jueves, 17 de abril de 2014

MISA CRISMAL 2014

LA MISA CRISMAL CELEBRADA POR MONS. JUAN JOSÉ SQUETINO
EN LA CAPILLA "SANTA MARÍA MAGDALENA"
EN EL SEMINARIO EN TLAJOMULCO DE ZUÑIGA
 
 
 




 
 

 
 

 
 
 
 

 


   
 
 
 


   

 

 
 
 
  
 

 

miércoles, 16 de abril de 2014

HORARIOS DE OFICIOS DE SEMANA SANTA

JUEVES SANTO
9:30 Horas Misa Crismal por Mons. Juan José Squetino en la Capilla "Santa María Magdalena" en Tlajomulco de Zuñiga

18:30 Horas en la Capilla "María Auxiliadora" de Guadalajara
Por R.P. Manuel Martinez Hernandez

Lavatorio de Pies (Mandatum)
Santa Misa
Traslado del Santísimo al sepulcro o monumento.
Despojamiento o desnudamiento de los altares.
Adoración del Santísimo, toda la noche.

VIERNES SANTO:
A las 13:30 hrs. Por los grupos san Juan Bosco y, Legión Mariana y Santa Teresita

En el Parque de Nuestra Señora del Refugio, Viacrucis, La Procesión con el Cristo de la Buena Muerte, Procesión con el Cristo adyacente hasta la Capilla.
Donde el P. Raul Macias Esparza celebrará los demás Oficios Litúrgicos

SÁBADO SANTO: 

Por el Padre Isidoro Gomez Saucedo
a las 22:30 horas
Bendición del fuego nuevo
Bendición del Cirio pascual
Pregón Pascual
Bendición del agua bautismal
Renuncias
24:00 hrs. La santa Misa de Resurrección por Mons. Juan José Squetino

DOMINGO DE PASCUA:
a las 12:00 horas. Santa Misa de Resurrección. Por R. P. Manuel Martinez H.


EN MERIDA, YUCATAN
El Padre Daniel Cruz Auxiliará a Mons. José F. Urbina

EN ARGENTINA 
El Padre Dario Varela

EN CHILE
Los Padres JUan María Ibacache y Felipe Cristian Muñoz

Este año en Tijuana no podremos celebrar las ceremonias de Semana Santa Dios los bendiga y Felices Pascuas

viernes, 11 de abril de 2014

LOS DOLORES DE MARÍA

INTRODUCCIÓN
     Génesis y significado de esta festividad
     Por un Decreto del 22 de abril de 1727, BENEDICTO XIII extendió a toda la Iglesia una fiesta que, con diversos nombres y en distintas fechas, se celebran en gran parte de la Cristiandad. La primera iniciativa emanó del Concilio de Colonia, que en 1423, queriendo reparar las impiedades iconoclastas de los Husitas, había instituido una fiesta bajo el título de Festum Commemorationis praefatae angustiae et doloris B. M. V. (Fiesta conmemorativa de la angustia y dolor de la B. V. M. Véase Harduino, Conc., t. VIII, col. 1013).
     La piedad de los fieles concentrada enteramente, al principio, en el acerbo dolor del alma de María en el día supremo de la pasión del Salvador, se imaginaba las horrendas torturas padecidas por esta Madre al encontrar a su divino Hijo cargado con la cruz, y luego en el Calvario al pie de la misma cruz, durante una agonía de tres horas, y, finalmente, en su entierro y sepultura. Poco a poco, otros dolores fueron incluidos en esta festividad. La devoción a los siete dolores se debe a la piedad de un sacerdote de Brujas, secretario más tarde de Carlos V, llamado Juan de Coudenüerghe (Era Deán de San Gil de Abbenbroek (Holanda meridional), cura de la iglesia de los Santos Pedro y Pablo de Heimerswaal (ciudad destruida de la Zelandia) y también de San Salvador de Brujas. Véase en Analecta bouandiana de 1893, el interesante artículo del P. Delehaye, intitulado La Virgen de las siete espadas, p. 333 s. En él se demuestra también que los siete gozos fueron honrados antes que los siete dolores. Según Benedicto XIV, De festis, 2, 4, 9. Saxio atribuía a los siete fundadores de la Orden de los Servitas la paternidad de la devoción a los VII Dolores). Desolado por los males de la guerra civil que siguió a la muerte de la duquesa María de Borgoña, esposa de Maximiliano de Austria, recurrió y procuró se recurriese a la Madre de Dios. Para reanimar la devoción de los fieles, colocó en cada una de las tres iglesias que de él dependían, una imagen de la Virgen con una inscripción en verso, que recordaba las ocasiones en que María había especialmente sufrido: al oír la profecía de Simeón; en la huida a Egipto; en la pérdida del Niño Jesús en el templo; al ver a Jesús cargado con la cruz; cuando en ella fue crucificado; cuando recibió en sus brazos el cuerpo de su divino Hijo, y finalmente en el santo entierro (No todos enumeran los siete Dolores del modo que hoy ha prevalecido. Así, en algunos autores, la profecía de Simeón es reemplazada por la circuncisión). El 25 de octubre de 1495, Alejandro VI aprobó una cofradía de Nuestra Señora de los siete Dolores establecida en Bélgica, hacia el año 1490; los anales de esta cofradía atestiguan la popularidad de esta devoción en ambos Flandes (Los frutos de esta devoción fueron tales, que se instituyeron dos fiestas, una en Delft de Holanda, la otra en Brujas, Bélgica, para conmemorar las gracias obtenidas. Llamábanse: Festum miraculorum Confraternitatis VII dolorum sacratissimae V. M. y Festum miraculorum B. V. M. de VII doloribus. Art. cit. de Analecta, p. 340). La fiesta de los Dolores se celebraba allí con este mismo nombre de los siete Dolores, pero no en la fecha actual, sino el viernes antes de la semana de Pasión.
     La devoción a los Dolores de la Virgen es, por otra parte, mucho más antigua que su misma solemnidad. ¿No asistía por ventura la ciudad de Florencia, en 1233, a la fundación de la orden de los Servitas, especialmente dedicada a María y al culto de su martirio? ¿Y no poseía ya la Iglesia el Stabat Mater? (Según J. Julián, A dictionary of hymnology, el Stabat fue compuesto entre 1150 y 1360 y tuvo tal vez por autor al Papa Inocencio III (+ 1216). Otros atribuyen este himno al Franciscano Jacopone de Todi. + 1306).

