sábado, 5 de septiembre de 2015

Nonne duodecim sunt horae diei?

¿No son, acaso, doce las horas del día?
     ¿Puedo, por ventura, sacar alguna lección provechosa para mi adelantamiento espiritual de estas palabras?
     Pero ¿acaso Nuestro Señor no las dijo para mi enseñanza? Son palabras divinas, y en ellas, como en todas las palabras de Cristo, hay espíritu y vida.
     Los Apóstoles habían visto a Jesús resuelto a ir a Betania..., y el temor les sobrecogía. Pero, Señor, ¿volverás a Judea sabiendo que te buscan para darte la muerte?
     Y ¿qué responde el divino Maestro?
     «¿No son, acaso, doce las horas del día?»
     Quiere tranquilizar la inquietud de sus discípulos: «Antes de la hora que mi Padre ha señalado, no hay nada que temer; las horas de mi vida no podrán ser acortadas por mis enemigos.»

     ¡Oh! Si esta lección entrara bien hasta el fondo de mi alma y se grabara en ella de modo que nunca se borrase, ¡qué fuente de paz y de tranquilidad para mi vida!
     Son también doce las horas de mi día, ni una más ni una menos; las horas señaladas por Dios para mí desde la eternidad; son las horas de que puedo disponer de luz, en que para mí es de día. «Y el que anda de día — dice el Señor— no tropieza, porque ve la luz de este mundo.»
     Horas que me han sido dadas para andar, para caminar hacia mi patria, que es el cielo.
     Horas que me han sido dadas para negociar el único negocio, que es la salvación eterna de mi alma y mi propia santificación.
     Pasadas ellas, vendrá la noche... In qua nemo potest operari.

     ¡Cuántas veces me sorprendo lleno de preocupaciones inútiles, como si pudiera hacer que las horas de mi día fueran más de doce!
     Esa preocupación absurda hace que no aproveche el tiempo como debo: me roba energías preciosas, me quita la paz, me impide consagrarme con intensidad al trabajo del momento presente.
     Si la persuasión íntima de que Él mismo, que señaló las horas de mi día, las va disponiendo una a una y que a mí sólo me toca aprovechar esa disposición, se hiciera la norma de mi vida, viviría confiado en esa Providencia amorosa que me rige, y me ahorraría mil preocupaciones dañosas a mi espíritu.
     ¡Mas olvido tan fácilmente esta verdad!

     El divino Maestro iba tranquilo a Judea, a meterse en medio de sus enemigos. Y no era temeridad. Era, sencillamente, la confianza segura en la Providencia del Padre celestial: todavía no había llegado su hora, y todavía no había sonado en el reloj de la Providencia la hora de los enemigos...
     Jesús lo sabía, e iba tranquilo y sereno..., y los enemigos, que lo ignoraban, se movían inútilmente, porque no habían de lograr el intento de prenderle antes de que esa hora llegara.
     Así es mi vida. Y yo lo sé. Pero lo olvido a cada momento.
     Y porque lo olvido, me dejo embargar por la intranquilidad y por la preocupación.
     Mis horas son doce.
     Están contadas.
     En ellas tengo que trabajar. Pasadas ellas ya no tendré que hacer sino disfrutar del fruto de mi trabajo o llorar sin esperanzas el no haber sabido aprovecharlas.
     Por eso el consejo del Maestro: «Caminad mientras tenéis luz.»
     Son doce mis horas de luz.
     Tengo que repetírmelo una y otra vez.
     ¿Cuántas de esas doce horas han pasado ya?... No lo sé.
     Mas sí sé que lo Único que verdaderamente me importa es que sean muchas o pocas las que me restan, me es necesario aprovecharlas, si no quiero tropezar en las tinieblas.
Alberto Moreno S.I.
ENTRE EL Y YO