lunes, 30 de marzo de 2015

A GOLPES DE BIEN

     Bravamente clamaba y se insurgía José Antonio contra monstruosas desigualdades, contra abusos inveterados que parecían inconmovibles, contra la vida infrahumana de muchos españoles; y quería, con radical obsesión, que disfrutasen todos, plenariamente, de "la Patria, el Pan y la Justicia".
     Su expresión es lema incorporado al nuevo Fuero del Trabajo, código de avanzada justicia social. Y Franco tuvo por predilecta frase: ''Ni un hogar sin lumbre, ni un español sin pan". Y al propio tiempo que afrontaba las arduas urgencias de la guerra, quiso y logró implantar, con eficiencia admirable, reformas e instituciones que volviesen tangible el gran propósito.
     Con más intensidad todavía prosigue en la tarea, después de la victoria. Por sobre los apremios económicos y los graves problemas internos y exteriores, persiste Franco, tercamente, con heroico denuedo, en la implantación de la justicia social.

     Amonesta el caudillo a los que ahora, validos de lo excepcional de las circunstancias, quieren burlar la estabilización de los precios y especular con los artículos de consumo indispensable:
     "Si el sentido patriótico de nuestro pueblo le ha llevado a consumar el máximo de sacrificio por la patria —dar la vida y la de los propios hijos—, ¿es mucho pedir el que sacrifiquen unos pocos los excesos de su codicia?
     "La nueva España no puede aceptar el tipo de comerciante o productor desaprensivo que especula con la miseria ajena...
     En esto, como en todo, se implantará justicia, contra las murmuraciones de los unos, contra el egoísmo de los otros, contra las vanas intrigas de los politicastros para siempre caídos.
     "Yo os dije desde el primer día de la guerra, que luchábamos por una España mejor, y que serían estériles los sacrificios nuestros si no realizábamos la Revolución indispensable a nuestro progreso económico y estabilidad política...
     "Nada ni nadie puede torcer nuestro camino: que el tesón que pusimos en las duras batallas de la guerra, hemos de superar en las que imponga la realización de nuestra Revolución nacional".
     Y, hombre verdaderamente identificado con su pueblo, hombre que abre su corazón y comunica democráticamente sus dificultades y propósitos con la nación que rige, prosigue el gran estadista:
     "Cómo lo lograremos, es lo que hoy me interesa participaros; que lo mismo que ayer vivisteis en los partes de guerra el glorioso marchar de nuestras tropas, podáis seguir mañana los avances del resurgimiento de nuestra patria, sintiéndoos partícipes de esta obra común, que hizo posible la sangre generosa de nuestros héroes, y que será el más hermoso fruto de vuestras privaciones y de vuestro trabajo.
     "Vosotros conocéis cómo es la España que recibimos: con los grupos en lucha, con sus burgos tristes y sus viviendas míseras, sus funcionarios hambrientos y sus obreros sin trabajo; la que entregaba a la muerte, sin defensa, millares de vidas de tuberculosos por año; la que registra la más alta mortandad infantil; la que ofrece el irritante contraste de los palacios suntuosos y las viviendas míseras".
     Hubo, en las últimas décadas españolas, un gran auge económico que multiplicó las grandes fortunas. Pero "faltó el Estado previsor y justo que aprovechase este fenómeno de multiplicación de bienes, para lograr, con una más justa y equitativa distribución de la riqueza, que se elevase el bajo nivel de vida en que la mayor parte de la nación aparecía sumida".
     Lo que no se hizo a tiempo y fácilmente, hoy se hará a toda costa:
     “Yo sé que cuando salgan a luz nuestros futuros presupuestos... no han de faltar los eternos agoreros, intentando sorprender la buena fe de los capitalistas timoratos.
     "Yo les digo a estos espíritus apegados a los bienes, que el mejor seguro de sus caudales es la obra de redención que realizamos.
     "Así lo sentíamos y lo anunciábamos cuando salían nuestros voluntarios para los frentes; así lo afirmamos sobre la sangre caliente de los caídos, y así lo exige el sentido profundamente católico de nuestro Movimiento".
     Sentido profundamente católico. Así es. Audacia católica. Reforma católica. No el tipo anquilosado y gruñón, que marcha a remolque y deja a los otros iniciar, a punta de odio, la tarea, sino el que se anticipa con alegre osadía y, rompiendo rutinas y componendas, instaura en el terreno de los hechos el Amor y la Justicia que Cristo anunció.
     Por eso hechiza José Antonio. Por eso Franco y el Movimiento hispánico que rige, persuaden e impresionan a todo espíritu apasionado por la justicia social.

