sábado, 24 de diciembre de 2011

LA NATIVIDAD DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO,

Llamado "Día de Navidad"

CUANDO SE hubieron cumplido los acontecimientos que debían preceder al advenimiento del Mesías, de acuerdo con los vaticinios de los antiguos profetas, Jesús llamado el Cristo, Hijo de Dios eterno, se encarnó en el seno de la Virgen María y, hecho hombre, nació de ella para la redención de la humanidad. Desde la caída de nuestros primeros padres, la sabia y misericordiosa providencia de Dios había dispuesto gradualmente todas las cosas para la realización de sus promesas y el cumplimiento del más grande de los misterios: la encarnación de su divino Hijo.
Por aquel entonces, el emperador Augusto había emitido un decreto para llevar a cabo un censo en el cual todas las personas debían registrarse en un lugar determinado, de acuerdo con sus respectivas provincias, ciudades y familias. El mencionado decreto fue la ocasión para que se manifestara al mundo entero que Jesucristo era descendiente de la casa de David y de la tribu de Judá, puesto que a todos los miembros de aquella familia se les ordenó registrarse en Belén, pequeña ciudad de la tribu de Judá, cerca de diez kilómetros al sur de Jerusalén, donde estuvo la casa de David. Hasta Belén habían llegado José y María, procedentes de Nazaret, población galilea situada a noventa kilómetros al norte de Jerusalén. Siglos antes, el profeta Miqueas habia vaticinado que Belén-Efrata (es decir casa del pan, la abundante), quedaría ennoblecida por el nacimiento del "regidor de Israel" o sea Cristo. Por lo tanto, María y su esposo José, en acatamiento a las órdenes del emperador para los registros del censo, hicieron la larga jornada. Al llegar a Belén, encontraron que las posadas y hospederías estaban colmadas y no era posible encontrar hospedaje. Llenos de inquietud al cabo de buscar en vano durante largo tiempo, se refugiaron en una cueva de las colinas a cuyo pie se encuentra la ciudad de Belén, y que se utilizaba como establo para guarecer al ganado. La tradición universalmente admitida afirma que en la cueva se hallaban un asno y un buey.
En aquel lugar, llegada la hora del parto, la Virgen María trajo al mundo a su divino Hijo, lo envolvió en lienzos y lo recostó en la paja del pesebre.
Dios dispuso que Su Hijo, no obstante haber llegado al mundo en la oscuridad de la pobreza, fuese inmediatamente reconocido por los hombres y recibiese primeros homenajes de su devoción; pero ésos fueron los humildes pastores, puesto que los grandes de la tierra, los más sabios entre los judíos y los gentiles, los ancianos y los príncipes, los que parecían estar por encima del nivel común de la humanidad, fueron pasados por alto. Sólo algunos pastores que en aquellos momentos vigilaban los rebaños junto a las majadas, tuvieron el privilegio de ver a un ángel que se les apareció rodeado por una luz resplandeciente. En el primer momento, los pastores se sintieron sobrecogidos por el temor, pero entonces, el ángel les habló: "¡No temáis!" les dijo. "Son buenas nuevas que os traigo y serán motivo de gran júbilo para todas las gentes, por que en este día os ha nacido un Salvador, que es Cristo, el Señor, en la ciudad de David. Estas son las señas que os doy: encontraréis al recién nacido envuelto en lienzos y recostado en un pesebre".
Junto con el ángel, aparecieron en el cielo multitudes de espíritus celestiales que alababan a Dios y decían: "Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buen voluntad!", los pastores, asombrados, se dijeron entre sí: "Vayamos a Belén y veamos ese suceso prodigioso que acaba de suceder y que el Señor nos ha manifestado". I ni ron pues, a toda prisa; y hallaron a María, a José y al Niño reclinado un pesebre. "Y al verle, se convencieron de cuanto se les había dicho de Niño. Y todos los que supieron el suceso se maravillaron igualmente de lo que contaban los pastores (pero María guardaba todas estas cosas dentro de sí ponderándolas en su corazón)." Los pastores rindieron homenaje al Mesías al rey espiritual de los hombres y regresaron a sus rebaños, no cesando de alabar y glorificar a Dios.
El mensaje del ángel a aquellos pastores, iba dirigido a nosotros, a "todas las gentes". Por aquellas palabras, se nos invita a adorar a nuestro recién nacido Salvador y sería necesario que nuestros corazones fuesen impenetrables a todas las cosas del espíritu, si no se colmasen de regocijo al considerar la divina bondad y la misericordia infinita que se manifiestan en la Encarnación y el Nacimiento del Mesías prometido. Ya la idea y la previsión de este misterio consolaron a Adán cuando fue expulsado del Paraíso; la promesa del advenimiento endulzó la amarga peregrinación de Abraham; alentó a Jacob para no temer a ningún adversario y a Moisés para hacer frente a todos los peligros y vencer todas las dificultades, cuando libró a los israelitas de la esclavitud de Egipto.
Todos los profetas vieron al Mesías en espíritu, lo mismo que Abraham, y todos se regocijaron. Si ya la esperanza dio tanta alegría a los patriarcas, ¡cuanta mayor felicidad debería darnos su realización! "La carta de un amigo", dice San Pedro Crisólogo, "es reconfortante, pero lo es mucho más su presencia; un pagaré es útil, pero su pago lo es en mayor grado; las flores son bellas, pero las supera la hermosura de su fruto. Los antiguos padres recibieron amistosas misivas de Dios, nosotros gozamos de su presencia; ellos tuvieron promesa, nosotros el cumplimiento; ellos el pagaré, nosotros el pago. Solamente amor nos pide Dios como tributo particular para celebrar este misterio; ese pago pide a cambio de todo lo que ha hecho y de lo que ha sufrido por nosotros.'¡Hijos'!, nos llama. '¡Dadme vuestro corazón!' Amarle es nuestra suprema felicidad y la más alta dignidad de la criatura humana".
La vida en Cristo es la práctica del Evangelio. Desde el momento de nacer nos enseña, primero a practicarlo y después a predicarlo. El pesebre fue su primer púlpito y desde ahí nos enseñó a curar nuestras enfermedades espirituales.
Vino entre nosotros a buscar nuestras miserias, nuestras pobrezas, nuestras humillaciones, a reparar el deshonor que nuestro orgullo le había inflingido a Dios Padre y aplicar un remedio a nuestras almas. Y para ello, eligió una Madre pobre, un poblado pequeño, un establo. Aquél que adornó al mundo y vistió a los lirios del campo con una majestad mayor a la de Salomón, estuvo envuelto en zaleas y reclinado en un pesebre. Eso fue lo que escogió como señal de su identidad. "Que os sirva de señal", había dicho el ángel a los pastor, "encontrar al Niño envuelto en pañales y reclinado en un pesebre".
En todo ello hay una poderosa enseñanza. "La gracia de Dios, nuestro Salvador, había aparecido a todos los hombres para instruírnos", afirma el apóstol. A todos los hombres, al rico y al pobre, al grande y al pequeño, a todo el que quiera compartir Su gracia y Su reino y, para todo eso, nos dio su primera lección de humildad. ¿Qué es todo el misterio de la Encarnación sino el más asombroso acto de humildad de un Dios?
Para expiar nuestro orgullo, el Hijo de Dios, se despojó de su gloria y tomó la forma del hombre con todas sus condiciones y en todas sus circunstancias, salvo en el pecado. ¿Quién puede dejar de imaginarse que toda la creación se colmó con la gloria de Su presencia y se estremeció de júbilo ante El? Pero nada de esto pudieron ver los hombres. "No vino, dice San Juan Crisóstomo, para sacudir al mundo con la presencia de su Majestad; no llegó entre rayos y truenos, como en el Sinaí; sino que lo hizo calladamente, sin que nadie lo supiera".
En el año 5199 de la Creación del mundo, cuando Dios, en el principio, hizo de la nada los cielos y la tierra; el año 2957 después del diluvio; el año 2015 del nacimiento de Abraham; el año de 1510 desde Moisés y la salida de Egipto del pueblo de Israel; el año de 1032 desde que David fue ungido rey; en la sexagésima quinta semana, de acuerdo con la profecía de Daniel; durante la centésima nonagésima cuarta olimpíada; en el año 752 de la fundación de Roma; en el cuadragésimo segundo año del reinado de Octavio Augusto, cuando toda la tierra estaba en paz, en la sexta edad del mundo: Jesucristo, Dios eterno e Hijo del eterno Padre, con el deseo de consagrar al mundo con su arribo, concebido por el Espíritu Santo y cuando hubieron pasado nueves meses desde su concepción, nació en Belén de Judá, de la Virgen María y se hizo hombre. Ese fue el nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo según la carne.
