sábado, 31 de marzo de 2012

Catholicae Ecclesiae

Encíclica de LEÓN XIII
Sobre la esclavitud, la propagación de la fe en África  
y la colecta misional de Epifanía
Del 20 de noviembre de 1890
 
Venerables Hermanos: Salud y Bendición apostólica
I. La obra emancipadora de la Iglesia.
En la Iglesia católica que con maternal caridad abraza a todos los hombres no hay como sabéis, Venerables Hermanos, desde un principio, casi nada tan antiguo que el esfuerzo de ver eliminada y del todo extirpada la esclavitud, la cual con duro yugo oprimía a muchísimos hombres. Pues, siendo ella solícita en velar por la doctrina de su Fundador quien personalmente o por boca de sus Apóstoles había enseñado a los hombres la fraternal unión que los estrecha a todos, por cuanto nacieron del mismo Padre común, fueron redimidos con el mismo precio y llamados a la misma bienaventuranza eterna, recogió la causa despreciada de los esclavos, y, aunque la llevara adelante, conforme lo aconsejaran los tiempos y las circunstancias, lenta y medidamente, se constituyó en su esforzada abogada, es decir lo hacía con prudencia e inteligencia, reclamando constantemente lo que en nombre de la Religión, de la justicia y de la humanidad se había propuesto, con cuyo logro final mereció muy bien y propulsó la prosperidad de las naciones y de la civilización.
En el transcurso de los tiempos no desfalleció tampoco en su empeño de llevar a los esclavos hacia la libertad; por el contrario, con cuanto mayor fruto realizaba la obra con tanto mayor celo insistía en ella, como lo atestiguan fehacientemente los documentos de la Historia, la cual a este respecto destaca a varios de Nuestros Predecesores entre los cuales se distinguen San Gregorio Magno, Adriano I, Alejandro III, Inocencio III, Gregorio IX, Pío II, León x, Paulo III, Urbano VIII, Benedicto XIV, Pío VII y Gregorio XVI quienes no perdonaron trabajo ni solicitud para abolir donde estaba en vigencia, la institución de la esclavitud, y cuidaron que, donde ya se habían extirpado sus gérmenes, no volvieran a la vida.
II. La intervención constante de León XIII.
Los horrores del comercio de hombres en África.
Nos no podíamos empañar la herencia de tanta gloria que Nuestros Predecesores Nos habían transmitido, por lo cual no dejamos pasar oportunidad sin reprobar y condenar públicamente esta tétrica plaga de la esclavitud, y así ocupándonos de ella, escribimos una carta que con fecha 5 de Mayo de 1888 dirigimos a los Obispos del Brasil[i] en la cual los congratulamos por lo que en esa parte del mundo, para ejemplo laudable de los demás, se hizo pública y privadamente por la libertad de los esclavos, y demostramos al mismo tiempo hasta qué punto la esclavitud era adversa a la Religión y a la dignidad humana. Nos sentimos vehementemente sacudidos por la situación en que quedan los que están sujetos a dominio ajeno; pero mucho más  acerbamente Nos sentíamos conmovidos al escuchar las narraciones acerca de las penurias que afligen a todos los habitantes de ciertas regiones del interior del África. Aquello es demasiado abyecto y horrendo para que recordemos lo que a través de comunicaciones verídicas Nos hicieron saber, y es que casi 400.000 africanos, sin distinción de edad ni de sexo, son arrancados anualmente por la fuerza de sus pagos primitivos, desde donde, en largas jornadas, cargados de cadenas y golpeados con azotes se llevan a los mercados en que como bestias vendibles se exponen y venden.
III. Éxito de las gestiones papales. Iniciativas estatales y particulares.
Por cuanto lo atestiguaron los que lo vieron, y lo confirmaron recientes exploraciones del África equinoccial, Nos sentíamos inflamados por el anhelo de ayudar a esos pobres hombres y aliviar su desgracia. Por ello, sin demora, encargamos a Nuestro dilecto Hijo, el Cardenal Carlos Lavigerie, cuyo fervor y celo apostólico Nos son conocidos, recorrer las principales ciudades europeas a fin de hacer conocer la ignominia de este nefando comercio humano y mover los ánimos de los príncipes y ciudadanos a socorrer a esa gente afligida.
Debemos dar gracias a Dios, amantísimo Redentor de todos los hombres, por no haber permitido, en su bondad, que Nuestros esfuerzos resultaran estériles sino que quiso que fuesen como una semilla arrojada en tierra fértil que promete gozosa mies; pues, tanto los gobiernos de los pueblos como los católicos de todo el orbe de la tierra, y también todos los hombres que consideran sagrados los derechos de las gentes y la ley natural, se hacían mutua competencia estudiando de qué manera y por medio de qué obra convenía, principalmente, arrancar de raíz ese comercio humano.
No hace mucho, con elevado espíritu se celebró en Bruselas un solemne Congreso en que se reunieron los delegados de los príncipes europeos, y en fecha aun más reciente, en una reunión que  personas particulares con el mismo fin tuvieron en París, se anunció abiertamente que con tanto afán y constancia iban a defender la causa de los negros cuanto era el cúmulo de males que agobiaba a los esclavos.
Por eso, al volver a ofrecérsenos oportunidad para ello, no queremos dejarla pasar sin realzar y agradecer los méritos de los príncipes europeos a este respecto e implorar fervorosamente al Sumo Dios a fin de que otorgue cumplido éxito a sus proyectos y principios de esa obra.
IV. Estímulo papal de las misiones Africanas, remedio del mal de la esclavitud.
Pero, además, de la solicitud por proteger la libertad, otra mayor atañe más de cerca Nuestro ministerio católico, por cuanto ella Nos urge cuidar de que en las regiones africanas se propague la doctrina del Evangelio, cual, con su luz de divina verdad cuya posesión ha de hacerlos partícipes con Nosotros de la heredad del Reino Dios, deberá iluminar a sus habitantes que están sentados en las tinieblas causadas por una ciega superstición. Tanto más fervorosamente lo procuramos cuanto que ellos mismos, una vez que hayan recibido esa luz, sacudirán de sus hombros el yugo de la esclavitud humana. Pues, donde entren en vigencia las costumbres y leyes cristianas, donde la Religión de tal modo penetre a los hombres que observen la justicia y honren la dignidad humana, donde abundoso corra el espíritu de la caridad fraterna que Cristo nos enseñó, allí no podrá seguir subsistiendo la esclavitud, ni la crueldad, ni la barbarie sino que florecerá la suavidad del trato y la cristiana libertad ornada de cultura ciudadana.
Ya muchísimos varones apostólicos cual intrépidos soldados de Cristo penetraron en aquellas regiones, y para lograr la salvación de Nuestros hermanos no sólo vertieron sus sudores sino también su sangre. Pero por cuanto la mies es mucha y los operarios pocos[ii] es menester que otros muchos, movidos por el mismo espíritu de Dios, sin temor a los peligros, incomodidades ni trabajos acudan a aquellas regiones donde se ejerce ese oprobiosísimo comercio, llevando a sus habitantes la doctrina de Cristo que va siempre unida a la verdadera libertad.
Verdad es que la iniciación de tan importante obra, mediante la revelación de su divinidad, ha de ilustrar también a aquella porción desgraciada del género humano, y ha de arrancarla del fango de la superstición y de su penosa situación en que despreciada y olvidada yace desde hace tanto tiempo.
V. Colectas para reunir fondos para las misiones y la lucha contra el comercio humano. Distribución.
Decretamos, pues, que en el día mencionado en la introducción, se recojan en las en las Iglesias y capillas, sujetas a tu jurisdicción y se envíen a Roma, al sagrado Consejo para la propagación del nombre cristiano; el oficio del Consejo será el de repartir los caudales recolectados entre las misiones que trabajan principalmente en la abolición de la esclavitud en las regiones africanas. Se distribuirán, empero, de tal modo que los fondos venidos de naciones que tienen sus misiones católicas propias para devolver la libertad a los esclavos, como recordamos, se entreguen a esas misiones para su sostenimiento y auxilio. Las limosnas restantes serán repartidas por el sagrado Consejo, después de prudente deliberación, entre las misiones más indigentes, cuyas necesidades se han comprobado.
No dudamos, pues, que Nuestras plegarias por los infelices africanos las reciba el misericordiosísimo Dios, y tú, Venerable Hermano, por tu cuenta, aportarás tu celo y tu trabajo para que todo se cumpla colmadamente.
VI. Recomendación de la Colecta de la "Propagación de la Fe".
Confiamos, además, en que los subsidios temporarios y especiales que los fieles reúnen para abolir la mancha del comercio humano y para sostener a los heraldos del Evangelio de aquellas regiones donde la esclavitud está en vigencia, no restrinjan la generosidad con que suelen ayudar a las misiones católicas, al hacer las colectas que se envían al instituto fundado en Lyon que recibiera el nombre de Propagación de la Fe. Esta obra saludable que ya antes de ahora recomendamos al celo de los fieles, también en esta oportunidad reclama con insistencia los medios que correspondan a la amplitud de sus necesidades, pues, sin invertir ingentes sumas no se puede proveer la educación de los misioneros, los largos viajes, la instalación de estaciones, la edificación y habilitación de templos y otras cosas necesarias de este género, inversiones que por algunos años han de continuar haciéndose hasta que aquellos lugares donde residen los heraldos del Evangelio se puedan defender con sus propias entradas.
VII. Cooperación de todos. Colecta en Epifanía.
¡Ojalá tuviéramos los medios para sostener esa obra, pero por cuanto se oponen a Nuestros deseos las graves estrecheces en que Nos hallamos os estimulamos con voz paternal, a ti, a los demás obispos y a los católicos todos, recomendando a vuestro espíritu caritativo una empresa tan santa y saludable. Nos deseamos que todos participen en ella, aunque no puedan contribuir sino con un pequeño óbolo, para que la carga repartida entre muchos resulte más llevadera y a todos alcance la gracia de Cristo pues, de la defensa de su causa se trata, y todos obtengan la paz, el perdón de los pecados y los más eximio favores del cielo
Por eso ordenamos que anualmente donde y cuando se celebren los misterios de la Epifanía del Señor se recojan fondos a modo de colecta para el sostenimiento de esta obra.
Elegimos ese solemne día porque, como bien comprendes, Venerable Hermano, en ese día se manifestó por primera vez el Hijo de Dios a los gentiles, cuando se ofreció a los ojos de los Magos, los cuales, por esta razón, hábilmente fueron llamados por Nuestro predecesor San León Magno "Las primicias de nuestra vocación y fe".
Conclusión y bendición apostólica.
Por eso, alentamos la firme esperanza de que Nuestro Señor Jesucristo, movido por el amor y las preces de sus hijos que recibieron la luz de la verdad y lo celebran con un nuevo testimonio de alabanza, extienda ampliamente su benevolencia que florezca con gozosa prosperidad.
Entretanto, con gran afecto, os impartimos, a tí, Venerable Hermano, al clero y a los fieles encomendados a tu pastoral solicitud, la Bendición Apostólica.
Dado en Roma, desde San Pedro 20 de Noviembre de 1890, en el año 13 de Nuestro Pontificado. LEÓN XIII.