     "¿Es que puede algún español permanecer indiferente ante los grandes problemas de la miseria ajena, de la tuberculosis y de tantos males como afectan a nuestras clases humildes?"...
     "Yo os aseguro que en estas recepciones que a mi presencia han tenido lugar en las provincias, cuando desfilan con los trajes raídos, su aire cansino y sus rostros macilentos por el trabajo y la vigilia tantos honrados funcionarios, siento la gran tragedia de España y el ansia de esta Revolución de que tanto se asustan los timoratos".
     Y ya se ha implantado la iniciación de la mejora, "en los términos discretos que los momentos aconsejan": un aumento que fluctúa entre el cuarenta por ciento para los sueldos más modestos, y el dieciséis por ciento para los superiores.
     Por otro lado, atácase victoriosamente la desocupación obrera, mediante la concienzuda multiplicación de obras públicas. Y tres campañas se intensifican: contra la tuberculosis; contra la mortalidad infantil; contra la vivienda sórdida.

     Contra la tuberculosis.
     "Hemos iniciado esta labor en plena guerra, y hemos de continuarla. En el campo sanitario, creamos más de siete mil camas en sanatorios, que son una quinta parte de las necesarias para la lucha antituberculosa. ¿Que para ello se imponen sacrificios mayores a la España sana? Cierto. Pero no debe importarnos el legar a nuestros hijos una carga mayor, ni cabe medida más justa.
     "No dudemos que el juicio que en un mañana merezcamos, será muy distinto del que dolorosamente formamos de los que nos precedieron y no quisieron resolver este problema".
     Y todo se hará con matemática rapidez:
     "¿Cuál ha de ser el tiempo necesario para realizar esta obra? El mínimo que impongan los estudios de emplazamiento y la materialidad de las construcciones".
     "Es la enorme mortandad infantil otra causa de pérdidas humanas: son espantosas las cifras que hasta hoy alcanzaba, por descuidos y abandonos evitables. Su remedio es mucho menos costoso, y está en la propaganda, los pequeños auxilios y el admirable y amoroso cuidado, ya iniciado, de nuestra Falange femenina. Esta tiene que ser una de las grandes obras de nuestro Movimiento: llegar a los últimos lugares a donde el Estado no llega...
     Y véase aquí cómo Franco entiende las limitaciones del Estado; cómo no piensa que el Estado lo absorba y lo haga todo; cómo quiere estimular la actividad privada, respetándole su riqueza de flexibilidad, de intimidad, de calor humano.
     Finalmente, "la cuestión de la vivienda constituye otra de las grandes lacras nacionales, y está intensamente ligada a la sanitaria. Más del treinta por ciento de las viviendas españolas son insalubres, según las estadísticas formuladas por nuestra Fiscalía de la Vivienda. Su sustitución por otras en excelentes condiciones no presenta dificultades, por cuanto su construcción significa la creación de una riqueza movilizable, que compensa con creces los pequeños sacrificios estatales”.
     Ya se ha avanzado mucho, y ahora se activa la realización del inmediato programa: construir, “en diez años, más de doscientas mil casas, allí donde las necesidades son mayores".