En esta forma tan solemne y detallada, el Martirologio Romano, como no lo hace para ninguna otra fiesta del Año Cristiano, ni siquiera la de Pascua, anuncia la Navidad. Sin embargo —y esto parece particularmente extraño a los pueblos sajones de habla inglesa para quienes la Navidad es la máxima fiesta religiosa del año— esta solemnidad no figura entre las que celebraba la Iglesia primitiva y, considerada desde el punto de vista litúrgico, no sólo queda por debajo de la Pascua, sino también de Pentecostés y de la Epifanía. La conmemoración del nacimiento de Nuestro Señor con fiesta propia no comenzó hasta el siglo cuarto (antes del 336) en Roma, de donde la festividad se extendió al oriente; hasta entonces, se conmemoró la Navidad como un complemento secundario de la fiesta de Epifanía.
Las fechas que figuran en la cita del Martirologio Romano que reproducimos arriba, no todas son estrictamente correctas desde el punto de vista historico ni es posible verificarlas. En la actualidad sabemos, por ejemplo, que la Creación del mundo no tuvo lugar 5199 años antes del nacimiento del Señor, sino muchísimos años más, y también tenemos conocimiento de que, posiblemente, la natividad haya sido anterior al año 752 de la fundación de la ciudad de Roma. Pero si es incierto el año en que nació Nuestro Señor, lo es todavía mas la fecha del día, y autoridades respetabilísimas han colocado esa fecha en casí todos los meses del año. No se saben las razones positivas por las que se eligió el 25 de diciembre para conmemoración de esta festividad, y el caso ha sido objeto de acaloradas discusiones. La idea de que tuvo su origen en una Saturnalia romana de diciembre, no puede ser pasada por alto, pero es más probable que la festividad solar de Natalis Invicti (Nacimiento del Invicto (el Sol)), que se celebraba en el solsticio de invierno, más o menos por el 25 de diciembre, haya dado origen al Día de Navidad. De cualquier manera, la costumbre romana de conmemorar el nacimiento de Cristo con una festividad especial en la fecha señalada se generalizó y así ha persistido en toda la cristiandad, con algunas excepciones aisladas. Se dice que los nestorianos no aceptaron la festividad especial hasta el siglo catorce; los armenios disidenes nunca lo han hecho, hasta hoy, celebran el nacimiento de Nuestro Señor junto con su Bautismo, el día de la Epifanía, y es así como los armenios separatistas son los únicos cristianos en el mundo que no festejan el día de la Navidad.
Entre los protestantes de una de las sectas más estrictas de Inglaterra y especialmente de Gales, subsiste la reminiscencia de la tradición puritana de que, si la Navidad cae en domingo, se observa en la forma penitenciaria propia de su culto en el día del Señor o Sabbath, como ellos le llaman, por considerar que este es m{as importante que la Navidad. Las fiestas navideñas se difieren hasta el lunes. Algunos presbiterianos de Escocia ignoran por completo la Navidad.
El padre Delehaye, en su comentario sobre el Hieronymianum, subraya la resistencia de la iglesia de Jerusalén a aceptar lo que consideraba como una nueva fiesta del nacimiento de Nuestro Señor, no obstante que San Juan Crisóstomo aclara en uno de sus sermones que la festividad ya había sido adoptada en la ciudad siria de Antioquía desde el año 376. Al parecer, en el siglo sexto, Cosme Indicopleustes consideraba escandaloso que no se hubiese adaptado la celebración de la Navidad en Jerusalén; pero antes de la muerte del patriarca San Sofronio, ocurrida alrededor del 638, es evidente que Jerusalén se había conformado con las costumbres del resto de la cristiandad, puesto que así lo dijo el patriarca en uno de sus sermones. Tras el estudio del padre Delehaye, el monje Dom B. Botte publicó una discusión sistemática, y a veces excesivamente minuciosa, sobre el origen de la fiesta de Navidad, estudio éste donde el autor afirma que todas las pruebas nos obligan a admitir que la asignación de la fecha del nacimiento de Nuestro Señor al 25 de diciembre se debe a la celebración pagana del Natalis Invicti precisamente en ese día. En apoyo de esta idea, debe recordarse que mientras dominaba o prevalecía extensamente el paganismo, los cristianos, las gens lucífuga, tenían poderosas razones para ocultarse y disimular sus creencias y sus prácticas bajo celebraciones o símbolos que no llamasen la atención de sus perseguidores.
Por otra parte, Mons. Duchesne sostiene que el nacimiento de Cristo se identificó con la fecha del 25 de diciembre, porque existía la creencia de que la Encarnación de Cristo había ocurrido en la misma fecha en que murió y que ambas coincidían con el equinoccio de primavera, el 25 de Marzo. También existía la creencia ampliamente aceptada de que igual fecha correspondió a la creación del mundo. De acuerdo con las investigaciones del padre Michel Andrieu, esas teorías no son enteramente irreconciliables y hay algo de verdad en ambas.
El breve tratado De solstitiis et aequinoctiis, que data del siglo cuarto y sobre el cual publicó Dom Botte un texto crítico, no está en contradicción con las mencionadas sugerencias. Dom Botte coleccionó asimismo cierto número testimonios en relación con las celebraciones paganas, en tierras de oriente, del nacimiento de un "aeon", o sea una gran divinidad, el día 6 de enero. En vista de que aquellas celebraciones estaban vinculadas con las festividades en honor de Dionisio, durante las cuales el vino reemplazaba el agua de las fuentes, es posible que hayan encontrado su expresión en las características singularmente mezcladas de la festividad de Epifanía en las que se combinaban el homenaje de los Reyes Magos, el bautismo de Nuestro Señor y el milagro de las bodas de Caná.
Cuando la peregrina Eteria visitó Jerusalén, hacia fines del siglo cuarto la Navidad se observaba todavía como parte de la Epifanía el día 6 de enero pero ya se daba mayor importancia al aspecto del nacimiento del Señor. Eteria describe de qué manera, en la víspera del 6 de Enero, el obispo, los sacerdotes, los monjes y el pueblo de Jerusalén, se trasladaban a Belén y hacían una estación solemne en la cueva de la Natividad. A la media noche, se organizaba una procesión que marchaba de regreso a Jerusalén mientras entonaba el oficio de la aurora. Después, durante el día, los cristianos volvían a reunirse para una celebración solemne de la Santa Eucaristía, que se iniciaba en la gran basílica de Constantino (el Martyrion) y culminaba en la capilla de la Resurrección (la Anastasis).
En el siglo sexto, las festividades que se llevaban a cabo en Jerusalén, fueron imitadas en Roma. A la hora "del canto del gallo", es decir después de la media noche, el Papa celebraba la misa en la Basílica Liberiana (Santa María la Mayor), a donde fueron trasladadas las supuestas reliquias del pesebre de madera donde estuvo recostado el Niño Jesús. Después del alba, marchaban los fieles en procesión hasta San Pedro donde el Papa cantaba la segunda misa. Entre la media noche y el alba, había otra celebración en la iglesia de Santa Anastasia, junto al Palatino.
A mediados del siglo doce, comenzó a cantarse la tercera misa, la del día de Navidad, en Santa María la Mayor, debido a la gran distancia que había entre la basílica de San Pedro y la de Letrán, donde vivía el Papa por entonces. Este fue el origen de las tres misas que todo sacerdote debe celebrar en la Navidad. Estas misas se encuentran hasta hoy marcadas en el misal, con los nombres de sus respectivas estaciones: Misa a Medianoche, estación en Santa María la Mayor, junto al Pesebre; Misa a la Aurora, estación en Santa Anastasia; y Misa en el Día, estación en Santa María la Mayor.
Posteriormente, se le dio un significado místico a esta conmemoración: las misas llegaron a repreguntar la triple manifestación, la original, la judáica y la cristiana, es decir que representaron "el triple nacimiento" de Nuestro Señor: por el que procede del Padre antes de todos los tiempos, por su nacimiento natural de la Virgen María y, por su renacimiento espiritual en nuestras almas, mediante la fe y la caridad. O bien, de otra manera, se las puede considerar así: la Misa de Medianoche conmemora el eterno nacimiento de Jesús, el Verbo divino. "El Señor me dijo: Tú eres mi Hijo... En Ti está el principado en el día de tu poder ... yo te concebí en el vientre antes que al lucero de la mañana".
La Misa de la Aurora contempla a Jesús como la luz verdadera, el sol espiritual. "Una luz brillará sobre nosotros en este día... Nos inunda la luz nueva del Verbo encarnado". Y en la tercera misa, al Niño de Belén se le honra como a Cristo el Rey, Dios y hombre. "Un niño nos ha nacido... lleva el reino sobre sus hombros... Hasta los confines de la tierra se ha visto la salvación de nuestro Dios... ¡Venid, todas las naciones y adorad al Señor!... Justicia y juicio son los preparativos para tu trono".

