miércoles, 31 de octubre de 2012

MARÍA EN EL CALVARIO (II)

Cómo la Virgen bendita sube al Calvario, y cómo de pie al pie de la Cruz, con un mismo corazón y una misma voluntad con su Hijo y el Padre Eterno, ofrece la Santa Víctima por la salud y la vida del mundo.

 Los Evangelios nos han descrito el martirio del Salvador; ¿han hablado igualmente del martirio de su Madre? En otros términos: lo que acabamos de establecer como exigido por razones de suprema conveniencia, ¿está también consignado como un hecho en nuestros Libros Santos? Si lo recordamos bien, han bastado dos palabras del discípudo amado para decir todas las grandezas de la Virgen, llamándola Madre de Jesús, el Verbo hecho carne. Algunas palabras van a bastarse también para resolver esta nueva cuestión: Stabat autem juxta crucera Jesu mater ejus... (Y la Madre de Jesús estaba de pie junto a la Cruz) (Joan., XIX, 26). Stabat mater dolorosa, Juxta crucem lacrimosa, traduce la poesía cristiana. Hela sobre el monte santo, y de pie; de pie, mientras la multitud carga a Jesús de maldiciones; de pie, mientras los soldados se reparten sus sagradas vestiduras; de pie, mientras el sol se eclipsa, se rasga el velo del templo, se parten las rocas y la Naturaleza entera se conmueve. Hela aquí en la actitud, en tal postura, en los sentimientos, en las angustias más aptas para dar complemento a su maternidad espiritual. Con nuestros Doctores, esto es, siguiéndolos, encontramos, a la luz de las breves pero substanciales palabras del Evangelio, todo lo necesario para responder a las exigencias enumeradas en el capítulo antecedente, es decir, la presencia en el Calvario, la oblación final de la Víctima, la comunión perfecta de sus dolores, y, para coronarlo todo, la proclamación solemne de la maternidad de gracia.