Plan de la meditación. 
     En esta primera meditación, lucha en un tiempo en que nuestra piedad no debe apartarse de los sufrimientos del Salvador, consideraremos los dolores de Maria durante la pasión de su Hijo, procurando meditarlos unidos a los sufrimientos de Jesús. El orden histórico nos convida a meditar sucesivamente tres puntos: María junto a Cristo moribundo; María con Cristo bajado de la cruz; María ante el sepulcro de Jesús.

MEDITACIÓN
     «Filia Jerusalem... magna... est velut mare contritio tua" (Thren. II, 13).
     Hija de Jerusalen, tu contrición es inmensa como el mar.
     l° Preludio. Mientras Nuestro Salvador sufría en la cruz, durante tres largas horas, el más cruel martirio de su cuerpo, de su corazón y de su alma, María, su Madre, de pie junto a esta cruz, asistía a su agonía. Viole luego bajado de la cruz y colocado respetuosamente en un sepulcro nuevo, que pertenecía a José de Arimatea.
     2.° Preludio. Representémonos el Calvario, los tres patíbulos allí levantados, el cuerpo de Nuestro Señor, el cercano huerto, lugar de su sepultura.
     3° Preludio. Pidamos con fervor la gracia de sentir vivamente las penas de Jesús y de María, y de sacar de sus dolores el más grande horror al pecado junto con un deseo ardiente de la perfección.

I. MARIA JUNTO A CRISTO MORIBUNDO
     I. Esforcémonos en comprender los sufrimientos de María al pie de la cruz, como si la escena augusta y terrible se desenvolviese ahora ante nuestros ojos.
     1. Veo al pie de esta cruz a la Madre de un Hijo único: una madre jamás separa su causa de la de su hijo.
     2. Él es, el Hijo único; Él, Dios y Salvador. María tiene más que ninguna, alma de madre, y puede dar sin reservas a su Hijo, que es Dios, toda la ternura de su corazón.
     3. ¡Cómo penetra cada uno de los sufrimientos de su Hijo! El sufrimiento del cuerpo y la sed, sin poder procurarle el menor alivio.  El sufrimiento en la honra. Si los santos eran tan sensibles a las blasfemias, cuánto más María que conocía tan bien todo, cuanto era debido a Jesucristo. ¡Y qué injurias no oía! ¡Y de quiénes! El sufrimiento del corazón, causado por una ingratitud, que llega hasta insultar al bienhechor en sus más espléndidos dones y además causado también por una cobardía, que en el linimento supremo y después de las promesas más solemnes, abandona al más generoso de los Padres. ¡Y en lo alto de la cruz un Dios que permite el sufrimiento y el insulto! , ¡Oh insondable misterio de justicia y de amor!
     ¡Oh! ¿y cuál sería la pena de María?

     II. Aprendamos de María a compadecernos de la pasión de Jesucristo. ¿No debemos, acaso, lamentar la indiferencia con que miramos unos males sufridos por causa nuestra y para nuestra utilidad? Supliquemos a María que ablande nuestros corazones y los conmueva a favor de su amado Hijo Jesucristo.

II. MARIA CON EL CUERPO DE CRISTO BAJADO DE LA CRUZ
     I. La suprema recomendación hecha por Jesús a su Madre «He aquí a tu hijo», y luego a San Juan «He aquí a tu Madre», fue una despedida (¡oh, y cuán desgarradora!), que se convirtió pronto en una terrible realidad. Jesús exhaló un grito; este clamor de Jesús moribundo desgarró el alma de su Madre. Después, la cabeza reclinada sobre el pecho demostró que todo estaba consumado. Quedaba aún el piadoso deber del entierro. Dos discípulos, como fortalecidos por la pasión del Salvador, acuden valerosa y noblemente para tomar sobre sí esta tarea. El cuerpo es poco a poco separado y descendido de la cruz. ¿Dónde colocarlo?, ¿Qué brazos mejor dispuestos para recibirlo que los brazos de María? Extiéndense estos brazos como por instinto, y estrechan los divinos despojos.
     II. De rodillas delante de esta Madre, recorramos en espíritu todas las llagas, cuyo sangriento estigma persevera impreso en el cuerpo ya frío. Digamos lentamente: «Ave, verum corpus, natum de Maria Virgine; veré possum, immolatum in cruce pro homine. Salve, oh cuerpo verdadero, nacido de María Virgen; que has verdaderamente padecido, que has sido verdaderamente inmolado en la cruz por el hombre».
     Después de los dolores de Jesús, fijemos nuestra atención en los dolores de su Madre. Treinta años hace que tenía en su regazo al Niño Dios, el más hermoso entre los hijos de los hombres. ¿En qué ha venido a parar? ¿Qué hemos hecho de Él? ¡Ah! El contraste es debido a nuestros pecados: Madre, no podemos comprender vuestro dolor, pero comprendemos nuestro deber de compadecerlo. Debemos sufrir con Vos; debemos ahora más que nunca detestar el pecado, única fuente de vuestra aflicción; debemos sacar de vuestras penas, junto con una plena confianza en la misericordia divina, un celo ardiente por la salvación de las almas. ¡Oh, Madre, ante la cual golpeo mi pecho, obtenedme estos frutos de sólida devoción; que viva por Vos y por vuestro Hijo Jesús !

III. MARÍA ANTE EL SEPULCRO DE JESÚS
     I. Ha llegado para María la hora de dejarse arrebatar el cuerpo de su Hijo. La ley del sábado, que ella desea observar hasta el fin, la invita a apresurarse. Se organiza un fúnebre cortejo. Los ángeles forman parte de él. En la tierra se ven los discípulos que llevan el cuerpo; luego la Virgen, apoyada en San Juan; las santas mujeres. Juntémonos a ellos. La marcha prosigue y concluye silenciosa; embarga los corazones el dolor.
     II. Mientras es sepultado el sagrado cuerpo de Jesús, pensemos en el amor delicado del Señor, que, resuelto a mostrarse semejante a nosotros en todas las cosas, excepto en el pecado, quiere pasar par la suprema humillación de nuestra condición presente, la tumba. Aceptemos desde ahora, conformándonos con su voluntad, esta destrucción de nosotros mismos; pero allí en donde parece que todo se acaba, muéstrenos nuestra fe y nuestra esperanza una mejor resurrección.
     Imaginemos después la soledad de la Virgen Santísima al concluirse esta lúgubre ceremonia. Vedla humanamente sin ningún consuelo. Porque, ¿qué puede hacer San Juan para reemplazar a su Hijo? Sin embargo, si su dolor es inmenso, ella es, al mismo tiempo, animosa y santísima.
     Admiremos a nuestra Madre, para imitarla en nuestras penas, mucho menores que las suyas.