     Y concluye Franco:
     "Estas tres grandes obras —instituciones antituberculosas, de puericultura y viviendas— tienen en sí tal fortaleza, que cuanto pueda decirse en su favor es corto ante las realidades.
     "Su ejecución ha de tener el más grande poder de captación entre nuestros adversarios.
     "A estos golpes hemos de forjar la unidad de España”.
     ¡Magnífico intento! No el odio, no el simple peso material del triunfo, sino la conquista, lenta y segura, de los espíritus, a golpes de bien.
Alfonso Junco
EL DIFICIL PARAISO

Apud Deum et homines

Delante de Dios y de los hombres

     El divino Maestro había de predicarnos este mandato:
     «Así resplandezca vuestra luz delante de los hombres, que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.»
     Él mismo había comenzado a darnos el ejemplo desde la casita de Nazaret: allí crecía en edad, sabiduría y gracia delante de Dios y delante de los hombres, como lo nota expresamente el Evangelista.
     Delante de Dios, todas mis obras buenas están patentes; Él ve hasta lo más oculto de los corazones: de este pobre corazón mío, que muchas veces no sabe ni él mismo lo que tiene dentro de sí, que ni siquiera alcanza a ver siempre claro cuáles son sus intenciones.
     Para Dios, mi Padre, todo está patente, abierto; para Él no hay rincones ocultos, ni intenciones desconocidas, ni apariencias con que yo pueda engañarle; delante de Él avanzo o retrocedo, crezco o disminuyo, estoy en pie o caído, soy luz o tinieblas.
     Pero no me basta que Dios vea mis intenciones puras y rectas, o conozca mis obras aun las más secretas.
     Él mismo quiere que mis obras buenas aparezcan también delante de los hombres.
     No, ciertamente, para satisfacción de mi vanidad, ni para esperar las alabanzas humanas o pedir la gratitud, ni para gloriarme de mi virtud o para ponderar mi sacrificio.
     Todo eso sería soberbia loca, vanidad de niño.
     Todo eso sería cambiar tesoros preciosos por juguetes de barro.
     Si mis obras buenas han de aparecer ante los hombres —y el divino Maestro quiere que aparezcan—, es únicamente para que por ellas al verlas, mis hermanos glorifiquen a Dios, mi Padre, el dador de todo bien, del cual desciende todo don perfecto.
     No para que me alaben a mí. Ni para que me atribuyan a mí el bien obrar.

     Mis obras deben ser luz: deben alumbrar.
     Mas, ¿cómo unir, Señor, esas obras que deben resplandecer y alumbrar con la humildad, que es obligación de mi estado?
     «Si tu ojo fuere sencillo —me responde el Maestro—, todo tu cuerpo será lúcido.»
     Si mi intención fuere recta, nada tengo que temer.
     Y mi intención es recta, es pura, cuando en mis obras busco sólo a Dios, busco su gloria, su agrado. Y no me busco a mí, ni busco las alabanzas de los hombres.
     Si el escandaloso merece que le aten una piedra al cuello y le arrojen en lo profundo del mar, por el inmenso daño que causa a las almas, el que obra bien y con su ejemplo atrae las almas a Dios, merecerá un gran premio.
     Dios es más pronto y generoso para premiar que para castigar.
     Y ¿cuál será ese premio?
     Mis obras buenas son ante los hombres el testimonio que doy de mi fe, de mi adhesión a Dios, de mi amor a Él. Son una confesión de Dios delante de los hombres.
     Dios me confesará a mí delante del mundo.
     «Levántate, siervo bueno y fiel; porque fuiste fiel en lo poco, Yo te constituiré sobre lo mucho.»
     Ese será mi premio: premio inmenso, premio eterno, que ya nada ni nadie me podrá quitar.
Alberto Moreno S.I.
ENTRE EL Y YO

sábado, 28 de marzo de 2015

LA OBSTINACIÓN DE LOS “TRADICIONALISTAS”

 Por Prof. Tomás Tello

Principiis obstat, sero medicina pararur, quum mala per longas convaluere moras.
- Ovidio —

     Me propongo hacer algunas consideraciones que podrían servir de base para la solución del problema - problema único - que, una vez resuelto, traerá la llave para la solución de todos los otros que lamentamos en la terrible crisis de la Iglesia, sin embargo son irreversibles los estragos ya causados.
     Esta crisis ya tiene raíces muy profundas, y las tiene por causa del tabú que consiste en que no se indica, de modo directo, al máximo responsable de ella.
     En cualquier sociedad jurídica, si algo anda mal, automáticamente, el responsable es el jefe.
     Esto es lógico y natural pues se juzga que el hecho es responsabilidad de él, o porque existió una falta al no cumplir dolosamente con el cuidado de la sociedad, o porque el hecho es debido a su ineptitud.
     En las dos suposiciones el efecto práctico es el mismo.
     Ese jefe debe dimitir o ser destituido; debe dejar de obrar o ser depuesto por el bien de la sociedad colocada bajo su dirección, dado que un jefe inepto no puede conseguir su fin.
     En toda sociedad de Derecho, luego de que la honradez del jefe está bajo sospecha, comienza a moverse la Justicia.
     Mientras tanto en la Iglesia, sociedad perfecta, a partir del Sr. Roncalli, los pretendidos “papas” destruían sus intocables estructuras externas y la multitud de multi-seculares tradiciones.
     Atacaron la Fe en las propias raíces y, a pesar de los clamores y denuncias de los clarividentes, que nunca faltan y, según la doctrina católica, nunca faltarán (D.S. 1501), la gran mayoría de los que se dicen “tradicionalistas”, de modo obstinado, se desvían de nombrar la persona responsable, y, como nuevos Don Quijotes, se dedican a combatir fantasmas como si fueran los causantes de la crisis.
     Así fue y así es.
     Si por el contrario, desde el primer momento, de modo unánime, los tiros hubiesen sido contra el responsable — por cuanto los fantasmas son invulnerables - otro gallo nos habría cantado.
     A pesar de esto, eso no nos impide acatar y adorar los altísimos juicios de Dios, que nos previno que así habría de ocurrir.
     De hecho, la apostasía sobre la cual San Pablo nos habla (2 Tess. II, 3), habría de ser general y no particular, como a través de los siglos muchas ya ocurrieron, siendo ella de pavorosas dimensiones (Ap. XIII), con una casi total eficacia de expansión, de tal modo será que habría de afectar también a los mismos electos; si posible fuese esto (Mt. XXIV, 14).
     El conocido comentarista J. Maldonado opina inclusive que muchos elegidos también serían engañados, sin embargo no de modo definitivo, pues, de otro modo, no serían elegidos, como es lógico. A su debido tiempo reconocerían su error.
     Por otro lado debemos ser realistas y reconocer que no podría ser de otro modo diverso del que ocurre; esto es, por la operación de la segunda Bestia, que trabaja en favor de la primera y del Dragón, ejecutando sus planes.
     Esta segunda Bestia es la que: “con la apariencia del Cordero, habla el lenguaje del Dragón”; o sea, no nos engañemos, un “presunto papa”; como el fueron todos a partir del Sr. Roncalli.
     Esta fue la jugada magistral de Satanás.
     Es el gran prodigio; el prodigio de los prodigios, de modo que se podría decir de ellos lo que — mutáveis mutandis – han dicho algunos sagaces sobre el mismo Cristo:
     “Cum venerite iste nunquid plura signa faciet quam quae hic facit?”(Jo VII, 31).
     Alguien podría pensar medio más sutil y eficaz para seducir inclusive a los elegidos?
     Esta aquí. Es una amenaza.
     Se puede concluir, en buena lógica, de todos estos datos seguros de la Revelación, que el Anti-Cristo será un pseudo-papa.
     Esto no es por tanto extraño y se armoniza con lo que dice Nuestra Señora de la Salette: ‘‘Roma perderá la fe” y será “la Sede del Anti-Cristo”.
     El prefijo griego “anti” significa ir en contra, ir en el lugar de.
     Mientras, el hecho es que diversos grupos de “tradicionalistas” cierran los ojos a la realidad y crean falacias de la causa de la crisis.
     Las disputas suscitadas por estos grupos de “tradicionalistas” no pasa de ser una estrategia táctica, introducida por el enemigo, para, con falacias y sofismas, no pongan atención sobre esta cuestión.
     Estas disputas sutiles, maculadas con una infinidad de ramas, fueron comparadas por el Dr. D. Wendland a un suculento hueso dado a un perro flaco para que se entretenga con él cuando los ladrones entran desapercibidos.
     Es evidente que el tabú para excusar al jefe, al presunto papa, para no encararlo y no perseguirlo y hasta aniquilarlo (canónicamente) no tiene la menor base canónica, teológica o racional.
     Son terribles las consecuencias derivadas de este modo de proceder, pues no cuestionar lo que es cuestionable, y cuestionar, sin el menor escrúpulo, por lo menos implícitamente, muchos puntos incuestionables: verdades evidentes a la razón; sentencias comunes de los teólogos; doctrinas inconcusas de la Iglesia; inclusive dogmas de fe.
     Principii obsta!
     Es fácil arrancar un arbolito pequeño de raíz; pero no es tan fácil después de que ha crecido y se ha convertido en un robusto árbol.
     Lo mismo ocurre, como lo dice el poeta con las heridas:
     “Vidi ego quod primo fuerat sanabile valnus, dilatum longae damnae tulisse morae”. Ovidio.
     O sea: la herida reciente en general es de fácil cura; pero, una vez infectada por negligencia en aplicar el remedio oportuno, puede traer consecuencias imprevisibles.
     Esto no ocurría en otras épocas de profunda fe, en las cuales los hombres se lanzaban, como perros de caza a la busca y captura de los herejes, autores de herejías y de los sospechosos.
