jueves, 16 de julio de 2015

Bene omnia fecit

TODO LO HIZO BIEN
     Hacerlo todo bien. ¿No es esa mi aspiración?
     Poder presentarme ante el Juez Supremo en el día de la cuenta y de ofrecerle todas mis obras bien hechas, ¿no es la seguridad plena de escuchar de sus divinos labios aquel Euge, serve bone et fidelis; Regocijate, siervo bueno y fiel..., y entra en el gozo de tu Señor?
     Hacerlo todo bien encierra, por lo menos, tres cosas:
     hacer siempre y en todo momento lo que Dios quiere que yo hagan,
     hacer lo que hago con toda diligencia y empeño,
     hacer lo que hago con intención recta de agradar a Dios.
     Es decir, lo que Dios quiere,
     como Dios quiere, 
     porque Dios quiere.
     Ahí tengo materia para mi meditación y examen.

     Lo que Dios quiere: tengo una obligación que cumplir. Y esa obligación se manifiesta de diversas maneras: por mis superiores, por mis Reglas, por las circunstancias. Es la voluntad de Dios, que se me presenta en cada momento:
     fácil, alegre, agradable, muchas veces;
     difícil, dura a la naturaleza; dolorosa, otras;
     pero siempre amable, cuando veo en ella el querer de mi Padre y de mi Dios.
     Aceptar esa voluntad santa y cumplirla: eso es hacer siempre lo que Dios quiere de mí.

     Como Dios lo quiere: Dios quiere de mi aplicación fiel, constante, seria, a mi trabajo. No puede satisfacerle una voluntad débil, floja, que se contenta con un cumplimiento superficial y formalista del deber de cada momento.
     Age quod agis: dedicar a mi obra, a mi ocupación, todas mis energias, toda mi consagración: no tengo que hacer entonces nada mas que aquello.
     Vivo algunas veces despedazando tristemente mis fuerzas en ocupaciones y preocupaciones que no me permiten hacer nada bien hecho. ¿Por qué ese derroche de preciosas energías? No rendirán nunca lo que deben y lo que pueden, mientras no las consagre integras a lo que traigo entre manos.
     Hacer primero una cosa, después otra; no querer ocuparme de todo al miso tiempo. ¡Cuántas veces me sorprendo en este absurdo de querer hacer mil cosas a la vez, y, mientras tanto, el tiempo, don precioso de Dios, vuela y... me quedo con las manos vacías!.

     Porque Dios lo quiere: ¡Ah, en cuántas obras no se encuentra otra cosa que  mi propia voluntad! ¡Me busco a mí mismo: mi satisfacción, mi comodidad, la estima de mis hermanos, cuántas cosas más!
     Y, sin embargo, lo único que debería interesarme es buscar a Dios, y buscarlo en todas mis obras. "Ahora comáis, ahora bebáis, ahora hagáis cualquier cosa, hacerlo todo a gloria de Dios".
     En mi vida no hay nada indiferente; todo debe de ir enderezado a Dios; aun las cosas mas insignificantes; Dios las acepta si yo se las ofrezco con sinceridad. Son el don de mi amor. Son el testimonio de mi fidelidad, de mi deseo de agradarle, de servirle. Él nada de eso rechaza.
     Esa intención pura, ¡cómo eleva el valor de mis obras!

     Ahora mi examen:
     mi distribución de cada día, señalada o aprobada por la obediencia, es para mi la voluntad de Dios; es lo que Dios quiere de mí;
     ¿la cumplo siempre con constancia, con fidelidad, con puntualidad?
     ¿mi atención se consagra siempre y de lleno a las obras que esa distribución me señala?; ¿puedo darme, sinceramente, el testimonio de que las hago como Dios quiere?;
     ¿mi intención en ellas es recta, es pura?; ¿las hago porque Dios lo quiere?
     ¡Cuánta materia de confusión!

     Tengo que mirar a mi Divino Modelo: Bene omnia fecit. Él lo hizo todo bien, y me dice: "Aprended de mí".

