martes, 31 de julio de 2012

EL SECRETO DE LOS ABEJORROS

Una fábula narra lo siguiente:
Un grupo de abejorros reunidos, como tantos otros conspiradores, bajo las hojas y entre los hilos de las hierbas, fueron sorprendidos en esta animada conversación.
¿Los hombres han, pues, descubierto nuestro secreto? dijo uno.
Canallas, dijo otro muy indignado.
No, dijo un tercero. Es imposible. Nuestro secreto no lo descubrirán nunca.Despacio, intervino un cuarto, joven coleóptero en casaca blanca, elegante como un príncipe:
Aquellos astutos animales, llamados hombres, desgraciadamente han llegado a descubrir nuestro secreto. Os lo puedo asegurar con certeza.
¿Pero cómo han hecho?
A nuestras expensas: antes bien debo decir, también a mis expensas. Escuchad:
Hace algunos días estaba yo extasiado contemplando el azul del cielo, colgado de un rosal, cuando me sentí brutalmente sacudido. En un abrir y cerrar de ojos me encontre metido en una caja en compañía de otros 11 compañeros míos.
Fuimos llevados a un laboratorio. Allá un hombrecillo delgado y de anteojos cerró cuidadosamente la puerta y las ventanas, después nos puso en libertad. Nuestras antenas percibieron una señal de alarma que venía de un rincón del laboratorio.
Era el grito de un compañero nuestro.
Imaginaos la escena: corrimos a prestarle ayuda, pero no nos fue posible. El pobrecillo estaba aprisionado debajo de una campana de cristal.
Aquel hombre cruel después de haberse divertido observando nuestras desesperadas tentativas de salvación, nos retiró de él.
Hubo un trastorno confuso, después nuestras antenas percibieron otro grito de alarma, pero débil, confuso, casi balbuciente.
Nos apresuramos nuevamente a prestar socorro, pero esta vez al disgusto de la impotencia se añadió otro de terror, a nuestro compañero le habían cortado bárbaramente una antena.
Ves, —dijo el hombre delgado al muchacho que lo ayudaba— estos insectos tienen un aparato receptor y transmisor. Ahora le cortaré la otra antena y sus compañeros no se moverán ya.
Hicimos señales desesperadas a nuestro amigo, pero no fue posible obtener respuesta. El pobrecillo habia quedado sordo y mudo.

Mientras éramos puestos en libertad, oímos al cruel estudioso decir al muchacho:
¿Qué dirían estos insectos si supieran que hemos descubierto su "secreto"?, mejor dicho, ¿qué dirían si supieran que tal vez no tardará mucho en inventarse un amplificador de sonidos, para registrar todas las vibraciones de sus pequeñas antenas y oír todos sus discursos?

Has comprendido; el sabio de la fábula entendía hablar de la radio, la nueva y gran invención moderna.
Y su predicción se ha verificado. En efecto, una vez más el hombre ha leído en el gran libro de la naturaleza y en él ha descubierto un secreto: las ondas velocísimas que trasmiten en pocos instantes los sonidos, hasta los menos perceptibles, desde cualquier distancia. Ha logrado recoger tales ondas y amplificarlas por medio de instalaciones y aparatos especiales.
La radio juntamente con la prensa y el cine, es una magnífica invención del genio humano, objeto de atracción y de utilidad universal. Un don de Dios, del cual el hombre no debe abusar, sino perfeccionar y ordenar al Creador como todos los descubrimientos del progreso.
Pero, podemos preguntarnos, ¿el rey de la creación es verdaderamente consciente de su deber?
Si queremos ser veraces, es necesario confesar que muchos lo han comprendido, pero la mayoría de ellos no.
La radio atinadamente fue definida una "sembradora de bien y de mal que deposita su simiente en el mundo, con el fin de que germine".
En muchos casos se ha revelado admirable y fecundo instrumento de instrucción, de educación, de civilización, de fraternidad universal y se presta también admirablemente al apostolado católico.

El P. V. Facchinetti, primer apóstol de la radio, convencido de esta verdad escribió en el libro:: "El Apostolado de la radio":
"Es imposible no pensar en el mandato que Cristo dio a sus apóstoles: Predicad mi Evangelio de luz, de amor y de gracia a todas las criaturas: esto que os digo en la intimidad, anunciadlo sobre los tejados...; es imposible no comprender que estaba reservado a nuestro siglo ejecutar casi al pie de la letra el mandato del Maestro y hacer viva y práctica la divina profecía: Mi palabra será escuchada en todo el mundo".
¡Pero la radio ha sembrado y siembra aún hoy mucho mal! Se ha hecho de ella como de la prensa y del cine, una arma mortífera que atrapa víctimas para el reino de Satanás.
Lo afirmaba Pió XI en la encíclica "Divini Illius Magistri" en la que escribe: "En nuestros tiempos se hace necesaria una más extensa y cuidadosa vigilancia, en cuanto han aumentado las ocasiones de naufragio moral y religioso... señaladamente en los libros impíos, o licenciosos, en los espectáculos del cine y AHORA TAMBIEN EN LAS AUDICIONES RADIOFONICAS, las cuales multiplican y facilitan, por decirlo así, toda suerte de lectura, como el cine toda suerte de espectáculos".
Lo demuestran los programas de cualquier estación y los efectos que se verifican en gran número de aficionados al radio.

Y habrás tú misma experimentado más de una vez que la radio te lleva el mundo a la casa, con todas sus bellezas, y demasiadas veces con todas sus inmundicias.
Te doy algunas normas que pueden servirte de guía para guardarte de los peligros eventuales.
Ante todo, debes saber que es lícito y también aconsejable usar la radio por motivo de instrucción y de solaz.
También aquí, como para la prensa y el cine, la prohibición está reservada a las audiciones malas o licenciosas.
Para evitar este mal no se requieren grandes renuncias, pero sí pequeñas atenciones que se pueden reducir a tres palabras: Defensa, valorización y conquista.
Guárdate de las audiciones reprobables, o peligrosas.
Es verdad que en cierto sentido, la radio es menos peligrosa que la prensa y el cine porque dado su carácter puramente auditivo, presenta menos insidias; pero también es verdad que nunca es lícito escuchar lo que nunca es lícito leer, o ver.
Antes de disponerte a oír la radio, examina el programa, y no te permitas escuchar nunca cantos lascivos, comedias inmorales y chistes soeces.
Te sucedería a ti lo que sucede a veces a ciertos cimientos de casas, o edificios que se derriban de repente. Su hundimiento parece repentino, pero en realidad no lo es, porque desde mucho tiempo atrás estaban minados los fundamentos por infiltraciones de agua, o por pequeñas grietas que se agrandaron poco a poco.
También tú sin caer en la cuenta, siguiendo audiciones que no son nada formativas, agrietas el buen fundamento de tu educación recibida y podrás un día sorprenderte en una triste condición moral, nunca prevista.
No hace mucho tiempo, un publicista moderno — Felice Recci— escribió en un periódico:
"En la radio, —conversación agradable— en un artículo interesante, en una revista atractiva, en un drama, o en una película que arranca los aplausos, se oculta un trabajo duro de largas horas de escritorio".
Cuando hayamos encontrado un puñado de hombres sinceramente católicos que sepan inclinarse a una mesa de trabajo y someterse a una fatiga semejante, podemos esperar prensa, radio, cine y T.V. al servicio de la religión. Antes no...
Concluía con una invitación que yo te dirijo también a ti:
"Roguemos para que el Señor suscite muchas personas que, ocultas en el silencio de una sala, se propongan hacer brillar en el mundo la llama de la fe y de la caridad evangélica, sirviéndose de los medios más rápidos y eficaces".
Acepta esta noble invitación: ofrece a Dios oraciones y sacrificios, para que suscite almas generosas que se entreguen a esta misión y si te es posible, presta tu colaboración directa.
Participarás también tú a uno de los apostolados más eficaces y más prácticos.

Los Deberes del Estado

     La vida cristiana consiste, no en las obras raras y extraordinarias, sino en el exacto cumplimiento de los deberes de cada día.
     Estos deberes son a menudo humildes, molestos, monótonos; desagradan a la comodona y orgullosa naturaleza, amante de brillo y ávida de novedades y de cambios.
     Es preciso, sin embargo, cumplirlos, hijo mío, esos deberes fatigosos y obscuros, porque tal es la santa voluntad de Dios.
     La Providencia nos ha señalado a cada quien su lugar, a cada uno nos ha preparado nuestro trabajo, a cada uno impone deberes particulares.
     Cumplirlos es montar guardia a Dios; violarlos es desertar de su puesto, traicionar su misión y cometer una cobardía.
     ¡Joven estudiante, a tus libros! Joven obrero, a tus herramientas. Tú, imita la atención de Jesús delante de los doctores, y tú imita la aplicación ardiente en el taller de Nazaret.
     No distingas entre tus obligaciones: escrupuloso cuando se trate de las grandes, negligente cuando se trate de las pequeñas.
     Desde el momento que el deber forma parte de un proceso, no hay grande ni pequeño, todo es igualmente sagrado.
     Fíjate en los santos. ¿Habrá alguno que haya vacilado en cumplir las tareas más humildes y más duras?
     Mientras la Santísima Virgen hila, lava y se ocupa de los quehaceres más obscuros y humildes de la casa, San José trabaja la madera como buen obrero que es.
     San Pablo, con los mismos dedos que escribe las sublimes Epístolas, teje esteras y fabrica tiendas.
     Un San Buenaventura monda las legumbres de su monasterio, olvidando que es uno de los más famosos doctores de su tiempo.
     No; Dios no se fijó en la dignidad de los empleos, no ve más que el apego al deber y la sumisión a Su voluntad, y es esta disposición sobrenatural la que premia su justicia.
     Hay en esta disposición una fuente inagotable de méritos, y puede decirse que uno se puede salvar cumpliendo fielmente los deberes de su estado.

lunes, 30 de julio de 2012

DEONTOLOGIA

Relaciones entre colegas. — Necesidad médica de la buena fraternidad. Cortesía, cooperación. Honorarios. Dicotomía. Propaganda; charlatanismo. Medidas posibles. Consejos de familia. Orden de los médicos. 
El secreto profesional. — Impuesto por la ley. Certificados. La verdad debida al enfermo.   
Colaboración con las leyes sociales. — Deber de colaboración. Leyes sociales en oposición con las leyes divinas: no deben obedecerse. Necesidad de mantener al máximo el principio de libertad. 
Sistemas y teorías médicas. — Cualquiera sea su parte de verdad, son asunto del médico. Su magnificación es contraria a la dignidad médica, a la caridad, a la prudencia científica, a la discreción profesional y es fuente do compromisos.
Operaciones peligrosas. Operaciones a escondidas del enfermo o a pesar suyo. Derecho del enfermo de decidir. Aun para la operación cesárea, la Iglesia reconoce la libertad de la enferma. El cirujano no tiene el derecho de operar sin que lo sepa el enfermo y, sobre todo, de hacerlo sufrir una mutilación.
Publicaciones científicas. — Deber de decir la verdad; deber de justicia, de caridad, de prudencia. Importancia del estudio de la deontología. 
Bibliografía.

