jueves, 31 de octubre de 2013

SERMON DE SAN VICENTE FERRER EN LA FIESTA DE LOS APOSTOLES SAN SIMON Y SAN JUDAS

Tema: Conformes con la imagen de su Hijo (Rom VII, 29). 
     1. La solemnidad del oficio de hoy es de los santos apóstoles Simón y Judas. Este Judas no es el traidor, pues del traidor no celebran fiesta los cristianos, sino los demonios del infierno. Este Judas es Tadeo, santo, bueno, apóstol de Jesucristo. Si Dios quiere, tendremos buenas instrucciones, derivadas de su Vida y santidad. Saludemos antes a la Virgen María: Ave María.
      2. La frase del tema, tomada de la epístola de hoy, dice que estos dos apóstoles fueron conformes con la imagen del Hijo de Dios. Para entender la expresión hay que decir qué es la imagen del Hijo de Dios. La imagen propia del Hijo de Dios es la vida santa, perfecta y bendita de Jesucristo. Quien conozca la vida santísima de Jesucristo: su encarnación, natividad, vida pública, pasión, resurrección, ascensión, verá que es la imagen propia del Hijo de Dios y no sólo del hijo de María. La imagen de un santo o de una santa nos representa al que quiere significar; la vida de Cristo, devotamente contemplada, nos declara que es el Hijo de Dios eterno. En primer lugar, en su encarnación: por qué fue concebido por una madre virgen, sin obra de varón. Nació de una virgen, que no sufrió dolor, en una noche radiante, pues de su cuerpo salía una claridad mayor que la del sol; grande fué la alegría de los ángeles, que cantaban el Gloria a Dios en las alturas; y puesto en el pesebre, calentado por dos animales, fué adorado por los pastores. La estrella de Oriente y los tres reyes. Los milagros de su vida, su bautismo, en cuya ocasión se abrió el cielo viéndose al Espíritu Santo en forma de paloma, y resonó la voz del Padre: Este es mi Hijo muy amado... La resurrección, la ascensión... Todo ello manifiesta que Jesucristo es el Hijo de Dios eterno. Está claro que la vida de Cristo es la imagen propia del Hijo de Dios.
      3. Por ello dice el Apóstol, en nombre de los cristianos de buena vida: Todos nosotros, a cara descubierta, contemplamos la gloria del Señor como en un espejo y nos transformamos en la misma imagen (2 Cor. III, 18). Nos transformamos. Pues así como los pintores que quieren copiar alguna imagen la ponen delante de sí y la contemplan para pintarla, del mismo modo los santos ponían ante sí la imagen del Hijo de Dios, la vida de Cristo, y la copiaban, acomodando a ella su propia vida. Primeramente, contemplaban la encarnación, por la que Dios mostró infinita humildad, descendiendo del palacio del cielo a la cárcel de este mundo. Y movidos por esta contemplación, exclamaban: ¡Oh!, ¡cuánto debo humillarme, yo que soy un gusano podrido! Siendo el Señor de todas las cosas, quiso ser pobre; con esta consideración evitaban la avaricia. Pudo elegir otra madre, pero quiso elegir una virgen; al pensar esto evitaban la lujuria. No teniendo pecado alguno, quiso hacer tanta abstinencia que estuvo sin comer durante cuarenta días y cuarenta noches, y toda su vida fue una cuaresma continuada, pues no comía sino una vez al día. Considerando tal cosa y tomando de ello ejemplo, se prevenían contra la gula. Tuvo paciencia extrema; y los santos, llenos de esta consideración, no tenían mala voluntad ni pedían venganza de las injurias. Era varón de gran diligencia, ya que oraba durante casi toda la noche. Oraba de rodillas y con lágrimas en los ojos; iba continuamente de camino, fatigado por la predicación, y todo por nosotros, pues Él nada de esto necesitaba. 
     De esta imagen de la vida de Cristo deben tomar los cristianos el modelo, copiando su vida con buenas obras. Dice el Apóstol: Todos nosotros, a cara descubierta, contemplamos la gloria del Señor como en un espejo y nos transformamos en la misma imagen (2 Cor. III, 18). La imagen del Hijo de Dios es la vida de Cristo.
      4. Ahora aparece claro el tema que afirma de estos dos santos: Conformes con la imagen de su Hijo, con la vida de Cristo. Yí encuentro que fueron semejantes en seis cosas: en el cuerpo material, en el alma racional, en las obras virtuosas, en la conducta espiritual, ea la predicación evangélica, en el martirio.
      Por ser semejantes a Cristo en estas seis cosas dice el tema: Conformes con la imagen de su Hijo.
     5. En primer lugar, fueron semejantes a la vida de Cristo en el cuerpo material. ¿Por qué fueron más semejantes estos dos que otros? Porque estos eran hijos de María Cleofás, hermana menor de la Virgen María. Santa Ana, madre de la Virgen, tuvo tres hijas. La primera fué la Virgen María, madre de Dios; la segunda, María Cleofás, madre de estos dos apóstoles Simón y Judas; la tercera, María Salomé, madre de Juan Evangelista y de Santiago el Mayor. Ahora bien, los dos más cercanos a Cristo eran Simón y Judas, porque eran hijos de la hermana más próxima a la Virgen. ¡Gran honor! Si un rey se hiciera un vestido de una pieza de tela preciosa, y ordenara a dos soldados que se vistieran de la misma pieza, y a otros dos del fin de la misma, haría más honor a los que concediera vestirse del medio, que a los que concedió vestirse del fin. Esta preciosa escarlata fue Santa Ana, madre de la Virgen. La cabeza de esta pieza fue la Virgen María, de la que tomó Cristo la vestidura de su humanidad. La parte media de la misma fue María Cleofás, de la que se revistieron estos dos apóstoles. Y el final de la pieza fue María Salomé, de la que se vistieron Juan y Santiago. Esta fue la semejanza en el cuerpo material. Por esta semejanza la Escritura les llama no sólo consanguíneos, sino hermanos de Cristo, por su proximidad: Su Madre, ¿no se llama María, y sus hermanos Santiago y Jacobo, Simón y Judas? (Mt. XIII, 55). Conformes a la imagen del Hijo de Dios en el cuerpo material.
     6. Nosotros podemos tener esta semejanza con Cristo por las virtudes de nuestro cuerpo, y será más excelente que la que tuvieron los dos apóstoles. Esta fué carnal; la nuestra será virtuosa, que es mejor. Nos referimos a la penitencia, de la cual estaba Cristo revestido, pues cuando tenía treinta años aparentaba cuarenta o cincuenta (cf. lo. VIII, 57). Dice la Glosa que, debido a los ayunos, trabajos y aflicciones, parecía de cincuenta años. Si queremos ser semejantes a Él, no nos aflijamos porque no somos hijos de María Cleofás; seamos hijos de otra hermana de la Virgen, que existía antes que María Cleofás; seamos hijos de la penitencia. Cuando la Virgen tenia tres años comenzó a hacer penitencia en el templo. Seamos hijos de esta hermana. Aunque Simón y Judas fueran hijos de María Cleofás, hermanos y consanguíneos de Cristo, hubieran sido condenados si no hubieran sido hijos de la penitencia. Se salvaron y santificaron por ser hijos de la penitencia, más bien que por ser hijos de María Cleofás. Lo mismo nos acontecerá a nosotros si hacemos penitencia. De éstos dice el Apóstol: No se avergüenza de llamarlos hermanos a los que hacen penitencia (Hebr, II, 11).
     8. En segundo lugar, fueron semejantes en el alma racional. Esto es más noble, según veremos a continuación. Cristo tenía cuerpo, alma y divinidad. El alma de Cristo al principio de su creación tuvo tanta ciencia que conocía todo lo pretérito, presente y futuro. Por eso dice David, hablando de Cristo: Señor, tú conoces todas las cosas, las antiguas y las novísimas (Ps. 138, 5).
     También en este aspecto los dos apóstoles fueron muy semejantes a Cristo, pues tuvieron mucha claridad, a través de la cual conocían no solamente las cosas pretéritas, sino también muchas cosas futuras. Después de Pentecostés marcharon a Persia a predicar. El rey de Persia estaba en guerra con el de la India. El de Persia mandaba un capitán a luchar contra los indios, sin haber obtenido respuesta de sus ídolos sobre el suceso de la guerra. Los apóstoles le anunciaron el fin de la guerra y la paz futura.
     10. En tercer lugar, afirmo que fueron semejantes a la vida de Cristo en sus obras virtuosas. La obra de Cristo está clara: Para esto apareció el Hijo de Dios, para destruir las obras del diablo (1 lo. III, 8). Las obras del diablo son los pecados, las tentaciones, las guerras, las divisiones, etc. Esto fue lo que destruyó Cristo. Y en este aspecto nuestros dos apóstoles fueron muy semejantes a Cristo.
     Hallaron en Persia dos encantadores, Zaroes y Arfaxar, a los que acudía toda la gente para implorar la salud o para encontrar las cosas perdidas, para pedir auxilio por los hijos, etcétera. Y cuando invocaban a los demonios para que hicieran cuanto pedían, a veces, por permisión divina, se cumplía la petición. Digo por permisión divina, porque los demonios a nadie pueden curar si no es retirando su acción maléfica. Por ejemplo, del mismo modo que si yo fuera invisible y con una aguja os causara dolor en las narices o en las encías; así hacen los demonios, que pueden causar dolor al pecador, permitiéndolo Dios, para que acuda a ellos implorando la salud, para que les preste oídos y se condene al fin. Los apóstoles tuvieron una polémica muy grande contra estos magos, en presencia del rey infiel. Por sus milagros convirtieron al rey. Luego fueron conformes a la imagen del Hijo de Dios.
     11. Hoy se hacen en el mundo muchas obras diabólicas, y hay algunos que no quieren creerlo. Es cierto que el Señor nos ha creado, y no nosotros. Es obra diabólica el querer deformar lo que Dios ha hecho, como hacen las mujeres cuando se pintan. ¿Sabéis qué injuria se hace a Dios con esto? La misma que harías tú, que no sabes pintar, si quisieras copiar la imagen que el mejor pintor del mundo pintara. Piensa que Dios sabe pintar; y tú, que no sabes, ¿por qué quieres ser de otro modo? A vosotras, mujeres, os ha dado Dios unos pechos grandes, ¿por qué os los apretáis? Os dió ojos pequeños, ¿por qué queréis hacerlos grandes? Si os dió cabellos negros, queréis tenerlos rubios, como la cola de un toro, etc. Por eso cuando rezáis Cristo esconde su cara, porque tenéis la cara del diablo y no la de Cristo. Y si le decís: ¡Señor, soy creatura vuestra!, Él os responderá: ¡Mientes!
     La mujer casada ha de lavarse y adornarse para no desagradar a su marido. Los maridos no deben permitir a sus esposas que se pinten. Han de decirles: ¿Os pintáis por mí o por otro? Si os pintáis por mí, no lo hacéis cuando estáis en casa, sino cuando salís, etc. La sagrada Escritura amonesta a los esposos y a los padres: No comulguéis con las obras vanas de las tinieblas; antes bien, estigmatizadlas (Eph. V, 11).
     12. Digo, en cuarto lugar, que fueron semejantes a Cristo en la conducta espiritual. Cristo quiso vivir pobremente en este mundo por amor a los hombres. Conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que, siendo rico, se hizo pobre por amor nuestro, para que vosotros fueseis ricos por su pobreza (2 Cor. VIII, 9).
     También en esto fueron semejantes a Cristo los dos apóstoles. Después de convertir al rey de Persia y al de Babilonia y a muchos miles de infieles, iban pobremente vestidos. El rey pensó que tales hombres no debían ir vestidos de esa manera, y les ofreció grandes dones y tesoros. Los apóstoles, despreciándolos como estiércol, dijeron: No queremos nada terreno o carnal, sino sólo el amor de Dios y la salvación de las almas. Y con aquel dinero edificaron iglesias y hospitales. Luego fueron semejantes a Cristo en su conducta.
     13. Esta conducta atañe a los religiosos y a los clérigos y también a los seglares. Los religiosos deben tomar sólo lo estrictamente necesario para vivir, y no recibir nada más, aunque quieran darles. Esta ambición destruyó las Ordenes religiosas, que en un principio comenzaron con tanta pobreza que San Bernardo no comía sino hierbas. Pero después los reyes y -príncipes se enamoraron de ellos y les edificaron grandes monasterios, dándoles posesiones y castillos, hasta tal punto que se perdió el espíritu de la religión y llegaron a ser como puercos bien cebados. Para contrarrestar esta decadencia, San Francisco y Santo Domingo fundaron sus Ordenes sin réditos, para que fueran Ordenes mendicantes, y comenzó la devoción de las gentes, edificándoles grandes monasterios. Y ahora también todo se ha perdido. Otro tanto ocurrió con los ermitaños, quienes comenzaron con estrechez, pero luego empezaron a edificar y lo perdieron todo. La pobreza apostólica hay que conservarla como una doncella guarda su virginidad. Los enamorados envían muchos presentes a las doncellas; si alguna los acepta, se convertirá en meretriz. La mujer que quiere vivir castamente no recibe dones, a no ser en calidad de limosna y en caso de necesidad. Sirvamos, pues, a Dios, que nada necesario nos ha de faltar.
     Los clérigos guárdense de la simonía y recen devotamente su oficio; Dios les proveerá.
     14. Digo, en quinto lugar, que fueron semejantes a Cristo en la predicación evangélica. Cristo predicaba la penitencia a las gentes. Después de explicar algunos misterios del otro mundo, descendía a la práctica: Vino Jesús... predicando el evangelio de Dios y diciendo: Arrepentios y creed en el Evangelio (Mc. 1, 14-15).
     También en esto fueron semejantes a Cristo los dos apóstoles. Después que habían convertido muchos infieles, una muchacha joven se enamoró de un hombre, y poco a poco pasaron de las palabras a las obras. La muchacha quedó encinta de aquel joven, y quiso encubrir su pecado. Pero, al llegar la hora de dar a luz, fue descubierta por los gritos de dolor. Queriendo salvar la reputación del joven que con ella había pecado, difamó a un diácono, discípulo de los dos apóstoles, que era santo, casto y devoto. Pero fue librado de la calumnia, porque el niño recién nacido acusó al verdadero padre. Entonces quisieron matar al culpable, pero lo impidieron los apóstoles.
     15. De aquí podemos sacar dos enseñanzas: una para las doncellas, para que se guarden del amor carnal. Hay muchas que no van a misa, y en este espacio de tiempo se entregan a sus malos amores. La otra enseñanza es que no se debe difamar a nadie, Es presumible que la muchacha de la leyenda se condenara, porque no dió muestras de arrepentimiento. Así como es necesario restituir lo robado, es más necesario aún restituir la fama, porque es un hurto mayor. Mejor es el buen nombre que las muchas riquezas (Prov. XXII, 1). Y San Agustín nos aconseja: "No sea perezosa la lengua en poner el remedio, pues ella fue la que causó las llagas" (Regula).
     16. Por último, digo que fueron semejantes en la pasión y en el martirio. Cristo quiso morir para atraer los hombres a sí: Cristo murió una vez por los pecados, el Justo por los injustos, para llevarnos a Dios (1 Petr. III, 18). Estos dos apóstoles murieron en la ciudad de Samir, porque por su predicación ganaban a muchos. En esta ciudad se adoraba el sol, en la figura de un ídolo, y decían todos que nada había en el mundo más hermoso ni más provechoso, pues ilumina, calienta y hace fructificar. Los dos apóstoles predicaban contra tal error, demostrando que ni el sol ni la luna ni las estrellas pueden ser adorados; porque aunque la luz y el calor nos vienen del sol o de los astros, no hemos de dar gracias a ellos, sino al Señor. No hay que dar gracias al cirio que arde, sino al que lo encendió. Si el rey os diera una moneda en una bandeja de plata, no hay que darle las gracias a la bandeja, sino al rey. Por tanto, es un error muy craso adorar el sol, la luna o los astros.

CARTA ENCÍCLICA MISERENTISSIMUS REDEMPTOR

De Pio XI
SOBRE LA EXPIACIÓN QUE TODOS DEBEN AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS 

INTRODUCCIÓN

Aparición de Jesús a Santa Margarita María de Alacoque
     1. Nuestro Misericordiosísimo Redentor, después de conquistar la salvación del linaje humano en el madero de la Cruz y antes de su ascensión al Padre desde este mundo, dijo a sus apóstoles y discípulos, acongojados de su partida, para consolarles: «Mirad que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (1). Voz dulcísima, prenda de toda esperanza y seguridad; esta voz, venerables hermanos, viene a la memoria fácilmente cuantas veces contemplamos desde esta elevada cumbre la universal familia de los hombres, de tantos males y miserias trabajada, y aun la Iglesia, de tantas impugnaciones sin tregua y de tantas asechanzas oprimida.
     Esta divina promesa, así como en un principio levantó los ánimos abatidos de los apóstoles, y levantados los encendió e inflamó para esparcir la semilla de la doctrina evangélica en todo el mundo, así después alentó a la Iglesia a la victoria sobre las puertas del infierno. Ciertamente en todo tiempo estuvo presente a su Iglesia nuestro Señor Jesucristo; pero lo estuvo con especial auxilio y protección cuantas veces se vio cercada de más graves peligros y molestias, para suministrarle los remedios convenientes a la condición de los tiempos y las cosas, con aquella divina Sabiduría que «toca de extremo a extremo con fortaleza y todo lo dispone con suavidad» (2). Pero «no se encogió la mano del Señor» (3) en los tiempos más cercanos; especialmente cuando se introdujo y se difundió ampliamente aquel error del cual era de temer que en cierto modo secara las fuentes de la vida cristiana para los hombres, alejándolos del amor y del trato con Dios.
     Mas como algunos del pueblo tal vez desconocen todavía, y otros desdeñan, aquellas quejas del amantísimo Jesús al aparecerse a Santa Margarita María de Alacoque, y lo que manifestó esperar y querer a los hombres, en provecho de ellos, plácenos, venerables hermanos, deciros algo acerca de la honesta satisfacción a que estamos obligados respecto al Corazón Santísimo de Jesús; con el designio de que lo que os comuniquemos cada uno de vosotros lo enseñe a su grey y la excite a practicarlo.
     2. Entre todos los testimonios de la infinita benignidad de nuestro Redentor resplandece singularmente el hecho de que, cuando la caridad de los fieles se entibiaba, la caridad de Dios se presentaba para ser honrada con culto especial, y los tesoros de su bondad se descubrieron por aquella forma de devoción con que damos culto al Corazón Sacratísimo de Jesús, «en quien están escondidos todos los tesoros de su sabiduría y de su ciencia» (4).
     Pues, así como en otro tiempo quiso Dios que a los ojos del humano linaje que salía del arca de Noé resplandeciera como signo de pacto de amistad «el arco que aparece en las nubes» (5), así en los turbulentísimos tiempos de la moderna edad, serpeando la herejía jansenista, la más astuta de todas, enemiga del amor de Dios y de la piedad, que predicaba que no tanto ha de amarse a Dios como padre cuanto temérsele como ímplacable juez, el benignísimo Jesús mostró su corazón como bandera de paz y caridad desplegada sobre las gentes, asegurando cierta la victoria en el combate. A este propósito, nuestro predecesor León XIII, de feliz memoria, en su encíclica Annum Sacrum, admirando la oportunidad del culto al Sacratísimo Corazón de Jesús, no vaciló en escribir: «Cuando la Iglesia, en los tiempos cercanos a su origen, sufría la opresión del yugo de los Césares, la Cruz, aparecida en la altura a un joven emperador, fue simultáneamente signo y causa de la amplísima victoria lograda inmediatamente. Otro signo se ofrece hoy a nuestros ojos, faustísimo y divinísimo: el Sacratísimo Corazón de Jesús con la Cruz superpuesta, resplandeciendo entre llamas, con espléndido candor. En El han de colocarse todas las esperanzas; en El han de buscar y esperar la salvación de los hombres».
La devoción al Sagrado Corazón de Jesús
     3. Y con razón, venerables hermanos; pues en este faustísimo signo y en esta forma de devoción consiguiente, ¿no es verdad que se contiene la suma de toda la religión y aun la norma de vida más perfecta, como que más expeditamente conduce los ánimos a conocer íntimamente a Cristo Señor Nuestro, y los impulsa a amarlo más vehementemente, y a imitarlo con más eficacia? Nadie extrañe, pues, que nuestros predecesores incesantemente vindicaran esta probadísima devoción de las recriminaciones de los calumniadores y que la ensalzaran con sumos elogios y solícitamente la fomentaran, conforme a las circunstancias.
     Así, con la gracia de Dios, la devoción de los fieles al Sacratísimo Corazón de Jesús ha ido de día en día creciendo; de aquí aquellas piadosas asociaciones, que por todas partes se multiplican, para promover el culto al Corazón divino; de aquí la costumbre, hoy ya extendida por todas partes, de comulgar el primer viernes de cada mes, conforme al deseo de Cristo Jesús.
La consagración
     4. Mas, entre todo cuanto propiamente atañe al culto del Sacratísimo Corazón, descuella la piadosa y memorable consagración con que nos ofrecemos al Corazón divino de Jesús, con todas nuestras cosas, reconociéndolas como recibidas de la eterna bondad de Dios. Después que nuestro Salvador, movido más que por su propio derecho, por su inmensa caridad para nosotros, enseñó a la inocentísima discipula de su Corazón, Santa Margarita María, cuánto deseaba que los hombres le rindiesen este tributo de devoción, ella fue, con su maestro espiritual, el P. Claudio de la Colombiére, la primera en rendirlo. Siguieron, andando el tiempo, los individuos particulares, después las familias privadas y las asociaciones y, finalmente, los magistrados, las ciudades y los reinos.
     Mas, como en el siglo precedente y en el nuestro, por las maquinaciones de los impíos, se llegó a despreciar el imperio de Cristo nuestro Señor y a declarar públicamente la guerra a la Iglesia, con leyes y mociones populares contrarias al derecho divino y a la ley natural, y hasta hubo asambleas que gritaban: «No queremos que reine sobre nosotros» (6),  por esta consagración que decíamos, la voz de todos los amantes del Corazón de Jesús prorrumpía unánime oponiendo acérrimamente, para vindicar su gloria y asegurar sus derechos: «Es necesario que Cristo reine (7). Venga su reino». De lo cual fue consecuencia feliz que todo el género humano, que por nativo derecho posee Jesucristo, único en quien todas las cosas se restauran (8), al empezar este siglo, se consagra al Sacratísimo Corazón, por nuestro predecesor León XIII, de feliz memoria, aplaudiendo el orbe cristiano.
     Comienzos tan faustos y agradables, Nos, como ya dijimos en nuestra encíclica Quas primas, accediendo a los deseos y a las preces reiteradas y numerosas de obispos y fieles, con el favor de Dios completamos y perfeccionamos, cuando, al término del año jubilar, instituimos la fiesta de Cristo Rey y su solemne celebración en todo el orbe cristiano.
     Cuando eso hicimos, no sólo declaramos el sumo imperio de Jesucristo sobre todas las cosas, sobre la sociedad civil y la doméstica y sobre cada uno de los hombres, mas también presentimos el júbilo de aquel faustísimo día en que el mundo entero espontáneamente y de buen grado aceptará la dominación suavísima de Cristo Rey. Por esto ordenábamos también que en el día de esta fiesta se renovase todos los años aquella consagración para conseguir más cierta y abundantemente sus frutos y para unir a los pueblos todos con el vínculo de la caridad cristiana y la conciliación de la paz en el Corazón de Cristo, Rey de Reyes y Señor de los que dominan.
LA EXPIACIÓN O REPARACIÓN
     5. A estos deberes, especialmente a la consagración, tan fructífera y confirmada en la fiesta de Cristo Rey, necesario es añadir otro deber, del que un poco más por extenso queremos, venerables hermanos, hablaros en las presentes letras; nos referimos al deber de tributar al Sacratísimo Corazón de Jesús aquella satisfacción honesta que llaman reparación.
     Si lo primero y principal de la consagración es que al amor del Creador responda el amor de la criatura, síguese espontáneamente otro deber: el de compensar las injurias de algún modo inferidas al Amor increado, si fue desdeñado con el olvido o ultrajado con la ofensa. A este deber llamamos vulgarmente reparación.
     Y si unas mismas razones nos obligan a lo uno y a lo otro, con más apremiante título de justicia y amor estamos obligados al deber de reparar y expiar: de, justicia, en cuanto a la expiación de la ofensa hecha a Dios por nuestras culpas y en cuanto a la reintegración del orden violado; de amor, en cuanto a padecer con Cristo paciente y «saturado de oprobio» y, según nuestra pobreza, ofrecerle algún consuelo.
     Pecadores como somos todos, abrumados de muchas culpas, no hemos de limitarnos a honrar a nuestro Dios con sólo aquel culto con que adoramos y damos los obsequios debidos a su Majestad suprema, o reconocemos suplicantes su absoluto dominio, o alabamos con acciones de gracias su largueza infinita; sino que, además de esto, es necesario satisfacer a Dios, juez justísimo, «por nuestros innumerables pecados, ofensas y negligencias». A la consagración, pues, con que nos ofrecemos a Dios, con aquella santidad y firmeza que, como dice el Angélico, son propias de la consagración (9), ha de añadirse la expiación con que totalmente se extingan los pecados, no sea que la santidad de la divina justicia rechace nuestra indignidad impudente, y repulse nuestra ofrenda, siéndole ingrata, en vez de aceptarla como agradable.
     Este deber de expiación a todo el género humano incumbe, pues, como sabemos por la fe cristiana, después de la caída miserable de Adán el género humano, inficionado de la culpa hereditaria, sujeto a las concupiscencias y míseramente depravado, había merecido ser arrojado a la ruina sempiterna. Soberbios filósofos de nuestros tiempos, siguiendo el antiguo error de Pelagio, esto niegan blasonando de cierta virtud innata en la naturaleza humana, que por sus propias fuerzas continuamente progresa a perfecciones cada vez más altas; pero estas inyecciones del orgullo rechaza el Apóstol cuando nos advierte que «éramos por naturaleza hijos de ira» (10).
     En efecto, ya desde el principio los hombres en cierto modo reconocieron el deber de aquella común expiación y comenzaron a practicarlo guiados por cierto natural sentido, ofreciendo a Dios sacrificios, aun públicos, para aplacar su justicia.