Alberto Moreno S.I.
ENTRE EL Y YO

lunes, 13 de julio de 2015

Y EL VERBO SE HIZO CARNE

     Jesucristo es la Sabiduría encarnada. Aquella Palabra con que el Padre se habla a Sí mismo en la eternidad, habló a los hombres en el tiempo. Aquella Palabra que es idea substancial e imagen perfectísima del Padre apareció entre los hombres, llena de gracia y de verdad.
     He aquí un pensamiento que agobia. El Verbo se hizo carne. Y habitó entre nosotros. Y el Unigénito del Padre fue el Unigénito de María y el Primogénito de los hombres. Y la Majestad tomó arreos de esclavitud y servidumbre. Formam servi accipiens.
     Era la Luz, procedente del Padre de las luces.
     Era la Luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo.
     Pero los hombres, ciegos, no lo comprendieron. Amaron su noche larga, con fiebres y pesadillas de pecado. Nació el hombre para la luz; pero es el enemigo dela Luz. Y violó la ley natural, deshecho las enseñanzas de los profetas, desaprovechó aquellas lumbrecitas de verdad que chispearon en las doctrinas de la filosofía pagana.
     Ahora el Padre, mi Padre de los cielos, envía su luz. Y el mundo, encuadrado en malignidad, no lo conoció. Y los suyos no lo recibieron.
     Ni los suyos de entonces, ni los de ahora. Suyos son los cristianos, los que llevan su nombre. Pero ¡Qué caricaturas y deformaciones de la imagen de Cristo!
     ¡Tampoco hoy te conoce ni te recibe el  mundo! Y así anda el mundo. ¡Si en sus gobiernos y asambleas predominaran los que son tuyos de verdad!
     Cuenta San Agustín que los filósofos platónicos quedaban sobrecogidos por aquel profundo, luminoso, nuevo pensamiento de San Juan: in principio erat Verbum. Hasta quisieron esculpirlo en mármol para que destellara entre los pensamientos en que cifró su pensar hondo la filosofía griega.
     Pero al llegar a las palabras: Y el Verbo se hizo carne, se detenían escandalizados. El Verbo, de quien se da idea tan valiente, ¿humanarse y nacer de mujer, vivir entre hombres, ocultarse en Palestina, morir en cruz? y rechazaron, soberbios, lo que habían columbrado con su sabiduría.
     "Quantum propinquabant intelligentia, tantum superbia recesserunt". Yo, Señor, lo creo y lo confieso. Y lo repito, doblando mi rodilla. Y bendigo la hora de tu santa encarnación.
     Aquí la exclamación trémula y unciosa del clásico Luis de Granada: "si no tuviera la torpeza del hombre necesidad de estos estímulos para bien vivir, mejor fuera adorar en silencio la alteza de este misterio que borrarlo con la rudeza de nuestra lengua..."
     Veamos, guiados por la mente soberana de Bossuet, la altura en donde vive el Verbo, los escalones que baja, el abismo a que se humilla.
     Su altura es inaccesible. Es aquel santuario arcano, aquel misterio que ciega con la viveza de su resplandor, aquel trono del anciano de días. En el principio era Dios, y el Verbo estaba con Dios. Y el Verbo era igual al Padre y al Espíritu. Inmenso, eterno, incomprensible. Su sabiduría, su santidad, su poder, ni podían crecer no ser más de lo que es. Todas las cosas fueron hechas por Él. y en Él estaba la vida. Vuela, alma mía, y abísmate...
     Los escalones... Pero veamos ahora cómo la soberana grandeza desciende a la infinita bajeza.
     1° Se hace hombre, esto es, inferior a sus ángeles. Toma una naturaleza menos noble, en que hay de animal. Hacerse ángel hubiera sido humildad. Y se hizo hombre. Et homo factus est!
     "¿De dónde viene, me pregunto con el padre Faber, esa predilección por la raza humana? ¿De dónde esa preferencia sobre la naturaleza angélica? Quizás para abrazar de ese modo todas las creaciones bajo su imperio, reunirlas en un perfecto conjunto, así las más elevadas como las más humildes, y acercarlas en la unidad de Dios..."
     "Ninguna cosa hay -dice San Bernardo- más alta que Dios, y ninguna más baja que el cieno de que el hombre fue formado. Mas con tanta humildad descendió Dios al cieno, y con tanta dignidad subió el cieno a Dios, que todo lo que hizo Dios  se diga que lo hizo el cieno, y todo lo que sufrió el cieno se diga que lo padeció Dios" (P. Granada)
     2° Pero no basta. Mi salvador baja un segundo escalón. Se hizo semejante a los pecadores. Lo dice San Pablo: forma servi accipiens... En efecto: no toma la naturaleza humana, sana, incorruptible, inmortal, sino en el desdichado estado a que lo redujo la caída. Expuesta al dolor, a la muerte... Dios inmortal, impasible, fuerte, poderoso, es ahora mortal, varón de dolores, desecho de la plebe.
     Tomó las apariencias del esclavo. Y los que lo veían decían: es el hijo del carpintero. Por algo usa San Pablo una palabra encarecida: exinanivit, Se anonado a sí mismo...
     3° Aun más: Puer natus est nobis. Pudo tomar un cuerpo formado. Y, sin embargo, prefirió hacerse hombre, hermano nuestro, siguiendo el proceso de los niños que nacen de mujer. ¡Que bien lo canta la Iglesia en el himno del Te Deum: non horruisti virginis uterum...! Y el P. Granada pondera: no parece haberse humillado tanto en la cruz...
     Este misterio de la Encarnación le pone alas al ingenio humano, pero le pone trabas a su lenguaje. Es un misterio para ser adorado y paladeado en silencio, como fue silenciosa la estancia de la Sabiduría en el seno de la Madre...
     Pero digamos con  palabras balbucientes, que fue misterio de amor y de humildad inaudita...
     ¡Así amó Dios al mundo! No es, como en la creación, un salir de sí para producir seres que se le asemejen. Es que viene en persona a ocupar su puesto en su creación.
     Sale de su eternidad para entrar en nuestro tiempo. Nació, vivió, padeció, murió.
     Sale de su inmensidad para hacerse pequeñito. Hombre, niño, Hostia... Nobis natus, nobis datus...
     Sale de su opulencia para hacerse pobre. Por nosotros, dice San Pablo, egenus factus est. Para que fuésemos ricos se hizo indigente... Y fue obrero e hijo de artesano. Faber et fabri filius...
     Sale de su gloria para vestirse de nuestra miseria y hacerse varón de dolores. Y se ofreció porque quiso. Oblatus est quia ipse voluit! Porque nos amó hasta el exceso... Como nos lo recuerda la liturgia del día de la circuncisión.
     Propter nimian caritatem suam qua dilexit nos Deus...
R. P. Carlos E. Mesa C.M.F.
CONSIGNAS Y SUGERENCIAS PARA MILITANTES DE CRISTO

viernes, 10 de julio de 2015

Gritos de un padre de familia, condenado (Gritos del infierno 2)

TRATADO PRIMERO
De los 
PADRES DE FAMILIA

CAPITULO PRIMERO
Arbitrio cierto y fácil, con que los padres de familia pueden mejorar a todo el mundo.