 No podríamos dejar de ocuparnos especialmente de los principios directivos de la práctica médica, destinados a mantenerla en un marco moral y en un armónico equilibrio profesional. Varias obras han sido consagradas al tema y se podrán consultar con provecho. Desde el punto de vista católico, las de Moureau y Lavrand, del Padre Payén, del doctor Hubert son aconsejables; se hallará en ellas desarrollos de puntos que podemos exponer sólo en forma sucinta. De cualquier manera agruparemos aquí algunas nociones sobre temas que no tienen cabida en otros capítulos de este Manual.
Y ante todo, recordemos estas líneas del doctor Claass, en su tesis: "Es la Iglesia la que somete la profesión médica a las reglas de la moral cristiana. El papa San León en sus Epístolas (cap. 38) y San Gregorio en sus Morales, se levantan contra los falsos médicos y ponen en justa luz la necesidad de tener médicos aprobados y realmente capaces". El doctor Claass recuerda en seguida numerosas reglas deontológicas, dictadas por la Iglesia y de las que hemos hablado en varios capítulos. 

Relaciones entre colegas
El médico cristiano debe tener siempre en vista el bien de sus enfermos. Por esta razón y para este fin, es necesario que conozca y estime a sus colegas y que se haga conocer por ellos. Necesitará de su concurso; ellos necesitarán el suyo; el cuerpo médico es solidario en colaboración a la cabecera del enfermo; es también solidario en la confianza que los enfermos pueden tener en sus miembros.
Conocer a sus colegas, estar en buenas relaciones con ellos no es una cuestión de gusto, sino una necesidad para asegurar a los enfermos el máximum de cuidados y el máximum de confianza. Ignorar que un colega ejerce tal especialidad, posee tal competencia, tiene determinado instrumento, es una falta para con el enfermo que hubiera podido aprovechar de ello y que resulta privado por falta de confraternidad. Criticar, denigrar un diagnóstico, un tratamiento, es una falta frente al enfermo a quien se quita la confianza en el cuerpo médico, y la duda, aunque justa, que se le habrá infiltrado de esta manera, se distribuirá sobre los médicos y las disposiciones médicas, de las que perderá los resultados y los beneficios. Para ser un buen médico, hay que ser buen colega.
La costumbre de la visita de instalación de los colegas jóvenes a los más antiguos, es por lo tanto una cosa muy recomendable. Es un deber que el mayor sea cortés y devuelva la visita. Las consultas con colegas deben proponerse cada vez que sea útil o puedan tener un buen efecto sobre el enfermo o sus familiares; deberán ser aceptadas sin dificultad y los consultados deben proceder con conciencia y delicadeza. La intervención del especialista debe ser hecha sin esperar que la proponga el enfermo o que fracasos flagrantes la tornen inevitable y, desgraciadamente, a veces, demasiado tardía. La ciencia universal no existe y saber utilizar las especialidades competentes es una prueba de espíritu y de conciencia.
La deontología médica considera que el consultorio del médico es neutral; quienquiera se presente en el mismo, debe ser recibido y cuidado. Mas, cuando se trata de un enfermo en cama, el caso es más grave; no se trata de una visita aislada, sino de una toma a cargo; no debe realizarse más que si no existe ya un médico de cabecera, si éste ha abandonado al enfermo o se ha rehusado a cuidarlo, o si la familia se rehusa a recibirlo, en forma absoluta.
La cuestión de los honorarios es muy delicada; podemos solamente soslayarla. Si hay una tarifa sindical, dado que se está libre de formar parte o no del sindicato, y dado que se aprovecha de las ventajas que el mismo ha logrado, es deber de justicia aplicarla. Algunos casos, realmente especiales, pueden justificar la aplicación de la media tarifa o aun la gratuidad absoluta, que no puede ser sospechada de rebaja interesada. Los compromisos asumidos por el Sindicato con Colectividades, el Estado, los Seguros sociales, etc., deben observarse también. La discusión es libre en el Sindicato, pero cuando éste ha aceptado un contrato cualquiera en nombres de sus miembros, todos están obligados a observarlo. La adhesión a un sindicato es un compromiso al que es deshonesto faltar.
La dicotomía, participación o regalo o comisión dada por un cirujano, un especialista, un ortopédico, etc., al médico que le ha enviado un cliente, o por un médico al conserje o al portero de un hotel, es inadmisible (L
a medicina no es un comercio susceptible de corretajes, representaciones y comisiones). El médico debe ser elegido por su competencia, su renombre profesional, y ser pagado directamente por el cliente; el cirujano que cree que el médico ha hecho un gran servicio al enfermo haciendo un diagnóstico difícil o tomando la resolución adecuada con una oportunidad notable, cumplirá mejor su deber de justicia y camaradería, haciéndolo notar al enfermo y sugiriéndole atestiguar al médico su reconocimiento con un regalo o un honorario espontáneo y suplementario, que no por el billete deslizado clandestinamente en la mano del colega. El resultado práctico de la dicotomía, en las regiones donde estuvo en boga, ha sido realmente desastroso; obligando al cirujano a elevar sus tarifas para dividirlas con el médico, ha lanzado a los enfermos hacia los hospitales y echado a perder la clientela privada de los médicos y cirujanos.
La deontología condena a la par de la dicotomía, agente de reclame clandestina, la propaganda propiamente dicha mediante circulares al público, carteles, anuncios, artículos publicitarios. La dificultad es a menudo disfrazada por organizaciones de consulta gratuita, dispensarios, funciones más o menos definidas en los hospitales, cursos diversos, conferencias dictadas directamente o por radiotelefonía, lanzamiento de discos fonográficos, libros de vulgarización, especialidades farmacéuticas, etc. No hay en todo esto una cuestión de grado y calidad y debería desearse que una modernización de las costumbres médicas, que diera a ciertas aspiraciones una legítima satisfacción, llegue a impedir el empleo de los recursos publicitarios contrarios a la dignidad médica.
Se olvida demasiado a menudo que el médico actual no es el omnipráctico que hace su clientela, como la mancha de aceite, en su barrio, luego fuera del barrio y finalmente fuera de la ciudad. Los especialistas tienen un radio de acción demasiado vasto para que la única colocación de su chapa baste para informar de su especialidad a colegas y público. Unos carteles en las salas de espera de los médicos, el cuadro de los médicos y especialistas —como en los estudios de los escribanos, abogados, etc. hay el cuadro de varios titulares de estudios—, la citación de la especialidad ejercida en los carteles oficiales del cuerpo médico de un distrito, una lista periódica publicada en los diarios o en revistas, etc. del cuerpo médico con la indicación de las especializaciones, quitaría todo pretexto para los recursos publicitarios condenables con que algunos (colaboración en servicios hospitalarios, en dispensarios, en consultorios de una necesidad más o menos problemática) destruyen pura y simplemente la clientela médica.
Un poco de reflexión sobre la evolución de las condiciones sociales, sobre las de la práctica médica, un poco de caridad para con los colegas y de comprensión de su situación, pueden evitar compromisos vergonzosos, prácticas difíciles de encarrilar, cuando han arraigado, y finalmente dificultades de vida para los médicos escrupulosos. Algunos especialistas se hallan en situación sin salida y se lanzan a la medicina general, para la que están mal preparados, perdiendo (ellos mismos, sus enfermos y los colegas) el beneficio de sus estudios especiales. Todo el mundo es víctima de un simple defecto de adaptación del cuerpo médico a la evolución de la medicina.
De cualquier manera, para todas las cuestiones que no derivan ni de la moral pura, ni de la legalidad, ni de las doctrinas científicas sino del juego y de la armonía necesarios para permitir a la medicina dar toda su utilidad, y a los médicos estar en condición de ejercer sana y eficazmente su profesión, se han propuesto tribunales encargados de vigilar para la observancia de las buenas reglas y de reconducir al camino derecho a los que se alejan de él. Unos son partidarios del Consejo de familia de los Sindicatos, y debe reconocerse que prestan buenos servicios, pero se aplican solamente a los sindicados y una dimisión los sustrae pronto a su acción; sus decisiones no tienen sanción legal y, finalmente, su independencia no es siempre absoluta.
Otros preconizan la Orden de los Médicos (el Colegio de médicos) que ejerza su contralor sobre todos, provisto de sanciones legales y robustecido por el concurso de magistrados. El médico católico no puede ser más que favorable a las medidas adecuadas para defender la conducta moral en su profesión; debe dar el ejemplo de la sumisión a las reglas deontológicas. Pero ha de saber que la honestidad por miedo a la policía no es la verdadera honestidad y que la misma no impide las malas acciones: es en el perfeccionamiento íntimo individual que reside la única fuente de toda moralidad, de toda buena camaradería. El médico católico robustecerá, pues, en sí mismo sus conocimientos y sentimientos religiosos y se esforzará por ayudar a los demás a hacer lo mismo, con una participación activa en las reuniones médico-religiosas.

El secreto profesional
El secreto profesional está impuesto a los médicos por el Código Penal. El católico, obligado por su religión a obedecer a César, no puede más que ser fiel a la imposición. Esto suprime netamente el caso de conciencia de saber si la caridad o la justicia pueden exigir que se viole. El médico no es un juez; debe a sus clientes el secreto, porque la ley lo impone. Y el médico no puede más que reconocer que la ley ha sido inspirada en motivos justos: necesidad de la libertad y de la confianza absoluta del enfermo frente al médico; peligro de las revelaciones intempestivas o de los silencios acusadores.
En tales condiciones, los certificados para terceros deben siempre rehusarse, mas el enfermo tiene derecho a la verdad y el derecho de hacer con la misma lo que quiere; se puede pues otorgarle los certificados que requiera, haciendo constar si es necesario en el mismo, que se los entrega en mano propia. Naturalmente, en caso de alienación mental o de niños, se puede entregar el certificado a las personas responsables de mismos (padres, tutores, etc.).
Un problema a menudo discutido es el del secreto profesional en el caso de contaminaciones conyugales por enfermedades venéreas. Parece que no puede haber dudas: el médico debe a su enfermo el silencio frente al cónyuge, pero debe la verdad al enfermo. Éste puede con esto descubrir a su cónyuge como autor de la contaminación, pero eso no tiene nada que ver con el deber del médico. Éste debe sus cuidados al enfermo; el paciente, no informado del diagnóstico, puede no hacer el tratamiento por una razón cualquiera, interrumpirlo o no volver a ver al médico: el médico debe pues la verdad al cliente. Sería inadmisible, realmente, que arriesgue la salud de aquel que se confía a él para ser cuidado y conocer su enfermedad, por evitar al cónyuge culpable de adulterio o autor de una disimulación criminal, las consecuencias de su falta. El médico se debe a su enfermo desde el punto de vista del secreto y de la verdad, y todas las intervenciones que puede creerse llamado a tomar en el interés de la caridad y de la justicia, deberán tener siempre en cuenta ese principio primordial. Sin duda alguna, ese deber del silencio y de la verdad puede a veces implicar graves contravenciones al ideal de la caridad y de la justicia; pero las mismas serían constantes e irreparables el día en que nadie se atreviera a confiar en un médico, sabiendo que no está obligado ni al secreto profesional, ni a la verdad.