Expiación de Cristo
     6. Pero ninguna fuerza creada era suficiente para expiar los crímenes de los hombres si el Hijo de Dios no hubiese tomado la humana naturaleza para repararla. Así lo anunció el mismo Salvador de los hombres por los labios del sagrado Salmista: «Hostia y oblación no quisiste; mas me apropiaste cuerpo. Holocaustos por el pecado no te agradaron; entonces dije: heme aquí» (11). Y «ciertamente El llevó nuestras enfermedades y sufrió nuestros dolores; herido fue por nuestras iniquidades» (12); y «llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero» (13); «borrando la cédula del decreto que nos era contrario, quitándole de en medio y enclavándole en la cruz» (14), «para que, muertos al pecado, vivamos a la justicia» (15).
Expiación nuestra, sacerdotes en Cristo
     7. Mas, aunque la copiosa redención de Cristo sobreabundantemente «perdonó nuestros pecados» (16); pero, por aquella admirable disposición de la divina Sabiduría, según la cual ha de completarse en nuestra carne lo que falta en la pasión de Cristo por su cuerpo que es la Iglesia (17), aun a las oraciones y satisfacciones «que Cristo ofreció a Dios en nombre de los pecadores» podemos y debemos añadir también las nuestras.
     8. Necesario es no olvidar nunca que toda la fuerza de la expiación pende únicamente del cruento sacrificio de Cristo, que por modo incruento se renueva sin interrupción en nuestros altares; pues, ciertamente, «una y la misma es la Hostia, el mismo es el que ahora se ofrece mediante el ministerio de los sacerdotes que el que antes se ofreció en la cruz; sólo es diverso el modo de ofrecerse» (18); por lo cual debe unirse con este augustísimo sacrificio eucarístico la inmolación de los ministros y de los otros fieles para que también se ofrezcan como «hostias vivas, santas, agradables a Dios» (19). Así, no duda afirmar San Cipriano «que el sacrificio del Señor no se celebra con la santificación debida si no corresponde a la pasión nuestra oblación y sacrificio» (20).
     Por ello nos amonesta el Apóstol que, «llevando en nuestro cuerpo la mortificación de Jesús» (21), y con Cristo sepultados y plantados, no sólo a semejanza de su muerte crucifiquemos nuestra carne con sus vicios y concupiscencias (22), «huyendo de lo que en el mundo es corrupción de concupiscencia» (23), sino que «en nuestros cuerpos se manifieste la vida de Jesús» (24), y, hechos partícipes de su eterno sacerdocio, «ofrezcamos dones y sacrificios por los pecados» (25).
     Ni solamente gozan de la participación de este misterioso sacerdocio y de este deber de satisfacer y sacrificar aquellos de quienes nuestro Señor Jesucristo se sirve para ofrecer a Dios la oblación inmaculada desde el oriente hasta el ocaso en todo lugar (26), sino que toda la grey cristiana, llamada con razón por el Príncipe de los Apóstoles «linaje escogido, real sacerdocio» (27), debe ofrecer por sí y por todo el género humano sacrificios por los pecados, casi de la propia manera que todo sacerdote y pontífice «tomado entre los hombres, a favor de los hombres es constituido en lo que toca a Dios» (28).
     Y cuanto más perfectamente respondan al sacrificio del Señor nuestra oblación y sacrificio, que es inmolar nuestro amor propio y nuestras concupiscencias y crucificar nuestra carne con aquella crucifixión mística de que habla el Apóstol, tantos más abundantes frutos de propiciación y de expiación para nosotros y para los demás percibiremos. Hay una relación maravillosa de los fieles con Cristo, semejante a la que hay entre la cabeza y los demás miembros del cuerpo, y asimismo una misteriosa comunión de los santos, que por la fe católica profesamos, por donde los individuos y los pueblos no sólo se unen entre sí, mas también con Jesucristo, que es la cabeza; «del cual, todo el cuerpo compuesto y bien ligado por todas las junturas, según la operación proporcionada de cada miembro, recibe aumento propio, edificándose en amor» (29). Lo cual el mismo Mediador de Dios y de los hombres, Jesucristo próximo a la muerte, lo pidió al Padre: «Yo en ellos y tú en mí, para que sean consumados en la unidad» (30).
     Así, pues, como la consagración profesa y afirma la unión con Cristo, así la expiación da principio a esta unión borrando las culpas, la perfecciona participando de sus padecimientos y la consuma ofreciendo sacrificios por los hermanos. Tal fue, ciertamente, el designio del misericordioso Jesús cuando quiso descubrirnos su Corazón con los emblemas de su pasión y echando de sí llamas de caridad: que mirando de una parte la malicia infinita del pecado, y, admirando de otra la infinita caridad del Redentor, más vehementemente detestásemos el pecado y más ardientemente correspondiésemos a su caridad.
Comunión Reparadora y Hora Santa
     9. Y ciertamente en el culto al Sacratísimo Corazón de Jesús tiene la primacía y la parte principal el espíritu de expiación y reparación; ni hay nada más conforme con el origen, índole, virtud y prácticas propias de esta devoción, como la historia y la tradición, la sagrada liturgia y las actas de los Santos Pontífices confirman.
     Cuando Jesucristo se aparece a Santa Margarita María, predicándole la infinitud de su caridad, juntamente, como apenado, se queja de tantas injurias como recibe de los hombres por estas palabras que habían de grabarse en las almas piadosas de manera que jamás se olvidarán: «He aquí este Corazón que tanto ha amado a los hombres y de tantos beneficios los ha colmado, y que en pago a su amor infinito no halla gratitud alguna, sino ultrajes, a veces aun de aquellos que están obligados a amarle con especial amor». Para reparar estas y otras culpas recomendó entre otras cosas que los hombres comulgaran con ánimo de expiar, que es lo que llaman Comunión Reparadora, y las súplicas y preces durante una hora, que propiamente se llama la Hora Santa; ejercicios de piedad que la Iglesia no sólo aprobó, sino que enriqueció con copiosos favores espirituales.
Consolar a Cristo
     10. Mas ¿cómo podrán estos actos de reparación consolar a Cristo, que dichosamente reina en los cielos? Respondemos con palabras de San Agustín: «Dame un corazón que ame y sentirá lo que digo» (31).
     Un alma de veras amante de Dios, si mira al tiempo pasado, ve a Jesucristo trabajando, doliente, sufriendo durísimas penas «por nosotros los hombres y por nuestra salvación», tristeza, angustias, oprobios, «quebrantado por nuestras culpas» (32) y sanándonos con sus llagas. De todo lo cual tanto más hondamente se penetran las almas piadosas cuanto más claro ven que los pecados de los hombres en cualquier tiempo cometidos fueron causa de que el Hijo de Dios se entregase a la muerte; y aun ahora esta misma muerte, con sus mismos dolores y tristezas, de nuevo le infieren, ya que cada pecado renueva a su modo la pasión del Señor, conforme a lo del Apóstol: «Nuevamente crucifican al Hijo de Dios y le exponen a vituperio» (33). Que si a causa también de nuestros pecados futuros, pero previstos, el alma de Cristo Jesús estuvo triste hasta la muerte, sin duda algún consuelo recibiría de nuestra reparación también futura, pero prevista, cuando el ángel del cielo (34) se le apareció para consolar su Corazón oprimido de tristeza y angustias. Así, aún podemos y debemos consolar aquel Corazón sacratísimo, incesantemente ofendido por los pecados y la ingratitud de los hombres, por este modo admirable, pero verdadero; pues alguna vez, como se lee en la sagrada liturgia, el mismo Cristo se queja a sus amigos del desamparo, diciendo por los labios del Salmista: «Improperio y miseria esperó mi corazón; y busqué quien compartiera mi tristeza y no lo hubo; busqué quien me consolara y no lo hallé» (35).
La pasión de Cristo en su Cuerpo, la Iglesia
     11. Añádase que la pasión expiadora de Cristo se renueva y en cierto modo se continúa y se completa en el Cuerpo místico, que es la Iglesia. Pues sirviéndonos de otras palabras de San Agustín (36): «Cristo padeció cuanto debió padecer; nada falta a la medida de su pasión. Completa está la pasión, pero en la cabeza; faltaban todavía las pasiones de Cristo en el cuerpo». Nuestro Señor se dignó declarar esto mismo cuando, apareciéndose a Saulo, «que respiraba amenazas y muerte contra los discípulos» (37), le dijo: «Yo soy Jesús, a quien tú persigues» (38); significando claramente que en las persecuciones contra la Iglesia es a la Cabeza divina de la Iglesia a quien se veja e impugna. Con razón, pues, Jesucristo, que todavía en su Cuerpo místico padece, desea tenernos por socios en la expiación, y esto pide con El nuestra propia necesidad; porque siendo como somos «cuerpo de Cristo, y cada uno por su parte miembro» (39), necesario es que lo que padezca la cabeza lo padezcan con ella los miembros (40).
Necesidad actual de expiación por tantos pecados
     12. Cuánta sea, especialmente en nuestros tiempos, la necesidad de esta expiación y reparación, no se le ocultará a quien vea y contemple este mundo, como dijimos, «en poder del malo» (41). De todas partes sube a Nos clamor de pueblos que gimen, cuyos príncipes o rectores se congregaron y confabularon a una contra el Señor y su Iglesia (42). Por esas regiones vemos atropellados todos los derechos divinos y humanos; derribados y destruidos los templos, los religiosos y religiosas expulsados de sus casas, afligidos con ultrajes, tormentos, cárceles y hambre; multitudes de niños y niñas arrancados del seno de la Madre Iglesia, e inducidos a renegar y blasfemar de Jesucristo y a los más horrendos crímenes de la lujuria; todo el pueblo cristiano duramente amenazado y oprimido, puesto en el trance de apostatar de la fe o de padecer muerte crudelísima. Todo lo cual es tan triste que por estos acontecimientos parecen manifestarse «los principios de aquellos dolores» que habían de preceder «al hombre de pecado que se levanta contra todo lo que se llama Dios o que se adora» (43).
     Y aún es más triste, venerables hermanos, que entre los mismos fieles, lavados en el bautismo con la sangre del Cordero inmaculado y enriquecidos con la gracia, haya tantos hombres, de todo orden o clase, que con increíble ignorancia de las cosas divinas, inficionados de doctrinas falsas, viven vida llena de vicios, lejos de la casa del Padre; vida no iluminada por la luz de la fe, ni alentada de la esperanza en la felicidad futura, ni caldeada y fomentada por el calor de la caridad, de manera que verdaderamente parecen sentados en las tinieblas y en la sombra de la muerte. Cunde además entre los fieles la incuria de la eclesiástica disciplina y de aquellas antiguas instituciones en que toda la vida cristiana se funda y con que se rige la sociedad doméstica y se defiende la santidad del matrimonio; menospreciada totalmente o depravada con muelles halagos la educación de los niños, aún negada a la Iglesia la facultad de educar a la juventud cristiana; el olvido deplorable del pudor cristiano en la vida y principalmente en el vestido de la mujer; la codicía desenfrenada de las cosas perecederas, el ansia desapoderada de aura popular; la difamación de la autoridad legítima, y, finalmente, el menosprecio de la palabra de Dios, con que la fe se destruye o se pone al borde de la ruina.
     Forman el cúmulo de estos males la pereza y la necedad de los que, durmiendo o huyendo como los discípulos, vacilantes en la fe míseramente desamparan a Cristo, oprimido de angustias o rodeado de los satélites de Satanás; no menos que la perfidia de los que, a imitación del traidor Judas, o temeraria o sacrílegamente comulgan o se pasan a los campamentos enemigos. Y así aun involuntariamente se ofrece la idea de que se acercan los tiempos vaticinados por nuestro Señor: «Y porque abundó la iniquidad, se enfrió la caridad de muchos» (44).
El ansia ardiente de expiar
     13. Cuantos fieles mediten piadosamente todo esto, no podrán menos de sentir, encendidos en amor a Cristo apenado, el ansia ardiente de expiar sus culpas y las de los demás; de reparar el honor de Cristo, de acudir a la salud eterna de las almas. Las palabras del Apóstol: «Donde abundó el delito, sobreabundó la gracia» (45), de alguna manera se acomodan también para describir nuestros tiempos; pues si bien la perversidad de los hombres sobremanera crece, maravillosamente crece también, inspirando el Espíritu Santo, el número de los fieles de uno y otro sexo, que con resuelto ánimo procuran satisfacer al Corazón divino por todas las ofensas que se le hacen, y aun no dudan ofrecerse a Cristo como víctimas.
     Quien con amor medite cuanto hemos dicho y en lo profundo del corazón lo grabe, no podrá menos de aborrecer y de abstenerse de todo pecado como de sumo mal; se entregará a la voluntad divina y se afanará por reparar el ofendido honor de la divina Majestad, ya orando asiduamente, ya sufriendo pacientemente las mortificaciones voluntarias, y las aflicciones que sobrevinieren, ya, en fin, ordenando a la expiación toda su vida.
     Aquí tienen su origen muchas familias religiosas de varones y mujeres que, con celo ferviente y como ambicioso de servir, se proponen hacer día y noche las veces del Angel que consoló a Jesús en el Huerto; de aquí las piadosas asociaciones asimismo aprobadas por la Sede Apostólica y enriquecidas con indulgencias, que hacen suyo también este oficio de la expiación con ejercicios convenientes de piedad y de virtudes; de aquí finalmente los frecuentes y solemnes actos de desagravio encaminados a reparar el honor divino, no sólo por los fieles particulares, sino también por las parroquias, las diócesis y ciudades.