[i] León XIII, Encicl. In pluribus maximisque
[ii] Mat. 9, 37; Luc. 10, 2.

viernes, 30 de marzo de 2012

Los Dolores de María Santísima

INTRODUCCIÓN
Génesis y significación de esta festividad
Por un decreto de 22 de abril de 1727, Benedicto XIII extendió a toda la Iglesia una fiesta que, con diversos nombres y en distintas fechas, se celebraba en en gran  parte de la cristiandad. La primera iniciativa emanó del Concilio de Colonia, que en 1423, queriendo reparar las impiedades iconoclastas de los Husitas, había instituido una fiesta bajo el título de Festum. Commemorationis praefatae angustiae et doloris B. M. V. (Fiesta conmemorativa de la angustia y dolor de la B. V. M Véase Harduino, Conc., t. VIII, col. 1013).
La piedad de los fieles concentrada enteramente, al principio, en el acerbo dolor del alma de María en el día supremo de la pasión del Salvador, se imaginaba las horrendas torturas padecidas por esta Madre al encontrar a su divino Hijo cargado con la cruz, y luego en el Calvario al pie de la misma cruz, durante una agonía de tres horas, y, finalmente, en su entierro y sepultura. Poco a poco, otros dolores fueron incluidos en esta festividad. La devoción a los siete dolores se debe a la piedad de un sacerdote de Brujas, secretario más tarde de Carlos V, llamado Juan de Coudenberghe (Era Deán de San Gil de Abbenbroek (Holanda meridional), cura de la  iglesia de los Santos Pedro y Pablo de Heimerswaal ciudad destruida de la Zelandia) y también de San Salvador de Brujas. Véase en Analecta bollandiana de 1893, el interesante artículo del P. Delehaye, intitulado La Virgen de las siete espadas, p. 881. En él se demuestra también que los siete gozos fueron honrados antes que los siete dolores. Según Benedicto XIV, De festis, 2, 4, 9. Saxio atribuía a los siete fundadores de la Orden de los Servitas la paternidad de la devoción a los VII Dolores). 
Desolado por los males de la guerra civil que siguió a la muerte de la duquesa María de Borgoña, esposa de Maximiliano de Austria, recurrió y procuró se recurriese a la Madre de Dios. Para reanimar la devoción de los fieles, colocó en cada una de las tres iglesias que de él dependían, una imagen de la Virgen con una inscripción en verso, que recordaba las ocasiones en que María había especialmente sufrido: al oír la profecía de Simeón; en la huida a Egipto; en la pérdida del Niño Jesús en el templo; al ver a Jesús cargado con la cruz; cuando en ella fué cruficado; cuando recibió en sus brazos el cuerpo de su divino Hijo, y finalmente en el santo entierro (No todos enumeran los siete Dolores del modo que hoy ha prevalecido. Así, en algunos autores, la profecía de Simeón es remplazada por la circuncisión). 
 El 25 de octubre de 1495, Alejandro VI aprobó una cofradía de Nuestra Señora de los siete Dolores establecida en Bélgica, hacia el año 1490; los anales de esta cofradía atestiguan la popularidad de esta devoción en ambos Flandes (Los frutos de esta devoción fueron tales, que se instituyeron tos fiestas, una en Delft de Holanda, la otra en Brujas, Bélgica, para conmemorar las gracias obtenidas. Llamábanse: Festtim miraculorum Confraternitatis VII dolorum sacratissimae V. M. M. y Festum miraculorum B. V. M. de VII doloribus. Art. cit. de Analecta, p. 340). 
La fiesta de los Dolores se celebraba allí con este mismo nombre de los siete Dolores, pero no en la fecha actual, sino el viernes antes de la semana de Pasión.
La devoción a los Dolores de la Virgen es, por otra parte, mucho más antigua que su misma solemnidad. ¿No asistía por ventura la ciudad de Florencia, en 1233, a la fundación de la orden de los Servitas, especialmente dedicada a María y al culto de su martirio? ¿Y no poseía ya la Iglesia el Stabat Mater? (Según J. Julián, A dictionary of hymnology, el Stabat fué compuesto entre 1150 y 1360 y tuvo tal vez por autor al Papa Inocencio III (1216). Otros atribuyen este himno al Franciscano Jacopone Todi (+ 1306)).  

Plan de la meditación
En esta primera meditación, hecha en un tiempo en que nuestra piedad no debe apartarse de los sufrimientos del Salvador, consideraremos los dolores de María durante la pasión de su Hijo, procurando meditarlos unidos a los sufrimientos de Jesús. El orden histórico nos convida a meditar sucesivamente tres puntos: María junto a Cristo moribundo; María con Cristo bajado de la cruz; María ante el sepulcro de Jesús. 

MEDITACIÓN 
«Filia Jerusalem... magna... est velut mare contritio tua» (Thren. II, 13).  
Hija de Jerusalén, tu contrición es inmensa como el mar. 
Primer Preludio. Mientras Nuestro Salvador sufría en la cruz, durante tres largas horas, el más cruel martirio de su cuerpo, de su corazón y de su alma, María, su Madre, de pie junto a esta cruz, asistía a su agonía. Viole luego bajado de la cruz y colocado respetuosamente en un sepulcro nuevo, que pertenecía a José de Arimatea.  
Segundo Preludio. Representémonos el Calvario, los tres patíbulos allí levantados, el cuerpo de Nuestro Señor, el cercano huerto, lugar de su sepultura. 
Tercer Preludio. Pidamos con fervor la gracia de sentir vivamente las penas de Jesús y de María, y de sacar de sus dolores el más grande horror al pecado junto con un deseo ardiente de la perfección.
 
 I. MARIA JUNTO A CRISTO MORIBUNDO  
 I. Esforcémonos en comprender los sufrimientos de María al pie de la cruz, como si la escena augusta y terrible se desenvolviese ahora ante nuestros ojos. 
1. Veo al pie de esta cruz a la Madre de un Hijo único: una madre jamás separa su causa de la de su hijo. 
 2. El es, el Hijo único; Él, Dios y Salvador. María tiene más que ninguna, alma de madre, y puede dar sin reservas a su Hijo, que es Dios, toda la ternura de su corazón.  

3. Cómo penetra cada uno de los sufrimientos de su Hijo! 
El sufrimiento del cuerpo y la sed, sin poder procurarle el menor alivio. El sufrimiento en la honra. Si los santos eran tan sensibles a las blasfemias, cuánto más María que conocía tan bien todo, cuanto era debido a Jesucristo. ¡Y qué injurias no oía! ¡Y de quiénes! El sufrimiento del corazón, causado por una ingratitud, que llega hasta insultar al bienhechor en sus más espléndidos dones y además causado también por una cobardía, que en el momento supremo y después de las promesas más solemnes, abandona al más generoso de los Padres. ¡Y en lo alto de la cruz un Dios que permite el sufrimiento y el insulto! ¡Oh insondable misterio de justicia y de amor!
¡Oh! ¿y cuál sería la pena de María?
II. Aprendamos de María a compadecernos de la pasión de Jesucristo. ¿No debemos, acaso, lamentar la indiferencia con que miramos unos males sufridos por causa nuestra y para nuestra utilidad ? Supliquemos a María que ablande nuestros corazones y los conmueva a favor de su amado Hijo Jesucristo. 

II. MARIA CON EL CUERPO DE CRISTO BAJADO DE LA CRUZ 
I. La suprema recomendación hecha por Jesús a su Madre «He aquí a tu hijo», y luego a San Juan «He aquí a tu Madre», fué una despedida (¡oh, y cuán desgarradora!), que se convirtió pronto en una terrible realidad. Jesús exhaló un grito; este clamor de Jesús moribundo desgarró el alma de su Madre. Después, la cabeza reclinada sobre el pecho demostró que todo estaba consumado. Quedaba aún el piadoso deber del entierro. Dos discípulos, como fortalecidos por la pasión del Salvador, acuden valerosa y noblemente para tomar sobre sí esta tarea. El cuerpo es poco a poco separado y descendido de la cruz. ¿Dónde colocarlo? ¿Qué brazos mejor dispuestos para recibirlo que los brazos de María? Extiéndense estos brazos como por instinto, y estrechan los divinos despojos.
II. De rodillas delante de esta Madre, recorramos en espíritu todas las llagas, cuyo sangriento estigma persevera impreso en el cuerpo ya frío. Digamos lentamente: «Ave, verum corpus, natum de Maria Virgine; veré possum, immolatum in cruce pro homine. Salve, oh cuerpo verdadero, nacido de María Virgen; que has verdaderamente padecido, que has sido verdaderamente inmolado en la cruz por el hombre».
Después de los dolores de Jesús, fijemos nuestra atención en los dolores de su Madre. Treinta años hace que tenía en su regazo al Niño Dios, el más hermoso entre los hijos de los hombres. ¿En qué ha venido a parar? ¿Qué hemos hecho de Él? ¡Ah! El contraste es debido a nuestros pecados: Madre, no podemos comprender vuestro dolor, pero comprendemos nuestro deber de compadecerlo. Debemos sufrir con Vos; debemos ahora más que nunca detestar el pecado, única fuente de vuestra aflicción; debemos sacar de vuestras penas, junto con una plena confianza en la misericordia divina, un celo ardiente por la salvación de las almas. ¡Oh, Madre, ante la cual golpeo mi pecho, obtenedme estos frutos de sólida devoción; que viva por Vos y por vuestro Hijo Jesús! 

III. MARIA ANTE EL SEPULCRO DE JESUS 
I. Ha llegado para María la hora de dejarse arrebatar el cuerpo de su Hijo. La ley del sábado, que ella desea observar hasta el fin, la invita a apresurarse. Se organiza un fúnebre cortejo. Los ángeles forman parte de él. En la tierra se ven los discípulos que llevan el cuerpo; luego la Virgen, apoyada en San Juan; las santas mujeres. Juntémonos a ellos. La marcha prosigue y concluye silenciosa; embarga los corazones el dolor.
 II. Mientras es sepultado el sagrado cuerpo de Jesús, pensemos en el amor delicado del Señor, que, resuelto a mostrarse semejante a nosotros en todas las cosas, excepto en el pecado, quiere pasar par la suprema humillación de nuestra condición presente, la tumba. Aceptemos desde ahora, conformándonos con su voluntad, esta destrucción de nosotros mismos; pero allí en donde parece que todo se acaba, muestrenos nuestra fe y nuestra esperanza una mejor resurrección.
Imaginemos después la soledad de la Virgen Santísima concluirse esta lúgubre ceremonia. Vedla humanamente sin ningún consuelo. Porque, ¿qué puede hacer San Juan para reemplazar a su Hijo? Sin embargo, si su dolor es inmenso, ella es, al mismo tiempo, animosa y santísima.
Admiremos a nuestra Madre, para imitarla en nuestras penas, mucho menores que las suyas.

COLOQUIO
Esforcémonos en entablar con nuestra Madre un afectuosísimo coloquio, en el que la compadeceremos por haber sufrido tanto por causa nuestra, y le daremos las gracias por el gran amor que nos profesa y que sus sufrimientos no han hecho más que acrecentar. En retorno a tanta bondad, propongamos cumplir junto a ella el delicado oficio, aceptado por San Juan a invitación de Jesucristo. Pidámosle se digne aceptar este homenaje y obtenernos gracia para cumplir santamente nuestra resolución. Recemos, al concluir, el Stabat Mater, a lo menos en parte.

jueves, 29 de marzo de 2012

NUESTROS DIEZ AMORES (Grupo San Juan Bosco)

Amarás a Dios, como a tu principio y tu fin.
Amarás a la Santísima Virgen, como a tu Madre.
Amarás a la Iglesia Católica, como a esposa celestial de Nuestro Señor Jesucristo.
Amarás a tu propia alma, como a hija de Dios y templo vivo del Espíritu Santo.
Amarás a las almas de los demás como a hermanas tuyas, redimidas con la misma Sangre divina y nacidas también para el amor y para el cielo.
Amarás al "Grupo San Juan Bosco", como ejercito de amor y de paz en el mundo por nuestro Señor Jesucristo.
Amarás a la Cruz de nuestra Bandera, como al único signo de fraternidad verdadera.
Amarás a tus prójimos como llamados por Cristo formar parte de la verdadera Iglesia.
Amarás a la inocencia, la pureza, el sacrifico y la mortificación.
10° Amarás a las almas piadosas, a los que trabajen, luchen por la conversión de las almas.

ADMIRABLES DESIGNIOS DE LA PROVIDENCIA PREMISAS

PREMISAS
No raras veces he oído a jovencitas afirmar que habían caído en la culpa y en la deshonra por ignorar muchas cosas, o porque el misterio de la vida, en vez de serles aclarado por personas sensatas y prudentes, se lo explicaron erróneamente compañeras licenciosas.
Dos son, por tanto, en mi sentir, las causas de la caída de muchas jovencitas: la falta de un guía —y éste debería ser, principalmente, la madre vigilante y avisada— y la perniciosa influencia de compañeras, de espectáculos y de lecturas que exaltan solamente la parte sensual de este problema con grave daño de quien carece de sólida conciencia cristiana.
No es malo conocer lo que concierne a la procreación, cuando lo consienta la edad; al contrario. Malo es, en cambio, aprender este misterio a una luz que haga parecer torpe o deshonroso lo que es, por el contrario, puro y santo —en cuanto es querido por Dios— y por esta razón siempre digno de veneración y de respeto.
No es mi intento entrar en el espinoso y harto discutido asunto de la llamada educación sexual. Si es necesario revelar ciertos misterios a la juventud, y cuándo y cómo: lo haré, si acaso, en el libro destinado a las madres. Aquí tan sólo quiero enunciar el principio de que a las jóvenes, en tiempo oportuno, se debe proponer a su verdadera luz este problema, a fin de que estén en condiciones de valorar los peligros con que pueden enfrentarse.
Supongo que mis lectoras conocen el modo con que se transmite la vida, ya que este libro va destinado a jóvenes de los dieciséis a los veinte años, y, hoy en día, ya no podemos admitir que a semejante edad estén a oscuras acerca de esto. Mi intento es darles una noción exacta y elevada de este problema. 

PLAN PROVIDENCIAL DEL CREADOR
 Que a los hombres les esté confiada la generación de otros seres semejantes a ellos es un hecho admirable y una prueba de especial confianza divina. Ni se diga que también se concede a los animales, porque enorme diferencia va entre ellos y los hombres, los cuales tienen exclusivamente el don de la libertad, siendo así que los animales han de seguir ciegamente al instinto. 
Dios no quería obligar al hombre y a la mujer a la paternidad y a la maternidad, que, si son fuente de alegría, lo son así mismo de innumerables fatigas, dolores y preocupaciones; pero queriendo, con todo, disponer las cosas de manera que la mayor parte del humano linaje, para no llegar a la extinción, se decidiese a ello, proveyó a todo esto de un modo sapientísimo y admirable, como a continuación voy a exponer.

NATURALEZA DEL HOMBRE Y DE LA MUJER
El alma del hombre y la de la mujer ¿son diferentes? Y ésta última ¿es inferior a la otra?
El paganismo atribuía a la mujer una alma que era una cosa intermedia entre la del hombre y la del bruto. El actual neopaganismo establece una doble moral, en beneficio del hombre, rebajando así a la mujer.
Solamente el Cristianismo afirma la igualdad del hombre y la mujer, en derechos y en deberes.
El primero en afirmar es San Pablo. "En Dios -dice— no hay distinción de raza ni de condición ni de sexo, porque todos sois una cosa en Jesucristo" (Galat., III, 28).
Así en la literatura como en el arte cristiano es exaltada y colocada en lo más alto de los Cielos junto a Dios, la figura de una mujer, María, a quien se presenta como el sublime modelo de la mujer cristiana.
Mas preguntaban: ¿Son iguales el alma del hombre y la de la mujer? Al ver sus diversas características (de una parte, audacia, imperio, valentía, razón, tesón de la voluntad, y de la otra, mansedumbre, paciencia, gracia, dulzura, predominio del sentimiento y del corazón) estaríamos tentados a responder negativamente. Pero no; no hay almas masculinas y almas femeninas, sino almas de la misma naturaleza, las cuales, infundidas en el germen por Dios, se desenvuelven de diversa manera según el cuerpo que les está unido.
Al crear a la mujer no ha querido el Señor formar otro ser enteramente igual al hombre, sino semejante, porque le señalaba oficios fisiológicos y morales diversos, a fin de que fuese un ser inteligente que viniese a completar las deficiencias del hombre y, con su gracia y diligente asistencia, le procurase aquel afable consuelo cuya necesidad sentía su corazón.
De consiguiente, como se lee en el Génesis, hombre y mujer fueron criados para completarse y auxiliarse mutuamente: dos seres, por tanto, no perfectamente iguales, sino semejantes, esto es, de la misma naturaleza. 

DOTES Y CARACTERÍSTICAS DE LA MUJER
La mujer —como podemos comprobarlo a menudo— tiene más sensibilidad, más excitabilidad nerviosa, fantasía más viva (Por esta razón te recomiendo: ten frenada con el entendimiento y la voluntad la fantasía, a fin de que no te juegue malas tretas...), capacidad y rapidez de intuición más agudas, una atención para las cosas más amplia, pero quizá menos profunda. El hombre, más tardo en la percepción y en la intuición, tiene más desenvueltas las facultades razonadoras y la capacidad para el análisis profundo.
Por esto es más fácil la constancia y la solidez de opiniones en el hombre que en la mujer, y, por aquellas características, es así mismo natural que la mujer llegue a la generosidad y al sacrificio, aun el más costoso, por aquel a quien ama. Mas, por otra parte es deplorable notar cómo la mujer, que puede alcanzar las más sublimes cumbres del sacrificio, puede caer en el odio más ardiente y en el más terrible deseo de venganza (sin que escaseen los ejemplos, desde Herodías hasta la sanguinaria reina de Inglaterra Isabel Tudor), extremos a que difícilmente llega el hombre.
Un campo donde la mujer aventaja al hombre es el amor. En el hombre es el amor flor de un día: en la mujer, la pasión de toda la vida. Es el amor el dulce veneno que la mujer, a sabiendas o sin saberlo, propina al hombre, consiguiendo hábilmente matar o, respectivamente, suscitar en él el ángel o la bestia. 
Cuando mata a la bestia, el ángel, desembarazado de sus cadenas, sublima su vuelo al cielo y envuelve a entrambos en un púdico velo, de tal modo que el fuego de la pasión no los toca. Pero si se suelta a la bestia, el hombre es, al principio, su juguete, mas, alcanzada la conquista deseada, inviértense los papeles y la primera víctima inmolada a su loca bestialidad será ella, el ídolo adorado.
Es, pues, grave error, que no siempre la mujer valora, al abusar, por capricho suyo, de esta tormentosa pasión. 
Una virtud principal de la mujer es la paciencia; otra característica preciosa es el pudor, que en el hombre se presenta en otra forma: el sentimiento de la propia dignidad humana.
Otro don ha dado también el Criador a la mujer: la llamada intuición, conviene a saber, una especie de mirada mediante la cual ve ella y siente lo justo, sin conocer la razón de ello, y entiende y penetra la verdad mucho más fácilmente que el hombre.

EL HOMBRE Y LA MUJER SE COMPLETAN MUTUAMENTE
Hemos visto cuan marcadas son las características del hombre y de la mujer, y señalado cómo se completan mutuamente. Si fuesen iguales, si tuviesen idénticas inclinaciones, habría entre ellos rivalidad y lucha. Ahora hay amor. Y ésta es una de las más hermosas y consoladoras características del matrimonio: el recíproco completarse de dos seres a quienes, por separado, les faltaría algo, y el ayudarse mutuamente en el campo de la perfección, buscando alcanzar juntos lo que es el ideal humano impreso en nosotros por Dios.
He aquí la felicidad de un matrimonio bueno, en el cual dos personas se aman y compadecen mutuamente en las inevitables imperfecciones. El hombre siente la necesidad de confiar sus penas cotidianas, sus desfallecimientos y sus esperanzas a una persona que le infunda plena confianza, que le entienda, le consuele y le anime. Y así como en el amigo, aun el mejor, temería quizá al rival, al envidioso, en la esposa tiene a la única persona que, después de la madre, pueda, siquiera sea a escondidas, guiarlo y refrenar acciones inconsideradas. Pensamientos inquietos y turbios, una vez confiados a ella, vuelven a él como serenados y ennoblecidos.

A QUIEN CORRESPONDE LA SUPERIORIDAD
De todo cuanto hemos dicho nos ha parecido evidente que la mujer no es inferior al hombre.
Por otra parte, no podemos olvidar que el hombre es la cabeza de la familia. Dios lo anunció a Eva: "Estarás debajo de tu marido y él tendrá dominio sobre ti". (Gen., III, 16), y San Pablo lo repite en sus cartas. No impide esto que el hombre no tenga que ser amoroso para con aquella que le está sujeta, porque también el mismo San Pablo recomienda a los maridos amar a sus esposas como a sí mismos, como Cristo amó a su Iglesia. 
¿Qué vínculo, pues, hay más sublime que éste?
La mujer, si de veras ama, estará muy contenta de someterse y confiarse en todo a su marido, pero en realidad ella lo domina con su afecto. 
Por esta razón, ni el hombre debiera despreciar jamás a su compañera, ni la mujer creerse superior al hombre, queriendo competir con él en lo que no es su esfera específica, masculinizándose y, por ahí, perdiendo el suave aroma de femenidad.

DONDE Y COMO DESPLIEGA LA MUJER SU ACTIVIDAD
Si la actividad particular de la mujer es diversa de la del hombre, no por eso es menos importante. La influencia benéfica que puede ejercer sobre sus familiares y sobre cuantos con ella viven, los consejos que puede dar al marido, la educación de los hijos, son todos ellos elementos de grandísima importancia en la vida del hombre.

* *
Tú debes reconocer y apreciar los tesoros que Dios y la naturaleza te han dado para poderlos hacer fructificar adecuadamente. Acrecienta, pues, tus dotes marcadamente femeninos: la dulzura, la sumisión, la paciencia, y empléalo en beneficio de los demás, y así —ora hayas escogido un camino o hayas seguido otro quizás más dificultoso y áspero— estarás contenta y harás felices también a los que te rodean infundiendo amor y respeto.
Massimiliano Mazzel
AMOR Y ALEGRIA

miércoles, 28 de marzo de 2012

La sencillez

     Una de las más amables virtudes de la juventud es la sencillez del corazón y del espíritu.
     La sencillez no es ni la ingenuidad, ni la credulidad; es la cualidad de una alma enteramente recta, sin ostentación, sin rodeos; está hecha de confianza, de humildad y de modestia.
     El joven que no es sencillo, se traiciona por una cierta preocupación del efecto, y por ese esmero afectado que se llama la "pose".
     Es atildado, forzado, remilgado; quiere parecer un hombre; quiere pasar por algo, por alguno.
     Tiene pretensiones de inteligente, de científico; razona, discute, y su débil espíritu, todavía entenebrecido de tanta ignorancia, no se inclina ante las más santas verdades más que después de haberlas debatido, discutido.
     ¡Ay! Esa alma tiene orgullo y la duda no tardará mucho —lo temo— en sembrar sus ruinas.
     Tú, hijo mío, sé sencillo como la paloma; no busques imponerte a los demás; sé todo igual, y que tu rostro y todo tu ser reflejen la sinceridad de un corazón recto.
     Sobre todo, guarda la feliz sencillez de tu espíritu. Yo siempre he notado que las almas leales y Cándidas tienen una facilidad extraordinaria en comprender la verdad: su juicio es naturalmente justo, y tienen una visión exacta de las cosas, porque, dice el Evangelio, su ojo es puro.
     De ahí procede ese buen sentido imperturbable de las gentes humildes sin letras, ignorantes pobres que a menudo conocen y comprenden a Dios mejor que nosotros.
     Sé, pues, sencillo de espíritu y de corazón; un instinto infalible te preservará del error y del sofisma, y raramente te equivocarás en las cosas esenciales para el bien de tu alma.
     Sé sencillo como el niñito que Nuestro Señor puso de ejemplo a sus discípulos, deciéndoles: "En verdad os digo, si no os hacéis semejantes a este pequeño, no entraréis en el reino de los cielos"
     Sé sencillo, y te elevarás fácilmente hacia Dios, porque, así como lo dijo el autor de la Imitación: ¡La sencillez es una de las dos alas con las que el hombre se eleva sobre la tierra!

MARTIRIO DE LOS SANTOS SANTIAGO Y MARIANO Y OTROS MUCHOS, EN NU MI DI A, BAJO VALERIANO


Las actas del martirio de los santos Santiago y Mariano delatan—dice Ruinart—su sinceridad en la simple lectura. Un anónimo cristiano, amigo de los mártires y testigo de los hechos, relata los incidentes varios del martirio. La escena se desenvuelve primero en Cirta, ciudad de Numidia, y luego en Lambesis, capital de la provincia y residencia del legado imperial. Éste, que las actas no nombran, era C. Macrinius Dacianus, que combatió la rebelión de las kabilas africanas y estaba en su cargo en 260. Ésta debe ser la fecha de los martirios.
I. Cuantas veces los mártires beatísimos de Dios omnipotente y de su Cristo encargan modestamente algo a sus íntimos amigos en el momento en que se apresuran a las promesas del Reino, es que se acuerdan de la humildad, que en las cosas de la fe es ordinario fundamento de mayor grandeza. Y así, cuanto más modestamente pidieron, con tanta más eficacia obtuvieron. A mí me dejaron el regalo de proclamar su gloria dos nobilísimos testigos de Dios: Mariano, uno de nuestros más queridos hermanos, y Santiago, ambos, como sabéis, unidos íntimamente conmigo, no sólo por la común religión de nuestro bautismo, juramento de nuestra espiritual milicia y compañía de vida, sino por domésticos afectos. Los que tan sublime combate habían de acabar contra las furiosas persecuciones del siglo y las acometidas gentiles, nos dieron orden de que fuéramos nosotros quienes hiciéramos llegar a noticia de nuestra fraternidad la batalla en que, por impulso del Espíritu celeste, entraron. Y que no es que tuvieran ellos personal deseo de que la gloria de su corona se pregonara jactanciosamente por la tierra, sino que la muchedumbre del pueblo de Dios se animara, con las pasadas experiencias, al seguimiento de los ejemplos de fidelidad. Y no sin motivo me encargó lo mismo la familiar confianza a mi, que habia de relatar su martirio. Familiar confianza, digo, porque ¿quién puede dudar que nos uniera comunidad de vida durante la paz, cuando el tiempo de la persecución nos sorprendió viviendo juntos con indivisible amor?

II. El hecho fue que nos dirigimos a la Numidia juntos, como siempre antes, emprendiendo el camino en buena e inseparable compañía. Este viaje me llevó a mí a prestar un servicio de fidelidad y piedad, que siempre deseara; a ellos los condujo ya al cielo. Y fue así, que llegaron a un lugar, llamado Muguas, próximo a la colonia de Cirta, ciudad en que, entonces señaladamente, por el ciego furor de los gentiles y a mano armada, por obra de los soldados del officium o audiencia territorial, se levantaban hinchadas e impetuosas, como en un mar del siglo, las olas de la persecución, y con hambrientas fauces la rabia del diablo enemigo ansiaba poner a prueba la fe de los justos. Mariano y Santiago, mártires beatísimos, tuvieron por señal certísima, y tan ardientemente deseada, de la divina dignación para con ellos el hecho de haber llegado en tan oportuno momento a una tierra en que, con más furia que en ninguna otra, se había desencadenado la tormenta de la persecución, y entendieron que fue Cristo mismo quien había dirigido sus pasos al lugar de la corona. Y, en efecto, el furor del sanguinario y obcecado presidente hacía buscar a todos los amados de Cristo por medio de escuadrones de soldados. Y su insana crueldad no se cebaba sólo en los que, firmes en las anteriores persecuciones, vivían libremente para Dios, sino que la mano insaciable del diablo se extendía también a los que, desterrados hacía tiempo, mártires ya, si no por la sangre sí por la voluntad, les había coronado la feroz locura del presidente.

III. Entre ellos, fueron llamados del destierro, para ser traídos ante el presidente, los obispos Agapio y Secundino, ambos dignos de encomio por su espiritual amor, el segundo también por la santidad de su pureza carnal. Fueron traídos, digo, no como les parecía a los gentiles, de un castigo a otro castigo, sino de una gloria a otra gloria, de un combate a otro combate, a fin de que quienes predicando el nombre de Cristo habían, sometiéndolos a Él, arrancado los cautivos de las pompas del siglo, pisotearan también, con el valor de consumada fidelidad, los aguijones de la muerte. Ni era posible que tardaran en alcanzar la victoria en la lucha terrena aquellos a quienes Dios tenía ya prisa por llevarlos consigo. Y sucedió, hermanos, con Agapio y Secundino, que pasaron de un ilustre episcopado a la gloria del martirio, durante el viaje que hicieron camino del lugar de la bienaventurada batalla de su pasión—viaje debido, al parecer, al temporal poder del presidente, pero en realidad a la elección de Cristo—; sucedió, decimos, que los
mártires aceptaron de paso nuestra hospitalidad. Y era tal el espíritu de vivificación y gracia que los animaba,.que a tan santos y preclaros testigos de Dios les resultaba poco destinar ellos su preciosa sangre al martirio si no hacían también a otros mártires por la inspiración de su fidelidad. Era tan grande la caridad y amor a los hermanos que, aunque callados pudieran edificar nuestra fe con los ejemplos de un valor tan abnegado y constante, sin embargo, mirando a afianzar más ampliamente nuestra constancia, nos hicieron gracia de su saludable instrucción, que cayó sobre nosotros como un rocío. Y, en efecto, no era posible callaran los que ya contemplaban al Verbo de Dios. Ni es de maravillar que en aquellos pocos días tan largamente animara las almas de todos nosotros su saludable instrucción, pues en ellos, con el esplendor de su gracia, fulgía ya Cristo por la proximidad de su martirio.

IV. En fin, al marchar Agapio y Secundino, de tal modo dispuestos por su ejemplo y enseñanza dejaron a Mariano y Santiago, que bien pronto los habían de seguir por el camino en que tan recientes huellas quedaban señaladas. Y, en efecto, apenas habían pasado dos días, y ya la palma del martirio venía a buscar a nuestros queridísimos Mariano y Santiago. Y no vino a prenderlos, como en otras partes se acostumbra, uno o dos soldados de la guarnición permanente, sino no menos que un centurión. Y fue así que se presentó todo un escuadrón armado y una desaforada muchedumbre ante la casa de campo en que nos alojábamos, bien así como si trataran de cercar una famosa fortaleza de la fe. ¡Oh invasión para nosotros deseable! ¡Oh miedo feliz y digno de júbilo! Efectivamente, el solo motivo de invadirnos fue que la justa sangre de Mariano y Santiago había de cumplir la dignación de Dios. Venidos a este punto, hermanos amadísimos, apenas nos es posible frenar el gozo acumulado. No hacía más de dos días que abrazábamos a los que marchaban a terminar su vida por el martirio, y aun teníamos con nosotros a otros que habían también de ser mártires. La hora de la divina dignación, ya muy cercana, los venía a buscar con soberana fuerza, y aun a nosotros nos cupo alguna parte de la gloria de nuestros hermanos, pues también fuimos conducidos de Muguas a la colonia de Cirta. Ibamos nosotros delante y nos seguían nuestros amigos carísimos, elegidos para la palma del martirio, guiándolos el amor que nos tenían y la ya madura dignación de Cristo. Y así, por maravilloso modo y cambiado el orden de marcha, iban detrás los que habían de precedernos en el viaje. En fin, no hubo lugar a larga dilación, pues al exhortarnos a nosotros con exaltación de júbilo, ellos mismos se delataron como cristianos. Luego, como al ser interrogados perseverasen en la valentísima confesión del nombre de Cristo, fueron metidos en la cárcel.

V. Entonces fueron sometidos a numerosas y crueles torturas por mano de uno de los soldados de guarnición, que tenía oficio de verdugo de los cristianos, empleando además, para ayuda de su crueldad, a los magistrados de los centuriones y de Cirta, es decir, a los sacerdotes del diablo: como si con el desgarramiento de los miembros se pudiera quebrantar también la fe de quienes nada se les importa de su cuerpo. Por cierto que Santiago, que se había distinguido siempre por el valor de su fe, como quien ya una vez había salido vencedor en la persecución de Decio, no sólo tuvo a gloria declararse cristiano, sino diácono; a Mariano, en cambio, el haberse declarado sólo lector, como efectivamente lo era, fue causa de que se le sometiera a tormento. ¡Y qué tormentos aquellos, qué nuevos! ¡Qué suplicios tan exquisitamente inventados por el envenenado talento del diablo, ducho en las artes de derribar de la fe! Colgaron a Mariano para azotarle, y fue tal la gracia que asistió al mártir mientras le desgarraban que, atormentado, el mismo sufrimiento le exaltaba. Ahora bien, la cuerda que le sujetaba colgado no se la ataron a la muñeca, sino a la punta de los pulgares, con la deliberada intención de que sufrieran más al tener que sostenerse todos los otros miembros en la delgadez de los dedos. Además, le añadieron a los pies enormes pesos, para que distendido de una y otra parte y deshechas por la convulsión sus entrañas, el cuerpo entero estuviera colgado de unos nervios suyos. Pero nada lograste contra el templo de Dios, contra el coheredero de Cristo, gentílica crueldad. Pudiste colgar sus miembros, machacarle sus costados, arrancarle sus entrañas; mas nuestro Mariano, puesta en Dios su confianza, cuanto era más atormentado en su cuerpo, tanto más se crecía en su alma. Vencida, en fin, la fiereza de los atormentadores, alegre sobremanera por su triunfo, de nuevo se le mete en la cárcel, y allí, juntamente con Santiago y los otros hermanos, celebró con frecuente oración el gozo de la victoria por el Señor alcanzada.

VI. ¿Qué décís ahora, gentiles? ¿Créeis que los cristianos sienten las penalidades de la cárcel y se espantan de las tinieblas en que el mundo los encierra, ellos, a quienes aguarda el gozo de eterna luz? El espíritu que, con fiel esperanza de la gracia que le acorre, se abraza íntimamente con los cielos, no está presente a sus propios sufrimientos. Podéis buscar una morada oculta y recóndita para vuestros suplicios, durísimos horrores de un antro caliginoso, una casa de tinieblas; para los que en Dios confían no hay lugar tenebroso, no hay tiempo que sea triste. A los consagrados a Dios Padre, noche y día los socorre la fraternidad de Cristo.
El hecho es que, después de toda aquella tortura de su cuerpo, Mariano quedó dormido en profundo sueño, y él mismo, al despertar, nos contó lo que la divina dignación quiso mostrarle para afianzar su confianza de salvación.
"Me fué mostrado, hermanos—nos dijo—, la cúspide sobremanera elevada de un tribunal excelso y blanco, donde había sentado un hombre que hacia oficio de juez. Había allí un estrado, no a modo de tribuna baja, a la que se subiera por un solo escalón, sino ordenada por una serie de escalones y de subida muy alta. Allí pasaban, una a una, las varias clases de confesores, y el juez los sentenciaba a ser pasados a filo de espada. En aquel momento oigo una voz clara y retumbante, que decía: "Que pase Mariano." Yo iba subiendo a aquel estrado, cuando he aqui que de repente se me apareció Cipriano, sentado a la derecha del juez, y me tendió la mano y me levantó al estrado, y sonriendo me dijo: "Ven, siéntate a mi lado." Y sucedió que fueron oídos otros confesores, estando yo también de asesor. Por fin, se levantó el juez, y nosotros le acompañamos al pretorio, residencia suya. De camino, tuvimos que atravesar unos amenos prados y verdes bosques vestidos de alegre fronda; allí los cipreses, que sombreaban el paraje, se levantaban a lo alto y los pinos parecían tocar con su copa el cielo. Todo el lugar diríase coronado de un verde cerco de bosques. Y todo un lago, alimentado por una fuente cristalina en medio de él, que manaba a borbotones, vertía fuera sus aguas redundantes. Y he aquí que de pronto el juez desapareció de nuestra vista. Entonces Cipriano tomó la copa que estaba en el margen de la fuente, y habiéndola llenado de los chorros de la fuente, la agotó. Llenóla nuevamente y me la alargó a mí, y bebí de muy buena gana. Y como diera a gritos gracias a Dios, mi voz misma—nos dijo—me despertó, y me levanté."

VII. Entonces se acordó Santiago que también a él le significó esta corona del martirio una visión que le concedió la dignación divina. Y fue así que días antes, cuando Mariano y Santiago, y yo con ellos, viajábamos en el mismo vehículo, que era una carroza, por entre aquellas fragosidades del camino, le tomó un maravilloso y profundo sueño, casi en pleno medio día. Despertado a nuestras voces y vuelto completamente en sí:
—He sufrido—nos dijo—, hermanos, una perturbación, pero no sin gozo mío, y aun vosotros debéis alegraros conmigo. Acabo de ver—prosiguió—a un joven de inexplicable y sobrehumana grandeza. Iba vestido de una túnica, que irradiaba tan blanca luz que no era posible lijar en ella los ojos. Sus pies no pisaban la tierra y su rostro se perdía entre las nubes. Al pasar, este joven dejó caer en nuestro seno dos fajas de púrpura, una para ti, Mariano, y otra para mí, y dijo: "Seguidme pronto."
¡Oh sueño, más poderoso que todas las vigilias! ¡Oh sueño, en que felizmente duerme el que está por la fe despierto! Sueño que sólo adormece los miembros terrenos, pues solamente el espíritu es capaz de ver a Dios. ¡Qué júbilo, qué sublime exaltación es de creer dominó el alma de unos mártires que, habiendo de sufrir por la confesión del Nombre Santo, tuvieron la suerte de oír antes a Cristo y ver cómo en cualquier tiempo se presenta Él a los suyos! No fue obstáculo alguno el traqueteo del vehículo -en plena marcha, ni la hora del medio día en toda la fuerza del calor del sol. No hubo que esperar el secreto de la noche. Para nuevo género de gracia concedida a su mártir, eligió el Señor nuevo tiempo de visión.

VIII. Y no se limitó a uno que otro esta dignación de Dios. Emiliano, que entre los gentiles pertenecía al orden ecuestre, era uno de nuestros hermanos presos, que había llegado casi a los cincuenta años de su edad en estado de continente. En la cárcel multiplicaba sus ayunos y se daba a la continua oración, único alimento, junto con la divina Eucaristía, con que pasaba de un día a otro. Éste, pues, reclinándose para dormir, a medio día, tuvo una visión, cuyos secretos nos reveló apenas despertó:
"Habiéndome sacado—nos dijo—de la cárcel, se me presentó un gentil, que me pareció era mi propio hermano carnal. Éste, curioso por saber de nuestras cosas, me preguntó en tono de burla qué tal nos iba entre las tinieblas y hambre de la cárcel. Yo le respondí:
—Los soldados de Cristo, aun entre tinieblas, gozan de clarísima luz, y en el ayuno gustan un manjar que los sacia, que es la palabra de Dios.
Oyendo esto, me dijo:
—Sabed que todos los que estáis en la cárcel, si os obstináis en confesaros cristianos, sufriréis la pena capital.
Yo, que me temía no se hubiera él, por su cuenta, inventado una mentira y quisiera jugar con nosotros, quise asegurar una noticia objeto de todos mis votos.
—¿De verdad—le dije—vamos todos a sufrir el martirio?
Y él, reafirmándose en lo dicho:
—La espada—dijo—y la sangre están para vosotros inuy cerca. Mas quisiera saber si a todos vosotros, que así despreciáis la muerte, se os darán premios distintos o iguales en el reparto celeste.
A lo que yo respondí:
—No me siento capaz de dar sentencia sobre tamaña cuestión. Sin embargo—le dije—, levanta por un momento los ojos al cielo; ahí tienes una muchedumbre incontable de estrellas que brillan. ¿Acaso todas brillan con igual gloria de luz? Y, sin embargo, todas tienen luz.
Aún no quedó satisfecha su ansiedad, y siguió preguntando :
—Pues si, por lo visto, hay alguna diferencia, ¿quiénes de vosotros son los que mejor se ganan la benevolencia de Dios?
—Dos hay de ellos—le respondí—cuyos nombres no hay por qué dártelos a ti, pero que los sabe Dios muy bien.
Como aun siguiera insistiendo y molestándome con sus preguntas:
—Pues son—le dije—aquellos que cuanto es más difícil y más raro que venzan, tanto son más gloriosamente coronados. Por ellos está escrito: Con más facilidad entrará un camello por el ojo de una aguja, que un rico en el reino de los cielos (Mt. XIX, 24).

IX. Después de estas visiones, habiendo morado unos días en la cárcel, los sacaron en público con intención de remitirlos al legado imperial, por orden del magistrado de Cirta, que los honraba con el informe de la confesión de la fe y los enviaba ya medio condenados a muerte. En el momento de partir, uno de nuestros hermanos atrajo sobre sí las miradas de todos los gentiles, pues por la gracia de su próxima confesión de la fe, Cristo parecía irradiar ya en todo su rostro. Preguntáronle turbulentamente y con ánimos exaltados si profesaba la misma religión y nombre que los mártires, y él se apresuró, con prontísima confesión de su fe, a juntarse en tan dulce compañía. De este modo, los bienaventurados mártires, con sus meros expedientes, mientras ellos se preparan para el martirio, conquistan para Dios nuevos testigos. En fin, remitidos al presidente, tuvieron que hacer de prisa, si bien con placer de ellos, un trabajoso y dificil viaje. Llegados a la residencia del legado imperial, la cárcel de Lambesis, que ya por dos veces habían conocido, por dos veces usado, les dió nuevamente acogida. Porque ya sabemos que los gentiles no tienen otro hospedaje para los cristianos.

X. Entre tanto, y durante muchos días, numerosos hermanos nuestros eran enviados al Señor por la efusión de su sangre, y la rabia del furioso presidente, ocupada en tan enorme carnicería de laicos, parecía no poder llegar a sacrificar a Mariano y Santiago y a los otros clérigos. Porque es de saber que la artera crueldad había separado los grados de nuestra religión, pues pensaba que los laicos, separados de los clérigos, habían de ceder fácilmente a las tentaciones y terrores del siglo. Así, pues, nuestros carísimos y fidelísimos soldados de Cristo, Mariano y Santiago, y los otros miembros del clero empezaron a sentir un poquillo de tristeza, al ver que los laicos terminaban con tanta gloria sus combates y a ellos se reservaba tan lenta y tardía victoria.

XI. Agapio hacía ya tiempo que, consumado su martirio, había alcanzado la perfección de los misterios de fidelidad. Por cierto que teniendo el obispo consigo a dos niñas, llamadas Tertula y Antonia, a las que amaba con cariño de hijas, pedía insistentemente a Dios que se dignara concederles con él la gracia del martirio, y obtuvo por sus méritos que en una revelación le dijera el Señor, dándole certeza de haber sido oído: "¿A qué pides tan asiduamente lo que ya con una sola oración has merecido?" Este Agapio, pues, se apareció en la cárcel a Santiago durante el sueño. Porque es el caso que en el momento mismo del martirio, cuando estaba esperando la llegada del verdugo, dijo Santiago:
—En hora buena voy a juntarme con Agapio y tomar parte en el banquete de los otros bienaventurados mártires. Porque esta noche pasada — prosiguió—vi a nuestro Agapio, más alegre que cuantos, junto con nosotros, habían estado encerrados en la cárcel de Cirta, que celebraba un banquete solemne, en que todo era alegría. A este banquete se nos arrebató a mí y a Mariano, como si fuéramos a asistir a un ágape llevados del espíritu de amor y caridad, cuando nos salió corriendo al encuentro un niño, que reconocimos ser uno de los dos gemelos que dos días antes habían padecido el martirio junto con su madre. Llevaba el niño al cuello una guirnalda de rosas y una palma, muy verde en su mano derecha y...
—¿A qué os apresuráis?—nos dijo—. Alegraos y regocijaos, pues mañana cenaréis también vosotros en nuestra compañía.
¡Oh dignación de Dios, grande y preclara para con los suyos! ¡Oh piedad verdaderamente de padre, de Cristo Jesús Señor nuestro, que tan largos beneficios concede a sus amigos, antes de regalarlos con los dones de su clemencia, se los declara! Había brillado el día primero después de la visión, y ya el presidente con su sentencia estaba sirviendo a las promesas de Dios; sentencia de muerte que, juntándolos por fin gloriosamente con los patriarcas, sacó de las angustias del siglo a Mariano, a Santiago y a los otros clérigos. Fueron, por fin, conducidos al lugar de la corona, situado en medio del valle de un río cuyas márgenes se levantan a una y otra parte en suave pendiente, y más allá, un alto ribazo parecía dispuesto para graderías de un anfiteatro. El cauce del río recibía la corriente o riachuelo de la sangre bienaventurada. De este modo se dió allí el simbolismo de uno y otro sacramento, pues se bautizaban en su sangre y se lavaban en el río.

XII. Allí eran de ver los maravillosos y exquisitos atajos de la crueldad. Porque era el caso que todo un pueblo numeroso de cristianos ceñía la mano y la espada del verdugo que había de caer sobre tantas cervices, y la ferocidad, artífice en semejante menester, fue disponiendo en filas a verdaderos escuadrones de ellos, con el fin de que el golpe del sacrilego ejecutor fuera recorriendo, como llevado por insano furor, los piadosos cuellos. Con este expediente lograba también el verdugo quitar algo de su horror a aquel sangriento y bárbaro espectáculo, pues de estar fijo en un lugar hiriendo gente y más gente, el montón de cadáveres hubiera sido inmenso y el mismo cauce del río, colmado con tanta carnicería, hubiera negado espacio para recibirlo. Entonces, en el momento en que iba a caer el golpe de la espada -velaron, según costumbre, los ojos a los cristianos; pero no hubo tinieblas capaces de oscurecer la vista de su alma libre, sino que la iluminó un largo e inestimable resplandor de la luz sin medida. Y así, muchos de los mártires, aunque a sus ojos no llegaba la luz de fuera, decían a los hermanos que estaban junto a ellos y los asistían estar gozando entonces de maravillosas visiones: caballos que bajaban del cielo deslumbrantes de nivea blancura, montados por jóvenes vestidos de blanco. Y no faltaron de entre los mismos mártires quienes confirmaron por oídos la relación de sus compañeros, pues decían percibir los relinchos y pisadas de los caballos. Allí, Mariano, lleno ya de espíritu profético, confiada y valientemente, proclamaba la pronta venganza de la sangre inocente, y como si se hallara ya en la cumbre del cielo, anunciaba las varias plagas con que había de ser azotado el mundo: peste, cautiverio, hambre, terremotos, venenos atormentadores de cynomias o moscas de perro. Con esta predicción, la fe del mártir no sólo desafiaba a los gentiles, sino que parecía tocar para los hermanos anticipadamente el clarín de la batalla e infundíales vigor para imitar el valor de los que les precedían, a fin de que, entre tantas calamidades del mundo, los justos de Dios arrebataran la ocasión de morir tan gloriosa y santamente.

XIII. Terminada la ejecución, la madre de Mariano, con gozo que evocaba el de la madre de los Macabeos, segura ya de su hijo, que acababa de sufrir el martirio, no sólo felicitaba a su propio hijo, sino a sí misma por ser madre de aquella prenda. Abrazaba con el cadáver de su hijo la gloria de sus entrañas y con piadosa devoción besaba a menudo las heridas mismas de su cuello. ¡Oh tú, con razón feliz, María! ¡Oh tú, bienaventurada, tanto por tu hijo como por tu nombre! ¿Quién puede creer que no cuadre la felicidad de tan hermoso nombre en una madre a la que así honró el fruto de sus entrañas? Inestimable, por lo demás, es la misericordia de Dios omnipotente y de su Cristo para con los suyos, pues a los que confían en su nombre no sólo los conforta con la dignación de su gracia, sino que los vivifica con la redención de su sangre. ¿Quién, en efecto, podrá con digna estimación medir sus beneficios? Él, con paterna misericordia, está siempre trabajando porque llegue a nosotros lo que la fe nos dice es preciso se pague de la sangre de nuestro Dios.

A Él sea la gloria y el imperio por los siglos de los siglos. Amén.

martes, 27 de marzo de 2012

Advertencias a los padres para dar el estado mas conveniente a sus hijos.

Los cuidados y desvelos de los buenos padres con sus hijos comienzan desde que se conciben, y se aumentan hasta después de su muerte. Siempre van de aumento con el tiempo, y jamas están sin un ay, porque siempre temen lo peor que les puede suceder. Cuando los tienen con salud, temen no se les enfermen; y cuando se les enferman, temen no se les mueran; y en todo teme el sabio, dice el Espíritu Santo (Eccli., XVIII, 27).
Dice la doctrina cristiana, que los padres están obligados á dar estado a sus hijos, y que el estado no sea contrario a la decente voluntad de los hijos. Aquí hay dos puntos principales muy distintos: el primero es, que el hijo sea quien elija el estado: el segundo es, que sea el padre el que lo disponga. La materia es gravísima, dice el docto Lesio; y los yerros son pecados de consecuencia, porque se extienden sus defectos hasta el fin de la vida.
Los padres que violentan a sus hijos para que tomen el estado contra su voluntad decente y honesta, pecan mortalmente, y en esto no hay duda. De los padres que violentan a las hijas para ser monjas, hablaremos después, desengañándolos, que están excomulgados y malditos como Judas. No es la potestad de los padres para ruina y perdición de sus hijos, sino para su mayor conveniencia temporal, y edificación de sus almas, como de su potestad lo dijo san Pablo (II Cor., XIII).
Deben atender los padres a la vocación de sus hijos, para darles estado. Asilo hacian los advertidos atenienses cuando se llegaba el tiempo mas oportuno para dar estado a los jóvenes de su república, que atendían mucho a lo que cada uno se inclinaba, y según su inclinación le daban el estado. Por esto se criaron hombres tan grandes en todas las artes mecánicas y liberales, que fueron el asombro del mundo.
Si los padres inconsiderados lo hacen al contrário por sus fines particulares, violentando injustamente a sus hijos, y dándoles el estado contrário a su propia vocacion; de ese mal principio si; originan los desconsuelos, se agravan las impacientes amarguras, se repiten los arrepentimientos, se multiplican los pecados, y tal vez después de una vida amarga y desconsolada, que es peor que la muerte, como dice el Espíritu Santo, se sigue una condenación eterna, para acabarlo de perder todo (Eccli., XXX, 7).
Muchos estaran en el infierno por haber sido eclesiásticos, que estarian en el cielo si hubieran sido seculares y casados. Otros se perderan en el estado secular, que consagrados a Dios, hubieran vivido como unos ángeles. Muchos casados arderán en eternas llamas, que si hubieran sido religiosos, estarían en inmensas glorias. En todos los estados de la Iglesia católica se pueden salvar los hombres: el punto peligroso consiste en que la criatura no yerre el estado para que Dios le llama. Por esto el insigne patriarca san Ignacio encomendó tanto este punto principal de seguir cada uno la divina vocacion (S.Ignat. I. Exer. die 10).
Séneca, siendo gentil, alcanzó esta verdad con la luz natural, y dijo, que el mayor mal de los hombres consistía en gobernar la elección de su estado por motivos indignos, sin atender a la razón sólida, que vence al entendimiento limpio y desapasionado. De este mal principio se siguen tantos y tan graves inconvenientes, dice este filósofo, que unos sobre otros van cayendo amontonados, y cargan como de tropel, que sofoca a muchas criaturas infelices.
No es pecado, sino virtud y prudencia, el encaminarlos padres a los hijos al estado mas perfecto, dejándoles siempre su libertad cumplida para que sigan la vocacion santa que Dios les diese, esto no es pecado; pero sí lo será, cuando el padre, por sus propias conveniencias, por su interes particular tuerce la voluntad decente de sus hijos, que explicada ya bastantemente a una cosa determinada, pase el padre a porfía con sus instancias y ruegos, explicando su dolor y sentimiento de la elección del hijo con gestos y ceños enfadosos, que le hacen vencer al hijo, y seguir el dictamen de su padre, no por voluntad, sino porque no le basta el ánimo para la resistencia.
Lo que sucede en tales casos es, que por entónces el hijo pasa y calla por no disgustar a su padre, fuerte de condición; pero como la vida humana está expuesta a tantas pesadumbres y molestias, a los primeros combates se acaba muchas veces la paciencia corta, y se destempla el afecto, y mas la lengua del hijo contra su padre, que le violentó su voluntad, y así lo dice a boca llena; y en aquel estado no le hace el pan provecho, y de dia en dia va de mal en peor, verificándose la sentencia práctica del filósofo, que dijo: no hay violento perpétuo: Non est violentum perpetuum. Cuando asintió con su padre, fué vencerse, y aquella voluntad violenta no podia durar.
Veamos otra desventura en este caso práctico. Piensa un padre codicioso, que si su hijo se hace sacerdote, le entrará una renta pingüe en su casa. El hijo se explica bastantemente, que no tiene vocacion de sacerdote: insta demasiado el padre, y el hijo, por no bastarle el ánimo para resistirse mas, conviene con su padre, y se ordena. Comienza la batería del demonio y de sus pasiones torpes, y el jóven infeliz, enfadado con el estado que no quería, se arroja precipitado al camino del infierno: él se condenará pero no estará libre su mal padre. Léase la profecía de Ezequiel (XXXIII, 20, cum antec.)
Aun los bienes temporales, que vencieron la condición de su avariento padre, no se verán bien logrados, porque lo mal ganado se lo lleva el diablo, como dice el adagio común; pero con mas decencia se dice, que Dios lo quita a quien lo tiene sin pertenecerle y sin merecerlo. Las haciendas y riquezas de lndias, y las que se hacen en las casas de los seglares de los bienes de las iglesias, regularmente son mal afortunadas, y duran poco: Substantia festínata minuetur, dice el Sabio.
Otros padres avarientos y codiciosos se tienen sin casar a los hijos, hasta que se hacen viejos, porque nada les viene bien, como sea gastar. Los hijos así detenidos (ni mozos ni casados) se desconsuelan mucho, y no suelen tener las casas con estas violentas detenciones felices progresos. El Espíritu Santo dice, que los padres no les den potestad superior a los hijos en el tiempo de su vida, mas no dice que no los casen; y bien pueden casarlos sin dejarlos superiores a sus padres, sino con la debida y justificada dependencia y sujeción respetuosa que deben tener siempre los hijos a sus padres que les dieron el ser.
Otros padres indignos encaminan sus hijos espúreos y bastardos a la Iglesia, y a las religiones, queriendo que el patrimonio de Cristo les desempeñe las naturales obligaciones que contrajeron con sus vicios y pecados. Un sagrado texto dice: Spuria vitulamina non dabunt radices altas (Sap., IV, 3; Deut., XXIII, 2); y los tales quieren para la Iglesia y para las religiones lo que les hace embarazo en su casa. La Iglesia católica del Señor ya ha tomado la debida providencia sobre esta grave materia. Suelen decir, que si no tienen voeacion, que la tengan; pero los prelados les responderán: verdad es, no hay regla general sin excepción; para el sano consejo tiene Dios nuestro Señor a los hombres doctos y virtuosos en este mundo.
Otros padres temerarios les quitan la santa vocacion a los hijos, embarazándoles que sean religiosos; y aun los sacan de los noviciados de la religión con várias astucias. A semejantes padres los trata el dulcísimo san Bernardo como se merecen, llamándolos impíos, crueles y tiranos. Indignos son, dice el santo, de que se llamen padres: mas bien merecen el título de bárbaros insipientes, sin Dios, y sin conciencia, pues tan mal llevan el que sus hijos se aparten de un engañoso mundo, y busquen a su Dios y Señor.
El doctor máximo de la Iglesia san Jerónimo dice a tales hijos venturosos, que si Dios los llama para el sagrado de la religión, y su padre se les pone postrado en el camino, cerrándoles el paso, pongan el pie sobre su padre, y le pisen, y pasen adelante, siguiendo la vocacion de Dios, que es primero que su padre terreno.
A semejantes padres inconsiderados les han de decir sus hijos con mucho respeto y atención, lo que dijo el príncipe de los apóstoles san Pedro a los escribas y fariseos cuando le mandaban que no predicase el nombre de Cristo; y el sagrado apóstol les dijo, que considerasen si era ántes obedecer a Dios, que a los hombres, y con esto prosiguió el valeroso ministro del Señor en hacer la voluntad del Altísimo, sin atención ni temor de los hombres contrarios a su santa vocacion. (Act., IV, 19 cum. antec.) Esto han de hacer los hijos con sus padres que les embarazan el estado santo de religiosos por sus intereses mundanos; pero nada hagan sin consejo sano.
Con los hijos infelices que los padres temerarios sacaron de las religiones, han sucedido frecuentes casos muy fatales, de que están llenas las eclesiásticas historias. Uno bien trágico y desgraciado refiere entre sus muchos ejemplos raros el padre Alejandro de Faya, que sucedió en España, y es de un padre tirano que sacó a un pobre hijo de religión por sus intereses temporales; pero el Altísimo Dios, ofendido de la bárbara temeridad de tan indigno padre, le llenó su casa de fatales desventuras, las cuales llegaron a tal extremo, que el hijo mató a su padre, y a él le puso la justicia en la horca afrentosa.
Los hijos que no tienen vocacion de religiosos, y se quedan en el siglo para tomar estado de matrimonio, sean muy atentos a sus padres, y no se dejen arrebatar de sus pasiones particulares, intentando casamientos indignos; porque pecarían mortalmente si pusiesen grave mácula en su linaje con grande perjuicio de sus hijos, si les diesen tal madre, que por ella perdiesen hidalguía y nobleza natural de su padre. (Doet. com.)
No prosperan los hijos desatentos, que contra la voluntad de sus padres se quieren casar indignamente. Esto se vió comprobado en los dos hijos del patriarca Isaac, que eran Jacob y Esaú. El hijo bueno, que fue Jacob, se casó conforme a la voluntad de sus padres, y prosperó mucho en los bienes espirituales y temporales; pero el hijo malo se casó a su voluntad, y contra la de su santo padre, y siempre fue infeliz (Gen., XX, 8 et seq.)
Desmerece tanto un hombre honrado con un indigno casamiento, que no merece ser contado con los insignes varones de su progenie. Por esto dice el gran padre san Hilario, que se dejaron de poner entre los progenitores de Cristo Señor nuestro los que se casaron indignamente con mujeres gentiles (Sanctus Hilarius, in Matth., i). Considérese el gravísimo daño que se hicieron a sí mismos con sus indignos casamientos, buscándose mujeres de distintas jerarquías, y de inferior naturaleza.
Cuando los buenos hijos se dejan con humilde rendimiento a la voluntad de sus padres para que les elijan las mujeres que han de ser sus esposas, reparen mucho los padres en no darles cosa que los hijos repugnen demasiado; y si los hijos han puesto ya su voluntad en alguna mujer que no sea muy desigual, no les desvíen a otra; porque aquel amor primero suele renovarse con perniciosos efectos. Acuérdense los padres de aquel fuego, que se convirtió en agua crasa, y despues a una rayada de sol activo, volvió a encender el agua, y se hizo tan grande fuego, que fué asombro de cuantos le vieron. (II Macab., I, 21, cum. antec.)
Tiene gran fuerza la primera voluntad; y como el estado del matrimonio lleva tantas molestias, como insinuó el apóstol (I Cor., VII, 28); aunque el hijo, rendido a la voluntad de su padre, deje su amor primero con grande facilidad, a una vista de ojos que a él le parecieron soles, se reecenderá a aquel afecto primero, que parece se habia convertido en agua fria, y se podrá levantar tan fuerte y escándaloso fuego, que abrase toda la casa y no se logre la idea mal pensada de los padres. Es peligrosísimo el atentado de torcer la voluntad de los hijos.
En caso que la voluntad propia de los hijos esté bien regulada con la de sus padres, deben estos atender a la mayor conveniencia y estimacion de mis hijos, buscándoles dignas esposas, que sean de la voluntad divina, y asi lo serán también de la mayor prosperidad para sus casas. Así lo hizo el patriarca Abrahan, para dar esposa digna, y mujer estimable a su hijo Isaac, y Dios llenó de bendiciones del cielo a las casas de los padres y de sus hijos. (Gen., XXXIV, 3 et seq.)
A los padres que han de casar al hijo, y al mismo hijo, que es el mas interesado en el acierto, y a todos juntos, les conviene rogar a Dios nuestro Señor, que no los deje errar en la elección. Digan humildes aquella perfecta oracion del Salmista: Domine Deus meus in conspectu tuo viam meam (Psalm. V, 9; et XXXVI, 23), y esperen confiadamente que el Señor los oirá benigno, y les concederá su justificado consuelo. No obstante, deben hacer todas las prudentes diligencias que les tocan; porque así también lo quiere su divina Majestad, y suple misericordioso lo que las criaturas no alcanzan.
En un libro precioso que corre en lengua portuguesa, cuyo título es: El casamiento perfecto, se ponen todas las principales condiciones que ha de tener el matrimonio, para que los contrayentes sean felices en él, y este es todo su contenido, sin extenderse a otra cosa. (Payo, de And.)
Estas deseadas condiciones que han de tener los bien casados, para que su matrimonio sea dichoso, son las siguientes:
1. Que los contrayentes sean iguales y semejantes.
2. Que se tengan amor.
3. Que el amor no sea demasiado.
4. Que no se tengan desconfianza el uno del otro.
5. Que la mujer no sea mucho mas rica que el marido.
6. Que no sean las edades muy desiguales.
7. Que la hermosura de la mujer sea decente; pero no extremada.
8. Que los genios sean mas aplicados al retiro que al esparcimiento profano.
9. Que no sean aficionados a juegos de intereses.
10. Que no sean pródigos ni avarientos.
11. Que sean devotos y virtuosos.
12. Que no amen la ociosidad.
13. Que excusen galas muy preciosas y ornamentos profanos.
14. Que las mujeres sean calladas, sufridas y pacientes.