Colaboración a las leyes sociales
La sumisión debida al César obliga al médico cristiano a colaborar a conciencia con las leyes sociales que en sí mismo repruebe o critique. Como ciudadano, como sabio, tiene el derecho de criticarlas y de buscar su reforma, pero mientras la ley esté en vigor y sea imperativa a su respecto, debe someterse.
Mas la ley social puede ser contraria a la ley divina, por ejemplo si ella prescribe a médicos-funcionarios la práctica de la esterilización, el aborto, la eutanasia. Aquí el problema es grave. Hay realmente una ley formal divina que prohibe el asesinato y la mutilación. En tal caso, la ley humana es injusta y aun con peligro de la vida no debe ser obedecida (Jone, Theologie moral, números 43 y 69). La legislación moderna de ciertos estados, por lo que se refiere a la esterilización, por ejemplo, y sus métodos coercitivos, demuestran que este caso de conciencia no es imaginario y puede darse fácilmente. Las tendencias sociales modernas, que inmiscuyen más y más al poder civil en la vida individual, costriñen cada vez más a los médicos a situaciones de esta naturaleza.
Una propaganda constante a favor del respeto de los derechos de la persona humana y de las conciencias, es el único medio para prevenir disposiciones legislativas en que el médico cristiano deberá elegir entre el martirio o la libertad. A despecho de algunas ventajas médicas o higiénicas, que lograría la aplicación general de ciertos proyectos de ley, el médico cristiano debe trabajar para mantener siempre el principio de libertad. Es mejor una higiene social menos perfecta, que la servilidad moral que se inclina a todos los abusos del poder, contrario a la ley de Dios. El médico cristiano, que quiera evitar ser puesto en la dirección de un "instituto de abortos", debe defender en forma máxima la libertad humana.


Sistemas y teorías médicas
La medicina está en constante evolución y las teorías se suceden a las teorías, los sistemas a los sistemas; cada médico espiga en el conjunto lo que le parece más probable y hace práctica con su pequeña construcción personal. Es la medicina normal y habitual. Mas ocurre que algunos médicos se entusiasman por un sistema particular o inventan uno ellos mismos, y la prensa se hace lenguas con los grandes hechos de su método y con la denigración de la medicina corriente.
Es así como se ha visto celebrar la homeopatía, la radiestesia, la reflejoterapia, la iridoscopía, la ozonoterapia, etc. No es éste el lugar para apreciar estos métodos, cubrirlos de flores o lanzarlos a la infamia, ni tampoco para elegir el buen grano de la cizaña, si cabe; los consideramos solamente desde el punto de vista deontológico.
Y desde este punto de vista parece claro que hay algo lamentable, no ya en emplear esos métodos si se está convencido de su eficacia, sino en dedicarse exclusivamente a ellos y proclamarlo públicamente.
¿No hay de primer intento una falta de dignidad médica en convertir al público en juez del tratamiento que se deba aplicar? Normalmente, el enfermo va a ver al médico para saber lo que hay que hacer; el médico empleará tal o tal otro procedimiento y, siguiendo la evolución de la enfermedad, seguirá o modificará ese tratamiento o aun iniciará otro completamente opuesto al inicial. El médico es el dueño del tratamiento que él establece de acuerdo con sus conocimientos y su conciencia, y sin ser ligado por aserciones o una línea de conducta enunciada de antemano. El médico que proclama su sistema, no os más que una especialidad farmacéutica, que el enfermo elige o rechaza de acuerdo con la idea que él mismo se hace del problema: el médico ya no es consultado en razón de su ciencia, sino para aplicar el tratamiento elegido por el enfermo. Hay en eso una anomalía y una decadencia evidente del médico.
Por otra parte, resulta singularmente presuntuoso imaginar que sólo el sistema por el cual se jura con entusiasmo, es el cenáculo de toda la verdad y que, fuera de la pequeña camarilla de la que se es parte, todo es error. Hay una falta de caridad en proclamar esa opinión ante el público, diciendo: "Nuestro sistema es el único verdadero; los demás médicos no tienen ni ciencia ni inteligencia, porque no se agregan a nuestra concepción, porque no entran en nuestras filas...". Este exclusivismo bastaría para alejarnos del empleo de un solo método y de hacernos los protagonistas del mismo. La historia médica, la historia de las ciencias, de las filosofías, de las religiones está repleta de teorías seductoras que se han perdido en las sombras del olvido.
Nada se construye tan cómodamente como una teoría llena de verosimilitud y atracción: todas las herejías son así. Y este ejemplo debería bastar para obligar al médico cristiano a una desconfianza particular para todo sistema demasiado fácilmente armonioso. La fábula del astrólogo es verdadera a menudo, y se ven reformadores de la medicina hacer el diagnóstico de la dilatación del estómago buscando el ondear o la extensión de la sonoridad gástrica. La persecución de las quimeras procede muchas veces solamente de la ignorancia de la realidad.
Finalmente, esta proclamación de su propio modo de tratar, ¿no es una llamada a la credulidad del público en ese método? ¿No es una forma de publicidad un poco charlatana? Sin duda, muchos médicos se dedican de buena fe y sin medir los inconvenientes a esas medicinas sistemáticas; pero el hecho de que esos métodos son a cada instante acaparados por los no médicos, y que son objeto de publicidad ruidosa, ¿no basta para incitar a la reserva?
Finalmente la medicina sistemática ¿no corre el riesgo de ser la fuente de muchos compromisos? El joven médico se ha entusiasmado por una teoría; la experiencia le demuestra las insuficiencias, los errores de la misma, pero él ha anunciado urbi et orbi su método; se le va a ver por este método: ¿qué hará? Una media vuelta; ¿una confesión de la equivocación, de la desilusión o el tratamiento normal ecléctico, bajo la máscara del sistema célebre? Dolorosos casos de conciencia, cadenas de esclavitud, tentaciones peligrosas, he aquí el balance de la medicina con sistemas. Vale más conservar su independencia y su libertad de juicio y de prescripción.


Operaciones peligrosas. Operaciones a escondidas del enfermo o a pesar suyo.
Las operaciones, aun las más leves, ofrecen siempre cierto peligro, por el hecho de la anestesia, los reflejos sincópales o las hemorragias posibles.
Esto impone que toda operación deba ser precedida por la recepción de los Sacramentos, y el médico cristiano velará para ello. Mas hay operaciones que por sí mismas comportan una mortalidad elevada. Los médicos deberán pesar muy cuidadosamente las indicaciones y no ocultar al enfermo la gravedad de la situación: una sobrevivencia asegurada de algunos meses puede ser a menudo más útil que la probabilidad incierta de largos años de vida; a la inversa, el enfermo podrá desear jugarse el todo por el todo. Solamente el enfermo —o sus familiares responsables— puede apreciar lo que le conviene. El médico tiene solamente el derecho de proponer una operación de probable resultado y nunca debe intentarla él mismo, si no tiene experiencia y si la misma puede ser realizada con mayor posibilidad de éxito por otro cirujano. El cuidado del médico ha de ser siempre el bien del enfermo y no el ensayo interesante o la operación extraordinaria.
Pero ese bien del enfermo puede encontrarse en conflicto con su voluntad. El médico juzga apropiada una operación y el enfermo la rechaza. ¿Cuáles son en este caso los deberes y los derechos del enfermo y del medico?
Es evidente, que si se trata de niños o de alienados, las personas responsables de ellos pueden tomar la resolución, y la operación puede ser practicada a la fuerza o a escondida del enfermo (anestesia durante el sueño natural o provocado del enfermo). Mas si el enfermo no puede ser declarado, en conciencia, irresponsable, no se tiene el derecho de proceder así, aun cuando su decisión pueda parecer absolutamente irrazonable.
Este problema ha sido resuelto siempre de esta manera por los teólogos, aunque se trate de intervenciones que puedan salvar no sólo la vida de la madre sino también la del feto, durante distocias. Ese es el respeto de la Iglesia por los derechos de la persona humana. San Alfonso de Ligorio reconoce el derecho de la madre para rehusarse a la operación cesárea, y el cardenal Gousset escribe: "Si la operación se juzga necesaria, el confesor sin duda hará todo lo posible para obtener el consentimiento de la mujer, pero no la obligará, amenazándola con privarla de la absolución". Es evidente que el empleo de la anestesia y el progreso de la técnica quirúrgica han reducido mucho la gravedad de la cesárea desde la época en que vivieron estos autores; pero el principio teológico sigue siendo el mismo: el riesgo de vida que está en juego, no permite a nadie sustituirse a la madre en la resolución que ha de tomarse. Ella no puede obligar al médico a sacrificar al niño; no se puede obligarla a arriesgar su vida. Es un caso de conciencia personal de la madre y es tan íntimo y delicado, que la Iglesia no ha querido darle una solución de principio.
Se comprende así que para otras operaciones donde no hay una tercera vida en peligro, la libertad del enfermo es completa y que el médico está obligado a respetarla.
Particularmente, el acto del cirujano que, durante una operación abdominal cualquiera: apendicitis, hernia, quiste, procede a esterilizar a una enferma, está absolutamente equivocado. Y el doctor Clement (Le droit de l'enfant á naitre, 1935, pág. 170) cita casos en que el suicidio de los interesados ha sido la consecuencia de la iniciativa fuera de lugar del cirujano. Desde el punto de vista religioso, hay un doble error en esta intervención: la de mutilación y la de la intervención sin asentimiento del interesado.


Publicaciones científicas
La conciencia religiosa tiene el derecho y el deber de decir su palabra acerca del tema de las publicaciones científicas. Ante todo, Dios es verdad; la ciencia, estudio de la obra divina, debe esforzarse en ser verdadera. El médico, tiene pues el deber de no exponer más que lo que está convencido que es verdad; debe publicar sus éxitos y sus fracasos, para que sus lectores tengan datos exactos de apreciación. Debe proceder así como sabio, como cristiano y también por caridad, porque sus escritos pueden traer numerosas consecuencias para los enfermos de otros médicos. Y estos mismos motivos imponen cierta prudencia y cierto contralor de las ideas que se van a exponer.
Hay un deber de justicia en reconocer la prioridad de una idea, de un método a su verdadero autor, y en no atribuírselo o hacérselo atribuir falsamente.
Finalmente, la caridad exige que las discusiones sean corteses y que los errores ajenos sean corregidos discretamente y no señalados con virulencia. Es el caso de proceder contra los demás, en la forma que se desea que los demás procedan contra uno mismo. Verdad, prudencia, justicia y caridad deben presidir la redacción de los trabajos médicos.
Estas breves nociones de las líneas directivas y de los problemas de la deontología, demuestran que esta parte de la medicina merece una seria atención de parte del médico católico. Hay un deber de conciencia en observarlas fielmente; por otra parte, determinados problemas son de resolución delicada y merecen ser examinados anticipadamente, si no se quiere encontrar sorpresas inesperadas, que obligan a soluciones apresuradas y erradas. Como siempre, manteniéndose en el firme terreno religioso, se hallarán las soluciones adecuadas.

Dr. Henri Bon
LA MEDICINA CATOLICA

BIBLIOGRAFIA
Tesis de medicina:
Claass, Albert: Discipline et réglementation de la profession medícale, París, 1930.


Tesis de Teología:
Valton, Abate Alfredo: La dichotomie, Paris, 1935. Ed. del autor, T royes. 


Obras varias:
Barjon, Dr.: Le secret medical, en Bull. Soc. méd. St. Luc., 1928, pág. 238. 

Grebet, Dr.: Le secret medical, en Cahiers de Laennec, marzo de 1935, Descléc, París. 
Hubert, Dr. Eugenio: Le devoir du Médecin, Beyaert, Brujas, 1926. 
Moureau et Lavrand: Le Médecin chrétien, Lethielleux, París, 1901. 
Payen, Rev. P.: La deontologie medícale d'apres le droit naturel, Universidad "Aurora", Shangai et Bailliére, París, 1932.
Surbled, Dr. G.: L'honneur medical, Maloine, París, 1909.