Cuidados de los padres con sus hijos, cuando estos entran en el uso de la razón.

En la divina historia de la Mística Ciudad de Dios se dice, que son muy contados aquellos que en llegando al uso de la razón no pierden luego la estimable gracia del bautismo, y se hacen del bando del demonio contra su Dios y Señor.
Es imponderable la malicia y astucia del enemigo infernal, para inducir a las criaturas, y derribarlas en algún pecado grave, al punto que llegan a entrar en el uso de la razón. Para esto toma de lejos la corrida, procurando que en los años de la niñez se acostumbren á muchas acciones viciosas; que oigan y vean acciones malas en sus padres y en quien los cria, y en las compañías de otros de mayor edad; y que los padres se descuiden en aquellos tiernos años en prevenir este daño.
En consiguiendo el demonio que la criatura cometa algún pecado mortal, luego toma posesion de su alma, y adquiere otros pecados; como de ordinario, por desdicha nuestra sucede, llamando un abismo a otro abismo (Psalm. XLI, 8).
Al mismo tiempo que el dragón infernal se desvela tanto para que las criaturas pierdan la gracia del santo bautismo, trabajan infatigables los ángeles del Señor, para que las mismas criaturas no pierdan este tesoro estimable de la primera gracia. Para esto alegan en la presencia divina las virtudes de sus padres y las de sus pasados, y las mismas acciones buenas de las criaturas; y aunque no sea mas de haber pronunciado el nombre de Jesús o de Maria santísima, cuando se le enseñan a nombrar, alegan los ángeles esta obra para defender con ella a las criaturas, por haber comenzado a honrar el nombre santo del Señor y de su santísima Madre. Si las han enseñado algunas devociones, y saben las oraciones cristianas , y las dicen, también lo alegan los ángeles en su favor.
Si el demonio consigue que la criatura cometa alguna culpa mortal cuando ya tiene uso de razón, entónces trabaja mas para acabarla de perder, o bien quitándola la vida antes que haga penitencia, o precipitándola en mayores vicios y pecados, para que no alcance su remedio, ni consiga la misericordia divina. En esto hay un abismo de secretos infernales, que si los hombres lo conociesen, quedarían asombrados, y muchos dejarían los empleos, oficios y dignidades que apetecen, ignorando su propio riesgo, y viviendo mal, seguros en el descuido que tienen de desvelarse por las criaturas que están á su cargo.
Los ángeles custodios trabajan infatigables para el bien de las criaturas, las libran innumerables veces del peligro de la muerte; y esto es tan cierto, que apenas hay alguno que no lo baya podido conocer en el discurso de su vida. Nos envían continuas inspiraciones y llamamientos, y mueven todas las causas y medios que convienen para avisarnos y apartarnos de nuestros mayores peligros. En los justos es poderosísima esta defensa de los santos ángeles; mas con aquellas almas tibias y frágiles que andan cayendo y levantando en sus pecados, trabajan mucho los espíritus celestiales, para que la caña quebrantada, como dice Isaías profeta, no se acabe de romper, y la estopa que humea no se acabe de extinguir.
Con aquellas almas infelices y depravadas que no tienen obra buena, y parece han rematado cuentas con su Dios, y viven y obran como sin esperanza do otra vida, es imponderable lo que trabajan los santos ángeles; porque los demonios alegan el derecho que tienen sobre ellas, y están velocísimos, como aves de rapiña, para quitar luego de sus corazones la santa semilla de las inspiraciones divinas, como se dice en el sagrado evangelio de san Lucas (VIII, 12).
Procuran también los enemigos infernales, que tales almas depravadas multipliquen sus pecados, y acaben de llenar el número para su condenación eterna; pero los santos ángeles, cuando con otras diligencias no pueden defender a semejantes pecadores en sus vicios, se valen de la intercesión poderosa de María santísima; y para que de algún modo se acuerden los pecadores de su clementísima Madre, solicitan los ángeles la tengan alguna especial devoción; y aunque todas las obras buenas hechas en pecado mortal son muertas, siempre tienen alguna congruencia, aunque remota, y con ellas está menos indispuesto el pecador, que sin ellas.
Por este camino son sin número las almas que salen de sus pecados, y se escapan de la tirana potestad del demonio; y aunque ningún favor hace el Altísimo a la Iglesia y a las almas en que no intervenga María santísima, como dice el dulcísimo san Bernardo, con todo eso, en muchas ocasiones pelea por nosotros la humanidad santísima del Verbo encarnado, y nos defiende de Lucifer y sus secuaces, declarándose con su madre soberana en nuestro favor, y confundiendo a los demonios con la vara fuerte de su inmenso poder, con que triunfa de sus enemigos, como dijo David (Psalm. CIX, 2).
Sabiendo los padres temerosos de Dios este desvelo imponderable del demonio para perder sus hijos, será justo apliquen mayor cuidado, para que el enemigo infernal no consiga sus depravados intentos; porque durmiendo quien habia de velar, nos dice el santo evangelio, vino el enemigo, y perdió la heredad de los descuidados (Matth.,XIII, 2o).
El Espíritu Santo dice, que si tuvieres hijos, los enseñes cuidadoso, y les hagas humillar la cerviz desde sus primeros años; no sea que vayan creciendo, y llores sin remedio cuando ya no los puedas regular (Eccli, VII, 23).
Lo mismo disponía Dios en el sagrado libro del Exodo, mandando a los padres que instruyesen bien a sus hijos, para que el Altísimo no les quitase la vida, por mal criados, y rebeldes a su Dios y Señor (Exod., IV, 23).
El sabio Salomon encarga lo mismo a los padres, animándolos para que no desesperen; pero advirtiéndoles, que si se descuidan mucho en la virtuosa enseñanza de sus hijos, expondrán su alma y las de sus hijos a la perdición eterna (Prov., XIX, 18).
En el sagrado libro del Eclesiástico se dice a los padres, que enseñen bien a sus hijos, y los corrijan ántes que se endurezcan; porque muchos cosas son fáciles en la juventud, que corriendo los años, con la mala costumbre se hacen imposibles (Eccl., XXX, 12).
En el libro cuarto de Esdras se hace una digna prevención a los padres; y es, que tengan cuidado, no sea que sus hijos sean menores en la virtuosa educación y en las buenas costumbres que sus antecesores, para que su casa no se disminuya en la buena fama y conveniencias temporales, sino que de dia en dia se aumente mas en el servicio de Dios, de quien viene toda la prosperidad (IV Esd., V,52).
El sabio Salomon tuvo fin con sus padres, dice el Espíritu Santo, y tú también morirás, como todos los antecesores de tu casa; por lo cual conviene te desveles miéntras vives, para dejar a tus hijos bien criados, no sea que te pierdas, y te condenes por ellos.
Educarás a tus hijos en santa disciplina, dice el apóstol san Pablo, y los corregirás en el Señor con templanza racional; pero advierte, que no los castigues indiscretamente, no sea que los aterres de modo que se vuelvan pusilánimes (Ephes., VI, 4).
Cuando vieres inquietos a tus hijos, los pacificarás de tal modo, con autoridad y razón, que ni los dejes sin castigo, ni los precipites en su ira comenzada; porque los extremos viciosos no tienen virtud (Luc., XV, 28).
Salomon dice, que no apartes la disciplina del niño, ni temas se morirá por azotarle; porque en aquellos primeros años de la niñez no corre el peligro de la precipitación referida (Prov., XXIII, 13).
El que perdona a la vara y a la disciplina, aborrece a su hijo, dice el mismo sabio (Prov., XII, 23); y el padre que verdaderamente ama a su hijo, le enseña con instancia en el tiempo mas oportuno, conoce bien que el castigarle templadamente es amarle.
Lo mismo dice el Espíritu Santo en el libro del Eclesiástico, que el padre virtuoso frecuenta las correcciones de su hijo, y le castiga con amor para tener en él sus delicias en los años de su vejez, y para que no le vea pedir limosna de puerta en puerta, como les sucede á los necios padres, que por el amor desordenado dejan de castigar a sus hijos en sus primeros años.
Deben desengañarse los padres, que primero es Dios que sus hijos, y en sus mismos hijos es primero el alma que su cuerpo; por lo cual no han de perdonar a sus hijos unigénitos en el castigo racional de sus cuerpos, interponiéndose el respeto a Dios nuestro Señor, y al buen eterno de sus almas.
El Sabio dice, que la estulticia y necedad se halla encastillada en el corazon del niño; y no hay otro medio para hacerla salir y desterrarla, sino la vara y la disciplina (Prov., XXII, 15). Es proverbio metafórico de Salomon, que debe entenderse de la corrección discreta y castigo prudente de los niños.
En otro proverbio dice el misino sabio, que el padre diligente y virtuoso, dándole a su hijo con la vara y con la disciplina, libra a su alma del infierno; porque la corrección amorosa y templada en los tiernos años hace esta grande maravilla del bien del alma con el castigo del cuerpo.
Humilla la cerviz de tu hijo en la juventud, dice el Espíritu Santo, y golpéale sus lados cuando tiene pocos años; no sea que se endurezca, y no te crea, y entre el dolor hasta tu alma, considerándole sin remedio por no haberle castigado en su principio (Eccl., XXX, 12).
Libra a tus hijos de malas compañías, y los librarás de muchos males. Castiga al pestilente de tu casa, y se hará sabio tu hijo, dice Salomon; y considera, que mejor es castigar a tu hijo, que condenarle al infierno (Prov., XXI, 11).
El hijo necio y estulto es íntimo dolor de su padre, dice Salomon; por lo cual importa desvelarse los padres, para que corriendo los tiempos, no digan sin remedio que les duele la cabeza, según el vaticinio, que dice: Caput meum doleo, caput meum dolco. ¡Harto dolor de cabeza tiene un pobre padre con el hijo insipiente !
Procuren los padres no ser de aquellos infelices hombres, de los cuales dice la divina Escritura, que sacrificaron sus hijos a los demonios; y desengáñense, que hacen ese mal sacrificio todos los que no crian sus hijos para Dios.
Aquellos padres indignos, que crian sus hijos con regalos viciosos, y no los castigan por no contristarlos, tengan por cierto que los dejarán con gemidos y llantos, conforme se lo anuncia un profeta del Señor (Bar., IV, 11).
No te gloríes, hombre necio, en tus hijos impíos y mal criados, dice el Espíritu Santo; porque no los verás con prosperidad en esta vida mortal, si no pusieres el santo temor de Dios en ellos, como sólido fundamento de sus vidas (Eccl., XVI, 1).
Por los graves pecados de los escandalosos hijos de Helí, y por el amor nimio que les tuvo, le fue dicho de parte de Dios, que aquellos malos hijos destruirían su casa; y así se vió cumplida la amenaza divina (I Reg., II, 31).
C0n tus hijos has de ser prudentemente severo; de tal manera, que ni los acobardes con tus terribilidades, ni los cries disolutos. No juegues con ellos, y no te contristarán. No te rias excesivamente con ellos, y no llorarás por su desventura y por tu desgracia. Este es divino consejo (Eccli, XXX, 9).
Algunos padres indignos disponen a sus infelices hijos el camino de su perdición con su mal ejemplo; porque la acción escandalosa del padre hace al instante operacion y efecto en el hijo. Esto quiso decir con lamentos el profeta Jeremías, cuando dijo que el padre comia las uvas en agraz, y los dientes del hijo se aceraron; porque el mal ejemplo del padre luego tiene correspondencia en el hijo.
Aun dice mas el Espíritu Santo, que los malos padres enseñaron a sus hijos el camino de pecar; y de ese mal principio redundaron muchísimos pecados para la perdición eterna y temporal de los padres y de los hijos (Eccl., XLVII, 29).
En el mismo sagrado libro se dice, que la herencia de los hijos de los padres ignominiosos se desaparecerá en poco tiempo, y la ignominia y el oprobio irá pasando de generación en generación; y todo este mal de consecuencia viene de la raíz viciada de los malos padres, que criaron sin temor de Dios a sus hijos.
Otros padres inconsiderados atendieron mas a sus hijos, que a su Dios y Señor; y en pena de su pecado perdieron a Dios y a sus hijos, y arruinaron su desventurada casa (I Reg., II, 29).
Así le sucedió al infeliz Helí, cuyos bijos en la divina Escritura se dicen hijos del diablo; porque eran hijos de un indigno padre, que los amaba demasiado, y no supo criarlos en temor santo del Altísimo, y atendía mas a sus hijos, que al mismo Dios que se los había dado.
De tales padres indignos, dice Cristo Señor nuestro en su santo evangelio, que si aman al hijo o la hija mas que al Señor, tienen exclusiva de la compañía eterna de su divina Majestad; porque amaron mas a la criatura que al Criador (Matth., X, 37).
De esta clase maldita son aquellos ciegos padres, que por dejar mas bienes temporales a sus hijos no restituyen lo que deben de justicia, y toda su vida se les pasa en atesorar de usuras y rapiñas, para la perdición eterna de sus almas, y aun de sus infelices casas y familias.
De aquí resulta, que si los padres son malos, los hijos se hacen peores que sus padres; y procediendo de aumento las iniquidades, se heredan los vicios, y se multiplican los pecados, hasta que el Altísimo Dios acaba con los padres y con los hijos, y todo se pierde.
Por esto dice un santo profeta, que Dios acabará con la cabeza de la casa del impío pecador, que es el mal padre de la familia, y se le quitará de la falsa alegría que tenia con sus hijos mal criados; porque ha determinado su divina Majestad no dejar reliquias de los ingratos a sus celestiales favores (Habac., III, 13).
Así se verifica lo que está escrito en el sagrado libro del Exodo, que Dios es fuerte celador de su honra, y visitará la maldad de los padres en los hijos (Exod., X, 5); porque de los malos padres pasarán a los hijos las malas costumbres; y en llegando las maldades a su término prefinido, se arruinará toda la casa de los impíos pecadores.
