Vistas de página en total

jueves, 1 de noviembre de 2012

LA TIERRA MEDIEVAL DESTRONADA POR LA CIENCIA MODERNA

CIEN PROBLEMAS SOBRE CUESTIONES DE FE 
(2)

    El pensamiento cristiano ha defendido siempre el geocentrismo y el antropocentrismo cósmico, esto es, la tierra en el centro, fija y servida por las rodantes esferas celestes, ennoblecida por el hombre, rey del Universo, y santificada por la venida del Hijo de Dios hecho hombre. Esta es la enseñanza sustancial de la Biblia. Este el pensamiento de la Edad Media, que determinó incluso la condenación de Galileo. La Iglesia no podía recibir sobre este punto por parte de la astronomía un mentís y una derrota más colosal al raer a la tierra del centro del Universo. (R. C.—Florencia.)

  Me permitiréis, queridos lectores, que no toque aqui el episodio de Galileo, que es accidental en la objeción, y sobre el cual volveré de intento en otra ocasión. Y pongamos también fuera de la cuestión de «la enseñanza sustancial de la Biblia», la cual, en cambio, no tiene enseñanza alguna astronómica sobre el particular, como no existe definición alguna de la Iglesia, por tratarse aquí puramente de ciencia humana, que en aquellos tiempos era corriente también en las otras religiones. Voy a la esencia del problema.
   ¿Estáis por completo seguros de que la astronomía rayó a la tierra del centro del Universo? No me he dado cuenta de ello. Y sostengo que hoy además, a la luz de la ciencia, está en el centro mucho más que antes.
   Hagamos una breve recapitulación histórica.
   Como es sabido, la famosa centralidad cósmica de la tierra —geocentrismo—y del hombre—antropocentrismo—-que dominó en la época cristiana hasta toda la Edad Media, presuponía la sólida fijeza de nuestro planeta. Este la sugería, por decirlo así, irresistiblemente la observación elemental no sólo vulgar, sino científica, como podía darse en una época en que todavía se desconocían las leyes fundamentales dinámicas y de la gravitación. ¡Que intentase moverse un poco la tierra! ¡Pobres los hombres! Todos conocen los desastres de los terremotos. El mismo genial revolucionador de la teoría cósmica, el piadoso canónigo Copérnico, al proponer su nueva hipótesis—siguiendo las huellas del gran cardenal Nicolás Cusano (1401-1464)— hacía notar en el prólogo de su obra fundamental De revolutionibus orbium caelestium (1530), cómo parecía que constituía la negación del mismo buen sentido más elemental, tanto que en un primer momento incluso le «había parecido absurda».
   En torno a la tierra fija se concebían además coherentemente centrados los movimientos de las esferas del sol y de todo el firmamento.
   Hay que añadir que para dar una explicación del momento satisfactoria del inexhausto brillar de los cuerpos celestes, hubo que concebirlos como incorruptibles, o sea constituidos de materia con características diversas y superiores a las de la tierra corruptible.
   Pero viene Copérnico, que, vencida al fin la repugnancia a admitir un movimiento terrestre—explicando lo mejor que pudo, compatiblemente con la ciencia de entonces, cómo jamás se seguiría de él la ruina de todas las cosas que había encima de ella—, dio el primer paso colocando fijo y en el centro del mundo al sol y la tierra girando en torno a él en una órbita situada en el tercer lugar respecto a los demás planetas, incluso todo el Universo—heliocentrado—con la gran esfera exterior de las estrellas fijas.
   Luego, también el sol se nos ofreció en movimiento, las manchas echaron por tierra su supuesta incorruptibilidad, y en cuanto a la tierra, la astronomía moderna no la tiene en adelante más que como un cuerpecillo—despreciable, respecto a la muchedumbre cósmica, como un granito de arena respecto a todo el Sáhara—perdido en el Universo, que gira sobre sí mismo (a la velocidad ecuatorial de 1.660 kilómetros por hora), que gira en torno al sol (a la velocidad de 106.000 kilómetros), y, arrastrado por éste, junto con todo el sistema solar, en una vertiginosa carrera en medio de inmensa extensión de todos los cuerpos celestes en movimiento (a la velocidad de 72.000 kilómetros respecto al sistema sideral galáctico—Via Láctea—, y tomando finalmente parte en el movimiento de éste respecto a los sistemas extragalácticos).