De regreso a Guadalajara, Jalisco


Después de varios días fuera de la ciudad por motivo del Campamento Nacional de Verano del Grupo San Juan Bosco. Después de un largo viaje al Norte del País, al Estado de Baja California, para asistir a la bendición del grupo en la ciudad  de Tijuana, y festejo del primer aniversario del Grupo San Juan Bosco en Ensenada

 Aquí en un pequeño descanso en la Rumorosa del municipio de Tecate Baja California.
En un largo viaje de cerca de 36 horas.

 El Altar del Campamento acondicionado en un salón de clases de una escuela rural































lunes, 16 de julio de 2012

De los milagros que San Vicente había hecho en Valencia

Aunque en todo este libro he curado muy poco de allegar una breve historia que anda impresa de la vida de este Santo, por la poco diligencia de su autor en averiguar cosas antiguas pero en unos milagros que trae hechos aquí en Valencia en tiempos de nuestros padres y abuelos, le doy mucho crédito, porque van bien referidos y antes que se imprimiesen fueron examinados por personas que pudieron fácilmente comprobar su verdad; y por eso los pondré aquí sumados.
En el año 1511, por el mes de junio, un niño de cuatro años cayó en la acequia del molino que llamamos de Rovella, y realmente se ahogó; pero llevóle su madre con muchas lágrimas a la capilla de este Santo y luego resucitó.
En el año de 1517, en Foyos, que es lugar puesto en la huerta de Valencia, un devoto del Santo, por un dolor de costado que le sobrevino, estuvo ya desahuciado de los médicos. Pero como hubiese llamado de buen corazón al Santo, adurmióse un poco y vió al glorioso padre con su compañero más resplandeciente que el mesmo sol. Antojósele que le abrían el costado y le sacaban una cosa gruesa como el puño, y esto con tan grande dolor y sentimiento de la imaginación que dió un grito diciendo: ¡Ay, que me lastimáis!, con lo cual despertó sano y alegre. Y él muy de veras preguntaba a los que vinieron a favorecerle (pensando que le aquejaban sus dolores) si habían visto dos frailes que se iban de allí y le habían sanado abriéndole el costado. De la mesma manera sanó en el mismo año al hijo de Carlos, especiero, que habiéndoselo encomendado y ofrecido mucho sus padres, la noche siguiente le vino a sanar tocándole o abriéndole el costado.
En el año de 1519, segundo día de Cuaresma, se encomendó de todo su corazón a San Vicente Jerónimo Guitart, habiendo estado ocho días muy enfermo de calenturas. Rogaba al Santo que le alcanzase gracia de Dios para sudar, porque se había puesto en la cabeza que con el sudor se saldrían los malos humores. Con esto se adurmió y soñó que San Vicente le levantaba en alto la cabeza y que le echaba un grandísimo cántaro de agua encima. Con aquella agonía dió grandes voces, y ansí le hallaron los que le tenían a cargo, todo bañado en agua, como si realmente fuera verdadero el sueño; y en el mesmo instante fue libre de las calenturas y se halló sano como deseaba. A 4 de mayo del mesmo año perdió súbitamente la habla Pedro de Frias, perayle, por ocasión de un grande enojo que tomó. Concurriendo también otras señales, pensaban los suyos que ya se moría. Enviaron de presto por las reliquias del Santo, y como se las trajesen y dijesen el evangelio de San Marcos, respondió él: Gloria tibí, Domine, y habló de allí adelante como solía. Esta manera de milagro es muy ordinaria en Valencia, cuando ponemos encima de los enfermos o de las mujeres que andan con los dolores del parto los zapatos, cilicio, túnica y otras reliquias del Santo.
A 6 de agosto de 1527, en Rafaelbuñol, que está a dos leguas de esta ciudad, Mateo Muñiz, habiendo perdido el sentido del oído y no hallando cosa ni medicina que le hiciese al caso, de muchas y muy exquisitas que buscó, resolvióse en encomendarse muy de veras a San Vicente, prometiéndole cierta cosa, y en el mesmo instante fue perfectamente libre de la sordez, que no fue pequeño milagro.
Tan presto casi como a éste sanó de otra enfermedad, por la cual estaba ya desahuciado de los médicos, un notario: porque viéndole ya sus parientes y amigos sin sentido y puesto en el agonía de la muerte, todos llamaron con tanta devoción como pudieron al Santo, y luego él abrió los ojos y pidió de comer, y como supiese que la enfermedad se le había aliviado porque los que estaban en su compañía le habían encomendado al Santo, hizo él lo mesmo con muchas lágrimas, diciéndole que pues había hecho tantos milagros en diversas personas, se acordase también de él, y en el mesmo punto se halló sano como deseaba.
Otra cosa muy notable aconteció a una doncella hija de Luis Marco, mercader, la cual estaba no solamente tullida de los brazos y pies, mas también ética. Su madre prometió de llevarla a la capilla de este Santo que está en este convento, y poniéndola delante del altar, se levantó por sí mesma sana y esforzada. El mesmo día que San Vicente hizo este milagro trajo una buena mujer una sobrina suya casi muerta delante el mesmo altar, y haciendo allí cantar los milagros o loores del Santo, cobró súbitamente salud la muchacha.
Fray Justiniano Antist.
VIDA DE SAN VICENTE FERRER

sábado, 14 de julio de 2012

COMENTARIO AL TEXTO DE COMO LOS JUDIOS CAMBIARON EL PENSAMIENTO CATOLICO (4)

Por R.P. Joaquin Saenz y Arriaga 
 
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Ese mesianismo propio de esa raza escogida, esa elección divina en orden a la venida de Cristo es la fuente de la teocracia única del pueblo de Israel y de las bendiciones y prerrogativas con que Dios indiscutiblemente le favoreció.
En el plan de Dios la humanidad entera fue objeto de la misericordia divina. "Así amó Dios al mundo, dice San Juan, que nos dio a su Unigénito Hijo". No los judíos solamente, la humanidad entera era la causa final del mesianismo divino, de la obra redentora de Dios, que fue ocasión y motivo, por así decirlo, de la misma elección divina del pueblo judío. Israel, en el plan redentor fue el medio, la preparación, la imagen representativa; pero la salvación de Cristo abarca a toda la humanidad, sin distinción de razas y de pueblos, presupuesta la aceptación de la fe en Cristo y nuestra regeneración a la vida sobrenatural. 

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Desgraciadamente los dirigentes y las sectas del pueblo judío, los que le representaban, los que expresaban, por así decirlo, la voluntad colectiva de Israel, solidariamente unido por la elección y los planes divinos, no entendieron el sentido espiritual y universal de las promesas divinas y se forjaron la espectación absurda de un Mesías dominador, de un caudillo poderoso, que subyugase a Israel todos los pueblos de la tierra. Pensaron absurdamente que los judíos y no la humanidad entera, eran el fin que tenía la promesa mesiánica.
Aquí está la clave, el secreto y la única explicación de la historia excepcional, inquieta y perturbadora de ese pueblo. Este es el por qué de sus luchas, de sus intrigas seculares, de sus ambiciones insaciables y de su conspiración permanente contra todos los pueblos. Por elección divina, por privilegio exclusivo, el Judaismo, religión y pueblo, piensa estar destinado a dominar al mundo.

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De aquí se sigue que, para no incurrir en el error, para poder descifrar el enigma judaico, podemos y debemos distinguir dos mesianismos: el Mesianismo Judío, que es un Mesianismo POLITICO, de ambición, de gobierno, de poderío, de dominio universal sobre todos los pueblos; y el Mesianismo Divino, que es la REDENCION, la Salvación de todo el mundo, de todos los pueblos, por el sacrificio de Cristo en en Calvario.
La afirmación del Mesianismo Judío inevitablemente implica la negación del Mesianismo Divino, así como la confesión y reconocimiento del Mesianismo Divino exige absolutamente el repudio vigoroso del Mesianismo Judío. Por eso, el Mesianismo Judío es la antítesis del Mesianismo Divino. Es el anti-Cristo enfrente del Cristo Redentor de todos los hombres. En otras palabras el dilema es el siguiente: Gobierno Mundial Judío o Reinado de Cristo.

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Cuando Jesús se presentó ante su pueblo, in propia venit, et sui Eum non receperut (Joan I, 11), vino a los suyos y los suyos no le recibieron. "Hic est haeres, venite, occidamus eum, et habebimus haereditem eius" (Mat. XXI, 38): "Este es el heredero, venid, démosle muerte, y tendremos así su herencia", dijeron los dirigentes al pueblo de Israel. El Mesianismo Divino combatido, negado, violentamente atacado por el Mesianismo Judío, es decir, por la Sinagoga, por el Sionismo Internacional. Creyeron, en su soberbia, que, dando muerte a Cristo, podrían hacer suyo el gobierno universal del mundo —que ellos pensaban ser un gobierno material— que a Cristo corresponde: "Postula a me, et dabo tibi gentes haereditatem tuam, et posessionem tuam términos terrae" (Ps. II, 8): "Pídeme y te daré todas las gentes por tu herencia y los términos de la tierra por tu posesión".
Dramáticamente chocan y luchan, durante toda la vida temporal del Salvador, el Mesianismo Judío con el Mesianismo Divino; es decir, las ambiciones políticas del pueblo judío contra el Hijo de Dios, hecho hombre para salvar a los hombres pecadores. Aceptar a Jesús como el Mesías prometido, hubiera significado para la soberbia Sinagoga la renuncia de todas sus ambiciones, de su tortuosa política, para reconocer humilde, sincera y prácticamente el misterio de la Cruz, que es el escándalo intolerable para los judíos, como dice San Pablo (I Cor., I, 23).
Durante el proceso que precedió a la muerte del Señor, el fondo de la ira y las acusaciones todas de sus enemigos, los dirigentes del pueblo de Israel, fue, sin duda alguna, la afirmación categórica que Cristo hizo de su propia divinidad y de su mesianidad. Era necesario que muriese Jesús ignominiosamente, antes de que el pueblo creyese en él. Hubo ocasiones, en las que parecía que ante la evidencia de la santidad de la vida y doctrina del Señor, ante sus milagros estupendos, las multitudes se acercaban al reconocimiento y a la aceptación de su Mesías. De la buena fe del pueblo o rotaron aquellas frases: "nunca ha aparecido en Israel un hombre semejante". "¿Por ventura es éste el hijo de David?". Pero, los fariseos y los príncipes de la Sinagoga respondían con tono de desprecio y con ademán de venganza: "Este hombre arroja a los demonios con la autoridad y el poder del príncipe de las tinieblas".
Y el pueblo, seducido y engañado, seguía a sus jefes, que ciertamente no eran los verdaderos pastores del rebaño. La responsabilidad del crimen del deicidio es, sin duda, mayor en los dirigentes de Israel que en el pueblo sencillo; pero esta mayor responsabilidad no excluye la solidaridad colectiva, como ya dijimos, que pesa sobre todo el pueblo. Cuando Jesús preguntó a sus Apóstoles, en Cesarea de Filipo: "¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?" ¿Qué opina el pueblo de Israel acerca de MI? Aunque los Apóstoles manifestaron a Jesús las diversas opiniones que acerca de su persona corrían entre las gentes, no mencionan la Mesianidad del Salvador, su Filiación Divina. Si alguna vez los judíos llegaron a sospechar que Jesús fuese el Mesías, esta idea había sido tenaz y eficazmente combatida y arrancada de la conciencia pública por la intrigante y malévola campaña de sus dirigentes.
Los enemigos de Jesús querían a toda costa legalizar, justificar la condenación del Divino Maestro; querían que apareciese ante el pueblo como un criminal que paga con sus crímenes sus delitos; pero, cuando fallaron los testigos falsos, el sumo sacerdote increpa al Señor y le pregunta: "Yo te conjuro, en nombre de Dios Vivo, que nos digas si Tú eres el Cristo". Y Jesús respondió: "Tú lo has dicho Yo lo soy". Esta era la acusación verdadera contra Jesús, este debía ser el único motivo de la muerte del Redentor: la confesión del mesianismo divino que repudiaba y condenaba la absurda y pérfida noción del mesianismo judío. La Redención Divina que era atacada a muerte por la ambición judaica del dominio político y del gobierno universal del mundo.
Cristo dijo: "Mi reino no es de este mundo". "Dad al César lo que es del César y dad a Dios lo que es de Dios". Este es el mesianismo divino, intolerable para el mesianismo judío, que, hoy como ayer, busca el dominio temporal de este mundo para tener así la hegemonía de todos los pueblos.
Lo que siguió después de la condenación de Jesús por el Sanhedrin de su pueblo es consecuencia; es legalización tortuosa, arrancada a Pilatos, de un crimen inmenso. Por eso claman en el pretorio: "Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos". (Mt. XXVII 25). Y esa sangre divina cayó, cae y seguirá cayendo sobre ese pueblo "de dura cerviz", mientras no reconozca y acepte el mesianismo divino, rechazando el falso mesianismo, que su soberbia indómita y sus ambiciones desmedidas han imaginado.