     El arbitrio con que los padres de familia pueden mejorar al mundo, es empeñarse todos a educar bien a sus hijos: la razón es, porque los que ahora son niños, de aquí a algunos años han de componer a todo el mundo; luego si estos fueran buenos llegaría el tiempo en que sería bueno todo el mundo.
     No solo sería bueno, pero ni podría ser malo; porque el hombre, según el filosofo, nace tan indiferente al mal como al bien; de esta indiferencia solamente lo saca aquel primer ejemplo que mira u oye; y como en suposición de estar todos bien educados, no habría ejemplo para el mal, tendrían todos lo que necesitaban para ser buenos, y les faltaría lo que había menester para ser malos.
     Ya se que no dudas ser cierto este arbitrio, por eso no desperdicio pruebas en su apoyo; lo que no es fácil de practicar, por ser imposible que todos los padres, siendo tantos, se unan a tener este especial cuidado, y dirás que si los otros te hubieran de seguir serias tu el primero que lo practicaras, por contribuir a un logro tan útil como universal.
     A esto respondo con una reflexión chistosa y doctrinal de San Pedro Alcántara. 
     Le dijo un gran señor, ¡oh Padre, quién pudiera remediar a todo el mundo!.
     Y le dijo el santo: eso está en manos de usted y en las mías. 
     ¿Cómo? replicó el Señor.
     Si usted es santo lo será su familia, si su familia la de los vecinos, y si la de estos lo será la corte; al ejemplo de esta corte lo serán las otras, con que quedaba santificado el mundo. Lo mismo dijo el santo de sí en orden a su orden, y de la suya en orden a las demás.
     Si tú, padre de familia, educas bien a tus hijos con tu ejemplo lo practicara el vecino, con el de este el otro, y así al fin todos, cuando tú cumplas ya habrás comenzado a mejorar el mundo.
     No ha de ser la virtud menos poderosa que la peste, esta inicia en uno, de aquí a muchos y de muchos a todos, hasta contagiar el universo, el que con este fin infectase a uno, se hacia reo de la destrucción del orbe aunque no surtiera el efecto. Dios es mas remunerador que justiciero, luego con el fin de mejorar al mundo eduque bien a sus hijos le premiará como si lo hubiese logrado.
     Añade al fin privado de su crianza la intención de promover con tu ejemplo a este bien común, para que atesores el galardón que le corresponde, haciéndolo así te seguirán los otros, pues nadie debe de dejar de sembrar porque otros, o por perdidos o poltrones, no siembren. En fin, para que todos los árboles crezcan derechos debemos sembrarlos derechos, así lo sería para que el mundo estuviera derecho; a inclinar todos los padres a las tiernas plantas de sus hijos a la mano derecha que es la de los justos.
     Algunos místicos dicen que Dios premia el deseo como la obra, se ha de entender según los escolásticos cuando el deseo es eficaz, y la obra no está en tu mano; porque si lo está y no pones los medios para su ejecución, entonces ni el deseo es eficaz ni Dios lo admite, antes lo rechaza como moneda falsa; porque ¿cómo ha de ser verdad lo que sueles decir a Dios, quisiera oír todas las misas que se dicen en el mundo, si pudiendo oír dos no oyes sino una? ¿cómo ha de ser verdad el deseo de tener mucho para dar a los pobres, si pudiendo dar poco no les das lo que puedes? Lo mismo digo de tantos que dicen, desearía padecer martirio entre infieles, y un desaire que es tan incomparablemente menos, no sufren entre cristianos.
     Se explicó en esta materia (según Carabántes) Cristo con un religioso, al cual se le apareció en la oración con la Cruz a cuestas, pero tan abrumado, que hizo el ademán de dar con su peso en tierra; entonces el religioso acudió pronto a ayudarle, pero Cristo con enfado lo echó de sí, diciendo: "anda allá, ¿no puedes llevar la cruz de tu estado y quieres llevar la mía?" a cuantos especulativamente piensan que harían y padecerían por Cristo si tuvieran ocasión, les respondería con el mismo desdén: ¿no tienes paciencia para instruir a tus hijos y familia, y quieres darme a entender la tendrás para padecer hogueras y cadalsos? ¿No sufres los desprecios de u prójimo, y sufrirás las cuchilladas de un tirano? Estos son unos deseos que cuestan poco o nada, y valen lo que cuestan.
     Los deseos que en divino contraste se aprecian como obras, son los que deja de cumplir el hombre porque no puede; pero en prenda de lo que desea con eficacia, pone lo que puede, y conduce para la ejecución. No hizo Abraham el sacrificio de su hijo, y Dios lo trató y lo premió como a cosa hecha, porque lo que faltó no faltó por él, añadió al deseo todo lo que pendía de él y conducía para la obra. De donde se sigue, que para el padre de familia logré el mérito y premio de formador del mundo, no basta que lo desee, es necesario que añada a ese deseo el reformarse a sí, a sus hijos y a los que de él dependan, y que sea con la intención y fin de promover con su ejemplo a los demás; sin este coste no se goza el privilegio del axioma teológico: Voluntas pro facto reputatur: todo lo cual legaliza el Espíritu Santo: Desideria occidunt pígrum: dando por razón, notuerunt enim quidquam manus ejus operari (Prov. XXI, 25).
     A la venerable María de Ognie se apareció su madre anegada en fuego, y le dijo estaba condenada por haber descuidado de su familia; y no se puede dudar cuidó de la educación de su hija, como lo dice su asombrosa vida. Y por cuanto en mi concepto son mas los que se condenan por el descuido de sus dependientes que por el de sus hijos, oigan para su remedio los gritos que da uno de estos condenados, que siendo piloto de su familia, por dormirse en la navegación se halla sumergido en un mar profundo de llama, desde cuyo abismo lóbrego avisa los escollos, lamenta su naufragio, y con hondos gemidos despierta a los que se duermen en su gobierno, para que vean, oigan y admiren su peligro: Qui navigant mare, narrant pericula ejus, et adventibus auri us nostris admirabimur (Eccl. XXXIV, 14).

GRITOS DE UN PADRE DE FAMILIA, CONDENADO
Evigilabunt in opprobrium, ut videant semper
(Dan. XII, 2)

