuestras iglesias, se veía algún cepillo para las limosnas y alguna que otra alhacena para guardar ¡as trompetas y demás objetos litúrgicos.

127. ¿Qué actos se tenían en las sinagogas?
A la sinagoga acudían los judíos, sobre todo los sábados, para asistir a estos tres actos:
1. Oración. 2. Lecturas: una tomada de la LEY, y otra, de los PROFETAS. 3. Interpretación edificante y moral de lo leído por el escriba o doctor.
Entre una y otra lectura se cantaban Salmos.
Recuérdese la estancia de Jesús en la sinagoga de Nazaret: en aquella ocasión N. S. Jesucristo se levantó para hacer la segunda lectura, la de los PROFETAS, quizá por propia iniciativa o, tal vez, invitado por el jefe de la sinagoga. S. Lc. IV, 14.

128. ¿Los judíos cristianos seguían acudiendo al Templo y a los oficios de la sinagoga?
Al principio seguían acudiendo, pues ningún inconveniente podían ofrecer para ellos esas reuniones, y más bien brindaban a los Apóstoles y discípulos de Jesús ocasión muy oportuna de exponer el Evangelio a sus connacionales. Cfr. Act. Ap. XIII, 14-16.

129. ¿Pero qué innovación introdujeron muy pronto los cristianos en sus asambleas?
A las lecturas del Antiguo Testamento fueron añadiendo otras del Nuevo, como las Cartas de San Pablo, los Hechos de los Apóstoles y los Evangelios.

130. ¿Con qué nombre se designaron estas reuniones?
Se llamaron «VIGILIAS», porque tenían lugar por la noche, y la noche solían dividirla los romanos en cuatro vigilias o espacios de tiempo de unas tres horas cada uno.
De éstas y de las siguientes reuniones ya nos habla Plinio — entre los años 111-113 — en la famosa carta que dirigió a Trajano sobre los cristianos. Plinio: Epist, lib. 10, ep. 96. Kirch. 24.

131. ¿Cómo celebraban la segunda clase de reuniones, o sea, las consagradas a conmemorar la Cena del Señor?
Como Jesús había instituido la Eucaristía en un banquete o comida, en el banquete del Cordero Pascual, ellos comenzaron a hacer lo mismo: de este modo se originaron las que pudieran llamarse «MISAS-AGAPES».

132. ¿Qué eran los ágapes?
Los ágapes (del griego amar) eran los convites de amor de los primeros cristianos y que ordinariamente solían preceder a la Fracción del Pan.
«En nuestras comidas, decía Tertuliano, nada haya vil, o inmodesto. Nadie se eche en su lecho o triclinio sin haber comenzado orando a Dios; no comamos más que lo preciso para apagar el hambre; no bebamos más que lo suficiente a hombres modestos. Se come sin olvidar que Dios nos escucha. Después que se han lavado las manos y se han encendido las antorchas, se invita a cada uno a cantar en medio de la asamblea las alabanzas del Señor, recurriendo a las Santas Escrituras, o al propio impulso. Por ahí se conoce si ha guardado templanza en la bebida. Con la oración se termina igualmente la comida.» Apol. 31.