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Es conveniente insistir aquí en un punto básico, sobre el cual, con sofisma manifiesto se pretende exonerar de toda responsabilidad al pueblo y a la religión judía en la muerte de Cristo. Empezaremos, pues, por precisar conceptos, aunque tengamos que repetir ideas ya expuestas: Una es la responsabilidad personal y otra es la responsabilidad colectiva. La responsabilidad personal solamente existe cuando hay un pecado o un crimen personal; en cambio, la responsabilidad colectiva puede darse y de hecho se da, aun en la justicia humana, cuando las colectividades por sus jefes lesionan gravemente los derechos inalineables de los individuos o de otras colectividades agredidas. Así, por ejemplo, es indudable que no todos los alemanes fueron personalmente responsables de las atrocidades de la guerra de Hitler y, sin embargo, todo el pueblo alemán fue considerado responsable, con esa responsabilidad solidaria, hasta exigirle a pagar estrictamente todos los daños y perjuicios de los que se consideraban agraviados y especialmente de los judíos. La solidaridad nacional impuso a todos y a cada uno de los alemanes la responsabilidad colectiva de los crímenes atribuidos a Hitler y a su gobierno; aunque, como ya dijimos, no todos los alemanes podían tener la responsabilidad personal. Los niños de aquel entonces tuvieron que asumir las agobiantes penas impuestas por esa responsabilidad colectiva sobre todo el pueblo.
Así existe también ante Dios una doble responsabilidad: la responsabilidad personal, que cada uno de nosotros tenemos por los pecados propios o individuales, y la responsabilidad colectiva que recae sobre las colectividades humanas, sobre todo cuando existe de por medio un plan divino que abarca y encierra a esas colectividades. Cuando Dios castigó al mundo, en aquel diluvio universal, es evidente que los niños que entonces vivían, los recién nacidos, no podían haber incurrido, ante Dios, con ninguna responsabilidad personal, ya que por su edad eran incapaces de cometer pecado personal alguno. Y, no obstante, recaía sobre ellos la responsabilidad colectiva, que justifica los justos castigos del Señor. En el lenguaje bíblico, los jefes de raza son identificados con sus respectivas descendencias, que forman con ellos una misma persona moral. Esta solidaridad es más compacta y universal, cuando ha sido establecida por Dios mismo, en orden a la realización de los planes divinos. Así fue la solidaridad que Dios quiso que hubiese entre Adán y todos sus descendientes, en orden a nuestra elevación a la vida divina; y así es también la solidaridad que Dios estableció en el pueblo hebreo, que, como ya dijimos, estaba colectivamente destinado a la preparación del advenimiento de Cristo.
Los mismos hebreos han reconocido siempre y han defendido celosísimamente la solidaridad racial, que existe en ellos por institución misma de Dios. Por ella se consideran el pueblo escogido, el pueblo mesiánico, el pueblo de las predilecciones divinas. Cualquier libro judío nos habla de esta solidaridad sagrada, incluso el Talmud. Pero el gran sofisma está en querer admitir y defender esta solidaridad solamente en las bendiciones y no en las maldiciones y castigos divinos.
Si el mesianismo divino, el plan redentor y la elección divina para preparar los caminos del futuro Mesías, con que Dios favoreció al pueblo de Israel, fue para él fuente de las divinas bendiciones y fundamento de todas sus grandezas; el mesianismo judío que, como hemos visto, es la negación y el ataque a los decretos del Señor, fue, es y será para esc pueblo signo de reprobación y castigo de un Dios traicionado y ofendido. O Cristo con sus bendiciones o el anti-Cristo con sus maldiciones: el dilema es ineludible.
La solidaridad en las bendiciones, que, en el plan divino, alcanzaba a todos los israelitas, descendientes de los Patriarcas, exige lógicamente la solidaridad también en los castigos o maldiciones divinas a los que coletivamente se hizo digno el pueblo hebreo por la incredulidad agresiva de sus dirigentes. Esas divinas bendiciones, esas promesas del amor divino, no fueron absolutas, sino condicionadas. No fue Dios quien falló; fue Israel el que, por sus cabezas, abandonó a Dios. Su infidelidad atrajo sobre él las maldiciones divinas.
Es cierto, como dice San Pablo, (Rom XI 18) que Israel es el olivo y los gentiles son el acebuche, injertado en ese olivo; pero el injerto tiene ahora toda la vitalidad y todos los frutos que el tronco añejo ya no dió. No es la ley que ya fue derogada, sino la gracia de Cristo la que nos salva y santifica.

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Creemos que con lo dicho hemos demostrado la tesis fundamental de nuestro comentario al escrito de Roddy: el problema judío, como lo ha planteado y sostiene la Sinagoga, es un problema mesiánico, es decir, un problema cuya nota esencial es su mesianismo. Es así que el mesianismo judío, según la fe de la Sinagoga, en su misma esencia, no es religioso y espiritual, sino político y material. Luego el problema expuesto en su génesis, por la revista LOOK, es un problema político, de raigambres políticos y de proyecciones políticas. El sionismo buscaba las absoluciones conciliares para realizar sus destinos raciales, su mesianismo judío. Y es importantísimo, es vital para el futuro del mundo, el que se conozca, se estudie y se demuestre este aspecto práctico y político de la Declaración formulada por el Secretariado del Cardenal Bea, que, como se desprende del comentario de la revista LOOK, fue prohijado, impulsado y llevado a feliz término por la actividad asombrosa de las organizaciones del Judaismo Internacional. La misma actividad desplegada por los sionistas y sus colaboradores; la actitud de ataque, de desprecio y de calumnia que han tomado contra los que no pensamos como ellos, son una confirmación manifiesta, una nueva prueba de nuestra tesis.

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Se condena como antisemitismo lo que es legítima defensa; se confunde la noción de la caridad cristiana con la traición a Dios y el conformismo entreguista; se declaran exaltados, locos y rebeldes a los que ven el problema en su cruda realidad; se nos ha hecho creer que las amistades judeo-cristianas —fundadas no en la aceptación de Cristo y de su Iglesia, ni siquiera en el establecimiento de un diálogo sincero que busque la verdad y acerque a los judíos no cristianos o anticristianos a una posible conversión, sino en la misma posición inicial del pueblo que en el pretorio de Pilato pidió la muerte de Jesús— va a establecer en el futuro un triunfal acrecentamiento de la PAZ de Cristo en el REINO de Cristo.
Yo pregunto: ¿Es posible el bienestar de la Iglesia, mientras el mesianismo judío, el anti-Cristo siga triunfalmente ensanchando sus tentáculos demoledores y poderosísimos para eliminar a Cristo y a su Iglesia? ¿Qué garantía tenemos no digo ya de la sinceridad judaica, sino siquiera de una actitud de respeto a las esencias mismas de nuestra religión? Ellos no han reconocido a Cristo, no han aceptado a su Iglesia, no toleran el que los católicos les hablemos de conversión; quieren todo y solamente ofrecen en cambio, como en otro tiempo, las 30 monedas de plata, precio del Santo de los Santos.
Después del Concilio, obtenida en parte la Declaración por la que tanto lucharon; (aunque, bien examinado el texto, no dejamos de ver que la Iglesia mantuvo su posición antigua), la actitud judía ha sido más violenta, más descarada contra la persona Santísiam de Cristo y contra su Iglesia. Recientemente el Dr. Rugh J. Schonfield, un judío que dice que cree en Dios como "un espíritu puro" pero que no tiene religión alguna, ha publicado una obra con el título: "El Engaño de la Pascua" (The Passover Plot). En ese libro el escritor sostiene que Jesús, alucinado con la idea de que El era el Mesías, urdió y planeó, durante toda su vida, la manera de engañar a su pueblo —lo mismo a las autoridades que a sus discípulos— haciendo coincidir engañosamente los acontecimientos de su vida con las profecías mesiánicas. La Semana de Pasión fue la culminación de este embuste. "Era necesario organizar una conspiración, cuya víctima tenía que ser el mismo emboscado y deliberado instigador. Fue una concepción de pesadilla y una empresa cuyo resultado tenía la lógica espantosa de una mente enferma o la de un genio. Y esa autoconspiración tuvo éxito".
"Desde su triunfante entrada en Jerusalén sobre un asno, cuando El se reveló como Mesías, plenamente consciente de que esta su revelación no podría tener otro término que el ser El arrestado y ejecutado, hasta la crucifixión misma, el Dr. Schonfield pretende demostrarnos que todo lo que Jesús hizo fue deliberadamente encaminado a ajustarse a las circunstancias todas preanunciadas por las Escrituras". Sugiere el escritor judío, sastifecho por la Declaración Conciliar que, Jesús en su plan, buscó la manera de ser crucificado el viernes, sabiendo que así sería bajado de la cruz antes del sábado y de esta manera sólo estaría colgado unas cuantas horas, en las que el esperaba sobrevivir. El vinagre que le fue dado para beber, según este blasfemo escritor, contenía una droga, por la cual Jesús quedó inmediatamente inconsciente, como si estuviera muerto. Y porque creyeron que estaba muerto no le rompieron las piernas. El Dr. Schonfield comprueba su afirmación perversa, al decir que las gotas de sangre y agua que brotaron del costado de Cristo son una prueba evidente de que Cristo no había muerto.
Vale la pena publicar aquí el comentario del periódico oficial del Estado de Israel "The Jerusalem Post", sobre la Declaración Conciliar, publicado el domingo 17 de octubre de 1965:

EL VOTO VATICANO
"Ha sido ahora ya hecha la votación final, en el Concilio Vaticano, sobre la controvertida Declaración de la actitud de la Iglesia hacia las religiones no cristianas. Queda tan sólo por darse el paso final de su formal promulgación. Pudiera ser que el Papa hiciese todavía algunos cambios, pero en vista de la abrumadora mayoría de los votos favorables, y del hecho de que el documento ha sufrido ya muy serias modificaciones, no parece probable que tenga importantes innovaciones, antes de su publicación. Sin embargo, juzgando por las experiencias pasadas, queda la posibilidad de algunas alteraciones de menor importancia, que desde luego serán en favor de los conservadores".
"En esa Declaración, por lo que se refiere a los judíos, lo más fascinante ha sido el espectáculo de la Iglesia Católica que voluntariamente se ha sentado en el banco de los acusados. Un estudio de la historia de la Iglesia demuestra evidentemente que el antisemitismo no es hermano del cristianismo, sino que se ha desenvuelto como una reacción a específicas circunstancias históricas. La atribución trágica de la responsabilidad de la crucifixión a todo el pueblo judío, obviamente se opone a los detalles contenidos en los mismos Evangelios, y la acusación del "Deicidio", que empezó a circular después de más de una centuria de los acontecimientos históricos, fue promulgada por razones políticas. Pero, a través del tiempo, se olvidó la motivación política y esta acusación tuvo reconocimiento de dogma religioso. De aquí procede la historia terrible del antisemitismo cristiano y de las persecuciones que han sufrido los judíos y que caracterizan y han hecho infernal la historia de los judíos en tierras cristianas. Fue esa tradición la que en gran parte preparó la mentalidad europea para simpatizar con el antisemitismo nazi, que culminó con el frío asesinato de 6 millones de personas, ultimadamente porque esas personas no eran cristianas.
"Ese acontecimiento fue el que despertó la conciencia de ciertos círculos en la Iglesia, especialmente entre los elementos más liberales, que se encontraban en paises en que los católicos habían tenido que enfrentarse con otras creencias religiosas. Estos elementos, recordando con horror los terribles acontecimientos que habían sido el lógico resultado de la enseñanza tradicional de la Iglesia, aprovecharon la oportunidad del Concilio Vaticano para presentar este problema delante de los Padres congregados de la Iglesia. En otras palabras, ellos estaban pidiendo la reconsideración de algunas de las más venerables o veneradas doctrinas de la Iglesia y se preguntaban a sí mismos si por ventura la Iglesia, durante 18 siglos, no había conducido erróneamente a sus seguidores. Inevitablemente esta postura provocó violenta oposición por parte de los conservadores de la Iglesia, que no estaban preparados para admitir modificaciones en el dogma, ni para aceptar que la Iglesia, por tanto tiempo hubiese estado en el error".
"Muy pronto, un grupo de elementos extraños empezaron a intervenir en un problema que debería haber sido considerado como un problema interno de la Iglesia Católica. Por una parte, ciertas Organizaciones Judías, ansiosas, de alcanzar una Declaración que fuese suficientemente efectiva para combatir el antisemitismo en el medio católico, se hicieron sentir abiertamente. Pero, con una irreverencia mucho mayor, los Estados Arabes entraron en la contienda con una mezcla de amenazas y adulaciones, para oponerse a que la Declaración fuese promulgada; por dos causas: porque ellos pretendían descubrir siniestros propósitos políticos en la Declaración y porque ellos mismos estaban interesados en reforzar el antisemitismo, como parte de su campaña internacional judía".
"El esquema final, desgraciadamente, es mucho más suave que las versiones anteriores del mismo texto. Los judíos tienen que lamentar, en el aspecto dogmático de la promulgación, las múltiples concesiones que se hicieron a los conservadores; pero esto es un asunto exclusivamente católico. Pero pueden protestar los judíos por ciertas modificaciones que se hayan hecho en atención a la presión de los Arabes. Un documento del Concilio Vaticano deberia exclusivamente estar basado en motivos religiosos y mantenerse completamente ajeno a toda consideración temporal". (Nota: ¡El artículo de Roddy demuestra evidentemente la imparcial actitud de la Mafia Judía en este asunto!).
"Pero haciendo a un lado nuestras reservas, el documento debe ser bien recibido como un paso adelante en la historia de las relaciones judeo-cristianas. Aunque es claro que la Iglesia todavía no está madura para recorrer todo el camino, como muchos de los Padres más conscientes lo pedían, por lo menos es obvio que la Iglesia estaba preparada al menos para empezar por el reconocimiento de su errores históricos. La prueba decisiva evidentemente la tendremos en las aplicaciones prácticas del documento. Su espíritu y sus sentimientos han felizmente encontrado un eco amplio". 

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Los árabes católicos, a su vez, nos dan su punto de vista en otro periódico, publicado también en Jerusalén, en la parte de la Ciudad Santa, que está en poder de Jordania:

POR QUE PROTESTAMOS NOSOTROS
"Una vez más: gracias al Neo-Catolicismo del Cardenal Bea, el autor de la Declaración, o más bien el vehículo sionista en el Concilio, por haber ayudado a muchos catódicos conscientes a ver la necesidad de una Reforma. El Neo-Catolicismo del Cardenal Bea exige católicos suficientemente flexibles y revolucionarios para poder ver su antigua fe de veinte siglos desmoronada sin sufrir ningún trauma sentimental. El sentimentalismo es la acusación en boga, usada para acallar a los que se oponen a la Declaración; así como los gentiles acusan de barbarismo a aquellos que carecen de refinamiento".
"Hablando sentimentalmente, es difícil tragarnos la idea de que el Vaticano espera que todos los católicos acepten dócilmente esa famosa Declaración".
"Nosotros comprendemos las presiones que actúan sobre el Vaticano y sus decisiones. Bajo tales presiones, llegadas por vehículos tales como el Cardenal Bea, es difícil que el Vaticano se quede callado. Pero, por otro lado, el Vaticano no puede cambiar los textos de la Biblia para hacer su Declaración. Jesús fue crucificado por los judíos. He ahí el dilema."
"Como suele suceder, algunos clérigos ambiciosos, por ejemplo el Cardenal tienen su argumentación oculta en sus mangas para presentarla en la Santa Sede y proveer así el tertium quid en el dilema: el crimen del Deicidio debe repartirse en toda la humanidad".
"Esta vez el Neo Catolicismo por boca del Cardenal Bea presenta dos argumentos muy impresionantes. El primero consiste en que no todos los judíos (que vivían entonces) estuvieron presentes en Jerusalén, durante la crucifixión de Cristo; y, por lo tanto, no todos pueden ser condenados por el Deicidio, especialmente si tomamos en cuenta que ninguno de esos judíos vive ya ahora. La segunda razón es esta: si Jesús dijo: 'Padre perdónalos, porque no saben lo que hacen', entonces ¿cómo podemos condenarlos?"
"Siguiendo esa manera de argumentación, nosotros también podemos protestar por el Neo-Catolicismo del Cardenal Bea y rechazar esa Declaración; porque, si no todos los católicos estuvimos presentes en el Concilio para votar, tampoco todos los católicos estamos obligados a creer la Declaración Conciliar".
"Muchos católicos encuentran difícil el creer que el único motivo que originó la Declaración de la exoneración, fue la caridad cristiana.. El Vaticano recorrió todo el camino para encontrar a los judíos y reconciliarse con ellos..., recordando el patrimonio común con los judíos y movidos no por razones políticas sino por el amor del Evangelio..." pero el Vaticano no hizo nada para recorrer siquiera medio camino en el encuentro con nuestros hermanos cristianos los protestantes. O ¿es que el pecado de no reconocer el Primado del Papa, es un pecado más grave y que más difícilmente puede perdonarse que el Deicidio"?
"La obligación del Vaticano, según los católicos conscientes, está en buscar la unidad cristiana y la reconciliación de los diferentes puntos de vista que llegaron al gran cisma y a la Reforma Luterana. Es necesario empezar la obra en casa, porque..., 'si la casa está dividida en sí misma, la casa no puede permanecer en pie".
"Probablemente los católicos árabes sean capaces de hacer lo que no hizo la vanidad del Concilio Vaticano. Nosotros, árabes cristianos, de todas las denominaciones, podemos unirnos y reconciliarnos para formar nuestra propia Iglesia nacional e independiente. Nosotros podemos tener una Iglesia, de la que podamos estar orgullosos; una Iglesia que sea capaz del verdadero amor cristiano y de la reconciliación, una Iglesia que respete la verdad de los Santos Evangelios".
"Finalmente,la absolución exige el arrepentimiento. Jesús crucificado perdonó al ladrón que estaba en su cruz con El, porque ese ladrón pidió perdón. Pero aquellos que han crucificado a Palestina no han sentido su culpabilidad, ni han dado una sola señal de arrepentimiento, y sin embargo, ellos fueron absueltos por el Concilio Vaticano".
"Nosotros de nuevo pedimos al Santo Padre, Sucesor de Pedro, en cuyas manos está la última decisión: 'Por favor, no firméis esa Declaración', porque si la Declaración queda firmada, entonces nosotros preguntaremos con verdad y sinceridad: ¿Quién absolverá después al Vaticano?". 

Evidentemente, el autor de este comentario no puede aceptar todos los puntos de esta editorial de la Prensa Arabe; pero, no dejamos de comprender la enorme tragedia que implicaba para el pueblo de Palestina, la Declaración elaborada y patrocinada por el celo de su Eminencia el Cardenal Agustín Bea, S. J.
Por más que se haya procurado encubrir la tendencia política del Judaismo Internacional, al sugerir primero y alcanzar después, con todos los poderosos recursos de que disponía, esta famosa Declaración; por más que el Secretariado del Cardenal Bea haya enviado un agente personal para visitar a todos los Patriarcas y Obispos árabes, un mes antes del principio de la Cuarta Sesión del Concilio, y asegurarles que la Declaración no tendría ningún carácter político y que sería benéfica para la tranquilidad misma y florecimiento de las cristiandades del Oriente y del mundo entero; por más que la Democracia Cristiana de Italia y Alemania haya demostrado estas buenas intenciones, con sus generosos y cuantiosos donativos para remediar las necesidades de esas Iglesias del Medio Oriente, es evidente que para los pueblos Arabes la Declaración, usando el lenguaje más benigno —era peligrosa, muy peligrosa. Los refugiados palestinos, que en su desgracia sufren las consecuencias de la traición del Estado de Israel, eran para los países árabes una prueba viviente de lo que significa la ambición mesiánica del Judaismo Internacional. La Declaración puede ser interpretada y de hecho lo ha sido por el Judaismo como una aceptación de la Iglesia de su actitud política.

