miércoles, 31 de diciembre de 2014

NIHIL SOLLICITI SITIS...

     No viváis preocupados...
Nuestro Señor no condena la previsión prudente.
     Pero condena esa preocupación, tan frecuente y tan absurda del mañana: ¿qué comeré o con qué me vestiré? Scit enim Pater quia iis omnibus indigetis: vuestro Padre celestial sabe que necesitáis estas cosas.
     "Mí Padre" y "sabe". ¿Puedo entonces dudar siquiera de que me dará lo necesario? Es mi Padre, y conoce mi necesidad; eso tiene que bastarme para alejar de mí esa preocupación inquietante del mañana.
     Trabajar, si -es la ley de la vida-, y trabajar con esfuerzo, con constancia, pero también con paz, y, sobre todo, con un a confianza absoluta en mi Padre celestial.
     ¿Me preocupa mi salud?
     ¿Me preocupa mi oficio?
     ¿Me preocupa mi porvenir?
     ¡Cuántas preocupaciones inútiles y nocivas! Ellas no van a hacerme ni mas fuerte ni mas sano; no van a hacerme más inteligente ni a dar mayor eficacia a mi trabajo; no van a cambiar el rumbo de las cosas.
     ¿Acaso mi salud no está en manos de Dios?
     Y mi oficio, ¿no es él quien me lo ha señalado?
     ¿Y no está en sus manos amorosas y paternales pi porvenir?
     Y así, todas esas preocupaciones vanas se desharían como neblina al parecer el sol, si yo dejara reinar en mi alma esa confianza filial en mi Padre celestial, que sabe lo que me hace falta.
     Él da de comer a los pajarillos del campo. Él viste las flores con esos encantos maravillosos. Él abre su mano y llena de bendición a todos los animales. ¿Y me abandonará a mi, que soy su hijo?
     ¿No soy yo para Él mucho más que las flores y las aves?
     ¿No dio Él por mi alma el precio de la sangre de su Hijo Unigénito?
     
     ¡Que absurdas son mis preocupaciones cuando las miro a esta luz divina que la Providencia difunde sobre ellas!
     Y, sin embargo, las desecho una vez..., y vuelven de nuevo y me quitan la paz y me pongo a devorarme los sesos buscando la manera..., ¿de qué? De engañarme a mi mismo. Porque confiar en mis pobres medios humanos, ¿qué otra cosa es sino engañarme tristemente?
     Prever está bien. Preocuparme está mal.
     Es faltar a la confianza que debo a la Providencia de mi Padre Celestial.
     Es pretender adelantarme a lo que ella amorosamente ha dispuesto sobre mí y ha preparado para mi bien.
     ¿Por qué, pues no abandonarme confiado y tranquilo en el seno de esa Providencia de mi Dios? Nihil mihi deerit: nada me faltará.
Alberto Moreno S.I.
ENTRE EL Y YO

martes, 30 de diciembre de 2014

LECCIONES DE SANTO TOMAS (3)

LAS COSAS DE NECESIDAD ABSOLUTA
Santo Tomás S.T. 1, 19, 8

Por el Dr. Homero Johas

     Parece que la voluntad de Dios impone por necesidad las cosas que el quiere.
     Dios quiere que sean hechos todos los bienes que son hechos.
     Por lo tanto si Dios impone por necesidad las cosas que Él quiere, todos los bienes ocurren por necesidad.
     Así el libre albedrío humano no existe, ni sus deliberaciones y las cosas que los hombres quieren.
     
     La voluntad de Dios impone la necesidad para ciertas cosas queridas por él, mas no todas.
     Por esto algunos quisieran atribuir ciertas cosas a causas medias: las cosas necesarias son producidas por causas necesarias; las cosas producidas por causas contingentes son contingentes.
     Pero por dos razones esto no es dicho de modo suficiente.
     Primero.- El efecto de la Causa Primera sería contingente en razón de la causa segunda: la virtud del sol sería impedida por el defecto de una planta.
     Pero ningún defecto de una causa segunda puede impedir que sea hecha la voluntad de Dios.
     Segundo.- La distinción entre lo contingente y lo que es necesario se refiere a las causas segundas; esto sería más allá de la intención y voluntad divina; lo que no es conveniente.
     Por lo tanto, mejor se debe de decir que esto ocurre por la virtud eficaz de la voluntad divina.
     Pues cuando una causa es eficaz en el obrar, el efecto sigue a la causa, no sólo según lo que es hecho, sino también según el modo de ser hecho y de ser.
     Pues, en los accidentes, la debilidad de la fuerza activa de la semilla, pasa que el hijo nazca diferente al padre; esto pertenece al modo de ser.
     Por lo tanto siendo eficaz la voluntad divina se sigue que sean hechas no solo las cosas que Dios quiere que sean hechas; sino también que sean hechas del modo que Dios quiere que sean hechas.
     Dios quiere que algunas cosas sean hechas de modo necesario y otras de modo contingente, para que exista un orden en las cosas; para complemento del universo.
     Así para ciertos efectos Dios hizo causas necesarias y que de ellas procedan efectos por necesidad.
     Pero otros efectos los ligó a causas contingentes, de las cuales proceden efectos contingentes.
     Por lo tanto, Dios quiere que esos efectos ocurran de  modo contingente, y los ligo a causas contingentes.

OBJECIONES
     1°- Dice San Agustín que nadie se salva, sino aquel a quien Dios quiere salvar. por lo tanto debe pedirse que Dios quiera, porque si Él quiere necesariamente será hecho.
     Respuesta. Por estas palabras se debe de entender la necesidad en las cosas queridas por Dios de modo condicional, no absoluto.
     Pues es necesario que sea verdadera la condición: Si Dios quiere esto, es necesario que exista.

     2°- Toda causa que no puede ser impedida produce su efecto por necesidad; pues, como dice Aristóteles: la naturaleza opera de modo siempre igual.
     Pero la voluntad de Dios no puede ser impedida, pues dice San Pablo: ¿Quién resiste a la voluntad de Dios? (Rom. IX, 19). Luego la voluntad de Dios manda por necesidad las cosas por Él queridas.
     Respuesta: Del hecho de que nada resiste a la voluntad de Dios, se siguen que sean hechas no solo las cosas que Dios quiere, sino también que sean hechas como el quiere ya sea del modo necesario como del contingente.

     3°.- Lo que tiene necesidad de causas primeras es necesarios que ocurra de modo absoluto. Así la muerte del animal es necesaria porque está compuesto de dos cosas contrarias.
     Pero las cosas creadas por Dios tienen relación con la voluntad divina como las causas primeras, de las cuales tienen necesidad.
     Pero, siendo verdadera condición: "Si Dios quiere algo, eso existe", toda condición verdadera es necesaria  
     Por lo tanto es necesario de modo absoluto todo cuanto Dios quiere.
     Respuesta: Las cosas posteriores tienen su necesidad determinada por las anteriores, según el modo de las anteriores.
     Por lo tanto las cosas determinadas por la voluntad divina, tienen su necesidad tal cual quiso Dios la tuvieran, esto es, o absoluta o solo condicionada.
     Así pues, todas las cosas no son de necesidad absoluta.

COMENTARIOS
     De esta profunda lección del Aquinate se sigue que Dios quiere que las cosas de la causa primera divina, quiere las cosas de las causas segundas, libre; quiere las de necesidad absoluta, y quiere las dependientes del libre albedrío.
     Por lo tanto también para la salvación humana algunas cosas son de necesidad absoluta, como tener la fe verdadera de Cristo, Salvador, pertenecer a su Iglesia y otras son relativas a los conocimientos y las voluntades humanas, como es la sumisión a sus preceptos.
     Dios quiere las dos cosas: No todo depende de Dios y ni todo depende del hombre; las cosas de la Iglesia son teándricas, de doble naturaleza, divinas y humanas, obrando ambas naturalezas.
     La voluntad primordial de Dios, Creador, del hombre, de la libertad y de la razón humana, semejante a la de Dios, no quita la obediencia del hombre libre al Legislador divino (D.S. 1571), con mandamientos obligatorios (D.S. 1569) y con la condición de obediencia del hombre (D.S. 1570).
     Existe el premio eterno cuando existe la conformidad de razón y voluntad entre el hombre y Dios; existe una pena eterna cuando el hombre resiste y contraria la voluntad divina.
     La causa segunda, racional y libre, viene del mismo Creador que también es Legislador divino, del ser y lo que debe ser.
     Por lo tanto Dios quiere las cosas necesarias y quiere que los hombres obren de manera libre, cumpliendo o no los preceptos divinos. No existe contradicción en Dios que quiere que la naturaleza humana obre libremente en unas cosas y en otras este subordinado a las cosas necesarias.

TRADUCCIÓN:
R. P. Manuel Martinez Hernández
COETUS FIDELIUM
Agosto del 2013 N° 8

lunes, 29 de diciembre de 2014

VENGA A NOSOTROS TU REINO

     La expresión: el reino de Dios, proviene de las páginas del Antiguo Testamento y se ha ido enriqueciendo y saturando de sentido.
     Primero, el reino de Dios significa la dominación temporal de Israel sobre los pueblos rivales.
     En el Profeta Amós designa el reino de la justicia divina, igualmente inexorable para Israel y para sus enemigos.
     En los profetas, es la visión de un mundo trasformado en donde Dios está presente y transfigura las cosas con su presencia.
     En el Apocalipsis, después de una catástrofe cósmica, es la inauguración de un orden nuevo de cosas en que las fuerzas del mal quedan aniquiladas.
     En el Evangelio, es la doctrina de  Cristo, difundida y aceptada entre los hombres. "Se acerca a vosotros el reino de Dios".
     Es la Iglesia, fundada por Cristo y enviada a la conquista de todas las gentes
     Es el señorío de Dios en el alma por la infusión y presencia de la gracia. "El reino de Dios está dentro de vosotros".
     El Padre nuestro, enseñado por Jesús, nos hace pedir el advenimiento del reino de Dios. Que es el reino de verdad, de justicia, de paz y de amor en el mundo.
     Reino de Dios sería toda la vida actual de la humanidad, con su política, su trabajo, su economía, sus diversiones, sus progresos... pero todo ello sin injusticia, sin opresión de los débiles y de los pobres, sin odios, sin guerras, sin desbordamientos de concupiscencias, sin olvido de Dios...
     Reino de Dios sería toda la actividad de los hombres, pero bañada en las virtudes evangélicas; sería el mundo presente, mas purificado de egoísmo, orientado hacia los bienes y los goces eternos...
     Para decirlo todo, este Reino de Dios no se realizará jamás en la tierra en estado puro a pesar de los gritos iracundos de León Bloy.
     El reino de Dios o lo que San Agustín llamó la Ciudad de Dios estará siempre trabada con la ciudad edificada y defendida por el hombre. Y en el mismo corazón de cada hombre existirá siempre la lucha entre las exigencias de la gracia y los reclamos del instinto.
     El reino de Dios padece violencia y solo lo conquistarán los violentos, es decir, los esforzados.
     La posesión del reino de Dios sólo se alcanzará definitivamente en el cielo.
     Pero esta esperanza no debe llevarnos a despreciar el tiempo, la tarea de cada día, la tierra nuestra con sus hombres inquietos y turbulentos. El peso de la eternidad no debe inducirnos a la evasión egoísta del presente, al repliegue sobre sí mismo, a la fuga hacia un bello futuro imaginario. El reino de Dios debe construirse a través de nuestros esfuerzos.
     Y el pensamiento del reino eterno con sus recompensas no puede dispensarnos de trabajar por el mejoramiento de la ciudad terrestre, encuadrada en justicia y en paz.
     El reino de Dios, la doctrina de Cristo, debe encontrar en mi un aprendiz asiduo. Su código es el Evangelio. A sus páginas debo acudir diariamente a estudiar las lecciones de la santidad vividas por el Maestro y enseñadas en su predicación, en las bienaventuranzas, en las parábolas, en los reproches a los fariseos, en las confidencias con los apóstoles, en su cátedra de la Cruz.
     El reino de Dios, la Iglesia, debe tener en mí un militante aguerrido, gozoso de pertenecerle, deseoso de servirle, presto a obedecerle, dispuesto a defenderla y amplificarla, impulsado por el sentido misionero y proselitista. Llegue el reino de Dios más eficazmente a las naciones cristianas. Llegue su noticia y su luz a las gentes de la paganía, desalumbradas y desencaminadas. ¿Qué hago yo por dilatar en el mundo el reino de Dios?
     El reino de Dios, o sea, la gracia, tiene en mi alma exigencias de crecimiento. Es semilla de vida, de vida fecunda y operante, llamada a una consumación en la santidad y a una glorificación en el cielo. El santo es el hombre que le ha sacado a la gracia sus últimas consecuencias. Es el hombre que con el esfuerzo de cada día violentó las puertas del reino y lo arrebató definitivamente.
     ¡Padre nuestro, que estás en los cielos...
     Venga a nos tu reino!
R.P. Carlos E. Mesa, C.M.F.
CONSIGNAS Y SUGERENCIAS PARA MILITANTES DE CRISTO

domingo, 28 de diciembre de 2014

Surge..., et surrexit

     "Levántate... y se levantó".
     "Toma al Niño y a su Madre..., y tomó al Niño y a su Madre".
     "Y huye a Egipto..., y huyó a Egipto".
     Con estas palabras, que revelan una exactitud absoluta, parece que el evangelista hubiera querido subrayar la obediencia completa de José al mandamiento divino.
     Obediencia de ejecución; inmediata, sin vacilaciones, sin tardanzas, sin excusas de ninguna clase.
     Y la orden, sin embargo, era difícil y dura. ¡Qué circunstancias! ¡Qué perspectivas!