133. ¿De estas «Misas-Agapes», se eonservan en los Libros Sagrados algunas descripciones?
Podemos citar estas tres, pertenecientes al primer siglo del Cristianismo y que se refieren a diversos puntos del mundo: JERUSALEN, TROADE (Asia Menor) y CORINTO.
EN JERUSALEN, nos dicen los Hechos Apost. II, 46, que los creyentes asistían cada día largos ratos al Templo, unidos con un mismo espíritu, y PARTIENDO EL PAN POR LAS GASAS DE LOS PIELES, TOMABAN EL ALIMENTO CON ALEGRIA Y SENCILLEZ DE CORAZON.
EN TROADE: Como el primer día de la semada — ya el domingo, el dia de la Misa — nos hubiésemos congregado para partir y comer el Pan, Pablo que había de marchar al día siguiente, conferenciaba con los oyentes y alargó la plática hasta la media noche.
Es de advertir que, en el cenáculo donde estábamos congregados, había gran abundancia de luces — ya la luz litúrgica —; y sucedió que, a un mancebo llamado Eutico, estando sentado sobre una ventana, le sobrecogió un sueño muy pesado, mientras proseguía Pablo su largo discurso; y vencido al fin del sueño, cayó desde el tercer piso de la casa abajo, y le levantaron muerto. Pero habiendo bajado Pablo, echóse sobre él, y abrazándole dijo: "No os asustéis, pues está vivo..." Y subiendo luego otra vez, PARTIO EL PAN, y habiendo comido y platicado con ellos hasta el amanecer, después se marchó. Hechos Apost., XX. 7-11.
EN CORINTO: «Primeramente oigo — escribe S. Pablo a los fieles de Corinto — que al juntaros en la iglesia, hay entre vosotros parcialidades o desuniones. Y en parte lo creo... Ahora, pues, cuando os juntáis para los ágapes, ya no es para celebrar la Cena del Señor. Porque cada uno come allí lo que ha llevado para cenar, sin atender a los demás. Y así, sucede que los unos no tienen nada que comer, mientras los otros comen con exceso. ¿No tenéis vuestras casas para comer y beber? ¿o venís a profanar la iglesia de Dios, y avergonzar a los que no tienen nada? ¿Qué os diré sobre eso? ¿Os alabaré? En eso no puedo alabaros.
Porque yo aprendí del Señor lo que también os tengo enseñado, y es que el Señor Jesús, la noche misma en que había de ser entregado, tomó el pan, y dando gracias, lo partió, y dijo a sus discípulos: «TOMAD Y COMED: ESTE ES MI CUERPO, que por vosotros será entregado: HACED ESTO EN MEMORIA MIA». Y de la misma manera el cáliz, después de haber cenado, diciendo: «Este cáliz es el Nuevo Testamento en mi sangre; haced esto cuantas veces lo bebiereis en nombre mío... Por lo cual, hermanos míos, cuando os reunís para esas comidas, esperáos unos a otros». Si alguno tiene hambre — y no puede esperar la cena frugal del ágape —, coma en casa, a fin de que el juntaros no sea para condenación vuestra». 1 Cor. XI, 18-34.

134. ¿Qué observamos en esta última descripción, la más completa que conservamos de las «Misas-Agapes»?
Observamos que el apóstol San Pablo reprende los abusos a que ya entonces — hacia el año 56—daban lugar estas reuniones; abusos que se dieron no sólo en Corinto, sino también en otras partes y que obligaron, ya en el primer siglo, a separar el ágape de la misa, y, más tarde, a fines del siglo IV, a suprimirlo del todo. Concilio de Teodicea (entre 341 y 381), c. 27. Kirch, n. 470; Tercer Concilio de Cartago (391), c. 301. Como saludable reacción contra los abusos de los ágapes, prescribióse entonces el ayuno eucarístico, que permanece en vigor hasta nuestros días.
Del ayuno eucaristico ya nos habla la Tradición Apostólica, de Hipólito, compuesta hacia el 218, en estos términos: «Todo fiel debe vigilar atentamente para no tomar nada antes de recibir la Eucaristía. Porque cuando los fieles la reciben, aunque se le ofreciera a uno un veneno mortal, no podría causarles ningún efecto». C. 28.

135. ¿Qué sucedió al cabo de algún tiempo con estas dos clases de reuniones?
Que naturalmente terminaron por juntarse y formar una sola reunión litúrgica.
«Estos dos ritos, estan bien hechos el uno para el otro, debían encontrarse y unirse. Era muy natural que, después de la reunión en que se habían cantando salmos, leído la ley, los profetas, los Apóstoles y el Evangelio y se había predicado al pueblo, se tuviese la idea de celebrar la Eucaristía. No había preparación más conveniente. Desde el siglo II, por lo menos, esta adaptación está hecha, y llega a ser universal en una época en que todavía no existían las diferencias entre las diversas familias litúrgicas.» Cabrol: Les Origines Liturgiques, IV: La Messe, pág. 137.