LA APOSTASIA (4)

 Por Mons. José F. Urbina A.
 "EL QUE LEA, ENTIENDA". 
El tiempo que transcurra desde la eliminación del Sacrificio y el día del Juicio, está ciertamente oculto a los ojos de todos. Los hombres -una inmensa mayoría-, creerán que se enfrentan a un cambio mundial globalizado. La entrada a otra época. El Profeta Daniel hablando de este tiempo (Cap. 12) dice: "Los impíos seguirán el mal y ninguno de los malvados entenderá". ¿Y cuándo sucederán las cosas que se anuncian para este tiempo?, lo dice muy claro en el v. 7: "cuando la fuerza del pueblo de los santos estuviera enteramente quebrantada". No dice "fuera", sino "estuviera" enteramente quebrantada, que no es lo mismo. Decir "fuera" enteramente quebrantada, significa que los acontecimientos suderán cuando se llegara a eso; pero al decir "estuviera" enteramente quebrantada, da la idea obviamente de que se establecerá una situación de quebrantamiento de duración desconocida. Apoya esto el texto del Apocalipsis cuando dice: "Aquí es necesaria la paciencia y la Fe de los santos" (Apo. XIII, 10). La Iglesia vencida aparentemente para siempre a los ojos de sus enemigos, igual que Cristo fue puesto en el sepulcro para que sus asesinos cantaran la victoria que creyeron definitiva. La Doctrina de la Iglesia, totalmente olvidada o retorcida. Y así lo creerán para siempre.
Las profecías del Profeta Daniel, aunque hablan de las profanaciones de Antíoco al introducir el culto a Júpiter Olímpico al templo judío, son, sin embargo, figuras -dice San Pablo-, de otras realidades para el tiempo mesiánico. Por eso pueden ser esclarecedoras las Palabras de Cristo N. S. registradas en los Evangelios.
Cuando El habla de las cosas del fin, añade una exclamación casi siempre incomprendida por el lector: "EL QUE LEA, ENTIENDA". La encontramos en San Mateo, en San Marcos, y en el Apocalipsis de San Juan es utilizada con el mismo fin y sentido. Es decir, que se debe realizar un esfuerzo para profundizar y penetrar el misterio, la doctrina, y la profecía. Así podrán hacer los fieles que son de Dios, porque para los demás será absolutamente imposible.
¿Cómo profundizar el sentido de las palabras y de las profecías si el mensaje evangélico ha sido tan brutalmente deformado y así ha sido aceptado por el pueblo?. La verdad es que los manipuladores de este saínete diabólico, pusieron en boca de los fieles un rosario de mentiras y necesidades jamás imaginadas. Y a partir de esos inventos bordaron una nueva Iglesia que es muy similar -al principio- a la Iglesia de Cristo, pero que no es la Iglesia de Cristo. La verdad, es que el pueblo jamás pidió tanto cambio, tanta reforma, tanta "renovación", tanta doctrina "nueva". Ellos observaban con ojos impávidos lo que les arrojaban a la cara; a veces con ojos extrañados y a veces inconformes. La "necesidad" del cambio fue inventada con articio en base a lo que no existía ni se quería. La necesidad de tanta novedad era indispensable para empujar en las venas del individuo el material pestilente, como es necesaria el agua destilada para disolver la droga en polvo. Pero así este pueblo obtenía el precio que merecía por tanta indiferencia, tanta corrupción y tanto pecado.
¿Observaste alguna vez los ojos del que padece gula mientras come?. Los ojos se le encienden como con ira, viendo fijamente sus bocados, espulgando y seleccionando el trozo, posesionado de todo el plato. Se lleva a la boca el bocado sin dejar de ver todo el conjunto y masca con avidez, como si alguien tratara de arrancarle algo. Rodea todo el plato con los brazos, y nunca levanta la vista, sí son los hombres que quieren mundo, placer, carne. No oyen lo que se les dice y si acaso se ofenden; se justifican siempre y es más prosible que se aparten o que te ganes un enemigo oculto que rectifiquen.
Es cierto que el pueblo fiel no sabía muchas cosas de la Doctrina y por eso pueden aducir inocencia en la demolición de la Iglesia. Santo Tomás de Aquino (Sum. Theo. 2-2, q. 6, a. 6) dice que las verdades de la Fe no son igualmente necesarias a todos para salvarse. Hay impedimentos de todas clases para que todos los hombres lleguen al conocimiento de toda la Doctrina, pero lo que nunca se puede negar es que la corrupción del pueblo, enfermó el Cuerpo místico de Cristo y así llegaron los enemigos a introducirse en la Iglesia para luego controlar y prostituir. Por esto son coopartícipes de una responsabilidad tremenda que indudablemente los hace culpables. 