I. De pie junto a la Cruz de Jesús: es la presencia y es también la oblación consumada. El Génesis cuenta que Abraham que, habiendo cedido a las reiteradas instancias de Sara, madre de Isaac, el hijo de la promesa, resolvió echar de su casa a la esclava Agar, con Ismael, su niño. "Echa a esa esclava y a su hijo", le pedía importunamente Sara. Y el patriarca, después de haber consultado al Señor, "se levantó de mañana, y tomando pan y un cántaro de agua, cargólos sobre Agar, le dió el niño y la despidió. Agar, habiendo partido, anduvo errante en la soledad de Bersabée. Y cuando el agua del cántaro se consumió, dejó al, niño bajo uno de los árboles que allí crecían, y alejándose se sentó frente a él, a la distancia de un tiro de arco, y dijo: No veré morir a mi hijo; y, levantando la voz, lloró" (Gen., XXI, 14). Era la naturaleza la que obraba y hablaba en esta mujer.
Si no hubiera algo misteriosamente divino en la presencia de María a los pies de su Hijo agonizante y moribundo, esta presencia sería inexplicable. Hemos leído en algunos autores que estaba allí para consolar a Jesús, para disputarlo a sus verdugos con sus gémidos, lágrimas y súplicas. Puras invenciones que contradicen los hechos. ¿Qué consuelo podía dar al Crucificado el martirio de su Madre, cuando el dolor de Ésta debía ser un nuevo suplicio para su amor filial? ¿Qué esperanza podía tener de enternecer aquellos corazones, endurecidos hasta el punto de querer, en su terrible odio, la muerte de Jesús a toda costa, aunque la sangre de la Víctima cayese convertida en maldiciones sobre sus cabezas y las de sus hijos? Y, además, ¿no sabía María que aquel Hijo de sus entrañas debía, por voluntad del Padre y por su libre elección, dar su vida por todo el pueblo, de tal modo que procurar librarle del suplicio hubiera sido impedir los misericordiosos designios del Hijo y del Padre? Diréis que respondía simplemente al llamamiento de su Hijo. Otra equivocación; pues si el misterio de la Cruz no exigía la presencia de María, ¿por qué Jesús la había de llamar? ¿Solamente para hacerla testigo de sus angustias y para desgarrarle el corazón con una herida más cruel? "Porque, ¡oh, Señora mía!, ¿quién podrá jamás expresar ni sentir los sufrimientos vuestros viendo atormentar a Jesús, sin poder aliviarlo; viéndolo desnudo, sin poder cubrirlo; viéndole derramar sangre a raudales, sin poder restañarla; oyéndole tratar de malhechor, sin poder justificarlo; viéndolo devorado de sed ardiente, sin poder darle una gota de agua; viendo su faz adorable cubierta de salivas, sin poder limpiarla; viéndolo expirar con una muerte cruelísima, sin poder recoger su último suspiro, pegar tu rostro con su rostro y morir estrechándolo en tus brazos?" (
La Palma, Historía de la Sagrada Pasión, e. 37).
De pie junto a la Cruz de Jesús. Algunos pintores la han representado a veces caída en el suelo, o en brazos de las santas mujeres, desmayada y casi sin vida. En nombre de la sana doctrina, hay que protestar contra esos extravíos. El Evangelio la muestra de pie. ¿Con qué derecho la ponen en una postura y en un estado tan contrarios? Así, leemos en Cartagena
(L. XII, hom. 7. Opp., t. III. Cf. Novat., De Eminentia B. Virginis, t. I, c. 18, «i 7, p. 360, sqq.) que, por orden expresa del Maestro del Sagrado Palacio, se borró estando él presente, una pintura de esta clase en una iglesia de Roma. San Ambrosio no quiere ni aun oír hablar de llantos y de sollozos: "El Evangelio —dice este Padre— me la muestra de pie; no la muestra lamentándose y llorando: Stantem illam lego, flentem non lego" (San Ambros., De obitu Valentín, consol., n. 39. P. L., XVI, 1371).
No digamos, sin embargo, que María no derramó lágrimas, siendo así que, según el testimonio de San Pablo, Cristo mismo las derramó con su sangre (
Hebr., V, 7); pero eran lágrimas que corrían silenciosas, sin sollozos, ni gritos de angustia; y esto es lo que, sobre todo, quiso indicar el gran Obispo de Milán.
    Según el sentir de Suárez, hay que tener por indudable que durante toda la Pasión la Madre de los Dolores no mostró ni en su alma, ni en su cuerpo señal alguna de desfallecimiento. Es verdad que la vemos con frecuencia representada por los pintores, o en algunas meditaciones piadosas, como abismada en angustia, hasta el punto de perder el sentido y caer en brazos de las santas mujeres, y hasta en el suelo. Pero —dice también Suárez— estas son invenciones sin fundamento. Están en completa contradicción con el perfecto dominio sobre todos los movimientos de la sensibilidad que debemos reconocer en María; más aún, contrarias del todo al oficio casi sacerdotal que desempeñaba en el Calvario. Por eso los teólogos de nota y los Santos Doctores rechazan de común acuerdo opiniones tan poco dignas de la nueva Eva. 
     Por lo demás —añade—, los autores de ellas son generalmente personas de menor autoridad. Encuentro, es cierto, estas ideas en las Lamentaciones de la Virgen y en el Diálogo de la Pasión del Señor. Pero ni las primeras son de San Bernardo, ni el segundo de San Anselmo, aunque se lo han atribuido. Erróneamente, también se cita a Ludolfo de Sajonia y Dionisio Cartujano. Ni éste en su comentario sobre el capítulo 19 de San Juan, ni aquél en la Vida de N. S. Jesucristo (p. II, c. 55, § 5), han descrito nada que se le parezca, al pintar el dolor de María, cuando recibió en sus brazos el cuerpo inanimado de su Hijo. San Lorenzo Justiniano, a quien también acuden después de aquéllos, no confirma tampoco la opinión que le atribuyen, como se puede ver en el capítulo 21 de su Combate triunfal de Cristo, n. 5 (Lugdun., 1628, p. 335). Habla allí, en efecto, de las lágrimas de la Virgen, de la palidez de su rostro, de los gemidos que se escapaban de su pecho, cuando, teniendo a Jesús apoyado en sus rodillas, paseaba amorosas y dolorosísimas miradas sobre cada uno de los miembros destrozados, sangrientos y heridos de la Víctima santa; nos la muestra también como la viva imagen de la Pasión de Cristo, expirando en espíritu, cuando el Salvador exhaló el último suspiro; pero ni una palabra dice por donde se pueda entender el desfallecimiento corporal, el espasmo o cualquier otro movimiento desordenado de su exterior.
     Suárez procura hasta atenuar lo que los autores que combate pueden tener de excesivo en sus afirmaciones. No sabemos si lo ha conseguido del todo. Parece, sin embargo, que sus afirmaciones son bastante plausibles al tratar de las Meditaciones sobre la Vida de Nuestro Señor, obra que, por otra parte, no es del Doctor Seráfico, como hasta ahora creían casi todos. El mismo Suárez hace, por fin, una última advertencia, y es que los que han hablado, sea explícita, sea implícitamente, de espasmo, no están de acuerdo sobre el momento en que se produjo, puesto que unos dicen que en el encuentro del Señor con su Madre en el camino del Calvario; otros dicen que al crucificar a Cristo; otros, que al golpe de la lanzada, y otros, en fin, cuando la Santísima Virgen recibió el cuerpo de Jesús en sus brazos.
Cosas todas que prueban bastante la ausencia de tradición y de razones serias sobre este hecho. Sabido es también que el mejor intérprete de Santo Tomás de Aquino, el Cardenal Cayetano, ha escrito un libro expresamente para refutar el espasmo de la Virgen. (Cf. Suáres de Mysteriis Vitae Christi, D. 4, S. 3, § nec desunt. D. 41, S. 2, § tertio.) "Hay que notar que Nuestra Señora estaba de pie junto a la Cruz. Gran error cometen aquellos que dicen se quedó pasmada de puro dolor, porque sin duda alguna que no fué así; Ella permaneció firme y constante, aun cuando su aflicción fué mayor de la que mujer alguna ha experimentado jamás en la muerte de su hijo; porque tampoco puede hallarse quien haya tenido más amor que Ella a Nuestro Señor, no sólo por ser su Dios, sino por ser Hijo queridísimo y amabilísimo... Pero como este amor era según el espíritu, conducido y gobernado
por la razón, no produjo movimiento alguno desordenado... Permaneció, pues, esta gloriosísima Madre firme y constante y perfectamente sometida al divino beneplácito que había decretado que Nuestro Señor muriese por la salud y redención de los hombres" (San Francisco de Sales, Sermones varios. .. "Sermón del Viernes Santo", t. IX, p. 276 y sigs., edit de Annecy). 
En los antiguos oficios propios de la Orden de la bienaventurada María, o de la Anunciada (Virginum Annuciatarum), se encuentra entre las diez fiestas de la Virgen María la fiesta del Espasmo, o del Martirio de la Virgen, celebrarla el lunes que sigue al Domingo de Pasión. Después, en los Oficios reformados de la misma Orden, Oficios impresos en Anvers en 1026, y apropiados a la forma del Breviario Romano, no se habla ya de espasmo, y la fiesta lleva simplemente el nombre de Fiesta del Martirio, o del Dolor íntimo de la bienaventurada Virgen María... La oración de la Misa aprobada por León X (29 de agosto 1617) no hace tampoco mención de espasmo: "Omnipotens, clementissime Deus, qui gloríosam Virginen Mariam, Matrem tuam, et sacratissimo sanguine perfudisti et ejus cor medullitus tuo dolore nimium sauciasti, concede propituis ut per lamentationem ejus et a te separationem a praesenti, turbatione per eam misericordissime liberemur, et ad vitam proficiamus aeternam. Qui tecum", etc. (Fasti Mariani auctore Holwech, p. 313). Nótese que esta fiesta no excluía la de los Siete Dolores celebrada en la misma Orden el viernes de la misma semana.
     De pie junto a la Cruz de Jesús, es la actitud propia de la ofrenda. Jesucristo, nuestro Sacerdote y nuestra víctima, está a la vez de pie y tendido sobre la Cruz. Tendido como una víctima, de pie como un sacerdote en el altar; ofrece con su carne el gran sacrificio, del cual habían sido todos los otros, desde el origen de los siglos, profética figura; ese sacrificio del cual su Encarnación en el seno de la Virgen y su vida toda entera fueron la preparación y el preludio. No hay más que una explicación plausible de la presencia y de la postura que nos asombran en una Madre: Ella se une a Él para ofrecer el holocausto sangriento de donde saldrá la reconciliación del hombre con Dios. He aquí lo que San Ambrosio ha insinuado claramente en su libro de la Institución de las Vírgenes: "La Madre de Cristo, cuando todos los hombres habían huido, permanecía de pie, intrépida, cerca de la Cruz.. . Tenía devotamente fijos sus ojos en las llagas de su Hijo; esas llagas que sabía debían de merecer para todos el beneficio de la redención" (San Ambros., de Instit. Virgin., c. 7, n. 49. P. L., XVI, 818). En otro lugar había escrito el mismo Padre: "María contemplaba religiosamente las llagas de su Hijo, porque Ella esperaba, no la muerte de este único objeto de su maternal amor, sino la salud del mundo" (S. Ambr., in I.ue.. 1. X, n. 132. P. I... XV, 183).
     ¿Lo hemos oído bien? Lo que atrae las miradas de María, lo que no puede separar de su vista, son las llagas de Cristo. Mientras que los fariseos y los príncipes de los sacerdotes se complacen en ver en el Crucificado satisfecha su venganza y cumplido su odio; mientras las santas mujeres, al lado de la divina Madre, no ven en Cristo sino un objeto de la más dolorosa compasión, María, con los ojos de la fe, contempla en su Hijo Crucificado al Salvador que se inmola para la gloria del Padre y por la redención de la familia humana. Así, pues, lejos de quejarse del decreto providencial que la constituye espectadora de la muerte de Jesús, comprende la profunda razón que hay en ello, y dice en su corazón, al contrario de Agar: "Veré morir a mi hijo." Por esto, en medio de la turba de perseguidores, en medio de los insultos y maldiciones, la Mujer fuerte, llevada por un amor más fuerte que la muerte, ha seguido las huellas sangrientas que van del Pretorio al Calvario.
     Cuando Jesucristo llenaba la Palestina de los beneficios de amor y del ruido de sus milagros; cuando los pueblos se agrupaban a su alrededor, cantando sus alabanzas y proclamándolo el Enviado del Cielo, el Cristo, Hijo de David, el Rey tan largo tiempo esperado, su Madre entonces se ocultaba a las miradas de todos, o ni aun estaba con Él. Pero en este momento en que está tal como Isasías lo describe: "despreciado y hecho el último de los hombres, Varón de los dolores, quebrantado por nuestros crímenes (
Isa., LIII, 3 sqq.); llevando sobre Él toda la cólera del Padre, como que está cargado con todas las iniquidades del mundo", ahora María se encuentra a su lado, de pie, en evidencia, expuesta públicamente a todas las miradas. ¿Le preguntáis el porqué de esta conducta? "Ah, responde Ella, es que acuerdo del consentimiento que di en el día en que le concebí en mi seno; de la confirmación que hice, ya en la Circunsición de este amadísimo Hijo, cuando le impuse delante de los hombres el profético nombre de Jesús; ya en la Presentación, cuando le ofrecí como víctima al Padre. Puesto que hoy termina la oblación que ha hecho de Sí mismo en esos diferentes misterios, ¿no es fuerza que esté yo con Él para unir mi ofrenda con su ofrenda, de tal modo que una y otra, comenzadas juntas, juntas se consumen? Su Padre, que lo ha enviado a este mundo para este misterio de víctima, lo abandona a los verdugos, lo entrega al furor de sus enemigos, según lo prueba su resignada pero desgarradora queja: "Padre mío, Padre mío, ¿por qué me has desamparado?" (Matth., XXVII, 46). Y yo, que lo he engendrado para el sacrificio, ¿dejaré sin terminar mi propia oblación?"
He aquí por qué hallamos a María cerca de Jesús agonizante, y cuáles son sus sentimientos, y cómo está firme, inquebrantable, de pie, stabat, junto a la Cruz de Jesús, debajo de ella.
Un devoto y sabio autor de la Edad Media, Arnoldo de Chartres, ha descrito felizmente esta unión de la Madre y del Hijo en la ofrenda de la Víctima santa: "Una, y perfectamente una, era la voluntad de Cristo y de María: ambos ofrecían juntos a Dios su holocausto: Ella, en la sangre de su corazón; Él, en la sangre de su carne: Haec in sanguine cordis, ille in sanguine carnis" (
Ernald. Carnot. abb. Boae-Vallis, L. de Laúd. B. M. P. L., CLXXXIX. 1727). "Hubierais visto dos altares levantados sobre el Calvario: uno, en el pecho de María; otro, en el cuerpo de Jesús; Este, inmolando su carne; Aquélla, sacrificando su alma... Ella hubiera deseado derramar la sangre de sus venas después de la de su corazón, y, extendidas las manos en la Cruz, celebrar con su Hijo el sacrificio de la tarde, consumando con Él, con una muerte semejante a la suya, el misterio de nuestra Redención. Pero sólo al único Gran Sacerdote pertenecía el introducir en el Santo de los Santos la sangre de la expiación (Hebr., IX, 7. 12); nadie debía compartir con Él este privilegio; nadie, ni un ángel, ni un simple mortal, podía tener con Él una influencia común en la obra de la reparación. Sin embargo, el amor de la Madre cooperaba grandemente, pero en su medida y en su orden, a que Dios nos fuese propicio; porque la caridad de Cristo presentaba al Padre sus votos propios y los de su Madre; lo que pedía Ella, lo aprobaba el Hijo y el Padre lo concedía. El Padre amaba al Hijo; el Hijo amaba al Padre, y el amor de la Madre seguía a estos dos amores, de tal modo, que esas tres voluntades, la del Padre infinitamente bueno, la del Hijo lleno de piedad, la de la santa y misericordiosa Madre, no tenían más que una sola intención y un solo amor. Era como un enlace de bondad, de compasión y de caridad, en que las súplicas de la Madre se mezclaban a las peticiones del Hijo para hacer descender las gracias y el perdón del Padre" (Id., de Verbis Dom. in cruce, tract. III, P. L., CLXXXIX, 1694, 1695).

