viernes, 31 de octubre de 2014

Tres Credos a la Santísima Trinidad

     Pidiendo una buena muerte y nos libre de los males que se expresan en los ofrecimientos.
Dios y supremo Señor, 
Rey de los cielos y tierra: 
del hambre, la peste y guerra 
líbranos por tu amor.

A Dios Padre
     Creo en Dios Padre, etc.
     Suplico, Dios Padre, me libres de muerte súbita y desapercibida y de pecado mortal; haz que sea auxiliado con los Santos Sacramentos y buena disposición.

A Dios Hijo
     Creo en Dios Padre, etc.
     Suplicóte, Dios Hijo, Criador y Juez, ordenes mi vida de manera que te dé buena cuenta de ella cuando me la pidas.

A Dios Espíritu Santo
     Creo en Dios Padre, etc.
     Suplicóte, Dios Espíritu Santo, me des gracia santificante hasta la muerte, y me libres de las penas del infierno. Amén.
     Dios Padre, yo te ofrezco mis pensamientos buenos: haz que todos lo sean. Dios Hijo, yo te ofrezco mis palabras buenas: haz que todas los sean. Dios Espíritu Santo, yo te ofrezco mis obras buenas: haz que todas lo sean. Bendita y alabada sea la Santísima Trinidad, que crió a María Santísima para tanto bien y remedio nuestro. Amén.

Ofrecimiento
     Altísima Trinidad, Dios y Señor mío: conozco que nada soy, que nada tengo ni me es posible tener: sólo lo que tu divina Majestad me ha dado y quiera concederme. De todo te doy infinitas gracias y alabanzas, y me ofrezco todo tuyo por tu esclavo ahora y siempre prometiendo estar a tu voluntad santísima en esta vida, hasta ir a cantar tus misericordias en la gloria. Amén.

Acto de Sumisión
     Dios mio, venerando profundamente los designios de tu Providencia, dejo a tu disposición mis bienes, mis esperanzas, mi honra, mi salud, mi vida: cuanto poseo, cuanto amo, cuanto necesito y cuanto soy, humildemente resignado en todo a su voluntad santísima; sólo te pido y espero de tu infinito amor, como mi Dios, mi Criador, mi Bienhechor y mi Padre, que te dignes concederme los auxilios de tu divina gracia para que lleve con modestia la prosperidad, con paciencia las adversidades, con fortaleza las tribulaciones, y que, cumpliendo puntualmente en cualesquier estado y condición tus preceptos en la tierra, merezca acompañarte y bendecirte por toda la eternidad entre los bienaventurados en el cielo. Amén.

Jesús en el Santísimo Sacramento
     ¡OH divino Jesús, solitario por las noches en tantos tabernáculos, sin quien te visite ni adore! Yo te ofrezco mi solitario corazón, y deseo que cada una de sus pulsaciones sean otros tantos actos de amor tuyo. Tú estás siempre vigilando bajo los velos sacramentales; tu amor nunca duerme, y jamás te cansas de cuidar a los pecadores.
     ¡Oh amante Jesús, oh solitario Jesús! ¡Ojalá mi corazón fuese una lámpara cuya luz brillara y despidiera rayos de amor para Ti solo! Vela sacramental Centinela; vela por el dormido mundo, por las almas extraviadas y por tu pobre y solitaria hija.
     “Yo conozco que los sufrimientos presentes no pueden ser comparados con la gloria venidera que nos será revelada.” (San Pablo)
     Paciencia por hoy, alma mía. El día de mañana será como Dios quiera; entretanto, hagamos su santa voluntad. El día de ayer pasó ya, y todo lo que he sufrido pasó también; nada quedó sino el mérito ganado, si he sufrido mis sufrimientos con mérito. Después de todo, los días son muy cortos.
     Mi Dios, yo no puedo menos que ofrecerte los afectos, los sufrimientos y las fatigas de un corto día.
      ¡Ojalá, mi divino Maestro, que lo que yo tengo que padecer en él sea por tu amor! Amén.

Oración a la Preciosa Sangre de Cristo
     Santísimo Padre Eterno, yo te ofrezco la preciosísima Sangre, vida Pasión y muerte de tu santísimo Hijo, en satisfacción de todos los pecados y penas que por ellos temo y he merecido; lo mismo te ofrezco por cada uno de mis hermanos los pecadores por Él redimidos, y ofrezco también las virtudes, penas y amarguras de María Santísima y de todos los Santos por cada una de las almas del Purgatorio, Señor, por todo esto danos el perdón y la paz, y líbranos de los enemigos de tu Iglesia. Amén.

ORACION
A la Preciosa Sangre de Cristo por la Conversión de los Pecadores
     SANTISIMO Padre Eterno, yo te presento la Sangre preciosa de Nuestro Señor Jesucristo, su tierno y amante Corazón, su santísima vida, Pasión y muerte, los méritos de María Santísima y su purísimo Corazón, y hago intención de hacerte este ofrecimiento tantas veces cuantas gotas de agua tiene el mar, arenas la tierra, hojas las plantas, estrellas el firmamento, criaturas el universo, átomos el sol, y otras tantas cuantas te la han ofrecido las almas justas en la tierra y los bienaventurados en el cielo, y te ofrezco y presento estos infinitos méritos por todas las necesidades presentes, enfermos, caminantes, navegantes y cautivos; por nuestro Santísimo Padre el Papa, por los que nos gobiernan, por todos los príncipes cristianos, por los que están en pecado mortal, y en alivio y descanso de las benditas almas del Purgatorio. Amén.

ORACIÓN Y ACTO DE CONSAGRACIÓN
     RENDIDO a vuestros pies, ¡oh Jesús mío!, considerando las inefables muestras de amor que me habéis dado y las sublimes lecciones que me enseña de continuo vuestro adorabilísimo Corazón, os pido humildemente la gracia de conoceros, amaros y serviros como fiel discípulo vuestro, para hacerme digno de las mercedes y bendiciones que, generoso, concedéis a los que de veras os conocen, aman y sirven. ¡Mirad que soy muy pobre, dulcísimo Jesús, y necesito de Vos como el mendigo de la limosna que el rico le ha de dar! ¡Mirad que soy muy rudo, oh soberano Maestro, y necesito de vuestras divinas enseñanzas para luz yagonizantes, guía de mi ignorancia! ¡Mirad que soy muy débil, oh poderosísimo amparo de los flacos, y caigo a cada paso, y necesito apoyarme en Vos para no desfallecer! Sedlo todo para mí, Sagrado Corazón: socorro en mi miseria, lumbre de mis ojos, báculo de mis pasos, remedio de mis males; auxilio en toda necesidad. De Vos lo espera todo mi pobre corazón; Vos lo alentasteis y convidasteis cuando con tan tiernos acentos dijisteis repetidas veces en vuestro Evangelio: “Venid a Mí... Aprended de Mí... Pedid... Llamad.” A las puertas de vuestro Corazón vengo, pues, hoy, y llamo, y pido, y espero. Del mío os hago, ¡oh Señor!, firme, formal y decidida entrega. Tomadlo Vos, y dadme en cambio lo que sabéis me ha de hacer bueno en la tierra y dichoso en la eternidad. Amén.
     Aquí rezará tres veces el Padrenuestro, Avemaría y Gloria, en recuerdo de las tres insignias, Cruz, Corona y Herida de la lanza, con que se apareció el Sagrado Corazón a la beata Margarita de Alacoque.

jueves, 30 de octubre de 2014

SAN IGNACIO DE LOYOLA (16)

LIBRO III
EL MAESTRO ESPIRITUAL
 Capítulo Décimocuarto
LA DOCTRINA ESPIRITUAL DE IGNACIO DE LOYOLA