     Y precisamente esto es lo que nos recomienda y de nosotros exige la Iglesia.
     Por ejemplo: Pio VI ante la ambigüedad no nos aconsejó a no pensar mal; sino, por lo contrario, consideró ser el mejor procedimiento: ‘‘podar via inita est (...), ut perversa significatio notaretur”; esto es: de los rodeos de la ambigüedad hacer emerger el sentido perverso, opuesto a la doctrina católica, y censurarlo” (D.S. 2600).
     La Iglesia obliga a la denuncia (Canon 1935,2).
     Alejandro VII, papa, condenó la proposición siguiente:
     “Quamvis evidenter tibi constet Petrum haereticum esse, si probare non possis, non teneris denuntiare” (D.S. 2025).
     Es bastante citado y bien conocido el texto de Santo Tomás sobre la represión de los Superiores:
     “Sciendum est tamen quod, ubi immineret periculum fidei, etiam publice, praelad essent a subditis arguendi” (S.T. 2-2, 33, 4 ad 2).
     En el curso de la Historia hubo ejemplos de reacción contra a la cabeza suprema, tanto contra a herejía como contra los errores cometidos por debilidad, como por San Hilario y por San Jerónimo, contra el papa Liberio.
     Así San Columbano reprendió al papa San Bonifacio, por ciertas informaciones que llegaron a sus olvidos; y así le dice:
     “Si tuviera una falta, si estuviese desviado de la fe (...); vuestros súbditos podrían, con pleno derecho, oponerse y romper la comunión con usted; pero si todo esto es cierto y no es inventado y, por una completa inversión: vuestros hijos vendrían a ser la Cabeza y vos la cola” (Dt. 28,44).
     “Así, aquellos que mantuvieran la fe ortodoxa, serán vuestros jueces”. (Epist. 9, P.L. 80, col. 279).
     Los santos obispos Bruno de Segni, Godofredo de Amiens y Norberto de Magdeburgo dirigieron duras palabras de reprobación a Pascual II, por haber cedido en la cuestión de las investiduras.
     Y, sobre esto, bastante ilustrativa es la anécdota que se cuenta sobre el Cardenal Carafa, después papa Paulo IV: “Julio II, papa, envió un mensajero al Cardenal Carafa, que mantenía en prisión, como hereje, a un religioso, para que lo soltase”. Le respondió entonces el Cardenal Carafa al mensajero:
     “Diga al papa, en mi nombre, que si no permitir él que el Santo Oficio opere legítimamente según el Derecho, además de hacer una injuria a Dios, no podría ocupar la Sede que él ocupa” (Cfr. Pe. A. Caracciolo C.R.; De Vita Paulo IV; Collectanea Histórica - 1612 -p. 157).
     Por tales ejemplos observamos que no esperaban estos santos hombres, para reprender a los papas, que si consumase el crimen de una herejía formal; les bastaba el hecho material del desvío de la fe, un simple indicio; o una simple sospecha.
     Evitaban así a que las cosas llegasen a ser mayores, a una herejía formal; o que se consolidasen los errores.
     Pero, ¿qué ocurre hoy?
     ¿Cómo fue posible que los “papas” conciliares, o posconciliares, pudiesen llegar a proclamar, en el ejercicio del papado, esto es, en su enseñanza oficial, no meramente privado, errores sin contar las herejías formales?
     Por no haber reprobado y rechazado sus principios oportunamente; por haber sido subestimados todos los indicios racionales de criminalidad y prevaricación.
     Principiis obsta!
     Los responsables —no me refiero a sus cómplices, sino a los incautos, cobardes y perplejos, tanto pastores, principalmente, como fieles ilustrados— no hicieron lo que debían de haber hecho: arrancar el mal de raíz, según las normas de la encíclica Pascendi, de San Pio X.
     Fueron subestimados los errores iniciales; de ese modo fueron excusando y admitiendo errores, después el error y los herejes fueron tomando aliento para, poco a poco, llegar a los fieles.
     Sin embargo, hay más:
     Existió no sólo pasividad y cobardía; sino surgieron también voces que se decían “tradicionalistas” que, sin misericordia, impugnaban los argumentos de los que, de modo clarividente y fuerte, se disponían a combatir el mal de raíz: Nos insultaban de modo más cruel, calificándonos como cismáticos.
     Estos “tradicionalistas”, diciéndose anti-sedevacantistas, furibundos, movidos por sus prejuicios, de buena o mala fe, interpretan el Derecho Canónico, como simple ley humana, llevando agua a su molino.
     De este modo reducirán al Canon 188, 4 a su mínima expresión, considerándolo, en todo, como mera ley de Derecho eclesiástico que, por eso, no afectaba al papa.
     Y en cuanto a la bula de Paulo IV, “Cum ex apostolatus”, la consideran como derogada.
     Estos “tradicionalistas” restringen el campo de la infalibilidad papal a los dogmas solemnemente definidos, para que se considere a alguien como hereje exigen la existencia de sentencia explícita y literal.
     La oposición al Magisterio ordinario y universal de la Iglesia no merece, de parte de ellos, la menor consideración o ninguna consideración.
     Tales “tradicionalistas” para hacer más difícil las cosas contra lo expresado por la ley, dislocan el centro de gravedad de la prueba de que un sujeto es herético, el “ónus probandi”, del reo, o del acusado, a quien incumbe las pruebas de su inocencia, al acusador, que debe demostrar, con evidencia absoluta, el dolo y pertinacia del acusado.
     Siguiendo estos principios, seria imposible considerar a alguien como hereje.
     En el caso de la crisis actual, sería imposible la solución del problema.
     Por lo tanto, resultaría que la Iglesia, una sociedad perfecta, como a fe nos enseña, se vería rebajada a la categoría de la más imperfeta de las sociedades, dado que cualquier sociedad civil tiene todos los recursos necesarios para solucionar sus problemas.