     Yo soy (mortales) un padre de familia que morí, que fui juzgado y ya estoy condenado. ¡Oh qué tres cosas, cuan presto se dicen, y cuan acerbamente se experimentan! Morí. No tienen que cansarse, porque no puede entenderse ni explicarse cuánto es lo que aflige a una conciencia descuidada una inopinada muerte.
     Supongan un hombre, que jamás vio toros, se viera en un recinto angosto sobre un indómito caballo, que tampoco los hubiera visto, y que improvisadamente se arrojase contra él un ferocísimo toro: ¿no os parece que la vista solo de tan espantosa novedad lo sacaría de sí y del caballo, y que caído del bruto, como de ánimo, uno y otro serian triunfo despedazado de aquella fiera? Pues mas fiera es la muerte que la fiera mas fiera, porque estas mas por acaso y la muerte por esencia. Mi cuerpo que era el caballo, no había visto a la muerte porque no la había padecido; mi alma que era el jinete tampoco la conocía, porque jamás la había considerado, con que dar sobre mi esta fiera en el recinto de una cama, fue tan espantoso el susto de su cercana vista, que al punto me hizo caer de animo, y turbándome el uso del alama y cuerpo fueron uno y otro indefenso despojo de su furia: Equum, et ascensorem dejecit in mare. (Exod. in cant. Mois.).
     Esto nació de no haber puesto en mi vida los ojos en mi muerte, pues no me espantara vista entonces si la tuviera prevista antes, pero mientras viví, el mismo vivir me engañaba mientras enfermé, me engañó mi familia, mientras empeoré, me engañó mi médico; pues no pudiendo negar el mal, me negó el peligro consolándome con que no era enfermedad de muerte. ¡Oh crueldad temeraria! esto solo puede decirlo el que una vez lo dijo, que fue el Hijo de Dios, infirmitas haec non est ad mortem (Juan 11). Ay, ay que me muero: decían los amigos era imaginación, que  no pensara en eso, que antes de un mes había de cazar con ellos. Me decía mi mujer: hijo no te desconsueles, que esto no es una cosa de cuidado. Me decía el hijo: Padre, anímese usted, y no se adelante el mal con esa aprehensión. Me decían los asistentes: con este remedio ira usted por puntos mejorando. Así me ayudaron todos a mal morir.
     Con este engaño caía sobre lo que yo tanto deseaba, y lo afirmaban todos, y lo confirmaba el mismo obligado al desengaño, que era el médico; con eso yo, ¡Hay de mí! lo creí, y no supe de mi muerte hasta después de mi muerte: ad nihilum redactus sum, et nescivi (Psalm LXXII).
     Y si estremeció a los monjes, que todo el discurso de su vida emplearon la vida y el discurso no solo en esperar la muerte, sino en apetecerla, ved que haría en mi que ni por pensamiento me la figuré jamas, y que siempre huía de ella como de ella misma; que haría en mi cuando de improviso se me representó su horrible formidoloso ceño, su ejecutivo irreparable impulso, su eterna calamitosa consecuencia y todo a un tiempo y de un golpe todo.
     Lo que hizo fue helarme el susto la sangre, apretarme la congoja el corazón, estancarme la urgencia el aliento, enajenarme la angustia los sentidos, confundirme la prisa el entendimiento, ofuscarme el tropel de cuidados la memoria, y desesperarme la falta de tiempo y sobra de culpas la voluntad; y como con esta había de agenciar el perdón de mis pecados, espiré y morí ¡hay de mí! con ellos, y sin él; así espirarán las almas y morirán cuantos me sigan en no tener a su muerte muy presente, por imaginársela muy distante, en no acabarlo de creer ni aun cuando empieza a enfermar, en oír gratamente a quien les diga lo contrario, y en fin en criar una familia tan infiel e indevota que por no asustar al dueño con un desengaño breve, quieren despeñarlo a un abismo tan largo como eterno.
     Está fue (según se mi hizo saber en el juicio) pena correspondiente a mi culpa: fue mi culpa no velar por el bien de las almas de mi familia; y fue mi pena, que esta familia en la muerte me despintase la muerte, desatendiendo a mi alma en castigo de haber yo descuidado de las suyas: fue mi culpa el no vivir para ver el mal que de noche podrían obrar mis dependientes; y ahora es mi pena el velar siempre para ver siempre; y lo que veo siempre es el siempre que he de penar que no solo es el mayor tormento de la eternidad, sino toda la eternidad junta, porque estoy viendo siempre su interminable siempre, sin olvidarlo nunca. Esta vista es la que (como dice David) me hace furiosamente crujir, bramar, y perecer sin acabar, y la que hace que perezcan todos mis deseos peccator videbit, etc (Psalm. III).
     Uno de mis deseos es, que tú perezcas como yo; y para que aun este deseo perezca en mí, me compele Dios a que te desengañe (para que te preserves) que los mas que mueren de larga enfermedad, mueren de repente por no creer que de aquella han de morir. El mozo, porque por mozo ha de resistir; el viejo por lo que hasta entonces ha resistido; unos y otros y todos por la esperanza de vida que se toman, y que les dan; por esto hacen mas mal los médicos con retardar estos desengaños, que los demonios con todos sus engaños, tanto porque los demonios no son creídos, y los médicos si, como porque los engaños que pervierten una vida son curables, pero irreparables los que desgracian una muerte; por esto influye Satanás con tanto ahínco confianza de vivir en el enfermo, y pusilanimidad para sacarlo de ella en el médico, en los amigos, en los asistentes, todos hicieron aleve alianza contra mí, para despeñarme con mas ímpetu a ser eterno tizón de estas hogueras.
     No solo estoy aquí velando siempre para ver siempre mi oprobio sino que velan contra mi los mismos demonios, que aquí me guardaron el sueño, para que no viese lo que de noche obraba mi familia; y como estás fieras que me comen a bocados, nunca duermen, tampoco yo nunca dejo de velar: Qui me commedunt, non dormiunt (Job XXX). ¡Pero qué mucho, si hasta el mismo Dios está para mi alma en vela! Vilabo super eos in malum, et non in bonum (Jer. 44). Pondera cual será mi desdicha, pues para mi mal está desvelado todo un Dios; y cuándo será mi alivio, pendiendo de que duerma quien nunca puede dormir ni dormitar: Non dormitabit neque dormiet, qui custodit Israel (Psalm. CXX)
     ¡Ah! que alguna vez ya me hirió alguna luz de esta eternidad. Pero temí perder el juicio si cavilaba en ella, ahora conozco que era el único medio para cobrarlo. ¿Pudo ser mayor mi locura que no temer estar en el infierno siempre y temer pensar en el infierno un rato? Cosa increíble es que quisiera yo ponerme en este estado, pero mas increíble es que fía quien me oye y se mantiene en él, siendo tanto los padres de familia que no se apartan del camino o descamino por donde yo he llegado a este término sin término.
     Ya pues, oh padre de familia, que ves en mi cabeza, que por descuidar en vida de las almas de mi familia, quiso Dios que en mi muerte esta familia descuidase de mi alma, ya que ves que por haberles yo creído, y no pensar en mi muerte, me halle muerto sin pensar; y ya ves que en pena de no haber velado en mi casa por la honra de Dios como por la mía estoy aquí siempre velando, y Dios y sus verdugos se están desvelando en mi deshonra; ya ves que este velar yo siempre es para ver el siempre que aquí he de penar, y que ahí nunca medité, haz de todo esto que fue veneno para mi triaca para ti, obrando lo contrario sino quieres hallarte tan pesadamente burlado como yo; desvelate siempre en ver siempre este siempre para tu bien, sino quieres aqui velar siempre para ver siempre tu mal eterno, y tu eterno oprobio, como te amenaza el tema: Evigilabunt in opprobrium ut videant semper; y en el Apocalipsis III, 3, Si non vigilaveri, veniam ad te tamquam fur, et nescies, qua hor, veniam ad te.
Dr. José Boneta
GRITOS DEL INFIERNO

martes, 7 de julio de 2015

Sicut angeli Dei


COMO LOS ÁNGELES DEL CIELO
     ¡Puro como un ángel de Dios!
     He ahí el ideal que se me señala; al ideal al que debo aspirar sin descanso y con todas las ansias de mi alma. Hasta lograr alcanzarlo.
     Es una aspiración atrevida y generosa, y por eso requiere un corazón ardiente y noble; es una aspiración que exige un animo varonil, valiente, decidido; porque habrá que luchar.
     Pero Dios, que me ha llamado y me inspira ese deseo, será mi fortaleza: "en Él todo lo puedo".

