miércoles, 29 de febrero de 2012

MARTIRIO DE LOS SANTOS MONTANO, LUCIO Y COMPAÑEROS BAJO VALERIANO

Las actas de los santos Montano y Lucio son, a juicio de Tillemont, "una pieza donde todo es digno de la gravedad cristiana, donde todo respira la ardiente caridad de los primeros siglos, donde se ve un retrato del espíritu, de las máximas y aun del estilo de San Cipriano".
El nombre mismo del gran obispo, que acababa de derramar su sangre por la fe, aparece varias veces en las actas de Montano y Lucio, y su espíritu, podemos afirmar corroborando el exacto juicio del historiador francés, las penetra por entero, y por ello son un documento de primer orden sobre la profunda huella que dejó en las almas aquel grande obispo africano. El martirio de este grupo de cristianos, clérigos y laicos, debió de seguir muy de cerca al suyo. Ejecutado San Cipriano el 14 de septiembre del 258, todavía no se le había elegido sucesor cuando el mártir Flaviano, último que fué ejecutado, designó, en cuanto en él estuvo, a Luciano por obispo de Cartago. En el intervalo, pues, del martirio de San Cipriano y la elección de su sucesor, Luciano, hay que poner la muerte de este glorioso escuadrón de mártires, tan próximos a él por el tiempo como por el espíritu.
Aparte esta influencia profunda de San Cipriano, que va desde la formación espiritual hasta los defectos de estilo retórico, hay que señalar también la de la Passio Perpetuae, que sale también a flor de tierra. Este famoso documento—dice un buen conocedor de la materia—quedó como el modelo de un grupo de acta martyrum latinas, en las que la elaboración literaria alcanza cierta importancia, hasta sobreponer un notable desenvolvimiento de forma al simple esquema del protocolo y admitir largamente los relatos y visiones habidos por los mártires durante su prisión".
Las actas se dividen en dos partes claramente distintas: una carta (I-XI) que se supone escrita en común por los mártires prisioneros a toda la comunidad cristiana, y el relato del martirio (XII-XXIII) hecho, a ruego del mártir Flaviano, por un redactor desconocido.
Este hubo de ser un testigo presencial de los hechos, y él afirma haber estrechado la mano del mártir Flaviano momentos antes de la ejecución. La carta a la comunidad de Cartago afirma Monceaux que se debe a este mismo mártir Flaviano, que debía de profesar la gramática o retórica. Otra autoridad en materia hagiográfica, Pió Franchi de'Cavalieri, supone que carta y relato son obra del mismo autor y aquélla sería una mera ficción literaria, que no afectaría, sin embargo, al fonda histórico de la narración. Otros han negado de plano la historicidad del documento entero. Nosotros preferimos mantener la opinión del venerable Ruinart, quien tenía estas actas "por enteramente fidedignas y tales que con razón se computan entre los más preciosos y sinceros monumentos de la sacra antigüedad"
Están, sin embargo, lejos de su modelo, la Passio Perpetuae, y lejos también del mismo San Cipriano, a quien más frecuentemente recuerdan. Lo mismo el mártir Flaviano, si es suya la carta a la comunidad, que el narrador del martirio están infestados de retórica y desconocen la primera y suprema ley del estilo, la claridad. Los pasajes de traducción imposible no son raros en estas actas, si bien el pensamiento se deja generalmente adivinar con suficiente seguridad. La verbosidad retórica resulta a veces tan insoportable, o poco menos, que en el diácono Poncio, por no citar al mismo San Cipriano, modelo de todos. Mas, en fin, estos defectos de forma bien pueden ser perdonados y olvidados en gracia a la sincera emoción que penetra todo este admirable relato. No serán estas actas una obra maestra; pero todavía pueden figurar entre las que nos dejan una impresión más profunda, signo seguro de que la retórica no ahogó por entero a la verdad.

Martirio de los santos Montano, Lucio y compañeros.
I. Os remitimos, hermanos amadísimos, la relación de nuestro combate por la fe, pues ninguna otra cosa incumbe hacer a los siervos de Dios y consagrados al servicio de su Cristo, sino pensar en la muchedumbre de sus hermanos. ¡Con qué fuerza, con qué razón, este amor y deber de caridad nos ha impelido a redactar esta carta, a fin de dejar a los hermanos por venir un fiel testimonio de la magnificencia de Dios y un recuerdo de nuestros trabajos sufridos por el Señor!

II. Después de un tumulto del pueblo, a que dió ocasión la feroz carnicería llevada a cabo por el gobernador y la durísima persecución de los cristianos que se siguió al otro día, con pérfida violencia fuimos detenidos Lucio, Montano, Flaviano, Juliano, Victórico, Prímolo, Reno y Donaciano; éste, catecúmeno, quien, por cierto, bautizado en la cárcel, entregó inmediatamente su espíritu, caminando con paso acelerado, por camino sin mácula, del bautismo de agua a la corona del martirio. Un término semejante tuvo la consumación de Prímolo, pues también para él la confesión de la fe, habida pocos meses antes, hizo veces de bautismo.

III. Prendidos, pues, que fuimos y entregados a la guarda de las autoridades municipales, oímos a unos soldados anunciarnos la sentencia del gobernador, por la que amenazaba entregarnos, el día antes, a las llamas. Y la verdad es que, según más tarde averiguamos con absoluta certeza, pensó quemarnos vivos.
Mas el Señor, solo que puede librar a sus siervos del incendio y en cuya mano están las palabras y el corazón del rey, apartó de nosotros la furiosa crueldad del gobernador. Recibíanos lo que con incesantes súplicas y animados de entera fe habíamos pedido: el fuego que estaba ya casi encendido para aniquilamiento de nuestra carne, se apagó, y la llama que subía ya de los hornos ardientes, con celeste rocío, se amortiguó.
Para los creyentes, ninguna dificultad puede haber en admitir que los nuevos ejemplos puedan llegar a los antiguos, pues es el Señor quien lo promete por el Espíritu, y el que este hecho de gloria cumplió en los tres jóvenes de Babilonia, el mismo vencía también en nosotros.

IV. Entonces, frustrado su propósito, por oponerse a él el Señor, mandó el gobernador que fuéramos metidos en la cárcel. Allí nos condujeron los soldados, y no sentimos horror de la fea oscuridad de aquel lugar, pues al punto la cárcel tenebrosa brilló con los esplendores del espíritu, y contra las fealdades de la oscuridad y la ceguedad de aquella noche que nos cubría, la devoción de la fe, como un sol de mediodía, nos vistió de blanca luz. Y así bajamos al abismo mismo de los sufrimientos como si subiéramos al cielo.
Qué días pasamos allí, qué noches soportamos, no hay palabras que lo puedan explicar. No hay afirmación que no se quede corta en punto a tormentos de la cárcel y no hay posibilidad de incurrir en exageración cuando se habla de la atrocidad de aquel lugar. Mas donde la prueba es grande, allí se muestra mayor Aquel que la vence en nosotros, y no cabe hablar de lucha, sino, por la protección del Señor, de victoria. Y, en efecto, ligera cosa es para los siervos de Dios perder la vida, pues la muerte nada es, una vez que el Señor, mellando sus aguijones y domando sus ímpetus, triunfó de ella por el trofeo de la cruz. Pero, además, no hay por qué hablar de armas, sino cuando ha de armarse un soldado, ni el soldado se arma sino cuando va a entrar en combate. Y si nuestras coronas son un premio, es porque antes precedió el combate, y ya se sabe que no se da la palma sino tras alcanzada la victoria. Sin embargo, al cabo de unos días sentimos el alivio de la visita de nuestros hermanos y con ello el consuelo y alegría del día nos quitó todo el trabajo de la noche.

V. Entonces Reno, uno de nuestros compañeros, apenas conciliado el sueño, tuvo una visión, en que le parecía que uno por uno eran conducidos los presos ante el tribunal y que, en su marcha, les precedían sendas lámparas. Si la lámpara de uno no avanzaba, tampoco él seguía. Nos adelantamos también nosotros con nuestra lámpara, y en este punto se despertó. Cuando Reno nos refirió su sueño, nos alegramos por la confianza que nos inspiró de que andábamos con Cristo, que es lámpara de nuestros pies, y que es palabra, es decir, Palabra de Dios.

VI. Después de aquella noche, pasábamos un día alegre, cuando he aquí que de pronto, el mismo día, súbitamente fuimos arrebatados para presentarnos ante el procurador que hacía las veces del difunto procónsul.
¡Oh día alegre y gloria de nuestras cadenas! ¡Oh atadura que nosotros hablamos deseado con toda nuestra alma! ¡Oh hierro, más honroso y más precioso que el oro óptimo! ¡Oh estridencia aquella del hierro, que rechinaba al ser arrastrado por encima de otros hierros!
Nuestro consuelo era hablar de la suerte que nos esperaba, y para que despacio gozáramos de este placer, los soldados, que no sabían dónde nos querría oír el presidente, nos condujeron, dando vueltas, de acá para allá, por todo el foro. Por fin nos llamó el procurador a su despacho oficial, pues todavía no había llegado la hora de nuestro martirio. De ahí que, derribado el diablo, volvimos victoriosos a la cárcel y fuimos reservados para nueva victoria.
Vencido, pues, el diablo en esta batalla, excogitó nuevas astucias, tratando de tentarnos por hambre y sed, y a fe que esta batalla suya la supo conducir fortísimamente durante muchos días; pues (y éste era, sin duda, el principal intento del enemigo) faltó en el régimen de la cárcel hasta el agua fría a la muchedumbre de enfermos.

VII. Mas este trabajo, esta escasez, este tiempo de necesidad, cosa fué permitida por Dios, pues el que quiso que fuéramos tentados, quiso que en la misma tentación tuviéramos, por medio de una visión, habla suya. Y fué asi que el presbítero Víctor, compañero nuestro de martirio, tuvo la visión siguiente, tras la que inmediatamente sufrió el martirio.
"Veía—nos contó él mismo—que entró aquí en la cárcel un niño, cuya cara brillaba con resplandor inexplicable, quien nos conducía por todas partes, buscando por dónde saliéramos; pero no logramos salir, por lo que me dijo:
Todavía os queda un poco de trabajo, pues por ahora se os impide la salida; pero tened confianza, porque yo estoy con vosotros.
Y añadió:
—Diles: "Tendréis más gloriosa corona." Y también: "El espíritu vuela a su Dios, y el alma, próxima al martirio, busca su propio asiento."
Víctor le preguntó al niño, a quien tenía por el Señor mismo, dóndo estaba el paraíso. Respondióle que fuera del mundo. "Muéstramelo", dijo Víctor.
Y el niño replicó:
—¿Y dónde estaría la fe?
Por humana flaqueza le dijo también Víctor:
—Yo no puedo cumplir lo que me encargas; dame una señal, para decírsela a ellos.
Respondióle el Señor y le dijo:
Diles la señal de Jacob.
Cosa de alegría es, hermanos amadísimos, que podamos ser equiparados a los patriarcas, si no en la justicia, por lo menos en los trabajos. Mas Aquel que dijo: Invócame en el día de la tribulación y yo te libraré y tú me glorificarás (Ps. 49, 15), para gloria suya, después de las súplicas que le dirigimos, se acordó de nosotros, habiéndonos de antemano anunciado el regalo de su misericordia.

VIII. Sobre lo mismo tuvo una visión nuestra hermana Cuartilosia, presa con nosotros, mujer cuyo marido e hijo hacía tres días que habían padecido el martirio, y ella misma siguió rápidamente a su familia. Expúsonos su visión con las siguientes palabras:
"Vi, nos dijo, a mi hijo, que había sufrido el martirio, venir aquí a la cárcel, y, sentándose sobre el brocal del pozo, me dijo: "Dios ha visto vuestra tribulación y trabajo."
Después de él entró un joven de maravillosa grandeza, con sendas copas en las manos, llenas de leche, y dijo:
—Tened buen ánimo, pues Dios se ha acordado de vosotros.
Y de las copas que traía dió a beber a todos, sin que las copas menguasen. Y, de pronto, fué retirada la piedra que cerraba por medio la ventana, y ésta, clara sin el tapón de la piedra, dejó ver la libre cara del cielo. Y el joven puso allí las copas, una a la derecha y otra a la izquierda, y dijo:
—Ya estáis hartos y, sin embargo, aun sobra y todavía se os dará otra tercera copa.
Y desapareció."

IX. Al siguiente día de esta visión estábamos esperando la hora en que se nos había de servir, no digamos la comida, sino la penuria y necesidad carcelaria, pues no se nos había procurado alimento alguno y ya llevábamos dos días en ayunas.
Mas de pronto, como llega a los sedientos la bebida, a los hambrientos el manjar y el martirio a los que otra cosa no anhelan, así el Señor, por nuestro carísimo Luciano, nos procuró alivio en nuestros trabajos. Luciano, en efecto, rompiendo por el durísimo obstáculo de las cadenas, como si fuera él quien nos traía las dos copas, nos administró a todos, por obra del subdiácono Hercumiano y del catecúmeno Jenaro, el alimento indeficiente.
Este auxilio alivió sobremanera a los débiles y enfermos, y a los que las incomodidades de la cárcel y la falta de agua había hecho caer en grave postración los libró de todo malestar. Por tan gloriosas obras, todos dimos rendidas gracias a Dios.

X. Es venido el momento, hermanos amadísimos, de deciros algo del mutuo amor que debemos tenernos. No tratamos de instruiros, sino sencillamente de avisaros que, pues todos hemos formado una sola alma, así ante el Señor vivimos y oramos todos juntos. Hay que mantener la concordia de la caridad, hay que atarse fuertemente los lazos del amor. Entonces se derriba al diablo, entonces se alcanza del Señor cuanto se le pide, pues Él mismo lo promete, diciendo: Si dos de vosotros se avienen sobre la tierra, cualquier cosa que pidieren a mi Padre se les concederá (Mt. XVIII, 19). Y no de otra manera podremos recibir la vida eterna y reinar con Cristo, sino haciendo lo que manda hacer el mismo que prometió la vida y el reino. En fin, que quienes mantengan la paz con sus hermanos han de alcanzar la herencia de Dios, el Señor mismo lo anuncia en su enseñanza, diciendo: Bienaventurados los pacíficos, porque ellos serán llamados hijos de Dios (Mt. V, 9). Exponiendo este pasaje, dice el Apóstol: Somos hijos de Dios. Ahora bien: si hijos, también herederos, cierto, de Dios y coherederos de Cristo, a condición de que con til padezcamos, a fin de ser también con Él glorificados (Rom. VIII, 17). Si no puede ser heredero sino el hijo, y no es hijo sino el pacífico, claro está que no podrá alcanzar la herencia de Dios el que rompe la paz de Dios. Y no os decimos esto sin aviso del cielo, ni os lo sugerimos sin manifestación divina.

