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miércoles, 19 de junio de 2013

LA VIDA DEL HOMBRE. SU DEBER DE CONSERVARLA (4)

     G) Lóbotomia prefrontal.— También hace unos años se ha dado mucha publicidad en la prensa a una nueva operación. El procedimiento quirúrgico es conocido con el nombre de lobotomía prefrontal, e implica la apertura del cerebro y la separación de alguna de las fibras de proyección o asociación que conectan los lóbulos frontales con los tálamos.
     En la descripción que la prensa ha hecho a sus lectores acerca de esta operación, las relaciones gráficas se han caracterizado más bien por el sensacionalismo que por la exactitud científica. Se nos ha dicho, por ejemplo, que la operación destruye el sentido de la responsabilidad moral y reduce la mentalidad del paciente a la de un niño.
     La lobotomía prefrontal ocasiona, ciertamente, cambios drásticos en la personalidad del paciente, cuyo comportamiento se caracteriza, de ordinario, por la inercia y falta de ambición. Parece que nada le excita, y ni siquiera le interesa. Trabaja poco o nada, y este trabajo es pobre cualitativamente, a causa de la indiferencia con que lo ejecuta. Le tienen tan sin cuidado las personas y las cosas, que la conciencia de sí mismo falta por completo. Puede, de hecho, ser considerado como un viviente en estado de completa negligencia e indiferencia mental para todo trabajo. Esta notable indiferencia mental y física, consecuencia de la lobotomía, es debida, al parecer, a la disminución de los efectos ordinarios del apetito sensitivo del hombre. Después de la operación, el paciente parece privado de las pasiones y emociones que constituyen una parte tan importante y principal en el modo de ser humano.
     De hecho, la pérdida del factor emocional, que normalmente es una parte del proceso del pensar del paciente, es lo intentado por esos medios. Al menos por lo que al pasado se refiere, la liberación de la atención emocional es el principal efecto de la operación. Las psicosis afectivas, que resultan de los estados emocionales anormales, son las únicas que salen beneficiadas con la liberación del paciente del factor emocional del pensar.
     No se conoce con certeza todavía el modo exacto como se realiza el alivio. Según algunos especialistas, la operación ocasiona una separación entre el conocimiento y la emoción correspondiente. Así, por ejemplo, un pensamiento o situación, que excitaría una ansiedad intensa en el paciente, apenas tiene importancia para él en el período siguiente a la operación. La vuelta a un grado moderado de correspondencia emocional comienza de ordinario pocas semanas después de la operación, dando lugar a una convalecencia durante un lapso de tiempo de algunos años.
     Hemos dicho anteriormente que los artículos populares de prensa, al describir las consecuencias de la lobotomía, han acentuado los efectos drásticos de la operación sobre el entendimiento y la voluntad del paciente. Si esto fuera un resultado probable de la operación, sería de la mayor importancia para el moralista. Todo cambio efectuado tan deliberadamente, y que afectase a una persona de tal manera, que no fuese capaz en adelante de un acto humano, no podría ser justificado con facilidad. Sin embargo, no parece que la operación ejerza o pueda ejercer algún efecto directo sobre la potencialidad de las facultades racionales del hombre. Toda disminución o pérdida de la capacidad intelectual o volitiva, que parece resultar de la operación, puede fácilmente ser interpretada en el sentido de una deficiencia casi completa de interés por todo lo que le rodea.
     Por consiguiente, el efecto de la lobotomía sobre las potencias del hombre es indirecto. La dependencia del entendimiento humano de las facultades sensitivas es una tesis fundamental en Psicología racional, que encuentra, sin duda, una confirmación en los efectos de la lobotomía. Pero queda en pie el hecho de que el enfermo es esencialmente capaz de un acto humano, aunque el estímulo para ejecutarlo pueda ser deficiente casi por completo, y si el acto se lleva a cabo, sea ejecutado muy imperfectamente a causa de los efectos destructores de la operación sobre las facultades sensitivas. Difícilmente encontraremos se dé agudeza Intelectual y determinación volitiva en una persona que está privada casi totalmente de correspondencia emocional. Toda afirmación sobre el hecho de que la lobotomía destruye la apreciación de la responsabilidad en el paciente, es posible que no se refiera a la "responsabilidad moral". La operación ocasiona cambios notables a causa de la disminución de estas facultades sensitivas de la persona, pero la pérdida o disminución de estas facultades no la hace de por sí incapaz de un acto moral o de la apreciación de la responsabilidad moral. Hay que advertir a este propósito que ni la Etica, ni nuestra Teología moral han considerado las pasiones como un elemento formal o necesario del acto racional. Por tanto, toda la «irresponsabilidad", que caracteriza al paciente, se ha de interpretar en el sentido de negligencia y falta de interés por parte del individuo.
     Afirmar que la operación reduce al paciente al nivel intelectual de un niño, no significa que las mismas facultades racionales hayan sido perjudicadas o destruidas. Una afirmación de esta naturaleza es exacta sólo mientras acentúe la grave necesidad que tiene el paciente de cuidado constante y de entrenamiento en el período inmediato a la operación. Durante la convalecencia, hay que ayudar gradualmente al enfermo a conseguir el uso completo de las sensaciones emocionales con el estímulo constante a interesarse en diversas actividades de la vida.
     La exposición exacta que hemos hecho acerca de la naturaleza y efectos de la lobotomía prefrontal, debe proporcionar una base suficiente para su valoración moral. Ciertamente, tal operación está todavía en un período experimental y, como sucede con frecuencia, los moralistas apelan a la profesión médica para datos más completos y más exactos sobre la misma. Siempre es difícil valorar una operación de este género, sobre todo cuando leemos que «no se han obtenido curaciones completas en veinte operaciones de lobotomía cerebral, efectuadas en pacientes mentales en el hospital del Estado de Oregón»; que, además, la mortalidad de esta operación llegó a cerca de un 30% en 1947, y que el detrimento del factor emocional de la vida del enfermo es profundo y, hasta cierto punto, irreparable. Sin embargo, a pesar de estos hechos, la lobotomía prefrontal parece moralmente licita si se cumplen las cuatro condiciones siguientes:
     Primera. La lobotomía prefrontal es moralmente lícita, si el paciente sufre una enfermedad mental que le deja en un estado verdaderamente imposibilitado. De ahí que no pueda objetarse moralmente a la operación, verificada sobre un psicopático sin esperanzas, que no ha respondido a los diversos shocks terapéuticos indicados para estos casos. Un enfermo de este género casi nada tiene que perder y sí
mucho que ganar con la operación. No parece que el estado del paciente deba ser tan grave, que vaya acompañado de una conducta violenta o de tendencias al suicidio.
     Segunda. La lobotomía prefrontal es lícita sólo cuando es evidente que no puede aplicarse otro remedio válido para el caso. Siempre que exista algún otro remedio menos drástico y ciertamente más eficaz, debe ponerse en práctica.
     Por consiguiente, debe constar con certeza que el enfermo sufrió una verdadera psicosis u otra enfermedad mortal durante un tiempo adecuado, estando convencida la autoridad competente de que ni los cambios de medio ambiente, ni el tiempo solo podrán aportar la mejoría; sin embargo, no debe esperarse a recurrir a la lobotomía prefrontal hasta tanto que se haya efectuado un deterioro orgánico.
     En estos casos pueden aconsejarse algunos medios terapéuticos, como el electroshock, aunque contraindicados en un caso particular. Además, otras veces quizá se ha hecho uso de medidas menos drásticas con resultados inútiles. Así, en algunos casos de psiconeurosis y esquizofrenia crónica, la operación se ha comprobado beneficiosa después que todos los remedios ordinarios han fracasado. De aquí que, cuando una opinión médica segura indica que medidas menos drásticas no pueden ocasionar un beneficio proporcionado y necesario para el paciente, la operación debe ejecutarse.
     Tercera. La lobotomía prefrontal es lícita sólo si la esperanza del beneficio excede al peligro del daño. Este requisito requiere una reflexión muy seria. ¿Hasta qué punto el enfermo se halla realmente impedido en el estado actual? ¿Hay razones suficientes para creer que la lobotomía contiene al menos una probabilidad de mejorar ese estado actual? Si es así, ¿hay esperanzas de que el alivio sea permanente o sólo temporal? ¿Podrá la operación mejorar el estado del paciente o producirá un mero alivio gradual? ¿Hay fundamentos para creer que, aun cuando el paciente tenga prohabilidades de ser beneficiado por la operación desde algún punto de vista, puedan originarse complicaciones tan graves como la misma enfermedad actual? Estas preguntas ponen de manifiesto la grave responsabilidad del cirujano. Queda en pie, sin embargo, la licitud de la operación cuando, según el parecer seguro y sincero del médico, las ventajas sobrepujan a los daños que pueden esperarse de la operación.
     Cuarta. La lobotomía prefrontal es lícita sólo cuando el enfermo puede ser atendido convenientemente después de la operación. Esta condición se halla contenida implícitamente en la que precede, ya que la falta de cuidado, en el periodo que sigue a la operación, ocasionará de ordinario el fracaso de la misma operación en lo que se refiere a los buenos resultados de la misma. De ahí que la probabilidad del peligro en un enfermo que no está sobre aviso, puede exceder a las ventajas que debieran derivarse de la operación. La necesidad grave de un cuidado conveniente después de la operación, debe ser puesta en relieve, ya que el período de convalencia, que se prolongará por unos años, y la vuelta del paciente al tipo normal de vida, dependen de los cuidados y atenciones recibidas. Importa poco si esta labor es realizada por parientes o amigos o por personas de oficio; el caso es que durante un largo período de tiempo, alguno debe ayudar al paciente, con la sugestión y el estímulo constantes, a recobrar sus facultades emocionales. Hay todavía otras razones que señalan la importancia de la asistencia que se debe prestar a tales enfermos; así, por ejemplo, no es difícil que estos enfermos padezcan en ocasiones ataques epilépticos después de la operación, y no es tampoco extraño observar que la operación los deja más o menos indiferentes al dolor y, por consiguiente, en peligro de descuidar alguna grave enfermedad que pudiera originarse, con peligro no sólo de la propia vida, sino también de la de los demás si la enfermedad es contagiosa.
     Resumiendo: según la doctrina expuesta en el nuevo Código de directrices éticas y religiosas para los hospitales católicos:
     «La lobotomía es moralmente lícita como remedio último para intentar la curación de aquellos que sufren graves enfermedades mentales. No está permitida cuando pueden tomarse otras medidas menos extremas, o en los casos en que la probabilidad del daño sobrepasa a la probabilidad del beneficio que se puede obtener.» 

     H) Trasplante de córnea.—Un último caso, al hablar de la mutilación, es el trasplantar la córnea del ojo de una persona a otra. La ciencia es actualmente capaz de restituir la vista a aquellos cuya ceguera es debida a deficiencias de la córnea. Efectivamente, en grandes ciudades de Estados Unidos se han abierto «bancos de ojos» para restaurar esta parte vital del ojo humano.
     Como se podría esperar, este descubrimiento científico ha tenido un gran resultado, que raya en lo sensacional; criminales condenados a muerte o a cadena perpetua han ofrecido la córnea de uno de sus ojos en favor de personas ciegas; mujeres agobiadas por la pobreza han ofrecido la córnea de uno de sus ojos a precios que se acercan a los cinco mil dólares.
     La moralidad de estas operaciones depende del motivo que ocasiona la obtención de la córnea sana. Supuesto que ningún bien extrínseco que pueda obtenerse, justifica la mutilación del cuerpo humano, nunca es lícito separar la córnea del ojo sano de un ser vivo.
     Puede, sin embargo, separarse la córnea del ojo de una persona viva, si se trata de un ojo ciego a causa de defectos habidos en otras partes del órgano. Una córnea de tal procedencia podría ser injertada en el ojo de una persona, para la cual significase la recuperación de la vista. Esta operación no sería inmoral, pues no implicaría una disminución de la integridad del cuerpo del donante.
     Finalmente, la córnea puede ser separada del ojo de una persona inmediatamente después de su muerte para injertarla en el de una persona viva. Los experimentos han demostrado que una córnea separada inmediatamente después de la muerte es tejido vivo que puede ser sucesivamente injertado. Naturalmente, es necesario conseguir un permiso adecuado para no caer bajo la sanción de la ley civil. Sobre este punto merece consultarse una excelente disertación del Padre B. J. Cunninghan, C. M., 1944, en la Universidad Católica de América. Su título es: The Morality of Organic Transplantation, y fué escrita bajo la dirección del Padre Francis Connell, C. Ss. R.
     La obra del Padre Cunninghan es digna de tenerse en cuenta, porque sienta algunas conclusiones contrarias a la doctrina tradicional acerca de mutilación. Dicho autor hace notar que siempre que es necesaria la mutilación por el bien de todo el cuerpo, aun una parte sana del mismo puede ser sacrificada para alcanzar un notable objetivo. Y añade este principio: es moralmente lícito hacer por otra persona, aparte los motivos de caridad cristiana, cualquier otra cosa que pudiera hacerse por sí mismo. En una palabra: la tesis de esta obra es acerca de la licitud de la mutilación directa propia en favor del prójimo, afirmándola y recomendándola. Esta conclusión permitiría el sacrificio de la córnea sana de una persona viva para otorgar la vista al prójimo; autorizaría el trasplante del ovario o de parte de un ovario sano a otra persona para proporcionale la salud o la fertilidad.
     Al presente esta materia está siendo ampliamente debatida entre los moralistas. El Padre Francis Connell, de la Universidad Católica, ha manifestado en algunas ocasiones su simpatía por esta conclusión, así como el Padre Gerald Kelly, S. J., y el Padre John McCarthy, del Colegio de Maynooth (Irlanda). Sin pretender meternos a resolver definitivamente una cuestión tan intrincada, afirmamos simplemente que, de momento al menos, nos negamos a admitir la validez de tales conclusiones. La razón y varias afirmaciones del Papa, referidas anteriormente en la sección dedicada al Principio de totalidad, sostienen nuestro punto de vista.

     I) Banco de huesos.—Un nuevo fenómeno en el mundo de la Medicina es el así llamado «Banco de huesos». Consiste en preservar, por refrigeración, todo hueso útil obtenido en las operaciones. Los huesos así obtenidos son usados atendiendo a las necesidades aun de otros hospitales. De esta manera, muchos pacientes pueden librarse de una operación secundaria necesaria mediante injerto del hueso. Relaciones autorizadas nos dicen que el uso del «Banco de huesos» es seguro y práctico, sin resultados contraproducentes. Si esto es así, no hay dificultad ninguna desde el punto de vista moral, ya que dicho procedimiento consiste únicamente en aprovechar un hueso que de otra manera habría de ser descartado.

     J) Apendicectomía «ad libitum».— Parece generalmente aceptado por la ciencia médica que un apéndice sano no tiene una finalidad de importancia en el actual sistema digestivo humano. Por consiguiente, su remoción no parece constituir, en sí misma, una forma inmoral de mutilación. Su remoción no hace al cuerpo menos perfecto; no interesa a la integridad natural del cuerpo; no suprime función orgánica alguna; ni siquiera lleva consigo una desfiguración del cuerpo humano. Por consiguiente, no inflige pérdida ni daño alguno al cuerpo humano; sin embargo, antes de justificar una excisión de esta naturaleza, debe existir una razón suficiente para que sea licito al paciente someterse a una operación médica que supone un cierto riesgo para el operado. Es evidente que toda apertura del vientre implica un riesgo más o menos digno de tenerse en cuenta, que no debe, sin más, ser desatendido. Si se diese el caso de que el vientre debiera ser abierto por otras razones, no hay objeción moral que oponer a la excisión del apéndice antes de cerrar de nuevo el abdomen. Se ha dicho que cerca de un 20% de los americanos necesitan operarse del apéndice en alguna circunstancia de la vida, y es un hecho que los ataques de apendicitis tienen lugar a veces en lugares y ocasiones en que la intervención quirúrgica es muy difícil o imposible. De aquí que pueda existir un real y verdadero peligro de la vida para algunas personas. Estas circunstancias bien pudieran ser consideradas como una razón proporcionada y suficiente para suprimir el apéndice en el curso de alguna otra operación abdominal.