136. ¿Dónde vemos ya juntas ambas reuniones?
En la célebre descripción, que nos dejó de la Misa de su tiempo, el gran apologista y mártir del siglo II, San Justino— murió entre 163 y 167—. En ella y ¡a diecinueve siglos de distancia de nosotros!, reconocemos los rasgos característicos de nuestra Misa: el orden ha permanecido esencialmente el mismo.
1. El día del sol — es decir, el domingo; ¡ya es el dia de la misal — todos los que viven en las ciudades o en los campos, se reúnen en un mismo sitio:
2. Y cuando lo permite el tiempo, se leen las Memorias de los Apóstoles y los escritos de los Profetas (LECTURA DE LA SAGRADA ESCRITORA: EPISTOLAS Y EVANGELIOS).
3. Después, cuando ha cesado el lector, el presidente — el Obispo — toma la palabra para hacer una exhortación e invita a seguir tan hermosos ejemplos (PREDICACION: HOMILIA).
4. Luego, todos nos levantamos a un tiempo y recitamos oraciones por nosotros mismos... y por todos los otros de todas partes del mundo. (ORACIONES DEL VIERNES SANTO.)
5. Después que terminamos de rezar, nos saludamos mutuamente con el ósculo de paz. (Hoy EL OSCULO DE PAZ se da inmediatamente antes de la comunión: en otras liturgias, como se ve aquí, en S. Justino, y en las Constituciones de los Apost. — siglo V —, precedía a la Ofrenda u Ofertorio, según el mandato del Señor: San Mateo, V, 23-24.) V. 48.
6. Luego se lleva al que preside a los hermanos, pan y una copa con agua y vino, y éste, cogiéndola, da rienda suelta a la alabanza y gloria al Padre de todos, en nombre del Hijo y del Espíritu Santo, y prosigue con prolongada eucaristía, o acción de gracias, por los dones recibidos de Aquél. Después que las oraciones y la eucaristía han terminado, todo el pueblo responde por aclamación: AMEN. (PLEGARIA EUCARISTICA: PREFACIO Y CANON.) Cfr. n. 212 y 230.
7. Entonces, los que entre nosotros se llaman diáconos — propios ayudantes—, reparten el pan, el vino y el agua con los que se ha dado gracias, los reparten entre los asistentes y lo llevan a los ausentes (COMUNION BAJO AMBAS ESPECIES). V. n. 45.
8. Los que viven en la abundancia y quieren hacer limosnas, dan cada uno lo que puede; lo recolectado se envía al presidente — Obispo—, quien los distribuye entre los huérfanos, las viudas, los enfermos, los necesitados, los prisioneros y los huéspedes extranjeros. (COLECTA, DERECHOS DEL CULTO, LIMOSNAS.) Cfr. 193.
9. Nos reunimos en el día del sol, porque es el primer día en el cual Dios, sacando la materia de las Tinieblas, creó el mundo, y en este mismo día, Jesucristo, nuestro Salvador, resucitó de entre los muertos (EL DOMINGO, EL DIA DEL SEÑOR, sustituyendo al sábado judío).

Este alimento se llama entre nosotros Eucaristía, del que nadie puede participar, si no tiene por verdaderas nuestras doctrinas y recibido el baño para el perdón de los pecados y para un nuevo nacimiento y vive como Cristo ha enseñado; pues no recibimos esto como pan ordinario y vino común, sino que sabemos que el alimento consagrado en la acción de gracias, es la carne y sangre de Aquel encarnado. Porque los Apóstoles en sus comentarios, que se llaman Evangelios, enseñan que asi se lo encargó Jesús... S. JUSTINO: Primera Apología, dirigida al emperador Antonio Pío (138-161). Kirch, nn. 42, 44.