    Estos son los grandes rasgos del progreso de la astronomía.
    Las principales razones por las que en virtud de todo esto parece que se ha derrumbado la primacía de la tierra son su relativa pequeñez y el no estar fija en el centro del cosmos. Pero ¿de cuándo acá el título preferido debe ser sin más el tamaño, la quietud y el estar en el centro?
     Supongamos que la tierra fuese inmensamente mayor y que sus habitantes, los hombres, tuviesen dos kilómetros de alto, un kilómetro por cada pierna, dos trasatlánticos por zapatos y la cúpula de San Pedro por cabeza. Si no obstante la atmósfera fuese más difícil de respirar y en aquella cabezota no hubiese cerebro, ¿habría superioridad? Lo que decide es el elemento cualitativo. Y en este aspecto, la astrofísica moderna descubre una complejidad y variedad estructural de la materia terrestre y una dosificación de los componentes atmosféricos y una temperatura que hacen la tierra mucho más idónea para la vida que los demás cuerpos celestes hasta ahora conocidos, tanto que, al contrario de cuanto ilusoriamente se creía en la Edad Media, los astros tienen una composición física menos noble que nuestro planeta.
     Incluso cuantitativamente, por lo demás, ¿por qué decir que los descubrimientos modernos han empequeñecido la tierra? Son más bien los cuerpos celestes y los aspectos estelares los que han aumentado inmensamente. Pero esto con el solo resultado de extender enormemente la visión de la realidad cósmica en que vive la tierra, y que, en cierto modo, con la solidaridad de la gravitación y de la radiactividad, sirve a la tierra y a la vida. Esta dilatación del horizonte cósmico es toda en beneficio de la tierra y del hombre que habita en ella y que lo contempla. Un palacio no se desvaloriza porque se extienda ante él un horizonte más amplio; al contrario, aumenta de valor.
     Semejantemente no se desvaloriza la morada de un rey, porque no esté en el centro del parque; y lo mismo debe decirse de la tierra, morada del hombre. Antes bien, a decir verdad, ha vuelto al centro geométrico, en el sentido de que, prescindiendo del centro esférico del mundo, que ya no tiene significación, se halla, efectivamente, sumergida por todos lados en el espacio estelar.
     Si además prodigiosamente se tratase de un palacio movible, seria verdaderamente una obra maestra. Así sucede con la tierra, que no sólo ofrece al hombre los dilatados horizontes estelares, sino un maravilloso horizonte movible, continuamente renovado por su gigantesca y vertiginosa travesía del cosmos.
     Así que, geométricamente, la tierra no ha perdido ninguna posición privilegiada, cuantitativamente se ha enriquecido con nuevos horizontes alejadísimos y cualitativamente ha demostrado más su superioridad.
     Pero en este último aspecto, el hecho decisivo es la presencia en ella del hombre, materialmente todo lo pequeño que queráis, pero señalado con la chispa del pensamiento. Con éste domina y salva todos los elementos y todas las distancias cósmicas. Por él es el rey del cosmos y la tierra su regia morada. En cambio, no es positivamente probable que en otra parte florezca la vida, como veremos en otra ocasión (consulta 24).
     Finalmente, y sobre todo, aquí se posaron los pies de Cristo.
     La tierra está santificada y sublimada por esto: para siempre. Es «la peana de sus pies» (Isaías, LXVI, 1; véase Hechos, VII, 49, etcétera).
  El divino Redentor la hizo palacio real. Geocentrismo, antropocentrismo, cristocentrismo cósmico.

BIBLIOGRAFIA

G. Schiaparelli : Scriti sulla storia dell'astronomía antica, Bolonia, 1925-7; L'astronomia nell'Antico Testamento. Milán, 1893; 
C. Tolomeo : Almagesto, griego y francés, N. Halma, París, 1813-16;
M. Pothron : Les systémes du monde au Moyen Age, DAFG., III, págs. 869-73;
Nicolás de Cusa : De docta ignorantia, trad. P. Rotta, Milán, 1927, II;J.
Czynski : Kopernik et ses traveaux, París, 1847;
G. Armellini : Tratatto di astronomía siderale, Bolonia, 1928-36;
 F. Denza: L'armonie del cielo (popolare), Florencia, 1935;
P. C. Landucci: Esiste Dio?, Asís, 1951, pág. 172 (4).


Pier Carlo Landucci
CIEN PROBLEMAS SOBRE CUESTIONES DE FE

No hay comentarios: