viernes, 31 de agosto de 2012

Del Culto de los Santos, y de las Indulgencias.

TITULO IV.
DEL CULTO DIVINO
Capítulo IV. 
Del Culto de los Santos, y de las Indulgencias.

 384. Por cuanto somos hijos de los santos patriarcas, y esperamos aquella vida que ha de dar Dios a los que siempre conservan en él su fe, (Tob. XI, 18), con el fin de que multiplicándose los intercesores, Dios nos conceda más fácilmente su gracia y perdón, y la vida eterna y otras cosas que nos son muy necesarias, acostúmbrense todos los fieles a invocar con humildad y confianza a los Santos que reinan con Cristo, y a recordar sus virtudes, y a procurar con todo empeño imitarlos. Con religiosa alegría procuren celebrar las principales fiestas de aquellos, de cuyo nombre y tutela nos ufanamos, y a quienes reconocen por patronos y especiales y señalados protectores, tanto cada parroquia, como la diócesis, la provincia ó la nación.
385. Curas y predicadores hagan esfuerzos por promover al culto de San José, esposo de la Santísima Virgen María. «Tienen en José los padres de familia un perfecto dechado de la vigilancia y cuidados paternales; lo tienen los esposos del amor, concordia y fidelidad conyugal; lo tienen las vírgenes por modelo y protector de la pureza virginal. Aprendan los nobles, a ejemplo de José, a conservar su dignidad aun en la adversa fortuna, y vean los ricos cuáles son los bienes que es necesario buscar con mayor afán. Los proletarios, los obreros, los de las clases más bajas, tienen todos igual derecho, cada cual por diverso motivo, de recurrir a José»  (Leo XIII, Quamquam pluries, 15 aug. 1889).
 
386. Por tanto, además de los ejercicios cuotidianos de devoción en honor de San José, que recomendamos encarecidamente, queremos que, si es posible, al menos en las principales Iglesias, sus rectores procuren celebrar el mes de Marzo en honor del Santo Patriarca, con singulares ejercicios de piedad, lo cual será útil y laudable en extremo, como con justicia lo llama Nuestro Smo. Padre León XIII. Donde no pueda verficarse fácilmente, sería por lo menos de desearse que untes de su día, en la Iglesia matriz del lugar, se celebrara un Triduo. En el mes de Octubre, en el rezo del Rosario, añádase la oración a San José que empieza: Ad te, beate Joseph. (Leo XIII, Quamquam pluries, 15 aug. 1889).

387. Para que nos defienda a nosotros y a nuestros pueblos en la batalla, y sea nuestro baluarte contra los asaltos y asechanzas del diablo, tengamos singular devoción a San Miguel Arcángel; é invoquémosle continuamente, para que revestido de virtud divina, relegue al infierno a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan vagando por el mundo para la perdición de las almas; y para que disipe también las maquinaciones de los esclavos de Satanás.

388. Hay que guardarse de profanar las fiestas de los Santos con banquetes desordenados, bailes, exceso en la bebida, y espectáculos poco ó nada religiosos, honestos y decentes: por tanto, los curas, al acercarse los días de fiesta principales, exhorten a los fieles a atraerse la protección de los Santos, con la verdadera piedad, la frecuencia de los Sacramentos y la devota asistencia a los divinos oficios.

389. Por cuanto la potestad de conceder indulgencias ha sido conferida a la Iglesia por Jesucristo, y ella ha usado siempre, desde los tiempos más remotos, de esta potestad que le confiara el Señor, y el Concilio Tridentino (Sess. 25. decr. de indulgent.) ha pronunciado su anatema contra los que afirman que las indulgencias son inútiles, ó niegan que la Iglesia tiene potestad de concederlas; exhortamos a todos los fieles a que las tengan en grande estima y procuren con ahinco ganarlas, tanto para sí como para los difuntos, observando las condiciones prescritas.

390. Al conceder indulgencias a sus diocesanos, procuren los Obispos usar de gran moderación, conforme a la antigua y aprobada costumbre de la Iglesia, no sea que por la excesiva facilidad se enerve la disciplina eclesiástica (Conc. Trid. ibid.).

391. Los Ordinarios no sólo deberán hacer todo lo posible, para que no circulen indulgencias falsas y apócrifas y retirarlas de las manos de los fieles, sino que procurarán que los decretos de la Sagrada Congregación de Indulgencias y Reliquias, sobre todo los que tratan de la publicación é impresión de las mismas indulgencias, se observen al pie de la letra (S. C. Indulg. 14 April. 1856 (Decr. Auth. n. 370, 371, 372, 373, 376). 

392. Cuando el Sumo Pontífice concede alguna indulgencia Urbi et Orbi, para que la ganen los fieles en las diversas diócesis, no se requiere que los Ordinarios la promulguen en sus respectivos territorios. Pueden, sí, los Obispos promulgar las indulgencias en sus diocesis, siempre que estén ciertos de su autenticidad, como sucede cuando las encuentran en autores fidedignos (S.C. Indulg. I jul. 1839, 31 aug. 1844).

393. No puede el Obispo añadir nuevas indulgencias al mismo acto de piedad, o a la misma cofradia que ya tiene indulgencias plenarias o parciales concedidas por el Romano Pontífice; ni tampoco a las cruces, rosarios o imágenes benditas por el Papa o por un sacerdote que tenga la facultad de hacerlo; ni tampoco al mismo objeto o al mismo acto de piedad a que ya concedió indulgencias su Predecesor. Tampoco puede el Obispo conceder indulgencias a los fieles de ajena diócesis, aunque lo consienta el Ordinario del lugar; es inválida, por tanto, la acumulación de indulgencias concedidas por varios Obispos al mismo acto de piedad. Tampoco puede el Obispo, para aumentar las indulgencias, dividir en varias partes el mismo acto de piedad.

394. Todos los que comercian con las indulgencias, y otras gracias espirituales, incurren en excomunión latae sententiae (S. Pius V. Const. Quam plenum, 2 Ian. 1569), sencillamente reservada al Romano Pontífice (Pius IX, Const. Apostolicae Sedis). Recuerden todos que las indulgencias concedidas a las cruces, rosarios etc. se pierden si algo se pide ó acepta, por vía de compra, permuta, regalo ó limosna. (S.C. Indulg. 16 jul. 1887; 9 julii 1896; Mocchegiani, pag. 1076)

395. Por la profanación de una Iglesia no se pierden las indulgencias que le hayan sido concedidas anteriormente; como tampoco cesan, si derribándose la Iglesia se edifica una nueva, con tal que sea en el mismo lugar y con el mismo título (S. C. Indulg. 9 aug. 1843; 18 sept. 1862; Decr. Auth. n. 323, 396)

396. El sacerdote que celebra la Misa, verbigracia por un difunto, y le aplica la indulgencia plenaria del altar privilegiado, puede el mismo día, en virtud de la Comunión que ha recibido en la misa, ganar otra indulgencia plenaria aplicable a si mismo ó a los difuntos, para la cual se requiera la Comunión. En cuanto a los enfermos y sordo-mudos hay que atenerse a los decretos de la Sagrada Congregación de Indulgencias de 18 de Septiembre de 1862 y 15 de Marzo de 1852.

397. Sin especial indulto de la Santa Sede, una Iglesia que haya sido de Franciscanos y por causa de las revoluciones haya pasado al Ordinario, y esté servida por clérigos seculares, ya no goza de las indulgencias concedidas general ó especialmente a los fieles que visiten las Iglesias Franciscanas, y por consiguiente de la Porciúncula; y esto aun cuando los Regulares no hayan renunciado sus derechos Esto se entiende igualmente de las demás Iglesias de Regulares suprimidos civilmente.

398. Adviértase a los fieles que la materia de los escapularios, debe ser un tejido de lana, y no lo que se llama punto, ni han de estar bordados; además no es necesario que se lleven dichos escapularios a raiz del cuerpo, pues basta portarlos sobre el vestido. Para ganar las indulgencias anexas a los santos escapularios, es preciso que una parte cuelgue sobre el pecho y otra sobre la espalda.
Actas del concilio plenario America latina

miércoles, 29 de agosto de 2012

COMENTARIO AL TEXTO DE COMO LOS JUDIOS CAMBIARON EL PENSAMIENTO CATOLICO (6 y ultimo))

Por R.P. Joaquín Saenz Arriaga
 
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El insigne escritor George Knuffer, en su extraordinaria obra La lucha por el poder mundial, confirma ampliamente nuestros anteriores conceptos:
"En la actualidad nos estamos acercando al punto álgido de la lucha por el poder mundial, que ha venido librándose durante siglos. Este problema nos concierne a todos y a cada uno de nosotros... ¿Vamos a ser hombres libres al servicio de Dios y de nuestro prójimo, o vamos a ser esclavos, privados incluso del derecho de adorar a Dios, según El lo quiere y nuestra conciencia lo exige? Esta es la cuestión y a ella están vinculadas la supervivencia de nuestras naciones y Estados, de nuestras culturas e incluso las supervivencias raciales. Todo está comprometido, incluyendo, en muchos casos, nuestras propias vidas..."