137. ¿De dónde salió, pues, nuestra misa actual?
De la combinación de las dos clases de reuniones, que celebraban los primeros cristianos: de las vigilias cristianas o antiguas asambleas de la sinagoga judía, prontamente remozadas y cristianizadas por el catolicismo naciente; y de las reuniones eucaristicas o reproducciones conmemorativas de la Cena del Séñor.

138. ¿Cómo se llamó la parte de la misa formada con los elementos de las vigilias cristianas?
Se llamó «ANTE-MISA» y también «MISA DE LOS CATECUMENOS», abarcando, en líneas generales, los mismos actos que las vigilias; es decir, 1, Oración (Preces al pie del altar, cantos, etc.); 2, Lecturas (dos, Epístola y Evangelio; y hasta el siglo VII, antes se leía la Profecía, o lectura del A. Testamento, como todavía se hace en ciertas Misas: miércoles de Témporas, miércoles tercero de Cuaresma, etc.), y 3, Predicación u Homilía.

139. ¿Por qué se llamó a esta parte «ante-misa»?
Se llamó «ante-Misa», porque se encuentra antes de la Misa, o sacrificio propiamente dicho, que comienza con el Ofertorio, y porque viene a ser la mejor preparación y el vestíbulo más digno del grandioso templo donde van a celebrarse los divinos misterios.

140. ¿Y por qué fué llamada «misa de los catecúmenos»?
Porque a esta parte de la Misa, podían asistir los catecúmenos, penitentes públicos y, aun a veces, los misnos gentiles pero al terminarse la homilía y al decir en voz alta el diácono: Recedant catechumeni, retírense los catecúmenos, salían todos éstos o se retiraban al atrio del templo.
EL CATECUMENADO, la gran institución de la Iglesia para la preparación o iniciación de los aspirantes al bautismo — que en su mayoría eran adultos —, comprendía escrutinios o exámenes sobre la vida de los conversos, exorcismo, unciones, signaciones y sobre todo CATEQUESIS (del griego, hacer resonar al oído, instruir de viva voz) se desarrolla durante los tres primeros siglos, alcanza su plena madurez en el siglo IV con la paz concedida a la Iglesia por Constantino y termina hacia el siglo VI, por la práctica, ya general, de administrar el bautismo a los niños — pues antes era frecuente retardar este sacramento hasta la edad adulta —, y también por razón de la modificación de la penitencia pública.
Los ritos principales del catecumenado persisten, sin embargo, en nuestro bautismo y vuelven a recobrar su antigua actualidad en las misiones entre infieles. Para completar la materia, véase: «Una Misa a principios del siglo III»: Cabrol: La Orac. de la Iglesia, c. VII.

B. MISA ESTACIONAL ROMANA:
Expansión y florecimiento de la Misa
(siglos IV-VI).

141. Al salir la Iglesia de las catacumbas y concederse libertad religiosa al Cristianismo, ¿cuáles son las innovaciones más importantes que hallamos en la celebración de la Misa?
En este período de verdadera revolución religiosa, es admirable el despliegue de la Misa y el crecimiento de sus ceremonias: imitando las fiestas estacionales, que ya venían celebrándose en los Santos Lugares de Jerusalén y de Belén — así también se explican los nombres que recibieron algunas de las basílicas romanas: Sta. Cruz de Jerusalén, Sta. María la Mayor—, comenzaron a tenerse en Roma las llamadas «Misas estacionales».
La palabra "estación", en latín: statio, es un término militar que puede traducirse por «centinela o puesto de guardia». Todavía nuestros misales siguen indicando al frente de las Misas la iglesia estacional: actualmente hay señalados 89 días de estación, la mayor parte de ellos en Adviento y en todas las ferias de Cuaresma.
Todas las Misas de Cuaresma tienen su Estación. El Papa iba celebrando sucesivamente la Misa solemne en las grandes Basílicas de Roma, en sus 25 parroquias. Estas parroquias, que existían ya en el siglo V, se llamaban «títulos», y los sacerdotes de Roma que las servían se llamaban Cardenales (incardinati), que quiere decir ligados a estas Iglesias. Por eso aun hoy día los Cardenales son titulares de cada uno de estos santuarios.