EL FIN DEL MUNDO ES UNA BURLA.
 Hay algunos ilusos que para esconder su irresponsabilidad su pecado de cisma, dicen que hay que orar mucho a Dios para esperar un próximo triunfo de la Iglesia. ¿Es posible este triunfo?, ¿la Iglesia espera un triunfo?. Los Evangelios dicen otra cosa totalmente.
Llama la atención que N. S. Jesucristo, menciona a Lot y a Noé. ¿Por qué menciona a Lot y a Noé cuando habla de los últimos días de1 mundo próximos a la Parusía?, evidentemente porque dan un abundante material de estudio y reflexión. Advierte con esto, que en ese punto, nadie Lo estará esperando, ni siquiera los "buenos".
El texto de San Lucas es claro y revelador: (Cap. XVII, v. 26): "Lo que aconteció en el tiempo de Noé IGUALMENTE acaecerá en el día del Hijo del Hombre. Comían y bebían, casábanse y celebraban bodas, HASTA EL DIA en que Noé entró en el arca y sobrevino, entonces, el Diluvio que acabó con todos. Como también lo que sucedió en los días de Lot: comían y bebían, compraban y vendían, hacían plantíos y edificaban casas; más EL DIA que salió Lot de Sodoma, llovió del cielo fuego y azufre, que los abrasó a todos. DE ESTA MANERA SERA EL DIA EN QUE SE MANIFESTARA EL HIJO DEL HOMBRE"
¿En dónde vemos aquí un triunfo de la Iglesia, sino la inesperada Parusía en la que Cristo reclama Sus derechos y condena al Anticristo formado por la cabeza y su cuerpo formado por los hombres de esa generación perversa?. Las gentes del tiempo de Lot y de Noé, se burlaron de ellos, como al final se burlarán de quienes anuncien la Parusía. Esta generación malvada, no obtendrá más señal que la señal de Jonás. Los fariseos del tiempo de Cristo N. S., pedían una señal cuando estaban ciegos a muchas de muchas clases. El Señor les contestó que no tendrían otra señal que la de Jonás. Es decir, el Hijo del Hombre muerto y sepultado por tres días en el sepulcro. La señal de la Parusía será la Iglesia muerta y enterrada en el sepulcro por obra de los hombres. ¿En dónde aparece aquí un triunfo de la Iglesia que no sea la presencia misma del Señor?. En San Mateo dos veces y en San Lucas (XI, 29), Cristo se refiere a la señal de Jonás: "Esta raza, es una raza perversa; pide un prodigio, pero no se le dará otro prodigio que la señal del Profeta Jonás". El hombre se ha alejado de Dios y ha caminado con desparpajo y desprecio en sentido contrario a la luz. ¿Va el Señor a caminar al encuentro de quienes lo aborrecen y lo desprecian?, ¿va a prestarse el Señor a ser un objeto del hombre vivales que almacena materia, que busca la carne, que se divierte y viaja, que viola la ley y los preceptos, que abandona a la Iglesia a su suerte, que es incapaz, no digamos de un sacrificio, pero ni siquiera un esfuerzo por su Dios?. ¿Dónde aparece aquí un triunfo de la Iglesia que le permita al hombre irresponsable cubrir su corazón leproso, su cisma, su irresponsabilidad recibiendo con gozo al papa, al Sacrificio redivivo, y todo aquello que le dio esplendor al Cristianismo, como premio a su corazón perezoso y mezquino?. Si hay un triunfo de la Iglesia, ¿a qué viene Cristo?, ¿no prometió a su pequeño rebaño no dejarlo solo sino volver?. Si Cristo regresa a sacar a los Suyos de este mundo convulsionado y peligroso, ¿será que esto lo haga en medio de un triunfo de la Iglesia?. La idea de que esperamos un triunfo de la Iglesia la predican los actuales cismáticos, los que se han negado a la elección del padre común, los que dicen que los Sacramentos que administran por la necesidad son válidos y completan su tontería diciendo que la Iglesia suple y cubren así su posición irregular.
Pero podemos reabundar en esta doctrina. En San Mateo (Cap. XXV, 1 y sigs. ) se nos narra la parábola de las vírgenes prudentes y necias. En Cap. XXV, 1 dice: "Mas llegada la MEDIA NOCHE se oyó una voz que gritaba: Mirad que viene el Esposo". En la Biblia comentada de Torres Amat se dice comentando estos textos: "Es falso decir: Cristo no puede venir en nuestro tiempo... Jesús les da amplias señales para que puedan estar alertas (San Marcos Cap. XII), y aún para que conozcan cuándo El estará a la puerta... El vendrá cuando menos lo esperan "como una red sobre la Tierra entera de modo que solamente estén preparados "los que aman Su venida" (II Timoteo IV,8)".
Las vírgenes bobas se duermen, no son previsoras y el Esposo viene a la media noche. El original griego dice "messes de niktos" que sé traduce más propiamente como "en lo más profundo de la noche". Esta situación, ¿puede darnos idea de que la Iglesia ha tenido un triunfo?. ¿No está esta idea divorciada de la Escritura solamente en la mente de un iluso irresponsable, de esos que manipulan camunidades aisladas fuera de la comunión de la Iglesia?
Cristo ha de venir, entonces, en lo más profundo de la noche. Cuando la oscuridad es más cerrada. ¿Se trata aquí de la luz del sol?, para nada. Aquí se habla de una profunda oscuridad moral y espiritual. Los hombres no alcanzan a ver nada. Están ciegos pero creen ver. "Por eso su pecado permanece". Si hubiera Iglesia en el mundo, aunque estuviera reducida a su mínima expresión; si hubiera Sacrificio en los altares, no existiría esa oscuridad. Los hombres se encargaron de apagar y pisotear las últimas luminarias que había. Y en esas condiciones, lo dijo Cristo, nadie sabe a dónde va. Si ahora creemos que podemos ver, estando el Demonio gobernando desde el Vaticano; si nos satisfacen esos ritos modernos y blasfemos o las Misas cismáticas del supuesto "resto fiel"; si no interpretamos los densos nubarrones de tempestad levantados porque la sociedad, la familia, los gobiernos y la misma Naturaleza se han desencuadernado y creemos que todo esto puede revertirse por una gracia gratuita de Dios que viene al encuentro de los hombres que lo rachazan y que se burlan de El, entonces somos como esos burros ciegos que corren en tropel hacia el despeñadero, como los cerdos endemoniados que se desbarrancaron.
Sin embargo, todas las señales que vemos a nuestro derredor -o que no vemos-, palidecen frente a la señal toral que Cristo puso en primer lugar. La eliminación del Sacrificio Perpetuo y la introducción de la abominable desolación en el lugar santo. Hemos visto la señal, y ¿no permanecemos ciegos pensando en triunfos de la Iglesia en otras ideas similares?.
Para el mundo liberal, ateo o "democrático", el tema del fin del mundo, es motivo de burla cuando es tratado. Las generaciones de hombres fabricadas intencionalmente sin moral y sin conciencia, lejísimos de la Doctrina Cristiana ignoran completamente el tema. No así aquellos -que los han creado y prostituido, por odio al Fundador del Cristíanismo, con El cual siguen después de dos mil años, en una lucha estúpida e infrustuosa. Ellos sí conocen el tema y lo han tomado en estos tiempos significativos, tal vez porque en el fondo de la conciencia que aplastan, algo temen ante la nutrida cantidad de señales anunciadas que ahora se ven. Como verdaderos demonios que encienden más su ira cuando más se les reprime, antes que convertirse, han arreciado la violencia y la burla al Señor se ha vuelto directa y altanera. Valiéndose de poderosos recursos electrónicos de propaganda, difunden, por ejemplo, caricaturas que muestran a Dios Padre, apoyado con aire de indolencia y pelo de rockero en una nube, tratando de pinchar con una enorme espina un globo de hule que representa la Tierra. Nunca dejan de atacar, nunca dejan de infiltrar, nunca dejan de traicionar, nunca de corromper. San Pablo dijo que eran enemigos de todos los hombres. Cristo los llamó "hijos del Diablo". ¿Cómo se atreven a decir que son "el pueblo de Dios", si hacen la obra del Diablo?, ¿y cómo los jefes del Vaticano se atreven a decir que son los "hermanos mayores de los cristianos"?. La B.B.C. de Londres y otras asociaciones han cancelado oficialmente el cómputo de la historia que se dividia en antes de Cristo (A.C.) y después de Cristo (D.C.). Ahora estamos en el "tiempo vulgar". Y esto "por respeto a las otras religiones". Esta moda, podemos anunciarlo, lo invadirá todo. ¡Cuánto odio inextinguible, cuántas señales de la próxima Parusía!. No dejo de asociar este cambio con el cambio litúrgico en la Iglesia del Vaticano que nombra a los domingos después de Pentecostés "domingos del tiempo ordinario". ¿No se ve allá metida la misma mano?.
Podemos valorar la degradación moral y espiritual de esta generación actual que agoniza y que se hunde, analizando los contrastes. Junto a una ciudad que ha sido arrasada por una inundación, llena de cuadros de dolor, desesperación y muerte, hay otra que no ha sido tocada. En ella los prostíbulos funcionan a toda su capacidad; las casas de juego y los bares llenos a reventar de quienes hablan de negocios, de política o de mujeres; los restaurantes agotaron sus mesas con gente despreocupada; las discotecas abarrotadas de jovencitos y jovencitas que van a drogarse, a estupidizarse con el océano sonoro de la música satánica que los rodea, a excitarse y a manosearse con la venia de sus padres; las clínicas atienden a las mujeres abortistas. Las gentes hacen planes para las vacaciones y ahorra sacrificadamente para eso. ¡Quieren conocer el mundo!. El deporte se ha convertido en un culto y en sn ídolo y atrae masas inmensas para gritar como desaforados, y los festivales de Rock se organizan y efectúan a los que asisten muchos miles que gritan y brincan como unos enajenados. Los templos protestantes de toda creencia y color congregan a cientos de apóstatas de la Fe Católica; los centros de lectura de cartas o de la suerte atraen a quienes quieren saber qué les depara el destino en el amor, en la salud y en los negocios. En las puertas de las casas, infinidad de parejitas se soban y se acarician generosamente. Este pueblo zarandeado por sus corruptores y por todos los que a su costa hacen comercio, se mantiene insensible a todo lo que no lo afecte en sus intereses personales.
De todos estos males que el Señor va a arrasar, hay uno que es el peor, origen directo o indirecto de todo lo anterior y más. Se ha infiltrado en la sociedad, en los gobiernos, en las familias y en el alma de los hombres, la peor herejía de toda la historia -así definida por el Papa santo Pío X-, porque empuja y arrastra a la degeneración que abre la puerta a todos los excesos y a la muerte. Hacia la muerte del alma, pero también al exterminio de la raza humana. El Modernismo. Esta herejía es homicida. Pretende para la apariencia exterior asirse de la verdad evangélica pero lo hace al mismo tiempo de lo oscuro, de lo turbio, de lo ambiguo y de lo diabólico.
Hace siglos la Roma católica prohibió las reuniones de los fieles con los herejes, y estas reuniones se dan a todos los niveles de la jerarquía. ¿Podría ni siquiera imaginarse a unos padres que con toda tranquilidad visiten con todos sus hijos la casa en la que hay un enfermo terriblemente contagioso?, pues esto es lo que hacen los infectados de este mal tan maligno llamado Modernismo. Esta política tan corrosiva la llaman ECUMENISMO y con suma tranquilidad arrojan a sus fieles a los lobos, al peligro grave de virulentas doctrinas que van a enfermar de muerte -y de hecho lo están haciendo-, a los que ingenuos e ignorantes se acercan a los terrenos que sus mismos jefes les indicaron. Terrenos pantanosos e infecciosos.
Pues este es el mayor mal que padece esa ciudad vecina de la que fue arrasada sin pensar que Dios, cuando ve que no hay remedio ni solución, determina así exterminar el mal, y que por lo tanto, el cúmulo de males de ninguna manera puede hacer que se consideren librados de lo que justamente esta anunciado como el pródromo de la Parusía.
La prostitución de la raza humana llega a niveles increíbles, lo mismo que su ceguera.
No alcanso a comprender cuáles son los sentimientos que invaden el alma ante la visión de muchos hombres de hoy: ¿compasión?, ¿horror?, ¿asco?. Son hombres que han naufragado y que seguirán a la deriva. No son capaces de un esfuerzo por su Dios, porque no quieren renunciar a sus pasiones. Han mordido las piltrafas mundanas y no las sueltan. Saben que el camino ascendente para ellos se ha cancelado, entonces brasean desesperadamente en medio de este proceloso mar basados en sus solas fuerzas, porque no están dispuestos a dejar lo que les gusta. No están dispuestos a hincar la rodilla ante su Señor si es al precio de dejar su soberbia, su codicia o su lujuria.
En el alma de estos pobres no se puede medir la soberbia por lo que han logrado entre los hombres, sino por lo que quisieran lograr. Su extrema frustración en el logro de sus ambiciones ha incrementado su odio a su suerte y al mundo que los desprecia y la soberbia ha hecho de él un monstruo. No se puede medir su lujuria por lo que han gozado y obtenido, sino por lo que quisieran haber logrado. Ni se puede edir su avaricia, por lo que tienen, sino en lo que quisieran tener, que llega a ser desmedido y monstruoso cuando no les ha sido posible obtener todo lo que quisieran. Estos hombres no son honestos y te van traicionar para lograr sus ambiciones.
Lo mismo que se dice de una sola persona, se puede decir con verdad de la sociedad, porque rechazando a Dios, busca por sus propios medios y fuerzas sus logros y triunfos, de donde vienen las injusticias, el hambre de los pobres y las traiciones, entre otras cosas.
Esta no es más que una profunda y sistemática descristianiziación de la sociedad o de los individuos, camino al exterminio.
La apostasía de las masas es una renuncia a la voluntad de Dios que deja de ser el Legislador supremo a fin de dar paso a las ambiciones y pasiones humanas libres del yugo que se proclama esclavizante. El hombre, entonces, toma un rumbo distinto en base a su limitada inteligencia y se cree capaz de solucionar todas las dificultades que encuentre por seguir su propio camino.
Comienza a surgir otra cultura. La cultura humana, la cultura mundana y el espíritu decrece irremediablemente. Producto de ésta, es el culto al deporte convertido ya en nuestro tiempo en un ídolo del que hay que hablar brevemente.
Muchos cientos de miles por todo el mundo, llamados "aficionados" pero en realidad fanatizados asisten a los estadios gritando como bestias, al mismo tiempo, en el mismo tono, al ritmo de una pelota. ¿Te haz dado cuenta que los cronistas deportivos te hablan gritando?. En las mesas de los reporteros se sientan tres ministros porque han hecho una liturgia. Y una religión pagana.
¿No es el culto de una religión pagana las famosas Olimpiadas?. Su origen es Grecia. En la ciudad de Olimpia se celebraban los juegos cada cuatro años en honor del dios Zeus (olímpico) mientras se efectuaban procesiones y sacrificios. En el último día, se premiaba a los vencedores y se proclamaba su patria de origen. Comenzaron a celebrarse en el año 776 antes de Cristo hasta que el emperador Teodosio las prohibió en el año 394 D. C. Durante los cinco días que duraban estaba prohibida la guerra y los artistas de todos lados aprovechaban exponer sus obras. En 1894, el barón Pedro de Coubertin celebró en París un congreso con el fin de iniciarlas nuevamente, y en 1896, se celebró la primera Olimpiada de la era moderna en Atenas. Desde eso, cada cuatro años -excepto durante la guerra mundial-, se celebran las Olimpiadas en distintas naciones. Se enciende previamente la llama sagrada y se le pasea por todo el mundo y se cuida que no se apague pues fue encendida en Olimpia, y miles de gentes por todas las ciudades la vitorean al paso. Estas celebraciones tienen un lado muy oscuro que tal vez pocos han visto. La paganización de la sociedad. El día en que se inauguran las Olimpiadas, la ceremonia del encendido del pebetero en el que va a arder "la llama olímpica" es rodeado de una liturgia muy especial. Las luces son adaptadas, el escenario es impresionante. Entra el corredor portando la llama encendida en Grecia, la multitud explota en gritos y aclamaciones. ¡Qué bonito es eso!. Algo así como el día de la Parusía en que Cristo aparezca!. Sube el corredor las gradas del estadio y enciende el pebetero. Los juegos olímpicos han sido inaugurados. La algarabía y la alegría es internacional. Y a los hombres les han embutido en el espíritu lo que les han arrancado de religión, de moral y de decencia.
Ahora las Olimpiadas se han extendido a los continente, a los discapacitados, etc. La cosa avanza favorablemente. El espíritu es aplastado y la materia crece y crece hasta convertirse en un monstruo que con una sola mano aplastará a los hombres necios y tercos.
Pero para embutir a reventar el vacío del hombre, es necesario llenar las partes del pantano que no están embarradas. Infinidad de estadios por todo el mundo, -como antes la Iglesia llenó de templos para alabar a Dios, los más pequeños pueblos- con sus competencias, con sus miles de "aficionados", dispuestos siempre a la agresión, al tumulto, al insulto e incluso al asesinato. Vestidos como monigotes van a los estadios y recorren las calles comunicando a todos su felicidad. Gastando enormes sumas de dinero -como los viajeros y gozadores- que el mundo necesita para aliviar horribles cuadros de necesidad, o para aliviar la necesidad de una Iglesia que agoniza. "TUVE HAMBRE Y NO ME DISTE DE COMER". Están pendientes religiosamente de la marcha de los acontecimientes; se reúnen ante la televisión como un domingo de precepto, para emborracharse y fomentan amistades. Las civilizaciones decadentes, ya lo he dicho, esta es una constante histórica, construyen estadios y destruyen tamplos- El espíritu muere y el físico crece. El culto al físico, a la forma, a la belleza que excita el libido. Es lo que es propio de los espíritus menguados, voraces y oscuros. La carroña -aunque esté maquillada- ocupa el lugar que ha dejado el espíritu, ¡y se siente bien, satisface y llena plenamente, la voracidad se alivia momentáneamente!. Un presidente dijo que su país "ya era otro" después de la victoria de la "selección" nacional. Y así, los hombres están ahogando poco a poco validos de su libertad, de su inteligencia y de su voluntad lo que los hace distintos y superiores a los cerdos y se revuelcan en su propio excremento, y haciendo pelotas se las arrojan a la cara.
Los nuevos curas modernistas predican la "inculturación". Saben ellos dónde socavan para hundir el piso, para matar las raíces del árbol a fin de que sin perder su apariencia exterior, caiga a tierra.
Por eso permiten que al Niño Jesús lo vistan los fieles aficionados de futbolista, y se hagan seguidores de la Iglesia Maradoniana que tiene sus santuarios con reliquias del jugador. ¿No ya Juan Pablo II asistió en Benin a los ritos con los vudús en medio de danzas lúbricas y copulatorias y de libaciones en honor de sus dioses por esa algarabía ecuménica y blasfema que traen entre manos?.
Cualesquiera podría decir que están totalmente locos, pero no están locos. Son malignos, oscuros y satánicos.