     El centurión romano decía a Jesús:
     "Señor, yo soy hombre que tengo subalternos a mis órdenes. Y digo al uno: ve, y va; y digo al otro: ven, y viene".
     Esos subalternos tenían la obediencia de ejecución.
     Sí, pero de qué distinta manera.
     Se puede ejecutar exactamente lo que se manda, pero de una manera completamente exterior. Porque, ¡cuántos motivos distintos pueden influir en mi obediencia!
     No hay duda alguna de que eran bien distintos los motivos que movían a José a obedecer la orden del ángel de los que movían a aquellos soldados del centurión a ejecutar puntualmente las órdenes de su jefe.

     Ahora debo reflexionar sobre mi obediencia de ejecución:
     ¿Cumplo realmente con fidelidad absoluta aquello que el superior, representante de Dios, me ordena, sin tardanza, sin vacilaciones, sin excusas?
     Si así lo hago, reconociendo al mismo tiempo en la voz de la obediencia la voz de Dios, tengo la verdadera obediencia de ejecución, propia de un religioso.
     Esta obediencia puede exigirme a veces verdaderos sacrificios, costosos a mi naturaleza, que contrarían mis gustos, que lastiman mis comodidades. Pero si no llego siquiera a ejecutar puntual y exactamente lo que se me ordena, ¿puedo pensar o gloriarme de que tengo algo de obediente?
     Porque esa obediencia de ejecución no es sino el primer grado de la obediencia. Y los santos han considerado tan pequeño ese grado primero, que dice San Ignacio que "no merece el nombre, por no llegar al valor de esta virtud, si no se sube al segundo, que es el hacer la voluntad del superior con un mismo querer y no querer"
     José hacía plenamente suya la voluntad de Dios manifestada por el Ángel.
     La abraza con decisión; Dios lo quiere, yo también lo quiero. Y se levanta, y toma al Niño y a la Madre y huye. ¡Qué importa que el viaje sea difícil, que a la tierra a donde van sea extranjera, que los recursos con que cuentan son escasos!... Dios lo quiere. Yo también lo quiero.
     ¡Oh, si yo llegara también a esta obediencia de voluntad! Hacer mía la voluntad del superior es hacer, mía la voluntad de Dios.
     ¡Me olvido tan fácilmente de esta verdad cuando la obediencia contraría mis gustos o hiere mi sensibilidad!...
     Me falta todavía espíritu de fe; me hace falta ese ejercicio de ver en aquel que manda a Dios mismo, de oír la voz de Dios en la voz de mi superior: "El que a vosotros oye, a Mí me oye", me dice el Señor. Pero lo olvido...
     ¿No habría otros medios de salvar al Niño y a la Madre?
     ¡Cuántos había! Y, sin embargo, Dios escoge éste, duro, difícil...
     Y José lo acepta. ¿No es acaso lo mejor lo que Dios determina?
     Señor, enséñame a obedecer así.
     Lo que manda la obediencia es lo que Tú quieres de mí. Y ¿cómo no creer que lo que Tú quieres es para mí lo mejor?
     Hazme obediente y sumiso; pero con esa obediencia sencilla y humilde y alegre, basada en una fe firme que te ve en aquel que manda en tu nombre y que en su voz oye siempre tu voz.

Alberto Moreno S.J.
ENTRE EL Y YO

Pastorela San Lucas Evangelista 2014




































sábado, 27 de diciembre de 2014

Lecciones de Santo Tomas de Aquino (2)

LA NATURALEZA DE LA APOSTASÍA
Santo Tomás S.T. 2-2, 12-1
Por el Dr. Homero Johas

     Enseñó San Juan: "Desde ese momento muchos de sus discípulos volvieron  atrás y se dejaron de andar con Él" (San Juan VI, 66). Sobre ellos diría Nuestro Señor: "Existen algunos entre ustedes que no creen". Por lo tanto la apostasía pertenece a la infidelidad.
   