La Misa estacional dió origen, entre otras menos importantes, a las siguientes innovaciones:
1, Colecta. 2, Kyries. 3, Introito. 4, Gloria.
1. Reunión en la basílica de la Colecta.
En los días más señalados, la comunidad cristiana de Roma comienza por esta época a acudir a una de las basílicas de la Ciudad Eterna, para reunirse allí con el Papa y el clero romano; una vez reunida la asamblea de los fieles — ecclesia collecta —, se canta un salmo y el Papa recita una oración que se llama «COLECTA», es decir, «oración sobre la iglesia reunida». Cfr. 168-171.
2. Procesión hacia la basílica estacional: Kyries.
Da la bendición el Pontífice, y se organiza una solemnísima procesión, con la Cruz estacional al frente, llevada por un subdiácono —V. n. 90—; durante el trayecto se canta una oración litánica, o sea, una serie de breves y ardientes súplicas, seguidas de repetidos KYRIES. Cfr. 162-164.
3. Entrada del clero en la basílica: INTROITO.
Llega la procesión a la basílica estacional: el pueblo penetra en el templo y el Papa o el Obispo se desvía hacia un lado del atrio —V. n. 74-75— para entrar en el «secretarium o sacristía», situada entonces a la entrada de la iglesia; cuando el Pontífice y su cortejo, revestidos ya de preciosos ornamentos salen de la sacristía y avanzan por entre la compacta multitud de los fieles para dirigirse al altar, el mismo pueblo — más tarde una afinada schola cantorum — prorrumpe en un entusiasta cántico de entrada: el INTROITO. (V, n. 159-161.)
Durante los primeros siglos, como a la Misa precedía siempre la Vigilia — V. n. 130 —, no era necesario este cántico o salmo de entrada.
4. Comienzo de la Liturgia: GLORIA.
Comienza la liturgia, la Misa, con un cántico matinal, el GLORIA, ya usado en el Oriente en el Oficio divino. Cfr. n. 150.

LAS FIESTAS ESTACIONALES llegaron a su máximo esplendor bajo el pontificado de S. Gregorio Magno (590-604); comenzaron a decaer hacia el siglo VIII, y finalmente desaparecieron del todo a principios del s. XIV con el destierro de los Papas en Avignon.

LECTURAS

142. LA LENGUA DE LA LITURGIA
«Nuestras ceremonias, realmente, son hermosas, emocionantes, dignas de Dios — se me podría objetar —, pero sería mayor su eficacia si se hiciesen, no en lengua latina, sino en lengua vernácula. Antiguamente, cuando los hombres hablaban el latín, podía seguirse la liturgia. ¿Pero hoy? ¿Quién sabe el latín? Aun aquellos que lo estudiaron en el bachillerato, ¡cuán aprisa lo han olvidado! ¿No sería más lógico que la Iglesia permitiese a cada pueblo hacer las ceremonias culturales en su propio idioma? ¿No irían los hombres con más gusto a la iglesia y no sacarían más provecho de los actos del culto?...
Asi raciocinan muchos. Y nosotros hemos de contestar a estas cuestiones.
Ante todo, confesamos el hecho de que hoy día — descontándose el clero — son pocos los fieles que entienden la lengua latina de nuestras ceremonias. Pero la Iglesia no procedió en este punto según un plan preconcebido; lo que hay ahora en realidad, es el resultado de un desarrollo histórico. Al principio, la lengua latina era la lengua viva del pueblo en la parte occidental de la Iglesia; al principio, por tanto, la liturgia tenía la misma lengua del pueblo. El latín murió en los labios de nuestros mayores, pero la Iglesia lo conservó y lo conserva aún hoy, aunque dificulte la comprensión de la liturgia.
Nadie lleva más que la Iglesia Católica sobre el corazón, el que los hombres sean profundamente religiosos. Por tanto, si ella guardó con venerable piedad la lengua latina, tendrá sus motivos serios para ello.

¿Cuáles son éstos?

1. Ante todo, la Iglesia necesita una lengua universal, porque universal es ella; y para hacer patente por doquiera su unidad, necesita una lengua única, común a todos. En atención al desarrollo del comercio mundial se ha creado una lengua artificiosa, universal: el esperanto; ¡cuánto más necesaria es para la Iglesia Católica, que tiene fieles por todas partes, desde Groenlandia hasta el Cabo de Buena Esperanza, desde el Oriente hasta el Occidente!
Por otra parte, si la Iglesia universal necesita una lengua universal, es un consuelo para los pueblos pequeños, que la lengua de la Iglesia no sea ni el alemán, ni el francés, ni el inglés, sino el latín, que en la actualidad ya no es de ningún pueblo, y por lo mismo, no hiere la sensibilidad nacional de nadie. En este punto podríamos aducir un gran número de motivos sentimentales, que prueban el acierto con que procede la Iglesia. Veamos unos pocos casos. Un buque llega a América. Lleva emigrantes húngaros. Hombres de piel curtida, húngaros castizos de la región de Tisza, entran en la Babilonia del puerto americano... No conocen a nadie, no entienden una sola palabra... Con un sentimiento de amargura van y vienen por las calles desconocidas de la ingente metrópoli..., cuando un día se encuentran con una iglesia católica. Entran, y en seguida se sienten en casa... En casa, porque la lámpara del santuario brilla de la misma manera que allá lejos, en la pequeña aldea húngara, y el celebrante — inglés o español, o de otra nacionalidad cualquiera — canta el «Golria» de la misma manera, y los saluda con las mismas palabras que el viejo párroco allá en casa: «¡Dominus vobiscum! El Señor está con vosotros». ¡Qué oleadas de consuelo entran entonces en el corazón! ¡Sólo puede saberlo quien ha pasado mucho tiempo lejos, en el extranjero!...
Pero ¡qué satisfacción también para nosotros, sacerdotes, y qué prueba más contundente de la unidad de nuestra fe sacrosanta el ver que en cualquier punto del mundo, doquiera que vayamos, en todas partes, nuestra Misa es la misma! En cierta ocasión, yo viajaba por el Lago Maggiore, justamente cuando el pueblo de una pequeña isla, Isola Bella, celebraba la fiesta de su titular. El párroco me invitó a celebrar la Misa mayor. La iglesia estaba atestada de fieles italianos, y ni siquiera notaron que, entre los dos ministros italianos, un sacerdote húngaro celebraba la misa de fiesta.
De la misma manera, en una isla holandesa rodeaban el altar piadosos pescadores, y yo cantaba la Misa solemne. Y lo mismo en París, en la parroquia del XII distrito... En Chicago, los acólitos eran muchachos americanos, que no había visto en mi vida ; y todo iba con tanta precisión y ajuste como si me hubiesen ayudado durante años... Y podría aducir otros muchos ejemplos. Esta manifestación magnífica de la unidad, es uno de los motivo, por los cuales la Iglesia tiene apego a la liturgia unificada, a la lengua única, el latín.