"De este modo vemos que si un día el centro, el punto focal de la conspiración para obtener el poder material mundial, parecía estar en Moscú, con su jefatura disfrazada simbólicamente de la Tercera Internacional, actualmente el centro, el punto focal de la misma lucha por la dominación del globo, respaldada por la misma gente de antes, no está ya en Moscú, sino en Washington y Nueva York, habiendo respaldado la ONU (Organización de las Naciones Unidas) a la Tercera Internacional.
"Si la antigua Liga de las Naciones fue instituida como una unidad de adiestramiento y un ejemplo para acostumbrar a la gente a la idea de internacionalismo y al abandono de la soberanía estatal, en favor de un anónimo poder internacional, que ni siquiera se ha declarado cristiano, la Organización de las Naciones Unidas tiene una verdadera finalidad, es la última expresión antes de la culminación del plan de proclamar el mesianismo materialista.
"Bajo este prisma es fácil comprender por qué estos últimos años un número considerable de comunistas declarados se han convertido en prominentes y, al parecer, sinceros anticomunistas. A primera vista puede parecemos que han reformado su opinión. Nada de esto: lógica y consistentemente siguen luchando por los mismos principios de antes, pero de una forma nueva y mejor. No han abandonado su designio fatal, sino únicamente los instrumentos que han resultado ineficaces..."
"Un aspecto importante del truco de las tres cartas, que tiene una relación concreta con los presentes acontecimientos mundiales y explica muchos de sus detalles y características, es que debemos tener presente la existencia, por así decirlo, de dos bolchevismos: el bolchevismo blanco, con su punto focal y base principal en América y el bolchevismo rojo, con su centro en Rusia. Entendemos aquí por bolchevismo la expresión del estado de ánimo y modo de vivir inducidos por el mesianismo materialista, independientemente de si la forma de gobierno, en cualquier caso, es la democracia parlamentaria o la de un terror abierto y despiadado. Naturalmente sabemos y admitimos que, hoy por hoy, la vida en los países sujetos al bolchevismo blanco es mucho mejor en todos los aspectos que bajo el gobierno rojo; pero, ambos bolchevismos se relacionan en el fondo, tanto en su espíritu como en su objetivo final".
"De hecho, como ya sabemos, fueron los blancos, o, mejor dicho, sus dirigentes, los que dieron vida a la variedad roja; y repetimos de nuevo que los americanos, los rusos y todos los demás no son, en manera alguna, responsables de los sistemas que los oprimen o, por lo menos los explotan".
"Pero los que tienen el propósito de gobernar al mundo no pueden dejarlo dividido, aunque sea nominalmente, en dos campos: el rojo y el blanco, o entre democracia y socialismo, tienen que unirlo bajo una social democracia o democracia cristiana, como se ha llamado. Para lograrlo, los protagonistas del bolchevismo blanco saldrán a escena (ahora que el comunismo rojo se ha hecho tan odioso; actitud conscientemente aconsejada en el momento oportuno) como los libertadores del mundo. Los blancos nos salvarán a todos de los rojos, sustituyendo una variación del mismo tema por otra, reteniendo así la iniciativa y asegurándose un apoyo casi universal. De este modo se logrará el final consentimiento del mundo. Ello es seguro, a menos que todos nos tomemos la molestia de comprender las cuestiones en juego y emprendamos la línea de conducta que requiera".


 En este truco, la religión y especialmente el Catolicismo tenía que respaldar, en un deseo de paz, los planes enemigos. Por eso vino la nueva táctica a buscar pacífica coexistencia, a abrir el diálogo con los mayores enemigos de Cristo y de su Iglesia.
No lo olvidemos: el enemigo que hoy nos halaga, el que nos recibe con honores, el que abre generosamente la bolsa para ofrecernos su ayuda, será el mismo que mañana nos esclavice y se burle de nuestra derrota. Después del Domingo de Ramos, vino el Viernes Santo, con sus voces blasfemas, con su Calvario y con su Cruz.


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Hemos insistido en señalar, como una explicación dolorosa pero cierta de la revolución religiosa que hoy sacude al mundo y que parece ser el presagio de nuestra ruina total, el hecho incuestionable de las infiltraciones judías, masónicas y aun comunistas, que actúan eficasísimamente dentro de la Iglesia de Cristo. Ya el Divino Maestro había anunciado esas infiltraciones futuras, esos lobos vestidos con pieles de ovejas, esos pastores mercenarios, que, al ver venir el lobo, huyen y abandonan a las ovejas en sus garras; y Su Santidad el Papa San Pío X, las denuncia en su Encíclica "Pascendi Dominici gregis" contra el modernismo. El artículo de la revista LOOK parece comprobarnos ampliamente la acción coordinada que dentro de la Iglesia pudieron realizar los jefes de las Organizaciones Judías.
No nos toca a nosotros investigar los casos, ni señalar las responsabilidades. Ni siquiera podemos afirmar que haya habido mala fe y traición voluntaria en las personas concretas, cuyos nombres podrían aducirse. Solamente el juicio de Dios, que conoce los secretos de los corazones, podrá algún día descubir a los traidores emboscados. Por lo demás, nuestro escrito no quiere ni busca acusaciones personales, sino descubrir más bien los ardides del enemigo y convencer a los que todavía no admiten el tremendo problema del Judaismo Internacional.


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Nada más como una cita histórica, relacionada con el tema que venimos tratando, nos parece oportuno y conveniente citar aquí un documento que la Delegación Arabe de Palestina en la ONU dirigió a su Eminencia el Cardenal Bea S. J., y que fue publicado en diversos periódicos de los Estados Unidos.
441 Lexiton Ave.
New York City, N. Y.
Su Eminencia Agustín Cardenal Bea,
c/o al Excelentísimo John Krol, Arzobispo de Filadelfia.
5700 City Line Ave.
Filadelfia, Pa.


Su Eminencia:
La Agencia Telegráfica Judía "Daily News Bulletin" de hoy, anunció que Su Eminencia llega el miércoles al Aeropuerto Internacional Kennedy, donde será recibido por los dirigentes de la Liga Antidifamatoria (Anti-Difation League) de la B'nai B'rith. 
Es chocante para mí, como Cristiano Arabe de Palestina, saber que usted está asociado con la Liga Antidifamatoria, la organización Sionista más destacada, que es anticristiana, y cuyas actividades para respaldar al Movimiento Internacional Sionista y la ilegal ocupación de Palestina por el Sionismo, son bien conocidas y probadas.
Con un buen corazón cristiano, Su Eminencia está trabajando por los más altos ideales en la vida, dedicado a la causa de la paz y la buena voluntad entre los hombres. El Sionismo judío, sin embargo, está aprovechando las actividades de su Eminencia para ganar simpatía para su movimiento y para la ilegal ocupación de la Tierra Santa por los Sionistas.
Sin duda que Su Eminencia conoce las blasfemias contenidas en el Talmud contra Jesucristo y contra la religión cristiana. Antes de que la Iglesia Católica se atreva a modificar cualesquiera doctrinas cristianas, yo pienso que debería pedir primero a los judíos que quiten todas esas horrendas cosas, contra Cristo y los cristianos, del Talmud, que es el libro básico del Judaismo.
Sin embargo, no estoy muy preocupado por esta materia teórica. Lo que a mí principalmente me preocupa en esto, es que los Sionistas están aprovechando la conexión con Su Eminencia y con muchos Obispos Americanos, católicos y no católicos, para proteger su inmoral e ilegal causa en la ocupación del 80% de la Tierra Santa.
Muchos Obispos cristianos que están cooperando con el movimiento Sionista ignoran el programa del Sionismo de desarraigar la cristiandad de la Tierra Santa y destruir nuestros santos lugares cristianos.
La destrucción y sacrilega profanación de estos lugáres sagrados y de las instituciones cristianas en la Tierra Santa durante la guerra en Palestina en 1948 están bien documentadas y probadas. Los sionistas judíos en Palestina han llevado a cabo constantemente una campaña de odio contra las instituciones cristianas y sus misiones desde la ocupación de Palestina, en 1948. Y es su meta completar su obra haciendo la Tierra Santa cien por cien judía. Para el Sionismo la realización de su programa es sólo cuestión de tiempo. Si alcanzasen ellos —Dios no lo permita— el completo control de Palestina, llevarían a cabo entonces su completo plan de echar fuera a los 50,000 cristianos y destruir nuestros Santos Lugares y las instituciones cristianas todas en la Tierra Santa.
Como árabe cristiano que soy de esa Tierra Santa, que es víctima de la agresión sionista y de sus latrocinios, yo apelo a Su Eminencia para que ponga fin a sus actividades en favor de los sionistas; actividades, por otra parte, que yo considero han sido hechas con toda buena fe, pero que han sido explotadas por el perverso movimiento sionista, a fin de alcanzar sus metas en contra de los cristianos, de la cristiandad y de la Tierra Santa.


 Respetuosamente de S. E.,
ISSA NAKHLEH,
Director,
"The Palestine Arab Delegation."


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La anterior carta es demasiado elocuente para que nos detengamos a comentarla. La apelación es directa, contundente y bien fundada. Bien hubieran hecho los elementos progresistas en meditar este escrito tan ponderado que denuncia la tendencia política del Judaismo International, al buscar, con tanta insistencia y medios tan poderosos y eficaces, la absolución conciliar y la protección permanente y sagrada de la Iglesia, para justificar sus actitudes absorventes ante el mundo cristiano.
Su Eminencia, el Cardenal jesuíta, contestó el 14 de mayo a la anterior carta. He aquí su respuesta habilísima, pero, no por eso, menos comprometedora:


Su Excelencia.
Mr. Issa Nakhleh.
Director The Palestine Arab Delegation.
441 Lexington Ave.—Room 509.
New York, N. Y., 10017, U. S. A.


Al llegar a Filadelfia encontré su carta del 17 de abril. Desgraciadamente, mi lleno programa en los Estados Unidos y también después acá en Roma, no me permitió contestar antes.
Permítame llamar primeramente la atención de usted sobre el hecho de que mi ida a los Estados Unidos no tiene nada que ver con ninguna organización judía de cualquier clase. ¿Qué puedo o que debo yo hacer si alguna agencia u organización envía alguna persona para recibirme? ¿Protestar? ¿Hacer alguna declaración y dar así al hecho mayor publicidad? Por otra parte, si usted lee los informes del Religious News Service y también los del Jewsh Telegraphic Agency, del 28 de abril, encontrará que estuvieron presentes a recibirme muchos cristianos, además de católicos, otros del Concilio Nacional de las Iglesias, y así otros.

He declarado una y otra vez que mi trabajo no tiene ninguna conexión con cualquier tendencia política, y así este hecho es públicamente bien sabido para todos aquellos que quieran verlo. Por otra parte, yo no puedo admitir el que uno deba emitir o detener una obra buena sólo porque hay gente que puede abusar de ella o de hecho abusa. Como siempre hay gente de esta clase, uno nunca podría hacer una buena obra. 


Con los mejores deseos, de usted respetuosamente.
"AGUSTIN CARDENAL BEA."