     Laínez tenía costumbre de decir que Ignacio de Loyola era un hombre de pocas verdades. Esta frase expresiva, de un contemporáneo y un familiar, nos invita a creer que no debe de ser muy difícil el encontrar y poner en relieve la doctrina espiritual del futuro fundador de la Compañía de Jesús. (1)
     Esta doctrina es esencialmente una doctrina de combate. Del análisis que Iñigo hizo de sí mismo, obtuvo una vista clara de las fuerzas permanentes coaligadas, que tienden a arruinar el reino de Dios en los corazones. En el curso de su vida, en Loyola, en la Corte, en Manresa, en Barcelona, en Alcalá, en París, tuvo mil ocasiones de persuadirse que su historia íntima era la misma de muchos otros. De allí la convicción profunda que tenía, de que la gran desgracia de los hombres es la de no querer vencerse a sí mismos. Fue a esta victoria de sí mismo a lo que él se anima y a la que trata de animar a todos aquellos a quienes se acerca. El título que da a sus Ejercicios Espirituales es su fórmula capital, encierra en una sola palabra su programa personal, el que propaga y propone en torno de sí, según las ocasiones, con un celo que nada es capaz de detener.
     Sin esta victoria es imposible ser un hombre razonable, un discípulo de Jesucristo, un salvador de almas. Aquel que no domina sus pasiones será infaliblemente dominado por ellas. Un cristiano que retroceda ante la abnegación de sí mismo se aparta de los ejemplos y de las lecciones de Jesucristo; porque ¿qué otra cosa fue la vida de Jesucristo sino un holocausto perpetuo? y cuando quiso encerrar en una sola frase toda la moral de su Evangelio, ¿qué otra cosa dijo sino esto: “Renunciados a vosotros mismos”? Este renunciamiento completo y constante de la concupiscencia es la indispensable condición de la vida verdadera. La historia de los santos, apóstoles auténticos del cristianismo, lo prueba hasta la evidencia. Antes de predicar, se vencieron a sí mismos; rechazaron todas las sugestiones diabólicas y todas las máximas mundanas que favorecen las pasiones; sus mismas predicaciones no son otra cosa que una guerra pública sin tregua al orgullo, a los honores y a las riquezas, que pierden a las almas, arrastrándolas fuera de los pasos de Jesucristo y de los mandamientos de Dios.
     Quien quiera que pretenda, pues, reformar a la Iglesia, o reformarse a sí mismo, no puede tomar más que un solo camino: el de la total abnegación de sí mismo. Es una guerra a la que hay que resolverse. La vida según Dios no tiene otro precio. Esperar a la muerte para arreglar su conducta es peligroso, es indigno de un hombre. Corregirse tan sólo en aquello que está prohibido, corre el peligro de no ser más que un paliativo. Ir generosamente de un salto al despojo evangélico es lo más seguro, lo más lucrativo, lo más generoso. Todos tienen que ofrecerse a ello con sinceridad e insistencia: y Dios no dejará de dar a conocer que le agrada aquella ofrenda. Y aun en el caso en que se contentara El con un testimonio de buena voluntad, sin embargo la vida evangélica debe permanecer ante las miradas de aquel que Dios destina a vivir en el mundo, como un ideal supremo. Todo cristiano debe llevar este ideal en su alma, no solamente como el recuerdo de una visión atractiva, sino como una luz cuyas claridades guiarán toda su conducta, hasta el punto de usar de este mundo como si usara de él, según las palabras de San Pablo. Y así queda asegurada la sumisión humilde que la criatura debe a su Creador, la imitación con la que el cristiano debe seguir a Jesucristo, el amor de Dios, en fin, en el que se resume toda la religión aquí abajo, toda la vida bienaventurada en el cielo.
     Fuera de esto ¿qué es lo que esperan los hombres? La experiencia de Lucifer y de Adán es decisiva. Pecaron y merecieron el infierno. Es al mismo abismo, por el camino de la misma rebelión, a donde llegarán todos aquellos que no quieren vencerse a sí mismos. Y mientras llega el castigo de la justicia divina no pueden ser a sus propios ojos más que un objeto de horror y de disgusto, algo así como una postema purulenta siempre abierta.
     La gloria de Dios, la salvación del hombre, la reforma de la Iglesia, exigen imperiosamente que cada uno abrace el estado que Dios quiere. La voluntad de Dios debe de ser para cada uno la regla suprema y universal: la regla de los placeres y de las liberalidades, la regla de las decisiones cualesquiera que sean, la regla de las elecciones entre las innumerables criaturas del orden material, humano y sobrenatural, que se encuentran en el camino de la vida. En tanto que la determinación de esta voluntad divina no se conoce, la libertad debe permanecer en equilibrio, como una balanza que no tiene ninguno de sus platillos cargado. Pero hay que notar que és la voluntad general de Dios que el hombre violente las tendencias que se oponen a su Ley santa. Tomar este partido atrevidamente, es asegurar el orden en sí mismo, arreglar la carrera de la vida de manera que se llegue a alcanzar su fin. Todo el plan divino está en esto.
     El demonio se constituye enemigo de este plan. Un enemigo capital e implacable. Desde el paraíso terrestre, no ha dejado de tentar a los hombres para perderlos. Su táctica es conocida; si bien logra hacer víctimas innumerables, es fácil resumirla en tres palabras: puntos de ataque bien escogidos; operaciones secretas; asaltos tanto más furiosos cuanto la resistencia sea más débil. Cuando las almas son cobardes, Satanás les propone directamente el mal. La imaginación se exalta frente a las perspectivas del placer que le presenta ante los deslumbrados ojos; y una vez que se ha cometido el mal sugiere que el perdón de Dios es imposible, o que es imposible la dominación de los instintos. ¡Lazos groseros en los que la pobre humanidad se ha dejado prender, desde hace siglos! Los buenos no están exentos de sus emboscadas. Todos los hombres son imágenes de Dios y coherederos de Jesucristo. Y en todos trata de borrar la semejanza divina; y a todos trata de arrancar su parte de herencia eterna. Pero, con los buenos se hace muy fino, sutiliza, usa de astucia. Los conquista bajo la apariencia del bien. Y así, en toda ocasión se muestra mentiroso y homicida como en los primeros días del mundo. La vigilancia es, pues, de rigor, con la firme resolución de hacer siempre lo contrario de lo que propone. En esto está la prudencia y la salvación.
     Los buenos deben de pensar, además, que Dios es más solícito y más poderoso para salvarlos que no es el demonio para perderlos. Los buenos ángeles velan y ayudan, el Espíritu Santo ilumina y fortalece. ¡Benditos y bienhechores soplos del cielo, que pasan sobre las almas cristianas, para inflamarlas en el amor divino, levantarlas a las alturas, asociarlas, desde esta tierra, a los goces y a la paz del Paraíso! Cuando llegan estas horas es necesario aprovecharlas, a fin de servir a Dios con más generosidad. Cuando el alma cae sobre sí misma, le parece que toda luz se extingue, y que en estas tinieblas, lejos de Dios que se oculta, la fidelidad se hace penosa; entonces deben de recordarse las pasadas visitas, esperar firmemente otras visitas futuras, y permanecer firme en la práctica del deber. En estas alternativas, de días luminosos y de días obscuros, de consolación y de desolación, la virtud se engrandece y se fortalece, los méritos se añaden a los méritos, y se establece en el alma la humilde convicción de que ella es nada y que Dios es todo. Esta es la verdadera ciencia de la santidad.
     Esta ciencia nunca se aprende perfectamente; es preciso ponerse en su escuela toda la vida para aprender a aprovecharse de los auxilios divinos para saber burlar los esfuerzos diabólicos, para dominar los instintos perversos, y para establecer por fin el reino de Dios por medio de incesantes victorias. Los Ejercicios Espirituales son indispensables para quien quiera conservar y desarrollar sus fuerzas cristianas. La analogía con las leyes de la vida material sugiere esta conclusión. La experiencia de los santos la pone en evidencia. La meditación cotidiana, el examen cotidiano de la conciencia, el hábito de la penitencia, la confesión y la comunión frecuentes, son el secreto de los santos pensamientos, de los grandes deseos, de las valerosas resoluciones, y de una fidelidad a Dios que nunca se desmiente.
     Y si, enmedio de los dolorosos esfuerzos que se hagan para poner siempre la voluntad divina por encima de todo, las palabras engañosas de los herejes o de los relajados cristianos amenazaren oscurecer la fe, enfriar el amor, debilitar el valor, romper el entusiasmo, que se acuerden todos de que Jesucristo ha prometido a la Iglesia Docente de Roma la asistencia que la conservará en la verdad. Escuchar dócilmente a esta Iglesia, en todo lo que ella enseña, ordena y aconseja, creer en sus dogmas, seguir sus leyes, respetar sus instituciones, practicar la observancia de su culto, es el deber y la seguridad; de este modo todos probarán su fe en las promesas hechas por Cristo a su esposa, su amor hacia la Iglesia que es una madre, y la sinceridad de su espíritu católico.
     Para renovar este espíritu en toda su pureza, para convencerse más profundamente de la necesidad de frecuentar los sacramentos, de practicar la penitencia, de orar y de meditar, nada es más útil que un retiro. Separado de los suyos y de los negocios, de las costumbres cotidianas, el hombre está más apto para comprender por qué se vive en este mundo, cuán grande es la desgracia del pecado, la belleza de los ejemplos de Jesucristo, desde el pesebre al Calvario, el deber de imitar a este modelo de los elegidos, la gran ley en fin del amor que encierra toda la religión. La soledad completa, las reflexiones serias, las oraciones constantes, la docilidad a un director, la generosidad de una alma pronta a todos los movimientos de la gracia, llevan necesariamente a la conversión, a la transformación. Es un hecho de experiencia. ¿Quién no está de esto persuadido a priori? ¿Acaso Dios no quiere nuestra salvación y nuestra perfección, más que nosotros mismos podríamos quererla? ¿Acaso el Padre que nos ha dado a su Hijo nos rehusaría las gracias más extraordinarias? ¿Pero que son éstas, en comparación de Aquel en quien están todos los tesoros de la divinidad?
     La verdad es que nosotros no sabemos lo que Dios haría de nosotros, si estuviéramos enteramente decididos a entregarnos a El por completo, para que disponga de nosotros según su beneplácito. Y precisamente porque los Ejercicios Espirituales están excelentemente adecuados a provocar la generosidad del alma, es por lo que son un instrumento tan eficaz de conversión. Es imposible ponerse sinceramente en esta escuela sin sacar de ella el deseo y la fuerza de vencerse a sí mismo, por el amor de Cristo.
     Se pueden prolongar los Ejercicios, se les puede también acortar. Todo depende de las circunstancias de tiempo y de personas. En general, las meditaciones llamadas de la primera semana, destinada a la purificación de la conciencia, son propias para el mayor número y les bastan. Pero si se trata de afinar las almas y de formar un grupo de selectos, el conjunto de todas las verdades indicadas en el libro debe proponérseles; en igualdad de circunstancias, el ejercitante ganará tanto más cuanto más persevere, hasta una treintena de días, en la soledad y en la oración. Este largo espacio de tiempo no es demasiado para penetrarse a fondo de las lecciones esenciales de la ascética cristiana.
     Sin embargo, no hay que creer que semejantes esfuerzos produzcan automáticamente la santidad definitiva. Ignacio mismo dice en el título de su libro, que sus Ejercicios son para ayudar al alma a vencerse. Para crear hábitos como instintivos de virtud, es necesario generalmente algún tiempo; la intensidad de los hábitos, según lo nota Santo Tomás, (2) puede abreviar el tiempo necesario, y lo abrevia en efecto, pero es un hecho de experiencia universal que los hábitos inveterados son los más difíciles de desarraigar. Si, pues, alguno quiere fijarse en el bien y durar en un fervoroso servicio de Dios, será necesario que continúe alimentando su fervor y fortaleciendo su voluntad, como los Ejercicios le enseñaron a hacerlo.
     Prescindiendo por ahora de la cuestión del amor, de la que hablaremos después, esta es brevemente y en parte la síntesis de la doctrina espiritual que Ignacio de Loyola ha diseminado por fragmentos, y en apariencia sin cohesión, en las páginas, bien cortas, de los Ejercicios Espirituales.
     A través de la multitud de anotaciones, de adiciones, de meditaciones, de contemplaciones y de reglas, que parecen dividir este libro en compartimientos multiplicados a profusión, se encuentra en cien lugares de él el mismo pensamiento: gobernarse, vencerse. Actos de gobierno de sí mismo: las precauciones tomadas para asegurarse la soledad y el recogimiento; la concentración de las potencias intelectuales y afectivas sobre una verdad dada; la determinación de una resolución práctica. Victoria sobre sí mismo: la práctica de la temperancia y de la penitencia, la reacción contra la triple concupiscencia, contra las sugestiones del diablo y del mundo; la oración prolongada a pesar del cansancio, las instantes súplicas repetidas hasta que se haya obtenido el valor de conducir a la naturaleza, que se rebela constantemente, hasta el sacrificio que la inmola. Actos de gobierno de sí mismo: el examen de la meditación, revista diaria de la conciencia, discernimiento de los movimientos interiores que se experimentan, la cuestión que se impone antes que cualquiera decisión: ¿de qué me servirá esto el día de mi muerte o del juicio? Victorias sobre sí mismo: el retiro, la meditación, la resolución de enmendar la vida, la conformación con los ejemplos del Salvador, la sumisión filial a la Iglesia.
     Muchas veces se expresa la fórmula en términos formales, aunque más veces se la presupone: el “Vencerse” se presenta en todos los Ejercicios Espirituales en cada página, en cada rincón. Es por decirlo así, lo esencial del librito, precisamente porque es indispensable a lo esencial de la vida espiritual.
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     Esencialmente la vida espiritual consiste en la presencia, la conservación y el aumento en nosotros de la gracia santificante. Por esta gracia, somos las ramas vivas de la mística viña, de la que Jesucristo es el tallo. La circulación, el enriquecimiento de la savia divina en nosotros no podrá asegurarse, sin la eliminación constante de los elementos capaces de secarla y ahogarla. Ahora bien, esta eliminación es lógicamente la victoria de nosotros sobre nosotros mismos; esto es: el dominio de la naturaleza por lo sobrenatural, la destrucción del hombre viejo bajo los golpes del hombre nuevo.
     Los motivos que pueden determinar a un cristiano a esta destrucción pueden presentarse bajo fórmulas diversas. Ignacio tiene las suyas deliberadamente preferidas: la humildad y la magnanimidad. La humildad, dice Santo Tomás (3), trae consigo principalmente la sumisión del hombre a Dios. Ignacio tiene una gran idea de la Majestad divina, de los derechos soberanos de Dios. El Rey eterno le aparece en la cumbre de todas las cosas, en una perfección muy alta; se ve a sus pies muy bajo, muy cercano de la nada, e indigno de sus miradas a causa de sus pecados. Háblate como un servidor a su señor; se pone en su presencia en una actitud penetrada de respeto, gusta de medir la distancia infinita que le separa de Dios, como para hundirse más aún en el sentimiento de su nada. Para un corazón anonadado de esta manera, ¿qué habrá de más augusto, de más sagrado, de más inviolable que la voluntad de Dios? De tal manera está sometido a Dios, que no podrá vacilar —aunque le prometieran todas las riquezas y todos los honores— entre una satisfacción dada a la mala naturaleza y una violación grave, o aun ligera, de la voluntad divina. La voluntad divina tal como se manifiesta en el Decálogo, en los Mandamientos de la Iglesia, en los acontecimientos exteriores y las inspiraciones interiores, es la regla que debe obedecer siempre el corazón humilde formado en la escuela de los Ejercicios.
     Pero Dios no es solamente nuestro soberano. Sin dejar de ser Dios, por la encamación se ha hecho nuestro compañero en el camino, nuestro hermano de armas. De allí el lugar que Jesucristo ocupa en los Ejercicios de los que es verdaderamente el centro. Aun antes de que se desarrolle su historia en las meditaciones de la segunda, tercera y cuarta semana, su recuerdo hace irrupción en la meditación del pecado y del infierno. Después, su persona se presenta como la de un Jefe adorable y apasionadamente amado, en las dos contemplaciones típicas del Reino y de las Dos Banderas. Allí brota este sentimiento de magnanimidad, que caracteriza a Ignacio de Loyola y que quiere, juntamente con la humildad, inculcar en todo discípulo de los Ejercicios Espirituales. El sentimiento feudal de fidelidad que, desde la meditación fundamental, concluía por determinar al ejercitante a un perfecto servicio de un señor soberanamente perfecto, se matiza aquí con una adhesión profunda, en la que más aun que la ternura, dominan un entusiasmo guerrero y una abnegación caballeresca. Este magnánimo, ganado para Jesucristo, tiene necesidad de acción y de sufrimientos por El, en la mayor cantidad posible. No se contentará sino con proezas que lleguen hasta la locura.
     Los sentimientos del tercer grado de humildad, las oraciones generosas que terminan las dos contemplaciones del Reino y las Dos Banderas, la regla de conducta formulada al fin de la nota sobre la enmienda de la vida, presuponen corazones nobles y grandes en los que palpite un valor apasionado. De este valor, Cristo es la causa eficiente, ejemplar y final. De El se espera la gracia de este valor; mirándole se anima uno a ser valeroso; y, si con sus socorros y bajo su mirada se implora este valor, es no obstante tan sólo para su gloria. Porque se le ama con un amor único, se le seguirá hasta el camino sangriento. Ningún peligro le intimidará, ningún obstáculo le detendrá. Morir será un premio y la suprema victoria.
     Así aparece la armonía profunda de los dos sentimientos, en apariencia contrarios, que Ignacio quiere imprimir en el corazón del que le escucha. Puede parecer que la humildad va a inmovilizar al hombre en la inercia, mientras que la magnanimidad lo extraviará en la petulancia. Pero la humildad, considerando la miseria humana, le guarda de toda jactancia; y la magnanimidad, apoyándose sobre el poder de Dios, desarrolla sin fin el espíritu de empresa, aun frente al bien más difícil. En el servicio del Señor, siguiendo a Jesucristo, el corazón formado en la escuela de los Ejercicios tiene la confianza en el éxito, la seguridad en el peligro, la magnificencia en el empleo de los medios, la paciencia en las pruebas, la perseverancia en el esfuerzo hasta el término fijado; porque jamás deja de pedir a Dios la fuerza, y de tributar a Dios la gloria del mal que evita y del bien que obra.
     Después de dicho esto, parece superfluo examinar largamente el reproche que se hace a los Ejercicios Espirituales de mecanizar la oración y la virtud.
     Los que así hablan, se detienen en algunas reglas formuladas en las adiciones y no ven ninguna otra cosa más. En esto no está la sustancia del libro, ni lo principal de las intenciones del autor. O todo lo que acabamos de decir de la ascética ignaciana es falso, o la crítica que indicamos aquí no es sino una violenta inexactitud. Ignacio sugiere algunas precauciones materiales, tales como la privación de la luz, cuando se meditan las verdades severas; el recuerdo del asunto de la meditación en el momento de levantarse o de acostarse; la suspensión y el recogimiento del espíritu antes de comenzar la oración; la cuenta diaria de las faltas cometidas, etc. Si se cree en la eficacia de estos actos, es porque se tiene por garantía la psicología humana y la experiencia. Y si encarga con insistencia que se sea fiel a esto, no es para persuadir al ejercitante que lo esencial de la vida espiritual consiste en estos detalles. Nunca un discípulo inteligente de los Ejercicios podrá olvidar que la vida espiritual consiste en la reciprocidad del amor que se da a Dios.
     Hay quienes juzgan complicado y frío el método de oración de acuerdo con el ejercicio de las tres potencias del alma, y el análisis sucesivo de las personas, de las palabras y de los actos en los misterios de la vida de Cristo. El reproche es formulado con más rapidez que la que se necesita para justificarlo. ¿Quién es capaz de meditar, sin un recuerdo, sin reflexiones y afectos? ¿Y quién es aquel que logre representarse una escena del Evangelio, sin ver ni oír de alguna manera a aquellos de quienes se cuenta la historia?
     Las indicaciones de los Ejercicios no son sino la descomposición metódica del juego natural de nuestras facultades, desde el momento en que se aplican a algún hecho o a una verdad de fe. Por lo demás antes que San Francisco de Sales lo hubiera dicho tan bien, (4) Iñigo de Loyola pensaba que en la meditación, los recuerdos se evocan para pensar, los pensamientos para sentir, los afectos para las resoluciones y las resoluciones para el mejor servicio de Dios. (5) Y luego, todo un hombre profundamente místico como él ¿podría desconocer que en la oración como en toda otra acción sobrenatural, la acción divina es soberanamente libre? El texto mismo de las anotaciones lo expresa claramente; y la correspondencia del santo muestra qué docilidad, qué simplicidad aconsejaba en la oración.
     Se ha llegado hasta a reprochar al autor de los Ejercicios el dirigir exclusivamente la oración a la práctica de las virtudes. Reserva pesimista, se dice, injuriosa a Dios y dañosa a las almas cristianas. Pero se puede preguntar si el optimismo contemplativo, que se opone al vigoroso realismo de Iñigo de Loyola, no es sino un desconocimiento de la pobre naturaleza humana y de las leyes normales de la Providencia en la distribución de las gracias de Oración. (6) Lo que falta a la mayoría de los cristianos, es la dominación de sus pasiones; y la vida de los santos revela que alcanzaron los dones celestes al precio de la crucifixión de la concupiscencia. Contra esta doble constatación de la historia, todos los sueños son vanos, despreciables todas las teorías. Para la gloria de Dios y la santidad de la Iglesia, es indispensable que las almas adquieran el hábito de vivir fuera del dominio del mal. Cuanto más se multiplique esta raza fuerte de servidores de Dios, más numerosos serán los verdaderos contemplativos. Admitido en su oración de Manresa a penetrar en los más altos y más dulces secretos de Dios, Ignacio no puede ser el enemigo de la oración llamada contemplativa. De todas las escuelas abiertas desde hace siglos a la formación de almas escogidas, la de los Ejercicios Espirituales es quizá la que solicita más directamente el generoso sacrificio de sí mismo por el motivo más elevado y más seguro. Ahora bien, dicen los maestros de la mística y la experiencia que el Señor acostumbra complacerse en dar sus más maravillosas gracias de oración a los corazones más amorosamente inmolados. Lejos, pues, de cerrar la puerta a la contemplación, la espiritualidad ignaciana la prepara, para la hora en que a Dios le agrade, como Señor soberano de los destinos.
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     Desde los primeros días que siguieron a su conversión total, Ignacio infundía en torno suyo su espíritu. Manresa, Barcelona, Venecia, Jerusalem, Alcalá, Salamanca, París, oyeron de sus labios la predicación de la antigua fórmula evangélica: “Si alguno quiere venir en pos de mí que se renuncie a sí mismo”. Ignacio decía esto, como hombre del siglo XVI, nacido en la España de Fernando el Católico, que había llevado espada. Pero a través del lenguaje que tiene, propio de su tiempo, de su raza y de su condición, brilla la la misma verdad que resplandecía en los discursos orientales del Salvador. Y según el ejemplo de Jesucristo, daba a su palabra el apoyo de sus ejemplos, persuadía a aquellos que le escuchaban al heroísmo en la abnegación.
     Y el tiempo, al modificar el cuadro exterior de su vida, no cambiará nada de su doctrina. Si en el curso de sus estudios, añade alguna cosa al libro cuyos primeros datos, en cierto sentido, vienen desde Loyola, será siempre según la lógica del pensamiento capital comprendido desde sus principios. Precisamente porque es un hombre de pocas verdades y que su voluntad es extraordinariamente firme; precisamente porque desde el primer día aquello que es el alma de la moral evangélica se le presentó con una luz decisiva, no tiene que buscar otras lecciones para darlas a sus discípulos. El reino de Dios cuyas fórmulas expone su libro, bastan a las necesidades de todos aquellos que la Providencia ha puesto en su camino.
     Su correspondencia que va desde 1525 a 1556, da el mismo sonido que sus Ejercicios Espirituales; es como el eco de las voces que se escapan de ese libro admirable. Muy al principio Iñigo toma para terminar sus cartas, una fórmula que se le hace familiar: “Que la suma gracia y el amor eterno de Dios Nuestro Señor os acompañen, a fin de que todos tengamos el conocimiento de su voluntad y la cumplamos enteramente”. Del mismo modo “la gloria de Dios, el servicio y alabanza de la Divina Majestad” son palabras que vienen constantemente a su pluma. Sin los deseos de procurar esta gloria y este servicio no escribiría a nadie, ni nada de lo que ha escrito. Sea que se dirija a sus bienhechoras barcelonesas Inés Pascual e Isabel Roser, o a los miembros de su familia, o a sus compañeros de apostolado o al arcediano Cazador, o a la monja Teresa Rejadell, o a los reyes o a los Papas, no piensa sino en el reino de Dios. La santidad del Decálogo, la brevedad de la vida, la vanidad de los honores terrenos, la necesidad de escapar de las criaturas para ir al Creador, el odio y las astucias del demonio, la urgencia de un reglamento de vida según Dios, el ardor en señalarse en el servicio del Rey eterno, el peligro de condenación que corren las almas, la fidelidad y la munificencia del amor de Dios para los hombres, tales son los temas habituales de sus cartas. Esos mismos son los temas de los Ejercicios.
     A su hermano Martín García, le predicaba la observación de los Mandamientos, la superioridad de la virtud sobre la sangre, la prosecución de los bienes eternos. A su confesor de París, Juan Miona, dirige las más expresivas súplicas para que haga un retiro de un mes. A Teresa Rejadell expone con una admirable precisión las ventajas de la oración afectiva, los principios que regulan la frecuencia de los sacramentos y el arte de discernir la acción de los espíritus. Con Fernando de Austria, Juan de Portugal, los Cardenales Contarini y Cervini, trata de la reforma del Clero y de los monasterios, de la conversión de los herejes y de la evangelización de los fieles. Ignacio no tendrá nunca otros horizontes que los del Reino de Dios.
     Como se puede suponer, los consejos espirituales que dará a los religiosos de su orden llevarán más aún fuertemente impresas las huellas de sus Ejercicios. Es la misma constancia en inculcar el Vincete ipsum, por amor hacia Aquel que fue el primero en anonadarse por nuestro amor; es la misma brevedad sugestiva de escribir que en su librito. Salvo raras excepciones, no se encuentran en él ni disertaciones sabias, ni elocuentes exhortaciones; no es un profesor, ni un orador: es un jefe que recuerda las sagradas consignas, un padre lo bastante seguro de su autoridad y de la ternura de los suyos, para poder contentarse con una sola palabra, que repite sin cansarse.
     Para quien recorre los volúmenes de su correspondencia, desde la primera carta, que tenemos después de su retorno de Jerusalem en 1525, hasta la última, que precedió a su muerte en 1556, siempre aparecerá el mismo hombre, con la misma fisonomía grave, severa, inflamada. Hablando a los Papas y a los Obispos, a los soberanos y a los grandes, a las religiosas de los monasterios, y a sus hijos esparcidos en su obra de apostolado por todo el mundo, siempre, aunque naturalmente con las diferencias de detalle que demandan las circunstancias, tendrá el mismo lenguaje, con un fondo idéntico. A través de sus frases sin arte, que se enlazan y se enmadejan, siempre es el mismo corazón el que aparece, sediento de trabajar y de sufrir por el Reino de Dios, en la imitación de Cristo. (7) En estas pocas palabras se resume la doctrina espiritual de Iñigo de Loyola.
     Se la oponen, y aun se le prefieren por algunos, las doctrinas de los grandes contemplativos San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús. Si hubiera conocido los libros de sus ilustres compatriotas, los hubiera leído sin sorpresas; favorecido con las más altas gracias de oración, él tenía también las alas de un serafín. Pero suponiendo que hubiese vivido lo bastante para alcanzar la época de los místicos doctores del Carmelo, hubiera ciertamente medido, por sus heroicas virtudes, la seguridad de sus lecciones espirituales.
     Frente a los fenómenos extraordinarios de la vida interior, permanecía siempre como en suspenso y desconfiado. Un día Fray Reginaldo, dominico muy amigo de los jesuitas y de grande autoridad en su Orden, refirió en la casa profesa de Roma que en un convento de Bolonia del que tenía la dirección, cierta religiosa entraba en éxtasis frecuentemente y llevaba impresos los estigmas de la Pasión. Al cabo del relato, Ignacio dijo estas solas palabras “En todo eso que V. R. acaba de referirnos, la señal más segura es la obediencia de esa mujer”. Cuando Fray Reginaldo se hubo ido, Rivadeneyra que había asistido con Palmio a la conversación, interrogó de nuevo a Ignacio acerca de la monja boloñesa, e Ignacio respondió: (8) “Es propio de Dios el obrar en el interior de las almas; el demonio es impotente para ello, y tiene la costumbre de engañar por fenómenos exteriores aparentes y falsos”. La historia de Magdalena de la Cruz (9) es célebre. La Inquisición de Córdoba se ocupó de ella en 1544; y en 1548 ésta se retractó de sus errores y sus faltas. Antes de este proceso, y durante más de treinta años, su renombre había corrido por toda España y Portugal. Pasando de Lisboa a Roma, el P. Martín de Santa Cruz, tuvo curiosidad de ver a esta mujer y hablarle. Cierto día, que contaba esta entrevista, concluía que aquella estática le había parecido prudente y santa, pero Ignacio le hizo vivos reproches. (10) “Un hombre de la Compañía, le dijo, no debe hablar de esa manera, ni mostrar tanta estima por esas cosas al fin y al cabo puramente exteriores”. Finalmente, ya sabemos cómo juzgó y curó las ilusiones de Onfroy y de Oviedo, cuando éstos en Gandía se entraron por los caminos de la vida solitaria bajo la dirección del franciscano Tejeda. (11)
     Ignacio no duda nunca de la posibilidad de los fenómenos extraordinarios de la vida espiritual: como que él mismo los había experimentado. Pero ve en ellos materia para fáciles ilusiones. Y por otra parte juzga, con la misma Iglesia, muy superiores las gracias que hacen a las almas más agradables para Dios, que las que excitan la admiración de los hombres. En cuanto a la contemplación, considerándola como un don libre del cielo, deja al Señor llamar a ella a quien le plazca. Y no tiene cuidado ninguno de preparar a ella a las almas, sino es por el dominio de sus pasiones. Aunque estima y sabe inculcar la sublime oración, inculca y estima más aún la abnegación de sí mismo. Cierto día Nadal le preguntó cuál era el medio más rápido de alcanzar la perfección: “Maestro Nadal, le respondió, rogad a Dios Nuestro Señor que os haga la gracia de sufrir mucho por su amor: este beneficio comprende en sí muchos otros”. (12)
    Sin ser doctor en Teología, sabe, por haber leído el Evangelio, que el mayor de los mandamientos es amar a Dios con toda el alma y con todas las fuerzas. Este amor es en el mismo Cielo toda la vida de los elegidos; debe, pues, ser el principal de los cristianos sobre la tierra. ¡Cuantos hay que lo olvidan! Ignacio lo ha constatado en Guipúzcoa, en Castilla, en Cataluña, en Jerusalem, en Italia, en París, en los Países Bajos, en Inglaterra, en una palabra, por donde quiera que dirigió sus pasos de peregrino. Y ¡cuánto lo había olvidado él mismo! ¿Por qué? El amor desordenado de sí mismo lo explica todo. San Agustín lo ha dicho con magnificencia. Ignacio de Loyola lo ha visto con una mirada penetrante, contemplando la miseria de su propio corazón y la del corazón de sus contemporáneos. Por eso concluye con fuerza el desprecio y el odio de si mismo, precisamente para encender del modo más seguro en los pechos humanos el incendio del amor divino. El Reino de Dios en la Europa cristiana, en el Clero y en los monasterios, en la Roma de los Papas y en los países de infieles, no será restablecido sino a ese precio. La conversión del corazón no es sino un retorno al amor.
     Para esta operación tan difícil y necesaria, Jesucristo ha ordenado, como para su fin, la oración, los sacramentos, el culto, el sacerdocio, la misma Iglesia. A pesar de lo cual innumerables cristianos vacilan en aplastar en sí mismos los malos deseos. Se sigue, pues, sin duda posible, que el primer esfuerzo de un obrero del Reino de Dios, ha de ser el de arrastrar a las almas a la abnegación de sí mismas. ¿No ha encerrado Jesucristo en esta idea todo el cristianismo práctico? Ignacio se aplica por entero a hacer comprender y hacer vivir esa idea dolorosa pero fecunda. Toda la fuerza santificante de los Ejercicios y de su dirección espiritual no procede de otra cosa. Ya se trate de religiosos de su Orden, ya de sacerdotes seculares, de monjas contemplativas o de cristianos del mundo, importa poco; a todos repetirá el mismo refrán evangélico: "véncete a tí mismo, por amor a Jesucristo paciente y humillado".
     Si se le hubiera objetado la variedad multiforme de los dones divinos, la libertad soberana del Espíritu Santo en la conducta de las almas, la maravillosa eficacia de las mas altas oraciones para inflamar el corazón con ardores apostólicos, hubiera ciertamente respondido con estas máximas:
     Dios quiere hacernos más bien del que nosotros podemos jamás  concebir.
     Nadie sabe lo que el Señor hará de él, en cambio de su fidelidad constante. (13)
     Enseña la experiencia que de cien almas dadas a largas oraciones, ochenta o noventa son ilusas, y en peligro de caer en la testarudez en sus prácticas indiscretas. (14)
     La manifestación de la conciencia y la obediencia al Padre espiritual, y la práctica generosa de la abnegación en todas las cosas, (15) son los dos goznes de la vida interior. Asegurados estos dos puntos, la seguridad misma del alma es cierta. Podrá ser asaltada por tentaciones, envuelta en oscuridades, saciada de amarguras; el todo está en permanecer en la paciencia y también en la oración; sobre todo en la oración, que pone al corazón en movimiento más que a la cabeza, y en la oración que se hace teniendo a Dios presente ante los ojos (16); en recompensa de esta actitud humilde y confiada, vendrán la paz, la luz y la dulzura. (17) “La unción del Espíritu Santo” —esta palabra es frecuente en los labios de Ignacio—, se hará infaliblemente sentir”. Ayudará a determinar el régimen de la oración, el de la penitencia, y el de la acción, aun apostólica. Y la comunión frecuente, cotidiana, hecha con un vivo deseo de vivir vida divina, tendrá por efecto infalible, no solamente preservar el corazón de los asaltos del mal, sino inflamarle en el amor de su Creador y Señor. (18)
     Para resumir todo en pocas palabras: un alma abierta y dócil a los consejos del confesor, magnánima en vencerse, dada a la oración y asidua en comulgar, marcha por un camino en el que el encuentro y las visitas de Dios son inevitables.
     A la luz de estos axiomas poco numerosos y de una seguridad a toda prueba, Ignacio de Loyola dirigió, con un amor de Dios cada vez más grande, a los que le confiaron su conciencia. ¿Fue a causa de ello el que del año 1522 a 1556, se multiplicaron los contemplativos verdaderos en la Iglesia? Es muy probable, aunque la correspondencia del Director no nos descubre el secreto. Pero sus lecciones aumentaron ciertamente en el siglo XVI, y después el número de servidores fieles al Maestro hasta el heroísmo, es decir, de los santos. Los capítulos que siguen van a demostrarnos la increíble eficacia de la labor apostólica de la naciente Compañía. Cada una de sus maravillas, se puede afirmar, sirve de contrasello divino a la espiritualidad ignaciana.
P. Pablo Dudon, S.J.
SAN IGNACIO DE LOYOLA