XI. Y, en efecto, había tenido Montano ciertas palabras con Juliano a causa de aquella mujer, excomulgada, que se deslizó a nuestra comunión, y tras la reprensión que le dirigió quedó entre ellos alguna frialdad de discordia. Así las cosas, tuvo Montano aquella misma noche la siguiente visión:
"Me pareció—nos dijo—que habían venido a nosotros centuriones. Condujéronnos por un camino largo y llegamos a un campo inmenso, en que nos salieron al encuentro Cipriano y Leucio. Luego, llegamos a un lugar blanco, y también nuestros vestidos se volvieron blancos, y nuestra carne se cambió en blancura superior a la de nuestros blancos vestidos. Y quedó tan traslúcida nuestra carne, que los ojos penetraban hasta lo recóndito del corazón. Mirando yo entonces dentro de mi propio pecho, vi allí algunas manchas; y en este punto de la visión me desperté. Encontróme luego con Luciano y le conté mi visión, y al fin le dije:
¿Sabes que estas manchas mías se deben a no habernos inmediatamente reconciliado con Juliano?—Y en esto me desperté."
Por lo tanto, hermanos amadísimos, mantengamos la concordia, la paz y la unanimidad con todas nuestras fuerzas. Tratemos de imitar en esta vida lo que hemos de ser en el cielo. Si nos halagan los premios prometidos a los justos, si nos espanta el castigo predicho a los malvados, si deseamos estar y reinar con Cristo, hagamos aquellas cosas que conducen a Cristo y a su reino. Os deseamos gocéis de buena salud.

XII. Hasta aquí escribieron todos desde la cárcel, de común acuerdo. Mas como era menester completar el relato de todo lo sucedido a los bienaventurados mártires, pues aun en lo escrito por ellos su modestia les hizo ser demasiado breves, y, por otra parte, el mismo Flaviano me dió personalmente el encargo de añadir lo que faltaba a su carta, he tenido necesidad de proseguir la narración.
Pasados largos meses en la cárcel, sufriendo sus penalidades y consumidos de hambre y de sed, por fin, tras larga espera, reciben orden de ser presentados ante el tribunal y trasladarse al pretorio o palacio del presidente.
Todos confesaron la fe con voz gloriosa; mas como los amigos de Flaviano, con perverso amor, le reclamaran por negar que fuera diácono, como él confesaba, se dictó sentencia contra los demás, es decir, Lucio, Montano, Juliano y Victórico, y se hizo volver a Flaviano a la cárcel. Tenía éste, sin duda, motivo de dolor por el hecho de verse separado de tan buena compañía; sin embargo, movido por la fe y devoción que había animado su vida, creía que sucedía lo que Dios quería, y su culto de la sabiduría templaba la pena de su soledad. Decía él: "Si el corazón del rey está en la mano de Dios, ¿qué motivo hay de entristecerse o por qué irritarse contra un hombre que habla lo que se le manda?" Mas luego hablaremos de Flaviano más ampliamente.

XIII. Entre tanto, eran conducidos los demás al lugar del suplicio. Un gran concurso de gentiles y de todos los hermanos les acompañaba. Éstos, según la piedad y fe que de las enseñanzas de Cipriano aprendieran, habían otras veces tributado este obsequio a otros testigos de Dios; pero ahora se reunieron con mayor devoción y más crecido número.
Allí era de ver a los mártires de Cristo, atestiguando por la alegría de su rostro la felicidad de su gloria, de suerte que, aun callando, provocaban a los demás a la imitación de sus ejemplos de valor. Mas tampoco faltó abundancia de palabra, pues cada uno con sus exhortaciones fortalecieron al pueblo. Lucio, a quien, aparte su ingénita flaqueza y su recatada modestia, habían quebrantado una grave enfermedad y todo el trabajo de la cárcel, se adelantó solo con unos cuantos compañeros, por miedo de que, sofocado por la enorme muchedumbre, se viera privado de verter su sangre por la fe. Y, sin embargo, ni aun éste calló, sino que instruyó como pudo a sus compañeros. Como le dijeran los hermanos: "Acuérdate de nosotros", contestó él: "Vosotros tenéis que acordaros de mí".
¡Qué humildad del mártir, no presumir de su gloria ni en el momento mismo de su martirio! Juliano también, y Victórico, inculcada una y otra vez la paz a los hermanos y encomendándoles todos los clérigos, mayormente los que sufrían el hambre de la cárcel, llegan con gozo y sin muestra de pavor ninguno al lugar del martirio.

XIV. En cuanto a Montano, tan robusto de cuerpo como de espíritu, ya antes del martirio se había hecho famoso por su libertad en decir constante y firmemente lo que la verdad pidiera, sin miramiento alguno a personas; mas creciéndose con la proximidad del martirio, con profética voz gritaba: "El que sacrificare a otros dioses, fuera del Señor solo, será exterminado." Y esto lo repetía a menudo, metiendo en el alma e inculcando a todos no ser lícito abandonar a Dios para pasarse a los simulacros y obras fabricadas por mano de hombre.
Contundía también la soberbia y dura contumacia de los herejes, conjurándoles a que, siquiera por la abundancia de mártires, entendieran dónde estaba la verdadera Iglesia, a la que tenían el deber de volver. Lo mismo hacía con la precipitada prisa de los lapsos. La negociación de su paz la remitía a la plena penitencia y a la sentencia de Cristo. A los que se mantenían enteros en la fe los exhortaba a la guarda de su integridad:
"Estad firmes, hermanos, y militad con constancia—les decía—. Tenéis ejemplos, y no ha de ser más parte la pérdida de la fe de los caídos, para vuestra ruina, que nuestra constancia y paciencia para edificación de vuestra corona."
También a las vírgenes las avisaba una a una a que defendieran su santidad, y a todos en general enseñaba que veneraran a sus superiores espirituales, y a éstos les inculcaba la concordia de la paz, recordándoles que nada hay comparable a la unánime voluntad de los superiores de la Iglesia. Si los dirigentes del pueblo se mantenían en paz, entonces sí que se sentiría el pueblo mismo movido al seguimiento de sus sacerdotes y animado a guardar el vínculo del amor.
Imitar a Cristo por obra y palabra, eso era sufrir el verdadero martirio y dar la prueba máxima de fe. ¡Oh ejemplo grande para el creyente!

XV. Cuando ya el verdugo estaba para descargar el golpe y la espada estaba levantada sobre su cuello, extendiendo el mártir las manos al cielo, con clara voz, que pudo ser oída no sólo por todo el pueblo cristiano, sino que llegó a los oídos mismos de los gentiles, hizo una breve oración suplicando a Dios que Flaviano, que por voto del pueblo se había quedado atrás en la comitiva del martirio, los siguiera a los tres días. Y para dejar fe de su súplica, rasgó en dos partes el pañuelo con que había de taparse los ojos, y mandó que guardaran una para que, pasados dos días, se cubriera Flaviano con ella los suyos. Y aun llegó a ordenar que se
le reservara lugar en el cementerio, a fin de no separarse ni aun en la sepultura. Y ante nuestros ojos se ha cumplido lo que el Señor prometió en su Evangelio, a saber: que quien con entera fe pidiere, recibirá cuanto pida. Efectivamente, después de tres días, según la petición de Montano, Flaviano, presentado también ante el tribunal, acabó por el martirio su gloria. Sin embargo, como, según arriba dije, él mismo mandó que añadiéramos, por las mentadas causas, la tardanza de dos días, hay que hacer por necesidad mayor lo que ya de toda razón, aun sin ser mandado, había de hacerse.

XVI. Después de aquellos votos, después de aquellas voces con que una amistad enemiga se había levantado, como si tratara de salvarle, Flaviano volvió a la cárcel; pero su valor seguía robusto, su alma invicta y su fe plena. El contemplar cómo sólo él quedaba, no debilitó ni una fibra de su vigor; y si es cierto que ello pudiera haber movido a otro, la fe de Flaviano, que con entera devoción se había adelantado al martirio inminente, pisaba los impedimentos que de momento se le oponían a conseguirlo.
Estaba pegada a su lado su madre incomparable, la que, aparte su fe, por la que se mostraba estirpe de los patriarcas, en lo que demostró ser hija de Abrahán fué en el deseo de que su hijo fuera sacrificado y en el glorioso dolor de ver que de pronto se difería su martirio.
¡Oh madre piadosa por su religioso fervor! ¡Oh madre digna de contarse entre los antiguos ejemplos! ¡Oh nueva madre de los Macabeos! Porque lo de monos es el número de los hijos, comoquiera que también ésta consagró al Señor todos sus afectos en esta única prenda suya. Mas él, alabando el ánimo de su madre, para que no sintiera la dilación de su martirio:
—Sabes-—le decía—, madre, a quien con razón llamo carísima, cómo siempre fué mi intento, caso de llegar a confesar la fe, gozar de mi testimonio y verme frecuentemente encadenado y que muchas veces se difiriera mi ejecución. Si, pues, sucede lo que yo he deseado, antes hay motivos de alegrarse que de entristecerse.

XVII. Llegados a la puerta de la cárcel, pareció que se abría con mucha más dificultad y más despacio que de ordinario, a pesar de que ayudaron a la operación los encargados de las verjas de la prisión, como si la afianzara algún espíritu que se oponía a la entrada del mártir, atestiguando así ser cosa indigna que volviera a mancharse con las inmundicias de la cárcel un hombre a quien se le tenía ya preparada una morada celeste. Sin embargo, como Dios tenía causas dignas para diferir la corona del mártir, la cárcel, bien a pesar suyo, admitió al hombre del cielo y de Dios.
¡Cuál sería aquellos días el estado de alma del mártir; qué esperanza y confianza le animaba! Pues, por una parte, el ánimo del mártir de Dios se lo prometía todo de la petición de sus compañeros, y, por otra, él mismo, de suyo, tenía por inminente su martirio.
Diré lo que yo siento. Aquel día tercero no era esperado como día de sufrimiento, sino de resurrección. En fin, la muchedumbre de paganos que habían oído a Montano hacer su súplica, estaba en gran expectación.

XVIII. Al tercer día recibió Flaviano orden de presentarse ante el tribunal, y apenas se corrió la voz, confluyó una gran muchedumbre, tanto de incrédulos como de quienes habían perdido la fe, para hacer prueba de la del mártir. Salió, en fin, de la cárcel el testigo de Dios, a la que ya no había de volver a entrar. La alegría de los hermanos era general; pero él se alegraba más que todos, pues sentía la certeza de que tanto su propia fe como la petición de los que le habían precedido en el martirio, había de arrancar, siquiera a la fuerza, la sentencia del juez, por más que protestara el pueblo. De ahí que a los hermanos que le salían al encuentro y deseaban saludarle les prometía con absoluta seguridad que había de darles la paz en el campo Fusciano. ¡Oh gran confianza! ¡Oh fe verdadera! Entrando luego en el pretorio, estaba a pie firme, con admiración de todos, en el lugar de los guardias, esperando ser llamado al tribunal.

XIX. Allí estuvimos también nosotros, a su lado, pegados con él, de suerte que nuestras manos se enlazaban con las suyas, tributando honor al mártir y haciendo compañía al amigo. Allí, sus condiscípulos trataban también de persuadirle, entre lágrimas, que dejara aquella arrogancia y sacrificara de momento, pues le quedaba libertad para hacer luego lo que quisiera. ¿A qué temer más aquella muerte segunda, que es incierta, que no la presente? Así hablaban los gentiles, que añadian ser locura extrema amar más los males de la muerte que no el vivir. El mártir les dió las gracias, pues le aconsejaban por sentimiento de amistad, conforme a lo que ellos entendían; sin embargo, no les disimuló la verdad locante a la fe y a la divinidad. Y así les decía ser mejor, en primer lugar, por lo que a la integridad de la libertad se refería, morir que no adorar las piedras; y luego, que hay un sumo Dios que por propio imperio lo hizo todo y es, por ende, el solo a quien se debe dar culto. Añadíales también otro punto que los gentiles sienten más dificultad en creer, por más que se avengan con nosotros tocante a la divinidad, a saber: que nosotros seguimos viviendo, por más que se nos quite la vida, y que no somos vencidos por la muerte, sino que la vencemos. En fin, que si ellos querían llegar al conocimiento de la verdad, debían hacerse también cristianos.

XX. Rechazados y convictos por estas razones, ya que nada pudieron alcanzar por camino de persuasión, se volvieron a una más cruel misericordia, pues estaban ciertos de que, siquiera por tormentos, le obligarían a deponer la resolución de su voluntad. Llególe, en fin, el momento de acercarse al tribunal, y preguntóle el presidente por qué mentía, haciéndose diácono, si no lo era; a lo que Flaviano respondió que no mentía.
Entonces un centurión afirmó que se le había expedido a él un informe oficial en que se afirmaba que mentía. Respondió Flaviano:
—Pero ¿acaso lo verosímil es que yo mienta y que diga la verdad el que expidió ese falso informe?
El pueblo protestó a gritos, y decía: "¡Mientes!"
Preguntóle nuevamente el presidente si efectivamente mentía. A lo que respondió el mártir:
—¿Qué interés puedo yo tener en mentir?
Exasperado con esto, el pueblo pidió con reiterados clamores que se le sometiera a la tortura. Mas el Señor, que había probado ya la fidelidad de su siervo en las penalidades de la cárcel, no consintió que el cuerpo de su mártir ya probado fuera tocado ni por la más leve rasgadura de tormento. Y, en efecto, inmediatamente movió el corazón del rey a dar la sentencia, y, consumada la carrera y acabado el combate, coronó a su testigo que fué fiel hasta la muerte.