COMENTARIOS
     Este excelente artículo del católico profesor Tomás Tello, escrito hace cerca de 30 años, muestra bien la perversión de los que se dicen ‘'católicos” y “tradicionalistas” que rechazan la unidad de fe de la Iglesia Católica, el Derecho divino sobre esta unidad (Ef. IV, 5), rechazan el Magisterio ordinario y universal de la Iglesia, en el creer y en el obrar (D.S. 3011); la Bula de Paulo IV; el Canon 188, 4; el deber de confesar públicamente la verdadera fe, única (Rom X, 10). Rechazan, como los jansenistas, la naturaleza de separado de la Iglesia “ipso facto”, por el delito de herejía. Vuelven a los papas nulos, por los delitos contra a fe, en papas válidos.
     Los anti-sedevacantistas, “padres de Campos”, de Dom Mayer, ya se unieron a los herejes, formalmente; los de Mons. Lefébvre persisten en la validez de los separados públicamente de la unidad de fe. Con ellos están también los anti-sacramentalistas (Zins) y los anti-conclavistas (Daly, Daniele, Pivarunas, Espina). Están contra la unidad de fe y de gobierno de la Iglesia Católica; contra el Magisterio de la Iglesia y contra el Derecho divino, contra la obediencia debida a la Sede de Pedro; son anti-Cristo contra Cristo; contra el único verdadero Dios. Aparentan hablar como el Cordero; pero hablan como el Dragón (Ap. XIII). La obstinación en la herejía; viene de varias décadas.