   II. María, de acuerdo con el Padre, ha entregado a su Hijo. Esto confiesa la Iglesia griega tan claramente como la latina. Prueba, esta oración que encontramos en su Liturgia: "Te lo suplico, ¡oh, Señora nuestra!: líbrame de la esclavitud de los espíritus malos. Tú, que has dado tu Hijo crucificado para que sea el común rescate del mundo, a fin de que, participando todos en la Redención, todos posean la paz de la salud" (San Sabbas., mell., 17 feb., ode 9. Cf. P. Simón Wafrnereck, Pietas Mariana Graec., p. I. n. 227).
   ¿No es, acaso, el mismo pensamiento el que respira esta otra oración, en que San Juan Damasceno describe con tanta viveza los dolores de la Madre y el ardiente deseo de la Redención que aguijonea su corazón inmaculado?: "La Oveja, contemplando sobre la Cruz a su Cordero y Pastor nuestro, dejaba escapar estas lastimeras palabras: El mundo se regocija con el beneficio de la Redención; pero, Hijo mío, ¡qué fuego quema mi corazón a vista del suplicio que Tú, pacientísimo y magnánimo Señor, sufres por las entrañas de tu misericordia Sin embargo, te lo suplico, ¡fuente inagotable de piedad!, que tus entrañas se conmuevan siempre, y perdona, Señor, los crímenes de todo el que honre con fe verdadera tus divinos tormentos".

   Jesucristo, si hubiera querido, hubiese podido escapar de sus enemigos, bajar de la Cruz y no morir de aquella muerte ignominiosa y cruel; más de una vez lo demostró Él mismo en su Evangelio (Juan X, 18; Mathh. XXVI, 53). Pero había aceptado la misión de Salvador, y de Salvador por medio de la Cruz. En vano le gritan los judíos, con insolente ironía: "Que el Cristo, que el Rey de Israel baje ahora de la Cruz, y viéndolo creeremos en Él" (
Marc.. XV. 82). A pesar de sus provocaciones, permanecerá en ella clavado hasta el último suspiro.
   Tal es, igualmente, la disposición de su Madre. Aun cuando hubiera podido acercarse libremente hasta tocar la Víctima santa y desclavarla de los brazos de la Cruz para recibirla, llena de vida, sobre su corazón, no lo hubiese hecho. Esto nos enseñaba San Ambrosio cuando nos mostraba a la Santísima Virgen "menos preocupada de la muerte de su Hijo querido que de la salvación del mundo", que debía ser el precio de ella. Escuchemos, sobre este asunto, al Doctor Seráfico, hablando no solamente como místico, sino como teólogo. Comenzando por recordar que María, lo mismo que Cristo, en el Huerto de los Olivos, hubiese querido con su voluntad natural, es decir, con una voluntad condicional, apartar de sí los horrores de la Pasión, y que esta voluntad era meritoria, puesto que entraba en los designios de Dios, continúa el Santo de este modo: "No hay que dudar tampoco, en modo alguno, de que, con un corazón varonil y con una determinación muy constante, quiso también entregar su Hijo por la salud de todo el género humano, de tal suerte, que la Madre estaba enteramente conforme con el Padre. Así, pues, lo que debe hacer de Ella el más admirable objeto de nuestras alabanzas y de nuestro amor es que, por su libre querer, consintió en que su Hijo único fuese sacrificado por la común Redención de los hombres. Y, sin embargo, sufría tanto y tan extremadamente con sus angustias, que, si hubiera sido posible, hubiera tomado, y con toda su alma, sobre Sí todos los dolores de que veía a Cristo Saturado. Fue, pues, aun tiempo, fuerte y tierna, dura y dulcisima; avara para misma, y pródiga con nosotros y por nosotros. A Ella, pues, conviene amar y honrar sobre todas las cosas, después de la Santísima Trinidad y de su Divino Hijo Jesucristo Nuestro Señor" (
S. Bonav., in I, D. 48, a. 2. q. 2, ad ult.)
   Algunos autores, deseando hacer resaltar todo lo posible el consentimiento dado por la Virgen Santísima para el sacrificio de su Hijo, no han retrocedido ante una proposición verdaderamente terrible: María, en la disposición de su corazón, estaba dispuesta a inmolar a su Hijo con sus propias manos, si Dios hubiera hecho consistir en esto la salud de los hombres.
 

 Esta opinión cuenta con otros partidarios. He aquí, por ejemplo, lo que encontramos en un libro notable por su ciencia y por su piedad: "Si Dios la hubiese mandado que con sus propias manos llevase a cabo la crucifixión de su Hijo, que la Providencia inescrutable había permitido a los malos, hubiera realizado esta voluntad con toda la prontitud y la resolución propias de un alma soberanamente sometida a las leyes de su Creador. Si la naturaleza se horroriza ante este pensamiento, basta que la gracia lo adore. Todo lo que la voluntad divina santifica, deja de ser cruel, impuro, malo y profano. (Lo que debe, no obstante, interpretarse sabiamente en el sentido que lo entiende el autor.) Si Dios se lo hubiera mandado, lo hubiese ejecutado; si lo hubiese ejecutado, hubiese hecho un acto de piedad más que generoso. Y que el Padre viviente se contentase con la preparación de su alma, sin querer el hecho, como se contentó con la de Abraham, no disminuye su dolor, sino que le da nueva materia para que crezca más y más. Supuesto que la voluntad de Dios hubiese intervenido, ¿no hubiera sido más honroso que manos llenas de santidad hubiesen tratado con más respeto, reverencia y devoción los sagrados miembros de Jesucristo que las impías manos de los verdugos y profanos, que fueron los instrumentos y ministros de su adorable sacrificio?" La Cruz de Cristo, en que están establecidas las verdades más hermosas de la Teología mística y de ta gracia santificante por el P. Luis Chardon, de la Orden de Predicadores, del convento de la calle Nueva Saint-Honoré. Premier entretien, ch. 31, p. 427. París, chez Bertier, 1647).
   Entre estos autores se señalan dos más notables por su autoridad. Uno sería, tal vez, el canciller Gersón. No traemos aquí las palabras que le atribuyen, porque no las hemos hallado en el lugar en que debían estar, según las citas que de ellas se hacen. El otro es San Antonio, el ilustre y sabio Arzobispo de Florencia. Dejémosle hablar a él mismo en un párrafo que es suyo, indudablemente: "La Bienaventurada Virgen María estaba de pie junto a la Cruz, firme en su conformidad con la voluntad divina. Ella lo sabía: era decreto del Padre que su Hijo único sufriese todos los horrores de la Pasión, y sabía que ese Hijo había venido para esto del cielo a la tierra... De aquí su inquebrantable conformidad al divino beneplácito. No murmuraba de ver sufrir a Jesús; no se indignaba de ver a los judíos que le trataban tan cruelmente, después de haber recibido tantos beneficios. No llamaba sobre ellos la venganza del cielo, ni pedía que que se los tragase vivos la tierra, como merecían. Ni aun se la veía hacer esas demostraciones exteriores de dolor tan comunes en las otras mujeres. ¡No! Ella estaba de pie, llorando, sin duda, y anegada en dolor; pero tranquila, modesta, llena de virginal reserva y compostura. ¡Oh, Soberana mía! (exclama el mismo Santo, imitando a San Anselmo), ¡qué arroyos de lágrimas corrían por tus castos ojos cuando viste a tu inocentísimo Hijo, a tu Hijo único, preso, flagelado, coronado de espinas, crucificado; cuando aquella carne de tu carne se te presentaba tan horriblemente desgarrada por tantas llagas y heridas! Y, sin embargo, tan conforme estabas con la voluntad de Dios, que sobre todas las cosas deseabas la salud de la naturaleza humana. Así es que, me atrevo a decirlo, Ella misma, a falta de verdugos, hubiera puesto en la Cruz a su Hijo, si hubiera sido necesario que hiciese esto para la salud de los hombres y para cumplir más perfectamente Ella misma la voluntad del Padre. No es de creer, en efecto, que su obediencia fuese menos perfecta que la de Abraham, aquel padre de los creyentes que, para gloria de Dios, consintió en sacrificar con su mano misma a su propio y único hijo, Isaac. Estaba, pues, de pie, firme, inmóvil, en su entrega a la voluntad divina" (San Antonin. Flor., Sum theol., p. IV, tit. 15, c. 41, § 1).

   Nada más verdadero que la reflexión de San Antonino sobre la actitud de la Virgen en el Calvario sobre la inefable conformidad de su querer con el del Padre y sobre los bienes inestimables que ella nos ha procurado. Pero, declarando todo nuestro pensamiento y todo lo que sentimos sobre esta materia, decimos que esa hipótesis que presenta a la Madre poniendo Ella misma en la Cruz a su Hijo y a su Dios nos repugna. Tiene un no sé qué de duro y penoso para nuestra devoción filial. Y puesto que nada, ni en la Escritura, ni en las comunicaciones divinas que fueron hechas a María, nada hay que dé pie para sospechar que Dios pudiera someterla a una prueba tan espantosa, ¿de qué sirve proponer y discurrir acerca de semejante hipótesis? Tanto menos, cuanto que tales suposiciones no son necesarias para entender que María no puso en su corazón reserva ni límite alguno a su completa ofrenda. Si fuera preciso hacer aquí alguna hipótesis de esa clase, preferiríamos esta otra que vamos a exponer, y que presenta algo que es menos terrorífico para la naturaleza. Supongamos, pues, que, por un imposible, el cuerpo de Cristo se fuese desprendiendo de la Cruz antes de que la muerte hubiese terminado la obra de la salud: sin duda alguna, Cristo se hubiese esforzado en permanecer sobre el leño del sacrificio, y María, la Mujer heroica entre todas, la Madre de los dolores, le hubiera ayudado con sus manos temblorosas, pero firmes, a quedarse en él: tanto estimaba Ella la parte escogidísima que le cupo en el gran acto de la Redención.
   Sea como quiera, María coopera libremente .y generosamente a la ofrenda de la nueva Víctima. "Hace falta —dice Bossuetque se una al Padre Eterno, que de común acuerdo entreguen al Hijo de ambos al suplicio; para esto la ha llamado la Providencia al pie de la Cruz" (
Bossuet, I serm. de la Compasión de la Virgen Ssma.).
  Ya hemos visto cómo respondió a los designios de Dios sobre Ella.
   Había en el alma de esta augusta Madre un doble amor: el amor de la vida de su Hijo, de aquella vida que estimaba y amaba soberanamente, porque era una vida divina; el amor de la muerte de ese mismo Hijo, que deseaba con toda su alma, porque tal era el decreto del Padre y tal la condición sin la cual no podía ser reparada la gloria de Dios, ni rescatado el mundo.
   Estos dos amores hicieron agonizar a Cristo en el Huerto de las Olivas, y renuevan una agonía semejante en el alma de la Madre. Cristo aceptó el cáliz de amargura presentado por el ángel, triunfando del espanto de la naturaleza: "El cáliz que me ha dado mi Padre, ¿no quieres que lo beba?" (Juan XVIII, 11).
Así hace también la Santísima Virgen. Fiel imitadora de su Hijo, coloca su voluntad en la voluntad divina, y tomando su cáliz lo beberá hasta las heces, sin dejar caer la gota más pequeña, o, mejor dicho, beberá en el cáliz mismo de su Hijo. Por esto, después de haber visto a María participar en la oblación del Salvador, considerado como Sacerdote, nos resta el contemplarla compartiendo su oficio y su destino de Víctima.

J.B. Terrien S.J.
MARIA MADRE DE DIOS Y
 MADRE DE LOS HOMBRES 

Orígen y Maldad del Halloween


Edición abreviada del
Capítulo 6


“Grande era la oscuridad de esa noche
Y los demonios se aparecen en esa noche” (Octubre 31).

 La noche de Samhaim

 La mal llamada en Estados Unidos “fiesta” de Halloween o de brujas, sobre la cual hasta fechas muy recientes y muy tardíamente se empezó a dar la voz de alerta, para frenar en algo el auge del satanismo que empezó en la década de los Setenta. Esta “fiesta” que debe llamarse festín del diablo o noche de aquelarre -, pero no, qué feo suena; así no atraería a los niños, y los padres ni siquiera querrían oir de esa cosa.
El mal siempre se ha disfrazado con la diversión, el placer, lo caricaturezco o lo ridículo; y, claro, lo inofensivo. Nada de espantar a la gente; y nada que la haga subir la guardia.
El aquelarre de Halloween se impuso en Estados Unidos a pesar del gran número de estudios y cátedras de la cultura popular, de las religiones paganas y otros de tipo antropológico. El control que el diablo tiene en la cultura de Estados Unidos hace muy difícil que alguien entre ellos se atreva a contradecir sus enormes errores. Son “cuadrados”. En lenguage claro: están programados con poquísimas excepciones.
En la actualidad mucha gente sabe que el Halloween tuvo sus orígenes en los siniestros cultos druidas de los antiguos celtas paganos de Francia, Inglaterra e Irlanda principalmente. El Halloween celebraba la muerte del año viejo, que era marcado con la entrada del invierno, en el frío septentrión europeo, en el cual la naturaleza y el sol parecen morir; el sol no se ve en meses, para nada calienta los huesos, la nieve está sobre toda superficie y las brumas llenan la atmósfera. Y para que el sol y la naturaleza no mueran, para que la vida regrese con la primavera, se hacían sacrificios de animales y de personas.
Francia, la antigua Galia, fue conquistada por Julio César, entre los años 59 y 49 a. J. En sus memorias de esta conquista, Julio César escribió: “Al menos que sea pagado una vida humana con otra vida humana [Que sólo se conserva la vida propia matando a otro], la majestad de los dioses inmortales no será aplacada; y en público, así como en la vida privada, observan las ordenanzas de sacrificios de la misma clase. Otros usan figuras de tamaño inmenso – colossi-, que son formadas de ramas entretejidas, llenan de hombres vivos y les prenden fuego, y los hombres perecen en una cortina de fuego” (La Guerra de las Galias).
Otra práctica de los druídas fue la de dizque “predecir” el futuro bañando sus inicuos altares con la sangre de alguna persona asesinada para dicho propósito y poniendo sus entrañas sobre el mismo altar, según lo escribió Tácito en su Anales. Una variante era la de asesinar a un hombre con una daga en la espalda, y que fue descrita por el sirio Diodoro: “Cuando la víctima así herida ha caído, ellos leen el futuro al observar el modo con que cayó y en los retorcimientos del cuerpo, asímismo cómo le brota la sangre”.
Así la celebración del fin del año celta fue otro de los cultos paganos homicidas y sádicos, inspirados por el diablo, que les hacía creer que era él Dios, y que así, a la caída del cruel invierno septentrional, lo aplacarían y les daría otro año de vida haciendo brillar el sol, reverdecer las plantas y fructificar la tierra; cuando en realidad aquellos paganos sólo caían más completamente en su poder, por medio de desarrollar vicios homicidas, un asqueroso y aberrante amor a la muerte y a la materia cadavérica, que sin la acción salvífica y redentora de Jesucristo, simplemente no podían resistir.
Los celtas fueron influenciados por los griegos, que habían fundado colonias, todas puertos, en el Mediterráneo occidental a partir del siglo VII a.J., quizá siendo Massalia, actual Marsella, la más importante en cuanto a contactos con los entonces bárbaros que habitaban las Galias, la actual Francia, ya que seguramente de esta ciudad, los druídas adoptaron el alfabeto griego, la brujería pitagórita, de la cual se derivó la numerología de la cábala, que siglos después sus necios adeptos la considerarían una religión más poderosa que la de Cristo (V. Yates, La Filosofía Oculta en la Epoca Isabelina. México, D.F: Fondo de Cultura Económica, 1982). Lo de “isabelina” por la totalmante calva y feroz reina Elizabeth I de Inglaterra.
Pero toda esta cultura griega no les sirvió para superar sus bárbaros asesinatos rituales que los practicaban desde su época en las cavernas. Ni siquiera llegaron a escribir obra alguna ni de la más inepta literatura, por estar siempre ebrios y sedientos de sangre. Aún así los eruditos “iluminados” de Inglaterra y otros pueblos protestantes, de los siglos XVII y XVIII, hicieron creer a sus pueblos que los druídas no eran mas que unos inofensivos y sabios bards. Este error contribuyó al auge del Halloween moderno.
Más bien se asesinaba a diestra y siniestra bajo el régimen religioso de los druídas. Julio César dijo que tenían asesinatos rituales en público y en privado. Todavia en la actualidad hay gente en Estados Unidos e inglaterra, muy admiradores de los druídas, que considera que la “sabiduría” de los antiguos druídas “puede” ser “terapeútica”. Entre éstos se cuentan satánicos de varios matices. Y es que los autores de habla inglesa tratan por todos los medios de desacreditar la demencia homicida de los druídas. Así, el catedrático de la universidad de York, Nicholas Rogers, dice del relato de Julio César: “Este relato extraordinario, muy probablemente derivado [sic] del historidador sirio Posidonio, encantó tanto al inglés Aylett Sammes que en su Britannia Antiqua Illustrata de 1676, comisionó un grabado del hombre de mimbre – colossus-, para sus lectores” (Halloween, from Pagan Ritual to Party Night, p. 15). Subrayado propio.
En este párrafo Rogers nos dice que Julio César, como pro-cónsul de las Galias durante diez años y conquistador de las mismas, tuviera que “derivar” su relato de un historiador griego de dos siglos antes para escribir de los druídas, como si no hubiera sido el romano mejor informado del país. También parece que los atroces asesinatos rituales tan “encantaron” a Sammes, “captivated” en el original inglés, que escribió tal libro. Nos preguntamos si Sammes serïa miembro de alguna sociedad secreta satánica, de los cuales “Jack el Destripador” fue calamidad minuta comparado con un genocida a lo Wiston Churchill y otros jefes muy “demócratas” de grandes logros genocidas.
A continuación Rogers nos da un dato valioso: “Predeciblemente” [sic] – con toda esta cultura actual del diablo manufacturada en Estados Unidos, primero, e Inglaterra en segundo lugar -, “esta imágen [la del grabado] ha sido usada en los dramas de horror de Halloween, formando el siniestro subtexto [?] de la producción britana The Wicker Man- “El hombre de mimbre” (1973), la cual se ha convertido en una película del culto [¿satánico?] en Estados Unidos” (p.15).
Rogers evita ser exacto y sólo escribe “culto” sin precisar satánico.
Huelga decir que los conquistadores romanos prohibieron gradualmente esas prácticas atroces, aunque no dejaron de ser practicadas en lugares remotos. En Britania se reporta el achicharramiento de un caballo, en una de esas jaulas, en honor de Samhain, en el año 400 d.J.
No ha llegado a nosotros ninguna de esas jaulas de mimbre, por supuesto; y qué bueno, si no, con nuestros eruditos de ahora “laicos”, ya les hubieran encontrado méritos artísticos y culturales, como lo hacen con las piedras de asesinato al por mayor del huichilobos azteca y otros demonios plasmados en piedra de nuestros indios, antes que fueran rescatados y liberados por la gloriosísima conquista de España; que fue, ante todo, católica. Pero tal parece que las muy extensas y minuciosas crónicas de la época, muchas de ellas escritas por los propios indios, no las deben de leer nuestros maestros “laicos”.
Al extenderse el cristianismo por las regiones que habían sido de los druídas, la Presencia Real de Nuestro Señor Jesucristo en los tabernáculos de las nuevas iglesias, y su culto, con sus sacramentos, sus sacramentales, procesiones piadosas, campanas, etc., las formidables apariciones de la noche del 31 de octubre, que dizque eran de los antiguos reyes, cuyas moradas eran los montículos de la edad de bronce, e incluso de la edad de piedra, y que no eran sino demonios, fueron reducidos a los pequeños y ridículos duendes grotescos, que Disneylandia en un tiempo nos los presentó como simpáticos enanitos con Blanca Nieves, etc., pero que ahora, sin el menor empacho, nos los presentan en su aspecto malvado y demoníaco en las grotescas caricaturas de ahora. El mago Merlin es un vestigio de los cultos paganos de la antigüedad celta.
Para contrarrestar directamente el culto a Samhain, la Iglesia instituyó, en el año de 873, la fiesta de Todos los Santos, en noviembre 1o. Después la Iglesia Católica instituyó el día dedicado a pedir por las santas almas en el Purgatorio, que fue propuesto por el Abad del gran monasterio de Cluny, San Odilo, en el año 998. Este día ha sido el Día de los Muertos, en noviembre 2. Que las almas que cayeron en el infierno no tienen remedio, y hasta ha sido revelado a los santos, que las almas de los condenados sufren aún más cuando se reza por ellos, especialmente cuando se les manda a decir misas.
El monasterio de Cluny, que era la mayor iglesia del catolicismo después de la Basílica de San Pedro, fue destruído por los brujos cabalistas y la canalla de la Revolución Francesa, llamados jacobinos, y más tarde dizque “liberales”.
En la era cristiana, la antigua brujería del paganismo se volvió contra su vencedor, Jesucristo, y elaboró ritos que son una mofa a los sagrados ritos de Su Iglesia. Así, la brujería elaboró misas negras, padres nuestos dichos al revés, altares a Satanás usando una mesa, dando el oficiante enmascarado la “cara”, o mejor dicho la máscara al “pueblo” de brujos y brujas; con una mujer desnuda tendida en la mesa. La consagración a Satanás se hace sacrificando a un bebito, sobre todo de padres cristianos y de preferencia sin bautizar, pasando un puñal por el ano hacia arriba de su cuerpecito. Después vienen orgías de lo más asqueroso; a veces torturando algún secuestrado, y otras aberraciones, aun contra natura, o sea de jotos.
Debo subrayar, que lo anterior se practica en los casos extremos de brujería; la explícitamente satánica.
En al brujería abiertamente anti-cristiana, el Diablo llama a sus discípulos cuatro veces al año a grandes aquelarres; el principal es el que nos ocupa: la “noche de brujas”, o Halloween. Las otras noches de aquelarres son las de febrero 1o., mayo 1o., y agosto 1o., que tienen diferentes nombres en los diferentes países en que se lleva a cabo tal demencia. En Alemania se juntan en la montaña Brocken, en Suecia, en el monte Blocksberg; en Francia, en el bosque de las Ardenas; en Gran Bretaña, en cualquier paraje desolado de su gusto, en las ruinas de alguna abadía o iglesia, saqueada y destruía durante la rapiña de la reforma protestante, o en algún megalito de la edad de bronce, como Stonehenge.
A estos grandes aquelarres los brujos y brujas de todo el país acudían, muchas de ellas, según dice el mito, volando en sus escoban con un gato negro a bordo. Para poder volar en sus escobas, a lo “Santa” Claus en su trineo, y como en películas a lo E.T., estos brujos preparaban un ungüento que entre sus ingredientes se incluía grasa de algún niño chico que hubiera sido asesinado en uno de sus rituales. Tal receta la dió Reginald Scott en su Discoverie of Witchcraft “El descubrimiento de la brujería”, de 1584, en la Inglaterra dominada por brujos cabalistas a partir de la reforma protestante de Enrique VIII, y que tuvieron a la reina Elizabeth como mero figurón, y también como su siniestra “virgen” de la noche  (en lugar de la Santísima Vírgen, madre de nuestro señor Jesús) en blanco y negro, por lo oscuro de la noche y la plateada luna.
Uno de estos grandes brujos, John Dee, fue de los cortesanos más importante de dicha reina, y fue el fundador del British Intelligence, y del proyecto de imperio llamado “británico”, pero que en realidad es de la Banca Internacional cabalística y satánica. Uno de sus primeros agentes fue el novelista Christopher Marlowe, que denunció tal proyecto de imperio criminal, por lo cual fue asesinado en 1593. Este John Dee fue el verdadero agente 007, y no el “James Bond” de ficción peliculesca (Ver Francis Yates, La Filosofía Oculta en la Epoca Isabelina).
Es de hacerse notar que el Renacimiento fue paganista y corruptor. Todos sus “grandes filósofos”, dizque humanistas, fueron brujos cabalistas. Se hacían pasar por “neo-platónicos”, para no causar escándalo, notablemente Pico de la Mirandola y Marsilio Ficino, de la segunda mitad del siglo XV.
Los círculos de brujos, llamados en inglés “covens”, como parodia de los “convenants” tanto del Antiguo como del Nuevo Testamentos, ahora también se llaman “rings”, sobre todo en las películas, para despistar y no espantar a la gente. Estos círculos se componen de un “diablo” enmascarado y de doce brujos o brujas, como haciendo parodia de Jesús Nuestro Señor y sus doce apóstoles. El aspirante a brujo se sometía a un rito de iniciación (sería un sacrilegio llamarlo “de consagración”, por incluir la palabra “sagrado”), en el cual formalmente renunciaba a su pasado cristiano, y juraba fidelidad al “diablo” presidente. Este hombre con máscara ponía una mano en la corona de la frente del aspirante y la otra debajo de la planta de sus piés. Luego declaraba que de ahí en adelante todo lo que estaba entre sus dos manos – cuerpo y alma -, estaba al servicio del diablo. El nuevo brujo o nueva o bruja entonces era dizque “bautizado” con algún nombre del infierno (Quizá algo así como “belcebunis” – pequeño belcebú o pobre diablo), y se le recordaba el mandamiento de los brujos de hacer todo el daño posible y no revelar la indentidad de los otros brujos. El formidable historiador estadunidense de ascendencia irlandesa, William Thomas Walsh, nos da otra versión de este rito inicuo: El aspirante a brujo besaba la mano de una asquerosa figura esqueletífera, y que con ese beso se le iba toda memoria y esencia de haber sido cristiano. Era un rito de apostasía de demencia moral total (Ver Characters of the Inquisition, tanbooks.com).
En esta época dominada por Satanás en que vivimos, con todos los males y lacras de la llamada “democracia” y de las “actualizaciones”, los ritos de iniciación satánica deben ser más atroces que en la Edad Media, en la que Cristo gobernaba en todos los hogares y en todos los tronos. La Edad Media fueron los mil años de la Cristiandad: del 390, en que Teodosio el Grande estableció el catolicismo como religión única y en que la Iglesia compila la Biblia, hasta alrededor del 1400, en que se inicia el llamado “Renacimiento”, que mejor sería llamarlo “La Paganización”. Se debe recordar que alrededor del 1400 vivió y obró uno de los santos más maravillosos de Dios, el valenciano San Vicente Ferrer, que obró muchos miles de milagros y resucitó a 40 muertos.
El Halloween enfatiza la agresión, lo macabro, la sangre, la muerte, lo monstruoso e incluso figuras inmorales. ¿Qué horizontes abren a los niños y jóvenes estas figuras siniestras y grotescas? No lo maravilloso, sino lo horrendo. ¿Qué clase de emociones estimulan? No el tranquilo y sereno bereavement over la muerte de las celebraciones católicas, sino los miedos y la excitación nerviosa de los ritos paganos. Lo grotesco y monstruoso se están haciento [“normales”] al espíritu moderno, un producto típico del neopaganismo (Marian T. Horvart, “Halloween, return to paganism” TraditonInAction.org).

 
Carlos Trujillo

martes, 30 de octubre de 2012

De los principales ejercicios devotos.

TITULO IV
DEL CULTO DIVINO
Capítulo X. 
De los principales ejercicios devotos

451. Entre los mas útiles ejercicios de devoción, recomendamos encarecidamente la frecuencia de los sacramentos de la Penitencia y Eucaristía, la asistencia diaria al santo Sacrificio de la Misa, el rezo del santo Rosario y el examen de conciencia acompañado del acto de contrición. 

452. Recomendamos encarecidamente, que el ejercicio del Via Crucis se practique con toda la frecuencia posible, sobre todo en las Iglesias parroquiales. Como, por no llenar las condiciones requeridas en la erección del Via Crucis, no rara vez se ven privados los fieles de las indulgencias concedidas a este piadoso ejercicio, los curas y rectores de las Iglesias tendrán presentes los decretos de la Santa Sede y los observarán fielmente.

453. La religiosa costumbre de saludar tres veces al día a la Sma. Virgen María al toque de la campana, devoción canocida con el nombre del Angelus, es antigua, útil y está enriquecida con muchas indulgencia; por tanto, hay que procurar que los fieles la practiquen umversalmente y con constancia.

454. La asociación de la familia cristiana, bajo la protección de la Sagrada Familia de Jesús, Maria y José, cuyo culto siempre se tuvo en alta estima, suscitada por el empeño de varones piadosos, reconocida por Pío IX, y últimamente refundida por la autoridad suprema, tiene por objeto utilísimo unir las familias cristianas a la Sagrada Familia, con vínculos más estrechos de piedad; por lo cual deben los párrocos establecer y fomentar con todo empeño esta asociación, para que Jesús, María y José protejan y defiendan señaladamente las familias a ellos consagradas, como cosa propia, conforme a las Letras Apostólicas de León XIII Neminem fugit, de 14 de Junio de 1892 y Quum nuper de 20 de Junio de 1892.

455. Alabamos y recomendamos las oraciones antes y después de la comida, que se acostumbran en las familias de veras cristianas; y queremos que los curas y demás sacerdotes, con la palabra y el ejemplo, procuren restablecer esta práctica tan cristiana.

456. Trabajen con empeño los párrocos para que los ejercicios públicos de devoción, más acomodados a las costumbres cristianas y religiosas, y a las tradiciones aprobadas de cada República, se restablezcan y vuelvan al antiguo esplendor de piedad y religiosidad verdadera; y con frecuencia exhorten los fieles a su cuidado cometidos, a que se empeñen en adorar a Dios y a sus Santos en espíritu y en verdad, y no por sola ostentación exterior.

457. Háganse con gran religiosidad devotas peregrinaciones a los Santuarios más célebres de cada comarca, y procesiones extraordinarias. Queremos, por tanto, que previa licencia del Ordinario, las preparen a tiempo los curas, con oportunas y piadosas pláticas, de modo que resulten otras tantas ocasiones de renovación espiritual en la fe y la piedad para los pueblos, sobre todo con acercarse a la Penitencia y a la Eucaristía.