 Esta carta es digna de Maquiavelo. No puede negarse que es habilísima. Su Eminencia, sin afirmar ni negar los hechos, sin responder a los argumentos validísimos del Director de la Delegación Palestina, elude responsabilidades y quiere aparecer ajeno a la recepción calurosa de la máxima organización judío-masónica en New York.
Si Su Eminencia el Cardenal Siri o Su Eminencia el Cardenal Ottaviani hubiesen ido a Nueva York, estamos seguros que los altos dirigentes de la Liga Antidifamatoria no hubieran asistido a darles la bienvenida; ni hubiera estado presente el Concilio Nacional de las Iglesias. ¿Por qué? ¿No son acaso ellos miembros del mismo senado de la Iglesia Católica? ¿No tienen y deben tener la misma dignidad, las mismas creencias y la misma política del Cardenal Bea?
"¿Qué puedo o qué debo yo hacer —pregunta S. E.— si alguna agencia u organización envía alguna persona para recibirme?" La respuesta no es tan sencilla como parece dar a entender el Presidente del Secretariado por la Unidad de las Iglesias. Es evidente que esa respuesta varía según la calidad de las personas que con su presencia y con su Internacional Fellowship Award quieren asociarse a la persona y a las actividades de S. E. Si el demonio y sus ángeles caídos, para poner en caso extremo, hubieran ido a recibir al ilustre purpurado, él no hubiera podido aceptar esa recepción sin comprometer su misma fidelidad a Dios y el buen nombre que por su alta investidura debe proteger y conservar. El fin no justifica los medios; no se pueden aceptar cosas intrínsecamente malas que parezcan a ciertos espíritus flexibles, buenas y aceptables.
Las repetidas afirmaciones de S. E. de que su labor no tiene tendencias políticas nada prueba mientras los hechos contraríen las palabras. Lo más que podemos admitir es que S. E. no ve el alcance político de sus actividades en el asunto judío. Somos muchos, católicos y no católicos, los que estamos firmemente convencidos de que el problema planteado por S. E. en el Concilio no es religioso, no es dogmático, no es pastoral, sino que es un problema exclusivamente político.
Pongamos otro ejemplo para confirmar lo antes dicho. Supongamos que unos individuos matan una familia, después de haber quemado sus propiedades; supongamos que, después, una persona digna acepta una recepción, un regalo de los victimarios. ¿Podrían los familiares y deudos supervientes admitir las excusas del que evidentemente parece asociarse con sus mortales enemigos? Y no acudamos a la caridad cristiana para defender lo que es indefendible. La caridad a los hombres sólo es verdad cuando no se excluye la caridad a Dios. No podemos amar a los hombres que encarnan la guerra a Cristo y a su Iglesia.
¿Quién es el autor de la declaración peligrosa que pretendía imponerse en el Concilio? ¿Quién aceptó las frecuentes visitas de los dirigentes del Sionismo Mundial? ¿Quién ha desarrollado un celo y actividad increíble por lograr la realización de ese proyecto como si de el dependiese el futuro de la Iglesia y del mundo? Y esa declaración, notémosle bien, se quiso hacer sin que el judaismo religión, ni el Sionismo, ni los dirigentes de ese pueblo hubiesen reconocido tu error pesado, hubiesen declarado a Jesús, si no el Mesías, el Hijo de Dios vivo, a lo menos un inocente injustamente condenado Querían que la Iglesia diese todo, sin que ellos ofreciesen otra cota que las treinta monedas de plata, precio del Santo de los Santos.
Por otra parte, ¿por qué se quiere proteger a los judíos, que actualmente siguen tramando la muerte de Cristo Místico, que es la Iglesia? ¿Pensamos que nuestra amistad judeo-cristiana va a hacer que ellos reconozcan a Jesús como el Mesías prometido y acepten sus propios y gravísimos errores? Porque si no es con este reconocimiento y esta aceptación, entendámoslo bien, nuestra amistad con ellos implica nuestra enemistad con Dios. O Cristo o el Anticristo.



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Una vez más quiero esclarecer mi pensamiento para evitar las malas y torcidas interpretaciones. Estoy hablando de la mafia, no de los individuos todos que tienen sangre judia. Estoy hablando de los que, hoy como ayer, siguen condenando a Cristo y todo lo que Cristo es y significa.
Esa mafia ha cambiado de táctica; pero es la misma mafia que conspiró para obtener la muerte del Redentor en el Pretorio de Pilatos. Ayer gritaba y maldecía a Cristo; hoy recibe con un vino de honor al representante de Cristo. Pero, si sus posturas son aparentemente opuestas, su intención es la misma, tiene que ser la misma, mientras rechazando a Cristo, siga buscando el mesianismo materialista, negación y ataque del mesianismo divino, sobre el cual se levanta nuestra fe católica.
El sacerdote progresista español, Don José L. Martín Descalzo, en su obra reciente "Un Periodista en el Concilio", (4a. Etapa), se escandaliza, —mal interpretando y mal transcribiendo las palabras de un libro— porque su autor afirma que "Nuestra amistad con los judíos implica nuestra enemistad con Dios".
Aclaremos términos. ¿Qué significa aquí amistad? y ¿a quienes designamos con ese nombre genérico de judíos?
La palabra amistad, como la palabra caridad, tiene hoy diversas acepciones, según el criterio y las intenciones de las personas que usan esas palabras. Amistad, para algunos, es un afecto personal, puro y desinteresado, ordinariamente recíproco, que nace y se fortalece con el trato. Amistad, para otros, es cierta afinidad, conexión o alianza en la búsqueda de idénticos objetivos. La palabra "judíos" también puede significar, según ya dije, bien sean los individuos que integran "El Pueblo del Antiguo Testamento", bien sean los dirigentes y asociados de la mafia, bien, finalmente, el Judaismo religión.
Desde luego, nuestra amistad, en cualquiera acepción que demos al término, si se trata de la mafia que niega a Cristo y combate el cristianismo, es incompatible con nuestra amistad con Dios y nuestra consagración a Cristo. ¿Cómo podemos, no digo ya asociarnos y tener afinidad, sino profesar un afecto sincero hacia los que, hoy como ayer, niegan la Divinidad de Jesucristo, niegan la verdad de su doctrina y odian, en su corazón, a la Iglesia? "El que no está con Cristo está en contra de Cristo". Yo tendré lástima, yo sentiré celo de convertir a los enemigos de Dios, que son los enemigos de Cristo; pero amarlos, no; identificarme con ellos, todavía menos, mientras ellos se rebelen contra Dios.
Cristo tuvo misericordia hacia los pecadores, pero cuando los pecadores se arrepentían y pedían perdón. La misericordia de Jesús no significaba una aceptación del pecado, ni siquera una tolerancia, un disimulo; sino la absolución amorosa del hijo arrepentido.
Mientras el judío no se arrepienta de su negación de Cristo, mientras siga identificado, aunque sea equivocadamente, con la postura de sus dirigentes religiosos y políticos, que es ciertamente anticristiana, no podemos cultivar con él una amistad cristiana.
En el mismo libro, página 222 encontramos la respuesta oficial que el Secretariado del Cardenal Bea dió a las siguientes preguntas que se le hicieron:
"¿Y la palabra "Deicidio", cómo es que ya no aperece en el nuevo texto? ¿Es que acaso el Concilio piensa que el pueblo judío sea en realidad un pueblo deicida? ¿Cómo es que se ha suprimido una frase que tan ardientemente defendieron muchísimos Padres Conciliares?
"A muchos Padres la palabra "deicidio" les parecía ambigüa y llena de confusiones teológicas. A algunos podría darles la impresión de que la Iglesia Católica ya no siguiera enseñando que Quien murió por nosotros era en realidad el Hijo de Dios.
"Esta palabra, pues, ha sido suprimida por las siguientes razones:
a) La palabra "Deicidio" suena odiosamente en cualquier contexto. Por lo cual apelaciones como "deicida", "Gottesmórder", "Christkiller", "peuple Déicide" y similares deben proscribirse absolutamente del vocabulario cristiano.

b) Además la palabra "Deicidio" puede dar origen a falsas interpretaciones teológicas. Falsas interpretaciones que ya han surgido y han creado graves problemas tanto en la acción pastoral, como en el diálogo ecuménico con algunas Iglesias".

 No son muy convincentes estas razones. Si el crimen del Calvario es un Deicidio, los que son responsables de ese crimen son verdaderos deicidas, aunque el epíteto nos parezca duro. En general todos los epítetos, que especifican los crímenes, son duros; y, lógicamente, el epíteto relacionado con el mayor de los crímenes, tiene que ser durísimo.
El que mata a un hombre es homicida; el que mata a un rey es regicida y el que mata al Hijo de Dios es deicida. Es cierto que Dios no muere, en cuanto Dios; pero, también es cierto que, en virtud de la unión hipostática, el que muere en la Cruz, en cuanto hombre, es el Hijo de Dios. No hay en El dos personas, aunque haya dos naturalezas.
Las falsas interpretaciones teológicas, que ya han surgido y han creado graves problemas tanto en la acción pastoral como en el diálogo ecuménico, no son razón sólida para negar que el crimen del Calvario fue Deicidio. Si hay falsas interpretaciones, quiere decir, que hay una verdadera.


CONCLUSIONES
De lo dicho anteriormente creo que podemos deducir las siguientes concretas conclusiones:
1) No debemos aceptar que nuestra posición sea antisemitismo, ni segregación racial, ni un nuevo exterminio de los judíos.
2) No podemos aceptar que el problema judío sea un problema religioso, pastoral o disciplinar de la Iglesia, sino que realmente, según las pretensiones sionistas, es un problema político. El mesianismo judío es un mesianismo político; y ese mesianismo político es la razón de ser, la fe de ese pueblo.
3) Si en cualquier forma queremos defender el mesianismo judío, aunque sea con aparente caridad, estamos atacando el mesianismo divino, ya que antagónicamente se oponen. Por defender al Sionismo nos hacemos enemigos de Cristo.
4) No se puede negar a priori la tremenda conspiración judía que amenaza a la Iglesia y al mundo. No sólo tenemos las pruebas evidentes del pasado, comprobadas por Concilios, Papas y Santos, sino tenemos ahora la evidencia, que aflora en todas partes, de la actividad sionista, del poder sionista, de las intrigas sionistas y de los crímenes monstruosos cuya responsabilidad en última instancia recae sobre el Sionismo Internacional.
5) Masonería y Comunismo no sólo son aliados del Sionismo, sino que son engendros suyos y armas eficacísimas que usa para destrucción del Cristianismo y de la libertad del mundo. Yo pido a los que lo niegan que nos den las pruebas de su negación; su tenaz convicción tiene que estar bien cimentada.
6) No pudo el Concilio extender la protección de la Iglesia y crear así un racismo sagrado sobre aquellos mismos que han establecido la esclavitud comunista y todas las ideas anticatólicas, anticristianas, que hoy dominan al mundo, como algunos, interpretando mal al Concilio, quieren afirmarlo.