Dr. Homero Johas
Coetus fidelium
N° 10 Marzo del 2014
Traducción:
R.P. Manuel Martinez H.  F.S.V.F.

viernes, 27 de marzo de 2015

Procesión y Santa Misa del día de San José 2015

El pasado 19 de Marzo, se hizo la procesión del día de San José, en el templo "María Auxiliadora" de nuestra Fundación
  
 

 


 

 
     
 
 
 
 


 



 
 
 
 
 


 
 


 
 





 
 
 

 
 
 
 

¿Creación sin Creador?

100 problemas sobre cuestiones de fe
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EL DIVINO CREADOR OCIOSO
     En la brillante hipótesis cósmica de la expansión del Universo con que Lemaitre explica el alejamiento de las lejanas galaxias revelado por el desplazamiento de las rayas del espectro hacia el rojo (efecto Doppler) debería inferirse una progresiva rarefacción de la masa cósmica: fenómeno que en cambio no se comprueba.
     Síguese de ahí que debe haber una incorporación continua de nueva materia en el cosmos, como para compensar esa rarefacción. Su cantidad ha sido calculada por el joven matemático y astrónomo Fred Hoyle, de la Universidad de Cambridge, el cual ha afirmado que continuamente se produce sin creador alguno, o sea de la nada: creación sin creador, efecto sin causa. (Para completar la consulta sobre la causalidad, del Doctor N. M.—Napóles.)

     Esta sí que es una hipótesis contra el principio de causalidad. ¡Más de la cuenta!
     Y no se trata de un sabio solitario, porque la exposición de esa teoría cósmica ha mantenido pendiente y emocionado al público inglés en un curso dado por él de conferencias recentísimas transmitidas por radio que han tenido un clamoroso éxito y se han reunido en un librito del que se vendieron, en pocas semanas, sesenta mil ejemplares (F. Hoyle, The Nature of the Universe, Oxford, 1950).
     Prescindamos de la hipótesis de que arranca, la de la expansión del Universo, a saber, que la mayoría de los astrónomos modernos niega, por poderse explicar de otra manera el efecto Doppler (por ejemplo, según el astrónomo Armellini, por pérdida de energía de fotones). Lo que es chocante es esa producción continua de materia, que Hoyle postula, ¡con exclusión, sin embargo, de toda causa productora! Sería interesantísimo pedirle la justificación racional del hecho, que, dada la enorme importancia de la afirmación, no la debiera haber admitido sin graves razones proporcionales.
     No puedo satisfacer mejor vuestra legítima curiosidad, queridos lectores, sino refiriéndoos una entrevista celebrada en septiempre de 1951 con el brillante Profesor, en Cambridge, por el joven sacerdote Profesor Juan Boetti de Mondovi, que éste ha tenido la bondad de comunicarme hace unos meses. Le dejo la palabra: «Aquí me tiene, acompañado de un colega de Universidad, en una biblioteca del S. John’s College, hablando con Hoyle, con el pretexto de una aclaración en matemáticas, que deseaba mi amigo. Pensé que el pasar de las matemáticas a nuestro intento, que eran aquellas sus conferencias de cosmogonía, sería difícil. Hoyle, en cambio, responde brevemente a las preguntas de matemáticas, referentes al curso de perfeccionamiento que está dando y luego él mismo nos pregunta —tanto le interesaba— si habíamos seguido por radio sus conferencias o al menos si las habíamos leído en su libro The Nature of the Universe y con la actitud de quien no demuestra, sino que afirma, comienza a exponernos su teoría. Llegado al punto interesante —la creación continua—, interrumpo y pregunto: «¿De dónde?» Casi despechado el matemático, con aires de superioridad, me responde: «Pueril su pregunta; esa materia creada a chorro continuo cuya cantidad por segundo he calculado yo mismo, procede from anywere» (De cualquier sitio. Nota del traductor).
     Esa es la justificación de la tesis central de la cosmogonía del matemático de Cambridge.
     El ilustrisimo profesor no podía menos de estar despechado por la... «pueril» pregunta de su interlocutor, tanto más cuanto que se la hacen tantos... Un año antes lo había consignado en su libro: «De cuando en cuando me pregunta la gente de dónde viene la materia creada. Pues bien, no viene de ninguna parte. Sencillamente aparece la materia...» (p. 165).
     La justificación de aquella tremenda afirmación consistía, pues, en no dar ninguna.
     ¿Cómo esperar realmente que se puedan hallar justificaciones contra aquel principio de causalidad que se halla a la base no sólo de la ciencia sino de la vida práctica del hombre y que no se puede negar sin caer al punto en contradicción?
     En realidad, ¿por qué afirmaba Hoyle esa aparición continua de nueva materia? Precisamente fundándose en el principio de causalidad, para dar una explicación causal del hecho de que, no obstante la supuesta expansión cósmica, no hay rarefacción. Se atiene al principio de causalidad para afirmar que debe afluir otra materia para llenar los vacíos y luego—por el prejuicio materialista que le impide echar mano del Creador divino— lo rechaza cuando tiene que explicar una cosa inmensamente más difícil y que tanto más exige una causa: la producción a partir de la nada.
     Lógica de la incredulidad.
     (Véase también respuesta 81.)