XXI. A partir de este momento, rebosando de gozo por la mayor certeza de su martirio, cuya sentencia había oído, se expansionaba en alegre conversación. Y ése fué el momento de mandarme que escribiera yo todo esto y uniera a las suyas mis palabras. Quiso también que se añadieran unas visiones suyas, parte de las cuales había tenido en la espera de los dos días.
"Cuando sólo nuestro obispo—dijo—había aún padecido el martirio, tuve una visión, en que me parecía preguntar yo al mismo Cipriano si era muy doloroso el golpe del martirio. Como se ve, mártir futuro, quería informarme del sufrimiento del martirio. Cipriano me respondió:
—Nuestra carne no sufre cuando el alma está en el cielo. El cuerpo no siente para "nada el golpe del martirio si el alma se ha entregado enteramente a Dios."
¡Oh palabra de un mártir que exhorta a otro mártir! Le dice que no hay dolor en el golpe del martirio, para que, pues había de sufrir la muerte, se animara con más fortaleza,, desde el momento que no tenía que temer ni el leve dolor del golpe del martirio.
"Luego—continuó contándonos—, como hubieran ya sufrido los otros, en una visión, durante la noche, me sentía triste porque me había quedado, por decirlo así, atrás de mis compañeros. Entonces se me apareció cierto hombre, que me dijo:
—¿Por qué estás triste?
Díjele yo la causa de mi tristeza, y añadió:
—¿Estás triste? Dos veces has sido confesor, y a la tercera serás mártir."
Y lo que se le manifestó, se cumplió. Y, en efecto, habiendo confesado la fe por vez primera en el despacho del gobernador, y luego públicamente, por reclamarlo el pueblo, se mandó recluirle nuevamente, y quedó atrás, conforme a la visión, de sus compañeros; pero presentado ante el tribunal después de las dos confesiones dichas, a la tercera acabó el martirio.
"Además—nos dijo—, cuando habían ya sido coronados Suceso y Paulo y demás compañeros de ellos, y yo me hallaba convaleciente de una enfermedad, vi venir a mi casa al obispo Suceso, con rostro y vestido refulgentes de claridad, a quien apenas era posible reconocer por su cara, pues los ojos de carne no podían resistir el angélico resplandor. Habiéndole, en fin, con dificultad reconocido, me dijo:
—He venido a anunciarte que tienes que sufrir el martirio.
Y apenas lo hubo dicho, se presentaron dos soldados para conducirme. Y me llevaron a un lugar donde se había reunido una muchedumbre de hermanos. Venido a la presencia del gobernador, se me dió orden de presentarme ante el tribunal. Y de pronto, en medio del pueblo, apareció mi madre diciendo: "¡Gloria, gloria, porque nadie ha sufrido como él martirio!"
Y a la verdad que nadie lo sufrió como él. Pues, para no hablar de las otras penalidades de la cárcel, basta citar su singular abstinencia, que llegó a privarse del escasísimo alimento que se les daba de la miseria del fisco, entregándolo a los demás. ¡ En tanto tenía Flaviano fatigarse con muchos y legítimos ayunos, a trueque de alimentar a costa suya a los otros!

XXII. Pues vengamos ya a contar cómo fué conducido al suplicio solo, cómo así, cómo con tanto honor, cómo acompañado de tantos sacerdotes, ordenadas todas sus disciplinas, mereció marchar a la manera de un general al frente de su ejército. De este modo, la misma pompa toda del camino daba a entender que había de reinar con Dios un mártir que, por lo demás, ya reinaba por su espíritu y por su alma.
Mas ni del cielo faltó testimonio, pues cayó una lluvia mansa, pero intensa, que trajo muchos provechos: primero, para reprimir la pertinaz curiosidad de los gentiles; luego, para dar lugar a las íntimas efusiones y que ningún profano testigo presenciara los misterios de nuestra legitima paz; y en fin, cosa que salió de boca del mismo Flaviano, la lluvia caia para que, a ejemplo de la Pasión del Señor, el agua se juntara a la sangre.

XXIII. Así, después que hubo confirmado a todos los hermanos y dado a cada uno la paz, salió de un establo que estaba próximo al campo Fusciano, y allí, subiéndose a un lugar elevado y muy propio para dirigir la palabra, haciendo con la mano señal de silencio, dijo lo siguiente:
—Tendréis, hermanos amadísimos, paz con nosotros, si conociereis la paz de la Iglesia y guardareis la unidad de la caridad. Y no penséis que es poco lo que os digo, cuando el mismo Señor nuestro, Jesucristo, próximo a su Pasión, éstas fueron las últimas palabras que dijo: Éste es mi mandamiento, que os améis los unos a los otros como yo os he amado (lo. XIII, 14).
Por fin, añadió lo que fué como su testamento, firmado con la fe de sus últimas palabras: la recomendación plenísima del presbítero Luciano, a quien, en cuanto del mártir estuvo, le destinó para el episcopado. Y no sin razón. Pues, efectivamente, cuando su espíritu se acercaba ya al cielo y a Cristo, no hubo de serle difícil tener noticia de ello.
Luego, terminado su discurso, bajó al lugar de la ejecución, se vendó los ojos con la parte del pañuelo que Montano le había reservado dos días antes, y fijando en el suelo sus rodillas, como si se pusiera en oración, orando consumó su martirio.
¡Oh enseñanzas gloriosas de los mártires! ¡Oh hechos preclaros de los testigos de Dios, que con razón se han escrito para memoria de los venideros, a fin de que, a la manera como de las Escrituras antiguas tomamos ejemplos cuando nos enteramos de ellas, así de las nuevas podamos aprender algo!

martes, 28 de febrero de 2012

El daño que hacen algunas madres insipientes y necias

La unión perfecta del marido y la mujer es convenientísima para todo lo bueno, y mas principalmente para la cristiana educación y buena crianza de sus hijos y de sus hijas; porque si en este punto principal se discordan, se siguen graves inconvenientes, y se cumple a la letra la sentencia del Espíritu Santo, que dice, que si uno edifica y otro destruye, no se sacará sino dolor y pesadumbre (Eccl., XXXIV, 28).
Con las dos lumbreras mayores del cielo, que son el sol y la luna, gobierna Dios a todo el mundo, y con el marido y la mujer, bien concertados, se ha de gobernar discretamente la casa; y así como el sol y la luna se eclipsan cuando se miran con aspectos encontrados, y todas las plantas se desmedran con los malos efectos del eclipse; así también toda la casa se contrista, y se siguen malísimos efectos en mirándose con discordia el marido y la mujer; porque los hijos no pueden ser bien educados estando con discordia y pesadumbre sus padres.
Para asistencia del marido crió Dios a la mujer, diciendo le daba quien le ayudase, y le fuese su semejante: Facíamus ei adjutorium simile sibi (Gen., II, 18).
Pero si la mujer inconsiderada se hace contrária a su marido para la buena crianza de sus hijos, no solo no le servirá de asistencia, sino de mucha molestia, ni le será su semejante, sino su mayor y mas pernicioso contrario, obrando en todo contra la divina voluntad, y contra el fin principal para que Dios la crió. Suponemos lo que debe ser cierto, y es, que el padre diligente ha de criar a sus hijos con la rectitud y severidad que ya dejámos dicho en los capítulos antecedentes; porque si fuese lo contrário, que el hombre ignominioso es el descuidado en corregir a sus hijos, y darles cristiana educación, y la mujer es la verdaderamente cuidadosa de que sus hijos y sus hijas se crien con la rectitud justificada que Dios manda; en este caso, cuanto mal decimos de las madres, que se oponen a la buena crianza de sus hijos, se entenderá de los padres descuidados; y las dignas alabanzas recaerán sobre las madres diligentes.
Lo regular no es esto, sino que los padres corrigen como deben a sus hijos, y las madres (que los aman desordenadamente) los defienden, y a un golpe leve que les dan, levantan las voces, como leonas desaforadas, conturban la casa, desconsuelan al marido, y desprecian al maestro; y sus hijos infelices, por su mala madre, se crian sin la educación debida, y se hacen como brutos insipientes, que no tienen entendimiento sino para hacer mal.
Así fué la maldita Atalía, de quien dice la divina Escritura, que impelió a su hijo infeliz para que fuese malo y cometiese muchas impiedades; pero no tardó en llegar la justa venganza de Dios omnipotente, que confundió a la maldita madre, y acabó también con el hijo mal criado.
Así se cumplió el profético proverbio de Salomon, el cual dice, que la corrección y la vara dan a los hijos sabiduría (Prov., XXIX, l5); pero el hijo que se deja criar vicioso a su voluntad, confunde a su madre, y esto es en pena de su pecado, si su madre impidió la justificada corrección de su hijo. Quien tal hace, que tal pague.
No la sucedió así a la madre dichosa del santo Job, el cual dice en el sagrado texto, que sacó del vientre de su madre la misericordia, y después fué creciendo con los años, tomando el mayor vuelo desde su infancia: laudable juventud, en la cual los buenos padres les dan con la virtud el mejor ser a sus hijos, que es el ser virtuosos y santos.
En otro proverbio de Salomon se dice, que el hijo necio y estulto es la ruina de mi padre, y dolor intimo de la madre que le engendro, porque se hallan inconsolables los padres con la necedad notoria del hijo que sustentan. Y siendo tan grande dolor de la madre la estulticia ignominiosa de su hijo, vean las señoras como se oponen a la corrección y buena crianza de sus hijos, siendo cierto que después han de tener una continua afrenta con ellos.
En otro misterioso proverbio del mismo Sabio se dice, que la justificación y buenos procederes del hijo son alegría de su padre; y que el mismo hijo, condecorado con la sabiduría, será consolacion y alegría de su madre que le engendró. Y no parece quieren este digno consuelo aquellas bárbaras mujeres, que por no tener un poco de paciencia, y reprimir su amor de fieras, quieren que sus hijos se crien para necios, embarazando que el padre los corrija, y que el maestro los castigue, como lo merecen sus travesuras.
Por esto se dice maldito el fruto del vientre coinquinado de la injusta madre, que ni guarda los mandatos del Señor, ni quiere que en sus hijos se cumpla la divina voluntad (Deut., XXVIII, 18); solo desea que sus hijos se crien con regalo, salgan como salieren, y que nadie les toque un pelo de la cabeza.
No quieren semejantes mujeres insipientes ser alabadas en sus hijos justificados, como lo fué la digna madre del insigne obispo san Timoteo, discípulo estimado del apóstol san Pablo, el cual dice en una de sus cartas, que la gran fe y devocion de su santo discípulo, primero se habia visto en su virtuosa madre, que crió bien a su hijo, para que fuese tan graude santo (II Tim., I, 5).
El profeta Oséas dice, que la gloria de los hijos de Efrain les vino del vientre, y la ignominia de los espurios les proviene de su pecaminosa generación. Consideren las madres lo que sus virtudes ó vicios influyen en sus hijos, y no quieran poner mácula cu su gloria, estorbando con su amor desordenado el feliz progreso que pueden tener sus hijos con la enseñanza de sus maestros, que sin castigarles sus descuidos y travesuras, no los podrán hacer personas.
Para que sus hijos nazcan a la vida mortal, padecen sus madres tan atroces dolores, que las ponen a punto de morir, y todo lo llevan bien por la vida natural del hijo, como lo dice el santo evangelio (Joan.,XVI, 21). ¡Con cuánta mas razón han de sufrir, que su padre y maestro le den al hijo un leve castigo, que no le matará, para hacerle sabio y discreto, y darle un ser tan noble y estimable, que llene de gloria y prosperidad humana, y destierre la ignorancia con que nació por la original culpa!
Las indignas madres clamaban y decían: Ventrem meum doleo, ventrem meum doleo, según lo escribe el santo profeta Jeremías. Y con mayor sentimiento clamarán cuando vean que han de dar estrecha cuenta a Dios nuestro Señor de lo que embazaron con sus impertinencias la buena crianza y educación de sus hijos, que fueron infelices por tener tan malas madres, y que ya no tiene remedio, porque el tiempo estimable de la enmienda se les ha pasado.
Escarmiénten las señoras en aquella madre desventurada, que con mucho amor le daba dineros a su hijo para su perdición eterna, pues dicela divina Escritura, que con aquellos dineros que su mala madre le daba, lo que hizo fué comprarse un ídolo para condenar su alma, y así empleaba en graves ofensas de su verdadero Dios y Señor los dineros superabundantes que su maldita madre le ofrecía (Judic., XVII, 3).
Día vendrá, infelices madres, y día fuerte y terrible, en que digan las que tuvieron hijos, que ojalá no los hubieran tenido (Luc., XXIII, 29); y juzgarán por dichosas a las que fueron estériles, como el Señor se lo anunció. Esto ha de llegar infaliblemente, y no conviene aumentar leña para el fuego del infierno. Si las duele a las madres el castigo justo del hijo, adviertan y consideren, que es para su mayor bien; y tengan siquiera paciencia, ya que no tienen valentía cristiana de corazón generoso para darle al maestro las gracias.
Mejor es no tener hijos, que tenerlos malos, y criarlos para condenarse. Mejor es, dice un santo profeta, tener el vientre sin hijos, y los pechos áridos y secos, que tener hijos indómitos y contumaces, que ellos se condenen, y condenen a sus padres, porque no los corrigieron y castigaron en el tiempo oportuno. (Oseae, IX, 14 et seq.)
El apóstol san Pablo hace mención de la profecía de Isaías, que dice: alégrate, mujer estéril, que no tienes hijos. Da mil gracias a Dios de que te deja libre. Celebra tu felicidad con saltos de placer y voces de alegría que lleguen al cielo; porque te libra el Señor de un tan grande cargo de conciencia (Gal., IV, 27; Isai., liv, 1). Muchas almas se condenarán por los pecados de sus hijos, que no se condenarían por sus pecados propíos.
La mayor lástima es, que no reparan las malas madres en estos graves pecados, de impedir con su nimio amor la buena crianza de mis hijos, ni hacen mención de la pesadumbre grande de su infeliz marido, ni del desprecio y desconsuelo del maestro, ni de la tribulacion de su casa, y se pasan a comulgar, como si fuesen unas santas. No hay quien las entienda, ni ellas se entienden a sí mismas, porque esta es materia gravísima; pero se la tragan como agua dulce.
Una pobre madre no tuvo corazon para ver morir a su hijo, dice la sagrada Escritura (Gen., XXI, 16); y estas malas madres, de las cuales hablamos, ven que se pierden sus hijos, y nada sienten, ó por decirlo con mas propiedad, sienten que les embaracen su perdición, oponiéndose como frenéticas a los que los corrigen y los castigan para su deseado aprovechamiento, y para el bien espiritual de sus almas, y aun para su prosperidad temporal y estimación de sus personas.
En el sagrado libro de la Sabiduría se dice, que si tus hijos han de ser malditos, mejor seria no tenerlos. Mejor la seria a la señora impaciente no tener hijos, que verlos malogrados, despreciados por incultos, reputados por necios, relajados por vinosos, rebeldes por mal criados, desatentos por contumaces, y perdidos por sus feos vicios y torpes pecados. Estas son las fatales consecuencias que comunmente se siguen de la mala crianza de los hijos.
El Señor dice en su santo evangelio, que quien mas ama a sus hijos que a su divina Majestad, no es digno de hacerle compañía en su gloria (Matth., X, 37). Vean las señoras madres, que embarazan con su terrible condicion la buena crianza de sus hijos, qué camino llevan para el cielo, obrando tan expresamente contra la divina voluntad, y dando a entender, que aman mas a sus hijosque a su Dios, el cual les manda que los corrijan y castiguen, para que no se condenen.
El Espíritu Santo dice, que si tienes hijos, los enseñes, y les hagas inclinar la cabeza desde sus primeros años (Eccli., VII, 25). Las tales madres, locas de amor desordenado de sus hijos, no quieren que les toquen un pelo de la cabeza, ni que los contristen. ¡Véase cómo estas malas mujeres cumplen la voluntad de Dios, y el mandato del Espíritu Santo! Y sobre esto pleitos y pesares, que es un horror; y vámonos a la iglesia, y comulguemos con frecuencia, sin enmienda alguna. Es un escándalo pernicioso lo que sobre esto pasa.
En otra parte de la divina Escritura dice un proverbio de Salomon, que del niño no se aparte la disciplina, y que el padre esté cierto y no tema, y se asegure que su hijo no se morirá porque le pegue y le amague con la vara (Prov., XIII, 13). Si la madre perdida con el amor excesivo de su hijo oye disciplina, y oye vara, ya tenemos la molestia doble. Allí es el gritar, el rugir como una leona de los montes de África; allí es el topar con todas, y atropellarlo todo, y hablar desconciertos contra su marido, y contra el pobre maestro, como una mujer delirante que pierde el juicio.
Es una plaga insanable lo que sobre esto sucede en algunas casas desgraciadas. A mi me llegó en cierto lugar un caballero honrado, de buena naturaleza, con tan amargos desconsuelos sobre el trabajo imponderable que padecia con su mujer en esta materia, que apénas hallé remedió para templar su justo dolor, porque ya presentía el santo varón la desventura fatal que habían de padecer sus pobres hijos por su mala madre, y que se habia de llegar el dolor del alma que les anuncia el Espíritu Santo a los padres por la mala crianza de sus hijos (Eccli., XXX, 12). No digo el fin desgraciado que tuvieron los de la tal casa, porque no se discurra mas de lo que conviene.
Lo que debe notarse mucho es, que la buena crianza de los hijos, aunque obliga a los padres y a las madres, estas son las que mas hacen en la ejecución, ó para bien, ó para mal, porque están mas frecuentemente con ellos, y deben considerar lo que dice el Espíritu Santo, que mas vale un hijo bueno, que mil hijos impíos y malos, y mas vale morir sin hijos, que dejarlos mal criados (Eccli., XLVI, 3).
Atiendan las señoras a aquellas insignes matronas que ha tenido la Iglesia de Dios, y las dejaron glorioso ejemplo para la buena crianza de sus hijos. La célebre santidad del admirable san Luis de Francia, honroso crédito de la Venerable Orden Serafica, se atribuye en mucha parte a la cristiana educación con que le crio su virtuosa madre la grande reina española doña Blanca (In Vita S. Lud. Regis).
A san Edmundo de Inglaterra le hizo virtuoso desde niño su santa madre, que desde aquella primera edad le enseñaba a guardar discreto silencio, a tomar una moderada disciplina, a compadecerse de los pobres de Cristo Señor Nuestro, y le ejercitaba en muchas devociones, como se refiere en su prodigiosa vida.
Al insigne San Andres Corsino le ganó para su Dios su venerable madre, que con animo varonil y celo cristiano, supó reprender sus travesuras, y castigar sus vicios de la juventud con raro ejemplo del mundo. (Ecclce. in of).
Del grande san Elzeario se refiere en su vida por digno, fundamento de su rara santidad, que habiéndole ofrecido Dios su virtuosa madre desde su nacimiento, le pedia repetidas veces al Señor la santa matrona, que si su hijo habia de ser rebelde a sus divinos mandamientos, le quitara la vida antes de perder la gracia del sagrado bautismo, la pagó Dios esta oferta meritoria de tal manera, que le llenó de bendiciones del cielo, como se experimentó bien en el progreso maravilloso de su pasmosa vida.
El gran doctor de la Iglesia san Agustín a su santa madre debió toda su felicidad, como se dice en sus lecciones eclesiásticas, intitulándola la Iglesia con el glorioso nombre de dos veces madre de su hijo Agustino: Monica, dupliciter mater. Tenia constante y ansioso corazon de azotar a su hijo cuando faltaba a la escuela, como el mismo santo lo refiere (In Of. S. Monicae, S. Aug. lib. í, Conf., cap. 9).
Así han de criar las madres a sus hijos, y no apadrinarle: ni defenderles sus travesuras, y embarazar su buena crianza turbando su casa, y desconsolando a su marido, y despreciando con injurias al maestro, porque justificadamente lo corrige y le castiga con moderación a su hijo. Con estas leves mortificaciones se evitarán muchos displaceres en le restante de sus vidas, como lo advierte el Espíritu Santo (Eccli. XXX).
R.P. Fray Antonio Arbiol
LA FAMILIA REGULADA