458. Y por cuanto, en los ejercicios devotos, cualquier cambio no necesario, y cierto prurito de novedad, se vuelven a menudo motivo de que se entibie el espíritu cristiano en aquella parroquia, en que se relaja la estabilidad de la devoción pública y de la piedad, por decirlo así, tradicional, prohibimos a todos los párrocos y sacerdotes que introduzcan ejercicios de piedad insólitos, ó nuevas cofradías, sin licencia expresa del Ordinario
ACTAS Y DECRETOS DEL CONCILIO 
LATINOAMERICANO DE1889

¿COMO SE HA PERDIDO LA FE?

                                                                                     "EL TIEMPO DE LA SEMENTERA
 DE LA PALABRA EVANGELICA
 ENTRE LOS GENTILES,
 SE HA TERMINADO"
 Por Mons. José F. Urbina A.
Mayo 2012

     El Padre Remigio Vilariño Ugarte, S.J., en su libro PUNTOS DEL CATECISMO (Num. 95), escribe: "Se pierde la Fe y se llega a estados (al indiferentismo, al cisma, a la apostasía, a la herejía), por falta de instrucción, por las malas compañías, por las malas lecturas, por los vicios, por la soberbia, por la falta de práctica religiosa; de ordinario antes de faltar la fe, suele faltar la vida cristiana y antes de practicar que de creer".
     "Todos los que estén en alguno de estos estados por su culpa, no se pueden salvar".