COLOQUIO
     Esforcémonos en entablar con nuestra Madre un afectuosísimo coloquio, en el que la compadeceremos por haber sufrido tanto por causa nuestra, y le daremos las gracias por el gran amor que nos profesa y que sus sufrimientos no han hecho más que acrecentar. En retorno a tanta bondad, propongamos cumplir junto a ella el delicado oficio, aceptado por San Juan a invitación de Jesucristo. Pidámosle se digne aceptar este homenaje y obtenernos gracia para cumplir santamente nuestra resolución. Recemos, al concluir, el Stabat Mater, a lo menos en parte.
A. Vermeersch
MEDITACIONES SOBRE LA SANTÍSIMA VIRGEN

SAN IGNACIO DE LOYOLA (9)

Capitulo Octavo
EL PRISIONERO DE SALAMANCA (1127)

     La Universidad de Salamanca (1) estaba entonces en toda su gloria. Fundada en 1230 por Alfonso Nono de Castilla, no había dejado de crecer. A fines del siglo XV, el gran fervor de los Reyes Católicos la había dotado de un palacio que se admira aun en nuestros días, dominando la pequeña plaza donde se levanta la estatua de Fray Luis de León. Este célebre agustino, que será siempre el orgullo de su Orden, de Salamanca, y de España, nació en el mismo año en que Iñigo de Loyola llegó a Salamanca. (2)
     En torno del palacio de la Universidad pululaban los colegios. El más antiguo estaba dedicado a Nuestra Señora de la Vega. La mayor parte de ellos databa del siglo XVI; así los de San Zebedeo (1500), de Donceles (1508), de Santa María (1508), de Santo Tomás de Cantorbery (1510), de la Orden Militar de Calatrava (1512), de San Salvador (1517), de San Millán (1518), de San Pedro y San Pablo (1525), de la Santa Cruz (1527). El colegio fundado por Alfonso de Fonseca, Arzobispo de Toledo, llevaba el nombre de los apóstoles y había sido abierto en 1521.
     En medio de todos los religiosos que proveían a la Universidad de alumnos y de maestros, la Orden de Santo Domingo tenía una especie de preeminencia. El esplendor que distingue aun ahora al Convento de San Esteban y de que Salamanca se enorgullece, es como un símbolo del reinado intelectual de los Dominicos de 1527. Allí vivieron profesores ilustres; allí Cristóbal Colón, en la sala llamada del De Profundis vino a reavivar su valor, cerca del Padre Diego de Deza (3). Allí Iñigo de Loyola, en el otoño de 1527, será sometido a un control providencial.
*
*     *
     Salido de Alcalá el 20 ó el 21 de junio de 1527, Iñigo debió llegar a Valladolid, antes del fin del mes. ¿Cuándo pudo entrevistar a Fonseca para arreglar con él su nueva línea de conducta? Suponiendo que el Arzobispo de Toledo estaba en la Corte en junio ¿qué hizo Iñigo desde julio hasta octubre? Valladolid debió ofrecerle veinte ocasiones de reanudar sus antiguas relaciones. ¿Examinó allí el medio de continuar en la ciudad sus estudios, o volvió sin retardo a Alcalá, a fin de exponer a su confesor Miona, y aun al mismo Figueroa su entrevista con Fonseca? Una vez tomada la decisión de estudiar en Salamanca ¿envió allá inmediatamente a sus compañeros a la Universidad, mientras que él tomaba algún tiempo para despedirse de sus amigos de Alcalá? Imposible responder a ninguna de estas cuestiones.
     Sabemos solamente por el mismo Iñigo (4), que Saá, Arteaga, Cáceres y Reynald llegaron a Salamanca los primeros y mucho antes que su jefe. Alojáronse en algún modesto albergue, y no tardaron en hacerse notar por su piedad no menos que por su vestido. Así el mismo día en que Iñigo, a principios de octubre, apareció en Salamanca, una buena devota, viéndole entrar en una iglesia, concluyó que éste también era de la cofradía de los cuatro estudiantes fuereños llegados recientemente. Sin vacilar, ella misma propuso a Iñigo llevarle a la hospedería en donde se encontraban sus amigos. Una vez reunidos, ¿qué podían hacer aquellos hombres, sino recomenzar juntamente la vida mortificada, piadosa y apostólica que les había hecho sospechosos a la Inquisición de Alcalá? Allí no tuvieron más que una corta tranquilidad. Iñigo había escogido por confesor a un dominico del Convento de San Esteban. Diez o doce días apenas habían transcurrido, es decir probablemente en su segunda confesión, el penitente tuvo la sorpresa de oír al dominico que le decía: "Los padres de la casa quisieran hablar con usted."
     —"Sea en nombre de Dios", exclamó Iñigo.
     —"Será bueno que venga usted a comer con nosotros el domingo, pero le prevengo que los padres quieren saber muchas cosas de usted."
     En dicho día, Iñigo acompañado de Calixto se dirigió al Convento de San Esteban. El Prior, Diego de San Pedro (5) estaba ausente, pero el Subprior, Nicolás de Santo Tomas, el confesor de Iñigo, y otro padre se dirigieron en seguida con sus invitados a la Capilla. "Allí el Subprior, muy amable, comenzó a decirles que tenían acerca de ellos excelentes noticias; sabían que predicaban a la apostólica, pero que deseaban conocer bien, y con los mayores detalles, su genero de vida."
     - "¿Que es lo que habéis estudiado?, preguntó el Subprior.
     - "De todos nosotros, el que ha estudiado más soy yo," respondió Iñigo, y dio cuenta de sus pocos estudios.
     - "¿Y qué es lo que predicáis?"
   - "No predicamos, sino que conversamos familiarmente de las cosas de Dios; así hacemos nosotros, después de comer con algunas personas que vienen a visitarnos".
     —"¿Pero de qué cosas de Dios hablan ustedes? Eso es lo que deseamos saber".
     —"Pues hablamos ya de una virtud, ya de otra, para alabarlas; ya de un vicio, ya de otro, pero para reprobarlos".
     —"No sois letrados y habláis de virtud y de vicio. Nadie puede hablar de esto, sino en nombre de la ciencia o por inspiración del Espíritu Santo. Ustedes no hablan en nombre de la ciencia que no tienen; es pues por inspiración del Espíritu Santo."
     Aquí Iñigo reflexionó un instante; aquella manera de argumentación no le parecía justa. Después de un momento de silencio dijo:
     —"No es necesario hablar más largamente de esto".
     —"¿Cómo?, en la hora presente, hay tantos errores de Erasmo y de muchos otros que están engañando al mundo; y ustedes no quieren explicar qué es lo que enseñan".
     —"Padre, no diré más de lo que he dicho; a menos que no sea en presencia de los superiores que pueden obligarme a hablar."
     En seguida el Subprior pidió explicaciones acerca del vestido de Calixto. ¿Por qué iba así, con túnica corta, botas que le llegaban a media pierna, un gran sombrero y un bordón en la mano? Iñigo contó entonces toda la historia del proceso de Alcalá. Pero ninguna instancia pudo arrancarle más confidencias. Así que el Subprior concluyó: "Pues bien, quedáos aquí, ya haremos de manera que nos digáis todo." Y todos los frailes salieron apresuradamente.
     —"¿Dónde queréis que me quede?," preguntó Iñigo.
     —"En la capilla", respondió el Subprior (6).
     Luego se cerraron todas las puertas de la Capilla, mientras que se tenía deliberación, para saber como jueces eclesiásticos, cómo había que proceder en aquel caso. Durante tres días Iñigo y Calixto permanecieron en el Convento de San Esteban, sin que se les dijese una palabra acerca de su causa. Comían en el refectorio con los religiosos y recibían en su celda a estos religiosos que venían a verles en gran número; y sus conversaciones eran acerca de las cosas de Dios como tenían de costumbre. Tanto que en el Convento se formaron dos opiniones contrarias acerca de los dos predicantes; y la mayoría de los frailes le era favorable, dice Iñigo (7). Pero los superiores vacilaban y estaban inquietos. Fueron a buscar al bachiller Frías, Provisor del Obispado, para rogarle que se ocupara de aquel caso. Frías llevó a la prisión a Iñigo y a Calixto, aunque se tuvo cuidado de separarlos de los criminales. Los encerraron en un cuarto alto vacío y muy sucio. Se les ató a cada uno por el pie al extremo de una cadena fija en el muro y de largo de diez a trece palmos; de suerte que si uno de los dos prisioneros se movía, el otro estaba obligado a hacer el mismo movimiento; la primera noche la pasaron sin dormir. (8)
     El legajo de este proceso de Salamanca podría tal vez suministrarnos alguna explicación de este cuidado en tomar tales precauciones; pero desgraciadamente, los archivos del Arzobispado y los del Convento de San Esteban no han conservado ningún documento de este asunto. Quizás las cartas venidas de Alcalá contribuyeron a alarmar a los jueces. Quizás también los jueces recordaron las recientes aventuras del bachiller Antonio de Medrano antiguo estudiante de Salamanca, y sus compromisos con Francisca Hernández. Los culpables habían comparecido no hacía mucho en los tribunales eclesiásticos de Valladolid (1519), de Salamanca (1520), y de Logroño (1521-1526). Se acababa de dar la sentencia de Logroño y en ella se veía que Francisca Hernández tenía las teorías de los iluminados. (9) Quizás en fin, los doctores del Convento de San Esteban tenían presentes los recuerdos muy recientes de aquella junta teológica Valladolid, en la que por sus doctrinas de Erasmo, algunos profesores de Alcalá se habían hecho sospechosos. Francisco Vitoria en esta disputa había sido de los más precisos contra el humanista de Roterdam, y otros profesores de Salamanca, como Fray Diego de Estudillo, Fray Alonso de Córdoba, Pedro Margalla y Vázquez de Oropeza, habían compartido todas sus desconfianzas. Naturalmente, un estudiante sospechoso en Alcalá, debía serlo con mayor razón aún en Salamanca.
     Sea lo que sea de estas conjeturas, el ruido del arresto de Iñigo y de sus compañeros se difundió por la ciudad, y algunas personas compasivas enviaron a los prisioneros camas y alimentos. El acceso a la prisión era libre para los visitantes, y éstos venían en gran número e Iñigo les hablaba de Dios, conforme a su costumbre. (11).
     El Provisor Frías los interrogaba cada uno aparte. Iñigo le entregó sus papeles, que eran los ejercicios, a fin de que los examinara. Dieron también los nombres y la dirección de los compañeros que habían venido con ellos a Salamanca. Por orden del Provisor se les fue a buscar, con excepción de Juan Reynald, al que se le dejó; y se llevó a Cáceres y a Arteaga a la prisión común con los malhechores. En estas circunstancias, Iñigo tomó por regla, como lo había hecho en Alcalá, poner su causa en manos de la Providencia y no quiso tomar ningún procurador ni abogado. (12)
     Al cabo de algunos días el tribunal eclesiástico abrió su audiencia. Iñigo compareció ante cuatro jueces, el doctor Santisidro, el doctor Paravinhas, el doctor Frías y el bachiller Frías. Todos habían leído ya el manuscrito de los ejercicios. Preguntaron a Iñigo, no acerca de su libro, sino sobre Teología, especialmente acerca de la Trinidad y de la Eucaristía, para saber cómo entendía esos artículos de fe. Iñigo comenzó por decir, que no había estudiado. Luego por orden de los jueces se explicó acerca de la Trinidad y de la Eucaristía, "de tal manera que no tuvieron nada que reprender". (13)
     El bachiller Frías fue más adelante que los otros en el interrogatorio, y propuso a Iñigo un caso de derecho canónico. Iñigo observó que no había seguido el curso de derecho canónico, pero obligado a hablar respondió bien a la cuestión. (14)
     Los jueces le pidieron entonces que expusiera el primer mandamiento de la ley de Dios, de la manera que tenía por costumbre hacerlo. Emprendió en seguida el asunto y su discurso se prolongó de tal manera, y dijo tantas cosas sobre aquel primer mandamiento que los jueces no quisieron preguntarle más.
     Fueron entonces los Ejercicios los que se pusieron en causa. Los jueces insistían muchísimo acerca de un punto que se encuentra al principio del librito, a saber, la distinción entre pecado mortal y pecado venial. Su cargo consistía en esto: "¿Por qué un hombre sin letras se aventuraba a determinar este punto?" Iñigo respondió: "determinad vosotros mismos si lo que digo es verdad o no; si no es verdad condenadlo." Finalmente, los doctores no condenaron nada, el Tribunal levantó la sesión, y los reos fueron llevados de nuevo a la cárcel. (15)
     Allí permanecieron veintidós días. Los visitantes no les faltaban. Don Francisco de Mendoza, futuro arzobispo de Burgos y Cardenal, vino un día con el bachiller Frías y dijo a Iñigo: "¿Cómo se encuentra usted en la prisión; no os es penoso ser prisionero?" Yo le responderé a usted, le replicó Iñigo, lo que ya respondí a una señora, que me daba muestras de compasión por verme así encerrado: "Muestra usted bien, le dije, que no quisiera ser prisionera por amor de Dios, puesto que la prisión le parece un mal tan grande. Y yo os protesto a vos, Señor, que no hay tantos grillos y cadenas en Salamanca que no deseara llevar y más aún, por el amor de Dios". (16) Francisco de Mendoza hubiera podido exclamar, como Jorge de Naveros en Alcalá; Vidi Panlum in vinculis. En la exaltación de su alma, toda de Dios, el prisionero de Salamanca, seguro de sufrir por la verdad y la justicia, entraba en el mismo santo transporte de los primeros apóstoles, glorioso como ellos, de ser juzgado digno de estar cubierto de afrentas por Jesucristo.
     Desearíamos saber qué actitud hubieran tomado frente a tales prisioneros, los más célebres profesores de la Universidad: Francisco de Vitoria, Vázquez de Oropeza, Alonso de Córdoba, Pedro de Astudillo, o Hernán Núñez de Guzmán; pero ningún eco de su pensamiento ha llegado hasta nosotros. Retengamos solamente los nombres de Melchor Cano y de Juan Martínez de Silíceo; el primero era estudiante en el Convento de San Esteban, el segundo será Arzobispo de Toledo; los dos serán violentos enemigos de la Compañía; es probable que su aversión contra Ignacio date de Salamanca (17).
     Mientras que Iñigo y sus compañeros estaban encerrados sucedió que todos los criminales de la prisión común lograron una noche escaparse. Cáceres y Arteaga hubieran podido huir con los demás; pero no lo hicieron. Por la mañana los guardianes los encontraron solos en la sala, con todas las puertas abiertas. Semejante fidelidad causó la admiración de todos, y se habló mucho de ella en la ciudad. Y para recompensar una virtud tan rara, los jueces decidieron señalarles por cárcel un palacio vecino. (18)
     Al cabo de veintidós días, como hemos dicho, la causa estaba suficientemente clara a los ojos del Tribunal, para que pudiera dar la sentencia. Se llamó a los prisioneros para oírla. Hela aquí resumida por Iñigo: "que no se encontraba error ninguno, ni en la vida ni en la doctrina; y que así los prisioneros podrían continuar según su costumbre enseñando el catecismo y hablando de cosas de Dios, con excepción de no determinar, esto es pecado venial, esto es pecado mortal, antes de haber estudiado durante cuatro años todavía." Notificada la sentencia, los jueces mostraron mucho afecto a Iñigo, como para mejor obligarle a que la aceptara. Iñigo protestó su obediencia, pero al mismo tiempo declaró que no podía sujetarse a semejante juicio, "porque sin condenarle en punto alguno se le cerraba la boca, y se le impedía ayudar al prójimo conforme a sus fuerzas." El bachiller Frías insistió mucho, manifestando por lo demás gran simpatía al sentenciado; pero Iñigo se sostuvo en sus palabras añadiendo sin embargo que "mientras que estuviera en la jurisdicción de Salamanca haría lo que se le mandaba." Con estas declaraciones él y sus compañeros fueron puestos en libertad. (20)
     ¿Cómo usar en Salamanca de esta libertad después de las prohibiciones impuestas y de la promesa de cumplirlas? ¿Y si se salían de Salamanca, qué partido habrían de tomar? Iñigo reflexionó y oró. En su alma apostólica el Verbum Dei non est alligatum de San Pablo resonaba como una divisa sagrada. Le era imposible ver a algunas almas necesitadas y no evangelizarlas con todos sus medios; la doble experiencia de Salamanca y de Alcalá lo iluminaba. Decidió pues ir a estudiar fuera de España, a París. (21)
     La decisión de Iñigo fue pronto la de sus compañeros. Juan Reynald se había separado de ellos y si no lo hizo durante el proceso, no tardó mucho tiempo en entrar en una Orden religiosa. (22) Los otros tres: Arteaga, Cáceres y Saá, compartían los designios de Iñigo; todos querían servir al prójimo y como el estudio de las ciencias sagradas era un preámbulo necesario, se dedicarían a él con todo empeño en París, conservando la voluntad de permanecer agrupados y reclutar nuevos compañeros animados del mismo fervor apostólico. Pero los contratiempos experimentados en Alcalá y en Salamanca les invitaban a tomar ciertas precauciones. Iñigo iría primero como explorador, los otros lo esperarían en su país; si en París Iñigo encontraba la posibilidad de organizar su vida de estudiantes, les avisaría y se reunirían de nuevo con él. (23)
     La vida edificante de estos hombres evangélicos, los mismos episodios del corto drama de su proceso les habían conquistado simpatías en Salamanca. Naturalmente sus amigos fueron puestos al tanto de sus futuros proyectos. Se alarmaron, les presentaron objeciones, insistieron con Iñigo para que no se fuera. Sin temeridad podemos creer que el mismo Francisco de Mendoza y el bachiller Frías eran del número de esas personas principales que trataron de modificar las resoluciones del libertado prisionero; pero todos sus esfuerzos fueron inútiles. (24)
     Por medio del Arzobispo Alonso de Fonseca, cuyos consejos le habían abierto el camino de Salamanca, la Providencia había sometido a su siervo a una prueba de la que su virtud salió victoriosa y la doctrina de los Ejercicios sin mancha. Si hubiera aprendido el griego con Hernán Núñez de Guzmán, las artes liberales con Martínez de San Millán, la Filosofía natural con Silíceo, la Teología con Francisco de Vitoria y la Sagrada Escritura con Vázquez de Oropeza o Pedro Ortiz, Iñigo de Loyola estaría inscrito en el libro de oro de los estudiantes de la Universidad de Salamanca. El interrogatorio hecho por el provisor Frías y los veintidós días de prisión que sufrió importaban mucho más que el haber seguido las lecciones de los más famosos maestros, porque era una prueba de que en el corazón de aquel gentilhombre iletrado habitaba el espíritu de Dios. Y aunque no fuera más que para constatar esto, el mes pasado en Salamanca fue fructuoso.
     "Quince o veinte días después de haber salido de la prisión, Iñigo partió solo, llevando algunos libros sobre un asnillo." (25) Por Segovia, Sigüenza, Calatayud, Zaragoza y Lérida tomó el camino de Barcelona. Montserrat estaba en ese camino. De que el futuro estudiante de París haya subido hasta el santuario y haya pasado al pie de los Picos Dentados, tras de los cuales se oculta el Monasterio de los Hijos de San Benito, y de que haya puesto su viaje bajo la protección de Aquella que había guiado tan maternalmente en el camino de la salvación al peregrino de 1522, no cabe ninguna duda.
     En Barcelona, Iñigo volvió a ver a sus amigos favorecedores, cuyo recuerdo estaba y debía permanecer siempre profundamente grabado en su corazón. Allí algunas almas generosas lo habían ayudado con una munificencia que no había encontrado después en ninguna otra parte. En vísperas de partir para un país lejano y desconocido en el que sus necesidades iban a crecer a medida de sus estudios y también de su celo, pensó que debía al mismo tiempo contar con la Providencia y asegurarse algunos socorros para el futuro. No le faltaron en Barcelona tantas o más objeciones que en Salamanca. ¿Qué iba a hacer a París? La guerra dividía entonces a Francia y a España. En aquel evento un español estaba muy expuesto. Se sabía lo que había sucedido con otro por haber querido franquear las fronteras y se conocían detalles espantosos. Pero Iñigo no tenía miedo de nada; escuchaba, sonreía dulcemente y concluía que iba a estudiar a París. (26)
     Como es de creer, Maestre Ardevoll recibió sus confidencias, e Iñigo no faltó seguramente en exponerle sus razones para abandonar las más famosas Universidades de España, e ir él, un subdito de Carlos V, al reino de Francisco I.
     Entonces, como en el primer día de su llegada a Barcelona en 1523, Iñigo se apoyó ante todo sobre Inés Pascual. Ciertamente visitó damas de más alto rango, pero su corazón era lo bastante delicado en su agradecimiento, para no olvidar los servicios de las Roser, de las Zapila y otras nobles de Barcelona. Pero a Inés Pascual la consideraba siempre como a su propia madre. La elección de esta protectora abnegada y de condición modesta, contentaba a la vez a su prudencia y a su humildad. Sabemos por Juan Pascual que el día de su partida aquellos humildes tejedores, madre e hijo, tuvieron el privilegio de acompañarle hasta una distancia de tres millas de la ciudad. Fue cerca de la iglesia de San Andrés, extramuros, donde se despidieron con lágrimas. Inés sentía ver alejarse al santo que había sido la bendición de su casa. Juan no se atrevía a ver sin inquietud un porvenir en que estaría privado de aquel a quien miraba como un guía necesario. Iñigo dio las gracias a sus huéspedes, les deseó paciencia en las ocasiones difíciles que se les presentaran y después solo y a pie partió para París. (27)