El Matrimonio

Jesucristo lo elevó a la dignidad de sacramento. Lutero y la poligamia. El matrimonio y el Estado. Matrimonios mixtos. Matrimonios entre parientes.

¿Qué es lo que constituye el sacramento del Matrimonio?
Según el catecismo del Concilio de Trento, se entiende por matrimonio: "La unión conyugal del hombre y la mujer, contraída por dos personas capaces, y por la cual se obligan a vivir juntos durante toda la vida." El matrimonio entre dos personas que no están bautizadas no es más que un contrato; pero si los que contraen matrimonio están bautizados, entonces el contrato se identifica con el sacramento. La materia y la forma de este sacramento están contenidas en el contrato mismo, a saber: el mutuo consentimiento expresado con palabras y señales exteriores. Los ministros del sacramento son los mismos que contraen matrimonio. El sacerdote no es más que el testigo oficial de la Iglesia. Esta exige que los matrimonios de los católicos se celebren delante de un sacerdote autorizado y de dos testigos, so pena de la validez (canon 1094).

¿Cómo me prueba usted por la Biblia que el matrimonio es realmente un sacramento? ¿Hubo acaso algún Padre de la Iglesia que incluyese el matrimonio entre los siete sacramentos?
Según el Concilio de Trento, "el matrimonio es propia y verdaderamente un sacramento de la nueva ley y, por tanto, confiere gracia" (sesión XXIX, can 2). Aunque el carácter sacramental del matrimonio se prueba principalmente por la tradición de los Padres y Concilios, pruébase también por la autoridad de San Pablo, que aludió a él en su epístola a los efesios (V, 25-32). Dice San Pablo: "Vosotros, maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a su Iglesia y se sacrificó por ella para santificarla, limpiándola en el bautismo de agua con la palabra de vida... Así también los maridos deben amar a sus mujeres como a sus propios cuerpos... Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se juntará con su mujer, y serán los dos una carne. Sacramento es éste grande, mas yo hablo con respecto a Cristo y a la Iglesia." En estas palabras del apóstol están contenidos los tres requisitos esenciales para el sacramento, conviene, a saber: un signo exterior, instituido por Jesucristo, para dar gracia. Decimos que estos tres requisitos se encuentran claramente en el contrato matrimonial tal como lo explica San Pablo. Veámoslo: la unión de Cristo con la Iglesia es una unión sagrada que tiene lugar por la gracia santificante y mediante un influjo continuo de gracias. Por consiguiente, aquello que sea una representación perfecta de esta unión debe contener algo que corresponda a las gracias que Jesucristo derrama sobre su Esposa. Ahora bien: según el apóstol, el matrimonio cristiano es signo grande de la unión entre Jesucristo y la Iglesia. Luego el matrimonio cristiano es un signo externo instituido por Jesucristo para conferir gracia a los que lo contraen, a fin de que puedan sobrellevar mejor las cargas anejas a su estado. Y, ciertamente, las obligaciones contraídas por los esposos son de tal calidad, que no es fácil cumplirlas con la perfección debida sin una gracia especial de Dios. Esa gracia es la que confiere a los esposos el sacramento del Matrimonio.
Todos los Padres de la Iglesia insisten en la santidad del matrimonio. Citemos sólo a San Agustín (354-430), que le llama sacramento en varios pasajes de sus escritos. "No sólo la fecundidad, cuyo fruto es la prole; ni sólo la castidad, cuyo vínculo es la fidelidad, sino también el sacramento, es lo que recomienda el apóstol a los fieles cuando, hablando del matrimonio, dice: "Esposos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a su Iglesia. No cabe duda de que la sustancia de este sacramento está en que el hombre y la mujer que se juntan en el matrimonio deben vivir sin separarse todo el tiempo que les dure la vida" (De Nupt et Concup 1, 10). Y en otro lugar: "La excelencia del matrimonio es triple: fidelidad, prole y sacramento. La fidelidad exige que ninguno de los dos viole el vínculo conyugal; la prole demanda que se la reciba con amor, que se la alimente con cariño, y que se la eduque religiosamente, y, finalmente, el sacramento pide que el matrimonio no sea disuelto, y que, en caso de divorcio, ninguno se junte con un tercero, aunque parezca que así lo exige el cuidado de la prole" (De Gen ad Lit 9, 7, 12).

Parece que el Evangelio permite la poligamia, pues así lo enseñaron Lutero y los reformadores, que permitieron al landgrave de Hesse vivir con dos mujeres, ¿Y qué me dice usted de Calvino, que condenó como, adúlteros a los patriarcas por sus matrimonios polígamos?
Los dos, Lutero y Calvino, incurrieron en la herejía al tratar sobre la poligamia. Aun cuando el matrimonio es por su naturaleza monógamo, como lo declaró expresamente el Papa Nicolás (858-867) (Ad Cons Bulg). Dios dispensó a los patriarcas y les permitió tomar varias mujeres (Deut XXI, 15-17). El Evangelio prohibe en absoluto la poligamia, como consta por las palabras expresadas de Jesucristo y San Pablo (Mateo XIX, 4-6; Rom VII, 2; Efes V, 23-31). El Concilio de Trento condenó la doctrina de los reformadores, según los cuales "a los cristianos se les permite tener varias mujeres, pues no hay ley divina en contra" (sesión XXIV, canon 2). Asimismo, la poligamia fue condenada por los Padres de la Iglesia sin excepción. Dice San Ambrosio (340-397): "Mientras viva tu mujer, no te es lícito tomar otra; si lo haces, cometes adulterio" (De Abraham 7).
Lutero, Melanchton y Bucero escribieron al landgrave Felipe de Hesse diciéndole que no había ninguna ley divina contra la poligamia. En virtud de este consejo, el landgrave tomó una segunda mujer, Margarita de Sale. Como esta decisión podía originar algún escándalo, y por ir, además, contra las leyes del Imperio, los reformadores le aconsejaron que guardase secreto este segundo matrimonio. Bucero no dudó en aconsejar a Felipe que si por este acto le venía alguna dificultad por parte del emperador, se desembarazase del negocio mintiendo simplemente.
El historiador protestante Kostlin dice, hablando de este asunto: "La bigamia de Felipe es el mayor borrón en la historia de la Reforma, y sigue siendo un borrón en la vida de Lutero, por más que se aleguen excusas en su defensa" (Grisar, Lutero, 4, 13-70).

¿Por qué es llamado el matrimonio "sacramento de los legos"?
Porque en la celebración del matrimonio se administran mutuamente el sacramento las partes contrayentes. El sacerdote no es más que el testigo oficial de la Iglesia, a la que representa, y testigo también oficial del sacramento del Matrimonio. Su presencia durante la ceremonia es necesaria, y él es el que da la bendición nupcial en la misa que celebra por los esposos; bendición que todos los católicos debieran recibir, si cómodamente pueden. Pero como, en último término, el contrato matrimonial se identifica con el sacramento, y la materia y la forma están contenidas en el mismo contrato, sigúese que el sacerdote no puede ser el ministro de este sacramento.

¿Qué se entiende por matrimonio morganático?
Se llama morganático el matrimonio contraído entre un principe y una mujer de linaje inferior, con la condición expresa de que la mujer y los hijos no heredarán más que cierta porción de los bienes paternos. Es un matrimonio válido como otro cualquiera, diferenciándose sólo en los efectos civiles, que envuelven una renuncia del rango, títulos y posesiones del esposo.

¿Por qué se arroga la Iglesia un dominio absoluto sobre el matrimonio cristiano? ¿Con qué derecho legisla la Iglesia sobre la validez o invalidez del matrimonio independientemente del Estado?
El matrimonio cristiano es un sacramento, y ya sabemos que Jesucristo encomendó los siete sacramentos al cuidado de la Iglesia. La Iglesia nunca se entremete en las consecuencias civiles del matrimonio, pues éstas pertenecen al Estado; pero, como representante que es de Jesucristo, tiene derecho a decidir si el contrato matrimonial ha sido o no anulado por error, fraude o violencia. Tiene asimismo derecho a limitar la competencia de ciertas personas al matrimonio, como son, por ejemplo, los menores de edad, los parientes próximos y los que han recibido las sagradas Ordenes; como también tiene derecho a evitar que sus hijos contraigan matrimonios de resultado dudoso, impidiendo para ello la disparidad de cultos, el rapto y el crimen.
He aquí lo que definió el Concilio de Trento sobre esta materia: "Si alguno dijere que la Iglesia no tiene facultad para establecer impedimentos que diriman el matrimonio, o que al establecerlos se equivoca, sea anatema." "Si alguno dijere que las causas matrimoniales no son incumbencia de los jueces eclesiásticos, sea anatema" (sesión XXIV, cánones 4 y 12). La Iglesia ha venido ejerciendo dominio sobre el matrimonio desde sus principios independientemente del Estado, y al hacerlo así ha librado a los fieles de la tiranía de la legislación civil anticristiana. No hace esto la Iglesia por ambición de poderío, sino por cumplir el encargo que le confió Jesucristo, y se ha mantenido fiel en este cumplimiento a despecho de la oposición y opresión de gobernantes poderosos.
Los no católicos que lamentan el estado de descomposición en que se encuentra actualmente el matrimonio civil, oigan las palabras del inmortal Pontífice León XIII en su Encíclica Arcanum: "No hay duda de que la Iglesia católica ha contribuido notablemente al bienestar de los pueblos por su defensa constante de la santidad y perpetuidad del matrimonio. La Iglesia merece plácemes y enhorabuenas por la resistencia que opuso a las leyes civiles escandalosas que sobre esta materia fueron promulgadas hace un siglo; por haber anatematizado la herejía protestante en lo que se refería al divorcio y la separación; por condenar de diversas maneras la disolución del matrimonio que admiten los griegos; por declarar nulos e inválidos todos los matrimonios contraídos con la condición de que no han de ser perpetuos, y, finalmente, por haber rechazado, ya desde los primeros siglos, las leyes imperiales en favor del divorcio y de la separación. Y cuando los romanos Pontífices resistieron a príncipes potentísimos, que recurrían a las amenazas para que la Iglesia aprobase sus divorcios, no luchaban sólo por salvar la religión, sino también por salvar la civilización. Las generaciones venideras admirarán la valentía de los documentos que publicaron Nicolás I contra Lotario, Urbano II y Pascual II contra Felipe I de Francia, Celestino III e Inocencio III contra Felipe II de Francia, Clemente VII y Paulo III contra Enrique VIII, y, finalmente, Pío VII contra Napoleón I, precisamente cuando éste se hallaba en el cénit de su poder y gloria."