1.—La espiritualidad ignaciana ha sido desde hace algún tiempo muy mal tratada a nombre de la Psicología, de la Liturgia, de la Mística, de la Teología y de la tradición católica.
     No discutiremos aquí esas afirmaciones adversas. No es el lugar. Conviene sin embargo señalar el caso del difunto Henrí de Bremond de la Academia Francesa. Tenía una pluma llena de prestigio. Los numerosos volúmenes de la Historia del sentimiento religioso, cautivando poderosamente la atención, le habían dado en los problemas espirituales una autoridad que la muerte no ha disminuido. Sus escritos permanecerán. Con el pretexto de exaltar la oración de alabanza y la unión con Dios, continúan atacando un ascetismo “fantasmagórico”. Continúan repitiendo a sus lectores cándidos, que los Ejercicios son “un manual de ascética y no de oración”, un “manual de elección de una novedad turbadora, y fundada sobre una Teología discutible de los caminos ordinarios de Dios”; un libro “sin coherencia, y cuya eficacia puede igualarse por cualquier otro; un libro cuyo autor ni sospecha siquiera, que su caso es extraordinario y único”... etc.
     Salido de la Compañía de Jesús, ¿cómo este sacerdote no ha comprendido, que era contra los jesuitas y San Ignacio, un testigo poco calificado? ¿Cómo este historiador se ha olvidado de la historia del libro que denigra? Los Ejercicios están seguros del porvenir. Cuando eran ferozmente atacados en el siglo XVI por dos o tres doctores españoles, Paulo III aprobó el libro (31 de julio de 1548) apenas impreso. Después Alejandro VII el 12 de octubre de 1647; Benedicto XIV, el 20 de marzo de 1753; León XIII el 8 de febrero de 1900, colmaron de elogios la espiritualidad ignaciana. S. S. Pío XI, el 25 de julio de 1922 hizo de San Ignacio el Patrono de los Retiros Espirituales. En su Encíclica Mens Nostra del 20 de dic, de 1929 —justamente en lo más fuerte de la campaña bremondiana— el Santo Padre exalta en los más calurosos términos al autor, a su método, a su hermoso orden, y la suave plasticidad y segura doctrina de los Ejercicios. Nos complacemos en creer que esta voz del Vaticano reducirá al silencio a los opositores. Y sin duda, todos los espíritus rectos y verdaderamente católicos comprenderán que en contra de las palabras pontificias, las afirmaciones de un brillante académico no pesan nada.
2.—la., 2ae., q. 42, a. 3.
3.—2ae. 2ae., q. 161, a. I. ad 5um.; a. II, ad 3um.
4.— Tratado del amor de Dios, 1. VI, c. 2. Carta del 8 de junio de 1606.
5.—Cartas a Teresa Rejadell, 11 Sep. 1536; al P. Brandao, 1 Jun. 1551.
6.— En el libro Le quietiste espagnol Michel Molinos 260-270, tuve ocasión de tratar este punto.
7.- En un reciente volumen Saint Ignace de Loyola, Lettres spirituelles, París, 1933 he tratado de dar una idea de esta dirección del Santo.
8.—Scrip. S. Ign. I, 251, 403.
9.—Menéndez y Pelayo, Hist. de los heterodoxos españoles, II, 528, 529.
10.—Scrip. S. Ign. I, 343, 408.
11.—Ep. et Instr. II, 494-495; XII, 633-654.
12.—Scrip. S. Ign. I, 408.
13.—Ibid. I, 470.
14.—Ibid. I, 250, 278.
15.—Ibid. I, 278.
16.—Ibid. I, 132; Epi«t. III, 510.
17.—Ejercicios Espirituales, Reglas del discernimiento de espíritus.
18.—Scrip. S. Ign. I, 470; Epist. I, 162, 295.