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1.- A. Vidal y Díaz Memoria histórica de la Universidad de Salamanca, Salamanca, Oliva, 1869, 293-368, 389; Esperabe Arteaga Historia pragmática e íntima de la Universidad de Salamanca, Salamanca, Izquierdo, 1917.
2.- Alonso Getino, O. P. Vida y procese de Fray Luis de León; Salamanca, Calatrava, 1907.
3.- Justo Cuervo, O. P. Historia del Convento de San Esteban, Salamanca, Imp. cat. 1914.
4.- González de Cámara, n. 64.
5.- Según la crónica del P. José Barrio, el prior era el muy docto y muy observante Fray Diego de San Pedro, y el subprior Fray Nicolás de Santo Tomás, hombre muy espiritual. Ver Justo Cuervo, II, 565. Estos datos deben ser preferidos a los que da Pedro Fabro, Mon. Fabro I, 64, y a los del P. Astráin, I. 55.
6.- González de Cámara, n. 64, 65 y 66.
7.- Id. n. 66.
8.- ld. n. 67.
9.- Ver Serrano y Sanz, Bol. de la Acad. de la Historia, julio-septiembre, 1902, XII, 165-133.
10.- Id. Revista de Archivos, enero 1902, 60-73.
11.- González de Cámara, n. 67.
12.- Id. n. 67.
13.- Id. n. 68.
14.- Id. n. 68.
15.- Id. n. 69.
16.- id. n. 69.
17.- Melchor Cano hizo su profesión en el Convento de San Esteban el 19 de agosto de 1524, y estudiaba todavía en 1527 (Justo Cuervo, I, 248), Juan Martínez de Siliceo era profesor de filosofía natural en 1527 (Esperabe Arteaga, op. cit. II, 203).
18.- González de Cámara, n. 69.
19.- Id. n. 70.
20.- Id. n. 71. La crónica del P. José Barrio acerca del incidente de la prisión de San Ignacio, fue redactada siguiendo la Vida de Rivadeneyra, y no es sino una defensa tratando de minimizar un hecho engorroso. En nuestros días, el P. Mortier, en su Historia de los Maestros Generales de los Hermanos Predicadores, V, 313, hace de Ignacio un alumno del Convento de San Esteban, y renueva su distracción en su Historia abreviada de la Orden de Santo Domingo en Francia, pág. 199, que apareció en 1920.
21. González de Cámara, n. 71.
22.- Id. n. 67.
23.- Id. n. 71.
24.- Id. n. 72.
25.- Id. n. 72. 
26.- ld. n. 72.
27.- Scrip. S. Ign. II, 93.
P. Pablo Dudon, S.J.
SAN IGNACIO DE LOYOLA