BIBLIOGRAFIA

F. Hoyle: The Nature of the Universa, Oxford, 1950. 
Bibliografía de la consulta 59. 
H.Dingle: Diario de la Asociación Astronómica Británica, 1950, págs. 203-4; 
Ovenden: Discurso a la Asociación Británica para el Progreso de la Ciencia, 1950
Armellini: Valore e método della scienza. L’Universo sidereo. L’origine e l’evoluzione degli astri (varios autores, por obra de F. Selvaggi), Roma, 1952, pág. 117;
G. Stein: Creazione senza Creatore? («Civiltá. Cattolica», 17 de agosto de 1951).

Pier Carlo Landucci
CIEN PROBLEMAS SOBRE CUESTIONES DE FE

jueves, 26 de marzo de 2015

Non veni pacem mittere

No vine a traer la paz
     Él no vino a traer la paz.
     ¿Y por qué entonces los ángeles anuncian al mundo a su llegada; «Paz a los hombres de buena voluntad»?
     ¿Y por qué entonces Él mismo nos dice: «Mi paz os dejo, mi paz os doy»?
     Porque hay dos especies de paz: la paz de Dios, la paz del mundo.
     La paz de Dios, esa que el «mundo no puede dar» según la palabra del Maestro.
     La paz del mundo, que no puede jamás unirse con la paz de Dios, la única que es verdadera paz.
     Y Cristo vino al mundo a darnos la paz de Dios, y no a traernos la paz del mundo.
     Al contrario, vino a traernos la espada para luchar contra el mundo.
     Vino a armarnos soldados y a ponerse Él al frente como nuestro Capitán.
     Él fue el primero en declarar la guerra al mundo: a su soberbia, a su sensualidad, a su codicia.
     Y quiere que nosotros, sus soldados, le acompañemos sin descanso en esta guerra.
     No puedo ser cobarde: ¡con Él a la lucha!
     El mundo odia a Cristo, porque Cristo vino a declararle la guerra,
     porque no le deja gozar de su paz, paz falsa y engañosa, paz fingida e hipócrita;
     esa paz que el mundo pone en el goce de los placeres,
     en la satisfacción de sus ansias de honor y de gloria,
     en la abundancia de los bienes terrenos.
     Y el mundo me odiará también a mí si con Cristo le declaro la guerra, y guerra a muerte.
     Tengo que ser siempre soldado,
     y soldado en campaña,
     listo para el combate, sin temor y sin miedo.
     El mundo puede luchar contra mí; pero Cristo, mi Capitán, venció al mundo:
     Confidite. Ego vici mundum.
     «Confía —me dice Él—. Yo vencí al mundo.»
     Y con Él, yo también le venceré.
     Y podré así gozar de la paz anunciada por los ángeles en el día del nacimiento del Príncipe de la paz.
     Y podré así gozar de la paz que Cristo nos dejó al despedirse para subir al cielo.
     Esa es la paz verdadera.
     Esa es la paz que «el mundo no puede dar».
Alberto Moreno S.I.
ENTRE EL Y YO