     ¡Puro como un ángel de Dios!
     El ángel no tiene nada que pueda atentar contra esa pureza inmaculada. Mientras que yo...
     Cuanto hay en mí parece que me atrae hacia lo bajo; a mancharme en el barro, a alimentarme con las bellotas que el pródigo hambriento anhelaba...
     ¡Pobre de mí tan expuesto a todas las caídas, 
     tan débil para resistir a los halagos
     tan rodeado de atractivos que seducen,
     tan imprudente para exponerme al fuego que arde y quema!
     Y, sin embargo, a pesar de todo, sursum corda. ¡Arriba el corazón! ¡arriba los pensamientos! ¡arriba los deseos! ¡Puro como un ángel de Dios!
     ¡Tengo que luchar, lucharé! Dios está conmigo.
     En este combate Él es mi testigo. Él es mi auxilio.
     ¡Y con ese auxilio, el triunfo es seguro!

     ¿Y las dificultades?... ¿Y las tentaciones?...
     Otros han vencido antes que yo. Vencieron con la gracia divina.
     Y esa gracia no me falta. Con la misma venceré yo.
     Cur non poteris quod isti et istae? ¿Por qué no he de poder con esa misma ayuda divina lo que ellos, y ellas, tantos y tantas, pudieron?
     Hoy gozan del premio de su victoria.
     Entonan ese himno triunfal que sólo ellos y ellas pueden entonar.
     Llevan sus vestiduras blancas lavadas con Sangre: Sangre del Cordero inmaculado.
     ¿Me he fijado bien en lo que esto significa: vestiduras blancas, lavadas en sangre, en la sangre de Cristo? Pero también en la mía propia, porque la pureza exige también la sangre de mi propio sacrificio.
     Exige la guarda de los sentidos: la mortificación.
     Cerrar las puertas al enemigo y estar siempre alerta. 
     El enemigo atacará. ¡Pero, entonces, a la lucha!
     Habrá sangre... ¡Pero sangre que lava, que blanquea!
     ¡Porque mi sacrificio estará unido al sacrificio del Cordero, que fue sacrificado por mi amor!
     ¡Puro como un ángel de Dios!
Alberto Moreno S.I.
ENTRE EL Y YO

lunes, 6 de julio de 2015

¿El Evangelio desmentido por perdurar el mundo?

CIEN PROBLEMAS SOBRE CUESTIONES DE FE
65

     En Mateo, XXIV, 34, y en los sinópticos Marcos y Lucas, después de la predicción del fin del mundo, se lee: "En verdad os digo: no pasará esta generación sin que todas esas cosas hayan sucedido". Si por generación se toma el periodo de vida de los hombres contemporáneos, es evidente que la profecía no se ha cumplido. También en otros puntos del Evangelio se encuentran pasajes que dan la impresión de que el Mesías consideraba próximo el fin del mundo; por ejemplo, en San Pablo. Ahora bien, si de estos se pudiera admitir una arbitraria interpretación personal, de Jesús no. (F. S.. - Bolzano).

     Con San Pablo, ilustre amigo, es usted demasiado... condescendiente, o -tal vez mejor es decir- poco reverente. Las cartas de San Pablo están inspiradas por el Espíritu Santo, y, por tanto son infalibles, como el Evangelio, así que la dificultad vale tanto para ellas como para las palabras de Jesús.
     La explicación aclarará todo el problema
     Con un método conforme con el espíritu profético, que en la pantalla del porvenir ve la proyección de épocas entre si distantes, Jesús, en el famoso discurso escatólogico -esto es, del final de los tiempo- mezcla presumiblemente juntas la previsión de la destrucción de Jerusalen, que tuvo lugar el año 70, por obra de Tito, y la del fin del mundo, de la que la destrucción de la Ciudad Santa era como figura y sombra; y esto corresponde a la doble pregunta que los Apóstoles le habían hecho sobre ello (Mateo, XXIV, 1-3).
     La indeterminación de contornos y de distinción que Jesús conserva en el discurso la mantiene también en el antes dicho versículo. En realidad, "generación" puede entenderse tanto de una vida humana, como de la raza judía y de todo el género humano; y la frase "todas estas cosas" puede referirse a ambos acontecimientos.
     Sin embargo, del contexto inmediato, en que se habla de una segura previsión, -"tomad esta comparación sacada del árbol de la higuera..." (Mateo, XXIV, 32-33) mientras el final del mundo acaecerá de improviso -"como el relámpago sale..., así será el advenimiento del Hijo del hombre" (Mateo, XXIV, 27, 39, 50)- parece mas probable que este versículo se refiere a la destrucción de Jerusalén, que muchos de los contemporáneos -"esta generación"- realmente verían.
     Por lo demás, si es verdad que Jesús no quiso revelar el tiempo del fin del mundo, no dejó, sin embargo, de hablar de él implícitamente como de una cosa lejana. Véase algunos pasajes: "Jerusalén será hollada por los gentiles, hasta tanto que los tiempos de las naciones acaben de cumplirse" (Lucas XXI, 24), "...mi amo no viene tan presto" (Mateo XXV, 48); "Como el esposo tardase en venir..." (Ibidem, XXV, 5); "Pasado mucho tiempo..." (Ibidem, XXV, 19), etc.
     Las frases de San Pablo de este tipo: "Pues estamos más cerca de nuestra salud, que cuando recibimos la fe" (Rom. XIII, 11); "El tiempo es corto..., la escena de este mundo pasa" (I Cor. VII, 29-31) pueden referirse a la vida de cada cual que terminará en la muerte con el encuentro particular con el Divino Juez. Las frases como al son "de la trompeta de Dios..., nosotros los vivos" (Tess. IV, 15-16), con aquel "nosotros" en primera persona no son sino una traslación retórica a aquellos futuros tiempos, como para ser espectador de ellos, para hacer mas viva la descripción, asociándose a los que al final de los tiempos en la solemne venida del Juez divino, estarán vivos.
     No puede ser de otro modo, dado que San Pablo mismo en otros lugares prevé tiempos futuros distantísimos, como cuando predice que la conversión de Israel no tendrá lugar "hasta tanto no se cumpla la plenitud de las naciones haya entrado" (Rom. XI, 25-26). E incluso explicitamente en la segunda a los tesalonicenses, II, 2, excluye que ese final "estuviera ya cercano".
     Finalmente también el último libro del Nuevo Testamento, el Apocalipsis, confirma su larga duración, hablando de los "mil" años terrenos del reino de Cristo, que simbólicamente significan un tiempo larguisimo (XX, 1-3).