¿Por qué se opone la Iglesia con tanta tenacidad a los matrimonios mixtos? Si éstos son en sí un mal, ¿por qué permite excepciones a los que pagan con dinero? El que no es católico, ¿necesita bautizarse para casarse con un católico? En un matrimonio mixto, ¿pueden los novios casarse primero por la Iglesia y luego por un pastor protestante para dar gusto a los padres de la parte no católica, que tampoco son católicos? ¿Por qué exige la Iglesia que todos los hijos sean educados en la fe católica? ¿Por qué no se celebran en la iglesia las ceremonias de los matrimonios mixtos?
Se llama matrimonio mixto el contraído por dos personas bautizadas, de las cuales una es católica y la otra es hereje o cismática. La Iglesia se ha opuesto siempre a este género de matrimonios, como puede verse por las leyes promulgadas al efecto desde los primeros siglos; por ejemplo, las leyes de los Concilios de Elvira (300), Laodicea (343-389), Hipona (393) y Calcedonia (451). En los tiempos modernos han condenado severisimamente los matrimonios mixtos los Papas Urbano VIII, Clemente XI, Benedicto XIV, Pío IX y León XIII.
La razón de esta condenación no es otra que el peligro que corren de perder la fe la parte católica y los hijos nacidos del matrimonio. No es raro que un protestante prometa a una joven católica libertad absoluta para practicar su religión, y, una vez que están casados, muestre su fanatismo y su odio a la Iglesia católica, ridiculizándola siempre que se ofrece ocasión, y consiguiendo, al cabo de cierto tiempo, que la esposa católica, débil de carácter o poco instruida en el catecismo, apostate y venga a abrazar la herejía de su esposo protestante. De este modo, la Iglesia pierde miles de almas en los Estados Unidos, donde son frecuentes estos matrimonio.
Y sabemos por el canon 1060 que si el peligro de perversión es próximo, los matrimonios mixtos están prohibidos por la misma ley divina. Desde luego, se puede asegurar, en términos generales, que una gran parte de los hijos de tales matrimonios se cría y educa fuera de la fe católica. Si uno de los padres, y, especialmente, la madre, no va jamás a la iglesia, o, lo que es peor, se ríe de los que van, ya se ve que los hijos están en peligro grandísimo de crecer sin amor ni devoción a las prácticas católicas, a no ser que el padre, católico, tome cartas en el asunto y vigile con perseverancia a los hijos, enviándolos a escuelas católicas y obligándolos a asistir a la Iglesia. También ocurre con cierta frecuencia que la parte católica muere y la parte no católica se casa de nuevo con una persona que no es católica. En estos casos, la prole del matrimonio mixto es infaliblemente criada y educada en la fe de los padres no católicos. Además, la diversidad de creencias entre esposos es con harta frecuencia motivo de discordias en el hogar, especialmente cuando la parte no católica está dominada por parientes y amigos llenos de prejuicios contra la Iglesia católica. Asimismo, es fuente de discordias la diferencia de opinión en asuntos delicados, como son el divorcio, la limitación de la familia y la necesidad de educar a la prole en la fe católica.
Atendidas todas estas razones, nadie extrañará que la Iglesia no conceda dispensa para contraer un matrimonio mixto, a no ser que medien razones justas y graves. Desde luego, no es menester que la parte no católica se bautice; basta con que se obligue por escrito a alejar todo peligro de perversión de la parte católica. Los dos esposos deben prometer que han de educar a los hijos en la fe católica (canon 1.061). La Iglesia no hace esto por capricho, sino porque está obligada a mirar por el bien espiritual de sus hijos. Ante todo, salta a la vista que la facilidad con que los esposos no católicos firman estas promesas es prueba evidente de lo poco arraigados que están en su fe. En general, son completamente indiferentes en materia de religión.
El Derecho Canónico (canon 1063) prohibe terminantemente a los católicos renovar el consentimiento matrimonial delante de un ministro no católico. Los que tal hagan quedan por el mero hecho excomulgados, pues esa acción equivale a profesar abiertamente la herejía o el cisma. No debemos hacer traición a la conciencia ni a los principios sólo por dar gusto a personas irreflexivas. Además, si el primer matrimonio obliga a los casados hasta la muerte, ¿por qué se ha de recurrir a una segunda ceremonia, que no tiene significado alguno? En aquellos países en que se obliga a los ciudadanos a pasar por la ceremonia civil del matrimonio, los católicos pueden y deben obedecer la ley a fin de asegurar los derechos civiles; pero tal ceremonia es entonces considerada como una pura formalidad legal sin significado alguno religioso.
Los matrimonios mixtos no tienen lugar dentro de la Iglesia, para que todos vean la repugnancia con que la Iglesia católica concede dispensa para ellos. De ordinario se celebran en la sacristía o en casa del párroco. Tampoco se leen las amonestaciones, ni se bendice el anillo ni se celebra misa nupcial.

No es cierto que la Iglesia conceda dispensa por dinero. El Concilio de Trento declaró que las dispensas matrimoniales, caso de ser concedidas, lo fuesen de balde (sesión IV, De Ref Mat 5). Esta declaración ha sido confirmada repetidas veces por los Papas y por las congregaciones. Lo único que se acepta es un donativo para cubrir los gastos de la cancillería, y a los pobres no se les exige absolutamente nada (canon 1056).

¿Considera la Iglesia católica válido el matrimonio contraído por un protestante bautizado y un infiel?
El Derecho Canónico antiguo consideraba inválidos estos matrimonios por el impedimento de disparidad de cultos. En el nuevo Derecho Canónico, es decir, desde el 19 de mayo de 1918, este impedimento ha sido abolido cuando se trata de dos personas no católicas; por tanto, el matrimonio citado en la pregunta es válido. La Iglesia cambió la ley en este punto para evitar la invalidez de muchos matrimonios, pues hoy día son legión los protestantes que no se bautizan. El impedimento, pues, de disparidad de cultos sólo reza con el matrimonio contraído por un católico y un no católico que no está bautizado.

¿Por qué prohibe la Iglesia los matrimonios entre parientes cercanos, por ejemplo, entre primos carnales y primos segundos?
El canon 1076 prohibe los matrimonios entre parientes en cualquier grado si están emparentados en línea recta; si están emparentados en línea oblicua, prohibe contraer matrimonio a los emparentados hasta el tercer grado inclusive. En el primer caso, la Iglesia nunca concede dispensa; en el segundo, la concede por justas causas a los primos segundos y aun a los primos carnales. El fin de estas leyes es robustecer el respeto debido a los parientes cercanos, que existe aun entre los paganos, y prevenir que los hijos nazcan físicamente defectuosos. San Agustín notó que casándose con personas que no son parientes se ensancha el círculo de amigos, y el amor y la caridad se multiplican más y más.
La ciencia médica nos dice que mientras más de cerca están emparentados los padres, más defectuosos nacen los hijos, generalmente. Esto suele tener lugar principalmente entre los sordomudos de nacimiento.
El doctor Boudin afirma que si en un matrimonio ordinario el peligro de hijos sordomudos es representado por uno, tratándose de primos carnales el peligro asciende a dieciocho, y a treinta y siete si se trata de tíos y sobrinas. Al escribir esto me vienen a la memoria dos matrimonios de primos carnales. En uno de ellos los cuatro hijos nacieron defectuosos física y mentalmente; en el segundo, los tres hijos nacieron normales y se criaron robustos. Tal vez—como observa De Smet—los hijos de parientes cercanos heredan los defectos físicos de la familia desarrollados; mientras que tratándose de dos individuos de familias distintas, los defectos propios de cada una se neutralizan en la prole.

¿Por qué no se les permite a los católicos casarse durante el Adviento y la Cuaresma?
A los católicos, como a todos, les está permitido casarse cuando lo juzguen oportuno. Lo que se prohibe durante el Adviento y la Cuaresma es solemnizar el matrimonio echando a vuelo las campanas, tocando el órgano, etc., etc. Estas ceremonias exteriores quedan prohibidas desde el primer domingo de Adviento hasta el día de Navidad inclusive, y desde el miércoles de Ceniza hasta el domingo de Pascua inclusive (canon 3108). El obispo, sin embargo, puede permitir la bendición nupcial; pero debe urgir a los recién casados a que se abstengan de solemnizar demasiado el matrimonio, pues el Adviento y la Cuaresma son en la Iglesia épocas de recogimiento y penitencia.

BIBLIOGRAFIA
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Bujanda, El matrimonio y la Teología católica.
Blanco, Ya no sois dos.

lunes, 27 de febrero de 2012

La santidad final de la Madre de Dios.


Lo que fue según el sentir de los Santos Padres y de los Doctores. Comentarios de los teólogos acerca de la plenitud de la gracia de María. De cómo esta gracia por sí sola excede a toda otra santidad fuera de la de Dios y la de Cristo. Solución de algunas cuestiones relativas a la perfección de dicha gracia.