Con esta verdadera doctrina, dice la sentencia del Espíritu santo, que los nietos de los impíos y perversos padres no multiplicarán sus generaciones y sucesiones; porque la ira del Señor acabará con ellos en castigo digno de sus graves culpas (Eccl., XL, 15).
Lo mismo continua el vaticinio de Amos profeta, que hablando con los hijos infelices de los padres viciosos, les dice, que si no se apartan de las iniquidades de sus padres, se condenarán con ellos, y así trasplantará toda su mala generación a los abismos.
En el divino libro de la Sabiduría también se dice son infelices todos aquellos que en la crianza de sus hijos se apartan de la divina ley, y si malos son los padres, peores son los hijos; y con la herencia de las maldades se hace una casa infeliz de condenados.
Para no llegar a esta suprema desventura, importa mucho no ser desordenados los padres en el amor de los hijos; porque tal vez, por no contristarlos, dejan de corregirlos con la aspereza que deben; de lo cual se sigue la ruina del hijo, y el intimo dolor del padre, que ya considera perdido a su desdichado hijo.
El hombre justo (que dispone el gobierno de su casa con santa simplicidad, conforme a la ley santa del Señor) deja después de sí a sus hijos bienaventurados, según dice un proverbio de Salomón; porque dispone el Altísimo Dios, que por la bondad del padre difunto prospere la casa de sus hijos (Prov., XX, 7).
Así se verifica lo que dice el apóstol san Pablo, que si la raíz es santa, los ramos se criarán santificados, porque saben a la raíz de donde proceden (Rom., I, 16); y regularmente sucede en los hijos, que si el padre es virtuoso, los hijos heredan sus virtudes, y prosperan con ellas.
Así también se verifica lo que dice el Espíritu Santo, que en sus hijos se conoce el varón virtuoso (Eccl., XI, 16); porque con su ejemplo santo edifica, y los hace semejantes a sí mismo, enseñándolos con sus palabras y con sus obras, y corrigiéndolos siempre que conoce tienen necesidad.
Si los podres conocieren que se desvían sus hijos del camino verdadero del temor santo de Dios, pongan luego conveniente remedio, y atiéndanles hasta el movimiento de sus ojos, como se dice en el libro del Eclesiástico; y no se admiren si sus mismos hijos los desprecian; porque si a Dios nuestro Señor le pierden el respeto con sus malas obras, cerca estarán de perderles también la reverencia a sus padres, que despues de Dios les dieron el ser que tienen.
Si los padres conocieren que siguen sus hijos el camino santo del servicio de Dios, procuren darle mil gracias a su divina Majestad; y consuélense, que aunque pasen de esta vida mortal, dejan en sus hijos el buen logro de su cuidado, y el Señor los llenará de bendiciones del cielo.
Así se cumple lo que se dice en el sagrado libro del Eclesiástico, que el padre justo se alegra en el hijo sabio, y en la hora de su muerte se va con mucho consuelo, porque deja bien asegurado el crédito de su casa, y no padecerá confusion de sus enemigos.
Regularmente los hijos son como sus padres, aunque no siempre es regla general; porque muchas veces hemos visto de buenos padres hijos perversos. Mas en lo regular sucede seguir en todo los hijos a los padres, así en el bien, como en el mal; por lo cual se dice en el libro de los Números, que fue grande milagro no pereciesen los hijos de Coré, pereciendo su padre.
El profeta Jeremías dice, que los hijos congregarán la leña, y los padres aplican el fuego para sus maldades, y asi los padres y los malos hijos se coadyuvan para mal, y unos y otros perecen con una mala fortuna.
En semejantes hijos y padres perversos se verifica la sentencia de Cristo Señor nuestro, cuando a los ingratos hebreos les decia hijos de víboras: Filii viperarum (Matth., III, 7); porque el veneno de los padres pasa a los hijos en herencia maldita, como el veneno de las víboras pasa de unas a otras, y así los hijos y los padres mueren con su común veneno.
De la misma manera se discurre en el vicio, que en la virtud; porque si los padres son virtuosos, regularmente los hijos siguen los buenos ejemplos de sus padres. Por esto dice la divina Escritura, que en un mismo dia se circuncidó Abrahan, y también su hijo, mas primero el padre que el hijo, y aunque la circuncisión era sangrienta, no dudó el hijo virtuoso seguir el buen ejemplo de su padre.
Si por negligencia del padre perece el hijo, será reo el padre del pecado de su hijo, dice un proverbio de Salomon (XXIII, 29); porque no hizo el padre lo que debia, y el delito del hijo primero se halló en el padre, y del padre pasó a su hijo.
Por esto se dice en un salmo de David, que a los descuidados en sus obligaciones los juntará Dios con los que obran la maldad (Psalm. CXXIV, 5); porque faltando en lo que debían enseñar y corregir, todos los malos efectos que se siguen de su omision culpable se les cuentan por delitos propios. No se olviden los padres de confesarse de sus omisiones, cuando de ellas se sigue la perdición de sus pobres hijos.
En la ley antigua disponía Dios, que si algún padre infeliz hallaba a su hijo inobediente, contumaz y protervo, que despreciaba los consejos virtuosos de su padre, le denunciase al juez de la república, para que fuese castigado conforme a su rebeldía; de que se infiere no seria bastante excusa del padre en la mala crianza de su hijo la protervidad de su mal natural, ni cumpliría con Dios ni con los hombres, dejándole de corregir por omision.
Algo se puede disimular en atención a los pocos años de una criatura; porque la edad perfecciona las operaciones, como dice san Pablo: Cum essem parvulum, loquebar ut parvulus, etc. (I Cor., XIII, 11). Pero nunca se na de tolerar cosa alguna que sepa a terquedad y soberbia, porque estos vicios van de aumento, corriendo los años; y si luego no se remedian, pasan a dureza inflexible, que apénas tiene curación.
Verdad es que conviene huir el prudente padre del indiscreto rigor, que hace a las criaturas pusilánimes, como lo advierte el mismo apóstol (Colos., III, 21), y ya lo dejámos notado en otra parte, salvo siempre, que a los niños ni a los jóvenes no se les deje salir jamas con sus temas y terquedades, por las malas consecuencias que de esto se siguen para en adelante.
Los hijos muy amados de los padres llevan gran peligro de perderse, y de no verse bien logrados, como le sucedió a David con Adonías y Absalon: que ambos llegaron a ser desatentos con su padre, y el uno murió colgado de un árbol, y el otro acabó su vida con los filos de mía espada.
Temed, padres cristianos, no perdáis a vuestros hijos por amor desordenado; y temed mas, no perdáis vuestras propias almas eternamente por faltar a vuestras obligaciones. No lo permita el Señor. Amen.
R.P. Fray Antonio Arbiol
LA FAMILIA REGULADA