Estos catorce artículos principales, dice el insigne portugués, hacen dichoso el casamiento. La igualdad entre los contrayentes es tan necesaria, que sin ella rara vez hay verdadera paz por lo cual dijeron los siete sabios de Aténas, que no hay desigualdad sin inquietud: Par parí jungatur conjux, etc. Y Plutarco dijo que el hombre que se casa con la señora de mayor nobleza, noi entra a ser esposo, sino vil criado, ó a vivir en un infierno. Aún las bestias desiguales no queria Dios se pusiesen bajo de un yugo, como consta de la divina Escritura (Deut., XXII, 10)
La segunda condicion de que se tengan amor, es tan necesaria, que si se aman no hallarán trabajo que les sea pesado, y en todos los contratiempos se harán inseparable compañía. Si no hay amor, el leve trabajo se hace intolerable, como dice san Agustín.
La tercera condicion de que el amor no sea excesivo, se funda en el manifiesto peligro de caer en algunos horrorosos celos; de que ya tratámos bastante en otra parte.
La cuarta condicion de que no se tengan desconfianza el uno del otro, es importantísima, y por eso la mencionó Salomon, diciendo: Confidit in ea cor virí sui; pero no ha de ser la confianza tan demasiada, que haga daño; como le sucedió al fuerte Sansón, que porfiarse de Dálila perdio la vida. También de esto hablamos en otro capitulo.
La quinta condicion es semejante a la primera; porque si la mujer es mucho mas rica que el varón, dice nuestro paisano Marcial, la mujer será el marido, y el marido la mujer. Muchos matrimonios se yerran, porque se buscan riquezas y no personas.
La sexta condicion dice, que no sean las edades muy desiguales. Sobre este punto hace el mismo Marcial unos epigramas tan chistosos, que no es fácil en nuestro idioma traducirlos, sin rozar la modestia. Joven, dice, con vieja no hacen pareja.
La séptima dice, que la hermosura de la mujer sea decente. Si es excesiva, regularmente pone al marido en muchos cuidados; y no le conviene a un hombre quieto andar con sobresaltos, dice el gran padre de la Iglesia san Juan Crisóstomo: Uxor nimis pulchra, res est suspicionis plena.
La octava, del prudente encogimiento, conduce mucho para que ni el marido éntre en recelo de la mujer por sus esparcimientos desahogados, ni la mujer imagine cosa fea de su marido, viéndole fuera de su casa muy jocoso. Esta es discreta prevención de un sabio de Grecia (Horat. sat. 1).
La nona condición es dignisima de reparo; porque la pasion del juego pierde las casas, y de dia en dia va de aumento. El poeta Juvenal dice horrores de los aficionados al juego; y si las mujeres comienzan a viciarse en esto, va todo perdido. Tal vez no hay para pagar los salarios de justicia, y se busca para el juego de la señora, sin hacerse escrúpulo de conciencia.
La décima condicion, que no sean pródigos ni avarientos, pide un medio término prudente para distinguir los tiempos, conforme lo advierte el sabio Salomon, diciendo que hay tiempo de guardar, y tiempo de gastar. La avaricia es origen y causa de muchos males (Eccli., III, 6).
La undécima, de que sean virtuosos, dice muchos bienes en uno. El Espíritu Santo dice, que es buscado con ansia el espíritu de los que temen a Dios, porque a esa noble condicion se siguen las bendiciones del cielo, y todas las prosperidades se llaman unas a otras: Spiritus timentium Deum quaeritur, etc. (Eccli., XXXIV, 14).
De la duodécima condicion, que trata de evitar ociosidad, ya tenemos hablado bastantemente en otro capítulo, como también de la trece y catorce.


En esta gravísima materia de dar estado de matrimonio los padres a los hijos, todo es poco cuanto se dice; y si Dios nuestro Señor no pone su mano poderosa para el acierto, no son bastantes las diligencias humanas para conseguirlo. Lo que se piensa acertar se yerra; y muchas veces lo que parece que se yerra se acierta. Solo Dios del cielo es bueno para casamentero. Su divina Majestad premia las virtudes del hombre justo, dándole mujer virtuosa y de sano juicio; y también castiga los vicios del hombre perdido, dándole una mujer inquieta y litigiosa para su continuo tormento. Uno y otro se halla expresamente en el sagrado texto (Eccli., XXVI, 3; et XV, 26). Dios nos asista. Amen.
R.P. Fray Antonio Arbiol
LA FAMILIA REGULADA