I. Es cosa ciertísima que la Santísima Virgen, al final de su peregrinación terrestre, había alcanzado una medida de gracia superior a la de cualquiera otra criatura. No cabe duda alguna acerca de este punto. Porque la gloria responde a la gracia; ahora bien: es de fe que la gloria de la Santísima Virgen sobrepuja a cualquiera otra bienaventuranza, excepto, claro es, la de su Hijo. Pero, presupuesta esta idea general sería cosa grata saber cuánta fué la eminencia de esta gracia y en la medida en que supera la de los otros Santos. Cuestión gloriosísima para la Santísima Virgen, pero insoluble para nosotros, si hubiéramos de dar una respuesta precisa, pues ni la razón ni la revelación nos ofrecen principios suficientemente claros y ciertos para resolver problema tan misterioso. Intentemos sin embargo, conocer aproximadamente lo que no podemos conocer con toda exactitud.
Quizá nada sea tan apto para darnos a entender cuál fué la excelencia de la santidad de María como las primeras palabras de la salutación que le dirigió el Arcángel en la Anunciación: "Yo te saludo, llena de gracia..." (San Lucas I, 28). Ante todo, hagamos una advertencia. El Angel, en este lugar, no expresa un deseo; no profetiza lo que será después, cuando María haya concebido al Hijo de Dios. No afirma un hecho actual; enuncia lo que ya es cuando saluda a esta Virgen, hija de David. Y, previa esta advertencia, meditemos las palabras del Arcángel. "Yo te saludo, llena de gracia, gratia plena." La gracia, ora estudiemos el texto, en sí mismo, ora nos refiramos a las versiones antiguas o modernas más autorizadas de la Sagrada Escritura, significa en este lugar la gracia del Nuevo Testamento, la que Jesucristo nos mereció con su muerte, la gracia sobrenatural por la que el hombre es hijo y amigo de Dios. Este es el sentir universal de los Santos Padres, y nada justificaría otra interpretación.
No dice el Angel: Yo te saludo, María, llena de gracia. Dice sencillamente: "Yo te saludo, llena de gracia." Y no carece de misterio el que calle el nombre de María. Da a entender con esto que el término "llena de gracia", con el que la designa al principio de su salutación, se ha de tener como su nombre propio. María es para Dios, y lo será para los hombres, "la llena de gracia".
Llamamos a Dios el Omnipotente, el Inmortal, porque su poder y su inmortalidad son de naturaleza tan elevada, que cualquier otro poder o inmortalidad, comparada con la suya, es nada. "Vosotros —decía San Pedro a los judíos— habéis renegado del Santo, del Justo", al rechazar a Jesucristo (Act., III, 4). ¿Es que no hay otros Santos? ¿No son alabados en el Evangelio por justos José y Simón? Sí; pero lo que para los otros es un calificativo, para Jesucristo es un nombre propio; porque, de tal manera sobresale en la justicia y en la santidad, que todas las criaturas, en comparación de Él, no parecen ni santas ni justas. Estas formas de lenguaje son familiares y vulgares. ¡A cuántos hombres han prodigado la admiración o la adulación los nombres de grande, ilustre, maestro, como si su grandeza, su gloria o su ciencia hubieran llegado a tal punto que solos ellos tuviesen derecho de llevar aquellos títulos!
Por los ejemplos aducidos se puede entender ya cuán aptas son estas palabras del Arcángel San Gabriel: "Yo te saludo, llena de gracia", para darnos a conocer la eminencia de la santidad de María. Pues nótese que fueron dichas antes de la Encarnación, antes de la inmensa efusión de los favores celestiales que la acompañaron, y que fueron dichas en nombre de Dios, como afirmación de un hecho ya realizado. Si alguno sospechase que los Santos Padres exageran al presentarnos, como lo harán muy pronto, a la Santísima Virgen como la sola Hija de Dios, la sola Esposa de Dios, la sola Inmaculada, la sola Pura, la sola Santa, la sola Amada de Dios, ellos podrán remitirle a la escena de la Anunciación y decirle: Escucha esta alabanza de Gabriel, y compara las nuestras con ella, y verás que las nuestras no son sino sencillo y natural comentario de la alabanza del Arcángel.
Mas, por inefable que sea ya la santidad de María en el término de su preparación para la maternidad divina, no nos referimos ahora a esta santidad, sino a la que María alcanzó en el término de su vida; ésta es la que tenemos que medir.
Dos medios tenemos para juzgar de la santidad final de María. Los indica Suárez (de Myster. vitae Christi, D. 18, S. 4, init.); y, siguiendo su ejemplo, utilizaremos los dos: considerar esta gracia en sí misma y de una manera absoluta, y después compararla con la de los otros Santos que ya llegaron al término.
En cuanto a lo primero, puédese afirmar, en general, que la gracia de la Santísima Virgen en el término de su progreso alcanzó una perfección, una intensidad, por decirlo así, inconmensurable. No digamos nada de nuestra cosecha; que hablen los Santos Padres y los Santos.
En primer lugar, tienen por axioma que la santidad de la Santísima Virgen es inefable; que excede todo aquello que el espíritu humano o el angélico pueden decir o pensar: "¿Qué puedo decir yo de Ti, oh Soberana mía, pues si comienzo a considerar la inmensidad de tu gracia, de tu gloria y de tu felicidad, advierto que mis fuerzas desfallecen y se paraliza mi lengua?" (Eadmer, L. de Excel. B. V., c. 8. P. L. CLIX, 573). "Santidad tan prodigiosamente grande, que sólo Dios y su Cristo pueden medir su extensión" (San Bernardino de Sena, Serm. pro Festivit. B. V.. de Nativit., serm. 6, a. unic., c. 12 et alibi.). "Es un abismo sin fondo" (San Juan Damasceno, in Dormit. B. V. M., 12, 17. G.. XCVI, 745); "es inmensa" (Exist. Epiphan., Orat. de Laúd. B. V. P. G., XLIII, 489); "una santidad que se eleva por cima de toda otra santidad, a excepción de la de Dios y la de su Hijo" (San Anselmo, Orat. 50 et 62. P. L.. CLVIII, 948, ec.); en una palabra, "es tesoro santísimo de toda santidad" (San Andr. Cret., Orat. 3 de Dormit. B. V. M. P. G., XCVIII, 108).
Después de estas proposiciones generales, ya no puede causar extrañeza que los Santos Padres digan que la santidad de María no conoció nunca la menor mancha. Lo admirable es la forma con que expresan este pensamiento. Los Padres griegos emplearon más de cuarenta epítetos diferentes para excluir de María todo pecado, toda falta, toda mancha, toda corrupción, toda imperfección, por ligerísima que se la suponga (Véase Passaglia, de Inmaculat. Deip. Concept., n. 74 et sqq.); y cada una de estas expresiones es elevada por ellos al grado superlativo: no solamente pura, sino purísima; no solamente inmaculada, sino muy inmaculada. ¿Acaban aquí? No; merced a la singular fecundidad de su lengua, elevan casi al infinito cada uno de los superlativos: la inmaculada, la muy inmaculada, viene a ser la sobreinmaculada, la más que del todo inmaculada, la inmaculada por todas partes y toda entera inmaculada (Idem, ibíd., n. 138, sq.).
Y ni aun esto les basta para expresar su pensamiento. De la misma manera que ante el Ser sobreeminente de Dios todos los demás seres se eclipsan, de tal manera, que él es, en un sentido muy verdadero, el solo Ser, y todos los demás nada; así, "no hay inmaculada más que Tú, Madre de Dios, Soberana nuestra, Tú te muestras como la única sin tacha ni mancha". Es perfección incomunicable de Dios el ser, no solamente bueno, sabio, poderoso, sino la misma bondad, sabiduría y poder. Los Santos Padres no vacilaron en atribuir a María algo análogo, cuando la llamaron "la inocencia y la pureza misma" (Véase Passaglia, de Inmaculat. Dei. Concept.. n. 276). Y todo se resume en este hermoso título con que la Iglesia entera la saluda con voz unánime: María es, no solamente inmaculada, sino la Inmaculada.
Al exaltar hasta este punto los Santos Padres la inocencia de María, no exaltan menos su gracia, pues ambas son inseparables. Ni despliegan riqueza menor de lenguaje para describrir la plenitud de santidad que admiran en Ella. Todas las expresiones que encierra la lengua griega para significar la santidad, la belleza sobrenatural, la excelencia de la gracia, las aplican a la Santísima Virgen, con ardor y profusión sin igual. María es santa, muy santa, más que santa, más que del todo santa, la sola santa, la sola llena de gracia (Idem, ibíd., n. 170, sq.; n. 222, etc.). "Oh María, oh Virgen, oh Madre de Dios, tú sola eres santa, tú sola pura, tú sola inocente, tú sola elegida, tú sola amada entre todas las criaturas; sola gloriosa, sola glorificada, sola bendita, sola llena de gracias entre todas las mujeres" (ibíd., passim.); "tú, cuya suavidad excede a toda suavidad cuya nobleza es sobre toda nobleza, cuyas riquezas espirituales son sobre todos los tesoros" (San Juan Damasceno, orat. in Deip. Annunt. P. G., XCVI, 653).
Y como cada uno de estos calificativos, separadamente, aun elevado al más alto grado de su significación, no les basta para expresar todo lo que quieren, los acumulan unos sobre otros: tan superior les parece la santidad de María a todo lo que el lenguaje humano puede expresar (Passaglia, op cit.., nn. 251-274).
De intento hemos citado algunos testimonios, no más. Pueden verse a centenares en la obra citada del P. Passaglia acerca de la Concepción inmaculada de la Madre de Dios, tomados la mayor parte de las Liturgias, de los libros de preces, de los doctores de las Iglesias de Oriente.
No falta la voz de la Iglesia latina en este maravilloso concierto. Si su lengua no le permite el lujo increíble de epítetos que hallamos en los autores griegos, concuerda perfectamente con ellos en los elogios, ya se trate de la pureza de la Madre divina, ya de su incomprensible plenitud de gracia. Abundan los testimonios, y fácil sería multiplicarlos, si quisiéramos aportar todavía más, después de los que a manos llenas hemos sembrado a lo largo de esta obra. Las mismas expresiones, imitación de las de Dionisio el Areopagita, aunque menos frecuentes, se hallan también en muchos escritores latinos. Citaremos, como ejemplos, a Pedro el Venerable, Pedro de Celle (Moutier-le-Celle) y a Dionisio Cartujano.
A principios del siglo XIII, con ocasión de las negociaciones que hubo para la unión de los griegos, presentaron éstos al Papa Inocencio III un memorial en que formulaban esta acusación contra los latinos: "Llaman a la Santísima Madre de Dios con el simple nombre de Santa María .... lo cual es un menosprecio para ella.'* (Criminit. adv. Eccl. lat., nn. 34, 57, apud Coteler. Monum. Eccl. gracc., III, pp. 502 et 507.) Hoy todavía la Iglesia griega retiene el nombre de Panagia, la Toda Santa, como nombre propio de la Madre de Dios. María, en el lenguaje ordinario, es la Santa por excelencia. (Cf. Passaglia, n. 230, sqq.) En Occidente, la Santísima Virgen es también el nombre propio de María, y este nombre es incomunicable. Para quien conozca el carácter distintivo de las dos lenguas, el nombre de los latinos no expresa menos que el de los griegos, aunque sea menos enfático, porque significa, no sólo la Virgen, sino la Santa por excelencia. Por lo demás, y vamos a hacer una advertencia de carácter general, los griegos usan, al hablar de las prerrogativas de María, de un estilo más abundante y más hiperbólico; por el contrario, los latinos suelen expresarlos con más precisión y con más solidez. En aquéllos hay más poesía; en éstos, más raciocinio.
También para los latinos la Virgen es la sobresanta, super-santa; la sobresanísima, supersantísima; la sobrebendecida, super-benedicta; la toda entera sin mancha. Para ellos, como para los orientales, la Madre de Dios es más pura, más hermosa, más santa y más amada de Dios que todos los hombres y todos los ángeles (Passaglia, op. cit., nn. 324-354, sqq.; 1093, sqq.). Ni los unos ni los otros pretenden medir su gracia; Dios sólo puede hacerlo, porque María es un abismo insondable para quien no sea Dios. ¿Qué es, pues, María para todos ellos? Un océano de santidad, un mar al que afluyen todos los dones celestiales y todas las gracias del Espíritu Santo, el tesoro de toda santidad (Passaglia, op. cit., nn. 42-49). Y también es para nuestros doctores latinos como un axioma "que los demás han recibido la gracia con medida; pero María, en toda su plenitud".
Veamos ahora los comentarios de nuestros grandes teólogos sobre el mismo texto. Resumen la creencia de la Iglesia latina, y prueban con evidencia que ésta no cede ante las Iglesias orientales, cuando es caso de exaltar la santidad de la Madre de Dios.
Comencemos por San Buenaventura: "Se ha de considerar —dice— o de la gracia necesaria; en segundo lugar, plenitud de excelencia, o de la prerrogativa virginal; por último, plenitud de redundancia, que se derrama al exterior, como es la de la bondad divina.
La plenitud de suficiencia, es decir, de la gracia necesaria para la que hay tres clases de plenitud: primeramente, plenitud de suficiencia, entrar en el reino de los cielos. Mas no es igual para todos; admite más salvación, la tienen todos los predestinados, pues sin ella nadie puede y menos, según la medida de los dones y de los méritos...
"La segunda plenitud, es decir, la de excelencia y preeminencia, es propia de la Bienaventurada Madre de Dios, porque todos los dones que otros Santos han recibido parcialmente, María los poseyó en toda su plenitud. Así como en la cabeza se hallan todos los sentidos, mas en los otros miembros del cuerpo sólo se da el sentido del tacto, así también todos los dones que Dios ha distribuido entre los Santos se hallan en su totalidad en María, según dejé demostrado en los dos sermones precedentes. Por esto se escribe en el Eclesiástico (Eccli., XXIV, 16): "In plenitude Sanctorum detentio mea", es decir: "Yo poseo plenamente lo que los otros Santos sólo poseen en parte..." A nosotros no nos es dado llegar, como Ella, a esta plenitud; pero debemos esforzarnos para recibir la parte más grande posible, si no queremos llegar a la presencia de Dios vacíos de todo bien.
"La última plenitud, la que sobreabunda y se derrama para inundarlo todo, fué primeramente, y de manera principal, la de nuestro Salvador Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre. Por eso está escrito de Él: "Todos hemos recibido de su plenitud" (Joan., I, 11); y también: "Lleno de gracia y de verdad" (Ibídem. 14). Porque Él es la luz que nos ilumina para conocer la verdad, el fuego que nos calienta para amar el bien. Mas todavía este don de la gracia puede apropiarse a Nuestra Señora, por impetración y por mérito, impetratorie et meritorie. Ved por qué se la compara a la luna, que recibe la luz del sol y la refleja sobre la tierra, o bien a la raíz, que distribuye por todo el árbol la abundancia de jugos que absorbe de un suelo fértil... Por lo cual, San Bernardo dijo de Nuestra Señora (Dom. infra Oct. Assumpt., n. 2. P. L., CLXXXIII, 430): "Todos reciben de su plenitud: el cautivo, su libertad; el enfermo, su curación; el pecador, el perdón; el justo, la gracia...; de tal manera, que nadie deja de percibir su calor" (San Bonav., Ínter serm. de Sanct. de I). V. Ai., serm. 3, XIV, pp. 113-114. (Edic. Vives.)).
Después de haber oído a San Buenaventura como predicador, oigámosle como teólogo. Exponiendo la doctrina del Maestro de las Sentencias acerca de esta cuestión: "si Dios podría hacer algo que fuese mejor que lo que ha hecho", plantea y resuelve dos problemas. Prescindamos del primero, que se refiere a Nuestro Señor, y ocupémonos del segundo. "Parece —dice al principio— que la Bienaventurada Virgen no podía ser hecha más perfecta, porque de Ella escribió San Anselmo, en su libro acerca de la Concepción virginal: "Convenía que el Hombre-Dios fuese concebido de una Madre tan pura, que no sea posible concebir una pureza mayor, fuera de la de Dios... Además, se lee en la Santa Liturgia que María fué elevada en gloria sobre todos los coros de los ángeles. Por consiguiente, poseyó la gracia en grado supremo."
Respuesta: "Se puede considerar a la Santísima Virgen de tres maneras diferentes: en cuanto a la gracia de la concepción, en cuanto a la gracia de la santificación y en cuanto a su naturaleza corporal. En cuanto a lo primero, es decir, en cuanto concibió al más noble de los hijos y fué Madre de Dios, adquirió una dignidad tan grande, que ninguna mujer podrá tener otra que sea mayor. Si todas las criaturas, sea cual fuere su grandeza, estuviesen en presencia de María, todas juntas deberían rendirle homenaje de honor y reverencia como a Madre de Dios. Si hablamos de la gracia que la justificó, María tiene todo lo que una pura criatura humana o racional puede recibir. En cuanto a su perfección corporal, la gloriosa Virgen tuvo de una manera excelente los dones naturales, pero en la medida que convenía a su misión..."
San Bonav., in 1, D. 44. Exposit. text. dub. 3. Si el Espejo de la Bienaventuarada Virgen fuese obra auténtica, como durante mucho tiempo se creyó, de San Buenaventura, podría citarse lo que se dice en la lección quinta acerca de la inmensidad de gracia que conviene a María: "Inmensa, sin duda, es la gracia de que fué llena, porque un vaso inmenso no puede quedar lleno si lo que en él se echa no es inmenso. Ahora bien, inmenso fué el vaso de María, pues pudo contener a Aquel que es más grande que los cielos. ¿Quién es más grande que los cielos? Aquel de quien hablaba Salomón cuando decía: Si el cíelo y los cielos de los cielos no te pueden contener a ti, ¡cuánto menos la casa que yo te he edificado!... Tú, pues, oh inmensísima María, tú eres de una capacidad superior a la de los cielos, porque al que los cielos no podían contener, tú lo encerraste en tu seno; de una capacidad mayor que la del mundo, porque el que el universo no podía abrazar, quedó encerrado, hecho hombre, en tus entrañas virginales. Mas, por grande que sea la capacidad del seno de María, mayor es aún la de su alma. Por tanto, para que tal capacidad fuese llena de gracia, era necesario que también fuese inmensa la gracia que la llenase." Lo cual quiere decir, si no nos engañamos, que la inmensidad de la maternidad divina reclama una gracia igualmente inmensa para la Virgen que tiene aquella maternidad.
Más adelante, Gerson distinguía también tres plenitudes. Primeramente, la plenitud de suficiencia, que es la de todos los que en su corazón llevan la fe y la esperanza y la caridad... Sigue la plenitud de abundancia o de excelencia, que está sobre la primera y no es necesaria para la salvación: tal fué la del primer mártir, San Esteban, a quien los Actos de los Apóstoles nos presentan lleno de fe, de sabiduría y de fortaleza (Act., VI, 4); plenitud sin la que no hay ni santos ni contemplativos. Por último, la tercera plenitud Euera de la de Dios, es la plenitud de sobreabundancia, que se derrama. Cristo la poseyó con medida suprema, porque en Él habita la plenitud de la divinidad corporalmente (Cor., II, 9). Después de Jesucristo, a María sola corresponde el estar así llena de gracia" (Gerson, serm. 1 de Spiritu Sanct. Opp., III, 1237).
Alberto Magno pondera y encarece aún lo mismo que dicen los otros teólogos. Júzguese por las líneas siguientes: "La Santísima Virgen estuvo llena de gracia. Llena de gracia, porque tuvo en grado supremo todas las gracias comunes y particulares de todas las criaturas.
Para entender bien todo lo que encerró Alberto Magno en estas palabras: gracias comunes y gracias particulares, es necesario retroceder y examinar las cuestiones que preceden a la 164. Llama gracias comunes a las que, con diversos grados, se hallan en todos los justos: gracia santificante, virtudes sobrenaturales, dones del Espíritu Santo, bienaventuranzas y frutos del Espíritu Santo. Y llama gracias particulares a los favores especiales que la liberalidad divina distribuye, cuando quiere y como quiere, a ciertas almas singularmente privilegiadas. Estos favores escogidos se reducen, según Alberto Magno, a tres clases. Constituyen la primera aquellos que se relacionan con el origen de los escogidos de Dios, como son el ser prefigurado, profetizado, milagrosamente concebido, santificado en el seno materno. La segunda, los que están relacionados con la vida de los elegidos, y así son el ser especialmente querido de Dios, como San Juan, o ser llamado amigo por el mismo Dios, como lo fué Lázaro. La tercera, los que se relacionan con la muerte: por ejemplo, recibir aviso de la hora de la muerte, que Jesucristo baje a invitar al moribundo a que le siga, morir sin pena ni dolor, que el alma vaya derecha al cielo, que el cuerpo sea preservado de la corrupción. Pues bien, todas estas prerrogativas de gracia María las recibió, sin excepción, en un grado supereminente. Y esto es lo que Alberto Magno prueba en una larga serie de cuestiones. (Q. 123-164.) Y hace de notar que de continuo se vale del argumento a minori ad majus: tal o cual siervo de Dios recibió esta gracia, luego la Madre de Dios debióla recibir también con más abundancia y perfección. Tan cierta y universal le parecía la regla que dejamos asentada en uno de los libros precedentes de esta obra.
Llena de gracia, porque tiene gracias que ningún otro tiene (por ejemplo, la maternidad divina, la virginidad junta con la fecundidad; la exención, no sólo de pecado, sino de todo atractivo de pecado). Llena de gracia, porque su gracia fué de tal perfección, que una pura criatura es incapaz de recibirla mayor. Llena de gracia, en fin, porque tuvo en sí misma la gracia increada toda entera, y por esto fué llena de gracia en todas las formas y maneras..." (Albert. Magn., Quaest. super Missus est, q. 154. Opp. XX, 116). Fué la plenitud de María la plenitud del vaso lleno hasta sus bordes; la plenitud del canal, porque todas las gracias nos vienen de Dios por María; fué también, en alguna manera, la plenitud de la fuente, porque derrama de su sobreabundancia, sin jamás agotarse (Albert. Magn., Quaest, super Missus est, q. 154. Opp. XX, 116).
Por último, oigamos a Santo Tomás de Aquino. Hablando de la salutación angélica, enseña que, aunque los ángeles, hasta la aparición de la Santísima Virgen, no se habían humillado delante de ninguna criatura humana, era muy justo que lo hiciesen delante de María, porque Ella los aventaja por la excelencia de sus privilegios, y especialmente por la plenitud de su gracia. Esta se revela de tres maneras admirables.
"Primeramente, la Santísima Virgen es llena de gracia, en cuanto al alma. Dios da la gracia para dos fines: para obrar el bien y para huir del mal. Ahora bien: para una y otra cosa fué perfecta la gracia de la Virgen. Perfecta en la exclusión del mal, pues no hubo Santo alguno, excepto Jesucristo, que evitase, como Ella, todo pecado... Perfecta en el ejercicio de las virtudes. Los otros Santos se señalan cada uno en alguna virtud especial: éste, en la humildad; aquél, en la castidad; el uno, en la misericordia, y el otro, en la penitencia... Mas en María halláis el ejemplar acabado de todas las virtudes, sin exceptuar ninguna...
"En segundo lugar, María fué llena de gracia en cuanto que su gracia redunda de su alma sobre su carne. Ya es mucho para los Santos tener la cantidad de gracia suficiente para santificar sus almas; pero el alma de la Santísima Virgen tuvo la gracia con tal abundancia, que redundaba del alma sobre el cuerpo, y con una afluencia tan admirable, que en su carne concibió al Hijo de Dios...
"Por último, lo más maravilloso en Ella es que su plenitud se derrama sobre todos los hombres. Nos causa admiración, y no sin motivo, un Santo que tiene gracia para santificar a muchas almas; pero el gran privilegio, el privilegio incomparable, sería que tuviese plenitud suficiente para salvar a todos los hombres: y este es el privilegio que se da en Jesucristo y en su divina Madre" (San Thom., Exposit. auper salut. ángel, (ínter opuscula)).