HERMANITOS, HERMANOS BLANCOS, HERMANOS BOHEMIOS

HERMANITOS
     Hermanos menores, fratricelos. Esté nombre se dio a fines del siglo XIII a cuestores vagabundos de diferentes especies. Unos eran franciscanos que se separaron de sus cofrades, con el designio o bajo el pretexto de practicar en todo su rigor la pobreza y las austeridades mandadas por la regla de su fundador: iban cubiertos de harapos, pedían su subsistencia de puerta en puerta, decían que Jesucristo y los apóstoles nada habían poseído, ni como propio ni en común, se tenían por los únicos hijos verdaderos de San Francisco. Otros eran, no religiosos, sino asociados a la tercera orden que San Francisco había instituido para seglares. Entre estos terceros hubo que querían imitar la pobreza de los religiosos y pedir la limosna como ellos, se les llamaba en Italia bizochi y bocasoti o alforjeros; como después se extendieron por fuera de Italia, se les llamó en Francia beguinos, y en Alemania begardos. Es preciso no confundirlos con los beguinos flamencos y las beguinas o beatas, cuyo origen y conducta son muy laudables. 
     Para formar una opinión exacta de los hermanitos, es preciso saber que muy poco tiempo después de la muerte de San Francisco, un gran número de franciscanos, encontrando su regla demasiado austera, se relajaron en muchos puntos, y en particular sobre el voto de pobreza absoluta, y obtuvieron de Gregorio IX, en 1231, una bula que les otorgaba ciertas dispensas. En 1245, Inocente IV la confirmó; permitió a los franciscanos poseer fondos, bajo condición que no tendrían mas que el uso, y que la propiedad pertenecería a la Iglesia romana. Muchos otros papas aprobaron este reglamento después.
     Pero descontentó a muchos de estos religiosos que eran los mas adictos a su regla: quisieron continuar observándola en todo su rigor; se les llamó los espirituales; pero no todos fueron igualmente moderados. Los unos, sin vituperar a los papas, sin oponerse a las bulas, pidieron permiso para practicar la regla, y principalmente la pobreza en todo su rigor; muchos papas consintieron en ello, y les dejaron en libertad de formar comunidades particulares. Otros, menos dóciles y de un carácter fanático, declamaron no solo contra la relajación de sus cofrades, sino contra los papas, contra la Iglesia romana y contra los obispos; adoptaron los delirios que un cierto abate llamado Joaquín había publicado en un libro titulado El Evangelio eterno, en el que predecía que la Iglesia iba a ser reformada incesantemente, que el Espíritu Santo iba a establecer un nuevo reino mas perfecto que el del Hijo o de Jesucristo. Los franciscanos sublevados se aplicaron esta predicción, y dijeron que San Francisco y sus fieles discípulos eran los instrumentos de que quería Dios servirse para obrar esta grande revolución.
     Estos insensatos eran los que se llamaban hermanitos. La mayor parte, muy ignorantes, hacían consistir toda la perfección cristiana en la pobreza cínica y en la mendicidad de que hacían profesión; a este error añadieron todavía otro, y se dice que algunos llegaron hasta negar la utilidad de los sacramentos. Es constante que un gran número de ellos eran viciosos, disgustados de su estado, que preferían la vida vagabunda a la incomodidad y regularidad de una vida común; así muchos dieron en los mayores desórdenes, y acabaron por apostatar. Desgraciadamente, por la mala policía que había por entonces en toda la Europa, esta raza libertina se perpetuó, causó perturbaciones en la Iglesia, e inquietó a los soberanos pontífices por espacio de dos siglos. Se vieron obligados a perseguir con el mayor rigor a los hermanitos a causa de sus crímenes, y hacer perecer un gran número de ellos por medio de los suplicios.
     Lo que es mas admirable es que los protestantes no se han avergonzado de hacer considerar a estos libertinos fanáticos como los precursores de los pretendidos reformadores del siglo XVI, y alegar las declamaciones fogosas de estos insensatos como una prueba de la corrupción de la Iglesia romana. Demasiado cierto es que la mayor parte de los apóstoles de la reforma fueron religiosos apóstatas, libertinos disgustados del claustro como los hermanitos, y que se hicieron protestantes para satisfacer con libertad sus pasiones mal reprimidas. Pero por lo general eran demasiado ignorantes para hacerse de pronto oráculos en punto a doctrina, y demasiado viciosos para reformar las costumbres; en la fe de estos tránsfugas es en lo que se apoyan los enemigos de la lglesia romana para calumniarla. Mosheím, aunque juicioso por otra parte, se queja muy seriamente de que la historia de los hermanitos no fuese hecha con la mayor exactitud por los escritores de su época; pero se despreciaba demasiado a estos bandidos, para investigar con cuidado su origen; deplora amargamente la crueldad con que se les trató; ¿pero unos vagabundos que vivían a expensas del público, y que alteraban el orden público, merecían ser perdonados? Trataron de persuadir que en el siglo XIV se condenaba al fuego a los hermanitos por solo su opinión, y porque sostenían que ni Jesucristo ni los apóstoles habían poseído nada propio; esto es una impostura. Se les castigaba por su conducta sediciosa.
     El emperador Luis de Baviera no bien trató de ponerse en guerra con el papa Juan XXII, cuando los jefes de los hermanitos se refugiaron a su lado, y continuaron ultrajando a este papa con libelos violentos. El año 1328, se afiliaron en el partido de Pedro de Corbiére, franciscano, que el emperador había hecho elegir papa para oponerlo a Juan XXII. Por lo tanto si este papa les persiguió lo que pudo, no fue por sus simples opiniones. Mosheim pasa estos hechos en silencio, y esto no es de buena fe.
     Algunos espíritus fuertes incrédulos quisieron poner en ridículo el fondo de la disputa; dijeron que consistía en saber, si lo que los franciscanos, comían les pertenecía como propio o no, y cual deberá ser la forma de su capuchón. Es una ridiculez que no viene a cuento. Se trataba de saber, si estos religiosos podían, sin violar la regla que habían hecho voto de observar, poseer alguna cosa como propio o en común, y si estaban obligados a conservar el vestido de los pobres, según le había llevado San Francisco. Esta cuestión no tendría nada de ridículo, si hubiere sido tratada por ambas partes con decoro y moderación.
     En efecto, el hábito de los franciscanos, que nos parece en el día tan raro, era en su origen el de los pobres jornaleros de la Calabria, una simple túnica de paño burdo que bajaba hasta por debajo de las rodillas, y atada por la cintura con una cuerda; un capuchón unido a esta túnica para cubrirse la cabeza del sol y de la lluvia; no era posible vestirse mas pobremente. Se sabe que en los países calientes el pueblo anda con los pies desnudos, y lo mismo sucede en nuestras campiñas durante los calores del estío. En las costas de África, todo el vestido de un joven del pueblo consiste en un pedazo de tela cuadrada atada alrededor de su cuerpo con una cuerda; el vestido del pueblo de Túnez se asemeja exactamente, en cuanto a la forma, al de los capuchinos. En la Judea, los jóvenes iban vestidos como los africanos (Marc., XIV, 51; Joan., XXI, 7). En Egipto no usan ningún vestido antes de la edad de diez y ocho años, y los solitarios de la Tebaida no cubrían mas que la desnudez. Lo mismo acontece en las Indias, y por esto los sabios de este país son llamados gimsonofistas, filósofos sin vestidos. Por lo tanto no había afectación ni ridiculez en el de San Francisco. Los franciscanos mitigados quisieron tener otro mas limpio, mas cómodo, un poco mas arreglado; los espirituales o rígidos querían conservar el de su fundador.
     Pero acaso se dirá, las disputas de estos religiosos con respecto a la letra y espíritu de su regla han provenido de la falta de los papas: o esta regla era practicable en todo su rigor o no lo era; si no lo era, Inocencio III y Honorio III no hubieran debido aprobarla; si lo era, los papas siguientes no debían derogarla. Nosotros respondemos que lo que parece practicable y útil en un tiempo, puede parecer menos útil y menos posible en otro. Inocencio y Honorio vieron el bien que resultaba de la observancia de la regla de San Francisco, y no se engañaron, no pudieron prever los inconvenientes que se seguirían, porque fueron originados por las circunstancias. Esta regla practicable, pues, es que todas las reformas que se han hecho entre los franciscanos han tenido siempre por objeto el atenerse a la práctica exacta, no es todavía impracticable como la de la Trapa, que se ha seguido con la mayor exactitud desde el año 1662. Pero razones de utilidad que no se habían previsto, inconvenientes sobrevenidos en ciertos lugares, pudieron hacer juzgar a los papas. que era conveniente tolerar o permitir algunas modificaciones de la regla. La naturaleza de las cosas humanas es cambiar, y no hay razón para desechar lo que puede producir buenos efectos