jueves, 10 de abril de 2014

NOCHE DE REYES

     El mismo espíritu exquisito, el mismo soplo de amor y poesía, penetra las palabras difundidas por la radio difusora de Sevilla, la Noche de Reyes de 1937. Regocíjase Pemán de que no se interrumpa, por el luto de la guerra, la jubilosa cabalgata de Melchor, Gaspar y Baltasar:
     "Vienen los Reyes a Sevilla como todos los años. Esto me produce la alegría de toda tradición que se salva. La alegría de toda cosa que, en estas horas, va quedando otra vez lista, normal y en marcha. Al mismo tiempo que se va haciendo la guerra, hay que ir haciendo la paz: hay que ir dejando hecho, con prisa y sin descanso, tras las fronteras cada día más anchas de la España nueva, un país no sólo normal y engranado, sino hasta con su lujo de fiestas y sonrisas.
     "Se equivocaban, a mi juicio, esos graves varones sin ternura, espíritus de soltería, marxistas del pensamiento, que opinaban que este año, por ser de guerra, no debía salir en Sevilla la tradicional cabalgata de los Reyes Magos. Se equivocaban, como se equivocan todos los que piensan que en estos días de guerra, la vida debe ser cercenada de expansiones y mutilada de alegrías. No. La guerra —y sobre todo esta guerra por un alto ideal— tiene que ser alegre...
     "Hasta los lutos debieran tener un aire distinto... Porque no se muere del todo cuando se muere en la guerra. Están naciendo ahora tantas cosas grandes, que, por muchos que mueran, lo que nace es más que lo que muere; y la hora, más que a responso de difuntos, suena a villancico de Navidad. Las tumbas, en medio del campo, tienen aire de cuna; forma de hoyo abierto para los plantones del nuevo olivar...
     "La tristeza de la guerra, por eso, no acaba de ser del todo triste. Es tristeza de Viernes Santo, palpitante ya de Pascua florida... Velo morado sobre el altar de la patria: pero bien visible sobre él la costura por donde ha de rasgarse en el cercano Sábado de Gloria. La vida que nace de la muerte: la paradoja de la Redención".