II. Es difícil, si ya no imposible, considerar en sí misma la excelencia de la gracia final de la Santísima Virgen, sin compararla con la de los otros Santos. Por esto, muchos de los testimonios que acabamos de citar prueban, no sólo la perfección inefable de esta gracia, sino también su preeminencia sobre la santidad de todos los elegidos de Dios, considerados en conjunto. Ultima tesis, cuya probabilidad demostró sólidamente Suárez en sus Comentarios acerca de los misterios de la vida de Cristo.
Ved primeramente en qué términos la propone: "Puede creerse con probabilidad que la Bienaventurada Virgen recibió más grados de gracia y caridad que todos los hombres y todos los ángeles. Imaginemos, pues, una sola gracia, formada, si es lícito hablar así, por la combinación de la multitud casi infinita de gracias concedidas a los Santos: esta gracia no igualaría en intensidad a la de la Madre de Dios. Cierto —continúa— que esta tesis no ha sido examinada directamente por los escolásticos, ni lo fué por los antiguos autores; y por esto no se la hallará quizá en ninguno de ellos afirmada explícitamente, pero tampoco se la hallará rechazada. Mas, sea como fuere, los testimonios y las conjeturas que nosotros hemos aducido hasta aquí demuestran su verosimilitud y probabilidad; pero similitud y probabilidad que serán eficazmente confirmadas por las consideraciones siguientes...".
Suárez, de Myster. vitae Christi, D. 18, S. 4, dico secundo. No carecerá de interés el saber cómo Suárez vino a formular y defender la tesis de que tratamos. Habíala predicado en uno de sus sermones el Beato Juan de Avila. E. P. Martín Gutiérrez, que a la sazón era rector del Colegio de la Compañia en Salamanca y que después padeció martirio por la fe, y que se cuenta entre los más celosos siervos de la Santísima Virgen, persuadido de que aquélla tesis cedía en gran honor de la Madre de Dios, mandó al P. Francisco Suárez, cuyo genio teológico le era ya bien conocido, que la tratase largarmente. Cumplió Suárez el mandato de su superior, y la disertación que con aquella ocasión hizo es la que hoy tenemos en sus Comentarios acerca de los Misterios de la vida de Cristo. Según piadosa tradición, conservada por los historiadores de la Compañía de Jesús, la Santísima Virgen, en una de las apariciones con que favorecía al santo rector, se dignó darle las gracias por haber dado aquella orden, cuyo fiel cumplimiento había cooperado tanto al aumento de su gloria. Así lo traen el P. Felipe Alegambe, en sus Muertos ilustres, p. 71, y el P. Mateo Tanner, en la obra titulada Societas Jesu usque ad sanguinem efusum militans, p. 6; el uno y el otro a propósito del martirio del P. Martín Gutiérrez.
No seguiremos nosotros al docto teólogo en el desarrollo de las razones que añade a la autoridad de los testimonios; la mayor parte, o han sido ya expuestas, o lo serán en el curso de esta obra. Basta indicarlas en pocas palabras. La primera y principal se toma de la dignidad de Madre de Dios. Siendo esta dignidad infinita en su género y de un orden superior a todas las otras dignidades creadas, ¿no convenía que la maternidad divina tuviese como corolario y propia pertenencia suya privilegios de gracia superiores a todos los otros y de una intensidad, por decirlo así, infinita? Además, es verdad incontestable que Dios Nuestro Señor ama a su Madre más que a toda la multitud de los Santos; por tanto, como sus dones corresponden al amor, los derramó más largamente sobre Ella que sobre todos los demás. En tercer lugar, el que la gracia del alma del Salvador sea incomparablemente superior a todas las gracias repartidas entre las criaturas, nace de que la gracia de Cristo es gracia de cabeza y de fuente, porque "nosotros todos hemos recibido de su plenitud" (Joan., I, 10). Pues bien, sin igualar a la Madre con el Hijo, María, como demostraremos en la segunda parte de esta obra, participa en una medida única, incomunicable, de la misión del Salvador y Redentor de los hombres. Por consiguiente, es necesario que participe también, en medida análoga, de la excelencia supereminente de su gracia; porque por María tienen que pasar, para llegar a nosotros, todos los dones que, naciendo de la fuente del Salvador, se derraman en mil arroyuelos por toda la humanidad.
Una última reflexión, cuya substancia tomamos del mismo Suárez, quizá tenga más fuerza que las anteriores para convencer de la tesis que con Suárez defendemos. Contemplad al más elevado entre los ángeles del cielo, un serafín resplandeciente de luz divina; preguntadle cuál fué el principio de gloria tan inefable, o mejor, de la santidad consumada, cuyo coronamiento es la gloria, y os responderá: Fué juntamente con la gracia que el Creador depositó en mi ser, al sacarme de la nada, el buen uso que yo hice de tal gracia reconociendo a Dios, mi Creador, por principio mío y fin último. Un acto, un solo acto de amorosa y libre adoración me hizo pasar del estado de prueba al de eterna estabilidad en la gloria.
Sobre esta respuesta puede basarse un raciocinio muy sencillo, en esta forma: ¿Adonde no llegará la santidad y el mérito de María? Sin duda, la gracia inicial de la Santísima Virgen fué, por lo menos, igual a la del espíritu angélico más sublime, pues era, no sólo la gracia de un siervo, sino de la futura Madre de Dios. Sin duda también, el primer ímpetu de su corazón hacia la eterna bondad debió igualar, por lo menos, en intensidad de amor al acto único con el que el ángel mereció su corona. Pues recordad cómo la larga vida de la Santíima Virgen fué una serie no interrumpida de actos de amor; cómo estos actos iban creciendo en perfección según crecían en número, pues brotaban de una plenitud de gracia cada vez más abundante, y medid, si podéis, lo que serían el mérito, la gracia y la santidad de María cuando llegó al término de su carrera mortal. Y aun no hemos recordado más que el crecimiento correspondiente al opus operantis, es decir, al mérito personal. ¿Qué juzgar y qué decir, si contemplamos los ríos de gracia que corrían a María de aquella otra fuente, no menos caudalosa, el opus operatum?
Expuestas estas pruebas, Suárez añade: "Yo no veo qué se podrá objetar contra la doctrina fundada en estas pruebas, si no es, quizá, que tal sentir es nuevo y con poco fundamento en la común creencia. Pero —continúa el ilustre teólogo—, ¿quién tiene derecho para tachar de esta manera una opinión que, lejos de discordar de la doctrina de los antiguos Padres, está de tal forma insinuada en sus escritos, que con razón se la podemos atribuir a los mismos Santos Padres, o, por lo menos, considerarla como la explicación más natural de sus magníficas enseñanzas acerca de la santidad de María? Cuanto a mí —prosigue—, cuando, veinte años ha, accediendo a ruegos de muy graves varones, empecé a tratar de esta cuestión, ya desde el principio me sentí inclinado a esta sentencia tan gloriosa para la Bienaventurada Virgen. Con todo, contenido por no sé qué aire de novedad que creía ver en esta sentencia, no me atrevía a decidir la cuestión con sólo mi parecer personal. Consulté, pues, con hombres muy sabios y versados en materias teológicas, y todos unánimemente reconocieron esta sentencia como doctrina verdaderamente piadosa y probable" (Suárez, 1, c., versus finem).
Lo que Suárez no podía decir entonces es que desde aquella época, esto es, desde que esta cuestión se viene estudiando y discutiendo explícitamente, los maestros de la ciencia teológica y los Santos la han abrazado casi universalmente, y sostenido, no sólo como piadosa y probable, sino como moralmente cierta (Cf. L. IV. c. 4. T. I, pp. 389 et sqq.); y Juárez, de cierto, no los desautorizaría; cuanto más, que la probabilidad de que él habla parece equivalente a este género de certeza.
Quizá se diga que los textos que hemos citado, tanto de los teólogos como de los Santos Padres, y también las razones que les siguen, no se refieren, por lo menos buena parte de ellos, a la gracia final de María, cuya medida buscamos aquí, sino a la que tenía al ser elevada a la divina maternidad. Lo concedemos de buen grado; pero eso prueba con mayor evidencia la tesis que sostenemos, porque si la Virgen tenía ya al medio de su carrera la santidad de que hablan estos textos, ¿cuál no sería su plenitud después de las ascensiones que ella dispuso en su corazón (Ps. LXXXIII, 6), yendo de virtud en virtud hasta el último instante de su vida? No intentemos seguirla en la marcha con que se acerca cada vez más a Dios, y contentémonos con admirar en silencio una perfección que no haríamos sino disminuir si pretendiéramos expresarla. Este silencio es, al decir de Areopagita, la mayor alabanza que podemos ofrecer al Ser divino; sea también nuestro supremo homenaje ante la incomprensible santidad de la Madre de Dios.