De nuevo declaro que ni la Iglesia, ni los católicos somos enemigos de los judíos, por el hecho de ser judíos. Deseamos su conversión y pedimos por ella. ¡Qué caigan de rodillas ante Cristo, repetimos, y el problema judío ha terminado!
Una vez más hago solemne protesta de mi adhesión a Cristo, a su Santa Iglesia; a Pedro, su vicario, y a los Prelados, que en unión con Pedro y bajo la suprema dirección de Pedro, guardan incólume la doctrina inmutable de la verdad.


¡El que no está con Cristo está en contra de Cristo!

¿Por qué "Sedevacantismo"?

Formulamos esta pregunta en un doble sentido- ¿por qué sostenemos la posición que se dio en llamar "sedevacantismo"?; ¿es exacto el término, explica realmente esa posición?. Son dos aspectos de la misma interrogación que es preciso delimitar y aclarar para evitar la mutilación de una actitud frente a la realidad de las cosas, mostrándola de un modo fragmentario y a veces tendencioso. Intentemos en principio el despliegue conceptual del término y su alcance lógico.
Inicialmente, el sentido común aprende la palabra "sedevacantismo" como una posición o actitud "pro", es decir, en favor de, o a favor de la vacancia de la Sede Apostólica. Este producto del sentido común es espontáneo, es la reacción natural ante todos los "ismos" que se le presentan: catolicismo, comunismo, progresismo, socialismo, etcétera. Es necesario clarificar el punto para evitar el vicio del sentir común, que termina en el juicio de que uno está sosteniendo la vacancia del Pontificado no como un consecuente doctrinal con antecedentes reales y concluyentes, sino como una inclinación a sostener o manifestar un estado de cosas como permanente. Estamos entonces delante de un calificativo restrictivo: católicos, pero sedevacantistas. 
En rigor de verdad esto no es exacto. Sí es cierto que así presentado y utilizado, el término "sedevacantismo" puede entenderse de ese modo, pero es un abuso del lenguaje. Nadie que yo conozca aceptaría jamás esa restricción. Sostener que la Sede apostólica está vacante no significa de ninguna manera el deseo de que se perpetúe tal estado, eso es inconcebible para cualquier católico. Tampoco significa desear que la sede esté realmente vacante, lo cual sería una necedad: es una simple constatación de la realidad, y una actitud de acuerdo con las exigencias de dicha constatación. Más allá de cualquier elemento pasional y afectivo, de esperas ansiosas y de deseos de que la realidad coincida con la afirmación "non habemus papam", está la inconcusa realidad, la irremisible contextura de los hechos que con el fulgor veritatis, es decir, con la fuerza de la certeza, imprimen su propia natura en el intelecto.
Se impone como exigencia, llegados a este punto, disolver el falso concepto de "fanáticos", que se tiene de los católicos que rechazan a Karol Wojtyla como legítimo Papa. No hay nada de eso; por el contrario, prima de un modo eminente y espléndido en la afirmación de principios, la vigencia de lo racional sobre lo sensible. Más adelante intentaré desmontar con argumentos, el andamiaje de tal calificación. No es posición de ignorantes o rudos, no es cierto, pero en la línea del tema y en honor a la verdad, debe, por el contrario, reconocerle que la afirmación contraria a la vacancia jurídica de la Sede apostólica, sí tiene una psicogénesis afectiva, y es en última instancia una opinión sustentada en un grotesco voluntarismo, que, precisamente por ello, no tiene nada de razonable.
La falta de coherencia con la Fe, la ambivalencia de las afirmaciones, las oscilaciones de las relaciones con la iglesia posconciliar, muestran de modo irrecusable la debilidad del elemento racional en esa postura. Los acuerdos y desacuerdos con Roma, las contradicciones, tanto teóricas como prácticas, muestran rotundamente esta realidad. El católico que sostiene que la Santa Sede está vacante, no está, como muchos "tradicionalistas", en el péndulo que oscila entre la integridad de la Fe y las agujas de las catedrales. Tampoco se manifiesta una clara inteligibilidad de las cosas cuando para sostener a Karol Wojtyla como Papa legítimo, debe recurrirse a fórmulas como "un Papa no perfectamente católico", o "un Papa contradictorio", etcétera. Pero, si a pesar de todos los argumentos y las inducciones, de los análisis y las deducciones que demuestran que no puede ser Papa se sigue en esa postura, entonces ¿qué resta en esa actitud final que no sea irracional? Por lo tanto, digo que de ningún modo es fanatismo ni obstinación ciega el rechazo de Karol Wojtyla como legítimo sucesor de San Pedro, todo lo contrario; es la más coherente y razonable de las sentencias, porque la razón y la fe no pueden oponerse, y en la medida en que la razón se ajuste a la regla de la Fe, estará más cierta de haber alcanzado la verdad. Busco los argumentos en el ámbito de la Fe, y si la realidad se explica a la luz de la Fe, estoy más seguro de que mi posición es la más razonable: "Credo ut intelligam".
¿Y por qué, en definitiva, "sedevacantista"?. Porque así lo exige la Fe. Católicos, que sostienen que no hay papa legítimo actualmente en la Iglesia de Cristo. No sedevacantistas, católicos.
No es posible, sin atacar el depósito inviolable de la Fe, en la tradición apostólica, sostener que Wojtyla sea papa. Non est. NO ES PAPA. Razonemos aunque más no sea superficialmente, sobre este tópico.
Sostenemos que en su persona se ha roto el vínculo entre Pontífice y Pontificado. El Pontificado es permanente, el pontífice es fugaz; el vínculo es disoluble, y lo disuelve la muerte, la abdicación, el cisma y la herejía públicos. El Papa es expresión histórica del Pontificado, es emersión de la suscesión del vicariato que Nuestro Señor dejó a San Pedro. Pero no es el Pontificado. Este es una persona moral, de institución divina; el papa es una persona física, que, como todo ser contigente humano, debe desaparecer, como ya desaparecieron todos los papas hasta Pío XII. Por lo tanto es posible la vacancia.
Esta no altera la naturaleza de la Iglesia; no nos dice en ningún lado la Revelación, ni la tradición, cuánto puede durar una vacancia de la Sede. El período más extenso fueron 3 años, durante los cuales no se vio alterada la naturaleza de la Iglesia, por cierto.
La sentencia de la Tradición con respecto a la pérdida del pontificado es definitivamente concluyente cuando se trata de un hereje público: pierde ipso facto el pontificado. No existen, por el contrario, ni rastros siquiera de una suplencia divina de Jurisdicción por la salud de los fieles; hablo de la jurisdicción ordinaria que va anexa al cargo y se pierde con él. Lo cual indica que Karol Wojtyla carece, de derecho, de súbditos de la Iglesia Católica, porque es de la razón de la jurisdicción tener súbditos sobre los cuales se ejerza: no tiene potestad de jurisdicción, no tiene súbditos.
Nada tiene que ver la aceptación de los cardenales o del resto de la Iglesia; consta en la Bula de Pablo IV "Cum ex apostolatus", que una elección puede ser írrita a pesar de que el supuesto Papa haya sido aceptado y aún coronado. No mencionamos aquí, por otra parte, las enormes resistencias que tuvo este supuesto Papa en los círculos tradicionalistas; lo que hace entender que no hubo aceptación real de la Iglesia universal. Y nada tiene que ver, porque en definitiva el ejercicio del cargo es el que determina en este caso más claramente la pérdida del pontificado -si alguna vez lo ejerció- y ya nadie pone en duda con honestidad, las herejías de Karol Wojtyla.
La adhesión pública y la implementación de las actas del Concilio Vaticano II son hechos más que suficientes para entender la mente de Wojtyla. La promulgación del Nuevo Código de Derecho Canónico "aggiornado"; la celebración de la "misa" nueva; la inculturación; el ecumenismo; la antropolatría y el mesianismo judaico que lo anima a esperar el "tercer milenio" como segmento del tiempo en el que surgirá la "civilización del amor" y llegará el "nuevo adviento de la Iglesia"; la negación de la divinidad de Nuestro Señor, del Espíritu Santo, para terminar en el dios del Antiguo Testamento, en un acto de abolición del Evangelio y promulgación de un nuevo Evangelio, que sea convergencia del humanismo masónico y del profetismo judaico, insertados en un Cristo que no es el Hijo de Dios, perfecto Dios y perfecto hombre, sino un hombre, en el cual, cada hombre es el centro del universo. La constatación de esto ¿es fanatismo?
Karol Wojtyla no es un hereje, es más que eso. Es un profeta, es un ilusionista o un alucinado; en su enseñanza se puede resumir la quintaesencia del pelagianismo, del arrianismo, del nestorianismo. Arqueologista en materia litúrgica, iconoclasta con el Sínodo de Pistoya. No, es más que un hereje: es un heresiarca.
Demuestre alguien que no destila el veneno de la herejía en cada documento oficial. Demuestre alguien que no es origenista, que su dinámica ecuménica no concluye directa y fatalmente en la "communicatio in sacris", en el sacrilegio; en la negación del dogma "Fuera de la Iglesia no hay salvación"; demuestre alguien que los sacramentos que utiliza son católicos; que no fomenta el cisma y la herejía; que no articula el cardenalato en orden a dejar un "digno" sucesor; demuestre su firmeza para lanzar anatema contra los herejes que pululan por todo el mundo; demuestre, pruebe, exponga con claridad alguien, que no intentó abolir el derecho divino con su codificación de 1983. Estoy esperando que algún defensor del ejercicio del cargo que hace Wojtyla demuestre que su mentalidad no es modernista, existencialista; aguardo aún aquél que pruebe que la reunión de Asís no constituyó un acto de apostasía; que explique las bendiciones conjuntas con los anglicanos; alguien que con elocuencia me muestre que Lutero debe, efectivamente, ser rehabilitado; demuestre alguien que la presencia de Wojtyla en la Sinagoga de Roma no fue una negación de la divinidad de Nuestro Señor; -el primer y último Papa que entró en una sinagoga fue San Pedro-, y casi lo lapidaron por predicar lo que recibió de labios del Divino Maestro. A Karol Wojtyla lo ovacionaron siete veces en la sinagoga, pero cuando los judíos escuchaban la voz de un Papa "rabiaban de ira y trataban de quitarlos de delante" (Hech., V, 33). Y a San Esteban Protomártir, ante cuyas palabras los judíos "Llenaban de rabia sus corazones y rechinaban los dientes contra él", y cuando confesó la divinidad de Nuestro Señor "ellos gritando a grandes voces, tapáronse los oídos y se arrojaron a una sobre él" (Hech., VII). Pero a Wojtyla, lo aplaudieron calurosamente. Explique alguien, por fin, cómo pudo ocurrir que todos los papas y veinte Concilios ecuménicos, estén en el error, o puedan ser abolidos sin más.
Esta es la realidad. Reconocer la realidad es una exigencia para cualquier posición que se tome; pero más aún, es una exigencia ser consecuente con lo que la realidad manifiesta.
Afirmar, con estos fundamentos que la Sede está efectivamente vacante, no nos parece para nada irracional, ni una afirmación influenciada por las pasiones. El contrafuerte del católico que sostiene la vacancia es la Fe. Entre la Fe que ilumina y la realidad que se muestra, está la razón que reconoce en los límites de la Fe los signos de la realidad.
Entonces, el orden arquitectónico de la doctrina dos veces milenaria está en favor de la razón, como no podría ser de otro modo.
Es una postura difícil, que aparenta un cisma. Pero ¿dónde está el cisma? Es una posición que cuantitativamente es muy reducida, pero ¿quién esperó jamás que el número diese la razón?. Por amor a la Iglesia de Cristo y por amor a la propia salvación de las almas y de la mía, no quiero tener nada que ver con ese ensamble destructor, no estoy en comunión con Wojtyla, porque no me lo permite la caridad de Cristo. Prefiero estar en la Verdad con Cristo, que en el error con Karol Wojtyla y su estructura.
El "sedevacantismo" -si vamos a tolerar esta etiqueta- no es más que la expresión de la verdad. Nadie sabe cuánto tiempo durará este estado de cosas; será hasta que Nuestro Señor disponga el definitivo triunfo de la Iglesia militante, no sabemos en qué condiciones. Sabemos, sin embargo, que El "estará con nosotros hasta la consumación del siglo" (Mt. XXVIII, 20).
CLAVES
Revista de la Fundación San Vicente Ferrer
Octubre de 1992