     Y añade Pemán que es casi obligatorio salvar para los niños la fiesta de Reyes.
     "No es legítimo llevar la guerra a los cinco o seis años. Es, por el contrario, casi un deber aliviar -del peso de ella a esa generación niña, que es un poco víctima nuestra: de nuestros desaciertos, odios y locuras, que han venido a parar en esta gran tragedia. Hemos- arrullado su infancia con palabras duras y les hemos enseñado, demasiado pronto, a levantar los ojos inocentes para explorar por el cielo, antes que el sol y las estrellas, las asechanzas de la muerte. Antes que a leer, han aprendido a distinguir el cañón de la ametralladora. Han cantado himnos de muerte, antes que las viejas rondas de Mambrú o de la viudita del Conde Laurel... Lo menos que les debemos es una indemnización de juguetes y de ilusiones. Que vengan los Reyes este año. No añadamos a la lista de bajas de la guerra, los tres nombres ilusionados de Melchor, Gaspar y Baltasar.
     "Porque la guerra que mantenemos es santa; pero no es más que un medio para conquistar la paz para nuestros hijos. Los hombres nos estamos peleando por unos cuantos malentendidos, de lo que ellos no tienen la culpa. Nos estamos peleando por lograr una España unificada en paz y amor. Un modo de empezar a vencer, es hacer que esta España una, empiece a vivir ya en la conciencia clara de los niños. Ellos no entienden nada de odios, de separaciones y de banderías. Ellos, por instinto, son todos de un solo partido: ellos son todos nada más que monárquicos de los Reyes Magos".

     Y dirigiéndose a los niños, a los niños pobres de Sevilla, les dice el poeta cómo, aunque dando un sesgo y rodeo, vienen los Reyes de Oriente: "porque el Oriente, niños, anda este año rojo de sangre". "Han tenido que venir un poco de puntillas; disimulándose entre sierras y olivares, como esas baterías camufladas que esconden sus bocas de guerra entre pacíficas ramas de acacias burladoras. Llegan un poco tristes... Y es que por aquel lado de España quedan muchos niños que este año ni saldrán a esperarles ni tendrán juguetes.
     "Pero no los odiéis por eso, niños de Sevilla. Ellos no tienen la culpa... Es la España de los hombres la que está dividida y en guerra. La España de los niños es ya unitaria y totalitaria: en la totalidad de una misma ilusión. No odiéis, pues: compadecedles y amadles, porque ellos han de ser pronto, con vosotros, los artífices de una España nueva, unida...
     "No hay niños rojos. Hay, sí, niños en poder de los rojos; pero nada más. Los niños son todos, en su corazón, requetés de esos desterrados Reyes del Oriente. Tened, pues, niños de Sevilla, un recuerdo cariñoso para esos pobres niños, huérfanos tres o cuatro veces: huérfanos de Dios, de la Patria, de la familia, de los Reyes Magos... Y cuando recibáis vuestros juguetes, apartad uno siquiera, con amor y sacrificio, pensando en ellos..."
     Dulce sentido cristiano, que quiere el sacrificio infantil del juguete por los hermanitos que sufren. Fértil sentido de apostólica hispanidad, que siembra la ternura entre el estallido del odio, que pone la semilla de la paz entre los retumbos de la guerra.
     Y es así cómo José María Pemán —representativo del movimiento— nos hunde en intimidades delicadas que acarician el ánimo y que lo invitan a confortadora meditación.
Alfonso Junco
EL DIFÍCIL PARAÍSO