III. Después de estas consideraciones acerca de la grandeza y amplitud de la gracia de María, réstanos resolver dos o tres cuestiones necesarias o, por lo menos, muy útiles para la inteligencia de ciertas expresiones que usan los autores citados. La gracia de la Santísima Virgen, en el término de su carrera, ¿era infinita? ¿Podía Dios añadir algo a su santidad? ¿Podría darse en una pura criatura ana plenitud de gracia superior a la de María? Examinemos por orden cada una de estas tres cuestiones:
Primera cuestión. — La gracia de la Santísima Virgen, al salir de la vida terrestre, ¿era infinita? No, ni fué ni podía ser infinita, simpliciter. No se trata ahora de la gracia de la maternidad divina, sino de la gracia habitual santificante. De la primera puede decirse que es verdaderamente infinita en su orden, porque es imposible concebir una maternidad más excelsa que aquella cuyo fruto y término es la persona misma de Dios. La segunda, tanto si se la considera en cuanto al ser como si se la considera en cuanto a gracia, es necesariamente finita. Es limitada como ser, porque es un accidente en una substancia creada; por tanto, finito como la substancia misma que lo sostiene. Es también limitada como gracia, porque, siendo inferior a la gracia de Cristo, no comprende, como ésta, todo lo que cae dentro del orden de la gracia y, además, María no la recibió para ser, como lo es Cristo, principio universal de santificación de la naturaleza humana (San Thom., 3 p., q. 7. a. 12).
Segunda cuestión. — ¿Podía Dios añadir algo a la santidad de su Madre? Sí, sin duda alguna; hubiera podido hacer a su Madre más santa, por lo menos, si consideramos en la santidad no el apartamiento del mal, sino la semejanza con Dios. En cuanto a lo primero, ¿qué es lo que Dios podía añadir, si en María todo es santo, todo es puro, todo es inmaculado, hasta su Concepción? Preservada del pecado original, fué confirmada en gracia tan eficazmente, que quedó exenta no sólo de toda falta, aun de la más ligera, sino de toda inclinación o tendencia al mal.
Sin embargo, aunque sea imposible concebir en el estado de vía mayor perfección en la pureza, todavía la gracia, forma de nuestra semejanza con Dios, no llegó a su límite en María. Más aún: no llegó ni aun en el Dios hecho hombre. Ya dimos una razón manifiesta. La gracia es una participación de la naturaleza divina, y como esta naturaleza es absolutamente infinita, todas sus participaciones, por perfectas que fueren, quedan siempre a distancia infinita de aquel soberano ejemplar y, por tanto, puede siempre concebirse una participación que se acerque más a Dios, es decir, una gracia más intensa, más perfecta.
Así, pues, hablando absolutamente, Dios podía dar a su Madre una plenitud de gracia y de santidad mayor. Pudo absolutamente, decimos, o, como dicen los teólogos, pudo de su potencia absoluta, de potentia absoluta. Mas no podía de potentia ordinata, con su potencia ordenada; como no lo podía con respecto a Jesucristo (Thom., 3 p., q. 9, a. 12, ad 2)). ¿Por qué? Porque la potencia ordenada no es otra cosa que la potencia divina, considerada como poder ejecutivo de los divinos consejos. Ahora bien; Dios, al disponer todas las cosas con peso, orden y medida (Sap., XI, 21), había resuelto desde toda la eternidad, en los decretos soberanamente sabios de su providencia que rigen el orden actual, que la plenitud de gracia de María fuese la que corresponde a una Madre de Dios. Y así se dice de un príncipe que no puede levantar más a uno de sus súbditos cuando lo ha colmado sobreabundantemente de todos los beneficios que están en relación con su mérito y con categoría preeminente en el Estado.
Tercera cuestión. — ¿Puede darse en una pura criatura una plenitud de gracia igual o superior a la de María? Después de lo dicho, parece que la respuesta debería ser afirmativa. Siendo la gracia de la Santísima Virgen limitada en su naturaleza de ser y en su naturaleza de gracia, ¿quién puede poner este límite a la divina generosidad? Y si Dios pudo dar a María mayor santidad de la que tiene, ¿por qué hemos de negarle el poder de hacer una criatura más santa que la Santísima Virgen? Para resolver esta cuestión satisfactoriamente, no basta recurrir a la distinción entre potencia absoluta y ordenada. Es manifiesto que Dios, al predestinar a la Santísima Virgen al honor de la maternidad divina, de hecho resolvió sabiamente darle una plenitud de gracia superior a cualquiera otra plenitud, exceptuando solamente la que preparaba para el Verbo hecho carne; por consiguiente, es imposible que persona alguna pueda ya llegar a la santidad de la Madre de Dios. Pero la presente cuestión es mucho más honda. ¿Podía Dios, sin perjuicio de su infinita sabiduría y de su bondad, determinar otro orden de providencia en el que la gracia de su Madre fuese inferior a la gracia de otra pura criatura? En otras palabras: ¿lo que no pudo hacer con su potencia ordenada, lo podía con su potencia absoluta?
Según nuestro parecer, se debe responder negativamente. Y tenemos la prueba de ello en la noción misma de potencia absoluta. Si no fuese cosa ilusoria hablar de una potencia en Dios que no fuese más que potencia, seguramente que Dios podría hacer millares de criaturas más ricas en gracia que lo es su Madre Santísima. Pero la potencia divina no es así. "En nosotros —dice el Doctor Angélico—, el poder y el ser no son ni la voluntad ni la inteligencia, y de la misma manera la inteligencia no es la sabiduría, ni la voluntad, ni la justicia; por esto puede darse en nuestro poder algo que no pueda darse en la voluntad justa ni en la inteligencia sabia. Pero en Dios todo es uno: potencia, esencia, voluntad, inteligencia, sabiduría, justicia. Por tanto, nada puede caer bajo la potencia divina que no pueda darse en su voluntad justa y en su inteligencia infinitamente sabia (San Thom., I p., q. 25, a. 5, ad 1).
¿Qué es, pues, la potencia absoluta de Dios? El poder de producir, de acuerdo con las otras perfecciones, un efecto cuya existencia no ha decretado. Luego, si repugna a la divina sabiduría conceder a otra criatura una gracia y santidad mayor que la de su Madre, esto mismo repugna a su potencia absoluta. Dios, sabiduría esencial, no puede producir nada sin intentar algún fin, y, por tanto, cuando obra fuera de sí debe estar en consonancia con el fin que intenta, porque la misma sabiduría que le prohibe obrar inconsideradamente pide que use de los medios proporcionados al fin para el cual ejercita su poder. Ahora bien; Dios no podía hacer una pura criatura para un fin más noble y más elevado, ni para una función más divina, que engrendrar en el tiempo al mismo Hijo que Él engendra en la eternidad. Por tanto, en virtud de su infinita sabiduría, no puede comunicar a ninguna criatura más gracia, ni más santidad, ni más virtudes que a María, porque éstos son los medios que deben disponerla para el fin para que la Santísima Virgen fué creada.
Y sobre este principio asientan los teólogos la diferencia entre la plenitud de Cristo, Unigénito del Padre, principio de toda santificación, y las otras plenitudes de que se habla en la Sagrada Escritura. "La gloriosa Virgen es llamada llena de gracia, no porque tuviese la gracia en el grado supremo de excelencia que reconocemos en Cristo, sino porque la poseyó según toda la medida que correpondía al estado para el que Dios la había escogido, es decir, para la maternidad divina. De manera semejante dícese también: Estaba lleno de gracia (Act., V. 8) porque tenía una gracia suficiente para el fin de su elección, es decir, para ser ministro y testimonio fiel de Dios; y así de los demás. Sin embargo, todas estas plenitudes son mayores o menores, según que el sujeto está divinamente preordenado a funciones más o menos elevadas" (San Thom., 3 p., q. 7, a. 10). De aquí la conclusión que deduce Santo Tomás en el mismo pasaje, a saber: la plenitud de Cristo le es propia de manera singular, porque "la gracia no podía estar ordenada a cosa mayor que a la unión personal de la naturaleza humana con el Hijo único de Dios" (Idem, ibíd., a. 12, ad 2). Ahora bien; nadie se acerca, ni podrá jamás acercarse, tanto como María, Madre de Dios, a la unión personal con el Verbo del Padre y a las funciones propias del santificador de nuetra naturaleza.
O, dicho más brevemente, la plenitud de gracia es proporcionada a la capacidad de quien la recibe. Ahora bien; bajo este aspecto, la capacidad de recibir no es sino la función sobrenatural que ha de cumplirse. Si, pues, como ya hemos demostrado, no hay para una pura criatura ninguna función comparable a la de María, ninguna otra plenitud puede igualar, a los ojos de la divina Sabiduría, a la plenitud de María.
Añadamos otra consideración que, si bien es menos decisiva, no deja de tener valor. Supongamos que María fuese menos santa que esta o aquella criatura. Como la gloria corresponde a la gracia, María, en el cielo, no ocuparía el primer lugar después de su Hijo. No sería, en toda la extensión de la palabra, la Reina universal: Reina de los ángeles, Reina de los profetas y de los patriarcas, Reina de los apóstoles y de los mártires, Reina de los confesores y de las vírgenes. Habría por cima de Ella, entre Ella y su Hijo, una o muchas criaturas a quienes debería sumisión, de quienes recibiría aquellas ilustraciones que los seres inferiores de los ángeles reciben de las jerarquías más elevadas. Y todo esto ¿es creíble? ¿Permitiría ni aun concebirlo el honor del Hijo?
Más aún: la que fué creada para ser la Mediadora después del Mediador, Madre de la divina gracia y Madre universal de los escogidos, en virtud de su divina maternidad, vería hijos suyos interpuestos entre Ella y el Primogénito de sus entrañas. ¿Quién puede admitir cosa semajante? Pues esto se deduciría necesariamente, de manera infalible, si tal plenitud de María no fuese superior a la de todas las criaturas.
Pero quizá alguno, insistiendo, objete en esta forma: Siendo la gracia de la Santísima Virgen finita, ¿no podemos suponer que haya un Santo de fidelidad tan grande que por sus méritos llegue a igualar o a sobrepujar los méritos de María? Esta dificultad es la misma que ya resolvió el Doctor Angélico respecto de Jesucristo (San Thom., 3 p„ q. 7, a. 11, ad 3).
Hace notar el Santo, muy a propósito, que para que una perfección finita llegue, por la continuidad de su crecimiento, a igualar o a sobrepujar otra perfección finita, las dos perfecciones han de ser del mismo orden. Por mucho que alarguemos una línea, jamás llegará a igualar a una superficie. Tenemos un ejemplo más asequible: por más perfecto que imaginemos a un animal y por mucho que crezca la potencia de sus facultades, siempre un espíritu cualquiera le será superior, y las facultades de éste dejarán atrás a las de aquél. Otro ejemplo: por mucho que se eleve nuestra ciencia actual acerca de las cosas divinas, siempre quedará por debajo de la intuición de los comprensores. El menor de los bienaventurados sabe, acerca de Dios, más que todos los genios y que todos los Santos del mundo. Pues así —dice el santo Doctor—, siendo la gracia de Cristo y la nuestra de orden diferente, no es posible que lleguen a igualarse. La una es una plenitud universal; la otra una participación particular y restringida. Verdad es que, respecto de María, no podemos dar esta misma respuesta; pero sí una análoga, porque la gracia de la Santísima Virgen es también de orden superior a la nuestra, pues es la gracia que conviene a la Madre de Dios, a la Madre de los hombres; en una palabra, a la Madre de la gracia.
Otra consideración, quizá más fácil de entender: la gracia de María, en sus principios, fué necesariamente mayor que cualquiera otra. Pues si en Ella hubo más principios de crecimiento, y sin comparación más eficaces que en cualquier otro siervo de Dios, es ineludible que la desigualdad que se ve en el principio siga creciendo al compás de los días y los años. Ahora bien; demostrado quedó ya cuáles medios de santificación tuvo María, unos, exclusivamente propios, y otros, por lo menos, en un grado singularmente propio: ciencia infusa de las cosas divinas, imperio indiscutible de la razón sobre las pasiones y sobre la concupiscencia, asistencia particularísima de Dios, reclamada por un título incomunicable. ¿Y no es todo esto suficiente para quitar a la objeción toda su fuerza y toda su verosimilitud?
Para acabar, transcribiremos una hermosa página de uno de los más doctos y devotos siervos de María: "No es posible —escribe Dionisio el Cartujano— que se dé una santidad más eminente que la de la Virgen, fuera de la de su Hijo. No porque Dios en absoluto no pueda (Dionisio Cartujano no entendía la potencia absoluta en el sentido que lo hemos defendido más arriba según el sentir de Santo Tomás. Para el Cartujano, la potencia absoluta es, como para muchos otros, la potencia sola, prescindiendo de todas las demás perfecciones divinas que la determinan) comunicar una santidad más grande a otra criatura, sino porque esto no es conveniente y, por tanto, no ocurrirá nunca. En este sentido se puede decir que, después de la santidad del Hijo de Dios, no se puede concebir santidad mayor que la de su Madre, y que tampoco puede existir; tanto porque no podemos concebir la inmensidad de su plenitud, como porque ninguna persona creada es capaz de recibir una dignidad superior a la de la Madre de Dios. Por lo cual sería indecoroso para Dios conceder a una criatura tesoros de gracia iguales a aquellos con los que enriqueció a su Madre, y por eso mismo, tal cosa no acontecerá jamás" (Dionys. Carth., de Laudibus B. M. V., L. I, a. 14, col. a. 8).
No nos maravilla, pues, ¡oh, María!, oír que los Padres te proclaman toda hermosa, toda santa; la sola hermosa, la sola amada, la sola santa, la sola glorificada: la gracia y la santidad mismas. Es que Tú eres desmesuradamente, improportionaliter, levantada en gracia, como en dignidad, sobre todo lo creado. Y aun menos nos sorprende que todos, teólogos, Doctores y Santos Padres, con alabanza concorde y voz unánime, afirmen que la fuente primera de tanta gracia y de tanta santidad está en el honor que tienes de ser Madre de Dios. Lo que de Ti canta la Iglesia griega en sus himnos: "Te saludamos como la Santa de las santas, porque Tú sola, oh, Virgen por siempre inmaculada, engendraste al Dios" (In Paraclit., p. 67, c. 2. Apud Passagl.. op. cit., n. 1166, sqq.); y también: porque Tú engendraste al "Creador de toda criatura, oh, Madre de Dios; Tú excedes a todas las criaturas en gloria, en santidad, en gracia; en fin, en toda especie de virtud" (Theophan., Mcn., die 19 januar., Od. 8, Passagl. ibíd.), y eso mismo proclamamos con ella todos los cristianos.
Confiésanlo, a gloria de tu Hijo, aún más que a gloria tuya: "Si innumerables almas, hijas de Dios, han acumulado riquezas y más riquezas, Tú sola sobrepujas a todas por la inmensidad de tus tesoros" (Prov., XXXI, 29). Supongamos que, por imposible, se fundieran en una sola gracia todas las gracias repartidas entre los ángeles y los hombres; tu plenitud, por lo menos aquella con que tu Amado te enriqueció cuando te introdujo en su gloria, sería de un valor superior al tesoro universal de los elegidos. Y no es maravilla, porque (nunca lo diremos bastante) la dignidad sobrenatural de una Madre de Dios excede, de suyo, a todas las otras dignidades reunidas, como la plenitud de la fuente excede a la de los arroyuelos.
Menester es guardarse de una falsa interpretación acerca del crecimiento y acerca de la intensidad de la gracia. Esta no está formada de partículas añadidas las unas a las otras. No hay en el desarrollo de la gracia, ya sea por el mérito, ya sea por los sacramentos, ni yuxtaposición de grados ni superposición. No es éste un tesoro que se engrandezca porque se echen en él piezas y piezas de oro sobre las que ya contenía; no es tampoco el crecimiento de la gracia como el crecimiento de un árbol en el que nuevas capas concéntricas se van añadiendo a las antiguas. Lejos de nosotros estas ideas, propias de la materia, cuando se trata de cosas del espíritu. El alma, que excede en gracia a todo espíritu creado, lleva en sí misma la imagen de Dios más perfecta después de la imagen increada del Padre, que es su Verbo. Añadid a esta imagen todas las imágenes inferiores con todas sus perfecciones ; no por eso las haréis ni más semejante ni más completa. Parece, pues, que lo mismo sería decir que María excede en gracia a la más santa de las criaturas, que decir que las excede a todas juntas. Hay aquí una dificultad a la que no es fácil dar solución clara y precisa. Pero, sea como fuere, el segundo punto de vista nos hace concebir una idea incomparablemente más elevada de la perfección sobrenatural de María que el primero. En efecto, una cosa es que María sea más amada de Dios que todas las legiones de ángeles y de hombres, y otra cosa es que Dios la ame con preferencia a cada uno de los Santos tomado en particular, por elevada que sea su gracia. Lo que quizá daría una idea de la inmensidad de la gracia final de María sería el considerarla como un título suficiente para todos los grados de gloria concedidos a cada uno de los Santos en virtud de su propia gracia, si es que fuera posible que la gracia de una pura criatura fuese para otro título a la bienaventuranza. La gracia de María al principio de su carrera es una piedra preciosa que excede en valor a cualquier otra joya que se le compare. La misma gracia, en su consumación, es la perla evangélica cuyo precio no se pagaría aunque se diesen por ella todas las perlas, todas las alhajas y todos los diamantes de la Creación.
J.B. Terrien S.J.
LA MADRE DE DIOS...