     Yo diría que todavía antes de faltar la práctica que conduce al descreimiento hay una etapa terrible que va entibiando el alma y la va cocinando e insensibilizando para un camino que la arroja a las regiones donde no está Dios e incluso se condena a Dios porque se va adquiriendo poco a poco el pensamientos de los condenados que incluso llegan a perder la esperanza de salvación. Aunque este declive está regulado por la soberbia que niega que esto puede pasar, comienza en las treguas a la gracia que revelan ya, de suyo, una falta de amor a Dios y un espíritu que se ha degradado. Este es ya un primer alejamiento, sutil y perezoso que ya de suyo, puede constituir pecado y a veces pecado mortal. La ingratitud lleva a desconocer a Dios como el Autor de todos los beneficios recibidos. Apartarse de la oración y de los Sacramentos, no me va a impedir caminar o ganar dinero, dicen.
     Estos pecados de la inteligencia, están eficientemente apuntalados por lo que dice el Padre Vilariño, y más. La falta de instrucción es terrible en el pueblo católico. Hay una supina indiferencia hacia todo lo que representa alguna clase de instrución en todo lo que huela a religión. Pero al mismo tiempo, la picazón por las malas amistades, ya se llamen amigos, o televisión, o impresos, dejan sus huevecillos infecciosos que no tardan en multiplicarse. ¿Estoy hablando de los individuos?, sí, pero también de la sociedad que se va anemiando y se va amarinando como los árboles atacadas por las plagas que pronto van a ser cortados y echados al fuego.
     Esa desgraciada indiferencia y tibieza general, que ha llevado a la apostasía, tiene culpables indudablemente!. No todo el pueblo está capacitado para entender las cosas de la Fe y la Doctrina cristiana, pero entre ese pueblo, hay muchas capacidades que antes de informarse en su Religión para explicar e ilustrar a los que no saben, se dedicaron a sus particulares intereses y abandonaron en las garras de los coyotes a las ovejas indefensas y desprevenidas. Es un pretexto bastante hipócrita y estúpido decir que los enemigos eran demasiado fuertes para hacer algo. Hay muchos hombres que se escudan para cometer toda clase de pecados e inmoralidades, porque las tentaciones "en estos tiempos" son muy fuertes, como si fuera posible que Dios permitiera un ataque diabólico que no se puede resistir. ¿No éste es el lenguaje del Diablo?, ¿no se está condenando a Dios como un Juez inicuo e injusto?. La sociedad cristiana tenía la fuerza por siempre para ser la reina de la historia. Si ha caído y besado el polvo, si ha sido estrellada contra el suelo, así sus enemigos fueran débiles o poderosos, enmascarados o descarados, es porque no se usaron los recursos divinos puestos en sus manos. Porque se abandonó la lucha. Porque no hubo sacrificio, ¡pero ni siquiera algún esfuerzo!. Porque la corrupción comenzó a invadir los estratos sociales y a romper las defensas del alma. ¡Fue más fácil!. Estuvo a la moda. Más aceptado. Pero también el pueblo ignorante, que no estaba obligado a saber, prostituyó su moral, abandonó la práctica, fue permisivo con los hijos y cerraron los ojos, y así los hijos se prostituyeron.
     Dice acertadamente Santo Tomás de Aquino que esta clase de infidelidad, la apostasía, difiere solamente de la herejía, accidentalmente. La herejía y la apostasía sólo difieren cuantitativamente. En el orden objetivo la apostasía es más grave, pero no enseña ninguna nueva especie de infidelidad, pues sólo enseña LA LLEGADA al estado de abandono total de la Fe. La herejía es un abandono parcial, por lo cual, este pecado es de la misma especie que la apostasía. El hereje, sigue el mismo camino que el apóstata, pero se detiene antes de la llegada. Tanto la herejía como la apostasía, ya dije antes, son irreversibles.
     San Pío X dijo que el Modernismo implantado luego por el Concilio Vaticano II principalmente destruiría totalmente la Religión cristiana, y la razón es clara. Un convertido al protestantismo, por ejemplo, se ha detenido antes del rechazo completo de la Fe, porque aunque ha seguido la misma ruta, en aras de su nueva creencia se detiene al encontrarla supuestamente. No llega a la apostasía, aunque sí a la herejía que es un pecado de la mismísima especie.
     Pero estoy hablando del Modernismo. San Pío X se refería al Modernismo que con el prurito constante del cambio, del progreso, de la modernidad, enseñado a un pueblo que es obediente y que cree que la voz de sus autoridades es la Voz de Dios, indudablemente no enseñaría la herejía solamente -como ya lo está haciendo-, sino que llegaría poco a poco a la pérdida total de la Fe. Pues el que cede poco, cede poco a poco y no hay un límite. Uno de los "dogmas" modernistas proclama abiertamente el progreso constante de la Doctrina y son tan hipócritas que dicen que esto es "como el pueblo lo vaya requiriendo". Se pulveriza el modelo firme, invariable, la verdad predicada por el Hijo de Dios. Para ellos, Cristo inició un cierto movimiento religioso para adaptar a las distintas situaciones y cambios de la historia y a cada lugar (Denz. 2059). La Iglesia debe estar sujeta a "perpetua evolución" (Denz. 2053). Los supuestos "papas" que vemos desde que Juan XXIII se apoltronó usurpando el Trono de San Pedro, son las cabezas anticrísticas profetizadas en cuya mente ya está figurada la apostasía a la que marchan con el mismo espíritu y paso firme hipócritamente disfrazado.
     Algunos teólogos dicen que existe la posibilidad psicológica de que haya un engaño inculpable, dada la facilidad del hombre para dejarse persuadir por cualquier error, pero desde el punto de vista teológico, esto no es posible, porque la gracia y la fe ayudarán eficientemente si no falta la oración y todos los remedios que todo creyente está obligado a poner para evitar los peligros contra la Fe. Por eso, todo aquel que ha perdido la fe por falsas persuaciones, es gravemente culpable, al menos en causa remota. Habrá pecado contra la Fe indirectamente por descuidar su grave deber de adquirir suficiente instrucción religiosa, o por no haber evitado los peligros, como pueden ser, por ejemplo, las comunicaciones con herejes y otras alimañas.
     Se puede argüir que muchos fieles no tienen, como antes dije capacidad para conocer la Doctrina y así son presa fácil del engaño, pero yo respondo que la brutal expulsión de la Misa, privó al pueblo del sentido de la fe. Un mal trajo otro. La corrupción del pueblo trajo el destierro del Sacrificio, y esto los introdujo al camino de la apostasía. Dios jamás te va a abandonar si tu no lo abandonas primero.
     A esta clase de peligros los "pastores" de la Iglesia han expuesto al pueblo a ellos confiado. No solamente le arrancan con brutalidad la Misa y los Sacramentos, fuentes de gracia y de fuerza y de luz; no solamente con pretexto de modernizar introducen el camino a la herejía que es el camino a la apostasía -porque no van a detenerse nunca-, sino que para acelerar el paso propician y "bendicen" toda clase de convivencias y reuniones con toda clase de sectas, de religiones extrañas, que en aras de la paz mundial entre los hombres infectan y prostituyen el espíritu de la inmaculada Iglesia de Cristo, ya demasiado arrastrada por el polvo por un pueblo indiferente y deshonesto.
     Temo que estoy hablando un idioma que ya no se entiende. Que pronuncio palabras ininteligibles que no calan, no entran, que no se comprenden. Por esto nadie ve que las puertas del aprisco están guardadas por lobos enmascarados de pastores. Pero esta ceguera es general. Ni los que se han quedado fieles al Vaticano ven nada, ni su acercamiento a la apostasía, ni los que han quedado fieles a la Misa católica que siguen el mismo camino que los otros, pero en un vagón más lejano del mismo ferrocarril.
     Santo Tomás de Aquino (Sum. Theo. 2-2, q. 10, a. 7) enseña nuy claro sobre el grave peligro que corren los fieles en esas reuniones con herejes y paganos, cuando no asisten quienes "con suficiencia e idoneidad puedan rebatir los errores. De esta forma se confirmarán los débiles en la Fe y se quitará a los infieles la posibilidad de engañar". Sigue diciendo: "El silencio de quienes debieran oponerse a los que pervierten la verdad de la Fe, sería la confirmación del error". De ahí las palabras de San Gregorio: "Como la palabra imprudente conduce al error, el silencio indiscreto deja en el error a aquellos que podían haber sido instruidos".
     En el caso de los modernistas, la defensa de la Fe no se dará jamás. Tienen el alma tan pervertida, que para ellos, todas las religiones constituyen diversos caminos para lograr la salvación. Dios quiere, dicen, que todas esas religiones existan. No hay ninguna esperanza de que defiendan la Fe Católica. Y no solamente no guardan un silencio obsequioso, sino que con toda intención predicarán en contra. Un "ministro" durante su nueva misa, como debe haber muchísimos, predicó que el Protestantismo y el Catolicismo son la misma cosa.
     Es que quien tiene el alma infectada de herejía o de apostasía, que es el término, la llegada, va a tratar siempre de llevar a otros al error que lo ha infectado. Es que sus llagas siempre supuran para embarrar a otros. Es un deseo incontrolable y morboso de hacer equipo. El eterno detractor de sus superiores, ha comenzado una carrera que para en el despeñadero. Santo Tomás dice (Sum. Theo. 2-2, q-12, a. 1) que muerta la vida del alma, aparece el desorden en todos sus miembros "en la boca que grandemente manifiesta el corazón; después en los ojos y en los medios del movimiento; y por ultimo, en la voluntad que tiende al mal. De ello se sigue que el apóstata, siembre la discordia, intentando separar a los otros de la Fe como él se separó". Lo cual puede comenzar en la detracción, seguir en la herejía y terminar en la apostasía. Son pecados de la misma especie. Apestan a lo mismo; uno encontrará a otros detractores; otro encontrará a otros herejes; otro encontrará a otros apóstatas. Y muchos de ellos, se creen apóstoles de la Fe. Pero cuando por ese camino ésta se ha perdido, quieren que otros sigan esa luz que ellos librándose del engaño, encontraron con su industria.
     El Concilio de Trento, tan condenado y atacado por los modernistas, que se reunió después de la Revolución Protestante para aclarar, definir y defender la Doctrina Católica cuestionada por Lutero y sus seguidores, dice: "La Fe se pierde por el pecado de infidelidad". Los católicos indiferentes, entibiados, que durante muchos años sin negar abiertamente, se apartaron de la vida eucarística y de la oración; fueron remisos en el estudio de su Religión; convivieron imbuidos en los errores del Naturalismo, del Racionalismo, del Liberalismo, del Ateismo, del Indiferentismo o de cualquiera de las herejías materiales -también llamadas "herejías de las obras"-, un día, y ese día llega indudablemente, verán que esos errores ya van siendo "compatibles" con su Fe. El camino ha comenzado sin dejarse sentir. Casi en todos los casos, si es que no decimos que en todos, el alto es imposible. Ningún apóstata quería en principio serlo, Pero descuidó sus obligaciones. Sólo fue indiferente, sólo se entibió, se hizo tibiecito como el vómito y el olor a vómito no se le quitará en adelante, a menos que rectifique lo cual es muy difícil, o imposible.
     Lo mismo es decir esto de los individuos aisladamente considerados que de la sociedad. Y la explicación es clara. El pecado personal, aunque sea un pecado "oculto", está ligado fuerte e indivisiblemente al pecado social y lo incrementa, ya que este es el cuerpo social de la Iglesia, el Cuerpo místico de Cristo. Los católicos conocemos la doctrina sobre la "comunión de los santos". En la Iglesia todos tenemos una misión dada por Dios. Una obra que construye el reino de la luz, y una pugna contra el Demonio. Nuestras acciones siempre influyen al prójimo positiva o negativamente y esta obra un día será reconocida o condenada. Es terrible el día en que a los malos los alcance el destino y se enfrenten al Rostro airado del Cordero.
     En este sentido, adquiere suma importancia la familia que es la primera célula de ese Cuerpo místico. Cualquier acción por leve que sea la fortalece o la destruye. Son traidores al plan de Dios los que la dividen, e incluso los que no pugnan por unirla y fortalecerla, siguiendo sus pasiones, o sus propias opiniones, o sus propios intereses. Esos comegenes que trabajan bajo tierra, o escondidos tras la chapa de un mueble debilitando su firmeza son los aliados silenciosos de los enemigos de Cristo. ¿Cómo no referirnos a esa inmensa cantidad actual de matrimonios deshechos por el divorcio que traen tan terribles consecuencias?, ¿cómo no referirnos a esa inmensa cantidad de matrimonios unidos por la conveniencia social o económica, por una pasión carnal a los herejes, a los librepensadores, a los racionalistas, a los liberales y a una caterva de bichos ponzoñosos que van a pervertir a su descendencia aún sin la intención de evangelizarlos y tan sólo por su influencia?, ¿quién llevaría a su casa un cubo de comegenes para esparcirlos por todas las estancias donde horadarán para hacer sus nidos?. Estos "católicos" están lejísimos de haber constituido una unión como Dios manda en el sagrado vínculo matrimonial. Podrán ser una sola carne, pero no un solo espíritu y la razón es muy obvia. Pero ya nada de eso interesa hoy.
     La humanidad ha apostatado y todos están tranquilos y satisfechos. La Iglesia se hunde, y todos están tranquilos y satisfechos. Quedaba un reducto que estaba dentro de la Iglesia, pero los constructores del reino de la oscuridad y del odio, ahora rebuscan entre los despojos que quedan, alguna cosa sana para enlodarla y pervertirla. La Iglesia Católica es el nuevo Israel de Dios. Es el Israel espiritual, pero si ésta es ocupada por "papas" y jerarcas que traicionan la Doctrina y arrastran al pueblo a la herejía camino a la apostasía y han renunciado al primer principio de reconocer la necesidad de todos los hombres de convertirse a la Fe de Jesucristo, ésta no puede ser la Iglesia Católica ni el Israel espiritual de Dios. El rechazo de este principio, que es la razón fundamental de la autoridad apostólica le arranca sin discusión toda autoridad y posición de juicio, mientras todo el poder político terreno va a los enemigos de 1a Iglesia. Esta situación anticrística clara e insistentemente anunciada, debería ser conocida por los fieles. Tienen la grave obligación de conocerla. Es la señal toral de que los tiempos de las naciones se han cumplido ya. Es el momento crucial para reconocer que la sementera de1 Evangelio ha terminado, mientras los tiranuelos no se cansan de cacarear las glorias de ese desgraciado aquelarre de vociferantes y ese supuesto nuevo pentecostés que fue el Concilio Vaticano II.