HERMANOS BLANCOS
     Los historiadores han hablado de dos sectas de entusiastas que llevaron éste nombre. Los primeros aparecieron, dicen, en la Prusia a principios del siglo XIV: llevaban mantos blancos marcados con una cruz de San Andres, de color verde y se extendieron por Alemania. Se alababan de detener revelaciones para ir a libertar la la Tierra Santa del dominio de los infieles. Se descubrió bien pronto su impostura, y se disipo la secta por sí misma (Harsfnoch, Dissert. 4, de Orig. Relig. christ. in Prussia).
     Los otros hermanos blancos metieron mucho ruido. A principios del siglo XV, un sacerdote, cuyo nombre se ignora, bajó de los Alpes vestido de blanco y seguido de una multitud de pueblo vestido de la misma manera, recorrieron de esta suerte, en procesión, muchas provincias, precedidos de una cruz que les servia de estandarte, y con un exterior grande de devoción. Este sacerdote predicaba la penitencia, practicaba él mismo las austeridades, y exhortaba a las naciones europeas a emprender una cruzada contra los turcos; se decía inspirado de Dios para anunciar que tal era la voluntad divina.
     Después de haber recorrido las provincias de Francia se fue a Italia; por su exterior compuesto y modesto, sedujo de la misma suerte un gran número de personas de todas condiciones. Sigonius y Platina dicen que había sacerdotes y cardenales entre estos sectarios. Tomaban el nombre de penitentes; iban vestidos de una especie de sotana de tela blanca que les bajaba hasta los talones, y tenían la cabeza cubierta con un capuchón que les cubría la cara a excepción de los ojos. Iban de ciudad en ciudad en gran número de a diez, veinte, treinta y cuarenta mil, implorando la misericordia divina y cantando himnos. Durante esta especie de peregrinación, que duraba comúnmente nueve o diez días, no comían mas que pan y agua.
     Habiéndose detenido su jefe en Viterbo, Bonifacio IX sospechó en él miras ambiciosas, hasta la de aspirar al papado, le hizo prender y le condenó al fuego. Después de la muerte de este entusiasta sus partidarios se dispersaron. Algunos autores dicen que era inocente, otros sostienen que era culpable de muchos crímenes. (Mosheim, Hist. ecles., siglo XV, 2* parte 5,8 3).

HERMANOS BOHEMIOS 
HERMANOS DE BOHEMIA 

     Es una rama de los husitas, que en 1467 se separaron de los calixtinos.

miércoles, 29 de octubre de 2014

Refutación a la herejía de la Acefalía perenne de John S. Daly

Por el Dr. Homero Johas
INTRODUCCIÓN
     1.- Después del Concilio de Calcedonia, en 451, que definió en Cristo dos naturalezas, la humana y la divina, vagaron por el Oriente, principalmente en Alejandría, los herejes monofisitas, seguidores de Eutiques, Severo, Juliano y Temístio. Confesaban sólo la naturaleza divina, invisible, de Cristo y negaban la naturaleza humana visible. Apartándose de la Sede Romana, de San León I y de sus Sucesores, fueron llamados acéfalos, sin cabeza.
     2.- Actualmente, siguiendo a los herejes luteranos y jansenistas y del Vaticano II, resurgen nuevos acéfalos, que quieren una Iglesia unida sólo “en espíritu”, “neumática”, “en consciencia”, interior, sin una Cabeza visible, fiel, en la Iglesia, con unidad de fe y de gobierno. Quieren una “acefalía perenne” en la Iglesia, se apartan definitivamente de la Cabeza visible fiel de la Iglesia, de la unidad de fe y de régimen. Cada uno con “su Fe” y “normas propias”, “obedece sólo a sí mismo”, será independiente y autónomo, con la libertad y la igualdad religiosa ecuménica, mundial.
     El Concilio Vaticano II profesa ese Individualismo libre, igualitario y ese “ecumenismo”.
     3. Ciertos obispos, aparentemente opuestos al Vaticano II; que se dicen “tradicionalistas” o “sedevacantistas”, profesan esa misma acefalía perenne, fundada en una igualdad y libertad individual. Uno reconoce a los papas heréticos, otro no los reconoce; pero ambos no quieren someterse a una Cabeza visible monárquica, sino a la independencia y autonomía individual en la fe y en el gobierno. Colocan los ritos de San Pio V al frente para aparentar “tradicionalismo” en cuanto prevarican en otros artículos del credo, principalmente este: “Creo en la Iglesia una”. La unidad de Fe y de gobierno es el punto central violado por todos ellos.
     Paulo IV definió en la Bula “Cum ex apostolatus” la nulidad del poder de jurisdicción ordinaria de un papa herético. Pues bien: Mons. Marcel Lefèbvre y Dom Mayer se apartan de esa definición de fe. Mons. Guerard des Lauriers también, reconoce la elección de esos “papas” y los considera “verdaderos papas” en razón de actos materiales positivos. Y Mons. Sanborn lo sigue.
     Por otro lado Mons. Pivarunas y Mons. Alarcón se apartan de la elección de la Cabeza visible en la Iglesia, principio visible y fundamento perpetuo de la unidad de fe y de gobierno. Desde hace algunas décadas son elevados diversos argumentos espurios  en favor de la acefalía perenne o prolongada, o milenaria. Desde de 1980 vimos padres defendiendo esa acefalía, como el lefebvrista Pe. Coache. Después los legos, Srs. Gwynne, John Daly, Arai Daniele, Michael Davies... Y todos se dicen “católicos” y quieren ser tenidos por tales. Parecen un grupo de masones pertinaces. Mons. Lefebvre expulsó de su grupo a quien defendiese la vacancia. Los seguidores de dom. Mayer ya se unieron al “papa” hereje. Mons. Pivarunas y Mons. Alarcón luchan contra la extinción de la vacancia. Y jóvenes salidos de la Renovación carismática deambulan ora siguiendo a uno, ora a otros. Pero, todos unidos rechazan el Magisterio universal y perenne de la Iglesia.
     4. En década de 1990, en la revista “Roma” de Buenos Aires, del valeroso católico Dr. Roberto Gorostiaga, iniciamos la lucha contra el “Hereticismo” de los “Padres de Campos” y de “Mons. Lefèbvre”. Contra la simulación del ex-lefebvrista Mons. Guerard des Lauriers. Contra el “Antisacramentalismo” del Sr. Zins. Contra “La herejía de la acefalia perene” del Sr. John Daly (Roma, n° 125; diciembre de 1992).
     En esa época el valeroso católico da España, Prof. Tomás Tello, escribía el excelente artículo: “La cuestión clave” (Roma, n° 122, pascua de 1992), contra los “sedevacantistas” acéfalos.
     Con el Dr. Roberto Gorostiaga al frente, un puñado de obispos y legos fieles, de varios países, eligió, el 29/Jun./1994, en Asís, Italia, al papa Lino II, sacerdote de África del Sur. No quería ser electo. Después quiso permanecer oculto. Años después, en 2007, renunció.
     5. Pero la lucha continua. La Iglesia es perenne. Los dogmas y preceptos divinos son perennes. Muchos de los luchadores de la época ya fallecieron. Quedan solo algunos. Otros aparecerán. Actualmente la lucha de nuevo se acentúa contra las fuerzas ocultas; las mismas que lucharon contra el Prof. Tomás Tello; contra el Dr. Gorostiaga; contra Mons. López Gastón y contra mí.
     No tienen un sólo argumento teológico en favor de sus nuevas doctrinas. Todos están contra el Magisterio de la Iglesia. Y eso es señal evidente del origen tenebroso de sus doctrinas. Repiten:
     Un papa no es necesario
     Elegir es imposible.
     No existe consenso sobre esto
     Es contra la fe. Es cisma.
     Es obra de Satán.
     Ya existen decenas de papas.
     Estas fuerzas ocultas compatibilizan fe y herejía. Ponen opiniones de “teólogos” sobre los dogmas de fe y preceptos de la Iglesia. Varían la fe según las circunstancias.      
     6. Quien conoce la Historia de la Iglesia sabe que la Sede de Pedro es el blanco principal de la lucha de los enemigos de la Iglesia.
     Cristo dio el poder supremo de la Iglesia al único Pastor, en régimen monárquico, uniendo a todos en un único rebaño, con una sola fe. Los enemigos de la Iglesia quieren lo opuesto: la libertad de fe; la pluralidad de voluntades individuales, de “iglesias”, de gobiernos democráticos.
     7. No es nuestro objetivo hacer la Historia de las luchas contra el Vaticano II. Queremos repetir solo lo que dijimos en 1992 en el artículo: “La herejía de la vacancia perenne”. Ahí refutamos la Carta del Sr. John Daly, del 7/Nov./1990, publicada por su: “Britons Catholic Library”: “The prospect of a papal election”. “A Summary of our position”.
     Profundizamos nuestras respuestas ahí dadas. La “our position” de este Señor es la de los luteranos y jansenistas; la del “juicio propio” de los herejes, la del “libre-examen” de Lutero, a pesar de querer pasar por “católico”. Como el Vaticano II se funda en el hombre y no en Dios: “en lo que quieren los hombres de nuestra época” (Vaticano II), con libertad, autonomía, independencia, sin obediencia a Dios y al Vicario de Cristo. Cada uno con “fe propia”, “normas propias”, “rebaño propio”, “iglesia propia”.
     Todos saben, o deben saber, que la Iglesia Católica “es una”; con una sola fe; un sólo rebaño; un sólo Pastor; un sólo y único Dios verdadero, Señor absoluto de todo y de todos. Ella no está “dividida en partes”, no viene del “consenso de los católicos”, de la libertad del hombre; de la igualdad entre Dios verdadero y los falsos. Ella viene de la verdad universal y no do Agnosticismo que finge que no existe la verdad universal.
     Veamos los textos del Sr. John Daly.