2. Y no es este el motivo principal. Hay otro más profundo que aconseja este proceder a la Iglesia, y es: CONSERVAR LA PUREZA DE NUESTRA FE.
Supongamos, por ejemplo, que el Papa Silvestre II, al enviar la corona a San Esteban, le hubiese dado permiso de celebrar las funciones litúrgicas en húngaro. ¿Qué habrían hecho con este permiso los antiguos húngaros? ¡Qué apuro para ellos! ¿Cómo expresar en su idioma primitivo los pensamientos más difíciles de la filosofía y de la teología, aquellas sutilezas que muchas veces no son más que diferencias de matiz, pero que, en los dogmas, pueden tener una importancia suma?
Pero supongamos que se hubiese logrado expresarlo todo en la antigua lengua húngara de hace mil años. ¿Cómo estaríamos hoy? O tendríamos que usar las primitivas traducciones, y entonces todo el mundo se reiría durante la Misa, o habríamos de traducir continuamente, en consonancia con la evolución de la lengua, el texto de la Misa, y entonces habría tantas costumbres y tantos textos húngaros como iglesias. Este cambio continuo, ¿no sería en detrimento de la piedad? ¿No sacudiría la fe que tenemos en la invariabilidad de nuestra doctrina? ¿No quitaría a nuestro culto la fuerza y el encanto misterioso que le da justamente la pátina de la antigüedad?

3. Y llegamos al tercer pensamiento, a la tercera razón por la cual la Iglesia no quiere renunciar a la lengua latina. Y es: su antigüedad en la liturgia.
La Humanidad estuvo cegada durante cierto tiempo por la fiebre de la innovación. Había que innovar a toda costa. «Nada de lo antiguo es bueno, y todo lo nuevo trae la salvación», ésta era la divisa. Hoy día — después de amargos experimentos — ya estamos desengañados. Ya sabemos que «no todo lo que brilla es oro», y estamos convencidos, además, de que «no todo lo nuevo es bueno». Concedemos que el hombre no puede ser anticuado, que no es posible detenernos en las costumbres rancias de épocas pasadas; pero hacemos constar también que no podemos correr tan sin freno por los caminos de la innovación, que hayamos de echar por la borda tradiciones antiguas, que aun hoy día son valiosas.
El hombre de hoy va sabiendo apreciar de nuevo el pasado, y esto es un fenómeno alentador. Hay quienes se pavonean con la antigüedad de su prosapia. Guardamos con esmero la espada de gala, las alhajas de la familia, los retratos y .los muebles que nos vienen de nuestros antepasados. Hay millonario americano que darla un potosí para hacer remontar a cien o cincuenta años la antigüedad de su árbol genealógico.
Pues bien; la lengua latina de nuestras ceremonias tiene dos mil años. Supongamos por un momento que el gramófono existía hace ya cien años, y que de repente en el círculo familiar se oye la voz del bisabuelo o tatarabuelo. ¡Cómo se enturbiarían de pura emoción los ojos de los nietos! ¿Pues no hemos de sentir nosotros la misma emoción en las ceremonias de la santa Misa, en que llega a nuestros oídos la voz de nuestros mayores, cristianos de hace mil y dos mil años?
«CHRISTE, AUDI NOS, CHRISTE, EXAUDI NOS», «CRISTO, OYENOS...» ¿Quién pronunció estas palabras? Nuestros primeros mártires, al sentir en su cuerpo los zarpazos de fieras hambrientas, de fieras que tenían sed de sangre, allá en las arenas del circo romano, mientras el público aplaudía. «CHRISTE. AUDI NOS»
«DOMINUS VOBISCUM», «EL SEÑOR ESTA CON VOSOTROS». ¿Quién pronunció estas otras palabras? Nuestros mayores, los primeros mártires del cristianismo, cuando por la noche, en los corredores subterráneos de Roma, hincados de hinojos, rodeaban al Papa que celebraba la Misa y esperaban temblando el momento de ser acometidos por los verdugos que los perseguían...
¿Se puede renunciar con ligereza a esta preciosa herencia?
No ha mucho, en Alemania, hubo entre los no católicos un movimiento para suprimir de su culto las pocas palabras extranjeras que todavía quedaban, como, por ejemplo, «Aleluia», «Hosanna», «Kyrie eleison o Amén». ¿Cuál fué la solución? Un pastor protestante contestó..., entonando el panegírico del papado, por haber logrado extender por todo el mundo una lengua litúrgica común, y con todo, respetar los diferentes rasgos raciales. Aquel pastor protestante dijo textualmente: «La Misa en latín es un lazo que une a todos los católicos del mundo entero, mientras que nosotros, protestantes, al encontrarnos en un país cuya lengua desconocemos, nos sentimos extraños frente a las ceremonias de nuestra propia religión. El latín nunca debiera haber desaparecido de nuestro culto». «Osservatore Romano», 16 nov. 1927.
"Si lo observan los otros, nosotros tenemos motivo más que suficiente para estar orgullosos». Tihamer Toth: Los Diez Mandamientos, t. I, pp. 293-298.