miércoles, 9 de abril de 2014

Gnosimacos

GNOSIMACOS
     Ciertos herejes que vituperaban  los conocimientos meditados de los místicos, la contemplación, los ejercicios de la vida espiritual; se llamaron enemigos de los conocimientos. Querían que nos contentásemos con hacer buenas obras, que se desterrase el estudio, la meditación y toda investigación profunda en la doctrina y misterios del cristianismo; con el pretexto de evitar los excesos de los falsos místicos, caían en otros. Nunca deja de suceder esto a todos los censores que vituperan por inclinación y sin reflexión.
     En el día los incrédulos acusan a los cristianos en general de ser gnosimacos, enemigos de las letras, de las ciencias y de la filosofía; según ellos, el cristianismo ha retardado los progresos de los conocimientos humanos; no tiende mas que a destruirlos y a sumirnos en las tinieblas de la barbarie.
     Sin embargo, entre todas las naciones del universo no hay ninguna que haya hecho tantos progresos en las ciencias como las naciones cristianas; las que abandonaron el cristianismo después de haberlo conocido, han vuelto a caer en la ignorancia; sin el cristianismo, los bárbaros del Norte que inundaron la Europa en el siglo V hubieran destruido hasta el ultimo germen de los conocimientos humanos; y sin los esfuerzos que han hecho los príncipes cristianos para contener las conquistas de los mahometanos, estaríamos actualmente sumidos en la barbarie que reina entre ellos, he aquí cuatro hechos principales que desafiamos a los incrédulos a que se atrevan a poner en duda; ahora oigámoslos.
     En el Evangelio, Jesucristo da gracias a su Padre por haber ocultado la verdad a los sabios para revelarla a los niños y a los ignorantes; llama dichosos a los que creen sin ver. (Mat. XII, 25 Juan XX, 29). San Pablo no cesa de declamar contra la filosofía, contra la ciencia y la sabiduría de los griegos; se exige de un cristiano que crea ciegamente en la doctrina que se le predica, sin saber si es verdadera o falsa. Desde el origen del cristianismo, sus sectarios no se han ocupado mas que en frívolas disputas sobre materias ininteligibles; han descuidado el estudio de la naturaleza, de la moral, de la legislación, de la política, las únicas capaces de contribuir al bien de la humanidad. Los PP. de la Iglesia han apagado la antorcha de la crítica, han hecho todos sus esfuerzos para suprimir las obras de los paganos, han vituperado el estudio de las ciencias profanas, no ha consistido en ellos el que no estemos reducidos a la única lectura de la Biblia, como los mahometanos a la del Alcorán, he aquí grandes argumentos, debemos examinarlos detenidamente y a sangre fría: ninguno destruye los cuatro hechos que hemos establecido.
      Preguntamos si los ignorantes que creyeron en Jesucristo a la vista de sus milagros y de sus virtudes, no han sido mas sabios y razonables que los doctores judíos que rehusaron creer en él, a pesar de la evidencia de sus pruebas, y si los incrédulos pretenden justificar el terco fanatismo de los judíos. A menos que no tomen este partido, se verán precisados a confesar que no hizo Jesucristo mal en bendecir a su Padre por haber inspirado mas docilidad, sensatez y sabiduría a los primeros que a los segundos. También sostenemos que un ignorante, que cree en Dios y en Jesucristo, razona mejor que un filósofo que abusa de sus conocimientos abrazando y predicando el ateísmo, y no se sigue nada contra la utilidad de la verdadera filosofía.
     El Salvador dijo a un apóstol que no había querido creer en el testimonio unánime de sus colegas, que mejor hubiera sido para él creer sin haber visto: ¿era laudable la indocilidad de este apóstol? lo mismo que la de los incrédulos del día.
      Sabemos a qué se habían dirigido la ciencia, y la pretendida sabiduría de los filósofos griegos: a desconocer a Dios en sus obras, a no darle ningún culto, a conservar la idolatría y todas sus supersticiones, a ser tan viciosos como el pueblo, que debían haber ilustrado y reformado: he aquí de lo que los acusa San Pablo. (Rom. I, 18 y sig.). Tenia razón, y mientras que los partidarios de la filosofía continúen haciendo de ella el mismo abuso, nosotros sostendremos como el Apóstol que su pretendida sabiduría no es mas que una locura, capaz de pervertir a las naciones y consumar su ruina como lo ha hecho con los griegos y romanos. No es pues el cristianismo, sino la falsa filosofía, la que desacredita y hace odiosa la verdadera sabiduría; los incrédulos quieren acriminarnos de lo que solo ellos son culpables.
     San Pablo por otro lado preveía el desorden que iba a tener lugar bien pronto, y que empezaba ya en su tiempo; sabia que filósofos pertinaces y mal convertidos introducirían en el cristianismo su genio orgulloso, disputador, quisquilloso, temerario,y harían nacer las primeras herejías, previene a los fieles contra este escándalo. (Colos. II, 8). Su predicción se ha verificado completamente. En el dia nuestros filósofos nos acaban de echar en cara las disputas del cristianismo, de que han sido los primeros autores sus predecesores, ellos mismos las renuevan todavía rejuveneciendo los rancios sofismas de los antiguos.
      No es cierto que se exija del cristiano una fe ciega, que se le obligue a creer una doctrina, sin saber si es falsa o verdadera. Un cristiano está convencido de que su doctrina es verdadera, porque está revelada por Dios, y está seguro de la revelación por hechos de los que depone el universo entero, por motivos invencibles de credibilidad. Es absurdo exigir otras pruebas, pruebas intrínsecas, razonamientos filosóficos sobre el fondo mismo de los dogmas; de otro modo un ignorante estaría autorizado a no creer ni aun en un Dios.
     ¿No son mas bien los incrédulos los que exigen una fe ciega en sus sistemas? Muchos han confesado que la mayor parte de sus discípulos creen bajo su palabra, abrazan el ateísmo, el materialismo, o el deísmo, sin hallarse en estado de comprender su fondo ni consecuencias, de comparar las pretendidas pruebas con las dificultades; que son incrédulos por libertinaje, y no por convicción. Por otro lado vemos en sus obras que los que hablan mas alto son los que saben menos.
      Antes del nacimiento del cristianismo, los griegos, nación ingeniosa, si hubo alguna, habían estudiado la naturaleza, la moral, la legislación, la política durante mas de quinientos años, ¿y habían hecho grandes progresos? No hace todavía seiscientos años que hemos despertado de un profundo sueño, y ya se pretende que estamos mucho mas adelantados que ellos. La naturaleza, el clima, las causas físicas, ¿nos han valido mas? Nada de esto creemos. Es necesario pues que una causa moral haya contribuido a ello; ¿y puede ser otra que la religión? Sin los monumentos que nos ha conservado, sin los conocimientos que nos ha dado, todavía no habríamos adelantado un paso.
     Desde que nuestros filósofos han sacudido el yugo de toda religión, su entendimiento sublime no es ya contenido por las trabas del cristianismo: si exceptuamos algunos descubrimientos de pura curiosidad, ¿qué nos han enseñado en materia de moral y legislación? Errores groseros o cosas que se sabían antes de ellos. Se creen criadores, porque ignoran lo que se escribió en los siglos anteriores.
      Por un efecto de esta ignorancia acusan a los PP. de la Iglesia de haber apagado la antorcha de la crítica. ¿Quién la había encendido antes de los PP. para que estos pudiesen apagarla? Orígenes y San Jerónimo fueron los primeros que siguieron sus reglas para procurar a la Iglesia copias correctas y versiones exactas de los libros santos. En estos últimos siglos no se ha hecho masque reducir a arte y método la marcha que habían seguido en sus trabajos.
     Tenemos mucha razón para echar en cara a los incrédulos que ellos son los que apagan la antorcha de la crítica. Por autentico que sea un documento antiguo, basta que los incomode para que lo juzguen sospechoso; cuando un pasaje les es contrario, acusan a los cristianos de haberlo alterado o interpolado; ningún autor les parece digno de fe, si no ha sido pagano o incrédulo; deprimen a los escritores mas respetables para elevar hasta las nubes a los impostores más desacreditados; exigen para vencer su pirronismo histórico un grado de evidencia y de notoriedad que nunca ha pedido un crítico.
      Se calumnia a los PP. sin ninguna prueba, cuando se les acusa de haber suprimido o hecho perecer las obras de los paganos o de los enemigos del cristianismo. Han perecido casi tantas obras de autores eclesiásticos los mas apreciados como de autores profanos. No son los PP. los que han quemado las bibliotecas de Alejandría, de Cesarea, de Constantinopla, de Hipona y de Roma; ellos son al contrario los que nos han conservado los escritos de Celso y de Juliano contra el cristianismo. Ha sido necesario hacer las investigaciones mas exactas y difíciles para tener conocimiento de los libros de los rabinos, y los teólogos son los que los han publicado; no hubieran sido conocidas muchas producciones de los incrédulos, sin la refutación que han hecho de ellas nuestros apologistas. San Gregorio, papa, es el que ha sido mas acusado entre los PP. de haber hecho quemar los libros, lo vindicaremos en otro artículo.
     Pero nos atrevemos a asegurar confiadamente que si hubieran sido árbitros nuestros adversarios, no hubiesen dejado subsistir un solo libro favorable al cristianismo.