I. EL HOMBRE SUPERIOR A DIOS
     Escribe John Daly: “Dios debe respetar la ley de la elección papal por los Cardenales. No puede cambiarla porque prometió ligar en los Cielos lo que Pedro ligase en la Tierra. Dios está auto-ligado”.

     1. Tal sentencia es inepta: el papa, ser humano, está subordinado a la autoridad divina de Cristo; no Cristo subordinado al poder de unir humano, dado por Él mismo al papa.
     Con la aprobación de Pio IX el Episcopado alemán expuso los límites del poder papal: “El papa está subordinado al Derecho divino, a las cosas que fueron dispuestas por Dios a su Iglesia. No puede cambiar la Constitución divina de la Iglesia. Pues en las cosas esenciales se funda en la ordenación divina, inmune a toda disposición humana arbitraria” (D.S. 3114).
     2. San Pedro estaba subordinado a Cristo, no Cristo a San Pedro. Los Apóstoles estaban subordinados al primado de San Pedro; no San Pedro al consenso de los Apóstoles. San Pedro no fue un “monarca absoluto” (D.S. 3114).
     3. El papa no puede predicar “doctrina nueva” fuera del depósito de la fe divina (D.S. 3070); ni doctrina “contraria” a ya enseñada como verdadera (D.S. 1441). No puede cambiar el “sentido perpetuo” del ya enseñado como verdad por la Iglesia (D.S. 3020). No puede tornar libres los mandamientos (D.S. 1569); No puede abrogar el Derecho divino natural o positivo (Canon 6, 6).
     4. La Ley de elección papal por los Cardenales es de naturaleza meramente humana. Cristo no dejo ley electoral. Tales leyes humanas varían con los siglos: fueron electores sucesivamente los fieles a Roma; el clero romano, los cardenales romanos, cardenales de otras naciones.
     5. Las leyes meramente humanas tienen implícitas las excepciones para los casos de necesidad. Están subordinadas a las leyes divinas; no pueden impedir las necesidades superiores del Derecho divino. Cuando el Derecho humano no puede ser aplicado, el Canon 20 enumera otras fuentes por las cuales la norma del obrar puede y debe ser retirada.
     6. Una de ellas es la de ver lo que ha hecho la Iglesia en casos semejantes, como en el caso del Gran Cisma de Occidente: papas cismáticos fueron excomulgados; papa dudoso renunció. Los electores fueron los representantes de las naciones católicas. La Iglesia aceptó como legítima esa elección, aun en contra de la voluntad de los opositores.
     7. Otras fuentes son los principios generales de Derecho y las sentencias comunes de los teólogos católicos fieles. Estos legitiman la elección por toda la Iglesia: Vitória, Cajetanus, Billot, Bellarmino... Argumentan:
     No puede existir la vacancia perpetua en la Sede que debe durar perpetuamente. El poder de elegir, faltando los de los niveles superiores, desciende a los niveles inferiores. La autoridad social visible debe existir en toda sociedad humana, por ser el principio y vínculo de unidad de forma y del fin social.
     8. Dios no prometió a Pedro y ni le dio el poder divino para ligar al propio Dios; para colocar al hombre sobre Dios. Ligar a Dios por el poder humano es la voluntad de Lucifer y de los enemigos de Dios y de la Iglesia. De los racionalistas que quieren sólo leyes humanas, sin Dios (D.S. 2903). De los que quieren “abrogar” las leyes divinas. El papa podría abrogar los dogmas de fe y los mandamientos divinos.
     9. Por lo tanto tal sentencia es de suma inepcia.
     10. Tal sentencia absurda fue afirmada por los racionalistas del Concilio Vaticano II: “Dios tiene en cuenta la dignidad de la persona humana criada por Él, que debe conducirse por su criterio y gozar de la libertad” (D.H. 11,2). Quitó la subordinación jerárquica del hombre a Dios.

II. LA DESTRUCCIÓN DEL DERECHO DIVINO
     Escribió el Sr. Jonh Daly: “Por la autoridad de los teólogos reconoce que, en abstracto, se equivocó”. Pero añade: “tal sentencia no es evidente, porque, no es imposible que, desapareciendo el último Cardenal, perezca el derecho de elegir un papa”.

     1. Tal sentencia insiste en poner el Derecho humano sobre el Derecho divino. El Modernismo agnóstico pone la autoridad de los teólogos sobre el Derecho divino. Los racionalistas absolutos quieren que el hombre, sin Dios, decida lo que lo bueno o malo (D.S. 2903). El Sr. Xavier da Silveira, pretende que la cuestión del papa herético sea resuelta no por la autoridad divina, sino por un “acuerdo entre los teólogos”. Fue seguido por Dom Mayer y Mons. Lefebvre. San Pio X condenó tal sentencia en el Decreto “Lamentabili”. El Vaticano II propone que los dogmas de fe proceden del consenso de los obispos entre sí, sin subordinación jerárquica al derecho Divino (Lumen gentium, 22).
     2. La Iglesia perpetua por voluntad y obra de Cristo; la perpetuidad de los Sucesores de Pedro, es dogma de fe (D.S. 3058), ahí estaría destruida por ley humana papal, por el acto singular concreto que surge de la voluntad de los seres humanos. Los Cardenales pasando de la fe a la herejía, al cisma, a la apostasía, destruirían la Cabeza visible de la Iglesia, el fundamento perpetuo de la unidad de fe y de la unidad de gobierno y de comunión entre todos los miembros del Cuerpo Místico de Cristo. El arbitrio de los enemigos de la Iglesia destruiría la Iglesia. Los hombres destruirían el medio único de salvación que Cristo instituyo para durar hasta el fin de los tiempos. El Derecho vendría de los hechos materiales, como en el positivismo ateo (D.S. 2959).
     3. Lo que sería “error” en el orden abstracto y teórico de la fe; sería verdad en el orden concreto de las leyes del obrar. Lo que “es posible” en el orden del creer, “no es posible” en el orden del obrar. El deber de creer sería contradictorio al deber de obrar. El mismo Legislador y Maestro divino habría dado a los hombres “deberes” contradictorios. Por un lado el deber de seguir la verdad divina; y por otro lado el deber de seguir la voluntad humana. Serian dos “derechos” opuestos, como en el Agnosticismo de la Masonería. De un lado Dios, del otro lado el hombre prevaleciendo sobre Dios, sin Dios, contra Dios, mudando la verdad divina universal por los actos contingentes humanos. La opinión del Sr. Daly destruye la Iglesia de Cristo: sin el fundamento el edificio se derrumba.

III. CONTINÚA EL DERECHO HUMANO CONTRA DIOS
     Escribe el Sr. John Daly: “Si todos los Cardenales murieran, los derechos de los Cardenales no pasarían a los obispos: poder de predicar, crismar, reservar la Eucaristía en cualquier diócesis”.

     1. Esta es la prueba del Sr. Daly para afirmar que el derecho de elegir un papa pereció. Es la permanencia Derecho humano impidiendo el Derecho divino; mudando la doctrina de la perpetuidad de la Iglesia con su fundamento humano visible de la unidad. Se vuelve el Derecho divino variable con los actos contingentes humanos provocados por los enemigos de Cristo.
     Los límites de las diócesis son fijados por el Derecho humano de la Sede de Pedro. Los derechos de los Cardenales son fijados por el Derecho humano.
     2. Además, el poder de Orden, al contrario del poder de jurisdicción, permanece en los herejes y la licitud de su ejercicio es fijada por Derecho humano. Así la Iglesia fijó las excepciones relativas a la ilicitud de ese ejercicio. Están en el Canon 2261: la existencia de “justa causa” cuando el excomulgado es “tolerado”, y de “extrema necesidad”, o en caso de muerte cuando el excomulgado es evitable.
     3. Por lo tanto, los casos citados nada tiene que ver con el primado de jurisdicción de la Cabeza visible de la Iglesia. Sin esta no existirían estas leyes humanas.
     Así, esta sentencia del Sr. John Daly muestra o impericia o dolo.
         
IV. DEPENDENCIA DEL CONSENSO HUMANO
     Escribe el Sr. John Daly: “La elección papal es posible en el orden teórico, pero no es posible en el orden práctico; porque depende del consenso de todos los católicos del mundo para tener validez. Pero esto es imposible; no existe ni entre los teólogos: uno dice que el elector es el clero romano; otro, un Concilio; otro, otros obispos. Otro dice que en el Concilio de Constanza no existió el Derecho supletorio porque Gregorio XII dio poder electoral al Concilio”.
         
     1. Si la elección papal es posible en el orden teórico del Derecho divino, el deber de creer en los “perpetuos Sucesores” de Pedro (D.S. 3058), la norma concreta del obrar, en la práctica, es también precepto divino, precepto del Legislador divino que debe ser obedecido (D.S. 3071). Los mandamientos de Dios no son de libre elección (D.S. 1569). El hombre no está solo obligado a creer, sino también está obligado a obedecer los mandamientos “Si alguien dice que los preceptos de Dios, al hombre justificado y constituido en gracia son imposibles de ser observados, sea anatema” (D.S. 1568). Tal doctrina es la de los luteranos y de los jansenistas (D.S. 2001-2006). No estamos obligados sólo a creer; sino también a observar los mandamientos. Tal observancia es condición de salvación (D.S. 1570). Tal sentencia es temeraria, prohibida por los Santos Padres bajo anatema. “Dios ordena que hagas lo que puedes y que pidas lo que no puedas y Él te auxilia para que puedas” (Concilio de Trento; D.S. 1536). Amar a Dios y al prójimo; creer en los artículos de fe, también serían imposibles sin la gracia (S.T. 2-2,2-5, ad 1). Dios da la Sabiduría a quien la pide (Tg. 1,5).
     2. La doctrina teórica y el mandamiento práctico, son cosas de Derecho divino que no proceden “ex consensu Ecclesiae” (Concilio Vaticano 1, D.S. 3074). Tal doctrina es la de los Jansenistas (D.S. 2602-2603). Es la del Ecumenismo (Mortalium ânimos). Es la del Modernismo (D.S. 3426). Es la de Mons. Lefebvre. Es la del Sr. Xavier da Silveira y Dom. Mayer. Ella substituyó a Dios por el hombre. Es la de los racionalistas absolutos (D.S. 2903). Por eso los lefebvristas reconocen el poder al hereje, por su libre arbitrio, contra la norma de la Iglesia expresada por Paulo IV (Cum ex apostolatus). Por aquí se ve la igualdad fundamental entre sedevacantistas acéfalos y lefèbvristas, ambos fundados en el consenso humano, en el libre arbitrio individual, contra la autoridad divina de la Sede de Pedro.
     3. La Sede de Pedro debe ser obedecida no sólo en materia de fe y de costumbres, sino también en materia de disciplina y gobierno (D.S. 2678). Si la materia electoral, fuera de Derecho divino, las otras normas son de Derecho humano en el Canon 20 refiere donde encontrarlas. Y el Canon 5, de la Vacante Sede Apostólica, de San Pio X, dispone que en casos urgentes, que no se pueden posponer, el propio Colegio de los electores puede dar el remedio oportuno.
     Esto tiene dos aspectos: los electores deben ser verdaderamente católicos y no “católicos” modernistas, herejes, opositores a la norma divina de la elección. Ellos pueden decidir sobre materia electoral: pero “con excepción del propio acto de la elección” (Canon 4). Lo que es de Derecho divino no cae bajo el derecho humano, bajo el arbitrio y consenso de los hombres (D.S. 3074). El “negocio urgente” primero es el de la propia elección por Derecho divino. Los demás de Derecho humano, están subordinados a este. Y los electores no tienen ningún poder de jurisdicción ordinaria papal (Canon 1). No pueden usurparlo. Si lo hacen, el acto es nulo.
     4. Por lo tanto, el argumento del Sr. Daly es nulo; proviene de los herejes. Quiere subordinar el Derecho divino al hombre.
     5. Si Gregorio XII, uno de los papas dudosos, en el Gran Cisma de Occidente, si él dio o no poder de jurisdicción para el Concilio de Constanza elegir un papa, es también cuestión dudosa. No es la opinión de algún teólogo que decide en este caso concreto y ni en cuanto a la norma del Canon 20, establecida por la Iglesia con poder divino. La validez de la elección estaba asegurada por la Iglesia, en cuanto al electo por  el Concilio de Constanza; y por el Canon 20. Así los argumentos del Sr. John Daly son falsos y son de los herejes de la peor especie.
         