viernes, 23 de diciembre de 2011

ESCLAVO.

"Esclavo: ¡ya eres libre! no hay cadena
que aprisionarte pueda! A tí no alcanza
Del mundo y del demonio la asechanza.
Ni el dogal de la muerte y de la pena.

La Virgen Celestial, la Gratia Plena,
Con su cielo ha calmado tu esperanza.
Te diste a Ella, y Se te dió! ¡Qué alianza!
Trueca por una Gloria una cadena!...

Así, con débil voz, pobre coplero,
Al Beato Luis apostrofé, en un día
Y él, desde la altura placentero

Me dijo: Soy esclavo todavía.
¿No me ves, para siempre, prisionero
En los brazos amantes de María?

Mons. Vicente M. Camacho
Abril 28 de 1927.

EXTRACTO DE LAS ACTAS DE LAS SESIONES Y CONGREGACIONES (VII) CONCILIO LATINO AMERICANO 1899

AUDIENCIA DE SU SANTIDAD.
El lunes 10 de Julio de 1899, todos los Rmos Padres del Concilio fueron recibidos por Su Santidad el Papa León XIII, y el Illmo Sr. Arzobispo, Primado del Brasil, leyó la siguiente oración:

Beatísimo Padre:
Nos es en extremo grato el presentarnos hoy a Vuestra Santidad, con un solo corazón y una sola alma, para expresarle, a nombre nuestro propio, y de nuestros Hermanos los Obispos ausentes, que están a nosotros unidos con los vínculos de amor fraternal, y a nombre del clero y de los fieles de toda la América Latina, a nuestro cuidado cometidos, los sentimientos de amor y veneración que nos animan e inflaman, y con los cuales hemos venido a esta Alma Ciudad, para congregarnos bajo Vuestros auspicios y Vuestra dirección, en Concilio plenario, y en él dictar unánimes las medidas conducentes al bien espiritual y al provecho de nuestras Iglesias.
Muchas e insignes han sido las pruebas de amor y paternal solicitud con que Vos, Santísimo Padre, en Vuestro largo Pontificado, Os habéis dignado distinguir las Iglesias de nuestra América Latina. Jamás se borrará de nuestros corazones su dulce memoria; pero a todas estas ha venido hoy a añadirse un nuevo y brillante testimonio; una nueva prenda y seguridad de Vuestra benevolencia y solicitud, que da lustre, ennoblece, corona, y pone por decirlo así, el colmo, a todos los demás beneficios con que habéis enriquecido nuestras diócesis. Ha querido Vuestra Santidad darnos la ocasión y suministrarnos los medios de reunimos en Concilio Plenario, junto a la infalible Cátedra de Pedro, para tratar de común acuerdo, aquí en la misma Roma, acerca de cuanto pueda ser útil o necesario al buen gobierno y progreso de nuestras diócesis. Agradable de veras fue para nosotros obedecer con presteza las órdenes y seguir las indicaciones de Vuestra Santidad; y, por tanto, de buena gana escogimos a Roma para lugar de nuestras reuniones, y quisimos trabajar en ella con incesante afán, cuyo fruto, con el favor divino, redundará en la prosperidad de la religión en nuestros países, en mayor provecho de las almas, en el fomento y engrandecimiento de los institutos cristianos, en la uniformidad y observancia de la disciplina eclesiástica.
En el desempeño de esta parte de nuestros trabajos, fue tanta la bondad y la clemencia de Dios para con nosotros, que todos con grande e igual ahinco, con íntima paz y concordia, con mutuo afecto de amor y veneración, cumplimos con los deberes de nuestro cargo; y procediendo con prudencia, aprovechándonos, en nuestras deliberaciones, de la experiencia adquirida en el largo ejercicio de nuestro ministerio, y conociendo a fondo las necesidades y circunstancias de nuestros paises y nuestros fieles, conseguimos con el favor de Dios, y en cuanto fue posible, promulgar leyes y decretos saludables y uniformes, que hoy humildemente entregamos y sometemos a Vuestra Santidad, supremo e infalible maestro y custodio de la doctrina y disciplina de la Iglesia Católica, para que los reconozca, examine y apruebe. Pero como hay muchas gracias reservadas a Vuestra suprema potestad, que nosotros, juzgándolas útiles y oportunas para nuestras Iglesias, hemos resuelto pedir a Vuestra Santidad en esta ocasión, nos ha parecido conveniente traeros estos postulados, Beatísimo Padre, para que en virtud de Vuestra autoridad Apostólica, resolváis y determenéis lo que Os pareciere conveniente en el Señor.
Entretanto, como es debido, tributamos de corazón, rendidas e inmortales gracias a Dios Todopoderoso, que alumbrándonos con sus luces, y sosteniéndonos con su fuerza, fomentó y alimentó en nosotros la caridad, la paz y la concordia, y, desde el principio hasta el fin, nos socorrió con la abundancia de sus dones.
Damos también gracias infinitas a los Príncipes de los Apóstoles San Pedro y San Pablo, cuyo alto patrocinio nos ha dado aliento en nuestras labores.
A Vuestra Santidad, por último, Beatísimo Padre, ofrecemos el humilde tributo de nuestra ardiente y cordial gratitud, pues nos habéis acogido con toda la efusión de Vuestro augusto pecho, y no sólo nos ayudasteis en nuestros trabajos por medio de varones insignes por su prudencia, experiencia, virtudes y ciencia, entre los cuales resplandece con grande fulgor el Cardenal Vives, haciendo asi más fáciles y fructuosas nuestras tareas, sino que, accediendo a nuestras súplicas, permitisteis que, para dar más brillo a nuestra Asamblea, fuesen presidentes de honor en las sesiones públicas, algunos miembros del Sacro Colegio. Tampoco podemos dejar de expresar nuestro profundo reconocimiento a los Superiores del Colegio Pío Latino Amérícano, queridos a nuestro corazón, en cuya espléndida casa celebramos nuestro Concilio. Tantas pruebas nos dieron de cortesía, generosidad y afecto, que han atado nuestros pechos con los vínculos de la más sincera adhesión.
Estos son los sentimientos, Beatísimo Padre, que al partir de Roma llevamos profundamente grabados en nuestros corazones. Nos alejamos de Roma con el cuerpo; pero no en espíritu: en su seno hemos estado contemplando todo este tiempo, tantos monumentos espléndidos de fe, de caridad y de religión; ella es la Capital del Principado Apostólico y temporal de los Romanos Pontífices; ella, gracias a la Cátedra de San Pedro, es Centro, madre y cabeza de la religión, y subditos suyos y ciudadanos, son los católicos del Orbe entero.