     RESPUESTA:
     La apostasía implica un apartamiento de Dios. Esto ocurre de modos diversos, según los modos por los cuales el hombre está unido a Dios.
     Primero: Por la fe
     Segundo: Por la voluntad debidamente subordinada para obedecer los preceptos divinos.
     Tercero: Por otras cosas especiales, además de estas, como la vida religiosa, la clericatura y las órdenes sagradas.
     Por lo tanto, si alguien se aparta de Dios apartándose de la vida religiosa que profesó, o del orden que recibió, a esto se le llama apostasía de la religión o del Orden.
     Ocurre también una apostasía de la mente, cuando se rechazan los Mandamientos divinos.
     Existiendo estas apostasías dichas puede el hombre aun permanecer unido a Dios por la fe.
     Pero, si se separa de la fe, se separa interiormente de Dios.
     Por lo tanto, de modo simple y absoluto, se llama apostasía pérfida aquella por la cual el hombre se separa de la fe.
     Así de este modo, esta apostasía pertenece simplemente a la infidelidad.

OBJECIONES
1.- LA VOLUNTAD CONTRA LOS MANDAMIENTOS
     Parece que la apostasía no pertenece a la infidelidad, pues, lo que es el principio del pecado no pertenece a la infidelidad, dado que existen muchos pecados sin infidelidad. Así parece que la apostasía es el principio de todos los pecados por cuanto está escrito: "Apostatar de Dios es el inicio de la soberbia del hombre". Y "La soberbia es el inicio de todo pecado" (Eccl. X, 14-15). Por lo tanto la apostasía no pertenece a la infidelidad.

RESPUESTA:
     Esta objeción procede de la segunda especie de apostasía. En todo pecado mortal hay una voluntad contraria a los mandamientos de Dios.

2.- APOSTASÍA DE LA FE
     La infidelidad está en el intelecto. La apostasía parece que consiste más en la obra externa, en la palabra, o en la voluntad interior. Pues está escrito: "El apostata es un hombre inicuo; anda con perversidad en la boca, guiña los ojos, hace seña con los pies, habla con los dedos. En su corazón habita la perversidad; urde el mal en todo tiempo y siembra discordias" (Prov. VI, 12-14). Será juzgado apostata también quien se circuncide, o quien adore el sepulcro de Mahoma. Luego la apostasía no pertenece de modo directo a la infidelidad.

RESPUESTA:
     Pertenece a la fe no solo el creer en el corazón, sino también manifestar la fe interior por las palabras y actos exteriores, pues confesar la fe es un acto exterior de fe. por lo tanto pertenecen también a la infidelidad el modo de obrar y ciertas palabras y obras exteriores, en cuanto son señales de infidelidad, así como las señales de salud son de los sanos. El término de apostasía ahora puede ser entendido de toda apostasía, pero conviene de modo perfecto a la apostasía de la fe. Pues la fe es el primer fundamento de las cosas que se esperan, y sin ella, es imposible agradar a Dios (Heb. XI, 16). Pues retirada la fe, nada permanece en el hombre de utilidad para la salvación eterna. Por eso se dice que el apostata es un hombre inicuo.

3.- LA AGRAVANTE DE LA INFIDELIDAD
     La herejía que pertenece a la infidelidad es una especie de infidelidad. Así la apostasía también pertenece a la infidelidad, también es una especie de infidelidad. Lo que no parece ser por lo que fue dicho antes (q. 10, a. 5). Por lo tanto la apostasía no pertenece a la infidelidad.

RESPUESTA:
     La especie de una cualidad o forma no es determinada por el término "a quo", o "ad quem" de un movimiento, sino es definida por los términos del movimiento. La apostasía ve a la infidelidad como un movimiento "ad quem", por el apartamiento de la fe. Por lo tanto no implica una especie de infidelidad, sino en una circunstancia agravante, conforme escribió San Pedro "Mejor les fuera no haber conocido el camino de la justicia, que renegar después de conocerlo" (2 Pedro, II, 21).
     La fe es la vida del alma: "El justo vivirá por la fe" (Rom. I, 17) Así como retirandose la vida corporal, los miembros se apartan de la posición debida de las partes de los hombres, así retirada la vida de la Justicia que existe por la fe, aparece el desorden de los miembros: primero en la boca por la cual el corazón del hombre se manifiesta; segundo en los ojos; tercero en los instrumentos de los movimientos; cuarto en la voluntad tendiente al mal. De ahí se sigue las disensiones con la intención de separar a los otros de la fe, como él mismo se ha separado.

COMENTARIOS
     Notese como Santo Tomás coloca la apostasía a la: "mente que rechaza los preceptos divinos". Los acéfalos no quieren el mandamiento divino por el cual los fieles deben de elegir un Papa.
Traducción:
R.P. Manuel Martínez Hernández
COETUS FIDELIUM
N° 8 agosto 2013

Lo que no publicamos (3): DESFILE GRUPO SAN JUAN BOSCO EN ZAPOPAN

El pasado 16 de noviembre desfilaron los miembros del grupo San Juan Bosco en Zapopan