V. SENTENCIA SUMAMENTE HERÉTICA
     Escribe el Sr. John Daly: “No es esencial y de absoluta necesidad en la Iglesia la existencia de un papa. Él es solo muy útil, como un brazo. Su falta es solo inconveniente.
     Si un papa fuera de necesidad absoluta, la Iglesia dejaría de existir en las vacancias, porque: “Más y menos no cambia la especie”.
     Luego la vacancia milenaria o perpetua es posible”.

     1. Es de necesidad absoluta y esencial la existencia de un papa porque Cristo quiso que la Iglesia fuera visible y perpetua; que la Cabeza, principio de la unidad de la Iglesia, fuera visible y perpetua. Existe anatema, del Concilio Vaticano I, para quien niegue esta necesidad de la Cabeza visible (D.S. 3055), “Ecclesiae militantis visivel caput” y para quien niegue la perpetuidad de esta Cabeza visible, por Derecho divino; que San Pedro tenga en el primado sobre toda la Iglesia: “perpetuos Sucesores” (D.S. 3058). Para el fin de la “perpetua salud y del perenne bien de la Iglesia”, en “todos los siglos”, el Sucesor de Pedro es: “príncipe de los Apóstoles; cabeza y columna de la fe y fundamento de la Iglesia Católica” (D.S. 3056). Cristo quiso la jerarquía de pastores y de doctores en la Iglesia: “Hasta la consumación de los siglos” (D.S. 3050). Él es el “principio perpetuo de la unidad, y el fundamento visible” (D.S. 3051), de la unidad de fe y de Caridad, o de comunión. Esto “para que sea perenne la obra salutífera de la Redención” (D.S. 3050), por voluntad de Cristo.
     Por lo tanto, está fuera de la unidad de fe y de gobierno quién niega esta “necesidad absoluta” y “esencial”. Tal persona quita la visibilidad y perpetuidad de la Iglesia; destruye la “sociedad perfecta” que es la obra de Cristo. Un Cuerpo vivo puede vivir sin un brazo; o sin una pierna; pero no sin la Cabeza. Así tal sentencia es la de los herejes enemigos de la Iglesia.
     El Derecho divino muestra la necesidad absoluta, divina, de la Cabeza visible perpetua: “Donde no existe gobernante, el pueblo se dispersa” (Prov. XI, 8).
     2. La duración mayor o menor de la existencia de un ser humano, siendo el tiempo una forma accidental, no cambia la naturaleza de ese ser que es material y temporal. Por esto los papas mueren en cuanto son seres temporales. Por eso la Iglesia, como obra divina de Cristo, con el poder espiritual de la Sede de Pedro, no muere con la muerte de cada uno de los papas. Ella tiene doble naturaleza. Ella tiene como fin la salvación de todos los seres humanos, hasta el fin de la existencia de todos los seres humanos. Ella es perpetua, no temporal. Es visible, no invisible. Son los herejes protestantes y jansenistas que quieren y quisieran una Iglesia de unidad invisible, neumática, solo en espíritu. Igual que el Vaticano II,  Ecuménica, sin un verdadero papa. El Vaticano II es acéfalo en cuanto no tiene un papa verdadero. Así el silogismo del Sr. Daly pasa de lo temporal de los papas en cuanto su naturaleza mortal, a la perennidad de la Iglesia en cuanto es obra divina perpetua, trascendente a los tiempos y a las opiniones humanas.
     San Pablo condena como “obra de la carne”, la “religión de los ángeles no visibles”, de los que “no tienen una cabeza” (Col. II, 18-99).
     3. La privación de la Cabeza visible humana por cierto tiempo no altera la naturaleza divina de la Iglesia y no altera el precepto y deber de la existencia de una Cabeza visible. No altera la forma y el fin de la Iglesia visible. Pero la vacancia prolongada tiene efectos nocivos si es por décadas, siglos o milenios: pierde la visibilidad del vínculo de unidad primero: y se acerca a los enemigos de la sociedad católica. Un barco sin timón ni piloto, por corto tiempo, no pierde la ruta del fin predeterminado; pero por largo tiempo, décadas, siglos, milenios o de modo perenne, pierde la forma y el fin. Una enfermedad por un día no tiene los efectos de una enfermedad por décadas o de modo perenne. La forma humana material requiere la forma visible y viva de la Cabeza que es el principio de la unidad de la Iglesia. “Creo en una Iglesia” dice el credo católico. “Omne ens est unum”, dice la Ontología. La esencia y existencia no existen separados. Así la Iglesia es humana y divina; es visible e invisible.
     Por lo tanto, los mandamientos de Dios no son libres (D.S. 1569); no son imposibles (D.S. 1536); deben ser obedecidos (D.S. 1571); son condiciones de salvación (D.S. 1570). Así la Cabeza visible es esencial (D.S. 3055); y es, por obra divina, perpetua (D.S. 3058). Así la sentencia del Sr. John Daly y de sus seguidores es herética. Quieren la destrucción de la Iglesia Perpetua.
         
VI. LA LIBRE EXEGESIS DEL APOCALIPSIS
     Escribe el Sr. John Daly: “La venida del Anticristo es un acto cierto. Zins demostró, de modo triunfal, que durante su tiempo, no existirá papa. Así sea por falta de consenso del católico o por la venida del Anticristo: no existirá papa.
     Por lo tanto, es conclusión cierta: La vacancia es definitiva; un papa no es necesario; la elección es absurda; él no será electo.
     Debido a que Dios intervendrá. El tiempo es corto. Henoch y Elias dirán quién es obispo católico; les darán jurisdicción y les enseñaran como elegir papa”.
         
     1. La profecía habla de la venida del Anticristo. Pero el Anticristo no prevalecerá sobre la Iglesia de Cristo. Lucifer no prevalecerá en nada sobre los dogmas de fe y preceptos divinos: “quien persevere hasta el fin este será salvo” (Mt. XXIV, 15). Por lo tanto, los enemigos de Cristo “no prevalecerán” sobre el deber de creer que San Pedro debe tener perpetuos Sucesores hasta el fin de los tiempos y los fieles deben perseverar en el deber de creer y de obrar. Pero deber de creer, enseña León XIII: “Sea cual sea la violencia y habilidad de los enemigos de Cristo, visibles o invisibles, estando fundada sobre Pedro, nunca podrá la Iglesia sucumbir o desfallecer en lo que sea” (Satis cognitum). Por lo tanto, mucho menos en su “Cabeza visible” y “fundamento perpetuo”, cosa esencial y de necesidad absoluta en la Iglesia que, por obra de Cristo, es visible y perpetua. Así a la venida del Anticristo, en nada prevalecerá sobre el reino de Cristo, sobre el credo: “fundamento firme y único sobre lo cual no prevalecerán las puertas del Infierno” (Trento, D.S. 1500). Él puede prevalecer sobre personas singulares, enseña León XIII, no sobre la Iglesia, en cuanto tal, en cuanto obra divina (Satis cognitum), con Constitución divina, perfecta, visible y perpetua, “que tiene en sí y por si todos los medios necesarios para su incolumidad y acción” (León XIII - Immortale Dei).
     2. Por lo tanto es ineptitud, estulticia, doctrina anti-católica afirmar que: “Zins demostró, de modo triunfal, que durante el reino del anticristo, no existirá papa”. La Iglesia es perenne. La Cabeza visible de la Iglesia es perpetua. Esto es dogma de fe. Los preceptos del Derecho divino deben ser obedecidos. No están bajo la libre interpretación de este o de aquel seglar o clérigo, en contradicción a la Tradición, al primado de Pedro, al Magisterio dogmático y canónico de la Iglesia. Quien está contra este Magisterio está fuera de la unidad de la Iglesia. La palabra divina de Cristo se refiere a la perpetuidad de la Iglesia, de la Cabeza visible y de la Jerarquía. Sin el primado perenne no existe la Iglesia perenne.
     3. Por lo tanto hay dos razones falsas en esta sentencia: el libre-examen de las Escrituras contra los dogmas de fe y la falsa “falta de consenso de los fieles” en aquello que pertenece a la unidad de fe y de gobierno. Quien dice esto defiende la “falsa religión cristiana” del Ecumenismo, y la libertad y la igualdad religiosa (Pio XI, Mortalium ânimos). La “certeza” en la Iglesia procede de la infalibilidad del Magisterio universal de la Sede de Pedro y no de las opiniones de los Señores Zins; John Daly, Arai Daniele; Gwynne; Michael Davies, Abbé Coache; etc...
     Por lo tanto esa “conclusión cierta” es una opinión subversiva de herejes, invirtiendo la luz y las tinieblas; Cristo y Belial; queriendo controlar el obrar de Dios.
     4. Así las conclusiones sobre Elias y Henoch son fantasía del libre-examen luterano sobre “obispo católico”, “jurisdicción papal”, “elección papal”. Los herejes sueñan, inventan ficciones, mienten como la Masonería y el Padre de la mentira.
     5. Si la venida del Anticristo arrastró millones de personas, como estaba profetizado por Cristo (Mt. XXIV) y San Pablo (2 Tess. III, 1-11); si esto llevo tiempo para que los fieles discernieran entre la Iglesia modernista y la verdadera Iglesia Católica; hoy esta simulación ya es bien clara a los fieles que “aman la verdad”. La Bestia del Apocalipsis ya fue identificada. El deber de obrar y el deber de creer permanecen, inmutables, hasta el fin de los tiempos. “Quien persevere hasta el fin será salvo” (Mt. XXIV, 15) "Sal del medio de ella pueblo mío; para que no participes de su delito y no recibas su pena” (Ap XVIII, 4). “Sal de medio de ella..., dice el Señor” (2 Cor VI, 17).
         
VII. LA IGLESIA DE LA UNION INVISIBLE
     Escribe el Sr. John Daly: “Según Zins no existirá papa en el reino del Anticristo. Por esto no dudamos en negar el deber de elegir un papa.
Ordenó Cristo a San Pedro, en el Huerto, guardar la espada; podría pedir legiones de ángeles al Padre. Esto tiene aplicación ahora.
     El deber de los fieles es la santificación personal.
     Elección papal es maniobra de Satán, falta de fe, cisma, exacerba divisiones; acto criminal, inútil, sacrílego, no llegar al fin, acto de auto-confianza, de orgullo, de salvador auto-designado, impide la satisfacción, pierde el alma”.

     La herejía de uno, lleva a la herejía a otro. Un ciego guía a otro ciego, caminan ambos al abismo, camino contrario al del Magisterio de la Sede de Pedro. ¿Quién nombró a estos dos como maestros contra el Magisterio de la Iglesia? Los acéfalos siguen a hombres y no el camino de los Apóstoles y de la Iglesia. San Pablo dice anatema sobre quien así obra (Cal I, 8-9). Es el camino de Lutero y de todos los herejes.
     1. En el Huerto de los Olivos San Pedro aun no era Pastor de los pastores, Cabeza visible de la Iglesia. La espada material que ahí fue mandada guardar no es la espada espiritual de la Sede de Pedro contra los errores y herejías; del ministro de Dios contra los malos (Rom XII, 1-7). San Pablo ordena la obediencia a las autoridades superiores bajo pena de condenación eterna. Cristo refuerza este deber de sumisión: “Quien a ustedes obedece a Mi me obedece” (Lc X, 16).
     Sobre la “legión de ángeles invisibles”, ellos no sustituyen la Cabeza humana visible de la Iglesia. Una Iglesia unida sólo con “vínculos invisibles” es lo querido por los herejes protestantes y jansenistas, opuesta a la unidad de fe y de gobierno que proceden de la Cabeza visible. Es doctrina condenada por Pio VI (D.S. 2615). El Sr. John Daly sigue en todo el camino de los herejes.
     El “no dudar” en negar un dogma de fe y el deber imperado por precepto divino es una declaración pública y firme de herejía, cisma y apostasía. La intención y la voluntad de cisma aquí son claras. Él “no duda” en seguir a Lutero y Jansenio, a Lamennais y Loisy; al Vaticano II; no duda en subvertir la ordenación de la Iglesia. Es la pertinacia en el error.
     2. El Sr. John Daly sigue aquí la inversión profetizada por Isaías, camino de todos los herejes: “dicen que el mal es un bien y que el bien es un mal; ponen la luz como si fuera tinieblas y las tinieblas como si fueran la luz” (Is. V, 20).
     La obra de Cristo se convirtió en “maniobra de Satán” y la obra de Satán, se convirtió en deber de los católicos. La herejía se convirtió en fe y la fe se convirtió en herejía. La unidad de gobierno bajo un papa fiel se convirtió en cisma; y el cisma de la separación en relación a una Cabeza visible fiel se convirtió en unidad en la “nueva-iglesia” ecuménica. La obediencia preceptuada por el Derecho divino (Rom XIII, 1-2) y la Iglesia (D.S. 3060), se convirtió en “acto criminal”; el acto “subversivo” condenado por San Pablo (Tit III, 10-11) se convirtió en acto debido de satisfacción. El acto de la elección papal que preserva la forma y el fin de la Iglesia, se convirtió en acto de vacancia perenne que quita la forma y el fin divino de la Iglesia. El medio necesario de salvación se volvió medio de perdición.
     La obediencia a Dios se tornó en acto de orgullo, de salvador auto-designado. La sumisión que santifica se volvió acto que impide la santificación. El medio de salvación, se volvió medio de perdición del alma.
     De este acervo de sentencias subversivas se mide la pertinacia en la herejía y en el cisma.