martes, 28 de agosto de 2012

ALLA VAN...


I

 Allá van!... Con la noche en las pupilas 
y el invierno en el alma...; 
Caminan paso a paso, temblorosos, 
palpando sombras y pisando escarcha 
y tiñendo de rojo, con su sangre, 
los filosos colmillos de las zarzas...!
 ¡Son los niñosl ¡Los niños! ¡mis hermanos! 
Los hijos de mi Patria...

¡Pobrecitos! El borde del abismo 
en que van asentando sus pisadas, 
es resbaloso, y en el fondo, se oye 
un torrente impetuoso que rebrama...!

¡Pobrecitos! Su cielo no conoce 
ni la naciente claridad del alba, 
ni siquiera el fulgor de las estrellas...!
 Apenas ven brillar, como dos ascuas, 
los ojos de los tigres en acecho 
que, a un lado del camino, se agazapan
 para saltar sobre ellos, y clavarles
las uñas y colmillos en la espalda...!

¡Pobrecitos! En vano con sus voces 
la soledad desgarran...!
A sus padres, en vano, una y mil veces
con ronco grito llaman: 
¡Los feroces rugidos de los tigres 
dan la contestación a su plegaria...!

¡Son los niños! ¡los niños! ¡mis hermanos! ¡los hijos de mi Patria!

II

 ¡Oh Felices nosotros...! Tú presides 
nuestra gloriosa marcha: 
La Cruz que Tú enarbolas, 
con luz de Cielo nuestra frente baña: 
en tus pies, al pisarlos, las espinas
y los cardos se clavan: 
el fuego de la sangre de tus venas
ha deshecho la escarcha; 
tu mano nos sostiene: y así, vamos
posando nuestras plantas 
en la alfombra caliente de tu sangre, 
y fijas en el cielo las miradas...!

¿Rugen los tigres? ¡Pero en vano rugen!
 ¡Tu mano a los leones desquijara...!
 ¿Muge el abismo, y a su fondo oscuro
 vertiginosamente nos arrastra? 
¡Pero tu haces nacer en nuestro hombros
 de la esperanza y del amor las alas,
y  podemos merecernos libremente 
sobre el abismo, cual potentes águilas...!

¿Se agotan nuestras fuerzas? Pero, entonces
el cielo con tu diestra nos señalas,
y nos dices sonriendo...; Allí, en la gloria,
 con los brazos abiertos, nos aguardan...!

III

 Allá van, ¡pobrecitos! ¡mis hermanos!
Los hijos de mi Patria
con  la noche más negra en las pupilas
y el invierno en las alas...!

IV

¡Oh no nos abandones, ni un momento,
hasta que estemos en la eterna Patria!
Mientras llega ese instante, prosigamos
nuestra gloriosa marcha,
con la vista en el Cielo, y en los labios
el sublime cantar de la esperanza!!

Mons. Vicente M. Camacho

lunes, 27 de agosto de 2012

EL TRAVIESO DE LOS MARES

Entre las muchísimas naves que cruzan el océano hay una italiana, de modestas proporciones, pero que por la rapidez de sus movimientos se llama "El Travieso de los mares". "El Más" es su verdadero nombre.
Este pequeño barco tiene una historia breve, pero gloriosa.
Agil, velocísimo, "El Más" se presenta como una de las mejores armas ofensivas, aun contra los más grandes navios de guerra. Resulta un dificilísimo blanco, puesto que tiene como ventaja la pequeñez, la velocidad y la tremenda y eficaz arma del torpedo.
En cuanto ve al enemigo, se precipita como una flecha, sobre las aguas, casi lo atrapa, descarga su torpedo y apenas tiene tiempo de girar en redondo y se aleja.
"El Más", por ser lo que es, además de la buena maquinaria, exige un experto piloto que conozca bien la brújula, sea buen observador del cielo y del mar para esquivar los peligros. Sin piloto sería juguete de las olas y presa segura del enemigo.

Querida jovencita, ¿quieres en el mar de la vida asemejarte a este pequeño barco?
Quieres surcar los mares, franca y expeditamente? ¿Quieres vencer al enemigo, y las dificultades; evitar los choques, las desorientaciones; no naufragar?
Confía el timón de tu alma a un experto piloto. Lo has comprendido: el piloto es el "director espiritual".
Ciertas almas son guiadas por el Espíritu Santo mismo. Son rarezas que hay que admirar. Pero ordinariamente, el timón de nuestras naves está confiado al sacerdote.
¿Podrá ser cualquier sacerdote?
San Francisco de Sales dice: "Escoged vuestro director espiritual entre mil y también entre diez mil".
Este consejo, útil para todas las personas, lo es especialmente para ti, que atraviesas el período más difícil de la vida. En la juventud se tiene particular necesidad de ser preservados del mal y enderazados hacia el bien.
Busca, pues, un director prudente y docto que te aconseje sabiamente; enérgico y caritativo que te sostenga en los momentos difíciles y te consuele en las penas.
Haz tu elección después de mucha reflexión y de muchísima oración. Confíate a él con sencillez y docilidad.
Sé franca en abrirle tu alma con todos sus defectos y todas sus cualidades, las inclinaciones, las tentaciones, no excluidas las imprudencias. Y después sigue fielmente sus sugerencias.
Pedir consejo y no seguirlo significa ser contradictoria contigo misma, substraerte a los designios que Dios tiene sobre ti y despreciar su divina providencia la cual, si hace crecer para los pajarillos del campo la simiente necesaria para su alimento, tanto más cuidado tendrá en poner en los labios de los directores espirituales las palabras de vida aptas para perfeccionar a las almas. Después sé agradecida para con tu director.
Con respecto a él debes considerarte como el enfermo hacia el médico. El enfermo aprecia el sacrificio del médico y con su conveniente honorario demuestra su gratitud por las medicinas y consejos recibidos.
Así tú, cada vez que en el Sagrado tribunal recibas los consejos del médico del alma, cumple con el deber que tienes de rezar por él. Y para que no se te olvide y no se te haga
difícil, te sugiero la siguiente oración del P. Didon:
"Oh Dios que habéis querido dar un sostén a mi debilidad, un consolador a mis penas, un amigo entre los peligros que me circundan, en el sacerdote a quien he confiado lo que tengo de más querido en el mundo, como es la salud de mi alma, permitid que implore sobre él la abundancia de vuestras gracias".
"Iluminadlo en el camino que él me debe trazar, haced que no se equivoque sobre el verdadero estado de mi conciencia, porque yo deseo que él la conozca como Vos la conocéis. Dadle la sabiduría, la prudencia, el fervor que son necesarios; haced sobre todo que yo le obedezca siempre como a vuestro representante, y después de haber sido su consolación en la tierra sea su corona en el cielo. Así sea .

La Alegría

     Hay jóvenes que están siempre sombríos y tristes. Mala señal: la tristeza viene de las pasiones.
     Vosotros reíd, hijos míos, que el entusiasmo de vuestra juventud se convierta en plena alegría.
     Es preciso amar la risa. La risa es sana, nos trae el olvido de los males humanos; es un bálsamo para las heridas del corazón; facilita y abrevia el camino.
     Ríe, pues. Ser algo loco es propio de vuestra edad, y las algarabías sonoras de vuestro buen humor, como el canto de los pájaros en primavera, es uno de los encantos de la naturaleza.
     Reíd... Recordad, sin embargo, que ninguna edad tiene el derecho de ser culpable. No sois monjes, pero sois cristianos: ¡no podéis tener austeridad, conservad la inocencia!
     Si un poco de alboroto no es un crimen entre jóvenes en que hierve la savia de la vida, la disipación desenfrenada destruiría vuestras fuerzas morales y llegaríais a ser unos malvados. Divertios como jóvenes inteligentes que, dandose por completo a la alegría, conservan la virtud.
     Recreándonos así no os complacéis en vuestros pasatiempos y no los buscáis por ellos mismos. Las distracciones no deben ser a vuestros ojos más que una interrupción pasajera, de la que debéis sacar nuevo vigor para mejor combatir y mejor vencer.
     Sabed distraeros; el descanso tomado sabiamente, da energía a la vida y multiplica el trabajo; pero sabed medir vuestros descansos legítimos; sobre todo, que vuestros placeres no dejen después ni faltas, ni ruinas, ni remordimientos.
     ¡Ah!, con demasiada frecuencia las risas son entremezcladas de dolores y el duelo sucede a las fiestas...