LA DEVOCIÓN AL CORAZÓN DE JESÚS
Causa de muchos bienes
     14. Pues bien: venerables hermanos, así como la devoción de la consagración, en sus comienzos humilde, extendida después, empieza a tener su deseado esplendor con nuestra confirmación, así la devoción de la expiación o reparación, desde un principio santamente introducida y santamente propagada. Nos deseamos mucho que, más firmemente sancionada por nuestra autoridad apostólica, más solemnemente se practique por todo el universo católico. A este fin disponemos y mandamos que cada año en la fiesta del Sacratísimo Corazón de Jesús fiesta que con esta ocasión ordenamos se eleve al grado litúrgico de doble de primera clase con octava en todos los templos del mundo se rece solemnemente el acto de reparación al Sacratísimo Corazón de Jesús, cuya oración ponemos al pie de esta carta para que se reparen nuestras culpas y se resarzan los derechos violados de Cristo, Sumo Rey y amantísimo Señor.
     No es de dudar, venerables hermanos, sino que de esta devoción santamente establecida y mandada a toda la Iglesia, muchos y preclaros bienes sobrevendrán no sólo a los individuos, sino a la sociedad sagrada, a la civil y a la doméstica, ya que nuestro mismo Redentor prometió a Santa Margarita María «que todos aquellos que con esta devoción honraran su Corazón, serían colmados con gracias celestiales».
     Los pecadores, ciertamente, «viendo al que traspasaron» (46), y conmovidos por los gemidos y llantos de toda la Iglesia, doliéndose de las injurias inferidas al Sumo Rey, «volverán a su corazón» (47); no sea que obcecados e impenitentes en sus culpas, cuando vieren a Aquel a quien hirieron «venir en las nubes del cielo» (48), tarde y en vano lloren sobre El (49).
     Los justos más y más se justificarán y se santificarán, y con nuevas fervores se entregarán al servicio de su Rey, a quien miran tan menospreciado y combatido y con tantas contumelias ultrajado; pero especialmente se sentirán enardecidos para trabajar por la salvación de las almas, penetrados de aquella queja de la divina Víctima: «¿Qué utilidad en mi sangre?» (50); y de aquel gozo que recibirá el Corazón sacratísimo de Jesús «por un solo pecador que hiciere penitencia» (51).
     Especialmente anhelamos y esperamos que aquella justicia de Dios, que por diez justos movido a misericordia perdonó a los de Sodoma, mucho más perdonará a todos los hombres, suplicantemente invocada y felizmente aplacada por toda la comunidad de los fieles unidos con Cristo, su Mediador y Cabeza.
La Virgen Reparadora
     15. Plazcan, finalmente, a la benignísima Virgen Madre de Dios nuestros deseos y esfuerzos; que cuando nos dio al Redentor, cuando lo alimentaba, cuando al pie de la cruz lo ofreció como hostia, por su unión misteriosa con Cristo y singular privilegio de su gracia fue, como se la llama piadosamente, reparadora. Nos, confiados en su intercesión con Cristo, que siendo el «único Mediador entre Dios y los hombres» (52), quiso asociarse a su Madre como abogada de los pecadores, dispensadora de la gracia y mediadora, amantísimamente os damos como prenda de los dones celestiales de nuestra paternal benevolencia, a vosotros, venerables hermanos, y a toda la grey confiada a vuestro cuidado, la bendición apostólica.
     Dado en Roma, junto a San Pedro, día 8 de mayo de 1928, séptimo de nuestro pontificado.
Pio XI
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ORACIÓN EXPIATORIA
AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS
     Dulcísimo Jesús, cuya caridad derramada sobre los hombres se paga tan ingratamente con el olvido, el desdén y el desprecio, míranos aquí postrados ante tu altar. Queremos reparar con especiales manifestaciones de honor tan indigna frialdad y las injurias con las que en todas partes es herido por los hombres tu amoroso Corazón.
     Recordando, sin embargo, que también nosotros nos hemos manchado tantas veces con el mal, y sintiendo ahora vivísimo dolor, imploramos ante todo tu misericordia para nosotros, dispuestos a reparar con voluntaria expiación no sólo los pecados que cometimos nosotros mismos, sino también los de aquellos que, perdidos y alejados del camino de la salud, rehúsan seguirte como pastor y guía, obstinándose en su infidelidad, y han sacudido el yugo suavísimo de tu ley, pisoteando las promesas del bautismo.
     A1 mismo tiempo que queremos expiar todo el cúmulo de tan deplorables crímenes, nos proponemos reparar cada uno de ellos en particular: la inmodestia y las torpezas de la vida y del vestido, las insidias que la corrupción tiende a las almas inocentes, la profanación de los días festivos, las miserables injurias dirigidas contra ti y contra tus santos, los insultos lanzados contra tu Vicario y el orden sacerdotal, las negligencias y los horribles sacrilegios con que se profana el mismo Sacramento del amor divino y, en fin, las culpas públicas de las naciones que menosprecian los derechos y el magisterio de la Iglesia por ti fundada.
     ¡Ojalá que podamos nosotros lavar con nuestra sangre estos crímenes! Entre tanto, como reparación del honor divino conculcado, te presentamos, acompañándola con las expiaciones de tu Madre la Virgen, de todos los santos y de los fieles piadosos, aquella satisfacción que tú mismo ofrecisté un día en la cruz al Padre, y que renuevas todos los días en los altares. Te prometemos con todo el corazón compensar en cuanto esté de nuestra parte, y con el auxilio de tu gracia, los pecados cometidos por nosotros y por los demás: la indiferencia a tan grande amor con la firmeza de la fe, la inocencia de la vida, la observancia perfecta de la ley evangélica, especialmente de la caridad, e impedir además con todas nuestras fuerzas las injurias contra ti, y atraer a cuantos podamos a tu seguimiento. Acepta, te rogamos, benignísimo Jesús, por intercesión de la Bienaventurada Virgen María Reparadora, el voluntario ofrecimiento de expiación; y con el gran don de la perseverancia, consérvanos fidelísimos hasta la muerte en el culto y servicio a ti, para que lleguemos todos un día a la patria donde tú con el Padre y con el Espíritu Santo vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

Notas
1. Mt 28,20.
2. Sab 8,1.
3. Is 59,1.
4. Col 2,3.
5. Gén 2,14.
6. Lc 19,14.
7. 1 Cor 15,25.
8. Ef 1,10.
9. S. Th. II-II q.81, a.8c.
10. Ef 2,3.
11. Heb 10,5.7.
12. Is 53,4-5.
13. 1 Pe 2,24.
14. Col 2,14.
15. 1 Pe 2,24.
16. Col 2,13.
17. Col 1,24.
18. Conc. Trid., sess.22 c.2.
19. Rom 12,1.
20. Epist. 63 n.381.
21. 2 Cor 4,10.
22. Cf. Gál 5,24.
23. 2 Pe 1,4.
24. 2 Cor 4,10.
25. Heb 5,1.
26. Mal 1-2.
27. 1 Pe 2,9.