El hecho de que la Iglesia Católica, para su Liturgia posea actualmente una lengua particular, el latín, ininteligible para quien no lo haya estudiado, no es un hecho insólito, raro o aislado. Nada de eso: todas las razas y pueblos han tenido y tienen su propia lengua litúrgica, y tan diversa de su lengua vulgar actual, que se requiere especial estudio para entenderlas: los coptos, por ejemplo, usan en su liturgia la lengua cóptica, pero tan diversa de la suya actual, que ha sido necesario traducir al árabe — lengua ahora vulgar en aquella región—: las rúbricas del misal, no ya para uso del pueblo menos instruido, sino de los mismos sacerdotes; algo parecido puede afirmarse de los griegos, de los sirios, caldeos, eslavos, armenios, etiópicos, etc. La lengua del Corán, el árabe clásico, en que está escrito este libro sagrado de los mahometanos, hace mucho tiempo que dejó de hablarse entre el pueblo. El Veda, de la India, a solos los Braemanes les está permitido leerlo, y a los ministros inferiores se les prohibe escuchar su lectura o hablar de él. Lo mismo que la lengua llamada Pali, lengua litúrgica de Ceilán, Maduré, de gran parte de Java y de la Indochina y de todo el Japón, hace muchos sigJos que dejó de hablarse... No hay que multiplicar más los ejemplos; es éste un fenómeno histórico, por otra parte muy natural y obvio: el escrupuloso cuidado y la sagrada veneración con que se aprenden de coro y se guardan y heredan de generación en generación las fórmulas, plegarias, ritos y ceremonias religiosas no permiten los cambios y alteraciones que producen la inestabilidad y evoluciones filológicas de las lenguas vivas modernas.

LA PRIMERA MISA DE N. S. J. C. tuvo su oblación u Ofertorio en la ULTIMA CENA; y su inmolación o Consagración dilatóse a través de toda la Pasión, consumándose, por fin, en el Calvario con la muerte de la VICTIMA en la Cruz.
En tiempo de N. S. J. C. se comía al estilo griego y romano, es decir, echados o reclinados sobre el costado izquierdo en lechos o divanes, muy parecidos a nuestros canapés, y que solían recibir tres, cuatro y aun cinco comensales; la mesa, generalmente cuadrada, era, por lo tanto, más baja que las nuestras. Todo parece indicar que Jesús, Pedro y Juan pertenecían al mismo lecho: Jesús, en el medio y apoyado en el codo izquierdo, tenía delante de sí a S. Juan y detrás a S. Pedro. Así se explican satisfactoriamente algunos detalles interesantísimos de la ULTIMA CENA. El lugar más honorífico era el lectus medius, y en éste, el puesto de honor destinado al convidado más distinguido, era el locus medius.
(Cf. LAURAND : Manual de Est. Grieg. y Lat,, I, 51 y IV, 125).

Antonio Rubinos S.J.
CATECISMO HISTORICO-LITURGICO DE LA MISA