EL DUELO — EL SUICIDIO — LA CREMACION

El duelo. Prohibición religiosa.
Colaboración al duelo. Prohibida, cualquiera sea su modalidad. Excomunión de los médicos. 
Responsabilidad de los duelistas. A menudo atenuada por el estado psíquico anormal, neurosis, abulia, sugestibilidad, monomanía. 
El suicidio. Prohibición religiosa.
Colaboración al suicidio. Culpabilidad de los médicos o de los farmacéuticos.
Responsabilidad de los suicidas. Teorías materialistas inaceptables. En realidad, responsabilidad en todos los grados hasta la irresponsabilidad. Suicidios de educación. Suicidios motivados. Suicidios sociológicos. Suicidios patológicos. El certificado médico debe ser exacto. 
La cremación. Prohibida por la Iglesia, salvo determinadas necesidades. 
La inhumación y la higiene. El análisis del suelo, las experiencias de Losener; la epidemiología demuestra que las inhumaciones hechas de acuerdo con determinadas reglas no ofrecen inconvenientes desde el punto de vista de la higiene. 
La inhumación y la Iglesia. El cristianismo continúa la tradición hebrea. La cremación: manifestación antirreligiosa. Simbolismo de la inhumación; la semilla que muere para renacer; la sumisión a las leyes naturales: la inhumación y la resurrección de Cristo, de Lázaro, símbolos de nuestra propia inhumación y resurrección. Deberes del médico cristiano. 
Bibliografía.

 EL DUELO
 El duelo, "combate particular para el cual un pacto fija el lugar, la fecha, las armas y otras condiciones, y en el cual los duelistas se exponen a la muerte o a una herida grave", está formalmente prohibido por la ley religiosa. Se sabe que la ley civil no lo distingue del homicidio y de los golpes y heridas voluntarias, y que aplica a los duelistas y a sus cómplices las penas previstas por los crímenes y delitos.

Colaboración al duelo
Los duelistas y sus cómplices son, pues, doblemente culpables desde el punto de vista religioso: por un lado, en razón del acto o de la tentativa de homicidio que cometen o favorecen; por otro lado, en razón de su infracción a la ley civil.
El duelo ha sido condenado por los papas Julio II, León X, Clemente VII, Pío IV, por el Concilio de Trento, por los papas Gregorio XIII, Clemente VIII, Alejandro VI, Benedicto XIV. Pío IX impone la excomunión contra "los que provoquen en duelo, lo acepten, aunque no se realice, todos los cómplices, todos los que lo favorecen, que asisten al mismo de intención, que lo permiten o no lo impiden según puedan hacerlo y cualquiera sea su cargo o dignidad, aun real o imperial" (Const. Apostolicae Sedis, N° 3). 
León XIII confirmó estos decretos y el Código de Derecho canónico reproduce las prohibiciones. Los duelos entre estudiantes, como se practican en Alemania, caen bajo la misma condena.
Los médicos se hallan implícitamente comprendidos en la calificación: "todos los que lo favorecen o que asisten al mismo de intención". Además, una resolución del Santo Oficio, de fecha 31 de mayo de 1884, ha hecho un comentario explícito:
"El médico y el confesor, —reza la resolución— no pueden estar a disposición de los duelistas durante el duelo en caso de necesidad; no pueden acompañarlos en el terreno sin incurrir en la excomunión; su sola presencia, en realidad, es como alentar a los duelistas y asegura a los culpables acerca del resultado final del combate en su aspecto físico y espiritual; tampoco pueden estar a disposición de los combatientes en una casa o lugar cercano, para estar listos a acudir a la primera llamada. Sin embargo, si lo hacen sin que los duelistas lo sepan, su presencia ignorada no puede alentar a los culpables y no se podrá inculpar ni al médico ni al confesor por el acto de caridad que realizan".

 Salvo este último caso, raramente efectivo, el médico no incurrirá en culpa también si asiste al duelo por orden formal de un superior legítimo (Dr. Castaing). El deber del médico católico con relación al duelo, es por lo tanto muy claro: la abstención absoluta de toda participación directa o indirecta. 

Responsabilidad de los duelistas
El médico puede ser llamado a dar su opinión sobre el grado de responsabilidad de los duelistas, ya ante los tribunales civiles, ya por las autoridades eclesiásticas, si la familia, por ejemplo, invoca la irresponsabilidad para obtener la sepultura eclesiástica de la víctima de un duelo.
Como en todos los peritajes, el médico debe decir la verdad y no sustituirse a las autoridades competentes, judiciales o religiosas. Pero el peritaje debe considerar justamente todos los factores: en un duelo el factor moral y nervioso juega un gran papel y la responsabilidad de los duelistas, a menudo, está lejos de ser completa.
1. Todo individuo que exige una reparación por las armas de una ofensa recibida, es un poco un desequilibrado: matar en un momento de cólera a quien nos injuria, es una falta comprensible; invitar a alguien a un cambio de balas y exponerse a ellas, es un absurdo.
2. Hay los nerviosos irascibles, que son impulsados a un enredo por su temperamento más o menos patológico, y que no logran zafarse en razón misma de su impresionabilidad.
3. Hay los abúlicos, los débiles, los sugestionables, que experimentan la influencia del ambiente, de las personas que los rodean, y carecen de la energía necesaria para realizar sus ideas personales... cuando tienen una. Se dejan conducir al duelo por prejuicios que se les han inculcado, por parientes, amigos o no importa quiénes. Lecturas románticas, latiguillos teatrales los llevan al terreno por situaciones análogas a las que han excitado su imaginación.
4. Hay finalmente los monómanos del duelo. Como lo han demostrado los psiquiatras, los delirios se alimentan de las ideas del momento. Cuando el duelo está de moda, los "semi-locos" nutren su exaltación con el espíritu en boga, y como esto responde a las ideas de la muchedumbre, se aplaudirá su sentido del honor que no es más que demencia. Muchos espadachines célebres entran en esta categoría, como también los monómanos de los que el siglo XIX conoció más de un ejemplo, que no se baten, pero hacen que se batan los demás, en una especie de delirio sádico.
El médico católico deberá, pues, poseer la caridad de examinar el caso, en que sea perito, con cuidado y solicitud. Podrá no hallar excusa alguna. Pero también podrá llegar a calmar las angustias religiosas de las familias, aplacar los escrúpulos de un sacerdote y proporcionar a un alma socorros religiosos que parecería obligación rehusar de primer intento.

EL SUICIDIO
 Si está prohibido exponer la vida en duelo, con mayor razón está prohibido destruirla o atentar a ella directa y voluntariamente. El médico puede estar interesado a dos puntos de vista por la cuestión del suicidio:
a) por el requerimiento que puede dirigirle un individuo de un tóxico o de un instrumento destinado a realizar el suicidio (hemos visto en otro lugar, que el médico nunca puede proporcionar la muerte, ni aun a pedido del interesado);b) por el certificado que pueda pedirse al médico, acerca de la causa de la muerte o del estado mental del difunto, en vista de la admisión a las exequias religiosas.

Colaboración al suicidio
Es inútil que nos detengamos en consideraciones acerca de la posibilidad de colaboración al suicidio. Es evidente que todo médico o farmacéutico que proveyera de tóxicos o instrumentos a alguien que quiere emplearlos para suicidarse, cometería una grave falta.

Responsabilidad de los suicidas
Como en el caso de los duelistas, el médico debe a la Iglesia una información verídica. Y el médico católico no puede aceptar ciertas doctrinas materialistas que convierten el suicidio en un acto siempre impuesto, ya por el ambiente social (Durkheim, Halbwachs), ya por el estado mental patológico. "Ningún sujeto que no sea ni ciclotómico, ni hiperemotivo, puede suicidarse, cualesquiera que sean las circunstancias" (Delmas)
La libertad humana no es tan esclava del ambiente, y el hombre puede decidirse a la muerte por otras razones que una alteración dinámica o morfológica de sus neuronas cerebrales. El doctor Jorge Dumas, citado por el doctor Abderrahman en su tesis, dice: "Me he preguntado lo que mi experiencia personal me hizo aprender sobre la cuestión del suicidio, y después de haber eliminado cuidadosamente a todos los suicidas que conocí profesionalmente (porque me ocupo de psiquiatría), he contado en mi experiencia profesional, durante 40 años, 13 suicidios que, directamente o no, conocí lo bastante de cerca como para formarme una opinión sobre su estado nervioso y mental. Hallé a 4 de los que se puede decir que parecen haber estado libres de trastornos psicopáticos..."
La doctora Susana Serin, después de una atenta encuesta sobre 420 casos de suicidio, cree que un número notable, exactamente una tercera parte, se concibió y se ejecutó en ausencia de toda tara psíquica: "El motivo más frecuente invocado es el pesar íntimo, la viudez, el abandono, la decepción amorosa, la pérdida de un hijo. En 2 casos se trataba de niñas abandonadas durante el embarazo. En 72 casos de esta clase, aunque nos esforzamos especialmente en buscar en los salvados los trastornos mentales, los signos de un desequilibrio, debemos reconocer que no hemos hallado nada; 50 suicidios fueron causados fuera de toda tara psíquica, por la miseria o los reveses de la fortuna"
El doctor Abderrahman recogió en el servicio de Levy Valensi "8 observaciones de tentativas de suicidio, 5 de ellas en sujetos perfectamente normales y 3 en hiperemotivos no constitucionales".
En esas condiciones, el médico llamado a pronunciarse sobre la responsabilidad de un suicida, deberá apreciar los factores sociales, patológicos, personales y de educación, que hubieran podido llevar a ese acto de desesperación.