     Una cuestión ulterior: ¿Sería moralmente lícito a una persona sana decidirse sin más por la operación del apéndice? De ordinario, no sería lícito. La mera posibilidad de que una persona en el futuro pueda tener un ataque de apendicitis y, en caso de sufrir dicho ataque, no tener una ayuda médica conveniente, no es razón suficiente para exponerse al presente al grave riesgo de una operación abdominal. En un caso extraordinario, cuando es evidente que la ayuda quirúrgica no ha de ser posible (por ejemplo, tratándose de misioneros que van a campos de misión completamente fuera del alcance del mundo civilizado), parecería lícito decidirse por la operación antes de la partida (Connell F., «Surgery for the Healthy», Am. Ecc. Rev., feb., 1947, página 143; Kelly G., Medico-Moral Problems, part. I, pp. 35-39). 

     K) Amigdalectomía «ad libitum"—A la luz de los principios expuestos en la sección anterior, es evidente que de ordinario no se puede justificar moralmente la remoción de amígdalas sanas. Es cierto que, a semejanza de lo dicho sobre el apéndice, su excisión no disminuye la perfección del cuerpo; pero no deja de implicar algún riesgo, y a menudo no habrá razón suficiente para exponerse a él. En otras palabras: la amigdalectomía implica solamente un peligro menor, que se puede justificar si hay una razón suficiente para exponerse a dicho peligro. De hecho, las amígdalas han tenido que ser operadas en muchos niños por considerárselas como fuentes de infección. De ahí que si, por ejemplo, una familia pobre, con cuatro o cinco niños, tuviera que trasladarse de un lugar a otro, cualquier cirujano amigo de la familia podría prestarse voluntariamente a la operación de las amígdalas de los hijos antes de la partida para salvar a dicha familia pobre de los gastos médicos de consideración, muy probables y bastante próximos.

     L) Injerto de ovarios.—La moderna cirugía ha puesto en práctica el injerto de ovarios de persona a persona. Dos razones se aducen como justificantes de esta operación: a) para corregir o equilibrar las condiciones patológicas complementarias en ambas partes; b) para poner remedio a una circunstancia patológica en una de las partes.
     El primer caso tiene lugar cuando una mujer sufre de amenorrea (ausencia anormal de flujo menstrual), y otra de hipermenorrea (flujo menstrual excesivo). Naturalmente, todos los tratamientos médicos se ponen en práctica antes de recurrir al procedimiento quirúrgico de que nos ocupamos. En el curso de la operación, se separan cerca de tres cuartas partes del ovario de cada una de las mujeres y se injertan en el tronco ovárico de la otra. Se ha experimentado después de esta operación que los ovarios de ambas mujeres son, aproximadamente, normales en sus funciones. Nuestra opinión sobre el particular es que se trata de una operación lícita, porque los ovarios de ambas mujeres se encuentran patológicamente afectados; la operación no disminuye la perfección del cuerpo de cada una de las dos mujeres; antes bien, perfecciona sus cuerpos en esa función vital y se tiene una razón suficiente para someterse a la operación.
     El segundo caso se refiere al injerto de parte del ovario de una mujer sana, como donadora, en el de otra mujer, afectada de una de las dos circunstancias patológicas antes mencionadas. El problema moral que aqui se origina es el mismo que hemos contemplado al tratar del trasplante de la córnea del ojo de una persona viva y sana al de otra ciega. Por nuestra parte, repetimos lo que allí dijimos sobre la inmoralidad de la mutilación de una persona cuando no se hace en provecho de la misma. Esta afirmación parece confirmada por los principios tradicionales acerca de los deberes del hombre para con su salud y vida propias, así como también por las palabras antes mencionadas de Su Santidad Pío XII.
Charles J. Mc Fadden (Agustino)
ETICA Y MEDICINA

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