Al regresar a nuestros hogares, no dejaremos de referir y atestiguar todo esto a nuestros Hermanos los Obispos ausentes, al Clero y a los fieles de nuestras diócesis; y nuestra narración servirá para estrechar más y más los vínculos de afecto y de lealtad que ya los unen con esta Sede Apostólica.
Entretanto, Santísimo Padre, dadnos a nosotros mismos, a nuestros Hermanos en el episcopado, al clero y a los fieles a nuestro cuidado cometidos, la Benedición Apostólica, que Os pedimos animados del más ardiente amor y la veneración más profunda.
El Sumo Pontífice se dignó benignamente responder que las palabras que acababan de leerse hablan resonado dulcemente en sus augustos oidos, llenas como están de amor filial hacia Su Santidad, de adhesión y obediencia a la Silla de Pedro. Felicitó a los Padres por haber llevado a cabo el Concilio, y por la admirable armonía que reinó en todas y cada una de las sesiones; de ella todos los días se le llevaban fidedignas noticias, y la hacía ahora patente la brillante corona de Hermanos agrupada en derredor del Vicario de Jesucristo. Que partieran, les dijo, en buena hora; pero cargados de opimos despojos, que sean para su clero y su pueblo firme baluarte, para ellos mismos eterna prenda de Su amor paternal; porque ha mandado espontáneamente a los Cardenales Prefectos de las diversas Congregaciones, que concedan a manos llenas a los Padres del Concilio Plenario, cuanto se les ocurriere pedir. Pero antes de dar a los Obispos el adiós postrero, le plugo dirigirles algunos consejos, que fuesen como el testamento de Su amante Padre, y que pudiesen ellos transmitir a sus lejanas greyes.
Para lograr ver la heredad del celestial Padre de familias que se les ha confiado, cubierta de abundantes mieses, es fuerza consagrarse con todo empeño a los seminarios clericales. De ellos saldrá la raza escogida de sacerdotes, que con manos inmaculadas ofrezcan perpetuamente en el altar el Incruento Sacrificio, y ayuden al Obispo a arrancar la zizaña y a cultivar la Viña del Señor. Por tanto, donde ya existen, mejórense; donde las vicisitudes de los tiempos los han deteriorado o demolido, repárense las ruinas; en las diócesis de reciente erección, en que nunca existieron, ábranse cuanto antes los cimientos. En todos y cada uno de los alumnos, juntamente con la ciencia y las letras, cultívense la piedad, las santas costumbres, la disciplina eclesiástica. A todos enséñese la Filosofía escolastica, conforme a la mente de Santo Tomás; ninguna otra podrá encontrarse más a propósito para vencer a los enemigos de la Santa Iglesia, ninguna que mejor allane al camino a los estudios Teológicos, como ya desde el principio de Su Pontificado ha inculcado con éxito feliz al Mundo entero, y ahora de nuevo una y mil veces recomienda a los Padres. Ojalá que en las Ciudades principales se funden Seminarios centrales, notables por sus letras y ciencias y por sus esclarecidos profesores, en los cuales, a guisa de Universidades, se confieran el doctorado y los demás grados académicos, por lo menos en Teología y Derecho Canónico. Envíense los jóvenes más escogidos al Colegio que en Roma fundó Su Predecesor el Papa Pío IX para los jóvenes de la América Latina, para que beban la sabiduría en estas purísimas fuentes; y sobre los sepulcros de los Mártires, se inflamen más y más en el amor divino y en la adhesión a la Silla Apostólica.
Después de la juventud, en que cifra sus esperanzas la Iglesia, recomendó Su Santidad a la solicitud de los Obispos, a los sacerdotes que tienen cura de almas. Ellos son los soldados que combaten bajo las banderas del Obispo; los marineros que bogan atados a las remos, mientras el Obispo se sienta al timón, y sin los cuales no se puede arribar al puerto de salvamento. Escójanse, pues, para párrocos, los mejores entre los más distinguidos; vigilense sin descanso; a los activos déseles aliento; empújese a los perezosos; sosténganse los débiles; tiéndase la mano sin temor a los caidos. Pero ante todo y sobre todo, distribuyan los párrocos con frecuencia, a su progenie espiritual, el pan de la palabra de Dios; enseñen infatigables a los niños de ambos sexos, los rudimentos de la doctrina cristiana, sirviéndose de colaboradores escogidos, ya en el clero secular, ya en las órdenes religiosas de uno y otro sexo, llamándolos sin envidia a trabajar en la siega.
En tercer lugar hablo Su Santidad de las Misiones. Dijo que Él mismo, cuando era Obispo de Perugia, fue mil veces testigo de los frutos abundantes que se recogen en las misiones. Mucho puede esperarse de los pueblos Latino-Americanos, que se nuestran siempre dóciles y sencillos, y acogen a los misioneros con tanta veneración.
Empero, si hay que purificar a menudo al pueblo cristiano, con mucha más razón deben lavarse de toda mancha, los levitas que manejan los vasos preciosos del Santo sacrificio. Por lo cual, es preciso que no dejen los Obispos de convocar periódicamente á su clero, a ejercicios espirituales.
A su regreso, consagren de nuevo sus rebaños, al Sagrado Corazón de Jesús, a quien ya los Padres del Concilio se consagraron a si mismos y consagraron igualmente sus diócesis.
Templando en su fuego divino sus nuevas armas, o sea los decretos del Concilio, se harán invulnerables a las falanges de Satanás. Adiós, en fin (dijo el Padre Santo) adiós, Hermanos queridos: acercaos a recibir el ósculo de paz. Sabed para vuestro consuelo, que Roma entera ha admirado vuestra unión, vuestra ciencia y vuestra piedad; y que consideramos vuestro Concilio, como una de las joyas más preciosas de Nuestra corona.
Con estas y otras pláticas pronunciadas en tono familiar, y que aquí se refieren sólo en substancia, dió fin a la audiencia el Padre Santo, dando antes a cada uno de los Obispos, con suave y paternal afecto, el ósculo de paz y la Bendición Apostólica (recibiendo también a los oficiales del Concilio y a los familiares de los Obispos). Concedió igualmente á les Prelados facultad para dar a sus diocesanos la Bendición Papal, que podrán delegar, en caso de necesidad, a los párrocos.