1. Suicidio de educación: este suicidio tendrá responsabilidad psicológica completa, pero responsabilidad moral nula o muy atenuada. Se trata de sujetos con una educación materialista que no asignó al suicidio ningún carácter moral: la vida se basta a sí misma; si es desagradable, se aniquila, y eso es todo. Mas al lado de esta educación materialista franca y visible, hay una educación materialista de hecho, que falsifica las ideas aun en un ambiente no ateo. Son las novelas, los poemas, las piezas de teatro o las películas cinematográficas que colocan a la muerte como remedio de todas las situaciones. Para resolver fácilmente su intriga, el autor conduce al suicidio, sin subrayar su carácter inmoral. Y la idea materialista de la amoralidad del suicidio penetra en el espíritu de los lectores y lo hace aceptar como la solución natural de las dificultades de la existencia. Advirtamos que, de acuerdo con determinadas ideas religiosas, el suicidio llegará a ser un acto meritorio o un deber (karakiri de los japoneses, etc.). En estos casos, el médico no puede reconocer más que la plena responsabilidad psicológica del sujeto. Las circunstancias atenuantes no dependen de su juicio, sino del juicio de Dios.
2. Suicidio motivado: en este caso el sujeto puede haber recibido una educación correcta; conoce el valor moral del suicidio, no es ni un enfermo mental ni un tarado, y el ambiente social no ejerce sobre él una acción notable. Pero este sujeto es víctima del dolor físico o de una decepción sentimental, pecuniaria, profesional, etc. Prefiere la muerte a la prueba que le espera; olvida o pasa sobre las nociones morales que adquirió.
Evidentemente hay responsabilidad psicológica íntegra (la hiperemotividad pertenece a la clase de las psicopatías), responsabilidad moral que depende de Dios.
3. Suicidio de causa sociológica: el sujeto está en desacuerdo, en pugna con la sociedad; se ahoga en sus imposiciones, parece que ella lo rechaza material y moralmente. Se figura que está de más y se evade con el suicidio. Hay frecuentemente un determinado elemento psicopático en estos casos: una inadaptabilidad a las condiciones del ambiente; por otra parte el sufrimiento físico y moral puede ser considerable. Habrá a menudo responsabilidad atenuada, tanto en relación con la psicología como en relación con la moral.
4. Suicidio patológico: es por cierto el suicidio más frecuente. Hay el suicidio del hiperemotivo, del angustioso, del neurasténico, del melancólico, del obsesionado, del perseguido, del delirante, etc.
El suicidio en estos casos podrá considerarse como irresponsable, aun cuando no haya más que indicios muy leves de afección nerviosa o mental: se sabe cómo estas afecciones permanecen a menudo ocultas, porque el enfermo disimula sus pensamientos por una ansiedad o aprensión enfermiza. Individuos sugestionables pueden ser llevados al suicidio por la lectura de novelas, obras teatrales y, sobre todo, por la de las crónicas de los diarios (Dr. Laccassagne).
El médico católico se hallará, pues, a menudo, en presencia de situaciones difíciles y dolorosas. Dará su opinión en conciencia, después de haber examinado el caso con la mayor caridad posible, pero concienzudamente. Si no puede encontrar para el suicidio la excusa médica que facilite las exequias religiosas, sabrá endulzar el pesar de la familia, con la consideración de las excusas morales a menudo presentes y de las que Dios tiene la misma cuenta que de las alteraciones físicas.

LA CREMACION
La Iglesia rehusa los últimos Sacramentos a los que han declarado su voluntad de ser incinerados después del fallecimiento, y que se han negado a rectificar esta decisión. Prohibe celebrar públicamente misas en su favor. Prohibe administrar los sacramentos a todos los que libremente cooperan a la cremación. (Decreto del Santo Oficio, del 27 de julio de 1892).
El médico católico debe conocer las razones de esta oposición de la Iglesia a la cremación, hacerlas comprender alrededor de sí, y alentar al empleo de la inhumación preconizada por la Iglesia. En realidad, es justamente en el nombre de la higiene que se ha combatido la inhumación y propuesto la incineración. El módico se considera así como el perito, cuya opinión tiene mucho peso.

La inhumación y la higiene
 La inhumación no puede condenarse en nombre de la higiene. Durand-Claye, Sebloesing y Proust declararon en el Congreso de la Higiene de 1878: "El suelo es sin discusión el filtro más perfecto de las aguas cargadas con materias orgánicas. Esta propiedad nos la enseñan los hechos naturales. Citemos, por ejemplo, las aguas del suelo que salen puras de las fuentes, provenientes del suelo donde están llenas de materias vegetales y animales". Losener, mediante experiencias con cadáveres de animales infectados con gérmenes microbianos diversos e inhumados en varios terrenos, demostró que el bacilo tífico desaparece al cabo de 22 días, más o menos, el del cólera a los 30 y el de la tuberculosis alrededor de los 60 días. A pesar de todos los trabajos de urbanismo del siglo XIX, que trasladaron los cementerios fuera de las ciudades y abandonaron los viejos cementerios a la azada de los jardines, ninguna epidemia de peste salió de esas necrópolis profanadas sin precaución alguna. Lo que sabemos acerca de las variaciones de la virulencia de los microbios, de acuerdo con el medio, permite además comprender esa inactividad.
Fuera, pues, de los casos de epidemia, de guerra, de catástrofe, en que la Iglesia permite la cremación si se juzga indispensable, la inhumación efectuada de acuerdo con las reglas corrientes de la higiene no presenta el menor inconveniente médico.

La inhumación y la Iglesia
Además la cuestión de la inhumación y de la incineración depende de otras consideraciones: financieras, urbanistas, religiosas, y es evidente que el católico no vacilará en dar el predominio a estas últimas.
En primer lugar, hay la tradición. Los Hebreos, entre los pueblos de la antigüedad, fueron los más fieles a la inhumación, como lo expone el doctor Brohan. Se comprende fácilmente que el Cristianismo no haya cambiado nada en una costumbre que, sin estar ligada formalmente a sus concepciones, encuadra en ellas, sin embargo, mejor que la incineración. Por eso desde el comienzo, los paganos hicieron de la última un caballo de batalla, como lo hacen hoy los ateos; la higiene nada tiene que ver en la cuestión.
A fines del siglo II, Minucio Félix en su Octavius hace decir en escena al pagano Cecilio: "¡Después de su muerte los discípulos de Cristo esperan la eternidad! Es por eso que se horrorizan de la hoguera y condenan la sepultura de fuego. Como si todo cuerpo, aun sustraído a las llamas, no fuera disuelto por la tierra con los años; como si importara que las bestias lo devoren, que las llamas lo destruyan, cuando todo sepulcro es para el cadáver una pena, si la siente, y, si no la siente, un remedio que actúa por su misma rapidez". Y el cristiano le responde: "¿Crees tú, pues, que perece para Dios lo que se sustrae a nuestros débiles ojos? Que se seque en polvo, se disuelva en líquido, se reduzca en cenizas, se exhale en vapor, todo cuerpo desaparece para nosotros, pero sigue subsistiendo para Dios, que conserva sus elementos. No tememos algún daño de la sepultura, como creéis, pero nos mantenemos fieles a la costumbre antigua y mejor de la inhumación".
Como lo recalca el decreto del Santo Oficio del 19 de mayo de 1886, los protagonistas de la cremación en el siglo XIX han tratado ante todo de hacer de ella una manifestación antirreligiosa; es realmente una razón insuficiente para que los católicos abandonen una tradición muchas veces milenaria. Tanto más que la inhumación constituye un verdadero símbolo de las esperanzas cristianas: "El cuerpo —dice San Pablo— es colocado como una semilla en la tierra, en un estado de corrupción, y resucitará incorruptible. Es colocado en la tierra completamente deforme, y resucitará glorioso; es colocado en la tierra sin movimiento y resucitará lleno de vigor" (I a los Cor., XV, 42-44). Y en esto hay un eco de la palabra del Señor: "En verdad, en verdad, os digo: si el grano de trigo caído en la tierra no muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto" (Juan, XII, 24). Este simbolismo de la corruptibilidad corporal que abre la puerta de las dichas eternas, de la aceptación de las peores humillaciones para lograr el bien supremo, bastaría para dar un gran valor a la inhumación. En cambio, el aniquilamiento brutal de la cremación, aporta una idea de destrucción absoluta y definitiva.
Como lo dice también el rev. Padre Lauras, "dejando que el cadáver humano se disuelva bajo la influencia de las causas naturales, dejamos entender que no somos los dueños de la vida y de la muerte, y atestiguamos nuestra sumisión a Dios, nuestro respeto por su ley; con la incineración, destruimos directamente la obra de Dios". Agreguemos que ese abandono a las causas naturales de destrucción parece más respetuoso que el brutal del fuego, para la dignidad de ese cuerpo que en vida ha sido el substrato del alma que piensa, y que ha sido santificado por la recepción de los Sacramentos. ¿No parece a menudo la incorruptibilidad de un cuerpo un testimonio de santidad?
Además, ¿no ha sido inhumado Cristo? ¿No ha sido inhumado Lázaro su amigo, y este rito fúnebre no fué la ocasión de uno de los mayores milagros de Cristo? Sin duda, Cristo hubiera podido hacer de sus cenizas un nuevo Lázaro, como podría hacer nacer de las piedras hijos de Dios; pero una nueva creación nos interesa menos que una resurrección; lo que esperamos, lo que nos sostiene, lo que nos alegra, es revivir nosotros mismos, y eso es lo que nos promete la inhumación y la resurrección de Cristo, la inhumación y la resurrección de Lázaro, y es lo que esperamos de nuestra propia inhumación.
El médico católico no vacilará, pues, en enseñar el valor tradicional y el simbolismo doctrinal de la inhumación, junto con su inocuidad desde el punto de vista de la higiene. Y por su parte rehusará colaborar o asistir a las incineraciones, tanto más que ni sus funciones ni un deber civil o de honor puede obligarlo a ello.
Es evidente que la abstención sería un deber mayor en el caso en que la ceremonia tuviese un valor netamente anticatólico y no solamente acatólico (
La Iglesia tolera la incineración de los miembros amputados, si el médico la prescribe. (Contestación de la S. Congregación de la Inquisición, del 6 de agosto de 1897)). 