28. Heb 5,1.
29. Ef 4,15-16.
30. Jn 17,23.
31. In Ioan. tr.XXVI 4.
32. Is 53,5.
33. Is 5.
34. Lc 22,43.
35. Sal 68,21.
36. In Ps. 86.
37. Hech 91,1.
38. Hech 5.
39. 1 Cor 12,27.
40. Ibíd.
41. 1 Jn 5,19.
42. 2 Pe 2,2.
43. 2 Tes 2,4.
44. Mt 24,12.
45. Rom 5,20.
46. Jn 19,37.
47. Is 46,8.
48. Mt 26,64.
49. Cf. Ap 1,7.
50. Sal 19,10.
51. Lc 15,4.
52. Tim 2,3

miércoles, 30 de octubre de 2013

NUESTRO SIGNO

     Es inegable que los pueblos, de suyo, tienden a seguir el signo de su nacimiento. La grandeza o la decadencia —cumplimiento o frustración del destino,— no son otra cosa que la feliz proyección o desatinado desvío del natural curso que debieran llevar los pueblos a través de su existencia. Y ese curso natural, determinado en principio, arranca de los elementos mismos que han concurrido a la formación y nacimiento de un pueblo. Por eso, el desconocimiento de las causas que le dieron origen —y fines,— debe interpretarse como el primer paso dado en falso en ese devenir que constituye la vocación y destino de un pueblo.
     Nos explicamos así la fatigosa y accidentada hora actual de México. Los accidentes y fatigas de hoy son resultado de muchos tropiezos no enmendados a partir de la primera turbulencia: siembra de odio y —por lo mismo,— inicial contrasentido que se enfrentaba y pretendía barrer con la afanosa tarea de civilización, inspirada y sostenida por el amor del misionero. Tres siglos de recia y pometedora siembra, malogrados por la aparición de la cizaña. Y porque en lugar de buenos segadores nos han abundado —gobiernos tipo liberal y revolucionario,— mercenarios o perezosos "gavilleros", ha llegado a creerse que lo normal en México es esa triste preeminencia de lo corrompido y exótico, mediocre y antinacional. Y esto equivale a depreciar el trigo, equiparándolo a la cizaña y, para colmo, preferir la cizaña al trigo. Esto ha sucedido en México.
     ¿Qué otra cosa es la sistemática desfiguración de la historia patria? Empresa de jacobinos, el laicismo fue la exclusión, en la enseñanza, de la instrucción religiosa o por religiosos. Para justificar el procedimiento, se invocarían fines "progresistas", se acusaría a la Iglesia de oscurantista y retrógrada, se improvisarían heroes de paja —sectarios de patíbulo—, y se renegaría de la fe de origen. Y —automáticamente,— se inventaría la "leyenda negra": la antihistoria.
     Era menester —al Anti-México,— convertir en imbécil al que se anunciaba poderoso pueblo. Barrera a fines imperialistas, el pueblo que nacía necesitaba ser arrollado. Y, como las reservas espirituales eran inmensas, se inyectarían gérmenes de división interna. Más pronto, si entre los neófitos de la antihistoria se hallaba al primer ambicioso, brote originario de la antipatria. De allí en adelante, los hermanos enemigos serían dóciles instrumentos o fáciles puñaladas al corazón mismo de la patria que apenas había tenido tiempo de enarbolar su trigarante acta de bautismo.
     México, en su elaboración, había venido siendo impulsado por la fe; por la fe que profesaba España. De esa fe, milagro exclusivo de la religión verdadera, derivaba un anhelo de unión por hermandad. Y aquella fe y esta hermandad no podían menos de exigir un ambiente de libertad, libertad que es soberanía, soberanía que es ejercicio de dignidad. Tal era el signo de México en su formación como pueblo; tal fue su signo al perfilarse como nación, al esculpirse como patria.
     Los sofistas de la antihistoria se alarman de que invoquemos a la tradición. De que no les creamos. De que nos empeñemos en rectificar su "historia". Y es que no podrán entender, como tampoco los pusilánimes se atreven a ello, que nos proponemos —y estamos lográndolo,— entroncar la hora presente a la raíz de nuestra nacionalidad. Daremos a México su verdadera y propia continuidad histórica. Y para ello hemos de barrer con todos los ídolos que han hecho de un siglo de nuestra historia algo así como un museo de "unidades biológicas".
     En realidad, maravilla que, a despecho de tánta y tan furiosa acometida a su entraña, se encuentre México tan lleno de bríos. Quizá —y sin quizá,— esos mismos estrujamientos y sangrías nos son la mejor experiencia para levantar el vuelo definitivo. Porque México ha vivido más de prisa y con mayor pasión que sus hermanos los pueblos iberoamericanos. En la trágica sucesión de desvarios, en esa pesadilla que nuestros enemigos quisieran prolongar, hemos aprendido a rompernos las propias carnes en tesonera siembra de fe. Y, prendidos con espíritu de quijotesca resolución, hemos ido a quebrar nuestras lanzas en los escurridizos molinos de viento. ¡Qué indignos del buen caballero español y de los civilizadores si nos dejásemos caer en la desesperación!
     Constituidos en pueblo gracias a la misión, queremos ser leales con nuestra natural trayectoria. Y lo conseguiremos, que somos fuerza hecha voluntad, porque nos guía el signo de nuestro nacimiento.
Jose T. Cervantes
LA PATRIA ESCONDIDA

Los Muertos

     Hijo mío, sé bueno para con tus muertos. Cuando la hierba ha crecido sobre su tumba y cuando todos han olvidado su recuerdo, tú piensa en ellos, ruega por ellos.
     Ellos han partido, tú te has quedado; pero ¿acaso se ha roto para siempre el lazo que te une con esos seres queridos?
     Cuando vivían no podías estar sin ellos, te parecía a veces que estabas atado a ellos, no sólo por el corazón, sino por las entrañas mismas; y porque ahora están desterrados de aquí y porque un velo impenetrable los separa de tu alma, ¿los olvidaréis?
     No; no, hijo mío. El viento ha secado las lágrimas que vertiste sobre sus despojos, pero el tiempo no ha podido desecar tu corazón.
     Piensa en ellos, como piensas en los seres queridos ausentes, que un viaje te ha alejado por algunos días, pero que en tiempo no lejano volverán.
     Ve más lejos: no te contentes con depositar coronas sobre su sepulcro; las coronas es Dios quien las da; tú dales tus oraciones.
     Sabiendo que es el sacrificio de la Misa el que libera a las almas, encarga al sacerdote lleve al altar el recuerdo que tú guardas de ellos y les aplique los méritos de la sangre del Redentor.
     Por todos los medios que estén a tu alcance, a través de todos los abismos de la eternidad, tiéndeles una mano caritativa.
     ¿Quién sabe si ellos no esperan de tu piedad el fin de sus sufrimientos expiatorios y su entrada en el mundo de la gloria?
     Hijo mío, sé bueno para con los muertos.