BIBLIOGRAFIA
L. Billot, La Parousie, Paris, 1920;
J. Chaine. Parousiae, DthC., XI págs. 2043-54;
A. Romeo. Parusia, EC., IX, págs. 875-81.
Pier Carlo Landucci
CIEN PROBLEMAS SOBRE CUESTIONES DE FE

sábado, 4 de julio de 2015

In desertum locum

A UN LUGAR SOLITARIO
     ¿Dónde está hoy, Señor, ese lugar solitario a donde pueda yo recogerme contigo y escapar de este ruido que por todas partes me rodea, me cansa, me asedia, como una pesadilla?
     Me veo obligado, Señor, a vivir en medio de la ciudad.
     El silencio ha desaparecido para mí;
     de día y de noche tengo que sufrir ese rumor confuso y ese ruido desapacible, que es el martirio de las grandes ciudades, de las que ha huido la paz.
     Y en medio de este ruido tengo que atender a mi trabajo, a mi estudio, a los que se acercan a hablar conmigo.
     Y en medio de ese rumor desordenado me veo obligado a recogerme para hacer mi meditación o para examinar mi consciencia.
     Y en medio de ese trafago ensordecedor y descompasado es necesario procurar el descanso nocturno para que los nervios fatigados no me traicionen...
     ¡Pobre de mí, Señor!
     Yo quisiera irme contigo a un lugar solitario y tranquilo, en donde poder hablarte a solas, sin que estos ruidos distrajeran mi atención y me obligaran a volver una y otra vez sobre mis palabras para saber siquiera lo que te estaba diciendo.
     Enséñame a hacer este lugar secreto y solitario en el fondo de mi corazón;
     que no me importe nada el rumor sordo, que atormente ni ese ruido estridente que excita los nervios, ni el grito descompasado que lastima dolorosamente los oídos;
     que sepa prescindir de todo ello, y me encierre contigo en ese centro sagrado en el que Tú te haces oír, aun cuando prosiga el mundo en su tumultuosa barahúnda.
     Solos allí los dos, podré decirte todo lo que me alegra y todo lo que me entristece;
     todo lo que me inquieta y todo lo que me perturba;
     todas mis esperanzas y todas mis desilusiones;
     te contaré mis caídas, que me humillan y me avergüenzan,
     y mis deseos, que me atormentan, porque no llegan a convertirse en realidades,
     y mis pequeños triunfos, obtenidos por tu gracia misericordiosa.
     Tengo tantas cosas que decirte, Señor...
     Y tengo tanta necesidad de que Tú me hables:
     me digas si estás contento de mí;
     si hay algo que me pides y no te quiero dar; si..., tantas cosas, Señor.
     Que podamos recogernos solos en ese rincón apacible y silencioso,
     en el que sólo se oiga el sonido suave y dulcisimo de tu voz,
     en donde yo -pobre fatigado con el ruido multiforme que me rodea- pueda inclinarme contra tu pecho amigo, contra tu Corazón de Padre.
     Y donde sea concedido -perdona tanto atrevimiento en mis peticiones- escuchar una a una tus palabras, que son bálsamo único capaz de aliviar mi cansancio y de curar las heridas que he ido recibiendo en mi camino...
     Llévame, Señor, a esa soledad, dulce y serena, en donde podamos conversar los dos, como conversabas con tus Apóstoles cuando los llevaste in desertum locum para hacerlos descansar de las fatigas de sus excursiones misioneras.
Alberto Moreno S.J.
ENTRE EL Y YO

jueves, 2 de julio de 2015

LA EXCOMUNIÓN DE UN SACERDOTE (Parte II)