VIII. SUBVERSIÓN AL DEBER DE OBEDIENCIA
     Escribe el Sr. John Daly: “No prohíbe Dios hacer lo que está a nuestro alcance. Pero, en la actual crisis, el deber no es el de obrar, sino abstención práctica de acción, hasta que exista acción del propio Dios.
     Actualmente, el deber único es de la oración. Sin duda es el de rechazar terminar la actual crisis por una iniciativa propia. Ella no puede ser resuelta en el orden natural.
     Ella fue profetizada por Dios por un fin específico y sin que sea conseguido este fin específico ella no terminará. El deber es el de no frustrar, por un cónclave, el plan de Dios. Esta es la prudencia de Noé. Este es el sentido de la no aprobación del uso de la espada por Pedro”.
         
     1. Los preceptos divinos no son solo cosas “prohibidas”. Son cosas obligatorias que deben ser hechas. Los luteranos enseñaron que los mandamientos de Dios eran cosas: “ni preceptuadas, ni prohibidas”, sino indiferentes y libres. Por eso fueron condenados por el Concilio de Trento (D.S. 1569). Dios es un Legislador que debe ser obedecido (D.S. 1571). “Los que aman a Cristo observan sus mandamientos” (Jô XIV, 23). Por lo tanto, ahí está implícita la herejía de la libertad religiosa, que contradice el precepto imperativo divino. (D.S. 1537).
     2. Ahí se hace libre-examen de la orden de Cristo en el Huerto de los Olivos para subvertir dogmas de fe y preceptos de Derecho divino. San Pedro ahí aun no era Cabeza visible de la Iglesia; elegir un papa no es usar la espada contra los enemigos externos de la Iglesia; es tener el vínculo visible de la unidad entre los propios miembros de la Iglesia de Cristo. Los ángeles invisibles no son la Cabeza visible de la Iglesia. San Pablo cuando escribió la Carta a los Colosenses (II, 18-19), contra los “non tenens caput”, ya conocía lo que Cristo dijera en el Huerto de los Olivos. No compete al Sr. Daly, o Zins, substituir el Derecho divino y el Magisterio de la Iglesia.
     3. Es estulticia del libre-examen luterano afirmar que la herejía del Quietismo de Molinos y de Quesnel es la “prudencia de Noé”, que trabajó intensamente, durante años, para la construcción del Arca salvadora. Tal “prudencia” es la de Mons. Lefèbvre, la “prudencia propia” (Prov. III, 1-5), contra los preceptos de la Iglesia, condenada por Paulo IV en los herejes (Cum ex apostolatus).
     4. La acción de los enemigos de la Iglesia, visibles o invisibles, enseña León XIII, en nada prevalece en el deber de creer y en el deber de obrar de los miembros de la Iglesia, sumisos al Pontífice Romano (D.S. 3060).
     Ahí se muda el deber de obrar por lo opuesto: deber de no obrar; se elimina la acción humana de los miembros de la Iglesia y se quiere sólo la acción divina. Dios dio precepto a los hombres y quiere ser obedecido (D.S. 1 571). Tal oposición retira de la Iglesia la unidad visible y perpetua de fe y de régimen, por la cual se identifica cual es la única verdadera Iglesia de Cristo. Ella cambia el credo: “Creo en una Iglesia”. Ella divide las ovejas sin un único Pastor.
     5. Tal pasividad es condenada por el Concilio de Trento: “nihil omnino agere et passive se habere” (D.S. 1554). El precepto de la oración no elimina el precepto de la acción.
     La Iglesia condenó el Quietismo de Molinos: “Querer obrar activamente es ofender a Dios que quiere ser el único agente” (D.S. 2202).
     Condenó la misma herejía en Quesnel: ”Mandas en vano, Señor, si no das lo que preceptúas” (D.S. 2403).
     6. Someterse al precepto divino, realizando la acción mandada por Dios, no es “iniciativa propia”, de “salvador auto-designado”.
     Precepto de orden sobrenatural de la Iglesia no es acción de orden natural.
     7. La acción de los malos, tolerada por Dios, es obra del “hombre del pecado en el templo de Dios”, “operación del error”, “operación de Satanás” (2 Tess. II, 1-11), no es el “plan de Dios”. Se produce más allá de la intención de Dios y contra ella, por intención de los malos, de los seguidores de Satanás. Un cónclave es obligación de los fieles a la Iglesia de Cristo de la cual ellos son miembros. Este no lo quieren los infieles, seguidores de Satanás. Dios no quiere que el mal acontezca; pero permite que los malos lo practiquen. Ellos serán condenados por esto. Pero su acción no prevalece sobre el deber de creer y sobre el precepto de obrar dado por Dios a los fieles al movimiento del Arca de la salvación cuyo timón esta guiado por el Sucesor fiel de Pedro.

IX. LA NEGACIÓN DEL PRIMADO DE PEDRO
     Escribe el Sr. John Daly: “La crisis actual es un castigo de Dios. En esos casos Dios deja a los hombres sin un suporte natural. Obra Dios por sí mismo o por sus santos. No obra por iniciativa propia de salvador auto-designado, por medio puramente humano, por recursos naturales humanos, de orden temporal. Dios redujo el número de los hombres de Gedeon”.
         
     1. Tal sentencia es libre-examen de la Revelación divina contra el dogma de fe enseñado e imperado como norma obligatoria del Magisterio de la Iglesia. Se coloca el “juicio proprio” libre del herético (Tit III, 10-11), contra el Derecho divino mandando la unidad de régimen de la Iglesia y la conservación inmutable de los sentidos de los dogmas de la Iglesia (D.S. 3020). La verdad divina variaría en los “casos” individuales concretos; con las opiniones humanas. Esto es la doctrina del Ecumenismo, del Modernismo.
     2. Aquí no se distingue entre bien y mal; entre castigado por Dios y honrado por Dios. Sólo quien practica el mal debe temer los castigos de Dios, porque no es sin razón que el ministro de Dios lleva la espada para la venganza contra los malos. Mas, San Pablo ordena la “necesidad de obediencia” a los ministros de Dios (Rom XIII, 1-7). Pero este texto predica lo opuesto: no obediencia a los mandamientos de Dios y de la Iglesia: no obedecer a la obligación de elegir un Sucesor visible de Pedro.
     3. Es falso que Dios: “deja el hombre sin soporte material” cuando la Iglesia predica la necesidad perpetua de la Cabeza visible del Sucesor de Pedro. “Es gran y pernicioso error, enseña León XIII, querer en la Iglesia sólo la naturaleza visible, o sólo la invisible”: “La Iglesia es una por la unión de las dos naturalezas”. No es monofisita, ni nestoriana. El autor de esta sentencia sigue en la Iglesia lo que los monofisitas juzgaban sobre Cristo.
     4. El autor quiere en la Iglesia doctrinas y leyes divinas variables para “casos” singulares procedentes de la malicia de los enemigos acatólicos: cuando exista el papa, y para cuando no exista el Papa. ¿Dónde vio él esto en los 2000 años de Historia? No fue sino hasta el Arrianismo, el Monofisismo, el Luteranismo, el Jansenismo, el Liberalismo, el Modernismo.
     5. Lo que pertenece al orden sobrenatural de la Iglesia no se cambia por lo que pertenece al orden natural; no está subordinado a un Sobrenaturalismo invisible o a un Naturalismo que retira la Cabeza visible de la Iglesia. Cristo es Señor de toda criatura humana, del orden natural y del orden sobrenatural; es un Pastor eterno, de un reino perpetuo, visible e invisible, hasta el fin de los tiempos (D.S. 3058). Por lo tanto, tal sentencia es herética: retira la naturaleza visible y perpetua de la Iglesia; la obediencia al Romano Pontífice (D.S. 3060).
     6. Si Dios obra a través de los Santos; obra a través de seres humanos y no obra sólo por sí mismo. Y los herejes no eran hombres santos, sino “ladrones y salteadores” (Jo X, 1). “Iniciativa propia” es la de los que levantan el “juicio propio” libre (Tit III, 10-11), contra el Magisterio de la Iglesia; ellos son “auto-designados”, tienen “acción de grupo” en los infieles.
     7. “Son incompatibles con la Iglesia de Cristo; un sólo cuerpo y sólo un alma. Una parte sin la otra no constituye un hombre. Para la verdadera Iglesia es necesaria, de modo absoluto, la unión de las dos partes. La Iglesia de Cristo no es semejante a un cadáver” (León XIII, Satis cognitum). Un cuerpo sin Cabeza es un cadáver.
     8. Si Dios redujo el número de los hombres de Gedeón, estos hombres eran hombres; tenían una Cabeza visible gobernándolos; lucharon y no se quedaron pasivos y sin acción. Luego, el Libre-examen del autor es un fracaso. Dios tolera la acción de los malos, a veces, para castigo de ellos mismos. Pero no quiere la acción mala de ellos; no cambia sus doctrinas y preceptos divinos por la acción de los malos.

X. LA IGLESIA SIN SOLUCIÓN, MODELO JAPONÉS
     De la secta de los acéfalos procede también la Iglesia “Sin solución”, “sin sacramentos lícitos” del Sr. Zins, iglesia “modelo japonés”, esto es, de los tiempos posteriores a San Francisco Xavier en Japón.
     Juzgan como el hereje Baio, condenado por la Iglesia en defensa de la doctrina opuesta al estado de necesidad: “El hombre peca en aquello que hace por necesidad” (D.S. 1967). La Iglesia enseña con Santo Tomás que lo que no es lícito, en tiempos normales, por Derecho humano, en casos de extrema necesidad (como el actual) se torna lícito. El Canon 2261, 3 se refiere a los Sacramentos en casos de extrema necesidad. El Bautismo, la Penitencia y el Orden Sacerdotal están entre estos Sacramentos. La elección de un Papa, por normas supletorias de las normas, en casos de necesidad, es considerada por el Canon 20.
     Por lo tanto el anticonclavismo y o antisacramentialismo se completan para afirmar una Iglesia de Cristo, obra divina perfecta, como una “iglesia sin solución”. Niegan la perfección divina de la Iglesia. Juzgan que la obra de los enemigos de la Iglesia prevaleció sobre la obra de Cristo. Tales personas, por ignorancia, o por mala fe, o por dolo, herejía y cisma piensan que destruirán ellos la Iglesia de Cristo, trazando nuevos caminos unidos a los de la “iglesia conciliar”, juzgando, como el Sr. A. Daniele, que un papa futuro vendrá de los cardenales de la Iglesia conciliar. Hasta entonces, la insubordinación al deber de Derecho divino, con urgencia se debe retirar.

CONCLUSIÓN
     Existe hoy un puñado de miembros de la secta herético-cismático de los acéfalos. Parece que ella comenzó hace treinta años con el lefebvrista Abbé Coache y el Sr. Zins en Francia. Pasó a los anglicanos Sr. Gwynne, Sr. John Daly, Sr. Michael Davies y al brasileño de Portugal Sr. A. Danielle. Pasó a Mons. Pivarunas en los Estados Unidos y a Mons. Alarcon en Bolivia y otros, dispersos en los Estados Unidos, México y Argentina.
     También pertenecen a la secta de los acéfalos los seguidores de Mons. Lefebvre, Dom Mayer, Mons. Guerard des Lauriers e Mons. Sanborn, porque el papa herético que ellos validan, siendo nulo, no extingue la vacancia de la Sede de Pedro. Son cripto-acéfalos, sin obediencia al Sucesor de Pedro sea fiel, sea infiel.
     Todos estos rechazan la unidad de gobierno necesaria en la Iglesia por Derecho divino. Todos se alejan de la unidad de fe, de la obediencia necesaria de todos a la autoridad divina del verdadero Sucesor de Pedro (D.S. 3060), cosa de necesidad de salvación (D.S. 875). Se apartan de la unidad de comunión con la Cabeza visible y con los miembros fieles a ella obedientes, cosas pertinentes a la noción de cisma y credo: “Creo en Una Iglesia”, mutilando el dogma esencial retirando su integridad (D.S. 75). No es lícito disminuir o aumentar o cambiar nada en el Derecho divino conforme al tiempo y opiniones libres humanas (Ap. XXII, 19; D.S. 3020).
     Tal secta de los acéfalos quiere aparentar ser “tradicionalista” porque conserva los ritos de San Pio V y porque aparenta rechazar las herejías del Vaticano II. Sin embargo, junto con él, defiende el libre-examen de la Revelación divina y altera la forma del gobierno de la Iglesia, monárquica de Derecho divino.

“Donde este el Cuerpo, ahí se reunirán las águilas” (Mt. XXIV, 28).

Laus Deo nostro

Coetus Fidelium
N° 8 agosto 2013
Traducción:
R.P. Manuel Martinez Hernández