Damos fe de la autenticidad, de las Actas.

+ Ignacio
Obispo de San Luis de Potosí
Secretario del Concilio.

Benedicto de Souza
Notario del Concilio.

martes, 20 de diciembre de 2011

Posada y Pastorela 2011

El sábado 17 de diciembre se celebró la posada
y pastorela de la Fundación San Vicente Ferrer
Aquí se está preparando el escenario de la Pastorela

Aquí en la Capilla pidiendo Posada


Preparándose los actores de la Pastorela
Un pequeño refrigerio

El P. Dario preparando a los ángeles


Antes de la Pastorela hubo presentación de villancicos
contando con la participáción de la Fam. Sonora Lopez
La sección femenina del Grupo San Juan Bosco
cantando el "Adestes Fidelis"

Parte de la Banda de Guerra del Grupo
San Juan Bosco, también participó con un villancico



Las hermanas de la Fundación San Vicente Ferrer,
entonaron bellos villancicos


En la parte tecnica, en el sonido, contamos con la ayuda
de los cuates Adrian y Ricardo Ruiz Avila.
Y en las luces estubó otro cuate de los Sonora, Alejandro
Don Alejandro Martinez y su esposa Yeya Rosales
nos ayudaron con las nieves










Paulina del Toro Rosainz, representó a la Virgen María
La sra. Carmen Santillan de Gutierrez representó a Santa Isabel