BIBLIOGRAFIA
Tesis de medicina: 
Abderrahman, Ben-El-Mouffok : Du suicide émotif el du suicide non pathologique, París, 1933.
Obras varias: 
Bertrand: Du suicide consideré daits ses rapports avec la philosophie, la theologie, la medecine et la jurisprudence, París, 1850. 
Castaing, Dr. M.: Le duel et la discipline religieuse, en Bull. Soc. Méd. St. Luc., 1922, pág. 315.
Debreyne, Dr.: Du suicide consideré an point de vite philosophique, médical, religieux, moral, París, 1842. Girerd, Francisco: Duel, en "Dict. Conn. Relig.", Tomo II, col. 956. 
Lauras, Rev, P.: Inhumation ou incinération, en Bull. Soc. méd. St. Luc., 1924, pág. 19.

domingo, 26 de agosto de 2012

AGRADECIMIENTO E INGRATITUD. (Santo Tomas de Aquino)

 Domingo XII después Pentecostes   
Los diez leprosos

A) EL AGRADECIMIENTO

a) A todo bienechor se le debe agradecimiento
"Todo efecto es referido naturalmente a su causa, porque es necesario que el efecto esté ordenado siempre al fin del agente. Es evidente que el bienhechor, como tal, es causa del beneficio, y por esta razón el orden natural requiere que el que ha recibido el beneficio se convierta al bienhechor por la acción de gracias" (2-2 q.106 a.3 c). 

b) La gratitud se distingue de otras virtudes y no está ircluída en ellas 
"Según la diversidad de causas por las que algo es debido, se diversifica la razón de satisfacer el débito, de tal forma que siempre se contenga en lo mayor lo que es menos.
Mas en Dios se encuentra primera y principalmente la causa del débito, puesto que es el primer principio de todos nuestros bienes; en segundo lugar, en el padre, porque es el principio próximo de nuestra generación y enseñanza; en tercer lugar, en la persona que nos aventaja en dignidad, de la que proceden los beneficios comunes; en cuarto lugar, en algún bienhechor del que recibimos algunos privados y particulares beneficios, por los cuales le estamos obligados particularmente.
Ahora bien, como no todo lo que debemos a Dios, o al padre, o a una persona constituida en dignidad, lo debemos a algún bienhechor de quien hemos recibido algún beneficio particular, de ahí es que después de la religión, por la que tributamos a Dios el culto debido, y de la piedad, por la que reverenciamos a los padres, y de la observancia, por la que honramos a las personas superiores en dignidad, está la gracia o la gratitud, que recompensa el favor a los bienhechores; y se distingue de las antedichas virtudes como todo lo posterior se distingue de lo anterior, por ser aquello más imperfecto que esto" (2-2 q.106 a. 1 c).

c) Por eso en la religión se incluye la acción de gracias
"Así como la religión es una piedad sobreexcelente, así es también cierta gracia o gratitud excelente. Por esta razón ocupa el primer rango entre las cosas que pertenecen a la religión el tributo de gracias, que debemos a Dios" (2-2 q.106 a.l ad 1).

 d)    La gratitud se reduce a la justicia y a la caridad
1.    A la justicia
"La gratitud es parte de la justicia, no como especie de un género, sino por cierta reducción (de la gratitud) al género de la justicia" (2-2 q.108 a.5 ad 2).
2.    A la caridad
"El débito de la gratitud se deriva de la caridad, la que cuanto más se paga más es debida, según aquello (Rom. XIII, 8): No debáis nada a nadie, sino que os améis los unos a los otros. Y, por tanto, no resulta inconveniente que la obligación de la gratitud sea interminable" (2-2 q.l06 a.6 ad 2). 

e)    La acción de gracias está más en el afecto que en el efecto
1. El beneficio está más en la voluntad
"El agradecimiento considera el beneficio en cuanto es otorgado gratuitamente, lo cual pertenece al afecto. Por eso también la recompensa de la gratitud considera más el afecto del donante que el efecto" (2-2 q.106 a.5 c).
Según esto:
Todo acto moral depende de la voluntad. Por consiguiente, el beneficio, en cuanto es laudable y se le debe la recompensa de la gratitud, consiste materialmente en el efecto, pero formal y principalmente en la voluntad; por lo cual dice Séneca (cf. De benefic., 1,6): "El beneficio no consiste en lo que se hace o da„ sino en el ánimo del donante o bienhechor" (2-2 q.106 a.5 ad 1).
2. Y, por tanto, también la gratitud 
Así como el beneficio consiste más en el afecto que en el efecto, igualmente la recompensa consiste más en el afecto; por lo cual dice Séneca (cf. De benefic., 2,22): "El que recibe agradeciendo el beneficio, paga la primera pensión del mismo. ¡Cuán gratamente llegan a nosotros los beneficios, demostrémoslo con la efusión de los afectos, atestiguándolo no sólo en presencia del bienhechor, sino en todas partes" (2-2 q.106 a.3 ad 5).
3. Se deriva del amor
"El deber de gratitud se deriva del deber de amor, del cual ninguno debe desear ser dispensado; por lo cual, el que uno tenga esta obligación contra su voluntad proviene de la falta de amor al que le hizo el beneficio" (2-2 q.107 a.l ad 3). 

f)    Se manifiesta en la veneración y honor al bienhechor 
Se puede manifestar siempre el reconocimiento a una persona, por grande que sea su fortuna, tributándole reverencia y honor. Así dice el Filósofo (cf. Ethic., 8,14: Bk 1163b2) que "al más aventajado debe ofrecerse la retribución de honor, mas al indigente la de utilidad"; y Séneca (cf. De benefic., 6,29): "Tenemos muchos medios de retribuir aún a los poderosos: consejo sincero, trato asiduo, conversación agradable y exenta de adulación" (2-2 q.106 a.3 ad 5).

 g) Debe tributarse el agradecimiento aunque haya imperfección en el beneficio
Es propio de buen corazón ser más sensible al bien que al mal; y por esto, si uno hizo un beneficio de modo no debido, no por esto debe el que lo recibe eximirse del agradecimiento. Si bien debe serlo menos que si lo hubiera recibido del modo debido, porque también el beneficio es menor, puesto que, como dice Séneca (cf. De benefic., 2,6), "mucho hizo la celeridad y mucho quitó la tardanza" (2-2 q.106 a.3 ad 2). 

h) Tres requisitos para la gratitud
"Primero, que el hombre reconozca el beneficio recibido; segundo, que alabe y dé gracias; tercero, que retribuya según las condiciones de tiempo y lugar y conforme a sus medios" (2-2 q.107 a.2 c.).

i) A Dios le deben gratitud el inocente y el penitente
"La acción de gracias del que recibe mira al beneficio del donante; por eso, donde hay mayor gracia por parte del donante, requiérese mayor acción de gracias de parte del que la recibe. Mas la gracia es lo que se da gratuitamente; por lo cual la gracia por parte del donante puede ser mayor de dos maneras: Primera, por la cantidad del don, y de este modo el inocente está obligado a mayores acciones de gracias, puesto que le es dado por Dios mayor don y más continuado en igualdad de circunstancias, hablando en absoluto; y segundo, porque se da más gratuitamente, y en tal concepto está más obligado a dar gracias el penitente que el inocente, porque más gratuitamente se le da lo que le es dado por Dios, pues, siendo digno de pena, se le da la gracia" (2-2 q.106 a.2 c.).

B) LA INGRATITUD

 a) La ingratitud, defecto de gratitud

"Todo vicio recibe su denominación del defecto de aquella virtud a la que más se opone, como la mezquindad se opone más a la liberalidad que a la prodigalidad. Puede, empero, oponerse a la virtud de la gratitud un vicio por exceso, como si la recompensa del beneficio se hace por lo que no se debe o más pronto de lo que se debe. Pero más se opone a la gratitud el vicio que lo es por defecto, ya que la virtud del agradecimiento tiende a algo más. Y por esto denomínase propiamente ingratitud por defecto de gratitud" (2-2 q.107 a.2 c.).

 b) Tres grados de ingratitud 
"El primer grado de la ingratitud es que el hombre no retribuya el beneficio; el segundo, que lo disimule, como no demostrando haberlo recibido; el tercero y más grave es que no lo reconozca, ya por olvido, ya de cualquier otro modo.
 Pertenece al primer grado de ingratitud el que uno retribuya mal por bien; al segundo, que uno censure el beneficio recibido; y al tercero, que repute el beneficio como maleficio" (2-2 q.107 a.2 c.).

 c) El olvido es una especie de ingratitud
"El olvido del beneficio pertenece a la ingratitud; no el olvido que proviene de un defecto natural, que no está sometido a la voluntad, sino el olvido que proviene de la negligencia, porque, como dice Séneca (cf. De benefic., 3-1), "quien se abandona al olvido, muestra no haber pensado muchas veces en retribuir" (2-2 q.107 a.l ad 2).

 d) Malicia de la ingratitud 
1.    Es pecado
"La deuda de la gratitud es una deuda de honestidad, que la virtud exige; ahora bien, el pecado es pecado porque repugna a la virtud. Luego es evidente que toda ingratitud es pecado"
(2-2 q.107 a.l c.).
2.    A veces venial, a veces mortal
"Dícese uno ingrato de dos modos:
Primero, por la sola omisión, como, por ejemplo, el que no reconoce, o no alaba, o no retribuye el beneficio recibido; lo cual no siempre es pecado mortal, puesto que el deber de la gratitud exige que el hombre dé también algo liberalmente, a lo que no está obligado, y por esto, si lo omite, no peca mortalmente; mas sí peca venialmente, porque esto proviene de cierta negligencia o de alguna indisposición del hombre respecto de la virtud. Puede, sin embargo, suceder que aun la tal ingratitud sea pecado mortal, ya por desprecio interior, ya por la condición de lo que substrae, lo cual es debido necesariamente al beneficio, ya en absoluto, ya en algún caso de necesidad.
Segundo, se dice también que uno es ingrato porque no solamente omite cumplir el deber de la gratitud, sino porque obra lo contrario; y esto también, según la condición de lo que se hace, es unas veces pecado mortal y otras venial"
(2-2 q.107 a.3 c.).

e) Todo pecado es ingratitud, si bien no siempre es ingratitud formal
1.    Ingratitud material e ingratitud formal
"En todo pecado se encuentra una ingratitud material contra Dios, porque el hombre hace algo que puede ser englobado dentro de la ingratitud. Existe, en cambio, la ingratitud de un modo formal, cuando se desprecia actualmente el beneficio; y esto constituye un pecado especial" (2-2 q.107 a.2 ad 1).
 2.    La ingratitud y el pecado venial
"Por el pecado venial nadie es ingrato a Dios, según la razón perfecta de la ingratitud; encierra, sin embargo, alguna ingratitud, porque el pecado venial destruye algún acto de virtud, por el que el hombre honra a Dios" (2-2 q.107 a.3 ad 1).