Por el Dr. Homero Johas

PARTE II.- SENTENCIAS DE LA CARTA CONTRA LA FE DIVINA
1.- La negación de la única verdad.
     "La Iglesia enseña el severisisimo precepto de Nuestro Señor Jesucristo.
     Impone a sus apóstoles que enseñasen a todos los pueblos, a observar cuanto había mandado.
     Entre sus Mandamientos ocupa lugar no menor aquel que nos manda incorporarnos a la Iglesia, a adherirnos al Vicario de Cristo, por quien el gobierna a la Iglesia en la tierra de modo visible.
     Por lo tanto, conociendo que la Iglesia fue instituida divinamente por Nuestro Señor Jesucristo, nadie se salvará sin obedecerlo o negando la obediencia a su Vicario en la tierra". (D.S. 3867).
********************
     La Carta se aparta de los dogmas de la fe de la Iglesia Católica y los convierte en sólo preceptos de acción del orden práctico, y de una práctica regida por el libre ejercicio de la libertad psicológica y no por los mandamientos de la ley de Dios y de la Iglesia.
     Se aparta de la Lógica racional de las verdades absolutas por la cual conocemos la existencia y la Unicidad del Dios verdadero y coloca solamente un conocimiento individual de la verdad y una "ignorancia invencible" y un acto del "inconsciente" como adelante se dirá.
     Por lo tanto, esta ética se aparta primero el deber de todo cristiano, el deber de creer la fe verdadera, "obsequio racional" por el cual el fiel somete su "juicio propio" (Tit. III, 10-11), al juicio de Dios, y su voluntad a los mandamientos divinos.
     Esto viene de la "Razón Práctica" del agnostico Kant, que se aparta de la Razón Teórica que conoce y no ignora la verdad absoluta, universal, de la existencia de Dios y de los mandamientos divinos en el orden natural.
     San Pio X condenó tal cosa en el Decreto "Lamentabili":
     "Los dogmas de fe deben ser conservados solamente según un sentido práctico, como normas preceptivas del obrar y no como normas del creer". (D.S. 3426).
     Desaparecen la verdad absoluta de la razón humana y las verdades absolutas de la Revelación divina enseñadas por el Magisterio universal de la Iglesia.
     Cada uno tiene su "juicio propio", individual; mera opinión incierta e insegura, sin la certeza y la seguridad de la unidad objetiva que da la Revelación divina. Y este conocimiento propio es afectado por la "Ignorancia invencible" de la verdad; mentira venida del arbitrio de los agnósticos.  Por esto se separan de la Ciencia racional de la salvación, sobre Dios y sobre Jesucristo y todos están en las tinieblas de la ignorancia y de la incertidumbre universal.
     De ahí todas las consecuencias nefastas de la falsedad del Agnosticismo; el imperio de la voluntad libre individual, en lugar de la verdad universal; igualdad entre la verdad y el error; en lugar lugar de la unicidad de la fe, la pluralidad de fe; en lugar de la monarquía de la autoridad divina, la democracia de las voluntades humanas; en lugar de la obediencia de cada uno a la autoridad divina, cada uno hace lo que quiere, adhiriéndose a lo que, en su ignorancia, quiere su propia voluntad.
     Por lo tanto, lo que es necesario, de modo absoluto para la salvación, por dogma de fe y por precepto divino, esta subordinado al ejercicio del libre arbitrio psicológico individual, para seguir o no la verdad universal.
     Por esto, en lugar del asentimiento racional del hombre necesario, al objeto del juicio mental, cada uno se "adherirá" o no, por "deber" moral a aquello que su libre arbitrio quiere. Lo necesario en los nexos de los juicios, por la adecuación del objeto a la ente, se vuelve libre por el acto de voluntad, por "deber" moral que puede ser seguido o no.
     El Concilio Vaticano II pone este "deber" moral de obrar, para que cada uno se forme: "juicios de consciencia verdaderos para sí mismo". El libre arbitrio es colocado sobre la razón, la Ética sobre la Lógica.
     Desaparece la verdad absoluta independiente de cada sujeto en la existencia y en el ser conocido o no, cada objeto de la multitud de sujetos. Cada uno tiene "su verdad", conforme a su libre arbitrio. El Vaticano II usa el verbo "adherir", para predicar el "derecho individual", de "no cumplir con la obligación de seguir la verdad y adherirse a ella".
     Es superfluo decir que nadie se "adhiere" o no a la verdad de la existencia del mar, de las montañas, de la luna, de los carros, de las otras personas, plantas y animales por "obligación" moral, sino, por asentimiento racional de la mente humana al objeto que conoce por los sentidos, o por raciocinios existen en el mundo real exterior.
     Este es el fraude del agnosticismo y de los ateos que rigieron el Vaticano II.
     El Concilio Vaticano I condena a quien afirme que "Dios uno y verdadero no puede ser conocido de modo cierto por la luz de la razón natural". (D.S. 3026).
     Condena a quien dice que: "Que la razón humana es de tal modo independiente, que Dios no puede imponerle la fe". (D.S. 3031).
     Por lo tanto, los ateos, los agnósticos, y los "papas" y los "obispos" de la "iglesia nueva" del Vaticano II están condenados por la Iglesia Católica. Ningún católico puede ser ateo, o agnóstico, o negar la verdad absoluta en la razón natural y las verdades de la fe.
     Con una ceguera universal, volitiva, falsa fraudulenta tales personas fingen ser "católicas" o de "científicos". El Derecho de los hombres que pregonan no pasa de ser fraude individual de los miembros de una secta que niega que el hombre pueda conocer la verdad racional. Son anti-intelectualistas, predican el Liberalismo de los errores, el mal y las leyes morales falsas. Lo "necesario" de ellos viene del libre arbitrio, de la ignorancia, de la inmoralidad y de la "voluntad del hombre"; predicada hipócritamente por el Vaticano II.
     Si Dios gobierna su Iglesia "de modo visible" por el Sucesor de Pedro, la ignorancia vuelve "invisible" ese gobierno de Dios sobre los hombres. De ahí la separación de la Fe y de la autoridad divina dada por Nuestro Señor Jesucristo a San Pedro. La Iglesia se trasforma en "obra humana", regida por la voluntad de los hombres.
     De estas premisas se sigue que no se salva quien "sabe" que Dios instituyó la Iglesia y "resiste someterse o niega obediencia al Vicario de Cristo en la tierra".
     Pero los ateos y agnósticos dicen que no saben sobre esto. Los judíos y los herejes que no saben de eso. Los cismáticos niegan el deber de obediencia. Por lo tanto, esto es un fraude, sólo se condenan los que conocen la verdad por "deber" moral de adherirse a algo como si fuera verdad, de modo libre.
     De lo cual se infiere que el hombre se condena o salva sólo por su libre albedrío. No por no creer en Dios; no por no obedecer los mandamientos de la ley de Dios; sino por no adherirse a su propia voluntad.

2.- La verdad individual y libre
     "En este precepto ordenó el Señor no sólo que todos entren en la Iglesia; sino también que la Iglesia es el único medio de salvación, sin la cual nadie se salva".
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     Sin la verdad absoluta, este "deber de creer" será un deber de cada uno; el precepto será una "verdad propia" de cada uno; el Señor será el "dios propio" de cada uno; el medio de salvación no será de necesidad absoluta la doctrina de Cristo, sino la opinión de algunos.
     Lo que es dicho a "todos" es dicho entonces por el "juicio propio" de alguien que no es el "único Dios verdadero", y que no predica "la única religión verdadera".
     Para el Concilio Vaticano II, la religión que viene de los "deseos de los hombres" es "la única religión verdadera". Es el Ecumenismo sin verdad absoluta universal, sin la fe universal común a todos. Tal "iglesia", dice San Pio X, no es la "Iglesia Católica", es la "religión de la humanidad" (Notre charge apostolique). Es "una religión cristiana falsa", dice Pio XI (Mortalium animos).
     Así el "medio de salvación" variará con las opiniones y el libre arbitrio de cada uno en el obrar.
     Por lo tanto cada uno se salva en la religión que juzgue verdadera.
     Estamos en lo que Pio IX condenó:
     "El hombre es libre de abrazar y profesar aquella religión que por la luz de la razón juzgue sea la verdadera". (D.S. 2915)
     Es el "juicio propio" condenado por San Pablo en el hereje, en el subversivo (Tito III, 10-11).
     Y está es la doctrina del Vaticano II.
     Por tal agnosticismo, cada uno puede encontrar el camino de la salvación eterna en el culto de cualquier religión. (D.S. 2916)
     Pio IX lo condenó.
     Esto es el indiferentismo religioso predicado por Lamennais y condenado por Gregorio XVI: "La salvación eterna por la profesión de cualquier fe" (D.S. 2730). No importa realmente si es verdadera o  falsa esa fe. Esto es efecto de la negación de la verdad absoluta, universal.
      De ahí se sigue que cualquier religión es igual a otra. Pues no existe una sola y única religión verdadera; todas son igualmente fruto de la ignorancia de la verdad absoluta. Por esto, se puede ser Católico, luterano, budista, mahometano, o ateo. Pues, ninguna religión es absolutamente verdadera.
     Entonces en vano la Iglesia Católica dice que Jesucristo es "Dios verdadero"; que la Religión Católica es la "única verdadera"; que el Credo de la fe Católica es el "fundamento firme y único" de la Iglesia verdadera (Trento, D.S. 1500). En vano predica la "unidad de fe"; que el Sucesor de Pedro "es el fundamento, principio visible y perpetuo de la unidad de fe y de gobierno" (D.S. 3051). El relativismo del agnosticismo niega la verdad absoluta de esta sentencia y dice: "Eso es para usted, para mi la verdad es otra". Cada quién con "su verdad".

     Es el mundo de las opiniones individuales, dudosas, inciertas, y de la negación de la verdad objetiva, natural, universal, común a todos, independiente del arbitrio y opinión de las personas.
     De ahí que hasta el principio ontológico y lógico de no contradicción y el de identidad pierde su universalidad, necesidad y objetividad; ahora una cosa pude ser o no ser al mismo tiempo, bajo el mismo aspecto, porque los juicios de todos son meramente subjetivos, arbitrarios y no verdades ciertas, objetivas venidas de la necesidad del objeto conocido por la mente de todos. La unicidad del objeto es multiplicada por el numero de voluntades y de las opiniones de los sujetos.
     Y el juicio divino de Cristo y sus mandamientos también así se multiplican. Para unos "Dios quiere" para otro "Dios no quiere", Para uno "existe" un ser, para otro "no existe". Y la multitud de voluntades individuales, "sin la razón", como lo quería Einstein, multiplica las "verdades" falsas.
     Por eso el Vaticano II es agnóstico.
     Por lo tanto lo que "Dios quiere" en la Religión Católica, no es lo que "Dios quiere" en la "iglesia nueva" agnóstica, subjetivista, sin verdad universal. Cada uno con su "fe propia", "norma propia", "dios propio", "iglesia propia". Esta fe rechaza la "forma única" de verdad, rechaza la "fe divina universal, común a todos" (D.S. 639). Su verdad viene "de lo que quieren los hombres de nuestro tiempo". Por eso es libre, conforme al libre arbitrio individual. Einstein rechaza la "experiencia real", o el "movimiento absoluto", esto es: real, existente en el mundo exterior. Todo será "relativo" al arbitrio de cada quien.
     Según tales personas en lugar de que el juicio verdadero dependa del objeto conocido, dependerá del arbitrio individual, o del "consenso" de las voluntades de un grupo. No sólo las esencias de los seres, las especies, serían variables sino también la existencia de los seres. De ahí la "evolución de las especies" predicada por los ateos, o por ignorantes alejados de la experiencia real.
     La verdad vendría por "deber moral de adhesión", deber procedente de las tinieblas de la ignorancia universal, de la in-certeza tenida como norma absoluta, universal.
     Por esto, estarían todos "en busca de la verdad" sin poseerla. Y cuando la encuentran, no es la verdad objetiva, universal, sino una individual y libre.
     Ya Tertuliano rechazaba el fraude de estas personas anti-católicas. Después, estas premisas fraudulentas comenzaron a imperar sus errores individuales, como lo hacen los masones con los "derechos de los hombres" y como la "evolución de las especies" y el relativismo individual, "generalizado" por el arbitrio de un imbécil, que quiere imponer a todos sus errores.
     Se apartan de la operación natural uniforme de los sentidos y de la razón humana. Los sentidos y el intelecto no poseen operaciones libres. La cámara fotográfica fotografía los objetos del mundo exterior, sin libertad, como los ojos de los animales.
     Así los agnósticos quieren subordinar la distinción entre verdadero y falso al juicio humano, a la "razón humana" como si no tuvieran conocimiento del mundo real exterior, volviéndolo "ley para si" (D.S. 2093). La hipocresía y la malicia gobiernan bajo la regencia del Padre de la Mentira.
     ¿Quién no conoce que los perros son animales de la misma especie, y que un perro no es una vaca? ¿Quién no sabe que dos carros son dos vehículos y que un carro no es un avión? ¿Quién no sabe que estas afirmaciones no hay un deber moral de obrar, sino para no mentir en cuanto a la realidad de lo que conoce y es? La verdad absoluta en el conocimiento se distingue de la veracidad del sujeto que dice la verdad y no la mentira.
     No existe ningún "deber de adherir" a una verdad falsa, a una opinión incierta.
     Por sus obras reales, objetivas, vistas por todos en el mundo exterior, Nuestro Señor Jesucristo probó su Divinidad y ordenó que se creyese por sus obras. Las razones objetivas de credibilidad existían. Un simple hombre no resucita muertos, no anda sobre el mar, no ordena a los vientos, no multiplica los panes, no cura ciegos y paralíticos por sus simples órdenes.
     Por lo tanto, si el mandó para entrar en la Iglesia, creer en Él y bautizarse para ser salvo, quien no cree en Él y no cumple sus mandamientos no tiene las condiciones mandadas por Nuestro Señor Jesucristo para salvarse. Quien contradice a Cristo y lo somete a su juicio propio, ciertamente niega la Divinidad de Cristo.
     No existe "igualdad" entre las obras de Cristo y las de Lucifer.
     No existe "igual derecho" entre el Creador y la criatura, no merece "igual respeto" el seguidor de Lucifer y el de Cristo.
     El anti-intelectualismo es una aberración inmensa en la base del "anti-cristianismo", del "Anti-sacramentalismo", del "Anti-conclavismo", del "anti-monarquismo" divino, del "anti-imperialismo", relativo al poder de Dios. No quieren que "todo provenga de Dios" (Rom XIII 1-2); sino que todo el poder venga de los hijos de Lucifer, de los hombres malos. No quieren "un sólo y único Pastor" divino (D.S. 872), ni "una sola fe" (Ef. IV, 5) ni un sólo Dios verdadero. Tales personas desertaron del rebaño de Cristo, son acéfalos errantes, sin un Dios verdadero, sin el "espíritu de la verdad", sin verdad venida de la autoridad divina, sin leyes venidas del Legislador de todas las criaturas del universo. Son maniqueistas, juzgan que Lucifer es otro dios, igual a Cristo. Solo obedecen a su propio juicio.
COETUS FIDELIUM
N° 10 marzo del 2014
Traducción:
R.P. Manuel Martinez Hernandez F.S.V.F.